23
Había tomado el vuelo de medianoche de Air France. Aterrizaría en París a mediodía, hora local. En la oficina de recursos humanos le dijeron que las llaves del apartamento se las daría la portera del edificio, y le habían enviado la dirección por e-mail. Estaba en la rue du Bac, muy cerca de la casa donde habían vivido Tristan y Wachiwi, lo cual le pareció un buen augurio.
El vuelo duraba seis horas, con seis horas de diferencia con respecto al horario de Nueva York. El avión disponía de un servicio excelente, y no había demasiados pasajeros. Los dos asientos contiguos estaban vacíos, así que pudo tumbarse. Se cubrió con una manta y durmió. Cuando se despertó, se sentía más fresca. Tomó el desayuno antes de aterrizar: cruasanes, yogur, fruta y café. Antes de que se diera cuenta, habían tomado tierra.
Pasó el control de inmigración y la aduana sin problemas, y encontró un carrito para llevar las maletas, que luego cupieron bien en el maletero del taxi. Dio la dirección al taxista en francés. El hombre asintió y se incorporaron a la congestionada circulación desde Roissy hasta el centro de la ciudad. Tardaron casi una hora en llegar y, cuando lo hicieron, Brigitte empezó a mirarlo todo. Las calles de la Rive Gauche le resultaban familiares a causa de su reciente visita en abril, y se emocionó cuando pasaron junto a la casa de Tristan en la rue du Bac, camino de su nuevo hogar. Tristan y Wachiwi habían pasado a formar parte de su cotidianidad, y aún los tendría más presentes mientras escribiera el libro, cuando cobraran vida para ella. Sentía como si fueran viejos amigos o parientes muy queridos a los que volver a ver con entusiasmo. Y allí se verían: en las páginas del libro que estaba escribiendo.
Pagó al taxista, introdujo el código de la puerta exterior, la abrió, cruzó un estrecho pasaje hasta un patio y apretó el timbre que indicaba PORTERA. Era el del piso donde vivía la mujer que cuidaba del edificio. Se trataba de una construcción antigua y con encanto donde todo se veía limpio y bien atendido. La portera supo de inmediato quién era Brigitte, le tendió las llaves, señaló el cielo y dijo:
—Troisième étage.
Tercera planta. Brigitte se lo agradeció y vio un ascensor con una reja metálica que parecía casi tan pequeño como una caja de cerillas. Logró colocar las maletas una sobre la otra y ella subió por la escalera. En el ascensor no había suficiente espacio para todo. Ya sabía que la tercera planta de los edificios de Francia equivalía a la cuarta de los de Estados Unidos. Llegó arriba sin aliento y sacó las maletas del estrecho cubículo.
Utilizó las llaves para entrar en el apartamento. En la universidad le habían advertido de que era muy pequeño, pero lo esperaba peor. Disfrutaba de una vista despejada sobre los tejados, y a cierta distancia se divisaba el arbolado jardín de un convento. Pero cuando levantó la cabeza y miró al frente, tuvo que ahogar un grito. Gozaba de una vista estupenda de la torre Eiffel; y por la noche, cuando la iluminaran, parecería un espectáculo privado, solo para ella. Era la vivienda perfecta. A partir de ese momento, los rayos luminosos y las chispas de colores de la torre Eiffel tendrían lugar cada hora frente a su ventana. Apenas podía esperar. Se sentó con cara alegre mientras dedicaba unos instantes a mirar alrededor, y luego exploró el apartamento. Sonreía de oreja a oreja. Había una cocina del tamaño de una ratonera con un horno en miniatura, un microondas y un frigorífico con la capacidad justa para los ingredientes de una comida. Sin embargo, todo se veía limpio y pulido. El apartamento no disponía de dormitorio, tan solo de un único espacio lo bastante amplio para hacer vida de día y descansar de noche. Entonces reparó en que contemplaría la torre Eiffel desde la cama. Frente a la ventana había una mesa y cuatro sillas. Los muebles no eran nuevos, pero sí bonitos. La tapicería era de color beige, y las cortinas, de raso de color rosa palo. Había dos grandes sillones de piel frente a la chimenea y un pequeño sofá delante de la cama, al otro lado de la estancia. El espacio resultaba suficientemente amplio para habitarlo, pasar el tiempo libre y gozar de la vida; y lo mejor de todo era que tenía vistas. Fue a ver el cuarto de baño, que era de mármol y tenía una bañera de buen tamaño. Disponía de todo lo necesario, y se sentó en la cama con cara sonriente.
—Bienvenida a casa —dijo en voz alta, y era lo que sentía.
Aún le quedaba deshacer las maletas, pero no quería empezar. Antes tenía que hacer otra cosa que ya había retrasado durante bastante tiempo.
Marcó el número de teléfono de Marc en la BlackBerry, y él se extrañó. Solo lo había llamado una vez desde abril, solían tener contacto por e-mail. Parecía de veras sorprendido de oírla, pero también encantado.
—¿Llamo en mal momento? —preguntó ella con cautela. Oía ruido de fondo y daba la impresión de que estaba ocupado.
—No, en absoluto. Como no tenía ganas de hacer nada me he sentado en un café, aquel que estaba frente a tu hotel la primera vez que salimos a tomar algo juntos. Vengo muy a menudo.
Le encantaba estar allí porque le recordaba a Brigitte. Y ella sabía localizar el lugar sin problemas, así que, mientras hablaban, cogió un jersey, salió del piso y cerró la puerta con llave. Siguió dándole conversación mientras bajaba la escalera a toda prisa. Él se encontraba a poca distancia, lo cual a ella le ponía las cosas muy fáciles.
—Y tú ¿dónde estás? —preguntó para poder hacerse una idea.
A Marc le encantaba el sonido de su voz, y Brigitte sonreía mientras corría a la vez que trataba de no quedarse sin aliento. Había cruzado el patio del edificio y acababa de salir por la puerta exterior y de poner los pies en la rue du Bac.
—Estoy saliendo de casa. Voy por la calle —dijo para explicar el ruido de fondo—. He pensado en llamarte para saludar.
—Qué detalle.
Marc parecía contento. Quería decirle que la echaba de menos, pero no se atrevía. Brigitte le había dejado muy claro que solo quería que fueran amigos porque vivían muy lejos el uno del otro. Pero, aunque no lo dijera, la había echado de menos todo el tiempo desde que se marchó. Durante un breve espacio ella había ocupado sus días y sus noches, y desde entonces le parecía que su vida estaba desolada. Pensaba en hacer pronto un viaje a Boston para verla, pero aún no se lo había propuesto. Se lo expondría en cualquier momento, y ya descubriría qué tal reaccionaba.
—¿Qué tal va el libro?
—Llevo varias semanas sin poder dedicarle tiempo. He estado demasiado ocupada.
—¿Y qué tal en tu nuevo trabajo?
—Todavía no he empezado. Empezaré la semana que viene.
Marc todavía se sentía molesto por que no hubiera aceptado el empleo en París, pero eso tampoco se lo dijo. En esos momentos, ella se encontraba justo al otro lado de la calle y lo vio en el café. Estaba sentado a una pequeña mesa y tenía el mismo aspecto que la otra vez. Llevaba el pelo un poco más corto y lucía una de las chaquetas con que ella lo había visto y que le gustaba. El corazón de Brigitte omitió un latido mientras lo miraba sin que él se diera cuenta. Era algo más que un amigo; sabía que lo tendría claro en cuanto volviera a verlo, y así había sido. Lo sospechó la noche en que se besaron, y ahora lo sabía seguro. Guardó silencio mientras permanecía en el mismo lugar, sonriendo, muy feliz de haber regresado. Se preguntó si Wachiwi también se sintió de esa forma al ver a Jean por primera vez, y más tarde al que sería su marido. Algo dio un vuelco en el interior de Brigitte, y supo que era su corazón. Se olvidó de hablar con él durante varios minutos de tan absorta como estaba en lo que veía, y Marc le pareció preocupado.
—¿Estás ahí?
Pensaba que se había cortado la comunicación, y ella se echó a reír. Al hacerlo, lo vio sonreír. Era divertido observarlo sin que supiera que estaba allí.
—No, ahí no, aquí... —respondió para gastarle una broma.
—¿Dónde? ¿A qué te refieres?
Los dos estaban riéndose y, en ese momento, como si hubiera notado su presencia, Marc se volvió y la vio al otro lado de la calle, caminando despacio hacia él. Sin pararse a pensar, se puso en pie y se quedó mirándola, y luego también empezó a caminar hacia ella. Se encontraron en la acera, y él la contempló con el gesto de amor más delicado que Brigitte había visto jamás.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó, confuso por completo. Era como una visión, como si Brigitte hubiera aparecido ante él por obra de un deseo concedido.
—Muchas cosas —respondió ella en un tono enigmático—. He aceptado un empleo... Aquel para el que me recomendaste, en la AUP. Pensaba darte las gracias, pero quería sorprenderte cuando llegara.
—¿Desde cuándo estás en París?
Marc quería saberlo todo, y sonreía mientras los transeúntes pasaban junto a ellos. Permanecieron de frente, cogidos de la mano. París era una ciudad de amantes, y nadie se quejó ni reparó en que estuvieran cortando el paso en la acera, ni siquiera ellos. Solo se veían el uno al otro.
—Desde hace más o menos tres horas —dijo ella en respuesta a su pregunta—. Me han dado un apartamento en la rue du Bac, y desde la ventana hay una vista preciosa de la torre Eiffel. El apartamento en sí es más pequeño que un sello de correos, pero me encanta.
Esperaba que a Marc también le gustara. Los viejos sillones de piel le vendrían de perlas cuando fuera a visitarla.
—¿O sea, que vas a trabajar aquí?
Se le veía extasiado. Era como si hubiera llegado la Navidad en pleno mes de junio. Esperaba que ella se sintiera igual. Quería que tomaran la decisión juntos, con toda la conciencia, no en solitario. Y ella también.
—Tres días a la semana. El resto, lo dedicaré al libro.
—¿Cuánto tiempo te quedarás?
Ya se le veía preocupado; no quería que Brigitte se marchara.
—Me han ofrecido un puesto durante un año. Después ya veremos.
Marc asintió. Tal vez para entonces ya estaría enfrascada en el libro y vivirían juntos. Por lo menos, eso esperaba. Ahora que ella estaba allí, tenía un montón de planes para los dos, si a ella le parecía bien. En ese momento, Brigitte lo miró con timidez. Quería que Marc supiera el resto. Había tenido mucha paciencia con ella la última vez, y pensaba que era justo explicárselo. No se lo había dicho a nadie más, antes prefería contárselo a él.
—No he venido solo por el trabajo —confesó en voz baja mientras él se le acercaba y le rozaba la mejilla con los largos y delicados dedos que Brigitte recordaba de cuando la besó. También en aquella ocasión la había acariciado de esa manera.
—Entonces ¿por qué otra cosa has venido? —preguntó.
Los dos se habían olvidado de guardar los móviles y los tenían en la mano, conectados, igual que ellos. Una conexión que no debía cortarse nunca, que, con suerte, duraría por siempre.
—He venido por ti... Por nosotros... Para ver qué ocurriría si viviéramos en la misma ciudad...
—Pues ha sido muy valiente por tu parte —dijo él mientras la besaba, y se apartó para volver a mirarla.
—Wachiwi me ha ayudado. He supuesto que si ella pudo ser todo lo valiente que fue, yo también podía. Quería darme esta oportunidad.
Era la primera vez en la vida que lo hacía.
—¿Y qué esperas que ocurra? —preguntó él a continuación.
—Lo que tenga que ocurrir. Quiero descubrir de qué va lo nuestro, y qué significamos el uno para el otro.
—Creo que eso ya lo sabemos.
Ella asintió. Marc fue hacia el café para dejar unas monedas sobre la mesa que había ocupado momentos antes, y luego regresó, la rodeó con el brazo y la acompañó a casa. Llevaba consigo el maletín, que se balanceaba mientras bajaban juntos por la rue du Bac. Los dos repararon en la casa de Tristan al pasar por delante y sonrieron. Instantes después llegaron a la dirección del nuevo hogar de Brigitte, y ella lo invitó a subir. Ascendieron por la escalera dando brincos como si fueran cachorros, gastándose bromas y riendo. Brigitte sacó las llaves, abrió la puerta y él la siguió al interior de la vivienda. Tal como le había sucedido a ella, a Marc también le gustó. Era un espacio cálido y acogedor; aunque disponía de una única habitación, no era pequeña. Resultaba una vivienda digna, incluso para dos personas. Marc se asomó a la ventana con Brigitte, y juntos contemplaron las vistas. Miraron abajo, al jardín del convento, y luego la torre Eiffel, situada justo enfrente de donde estaban. Era el mejor apartamento de París. Mientras la rodeaba por la cintura, Marc la besó con el vehemente deseo contenido de los dos meses que había estado sin ella. Se le habían hecho interminables; y, en realidad, había sido mucho tiempo. No quería que se separaran nunca más, deseaba que Brigitte permaneciera con él en París para descubrir juntos las maravillas de la ciudad, igual que hizo Tristan cuando viajó hasta allí con Wachiwi y la llevó a la corte.
—Te quiero, Brigitte —dijo contra su cuello, y volvió a besarla, preocupado de repente por la posibilidad de haberla asustado al querer ir demasiado lejos.
Sin embargo, ella no mostraba la mínima preocupación cuando lo miró a los ojos. Le sonreía, y parecía totalmente cómoda y en paz.
—Yo también te quiero.
Esta vez lo sabía seguro. No tenía miedos ni temores. Esta vez estaba haciendo lo correcto. La investigación sobre su antepasada sioux la había llevado hasta él, y él la había encontrado, tal como debía ser. Les había ocurrido un milagro. Cosa del destino. El plan perfecto. Y los dos sabían que Brigitte había ido a París para quedarse, tal como le había sucedido a la joven india doscientos años antes.