10
Angélique de Margerac estaba casada con el primo del padre de Jean y pertenecía también a una familia de aristócratas, que en su caso procedía de Dordoña y guardaba parentesco directo con el rey. Se había casado con Armand de Margerac cuarenta años atrás, y él la había hecho trasladarse a Nueva Orleans a regañadientes. París le parecía un buen lugar para vivir, pero no así el Nuevo Mundo. A Armand le había costado mucho convencerla. Nueva Orleans había sido fundada por los franceses solo treinta y cinco años antes de que ellos se instalaran allí, así que su marido había tenido que hacer todo lo imaginable para que fuese feliz. Había adquirido una casa en Toulouse Street y una espléndida plantación con una gran mansión al estilo de las islas Antillas que Angélique tuvo carta blanca para decorar con antigüedades. La plantación de Armand estaba dedicada al cultivo del algodón y la caña de azúcar y prosperó hasta convertirse en una de las de mayor éxito de la región, así como la casa de Angélique se convirtió en la más elegante del distrito. Sus hijos habían nacido allí, y acabaron adquiriendo plantaciones propias, por lo que en el momento en que Jean llegó procedente de Francia la mujer ostentaba desde hacía décadas una reputación de ser la anfitriona más distinguida de Luisiana.
Para entonces la colonia había pasado a manos de los españoles. Sin embargo, Angélique y Armand eran amigos íntimos del gobernador español, quien con frecuencia cenaba en su plantación o en la casa de Toulouse Street. Angélique había cerrado definitivamente la casa de Nueva Orleans el año en que llegó Jean, después del gran incendio del Viernes Santo, que devastó casi un millar de edificios. Su casa había sobrevivido de forma milagrosa; sin embargo, Angélique aducía que estaba demasiado alterada para seguir viviendo allí. Temía que se produjera otro incendio y prefirió trasladarse a la plantación. La mansión era mucho más cómoda e infinitamente más majestuosa. Angélique adoraba tener huéspedes y había convencido a Jean para que se alojara con ellos durante varios meses antes de iniciar su viaje en dirección norte hacia Canadá y luego hacia las Grandes Llanuras del oeste. Se había mostrado hospitalaria en extremo y le había presentado a todas sus amistades y a varias damiselas muy atractivas. Él no aparentaba sentir interés por ninguna en particular, pero todo el mundo consideraba que el primito francés recién llegado era un verdadero encanto.
La zona que circundaba Nueva Orleans era muy cosmopolita. No solo alojaba a franceses e ingleses, sino también a una importante comunidad de alemanes, quienes, según Angélique, amenizaban mucho más las veladas y las cenas. En especial, se mostraba orgullosa de los bailes que celebraban y de la gran cantidad de personalidades que se habían hospedado allí. La plantación propiamente dicha estaba situada entre Baton Rouge y Nueva Orleans, por lo que Jean y Wachiwi viajaron durante dos horas en el magnífico coche de caballos que les había enviado Angélique y que había sido trasladado en barco desde Francia. Dos lacayos los seguían sobre sus respectivas monturas mientras el cochero obligaba a los caballos a avanzar con brío. Angélique deseaba que estuvieran presentes en la cena que Jean ya había previsto que sería una elegante celebración. Había preparado a Wachiwi para ello la noche anterior, y esperaba que estuviera a la altura. Le tranquilizaba pensar que los vestidos que le había comprado en Saint-Louis eran muy apropiados. No desprendían la elegancia de los de Angélique, por supuesto, ya que estos seguían siendo de confección parisina y le llegaban al Nuevo Mundo dos veces al año en partidas enviadas por barco. Además, en Nueva Orleans disponía de una eficiente modista de menor envergadura capaz de copiar cualquier diseño que veía, incluido alguno de los vestidos de París.
Se aproximaban a la plantación, que había recibido el nombre de Angélique cuando su marido la adquirió, por un aparentemente interminable camino bordeado de robles. Toda la grandeza de las islas Antillas apareció ante su vista tan solo diez minutos después. Jean sonrió a Wachiwi a la vez que le daba unas palmaditas en la mano. Ella aún no comprendía lo suficiente su idioma para tranquilizarla en la medida que le habría gustado hacerlo.
—Todo irá bien —dijo en voz baja, y con el tono le transmitió el mismo mensaje que contenían sus palabras.
Jean lucía un abrigo de lana azul marino con un corte elegante, que había llevado consigo desde Francia cuando se trasladó allí y que ahora apenas tenía oportunidad de ponerse. Lo conservaba bien guardado entre su equipaje. La visita a la plantación era la ocasión perfecta para lucirlo, igual que ocurría con la chaqueta y los pantalones a media pierna confeccionados con raso que se puso a la hora de cenar y que había dejado en casa de su primo para recuperarlos a su regreso. Se sentía agradecido de no verse obligado a llevar peluca o a empolvarse el pelo tal como habría sucedido en Europa. Por suerte, en casa de sus primos no se imponía un protocolo tan rígido y podía mostrar su pelo oscuro con naturalidad.
Wachiwi contemplaba la casa mientras se iban acercando a ella. Se le veían unos ojos enormes en medio del precioso rostro enmarcado por el sombrero que Jean le había regalado. Ella lo miró nerviosa, y él se sorprendió de que pareciera mucho menos asustada montando a caballo a galope tendido, cosa que habría aterrorizado a cualquiera, que en la actual situación en que él la había puesto. Se había comportado con gran valentía acompañándolo allí; y, cuando uno de los lacayos los ayudó a bajar del coche de caballos, Jean sintió la apremiante necesidad de protegerla y escudarla de cualquier peligro.
Seis criados con librea los aguardaban en la escalera de entrada, todos de raza negra y perfectamente ataviados con sus uniformes iguales. Eran esclavos; Jean lo sabía. Cientos de ellos trabajaban en las plantaciones de caña de azúcar y algodón que habían permitido que el padre de su primo reuniera una fortuna casi ilimitada. Antes de que Jean pudiera dirigir una palabra más a Wachiwi, Angélique de Margerac apareció con gran ceremonia entre las puertas batientes de la entrada para darles la bienvenida. Dirigió a Jean una cálida sonrisa, y tardó un instante en reparar en Wachiwi, situada justo detrás de él. Tras abrazar a Angélique, Jean se hizo a un lado y las presentó. La expresión de la mujer de su primo se demudó al instante en una mezcla de sorpresa y horror. Retiró la mano que había extendido, dio un paso atrás y miró a Jean sin dar crédito.
—Ah... Ya veo... —dijo con desdén, y regresó al interior de la casa sin dirigir una sola palabra a Wachiwi, quien, con expresión aterrada, dejó que Jean la guiara por el espléndido recibidor—. ¿Qué te parece si llevamos a la joven a su habitación enseguida para que pueda descansar del viaje? —propuso Angélique a la vez que señalaba a uno de los criados con librea y le susurraba algo. Este asintió y le hizo señas a la chica para que lo siguiera.
Wachiwi salió de la estancia sin apenas haberla pisado, y entonces Angélique volvió a abrazar a su primo con una cálida sonrisa, inmensamente aliviada por haberse deshecho de la india con tanta rapidez. Mientras tanto, Armand, su marido, salió de la biblioteca donde había estado fumándose un puro tranquilamente. Se mostró encantado al ver a Jean, y no pudo evitar provocarlo un poquito.
—Tengo entendido que has venido con una joven dama. ¿Es que pronto nos vas a dar alguna gran noticia? A lo mejor ahora sí que te convencemos para que te quedes en Nueva Orleans en vez de dedicarte a andar de aquí para allá por todas esas tierras sin civilizar que tanto te gustan. Bueno, ¿dónde está?
Miró alrededor, sorprendido de que Jean estuviera hablando a solas con Angélique. A los dos les había impresionado que nadie viajara con ellos de carabina: una tía, la madre de la chica, alguna hermana o prima. Esperaban que fuera la persona para él, alguien de cuna noble. Sabían que jamás se presentaría en su casa con una amante.
A Jean no le pasó por alto la cara de rotunda desaprobación que mostró Angélique después de haber visto a Wachiwi, y temía que, a pesar de su poca capacidad de comprensión del idioma, ella también hubiera captado el mensaje. La prima de Jean había dejado claro que no era bienvenida en esa casa. No podía negarse que era india, y eso era todo cuanto Angélique necesitaba saber. Para ella, la acompañante de Jean había dejado de existir desde ese mismo instante. No podía creer que la hubiera llevado a su casa. Le parecía el súmmum de la impertinencia; un insulto.
—La he enviado a su habitación para que descanse un poco del viaje antes de cenar —dijo la prima sin complicarse.
Jean tenía la esperanza de que no le pusiera las cosas difíciles durante la cena. Le ofrecieron una copa de champán, y también lo enviaron a su habitación para que se aseara. Mientras lo guiaban hacia las amplias dependencias de la segunda planta destinadas a los invitados, no lograba dilucidar cuál habrían asignado a Wachiwi y temía preguntar, aunque le habría gustado saber si estaba bien.
Conocía a fondo la casa, ya que se había alojado allí a menudo durante los últimos cinco años, pero todas las habitaciones de invitados tenían la puerta cerrada. Esperaba que Wachiwi no estuviera asustada ni molesta; y, justo antes de bajar a cenar, la chica empezó a preocuparle seriamente. Sabía que necesitaría que la ayudaran a ponerse el vestido, y era más que probable que no osara pedirlo. Poco después, empezó a llamar puerta a puerta con ánimo de encontrarla sin armar alboroto. Nadie le respondió, y a medida que se iba asomando veía que todas las habitaciones estaban a oscuras y vacías. No tenía la menor idea de dónde se encontraba Wachiwi. Por fin, sin saber qué más intentar, tocó el timbre para avisar a uno de los criados. Un hombre de edad llamado Tobias acudió a su llamada. Llevaba años siendo el ayuda de cámara de Armand y siempre se había mostrado amable con Jean. Lo había reconocido de inmediato y le había ofrecido un cordial saludo cuando llegó con Wachiwi.
—¿Sabes dónde se aloja la señorita, Tobias? No logro encontrarla. Me gustaría verla un momento antes de bajar a cenar. ¿Sabes qué habitación le han asignado?
—Sí, señor —respondió Tobias de forma respetuosa.
La plantación era una de las pocas en que los esclavos recibían un buen trato. Armand de Margerac tenía fama de ser amable con ellos, y casi siempre procuraba que las familias permanecieran juntas, cosa que apenas ocurría en otras casas, ya que en general maridos y mujeres eran adquiridos por amos distintos y también los niños solían venderse aparte. Esa práctica ponía enfermo a Jean. Era uno de los aspectos del Nuevo Mundo que nunca le había gustado. En Francia era impensable que se comerciara con seres humanos como si fueran ganado.
—Así ¿cuál es su habitación?
—Está en la cabaña de al lado de la mía —confesó Tobias con un hilo de voz, bajando la cabeza. Tenía la impresión de que al primo de Francia no iba a sentarle muy bien la noticia.
—¿Cómo dices? —Jean pensó que debía de haber entendido mal lo que acababa de oír. En las cabañas no había invitados, solo esclavos; eran las dependencias en las que estos se alojaban. En total, había catorce cabañas detrás de la casa.
—Su tía cree que es donde se sentirá más a gusto.
Tobias la había acompañado allí a su llegada. Lo sentía mucho por la chica, pues parecía muy asustada y desorientada. La había dejado en compañía de su mujer, que iba a encargarse de mostrarle el lugar.
—Llévame allí enseguida —exigió Jean con los dientes apretados, y siguió a Tobias escalera abajo.
Salieron por una puerta lateral que daba al jardín trasero y cruzaron una verja que el criado abrió con llave. Tan solo unos pocos miembros del servicio disponían de esa entrada, los otros esclavos no podían acceder a la casa de los señores. Y Wachiwi tampoco podía hacerlo, puesto que se alojaba más allá de la verja.
Tobias guió a Jean por unos cuantos caminos enrevesados y pasaron frente a algunas casas que eran en sí las cabañas. Cada una albergaba a dos docenas de esclavos. Había unas pocas más pequeñas y más pulcras en las que vivían los esclavos de mayor confianza, como Tobias, y sus hijos mientras eran pequeños. El criado se detuvo ante una de las mejores e hizo pasar a Jean. Había un estrecho pasillo, un enjambre de pequeñas habitaciones, y, en cada una de ellas, Jean vio a varias personas. Por fin encontró a Wachiwi, en una de las últimas, junto con cuatro mujeres más. Sus baúles ocupaban todo el espacio, y la chica se encontraba sentada en uno de ellos, con cara de desesperación.
—Ven conmigo —la invitó Jean en un tono tranquilo, pero echando chispas con la mirada. Con gestos, le indicó que lo siguiera.
Wachiwi parecía aterrada de que se hubiera enfadado con ella, estaba segura de que había hecho algo malo y no tenía ni idea de quiénes eran esas personas ni por qué la habían alojado en esa casa. No había visto a Jean en toda la tarde. Él la imaginaba descansando tranquilamente en una habitación de invitados y resulta que la habían quitado de en medio mandándola con los esclavos. Entonces Jean se volvió hacia Tobias y le pidió que trasladaran el equipaje de Wachiwi a su propia habitación.
Allí fue adonde la llevó, le quitó el sombrero, le acarició el pelo y le dijo cuánto lo sentía. Ella no comprendía sus palabras, pero captó el mensaje. Cuando llegaron dos criados con los baúles, la chica volvía a sonreír. Jean abrió un baúl y sacó uno de los vestidos de noche.
Él mismo se ocupó de vestirla; la ayudó a ponerse la ropa interior y le abrochó el corsé. Sacó el abanico que le había comprado y, cuando diez minutos más tarde estuvo lista, se la veía deslumbrante. Había sufrido una transformación. Jean le cepilló el pelo hasta sacarle brillo, y ella lo miró agradecida cuando se contempló en el espejo. Tenía un aspecto exótico al tiempo que elegante, fresco, juvenil y completamente respetable cuando Jean le entrelazó el brazo con el suyo y la guió escalera abajo hasta el salón.
Angélique y Armand lo aguardaban allí. Habían invitado a unas cuantas amistades, pero aún no había llegado nadie. Tenían pensado compartir un tranquilo aperitivo con Jean antes de la cena, y pensaban incluir a su amiguita hasta que supieron quién era. Angélique había expuesto la situación a su marido, y a él le alivió muchísimo que hubiera resuelto el problema con tanta rapidez. Convenían en que, sin duda, su primo había perdido el juicio tras haber pasado tanto tiempo con la población indígena. No les cabía en la cabeza que se hubiera planteado alojar en la casa a una india.
Los dos parecían igual de horrorizados cuando él entró en el salón con paso decidido, llevando a Wachiwi del brazo. Ella llevaba un vestido apropiado, aunque el pelo oscuro, largo y suelto no lo era, y Angélique se sentó con aire de estar mareada en cuanto la vio allí.
—Jean, ¿en qué estás pensando? —le preguntó mientras su marido observaba a Wachiwi.
Armand reconocía que era guapa y comprendía por qué su joven primo deseaba su compañía, pero desde luego no tenía sentido personarse con ella en casa de nadie. A ambos les escandalizaba por completo que se hubiera atrevido a presentarse allí con ella.
—¿Cómo que en qué estoy pensando, primo? —cuestionó Jean con los ojos llameándole de modo peligroso.
Wachiwi nunca lo había visto de esa forma, ni sus primos tampoco, pero era una clara estampa del punto al que podía llegar su temperamento. Por lo general le costaba mucho enfadarse; sin embargo, en ese momento echaba chispas por el trato que estaba recibiendo su amiga.
—Estoy pensando en que habéis sido de lo más grosero con mi acompañante. Hace media hora la he encontrado en las dependencias de los esclavos, compartía una habitación con otras cuatro mujeres. Me parece que ha habido algún error, así que la he ayudado a trasladarse a mi habitación —anunció sin inmutarse—. Seguro que lo comprendéis.
—¡No! ¡Yo no! —exclamó Angélique poniéndose en pie de un salto, con la mirada exactamente igual de amenazadora que la de Jean—. No pienso acoger a una salvaje en mi casa. ¿Cómo te atreves a traerla aquí? Es con los esclavos con quienes tiene que estar, donde la llevó Tobias. No toleraré que una negra cene en mi mesa. ¡Sácala de aquí ahora mismo!
Quería que Wachiwi desapareciera de inmediato, antes de que llegaran los demás invitados, y su marido estaba por completo de acuerdo con ella, a diferencia de Jean.
—No es ninguna negra. Es una sioux dakota, y su padre es un jefe indio.
—¿Cómo? ¿Uno de esos salvajes que andan por ahí desnudos, matando gente? ¿A cuántas personas se ha cargado antes de llegar aquí? ¿Qué bebé blanco ha muerto en sus manos? ¿Te has vuelto loco?
—Lo que estás diciendo es muy desagradable. Si quieres, volveremos a Nueva Orleans de inmediato. Mándanos el coche de caballos —resolvió con firmeza, y Angélique, tan furiosa como él, empezó a rugir.
—Me parece fantástico. ¿Y dónde crees que os darán habitación? Ninguna casa de huéspedes que se precie permitirá que os alojéis allí. No puedes presentarte en ningún establecimiento decente con una india, es lo mismo que ir con un esclavo.
—Esta chica no es una esclava —repuso Jean con obstinación—. Es la mujer a la que amo.
—Te has vuelto loco —aseguró Angélique—. Gracias a Dios que tus padres no viven para oírte decir una cosa así de esa india.
Wachiwi observaba su tira y afloja sin saber bien por qué discutían, y se le ocurrió que el único motivo posible era ella. No quería causar problemas a la familia. Sin embargo, Jean permaneció a su lado con actitud protectora. Era obvio que todos estaban muy enfadados, lo denotaba su forma de escupir las palabras. En el poco tiempo que había pasado desde que lo conociera, nunca lo había visto actuar de esa forma ni hablar con tanta violencia. Siempre había demostrado tacto y amabilidad, tanto con ella como con todo el mundo. No obstante, era evidente que estaba furioso con sus primos, y ellos también lo estaban con él.
—En la ciudad encontraremos algún sitio donde alojarnos —respondió con tranquilidad.
—¡Lo dudo! —soltó Angélique a grito pelado, y en ese momento oyeron las ruedas de un coche de caballos enfilando el camino de entrada de la casa y a los señores De Margerac les invadió el pánico—. Saca a esa mujer de mi salón enseguida —dijo Angélique en un tono lacónico.
Sin pronunciar media palabra más, Jean tomó el brazo de Wachiwi y la guió escalera arriba. Acababan de alcanzar la planta superior cuando el primer invitado entró en la casa. En cuanto Jean estuvo en su habitación con Wachiwi, le explicó de la forma más sencilla posible que iban a regresar a la ciudad.
—Se han enfadado por mi culpa —dijo sin rodeos, y parecía triste por él.
En ese momento Tobias entró en la habitación, y Jean le pidió amablemente que preparara el equipaje. Los baúles de Wachiwi ocupaban gran parte del espacio, pero casi todas las prendas seguían dentro.
—No, soy yo quien se ha enfadado con ellos.
Jean no quería herir los sentimientos de la chica y trató de explicarle lo ocurrido. Sin embargo, la reacción de sus primos había supuesto toda una revelación. ¿Era eso lo que les aguardaba, de quedarse en Nueva Orleans? Ingenuo de él, esperaba un recibimiento más caluroso, propio de la sociedad civilizada. ¿Adónde irían ahora? ¿Dónde vivirían, si permanecían juntos, que era lo que él deseaba con toda el alma? ¿En una choza al límite del territorio indio, como Luc Ferrier, escondiéndose del mundo con su concubina hasta que ella muriera, desterrado para siempre de la buena sociedad? ¿De verdad la gente tenía unas miras tan estrechas? ¿De verdad era tan mezquina? ¿Tan absurda? ¿Adónde iba a llevar a Wachiwi ahora?
Los únicos parientes que tenía en América eran los primos de Nueva Orleans. No conocía a nadie más, a excepción de viajeros, exploradores, supervivientes y militares con los que se había cruzado en el camino. Sin embargo, una cosa era llevar una vida nómada estando solo y otra muy distinta andar por ahí con Wachiwi. Se había hecho a la idea de que iban a quedarse en casa de sus primos varios meses, como él en ocasiones anteriores, hasta que elaboraran un plan. No obstante, ellos habían reducido bastante el tiempo de su estancia allí.
El coche de caballos de los De Margerac los devolvió a la ciudad media hora más tarde, y era casi medianoche cuando llegaron a la casa de huéspedes de la ciudad, donde ese mismo día habían parado a descansar unas horas. Jean había pedido al cochero que los acompañara de vuelta allí. La vez anterior no tuvo problemas; claro que había especificado que no se quedarían mucho tiempo. En esa ocasión, en cambio, el recepcionista lo miró con cara rara y fue a preguntar al director, a pesar de la hora intempestiva; por fin les asignó una habitación pequeña en la parte trasera, que solían reservar para los huéspedes poco presentables. Por la tarde, cuando le dieron la otra habitación, no habían visto a Wachiwi. La parte buena era que disponían de alojamiento.
—¿Se quedarán mucho tiempo, señor? —preguntó el recepcionista, incómodo.
—No lo sé —respondió Jean con sinceridad. No tenía ni idea de adónde dirigirse. De momento, prefería evitar volver a ver a sus primos, y también someter a Wachiwi a su trato—. Puede que tardemos varias semanas en irnos —dijo muy serio mientras se preguntaba si debía llevar a la chica hacia el norte. Aún no sabía qué hacer.
Cuando pudieron instalarse en la habitación, Jean se despojó del abrigo y lo dejó sobre una silla. Ayudó a Wachiwi a quitarse el vestido y lo guardó en el baúl; luego le quitó con gusto el corsé y la compleja ropa interior. Le había comprado varios camisones, pero ella prefirió ponerse el vestido de piel de wapiti. Le parecía más cómodo que ninguna de las otras prendas, y era lo que estaba acostumbrada a llevar. Era el equivalente a los pantalones de montar de gamuza que él usaba para viajar, que era con lo que se sentía más a gusto.
Allí, sentados en la pequeña habitación, él empezó a hablarle de su tierra natal. No sabía qué otra cosa explicarle para que se distrajera. A la chica debía de resultarle obvio que las cosas habían salido muy mal. Y, mientras hablaba con ella, se le ocurrió una idea. No estaba seguro de que las cosas les fueran mejor allí, pero tampoco podían irles mucho peor que hasta el momento; y empezaba a temer que en el Nuevo Mundo Wachiwi recibiera un trato injusto fuera a donde fuese, norte, sur o este. Quería llevársela a su país.
Le contó que había un lago enorme llamado océano Atlántico, y que él procedía del otro lado. Tardarían dos lunas enteras en llegar, lo cual era mucho, mucho tiempo. Le habló de lo bella que le parecería Francia, del paisaje de Bretaña, de las personas a las que conocería, de su hermano, que vivía en el palacete familiar. Le explicó que su tienda era mucho más grande que la que había visto esa noche, y entonces ella rió y dijo que se llamaba casa, no tienda, y él también se echó a reír. A su lado era capaz de afrontar cualquier cosa, de subir cualquier montaña, de superar cualquier obstáculo, y deseaba protegerla de la tremenda afrenta y humillación que había sufrido en la plantación de los De Margerac. Sospechaba que en Norteamérica todo el mundo se comportaría con igual grosería que sus primos y estaba convencido de que en Francia las cosas les irían mejor. Tenía la esperanza de que allí la consideraran una belleza exótica en lugar de alguien que merecía ser castigado y maltratado, desterrado del mundo. Sabía bien lo que debía hacer. Regresaría a Bretaña con Wachiwi.
Pensó escribirle a su hermano a la mañana siguiente, explicándole que regresarían en el próximo barco. La carta llegaría tan solo unos días o, como máximo, pocas semanas antes que ellos, pero al menos serviría de aviso a Tristan y le daría una idea de la fecha. Jean pensaba sacar dos pasajes para el primer barco disponible con destino a Francia. Nada los ataba a esas tierras. El viaje representaría otra aventura juntos, una un poco larga; aunque, después de todo lo que habían vivido, no parecía tan duro pasarse dos meses dando tumbos por el océano Atlántico. Y, por primera vez en los cinco años que llevaba en el Nuevo Mundo, sentía que era el momento de regresar a casa. En todo ese tiempo no había visto a su hermano ni a su país. Allí ya había hecho todo lo que tenía que hacer; había descubierto nuevos territorios, había vivido aventuras asombrosas y acababa de conocer al amor de su vida, una bella sioux con quien deseaba casarse y tener hijos. No tenía ni idea de lo que opinaría su hermano al respecto, aunque Tristan era un hombre sabio y comprensivo. Además, al margen de lo que opinara la gente, Jean estaba seguro de que Wachiwi era la mujer que estaba esperando. Iban a regresar a casa para construir un futuro juntos. Le sonrió, convencido de que su vida de soltero había terminado. En compañía de su novia, el esplendor de los días venideros se desplegaba ante él.