8

 

 

Wachiwi iba al lago todos los días. Suponía una caminata con ese calor, pero valía la pena; los ratos que pasaba allí eran idílicos y reinaba una tranquilidad absoluta. Le recordaba a un lago al que había ido con sus hermanos. Un día, solo por probar si todavía era capaz, se sumergió y capturó un pez con las manos; luego, con una carcajada, lo devolvió al agua. Disfrutaba mucho del tiempo que pasaba allí sola. Estaba tan convencida de que nadie más andaba cerca que pasaba horas y horas tomando el sol desnuda; también nadaba desnuda, e incluso así se paseaba y buscaba frutas del bosque bajo el cielo abrasador. Se sentía como una niña, absolutamente a salvo y en solitario. Deseaba que ese placer se prolongara por siempre, pero sabía que al cabo de pocas semanas desmantelarían el poblado y empezarían a desplazarse hacia el territorio de invierno. Pensaba aprovechar esa oportunidad para poner en práctica otro intento de fuga, o sea, que de momento no tenía nada en que pensar, de que preocuparse ni sobre lo que hacer planes. Se la veía feliz y relajada cuando, al anochecer, regresaba al campamento.

Estaba muy, muy morena. Tenía un agujero en los mocasines a causa del largo paseo hasta el lago de buena mañana y de regreso al poblado cuando oscurecía. Siempre llegaba justo a punto para cenar, y a Napayshni le encantaba la expresión de sus ojos. Se mostraba comunicativa, cordial y cariñosa, a veces incluso con él, cuando se olvidaba de hacerle patentes su indiferencia y hostilidad. Cuando era franca, y Napayshni lo intuía, hacía que a él le brincara el corazón, y daba la impresión de que ella le estaba abriendo el suyo. La mayor esperanza del jefe indio era que tal vez, cuando llegara el momento de levantar el campamento y trasladarse, por fin la chica se habría entregado a él. Había tenido paciencia con ella, y empezaba a dar fruto. Lo notaba incluso en su forma de hablarle cuando le contaba que nadaba en el lago. Pensó en ofrecerle uno de los caballos para que pudiera llegar con más facilidad, pero no quería que cayera en la tentación de volver a escapar. Aún cabía la posibilidad de que lo hiciera, ya que todavía no era suya. Cuando lo fuera y llevara dentro a su bebé sabía que no volvería a intentarlo. Sin embargo, de momento aún podía hacerlo. Primero tendría que conseguir que se entregara a él para luego poder sentirse a salvo sabiendo que Wachiwi sería suya el resto de sus días. Era todo cuanto anhelaba; todos los días pensaba en ello durante la jornada.

Wachiwi vivía ajena a su pasión y los fuertes sentimientos que le profesaba mientras, día tras día, caminaba hasta el lago a paso ligero, impaciente por llegar a su rincón particular para pasar allí el día. Tenía suerte, no le habían asignado ninguna de las tareas del campamento; ese era el regalo que le había hecho Napayshni. En vez de eso, podía dedicarse todo el día a jugar, nadar en el lago, tumbarse en la playa y soñar. Seguía soñando con su familia, su poblado y su padre, pero ahora también tenía otras cosas en mente relativas a las dos mujeres con las que convivía, sus hijos y, a veces, Napayshni. No quería creerlo, pero veía que era un hombre honesto. Se portaba bien con los miembros del poblado y sus esposas, era cariñoso con sus hijos y se mostraba amable con ella. De no ser porque era un sioux y había matado a sus hermanos y a Ohitekah, le caería bien e incluso tal vez habría accedido a casarse con él. Sin embargo, en esas circunstancias jamás lo haría. Y pronto estaría lejos de allí. Daba igual cuánta amabilidad le demostrara; estaba más decidida que nunca a escapar. Mientras tanto, aguardaba a hallar un momento oportuno cuando levantaran el campamento y disfrutaba los días en el lago.

Una tarde especialmente calurosa, se tumbó en la playa y se durmió. Había escondido el vestido y los mocasines bajo un arbusto y, tras haber nadado un buen rato, cayó en un profundo sueño. Los niños, molestos por el calor, los habían despertado en plena noche y estaba cansada. Estaba soñando con su padre cuando oyó un ruido. Creyó que sería un pájaro revoloteando entre la maleza cercana. Abrió un poco los ojos y miró alrededor, pero no vio nada, así que se incorporó y permaneció sentada en la cálida arena. Fue entonces cuando reparó en algo que jamás había visto. Era un hombre vestido con unos pantalones de montar de gamuza y una camisa blanca desabrochada. Tenía la piel blanca y el pelo oscuro, y se quedó mirándola entre incrédulo y aterrado. El estupor le impedía moverse, igual que a Wachiwi, quien entonces oyó a su caballo; el hombre lo había atado cerca. No sabía quién ni qué era, ya que nunca había visto a un hombre blanco. Sin embargo, mientras lo observaba, recordó al instante que su padre le había hablado de unos espíritus blancos que procedían de muy lejos. A Wachiwi siempre se le habían antojado unos seres misteriosos, pero, como no llegó a ver a ninguno, los había olvidado. Al ver a ese hombre, enseguida reparó en que era uno de ellos. No sabía si se trataba de un espíritu benigno o maligno, y permaneció desnuda frente a él, temiendo moverse y sin saber qué hacer. Él parecía tan asustado como ella. No sabía si allí cerca andaba un grupo de guerreros que iría a buscar a la chica y daría con él. Mientras contemplaba a aquella preciosa muchacha, su desnudez le evocó algo místico. Era absolutamente perfecta.

Para tranquilizarla, levantó las dos manos e hizo una señal de paz en un lenguaje que ella identificó como iroqués o hurón; en algún momento había visto esa señal. No era sioux ni crow, pero la comprendía.

En realidad era hurón; el hombre lo había aprendido gracias a una convivencia de años con la tribu. Había viajado solo hacia el oeste para explorar y cartografiar la zona, y algo captó su atención. Había trazado algunos mapas que creyó que podrían resultar útiles para quienes siguieran sus pasos, pero sobre todo tenía interés en explorar el Nuevo Mundo. Era el segundo hijo de una familia francesa y su hermano mayor, el encargado de todo; sin obligaciones en el hogar, su sueño lo había guiado hasta el Nuevo Mundo. Al inicio de su viaje, cinco años atrás, había permanecido algún tiempo en Nueva Orleans; desde entonces los territorios vírgenes, las tribus indias y la imponente belleza de todo junto le habían proporcionado un placer sin límites. Por el momento, no había tenido ninguna mala experiencia, aunque en alguna ocasión se había librado por los pelos. Una vez fue cuestión de horas que no se topara con un grupo de guerreros pawnee que mató a la comunidad que le había dado cobijo pocos días atrás; habían incendiado el fuerte y masacrado a sus ocupantes. Aparte de eso, el tiempo dedicado a descubrir los bosques, las Grandes Llanuras y los ríos le había reportado mucha alegría. Creía que la zona estaba completamente despoblada, y ahora se topaba con esa chica desnuda, paralizada ante él, mirándolo. Sabía que era una india, pero como no llevaba ropa no sabía a qué tribu pertenecía, si era pacífica o belicosa. Fuera quien fuese, los hombres de la tribu no debían de andar lejos y no les parecería nada bien que se hubiera topado con la hija o la esposa de uno de ellos mientras se bañaba desnuda en el lago. Lo matarían en el acto. Sabía que la situación entrañaba un grave peligro para ambos. Él señaló su ropa; luego a ella. Wachiwi asintió y se escondió entre los arbustos, y, al cabo de unos instantes, reapareció cual cervatilla, ataviada con el vestido de piel de wapiti y los mocasines. Lo más raro de todo es que no parecía asustarle su presencia, más bien daba la impresión de estar intrigada y perpleja en cierto modo, ya que jamás hasta ese momento había visto a un hombre blanco. Con la ropa puesta, él la identificó como perteneciente a alguna tribu sioux, y sin duda de alto rango, ya que llevaba el vestido bordado y adornado con cuentas. Imaginaba que debía de ser la hija o la esposa del jefe.

Volvió a mostrar la señal de la paz y no hizo ningún intento de acercarse a ella. Deseaba preguntarle si estaba sola, pero no sabía cómo. Miró alrededor, como si buscara a alguien, y luego se volvió de nuevo hacia ella con aire perplejo. Wachiwi lo comprendió y negó con la cabeza mientras se preguntaba si debía confesarle que estaba sola. Llevaba un pequeño machete en la cintura, pero estaba destinado a recoger bayas y cortar enredaderas, nunca lo había utilizado contra un hombre. Seguía sin tener ni idea de si era un espíritu bueno o malo, aunque no le parecía amenazador. De hecho, se le veía asustado y sorprendido, hasta tal punto que decidió sonreírle. Le dirigió unas palabras en sioux que él no comprendió. Wachiwi señaló hacia el campamento e hizo con las manos un gesto en forma de tipi. El hombre asintió; le agradecía la información, ya que eso le permitía mantenerse alejado. Entonces, mientras se preguntaba si intentaría detenerla, Wachiwi empezó a alejarse. Él no se movió; se limitó a observar cómo se marchaba.

Wachiwi llegó al camino que recorría a diario. Varias veces se volvió a mirar atrás, y vio que el hombre seguía en el mismo sitio. No se había movido y tenía los ojos clavados en ella. Era la muchacha más bella que había visto en toda su vida. Entonces, poco a poco, se ocultó entre la arboleda, desató al caballo, montó en él y se alejó. Wachiwi volvió la cabeza por última vez para comprobar si seguía allí, pero ya no estaba. El primer espíritu blanco que había visto se había evaporado. Ojalá tuviera a alguien a quien preguntarle sobre ello, o a quien contarle lo que había visto; sin embargo, no se atrevía. Algo le decía que no debía hacerlo.

Esa vez, cuando una hora más tarde regresó al poblado, estaba seria. Todo el mundo andaba muy ocupado, así que se unió a las mujeres reunidas en torno a su tipi y se dispuso a jugar con los niños. Sostuvo un rato al bebé en brazos, tal como hacía de vez en cuando, y le arrancó unos gorjeos. Ella también se estaba riendo cuando Napayshni regresó a casa tras haber estado tiñendo pieles de búfalo, y pensó que jamás había contemplado nada más bello que la imagen de Wachiwi jugando con su bebé. Albergaba la esperanza de que el siguiente niño que la chica tuviera en brazos fuera el hijo de ambos.

Wachiwi no habló con nadie del campamento sobre el hombre al que había encontrado en el lago. Su instinto le decía que eso lo habría puesto en peligro, y a ella también. Tal vez alguien la culpara de su presencia allí. Al día siguiente lo buscó con la mirada, pero él no apareció. Sin embargo, al segundo día sí que regresó al lago. Wachiwi estaba nadando cuando él llegó; acababa de sacar la cabeza del agua cuando lo vio emerger de entre los árboles y acercarse a ella. Llevaba los mismos pantalones de gamuza y unas botas negras de caña alta. Tenía el pelo largo, tan oscuro como el de ella, recogido en una coleta. El hombre volvió a hacer aquel extraño gesto de paz y se acercó prácticamente hasta el borde del lago. Le sonrió, y al hacerlo su rostro se iluminó por completo. Llevaba un rato observándola y vio que estaba sola. Su belleza lo dejaba sin respiración. Sabía que era muy estúpido, a la vez que valiente, por haber regresado a ese lugar, pero algo en su interior lo había arrastrado hasta allí. Quería volver a verla y averiguar más cosas de ella si podía. Era la única muchacha india con quien había estado a solas. Llevaba cinco años en Norteamérica explorando la naturaleza, tratando de encontrarse a sí mismo, haciéndose un hombre en la tierra que amaba y que era tan distinta de la suya. Y, de repente, se sentía fascinado por aquella mujer que lo observaba cual diosa india. Se dio cuenta de que el hecho de haberla encontrado sola en el lago no era una casualidad; tenía la sensación de que la chica acudía allí a menudo, tal vez todos los días. Y todo cuanto sabía tras haberla encontrado era que necesitaba volver a verla. Le habría gustado pintar su retrato y captar la libertad de espíritu y la armonía que había observado en ella mientras jugaba en el agua. Wachiwi, por su parte, deseaba saber cómo había hecho él para aprender el lenguaje hurón, aunque no podía preguntárselo.

El hombre blanco ya había visto el poblado crow desde la distancia, y se alejó un buen trecho antes de acampar dentro de una cueva, en medio del bosque. Conocía bien los caminos y se orientaba con gran facilidad. Vivía pendiente de encontrarse a algún grupo de guerreros, pero no había visto ninguno. Gracias a su catalejo había visto que en el campamento todo el mundo parecía muy ocupado. Se acercaba el final del verano, e imaginaba que se estaban preparando para recibir el invierno. Se preguntó si la chica del lago se habría evadido del trabajo para pasar un buen rato. Por lo joven que parecía, cabía esa posibilidad, y si era la hija del jefe, tal vez se lo permitieran como una especie de privilegio. Había muchas cosas que deseaba preguntarle, muchas cosas que quería saber de ella.

Vio que otra vez estaba nadando desnuda, y no parecía importarle. Se concentró en su cara en lugar de fijarse en las zonas de su piel que iban emergiendo mientras se desplazaba bajo el lago. De pronto Wachiwi se puso en pie; el agua solo la cubría hasta la cintura. Sus miradas se cruzaron y los dos permanecieron inmóviles, y entonces ella sonrió y volvió a zambullirse bajo el agua. Lo estaba provocando, cual ninfa de los bosques. Lo asaltó la impresión de que todo era producto de su fantasía, pero resultaba demasiado real, y la joven era preciosa. No era capaz de imaginar a una ninfa de los bosques más guapa que ella. Y la mirada inocente de sus ojos lo abrumaba. Decidió presentarse, aunque en esas circunstancias se le antojaba más bien una locura.

—Jean de Margerac —dijo señalándose a sí mismo mientras hacía una gran reverencia. Ella lo miró un instante, perpleja, como si no supiera lo que le había dicho. Él repitió las palabras y se señaló el pecho sin moverse del sitio, y entonces Wachiwi lo comprendió.

—Wachiwi —dijo ella en voz baja, y se señaló a sí misma.

El joven no conocía lo suficiente a las tribus locales para adivinar a cuál pertenecía la chica y, cuando probó a dirigirle cuatro palabras le quedó claro que no comprendía el inglés ni el francés. Él hablaba los dos idiomas; el inglés lo había aprendido cuando se trasladó al Nuevo Mundo. También había aprendido el iroqués y el hurón, pero daba la impresión de que la chica tampoco entendía esas lenguas; las dos tribus vivían mucho más hacia el este. Solo les quedaba la opción de hacer señales y comunicarse con mímica, y al parecer les bastaba.

Sabían cuáles eran sus nombres, aunque no conocían nada más de sus vidas respectivas. Ella tenía un porte noble que revelaba una procedencia privilegiada en su comunidad, pero era un espíritu libre, igual que él. En cierta forma, sus historias no eran tan distintas. Él, en su mundo francés, se sentía enclaustrado. Y porque le tenía un gran cariño, Tristan, el marqués, le había permitido abandonar el país con su consentimiento. Ella le estaba haciendo señales, y él tardó un rato en comprender que le estaba preguntando de dónde venía mientras, con mirada interrogativa, señalaba al cielo y luego al bosque. Él, a modo de respuesta, señaló al bosque, le indicó que iba a caballo y trató de hacerle entender que llevaba así muchísimos días. Intentar explicarle que a lo lejos se extendía un océano y que su viaje había empezado incluso más allá era demasiado complejo para transmitírselo mediante gestos. Procedía de Francia, de Bretaña, y era el conde De Margerac. A Wachiwi no le habría dicho nada el hecho de saber que su hermano mayor era marqués y señor de un vasto territorio. Lo único que podían compartir era lo que cada cual representaba en ese momento, sin pasado y sin futuro. Solo tenían presente, y esa era una sensación embriagadora para ambos.

Él se quitó las botas y se adentró en las aguas para acercarse a ella, con la impresión de estar un poco loco. Si algún guerrero andaba cerca, sin botas ni armas era hombre muerto. Igual que Wachiwi, llevaba un machete en la cintura para abrirse paso a través de los bosques, pero no tenía ningunas ganas de utilizarlo en un combate cuerpo a cuerpo contra algún guerrero del poblado de Wachiwi, y había dejado la pistola en el caballo para no asustarla. Eran como dos niños que se hubieran encontrado en un lugar prohibido y corrieran un grave riesgo; y ella lo sabía, se le notaba en los ojos. Parecía tener un gran espíritu. Muchas mujeres en su situación habrían salido huyendo despavoridas. Ella, en cambio, seguía nadando desnuda en el lago a muy corta distancia de aquel hombre. O bien desafiaba a la suerte, o él le merecía confianza; Jean no tenía muy claro cuál de los dos era el motivo. Tampoco daba la impresión de ser una perdida. Su mirada no denotaba el más mínimo coqueteo; solo inocencia, curiosidad y afabilidad. Era una muchacha muy poco común. Y, por suerte, con él estaba a salvo. Algo hacía pensar a Jean que ella lo sabía. La cuestión es que, o bien era muy valiente, o no tenía la cabeza en su sitio.

Wachiwi se vistió mientras él se apartaba un poco y le daba la espalda, y luego se sentaron sobre un tronco y trataron de intercambiar algunos datos. Él le preguntó si tenía hijos, ante lo que ella negó con la cabeza. Por eso imaginó que no estaba casada, aunque daba la impresión de tener edad suficiente. A lo mejor era la hija preferida de un jefe que no quería desprenderse de ella. Entonces Wachiwi le indicó mediante gestos que la habían secuestrado en su campamento y luego habían viajado durante varios días. Le mostró las marcas de las ataduras, ya que aún se le notaban, y luego señaló hacia el poblado de donde procedía. Parecía que trataba de decirle que era una prisionera, pero Jean no le encontraba el sentido, puesto que estaba sola en el lago. Entonces él regresó junto a su caballo y le enseñó dibujos y bocetos de lagos, bosques y algunas gentes, y ella asintió. Estaban muy bien hechos. Le mostró uno de los mapas que había trazado, pero al parecer ella no sabía qué era, ya que nunca había visto ninguno. Le hizo comprender que prefería los dibujos. Y así llegó la hora de marcharse.

Habían conseguido trabar una extraña amistad, gracias a la curiosidad que sentían el uno por el otro al proceder de dos mundos distintos por completo. Una muchacha india, seguramente de rango, y un noble francés, ambos lejos de su hogar, habían coincidido en ese reducto de paz. Él permaneció allí después de que ella se marchara e hizo un dibujo de la cascada; deseaba regalárselo al día siguiente.

Jean regresó, pero ella no. Las dos esposas de Napayshni se habían empachado con bayas, y Wachiwi se quedó en el poblado para cuidar de los niños.

Pasaron dos días antes de que Wachiwi pudiera volver al lago, y le decepcionó comprobar que Jean no estaba. Se preguntó si volvería a verlo o si había regresado a su lugar de procedencia. Sabía que no se había topado con ningún guerrero crow porque nadie lo había mencionado en el poblado; seguro que ella se habría enterado si hubieran descubierto a un hombre blanco y lo hubiera matado. Habrían llevado su cabellera al poblado y se la habrían entregado al jefe. No, Jean se había esfumado con la misma facilidad con que llegó. A Wachiwi le parecía un espíritu bueno; no le había causado ningún daño y se había mostrado pacífico y amigable en todo momento.

Esa noche la chica se mostró muy callada cuando regresó al campamento. Los hombres tenían montada una ceremonia para celebrar otra cacería y algunos estaban fuera de sí. Napayshni había bebido mucho, cosa poco habitual en él; estaba de buen humor e intentó arrimarse a Wachiwi cuando estaba acostada en su camastro. Ella notó su cercanía cuando entró en el tipi, pero optó por ignorarlo y fingir que dormía, así que él se retiró a su propia cama. Antes de hacerlo, le había acariciado la cara y el cuello suavemente con la esperanza de que ella se despertara. No estaba preparada para entregarse a él, y dudaba que lo estuviera algún día. Últimamente había notado la pasión creciente que sentía por ella, y eso le recordó que debía huir. Le preocupaba que no tardara en obligarla a ceder, frustrado por la larga espera. Hasta el momento había tenido mucha paciencia, pero Wachiwi sabía que eso no duraría siempre. Sabía del comportamiento de los hombres por otras mujeres; y, de hecho, le gustara o no, ella pertenecía a Napayshni. Podía hacer lo que quisiera con ella. Era un milagro que no la hubiera presionado.

El invierno se le haría muy largo al tener que dormir ambos en la misma tienda, y en mitad de la estación los embarazos de las dos esposas de Napayshni estarían muy avanzados. No costaba mucho adivinar que cuando sintiera necesidad de contacto buscaría a Wachiwi, y además querría dejarla embarazada. Para un jefe indio tener muchos hijos era un signo de virilidad, y Napayshni deseaba a Wachiwi desde que llegó al campamento. Había mantenido las distancias, pero ella lo había notado de todos modos. Pronto la convertiría en su esposa, y Wachiwi quería alejarse de allí antes de que eso ocurriera. Se había prometido a sí misma que jamás permitiría que él se le acercara. La muerte de sus hermanos y de Ohitekah era algo demasiado grave para perdonárselo.

Se comentaba que pronto levantarían el campamento, hacia el final del verano. Los búfalos empezaban a emigrar, y los crow querían cazar un poco más antes de que llegara el invierno. Habían pasado mucho tiempo en el campamento de verano, y Wachiwi había disfrutado de las visitas al lago, sobre todo desde su encuentro con Jean, pero también de los momentos que antes había pasado a solas. El día antes de que cambiaran de emplazamiento, se dirigió al lago por última vez. Creía que para entonces Jean ya estaría lejos, puesto que no lo había visto en bastantes días y no esperaba volver a encontrárselo.

Se dirigió allí a buen paso, como siempre, de modo que pudiera pasar suficiente tiempo en el lago antes de tener que regresar. Había refrescado un poco y notaba que se estaba acercando el otoño. Empezaban a caer algunas hojas de los árboles, pero aún hacía bastante calor para nadar. Se quitó la ropa, como siempre; también el agua estaba más fresca. Después volvió a ponerse el vestido y los mocasines, y mientras regresaba al campamento iba pensando en Jean, por lo que se sorprendió mucho al verlo aparecer. Se preguntó si, después de todo, sería ciertamente un espíritu. Llevaba por lo menos una semana sin encontrárselo. Él le indicó mediante señas que se había alejado unos días, pero que había vuelto. No sabía cómo hacérselo entender, pero esperaba volver a verla aunque fuera solamente una vez. Tenía la sensación de que debía verla antes de marcharse. Le entregó su dibujo de la cascada y ella lo miró encantada. Se dispuso a devolvérselo, puesto que no podía presentarse en el campamento con él. Y entonces Jean le mostró el retrato que había hecho de ella, lo cual aún la conmovió más. Wachiwi le sonrió en cuanto posó los ojos en él.

Luego fueron a sentarse a su tronco favorito, tal como habían hecho la otra vez. Wachiwi recogió unas bayas y se las ofreció a Jean. Estaban sentados tan tranquilos, como dos chiquillos, cuando ambos oyeron un ruido al mismo tiempo, como un crujido de hojas. Wachiwi se sobresaltó, y Jean también; y antes de que ninguno de los dos supiera qué estaba ocurriendo, Napayshni se plantó en medio del claro, al parecer tan asombrado como ellos. Por un instante ninguno de los tres reaccionó. Y, de pronto, sin pronunciar palabra, Napayshni arremetió contra Jean. Wachiwi no sabía qué hacer. No tenía ni idea de que el jefe la había seguido hasta allí, nunca antes lo había hecho, y tampoco sabía si había acudido solo. Lo que para nada imaginaba es que él, cansado de esperar, había decidido consumar su matrimonio en el lugar que ella tanto adoraba antes de levantar el campamento. Creía que era lo que debía hacer. En ese momento, Wachiwi observaba, aterrada, a los dos hombres en su abrazo mortal, con la cara enrojecida, resoplando y agarrándose el uno al otro de la garganta. Permaneció allí plantada, impotente, con miedo de intervenir; y justo cuando Napayshni estaba a punto de derrotar a Jean, Wachiwi vio cómo este soltaba al indio y, con gran rapidez, sacaba el machete del cinturón y lo atravesaba de lado a lado. El hombre al que Wachiwi pertenecía se quedó mirándola con estupefacción y emitió un gorgoteo a la vez que un chorro de sangre le brotaba de la garganta. Poco a poco, se derrumbaba de espaldas en el suelo. Jean se estaba asfixiando y luchaba por recobrar el aliento mientras ambos miraban a Napayshni. Tenía los ojos abiertos y yacía quieto, con la sangre manándole del pecho. Estaba muerto.

—Dios mío —exclamó Jean con expresión de terror y sin saber qué hacer a continuación.

Wachiwi actuó con mayor rapidez. Cogió a Napayshni por una pierna, le indicó a Jean que hiciera lo propio con la otra y lo arrastró hasta un matorral. No era la forma en que un jefe indio merecía ser enterrado, pero no podían hacer otra cosa. Los dos sabían que tenían que actuar rápido. Si alguien sabía que el jefe había acudido allí o lo había seguido desde el campamento, tanto Jean como Wachiwi morirían. Jean no tenía la más mínima intención de herir a Napayshni, pero no le había quedado otra opción. Wachiwi y él habían estado jugando con fuego desde el momento en que se hicieron amigos.

La chica demostró ser fuerte y rápida por la forma en que arrastró a Napayshni por entre los arbustos. Había tal espesura que era imposible que lo vieran o lo encontraran hasta pasado mucho tiempo. Señaló a Jean, se señaló a sí misma y apuntó en dirección al caballo. Estaba indicándole claramente que tenía que marcharse con él, cosa que Jean ya había deducido de antemano. El joven limpió el machete en el agua lo más rápido que pudo, volvió a guardárselo en el cinturón y corrieron hasta el caballo sin hacer ruido ni pronunciar palabra. Wachiwi subió al caballo y se sentó delante de la silla, como si fuera lo normal viajar así, y Jean montó, la rodeó con un brazo, tomó las riendas y al cabo de un instante se alejaron de allí a galope tendido.

Wachiwi le indicó rutas y claros del bosque en los que él no se había fijado jamás. Se le hizo evidente que la chica llevaba toda la vida montando a caballo. No paraba de estimularlo para que fuera más rápido; ambos sabían que tenían que alejarse todo lo posible y lo antes que pudieran. En cuanto se percataran de la ausencia de Napayshni en el poblado, si no lo habían notado ya, saldrían a buscarlo. Nada más verlo, Jean había adivinado que era el jefe. Lo que no comprendía era la frialdad por parte de Wachiwi al verlo muerto. En todo caso, parecía aliviada. No conseguía deducir si era su marido o qué otro tipo de relación tenían, pero durante la carrera a galope no había tiempo para preguntas. Wachiwi estaba concentrada en hallar la ruta para salir del bosque. Cabalgaron a toda velocidad durante horas enteras, hasta que se hizo de noche. Para entonces, el caballo estaba agotado y Jean solo podía rezar para que no se quedara cojo. Aún les quedaba un buen trecho por recorrer. Se dirigían hacia el nordeste. Al final ella le permitió detenerse al descubrir una cueva. Ataron el caballo a un árbol y Jean siguió a Wachiwi al interior de la cueva. Esa vez sí que se llevó las armas consigo. No estaba seguro de dónde se encontraban, ni ella tampoco, pero tenía una ligera idea. Intentaba situar el hogar de un cazador a quien conocía y donde se había alojado varios días durante su viaje hacia el oeste. Era francés, se habían conocido en Canadá y llevaban años de relación. Jean no quería poner a su amigo en peligro, pero cuando llegaran a su casa estarían a muchísima distancia de los crow.

Entonces Jean notó cierta expresión en los ojos de Wachiwi, como si la chica quisiera explicarle algo. Apenas abandonaron el lago, ella quería llevar al joven hacia el poblado de su padre, pero enseguida se dio cuenta de que, si lo hacía, ambos correrían peligro e incluso cabía la posibilidad de que los crow declararan la guerra a su comunidad. Cuando encontraran el cadáver de Napayshni y no el suyo, y al ver que ella tampoco había regresado, imaginarían que había matado al jefe y se había dado a la fuga. Si además regresaba a su poblado no les cabría la menor duda al respecto, y la venganza sería terrible. Tenía que mantenerse alejada del poblado de su padre. Tal vez los crow imaginaran que miembros de una tercera tribu la habían raptado en el lago tras matar a Napayshni. Claro que eso era muy poco probable, ya que nadie más habitaba en los alrededores. Pensarían que había sido ella. Su única opción, de momento, era viajar junto al hombre blanco; no tenía ni idea de lo que le ocurriría después. No tenía ni idea de lo que él le haría. Esa noche apenas dijo nada, y ella tampoco. Intercambiaron unas cuantas miradas pero no palabras, y ninguno se esforzó en comunicarse mediante gestos. Los dos sabían qué había ocurrido y cuáles serían las consecuencias si los capturaban.

Apenas durmieron, partieron antes del amanecer y pasaron el día galopando a mayor velocidad aún. Tenían que cruzar un trecho de campo abierto, y Jean sabía que se encontraban en territorio de los sioux teton, donde jamás se estaba a salvo. Los sioux teton eran tremendamente hostiles incluso con otros sioux y todo el mundo los temía. Sin embargo, por pura casualidad, no se tropezaron con un alma durante el tramo más expuesto. Cabalgaron a la velocidad del viento y luego volvieron a ocultarse en el bosque. Eso les obligó a aminorar la marcha, pero no se cruzaron con nadie durante el camino. Esa noche no encontraron ninguna cueva en la que guarecerse, así que permanecieron despiertos escuchando los sonidos del bosque. No apareció ningún ser humano. Tras haber cabalgado durante dos días, dedujeron que, por el momento, nadie los andaba siguiendo. Los dos se preguntaban si era posible que aún no hubieran hallado el cadáver de Napayshni. Jean esperaba que así fuera; tal vez la desaparición de Wachiwi y el jefe indio siguiera constituyendo un misterio para su gente.

Al tercer día, el caballo de Jean empezó a mostrarse cansado de forma ostensible ante la continua marcha forzada. Sin embargo, Jean sabía dónde se encontraban. Había trazado un mapa de esa zona y creía que estaban relativamente a salvo. Aún cabía la posibilidad de que los crow los persiguieran, pero la tribu no sabía en qué dirección habían partido, puesto que le llevaban mucha ventaja. Por otra parte, las tribus de la zona en la que se hallaban eran, en general, pacíficas y se dedicaban al comercio y la agricultura; no eran tan belicosas como los crow ni los sioux teton. No solían verse guerreros en las inmediaciones; Jean confiaba en que las cosas no hubieran cambiado en ese sentido.

Habían recorrido cientos de kilómetros a toda marcha, cabalgando a mayor velocidad de la que Jean lo había hecho jamás. Wachiwi era incansable, obligaba al caballo de Jean a galopar de una forma que él nunca habría sido capaz de igualar. La chica le daba muchas vueltas como amazona; daba la impresión de haber nacido sobre un caballo. Esa noche siguieron cabalgando hasta mucho después de que oscureciera. Habían empezado a ver granjas y unas cuantas casas de colonos, y por fin Jean reconoció la cabaña que andaba buscando. Detuvo al caballo en el patio de entrada, lo encaminó al establo y apremió a Wachiwi a que se dirigiera al porche y llamara a la puerta. Era la casa de Luc Ferrier. Llevaba años instalado en el Nuevo Mundo, cazando en Canadá y comerciando con los indios. Se había casado con una india que había muerto tiempo atrás. Jean lo tenía por un buen amigo y confiaba en él. Luc abrió la puerta y, al verlo, dio un grito de alegría antes de que se pusieran a hablar deprisa en francés.

—¿Cómo es que has vuelto tan pronto? No esperaba verte hasta dentro de un mes. ¿Te has metido en un lío o tienes miedo de algo?

Luc siempre se metía con Jean, sobre todo porque tenía un título nobiliario y él no. Era un tosco montañés de los Pirineos con buen corazón que, aunque no lo demostrara, sentía un profundo respeto por Jean, por mucho que se provocaran el uno al otro con ofensas sin importancia. Luc era testigo de que Jean había pasado por situaciones difíciles y siempre había salido airoso.

—Un pequeño incidente sin importancia —comentó Jean como quien no quiere la cosa.

Sin embargo, Luc notó que la chica y él estaban cansados y dedujo que habían recorrido un buen trecho a caballo. No sabía cuál era el motivo ni cuánto tiempo llevaban huyendo, pero veía que había ocurrido algo y no quería ser indiscreto. Fuera lo que fuese, con él estarían a salvo; precisamente por eso Jean había decidido dirigirse a su casa cuando abandonaron el lago.

—¿Quién es tu amiguita? —Luc no resistió la curiosidad. Era preciosa.

—Se llama Wachiwi, es todo lo que sé. Creo que es crow, o tal vez dakota. No lo sé. No conozco lo bastante a esas tribus. He intentado hablarle en iroqués y en hurón y no habla ninguna de esas dos lenguas. Vivía en un poblado crow, pero intentó explicarme que se la llevaron de algún otro sitio, seguramente del campamento de su padre.

Entonces Luc se dirigió a ella en dakota, lengua que ella dominaba, ya que a veces había comerciado con esa tribu. El hombre conocía muchos dialectos y tenía buen oído para los idiomas, y Wachiwi respondió con prontitud y estuvieron hablando un buen rato mientras le explicaba su historia. Hablaba con vehemencia, con gran expresividad. Jean se dedicó a escucharlos aunque no comprendía una palabra. Luc, en cambio, iba asintiendo y colando algún comentario de vez en cuando. Jean se preguntaba si la chica le estaría explicando que él había matado al jefe crow. Ojalá no lo hiciera. No quería que Luc se viera implicado de ningún modo, y eso es lo que ocurriría si conocía los hechos. Quien estaba en apuros era él, no su amigo; deseaba fervientemente que la cosa no le salpicara. Su plan era continuar el viaje hacia el este con Wachiwi hasta el fuerte Saint-Charles, y luego hasta el de Saint-Louis. Quería alejarse al máximo de los crow. De lo que harían después no tenía ni idea, y tampoco sabía lo que deseaba hacer Wachiwi. Esperaba que Luc lograra averiguarlo.

Pasó mucho tiempo antes de que Luc se dirigiera a Jean para explicarle la conversación. A esas alturas estaban sentados a la mesa de la cocina y Luc había servido dos enormes platos de estofado preparado por él. Era buen cocinero, y los dos viajeros llevaban tres días alimentándose tan solo con bayas. Jean estaba muerto de hambre y Wachiwi tenía la cara pálida. Observó la comida con curiosidad y la removió un poco con el dedo. Entonces Luc le tendió una cuchara y le enseñó a usarla. La chica aprendía rápido, y comió con pulcritud mientras Luc explicaba a Jean cuál era su situación.

—Es una sioux dakota. Su padre es Oso Blanco, un gran jefe indio. He oído hablar de él, aunque no lo conozco personalmente. No comercian con los franceses, sino que se reservan sus bienes. Dice que la primavera pasada los crow asaltaron su poblado. A ella la raptaron junto con varias mujeres más, y mataron a dos de sus hermanos y a bastantes jóvenes. Luego la llevaron ante el jefe crow para ofrecérsela como trofeo de guerra. Dice que él quería convertirla en su esposa y que ella se negó. Tengo que añadir, por cierto, que eso es algo muy poco común, ya que si te esclavizan y te niegas a casarte con el jefe que es tu amo, lo cual se considera un honor, la cosa no suele acabar muy bien. Podría haberla matado. Parece que decidió no hacerlo, y dice que la trataba con respeto. Intentó escaparse varias veces con un caballo robado, pero siempre le daban alcance y la llevaban de vuelta al poblado.

—Es una amazona increíble, doy fe de ello —añadió Jean—. Es capaz de montar cualquier animal, sean cuales sean las condiciones y el estado del terreno. Me asombra que mi caballo siga en pie. Ha conseguido que rinda más en tres días que yo en tres años. No me extrañaría que esta noche se nos quedara muerto en el establo.

Luc rió ante el comentario de su amigo.

—La chica debe de tener mucho valor para desafiar al jefe, y para intentar escaparse. Dice que tú la has salvado de los crow, lo cual es muy insensato por tu parte, por cierto. Si te hubieran pillado robándole al jefe su esclava y futura esposa y fugándote con ella te habrían arrancado la cabellera en cuestión de segundos. No sé cómo narices os las habéis apañado para salir airosos.

—Empezamos con buen pie —fue todo cuanto Jean explicó.

Por el comentario de Luc era evidente que Wachiwi no le había contado que Jean había matado a su raptor y había escondido el cuerpo entre los arbustos. No podía evitar preguntarse si ya lo habrían encontrado.

—No pensamos quedarnos aquí mucho tiempo —prosiguió Jean—. No nos hemos alejado lo suficiente para sentirnos a salvo. Tengo previsto ir al fuerte Saint-Charles y luego al de Saint-Louis. Allí estaremos bien. No me quedaré tranquilo hasta que lleguemos.

—No creo que entretanto tengáis problemas. Os daré uno de mis caballos. Necesitáis un animal en buenas condiciones, después de haber estado achuchando tanto al vuestro durante tres días. Wachiwi dice que quería volver con su familia, pero ahora no puede. Tampoco quiere que tengan problemas por su culpa, y cree que los crow estarán furiosísimos con ella por haber conseguido escapar por fin. No quiere poner en peligro a su padre ni sus hermanos.

Entonces miró a su amigo con expresión inquisitiva.

—¿Qué harás con ella, Jean?

—No tengo ni idea. No puede volver con su familia, y es lógico. —Sobre todo porque la acusarían de la muerte de Napayshni y los crow clamarían venganza en su poblado si regresaba allí—. No sé adónde llevarla.

—¿Estás enamorado de ella? —preguntó Luc sin rodeos.

—Ni siquiera la conozco —respondió Jean, lo cual no era del todo cierto. Llevaban varias semanas de encuentros, aunque no la conocía lo bastante como para amarla. No podían siquiera hablar—. La he sacado de allí para hacerle un favor.

—Dice que ahora es tu esclava —lo informó Luc.

—No necesito ninguna esclava —se apresuró a contestar Jean—. No tengo ni casa propia. Lo único que tengo es un caballo y un montón de mapas. Supongo que podría llevarla a Nueva Orleans, a casa de mis primos, y dejarla allí con ellos. O a lo mejor prefiere quedarse en el fuerte Saint-Charles.

—No es buen sitio para ella. No habla francés ni inglés, y nunca había salido de su poblado hasta que se la llevaron los crow. Jamás ha estado en una ciudad, ni grande ni pequeña. ¿Te la imaginas en Nueva Orleans? ¿Qué haría allí?

—No lo sé —dijo Jean pasándose la mano por el pelo—. Necesita ayuda. Aparte de eso, no me he planteado nada más.

De hecho, no tenían otra opción que escapar, y lo más rápido posible. No solo Wachiwi corría peligro, era la vida de ambos lo que estaba en riesgo. Claro que eso no se lo explicó a Luc.

—Creo que deberías quedarte con ella —opinó Luc sonriendo a Wachiwi. Ella le devolvió la sonrisa y le dijo que la comida estaba muy rica.

—Por el amor de Dios, no es ningún mueble, ni un objeto. No puedo «quedármela». Ella debe de tener su vida, un marido, hijos, algo. No puedo llevármela por ahí en el caballo.

—A lo mejor deberías buscar una casa y dejarla allí. Es una chica muy inteligente y tiene temple; se nota al hablar con ella. Demuestra mucha valentía si, después de que la raptaran los crow, se enfrentó a su jefe y trató de escapar. Además, dice que no está nada preocupada porque está contigo.

—Dale las gracias por tenerme tanta confianza. De hecho, el mérito de que estemos aquí es más suyo que mío. Yo me habría perdido varias veces. Ella, en cambio, tiene un sentido de la orientación infalible. Conoce el bosque como si hubiera vivido en él toda la vida. No se ha asustado ni quejado una sola vez.

—Si le enseñas francés, podrás hablar con ella.

—¿Y luego qué? Creo que la llevaré a casa de mis sobrinos. Puedo comprarle ropa decente en Saint-Louis.

—Lo que lleva puesto es más que decente. Todo hace pensar que es la hija de un jefe indio: las cuentas, las púas, los adornos de los mocasines.

—No creo que mis primos de Nueva Orleans sepan apreciar eso. La llevaré allí, tengo que comprarle vestidos adecuados. La mujer de mi primo, Angélique, es muy distinguida.

Wachiwi exhibía una discreta elegancia y un porte que ganarían la atención y el respeto de cualquiera. Angélique había nacido en París y era prima lejana del rey, un detalle que no permitía que nadie olvidara. Llevaba cuarenta años en Nueva Orleans, aunque seguía notándose en extremo su procedencia francesa. Jean era consciente de que debería enseñar a Wachiwi cuatro palabras en francés antes de llevarla allí.

Jean se alojó varios meses con ellos cuando llegó a Norteamérica, y aún iba a visitarlos de vez en cuando, siempre que necesitaba respirar los aires de la civilización. Sin embargo, enseguida se hartaba y se marchaba otra vez. Disfrutaba tanto vagando por zonas inexploradas y descubriendo nuevos territorios que resultaba difícil que se estableciera en una población. Lo cierto es que tampoco imaginaba que Wachiwi pudiera ser feliz allí mucho tiempo. De todos modos, era un buen lugar para ella hasta que se acostumbrara a vivir alejada de su cultura y de sus gentes. Por algún motivo, Jean estaba convencido de que aprendería a hacerlo. Demostraba mucha curiosidad por todo. Como en ese mismo instante, escrutando la cocina de Luc mientras, sin pronunciar palabra, fregaba los platos en el barreño que él había destinado a tal fin. Había devorado la sencilla comida con tanta avidez como Jean. Estaba deliciosa, y Wachiwi dio las gracias a Luc en sioux.

El amigo de Jean solo disponía de un dormitorio, e insistió en que lo ocuparan ellos. Él dormiría en el viejo y cómodo sofá de la sala de estar. En cuanto los acompañó a la habitación, Wachiwi se tumbó en el suelo. Nunca había visto una cama normal, pero no hizo comentarios y dio por sentado que sería para Jean. Antes de eso, Luc le había mostrado el servicio de saneamiento de que disponía en el exterior de la casa; también para ella era una novedad y le dio las gracias por mostrárselo. Cuando Jean vio que se tumbaba en el suelo, la ayudó a ponerse en pie y le señaló la cama; sin embargo, Wachiwi se negó a ocuparla y volvió a tenderse en el suelo. Estuvieron discutiendo sobre eso unos minutos valiéndose de la mímica, y ella insistía. Era la esclava de Jean, pero él la consideraba una mujer y el viaje le había resultado igual de largo y de duro que a él. Al final, para convencerla, se tumbó a su lado y ella se echó a reír. Le estaba diciendo que si ella dormía en el suelo, él también lo haría. La chica no se movió un ápice y a Jean le sorprendió lo tozuda que era. No debería haberle extrañado con todo lo que sabía de ella. Seguía asombradísimo por la historia que Luc le había relatado, por su valentía y todo lo que le había sucedido en los últimos meses. Y ahora se dirigía hacia el este, a un destino desconocido; y con él, que era un extraño. Quedaba clarísimo que le tenía una confianza ciega. Habían sobrevivido a la ordalía del fuego. Wachiwi habría corrido una suerte muy distinta si Napayshni lo hubiera matado a él y no al revés. A esas horas estaría muerta por citarse con un hombre blanco en secreto. De hecho, Jean no solo la había rescatado, sino que le había salvado la vida, y ella lo sabía y sentía que le pertenecía. Jean no tenía ni idea de qué hacer con ella, pero no podía abandonarla. La chica no tenía adónde ir. Ante su insistencia, al final se rindió y ocupó él la cama. Consiguió descansar bien, y ella también. Jean le ofreció una manta con la que Wachiwi se arropó. Se quedó dormida en menos de cinco minutos mientras Jean, tumbado en la cama, pensaba en ella. Habían sido tres días increíbles, y, de pronto, reparó en que le habían cambiado la vida para siempre. No tenía ni idea de qué hacer con Wachiwi, pero ahora tenía la responsabilidad de cuidar a la muchacha dakota de belleza exquisita.