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Luc les preparó el desayuno antes de que partieran y les dio comida y agua fresca para el viaje. Se quedó con el exhausto caballo de Jean y le ofreció uno de los suyos, un animal fuerte y joven de patas robustas que les llevaría a donde hiciera falta. Jean le agradeció su hospitalidad, y Wachiwi hizo lo mismo en sioux. A continuación, iniciaron el viaje de dos días hasta el fuerte Saint-Charles. El trayecto duró más de lo que Jean había previsto; llegaron al tercer día por la tarde. Había sido un recorrido largo y arduo, pero no peligroso. Jean conocía bien el fuerte, puesto que ya se había alojado allí con anterioridad. Lo ocupaban militares franceses, y nadie pareció sorprenderse de que llegara con Wachiwi. Muchos hombres recogían a mujeres indias durante sus viajes y las instalaban en las dependencias destinadas especialmente para ellas. No existía ni la más remota posibilidad de que Wachiwi permaneciera con Jean. La trataban como a una sirvienta o una esclava. Se la veía infeliz cuando él fue a visitarla tras haber cenado con el comandante. Habían celebrado un copioso festín a base de conejo a la brasa preparado por un chef francés, acompañado de excelentes vinos, un café delicioso y un postre de cuidada elaboración, y tras el cual el edecán del comandante había repartido cigarros puros. Era la mejor cena que Jean había probado en meses enteros.
Sin embargo, cuando llegó junto a Wachiwi se avergonzó al ver que a ella le habían servido un plato de bazofia, como si fuera un perro. Le dolió darse cuenta de que la estaban tratando mal. Nunca pensó que eso sucediera. Al parecer, a las otras indias las tenían incluso en menor consideración. Miró a Wachiwi y trató de expresarle lo mucho que lo sentía, y ella dio la impresión de comprenderlo porque asintió. Alguien abrió la puerta del dormitorio, y entonces Jean reparó en que dormían en mantas en el suelo. No las trataban como a seres humanos, más bien como a perros. Por eso decidió proseguir el viaje con ella por la mañana. Su objetivo ahora era llegar a Saint-Louis, donde podría buscar una habitación de hotel y comprarle ropa adecuada. Tardarían dos días más en llegar a su nuevo destino.
Al día siguiente, se presentó en el dormitorio y señaló el caballo que Luc les había regalado para que Wachiwi comprendiera que se marchaban, y le habló en francés. Ella se mostró encantada, por lo que Jean resolvió que Luc tenía razón. Necesitaba aprender una lengua aparte del sioux; daba igual si era inglés o francés, incluso mejor si eran ambas. Si iba a vivir en el mundo civilizado, tendría que aprender muchas cosas. La creía muy capaz, ya que parecía inteligentísima. Mientras viajaban, le enseñó cuatro palabras básicas en los dos idiomas.
Había muchas cosas de ella que lo tenían intrigado, y muchas más que deseaba conocer; cómo se había criado, qué ideas tenía, cuáles eran sus pensamientos. Al principio fue su belleza lo que lo deslumbró; no obstante, aun sin tener un idioma en común, percibía que se trataba de una mujer profunda, con espíritu y sensibilidad.
Cabalgaban a un paso no tan acelerado, ya que no iban huyendo de nadie. En teoría estaban fuera del alcance de los crow, y seguramente así era en efecto. Wachiwi jamás podría regresar a su hogar, pero ya no corría mayor peligro que el de los rigores propios del trayecto. Esa noche acamparon en el bosque. Por suerte, Jean se había hecho con provisiones en el fuerte y tenía sendas mantas. Se tumbaron boca arriba, mirando a las estrellas, y mientras Jean pensaba en todo lo ocurrido y la larga distancia que habían cubierto, ella, en silencio, le tomó la mano y se la llevó al corazón. Él comprendió que era su forma de darle las gracias, y se sintió conmovido. Se emocionaba ante la fe ciega que la chica había demostrado tener en él. Era fuerte a la vez que vulnerable, y de repente le pareció muy joven. Estaba preocupado por qué sería de ella, sobre todo tras el trato tan poco digno que había observado en Saint-Charles.
Tuvo un sueño irregular y, cuando se despertó, todavía era de noche. Había luna llena, gracias a lo cual pudo observar que Wachiwi también estaba despierta. Se planteó si estaría asustada o triste; sin embargo, no tenía forma de preguntárselo, así que le acarició la mejilla con suavidad y le pasó la mano por el pelo. Quería tranquilizarla diciéndole que todo iría bien. Ocurriera lo que ocurriese, tenía intención de llevarla a un destino seguro. Habían pasado por muchas dificultades y pensaba ofrecerle un buen refugio en algún lugar, fuera donde fuese. No iba a abandonarla en esa situación. Se sentía responsable de ella, hasta el punto de asombrarse, puesto que nunca antes había albergado tales sentimientos. Era una jovencita, y pensaba encontrarle un buen hogar. Esperaba que sus primos de Nueva Orleans la trataran con amabilidad; a lo mejor incluso podía trabajar para ellos de algún modo. Tal vez pudiera ayudar a cuidar de los niños de la hija de Angélique, u ocuparse de las tareas de la casa. Tenía que haber algo en lo que Wachiwi encajara. En ese momento se volvió hacia ella y le sonrió de forma tranquilizadora. Ella se había tapado con la manta que le había ofrecido y le sonrió a su vez; y de repente se inclinó sobre él, le acarició la mejilla y lo besó en la boca. Jean no lo esperaba y no supo qué decir; lo había dejado paradísimo, así que no pronunció palabra y trató de reprimir los tiernos sentimientos que la chica le inspiraba, aunque acabó besándola también. No podía más que pensar en ella, pero no quería aprovecharse en ningún sentido. Estaban completamente solos en el bosque y en el mundo. Y, al besarse, él se sintió de súbito colmado de pasión y una corriente eléctrica pasó del uno al otro y viceversa. Les habían sucedido muchas cosas, habían pasado mucho miedo, y ahora se sentían como dos náufragos que hubieran llegado a una playa. Juntos habían logrado escaparse y sobrevivir, y ninguno de los dos tenía claro hacia dónde encaminar sus pasos si no era hacia los brazos del otro, el único lugar seguro que parecía ofrecérseles. Jean besó a Wachiwi con un frenesí que nunca había sentido por nadie, y ella lo acogió con todo cuanto había salvado y conservado a lo largo de la vida. En su poblado jamás se había atrevido a mirar a un hombre a los ojos, y ahora se perdía en los brazos de Jean, arrastrada por la pasión que ardía cual mecha a la que alguien hubiera arrimado una cerilla. Él se le acercó y se introdujo bajo su manta sin pensar mientras ella se había quitado el vestido. Vio y notó aquel cuerpo que había contemplado en el lago, solo que esa vez no era el de una extraña rodeada de misterio, sino el de un ser conocido y cálido que le pertenecía por completo. Cuando, al despuntar el día, cayeron dormidos en sus respectivos brazos no les quedaba la menor duda de que estaban hechos el uno para el otro; así era y así tenía que ser. Por lo que respectaba al lugar al que debían dirigirse y a cómo llegarían hasta él, seguía siendo un misterio todavía.
Al día siguiente se despertaron tarde, cuando el sol ya brillaba con fulgor. Jean miró a Wachiwi cuando esta abrió los ojos, escrutándola con todo detalle en busca de alguna señal de remordimiento que, sin embargo, no observó. Ella le sonrió y abrió los brazos de nuevo para acogerlo, y él se perdió en las maravillas de su cuerpo con toda la pasión, el alivio y la dicha que le inspiraba tras la noche anterior. No era eso lo que esperaba ni tenía planeado; sin embargo, parecía que ambos habían recibido un regalo del cielo. Los dos reían y tenían la expresión alegre cuando se levantaron. No podían hablar de ello, pero ambos comprendían lo que había ocurrido. En algún momento, fuera la noche anterior o tal vez días o semanas antes, sin darse cuenta se habían enamorado. Si Jean no hubiera matado a Napayshni, ni siquiera estarían el uno cerca del otro; no obstante, el destino había jugado su papel y ahora estaban juntos. Él no podía dejar de preguntarse si de su encuentro de la noche anterior nacería un niño. Se había dado cuenta de que la chica era virgen al hacerle el amor.
Ahora la mujer que se consideraba su esclava era aquella con quien quería vivir, a quien cuidaba y deseaba proteger. A sus veinticuatro años, jamás había estado enamorado hasta ese momento; sin embargo, no le cabía la menor duda de que ahora sí que lo estaba. Los apasionados efluvios de la juventud que ambos desprendían se habían convertido en un enamoramiento inesperado. Jean sentía un amor absoluto, febril y enajenante por Wachiwi, una muchacha de la tribu sioux dakota a la que había conocido en un lago. Sería una historia digna de contar a sus nietos, si llegaban a tenerlos. Él tenía muy claro lo que quería hacer; quería vivir a su lado. Pero antes debía posibilitar que se integrara en su mundo.
Redobló los esfuerzos de hablarle en inglés y en francés a medida que avanzaban en dirección a Saint-Louis, ahora con más calma. A menudo se detenían en mitad del bosque para hacer el amor, y las relaciones eran un puro gozo. Llegaron a Saint-Louis al cabo de dos días, y para entonces Wachiwi ya había aprendido varias frases en los dos idiomas y muchas palabras sueltas. No siempre las usaba de forma correcta, pero se esforzaba con toda el alma por complacer a Jean y estaba haciendo unos progresos sorprendentes. Aprendía deprisa y parecía fascinada y un poco amedrentada cuando llegaron al hotel. Jean llevó el caballo al establo y se dirigieron al mostrador de recepción. A Wachiwi aquel ambiente la tenía asombradísima. Jean pidió dos habitaciones porque le parecía más decente, y el recepcionista miró a Wachiwi con aire reprobatorio, aunque no pronunció palabra cuando entregó las dos llaves a Jean. Subieron la escalera y ella lo siguió hasta el interior de la habitación. Dormirían en la misma; la otra solo era para preservar la reputación de Wachiwi. Claro que tampoco la tenía; para los empleados del hotel no era más que una india que acompañaba al hombre en su viaje, y debían de considerar un derroche su alojamiento en una buena habitación. Jean, en cambio, fiel a sus orígenes, era noble hasta la médula, incluso con una joven india; y ella percibía ese respeto.
Esa noche cenaron en una taberna, y Wachiwi se dispuso a comer tal como Luc Ferrier le había ensañado: con cuchara. Imitó a Jean cuando este se colocó la servilleta en el regazo, y él le enseñó a utilizar el tenedor y el cuchillo. Consiguió pinchar la comida con el tenedor, pero al cuchillo no le encontraba utilidad y le resultó complicado comer así. Jean imaginaba lo raro que debía de hacérsele todo junto. Claro que eso no era nada comparado con la aventura que les esperaba al día siguiente, cuando la acompañó a una tienda de confecciones y a una modista para que la vistiera.
En la tienda de confecciones le compró varias prendas sencillas, y la modista disponía de tres vestidos que las clientas no habían ido a recoger y que a Wachiwi le sentaban como si se los hubieran hecho ex profeso. En total compraron dos vestidos de noche para las cenas en casa del primo de Jean y cuatro más discretos para usarlos de día; zapatos, que era evidente que a Wachiwi no le hacían la menor gracia, y cinco sombreros con los que estaba guapísima. También había ropa interior rarísima que no tenía ni idea de cómo ponerse hasta que la vendedora le enseñó. Llevaba puestas más prendas a la vez de las que había tenido en toda su vida. Disponía de guantes, varios chales, tres bolsos y un abanico. Pidieron que lo enviaran todo al hotel, y Jean se alegró de que hubieran previsto viajar hasta Nueva Orleans en barco. Habrían hecho falta varios caballos, si no un carro tirado por mulas, para llevar todo lo que le había comprado. Apilaron las cajas en los dormitorios hasta que Jean compró dos baúles donde meterlo todo e hizo gestiones para conseguir devolverle el caballo a Luc.
Al final del día ambos estaban agotados, y Wachiwi dirigió a Jean unas palabras en francés poco fluido, agradeciéndole todo lo que le había ofrecido. Se la veía bastante aturdida y, cuando regresaron al hotel, volvió a enfundarse el vestido de piel de wapiti y los mocasines con aire de gran alivio. Por lo menos había prendas que sí que sabía cómo llevar. Había insistido en conservarlas, y ahora tenía el aspecto de la muchacha india tal como Jean la conoció, con el vestido con el delantero adornado de púas de puercoespín de un azul intenso; y volvió a arrebatarle el corazón.
Ese día le había enseñado las palabras jolie robe, chaussure y chapeau, además de gown, bonnet, undergarment, shoes y gloves. Wachiwi se sabía los nombres de todas las cosas que Jean le había comprado. Poco a poco estaba acostumbrándose a hablarle sobre todo en francés, pero también en inglés. Cuando pidieron que les subieran la cena a la habitación, Wachiwi utilizó el tenedor y el cuchillo para complacer a Jean. Y cuando él se dispuso a encender un cigarrillo, ella quiso que lo compartieran. El joven se echó a reír y le permitió hacerlo, pero le explicó que solo podía pedírselo cuando estuvieran solos. El padre de Wachiwi le permitía fumar de su pipa a veces, cuando nadie los veía, así que sabía a qué se refería Jean, y se llevó el dedo a los labios para indicar que sería un secreto... Como lo del jefe muerto al que habían ocultado entre los arbustos. Ninguno de los dos tenía ganas de volver a pensar en ello; claro que gracias a esa muerte ahora estaban juntos.
Esa noche hicieron el amor en la cama de Jean con la misma pasión que las veces anteriores. El sentimiento que compartían era visceral, sensual y explosivo. Jean nunca lo había experimentado hasta entonces, y para Wachiwi resultaba un misterio. No tenía palabras para describirlo, aunque tampoco las necesitaban. Lo que compartían en sus relaciones amorosas era mágico.
Al día siguiente, Jean la ayudó a vestirse, cargaron con los baúles repletos de las prendas que él le había comprado y subieron al barco de quilla con rumbo a Nueva Orleans. Wachiwi se mostraba muy entusiasmada y sonreía feliz. Sabía de la existencia de ese río, pero no esperaba llegar a conocerlo. Había oído hablar de él en el poblado. Su gente lo llamaba el Gran Río. El viaje hasta Nueva Orleans duraría tres semanas si, con suerte, gozaban de viento a favor y buena corriente; y, mientras, el barco efectuaría varias paradas y no pararían de subir y bajar viajeros.
A lo largo del río, rebosante de actividad, se cruzaron con canoas, pateras, barcazas y otros barcos de quilla. Wachiwi estaba fascinada y miraba a Jean con una sonrisa de oreja a oreja. Él había reservado dos camarotes para preservar su imagen de nuevo, igual que en el hotel. Utilizaron uno para dejar toda la carga y durmieron en el otro. Cuando Wachiwi se mostró confundida, Jean le ayudó a ponerse la ropa interior y le abrochó el corsé, lo cual le arrancó una carcajada; nunca se había divertido tanto. A Wachiwi le horrorizó lo mucho que le apretaba el corsé y pidió a Jean que se lo aflojara. Él comprendía que la chica no consiguiera asimilar tantas cosas a la vez. Tan solo unos días antes estaba nadando desnuda en el lago donde se conocieron y vivía en un poblado crow, y ahora iba vestida como una dama, camino de Nueva Orleans para conocer a sus primos de linaje noble.
La perspectiva tenía a Jean un poco asustado, y se sentía algo incómodo por las miradas de la gente del barco cuando reparaban en que viajaba con una india. Era tan guapa que los hombres lo entendían, pero las mujeres no, y le daban la espalda a Wachiwi en el momento en que se cruzaban con ella. A Jean le sorprendió mucho ese comportamiento; esperaba que los habitantes de Nueva Orleans se mostraran más comprensivos y que quedaran cautivados por su belleza. Era tan inocente, tan delicada y tan fascinante que no podía imaginar que alguien pudiera resistirse a sus encantos. Era evidente que él no podía, y en las noches que pasó con ella durante las tres semanas de ruta por el Mississippi vivió una pasión más allá de lo imaginable. El viaje a Nueva Orleans les ofreció el tiempo que necesitaban para conocerse bien y para que Wachiwi mejorara en inglés y en francés. Era tan inteligente y se mostraba tan dispuesta que avanzaba a pasos agigantados en ambas lenguas.
Habían pasado el fuerte Prudhomme y el fuerte Saint-Pierre, y por fin llegaron a Nueva Orleans.
Ese día Wachiwi estaba especialmente guapa. Llevaba uno de los vestidos de día de color azul pálido que, en contraste con su piel, se asemejaba al cielo, un sombrero a juego que Jean le ató por debajo de la barbilla y unos guantes que también le ayudó a ponerse. Y, gracias a él, llevaba la ropa interior en perfectas condiciones. Era en parte una niña y en parte una mujer, y lo que Jean más adoraba de ella era el hecho de que le perteneciera por completo. No como su esclava, sino como su mujer. La hija del jefe indio. Wachiwi. La bailarina. Luc le había traducido su nombre. Cuando el barco tomó puerto en Nueva Orleans, Jean ayudó a Wachiwi a bajar y ella siguió sus pasos con discreta elegancia.
Montaron en un carruaje hasta una casa de huéspedes que Jean conocía en Chartres Street, con todas sus pertenencias. Él quería alojarse en una habitación confortable mientras enviaba un mensaje a sus primos a la plantación que poseían a las afueras de la población, explicándoles que había regresado acompañado de una amiga, una joven dama. No quería imponerles nada y dar por hecho que podían hospedarse en su casa. Al cabo de dos horas recibió la respuesta a su mensaje; le escribía la esposa de su primo, Angélique de Margerac, e insistía en que dejara la habitación que ocupaba y se presentara allí enseguida. No mencionaba a la joven dama, pero Jean dio por hecho que también tendrían una habitación para Wachiwi, ya que en el mensaje les había dejado claro que viajaba con él. Era algo poco frecuente, pero estaba seguro de que sus primos les ofrecerían alojamiento a ambos; de hecho, lo harían encantados. La nota de Angélique era cálida y cordial.
Angélique envió un carruaje para ellos, una elegante berlina de producción francesa tirada por cuatro caballos, y otro para los baúles. Jean sonrió a Wachiwi al iniciar el largo trayecto rumbo a la plantación mientras pensaba cuán lejos les había llevado ese viaje. Miró a la chica con orgullo y le tomó la mano. Ni por un instante dudó de que sus primos también quedarían cautivados por ella. Era la primera vez que viajaba junto a una mujer, pero los De Margerac de Nueva Orleans eran su familia, y siempre lo habían tratado con muchísima hospitalidad. Estaba seguro de que esa vez no dejarían de hacerlo.