16
Durante los siguientes dos meses, Tristan y Wachiwi salieron juntos a cabalgar y a pasear por los jardines, hicieron planes, cenaron todas las noches en el comedor y hablaron largo y tendido de todas las cosas que esperaban conseguir en el futuro. Tristan deseaba tener hijos con ella, pero le aterraba la idea de perderla igual que había perdido a la madre de Agathe y Matthieu.
—Eso no ocurrirá —lo tranquilizó—. Soy muy fuerte.
—Ella también lo era —apostilló él con tristeza—. A veces lo malo sucede cuando menos lo esperas.
Wachiwi era consciente de ello, había sufrido la experiencia con Jean y con todo lo que le había ocurrido de antemano. Nunca había imaginado que los crow la raptarían, y siempre se preguntaba qué habría sido de su padre después. No lo sabía; no lo sabría jamás.
—A nosotros no nos ocurrirá nada malo —aseguró con voz queda. Estaba segura.
Deseaba tener hijos con Tristan, y se sorprendía de no haber concebido ninguno durante los meses que había pasado con Jean. Tenía la esperanza de no ser como esas mujeres del poblado que no conseguían concebir hijos, a quienes se consideraba criaturas defectuosas, engendros de la naturaleza. Deseaba tener un bebé pronto. Quería a Agathe y a Matthieu, pero ansiaba llevar dentro de sí a los hijos de Tristan, a tantos como fuera posible.
—A lo mejor el año que viene a estas alturas puedo darte un hijo —dijo con aire orgulloso al imaginarlo; y, de pronto, su mirada se nubló un instante—. ¿Te importa que le llamemos Jean en honor a tu hermano?
—De hecho, me gustaría mucho —respondió él con voz queda.
Sabía que Wachiwi había amado a Jean, pero eso no lo incomodaba. Tenía la sensación de que su hermano la había guiado a casa para él, que eran los deseos del destino. Y, aunque Wachiwi lo había amado, también confesó a Tristan que a él lo amaba más aún. No sabía lo que era el amor, según decía, hasta que lo conoció a él. Era todavía muy joven cuando encontró a Jean en el lago, inocente e insensata al arriesgarse tantísimo. Ahora se sentía toda una mujer, prudente, fuerte y segura de lo que sentía por Tristan. Era suya.
Los siguientes dos meses transcurrieron muy deprisa, y en junio Wachiwi, Tristan y los niños partieron hacia París. Agathe pasó casi todo el largo viaje dormida sobre el regazo de Wachiwi; para entretener a Matthieu, le permitieron sentarse junto al cochero. Por fin, bien entrada la calurosa noche de verano, llegaron a la casa en París. El servicio al completo les estaba esperando; habían adornado todos los espacios con flores y cada detalle estaba a punto para la boda que tendría lugar al día siguiente. Los mejores amigos de Tristan en París habían recibido varias semanas antes las invitaciones, escritas a mano. Como eran sus segundas nupcias y su hermano había fallecido ese mismo año, preferían que la ceremonia fuera en petit comité.
Los niños se retiraron a su dormitorio y quedaron al cuidado del ama de llaves. Wachiwi no conseguía dormir, estaba demasiado nerviosa. No paraba de pensar en la forma en que había llegado hasta allí, y en la bendición que suponía sentirse unida a Tristan. No veía el momento de ser toda suya, ante los ojos de Dios y en sus brazos, como hombre. Ya no era ninguna chiquilla inocente. Era una mujer tierna y cariñosa que deseaba abrirle su corazón, su cuerpo y su vida entera. Era una mujer apasionada; y Tristan, tras su fría apariencia, llevaba meses sintiendo un ardiente deseo por ella. Tan solo el respeto por su difunto hermano y por Wachiwi misma lo habían mantenido en silencio durante tanto tiempo. Esa noche permaneció un buen rato de pie ante la ventana de su dormitorio, pensando que por la mañana la joven más bella de todo el planeta sería suya.
Partió hacia la iglesia antes que Wachiwi, y unos minutos más tarde llegó ella en el carruaje, acompañada por los niños. Tristan había pedido a dos de sus mejores amigos que hicieran de testigos, ya que Wachiwi no conocía a nadie en Francia a excepción de él y sus hijos. Se celebró una ceremonia católica en una capilla diminuta de la rue du Bac, cerca de la casa. Wachiwi había pedido convertirse al catolicismo, y durante los últimos dos meses había tomado lecciones con un sacerdote en Bretaña. La bautizaron antes de la boda. Deseaba hacer todo lo posible por complacer a Tristan.
Los amigos del novio los acompañaron durante la boda, y los niños se apostaron a su lado. Wachiwi y Agathe se daban la mano mientras Tristan miraba a la joven a los ojos de una forma en que ningún hombre lo había hecho jamás. Matthieu permaneció con aire solemne junto a su padre, y Agathe sostenía el pequeño ramo de muguete cuando Tristan tomó la mano de Wachiwi.
Pronunciaron los votos y él deslizó un fino aro de diamantes en el dedo de la novia. También le había regalado otro anillo con una gran esmeralda, pero Wachiwi sabía que no se quitaría jamás la sortija de diamantes. Llevaba un vestido de raso blanco que la propia reina le había regalado cuando tuvo noticia de la boda. Decía que tenía muchos vestidos parecidos y que no le importaba cederle ese a Wachiwi. Además, la soberana aún no había perdido todo el peso que debía a causa del bebé al que había dado a luz tres meses antes. Al salir juntos de la iglesia como marido y mujer, Wachiwi tenía verdaderamente un aspecto tan espléndido como cualquier reina. La marquesa De Margerac, la hija de un jefe sioux, había encontrado su hogar.
Celebraron una comida todos juntos en casa de Tristan y Wachiwi, y por la noche acudieron muchísimos amigos y conocidos que querían hacerles llegar sus mejores deseos, con los que bailaron y tomaron champán. La fiesta duró hasta altas horas de la madrugada y, cuando por fin Wachiwi y Tristan subieron a su dormitorio, a ella la invadió la sensación de que toda la vida le había pertenecido. Había nacido para ser suya, en un poblado sioux muy lejano, y había cruzado un continente y un océano para estar allí en esos momentos, junto a ese hombre. Lo miró en cuanto cerró la puerta del dormitorio, y dejó que el vestido de raso blanco se deslizara por sus hombros. Le costó un poco, pero por fin la prenda cayó al suelo, y unos instantes después él la vio tal como la había visto Jean, cuando la encontró en el lago y contempló su bella desnudez. Su piel brillaba a la luz de la luna cuando extendió los brazos y él la tendió con suavidad sobre la cama.
Era el momento que ambos habían estado esperando y que tanto anhelaban, el momento en que se unirían en cuerpo y alma, en que ella se entregaría a él por completo. Cuando Tristan se vertió en su interior parecía que jamás hubiera existido otro tiempo ni otro lugar. Yacieron juntos, aferrándose el uno al otro, y al amanecer tuvieron la certeza de que esa noche se habían fundido para siempre. El sino de Wachiwi era encontrarse con él, y por fin se había cumplido.
Se quedaron en París tres días más. Wachiwi fue presentada en la corte como la marquesa De Margerac el día después de la boda, y todo el mundo la vitoreó y la aclamó cuando el sirviente anunció su nombre. Corrieron ríos de champán, y Wachiwi bailó con Tristan toda la noche a excepción de una vez en que lo hizo con el rey. Tristan le había dado clases de baile en Bretaña para prepararla.
El día de la boda había sido el más dichoso en la vida de Wachiwi, y su presentación en la corte como esposa de Tristan remataba su felicidad. María Antonieta exhibió también una gran alegría y le ofreció un cálido abrazo a la vez que admiraba el nuevo vestido que Tristan había encargado para ella. Era de un brocado rojo muy vistoso y contrastaba de forma imponente con su tez y su pelo. Lo lucía acompañado con un collar de rubíes que había pertenecido a su madre. Regresaron juntos a casa bien entrada la noche y volvieron a descubrir respectivamente las maravillas carnales.
Mostraron todos los rincones de París a los niños antes de regresar a Bretaña. Casi no habían vuelto a pisar la corte durante ese tiempo, pero Wachiwi creía que debían hacerlo y convenció a Tristan. Él se sentía tan feliz después de la boda que no le importó. Quería cumplir todos los deseos de su esposa; además, sabía que tenía razón y que debían presentar sus últimos respetos al rey y la reina antes de dejar la ciudad. Luego se dieron cuenta de que se trataba de una corazonada y que de nuevo los había guiado el destino. Cuando llegaron, un jefe sioux dakota honraba la corte con su presencia.
Era un hombre alto e imponente, más joven que el padre de Wachiwi, de mirada intensa, pero al ver a la chica sonrió, igual que hizo ella. Dijo que la había conocido de niña, junto a su padre, aunque ella no lo recordaba. El hombre conocía bien al padre de Wachiwi, y entonces la chica recordó su nombre de forma vaga. Era el jefe Wambleeska, Águila Blanca, y había viajado a Francia con dos de sus hijos. Los tres hombres constituían una imagen imponente, ataviados con una combinación de los trajes propios de la corte y la indumentaria indígena, y el jefe Águila Blanca se dirigió a Wachiwi en dakota en cuanto los presentaron. A Wachiwi la invadió la nostalgia al oírlo, y añoró más que nunca a su padre y sus hermanos. Tuvo que esforzarse por contener las lágrimas mientras hablaban.
Al cabo de unos minutos ella le preguntó si tenía noticias de su padre. El jefe Águila Blanca se había referido a su secuestro por parte de los crow y le explicó que la muerte del jefe de la tribu se había convertido en una leyenda entre el pueblo sioux dakota. Consideraban que, tras su desaparición, Wachiwi se había transformado en un espíritu, y el hombre se había quedado anonadado al verla allí.
—¿Cómo está mi padre? —preguntó ella en voz baja mientras Tristan observaba su expresión e interpretaba sus palabras a partir de la mirada de sufrimiento y esperanza.
Temía la respuesta que obtendría, igual que Wachiwi. La chica siempre decía que su padre era muy anciano y frágil, que cuando ella había nacido ya era mayor.
El jefe Águila Blanca habló varios minutos con semblante adusto. Wachiwi asintió, y unos minutos más tarde se llevaron al jefe indio para que conociera a otros palaciegos. Él ofreció a Wachiwi y al marqués la señal de la paz, y Tristan miró a su esposa con gesto interrogativo. Resultaba muy sorprendente oírla hablar dakota en ese lugar.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó Tristan en un tono quedo. Cuando ella levantó la cabeza para responderle, las lágrimas le anegaban los ojos.
—El Gran Espíritu arrebató el alma a mi padre antes del invierno, ni siquiera habían montado el campamento.
En el fondo, Wachiwi hacía meses que lo sabía. Hacía un año que la habían raptado los crow, y su padre había sobrevivido por poco tiempo. Jamás volvería a verlo, pero por lo menos ya sabía que descansaba en paz, y eso también le daba paz a ella. Sus respectivos destinos los habían guiado por sendas diferentes, como tenía que ser. A él la ausencia de su hija le había partido literalmente el corazón, tal como Wachiwi temía. Al pensarlo, volvió a sentir un odio tan tremendo por Napayshni que no lamentó lo que le había ocurrido en el bosque. Era el castigo que merecía por lo que les había hecho a sus hermanos y a su padre.
—Lo siento —susurró Tristan cuando abandonaron la corte, y ella asintió y se asió a su brazo.
Sentía un profundo dolor al pensar que su padre había muerto de pena, pero por lo menos ya sabía la verdad. Los dos estaban libres. Él había gozado de una vida confortable, y a ella la esperaba todo un futuro con Tristan, sus hijos y los que concebiría en adelante. Sabía que su padre, igual que Jean, se alojaría para siempre en un remanso de paz en su corazón. Estaba triste, pero se sentía tranquila.
Le había pedido al jefe Águila Blanca que diera noticia de ella a sus hermanos y que les dijera que estaba bien y era feliz, que se había casado con un buen hombre. Él prometió hacerlo, aunque especificó que no sabía cuándo abandonaría Francia.
Wachiwi apoyó la cabeza en el hombro de Tristan una vez que estuvieron en el carruaje, de regreso a casa. Esa noche volvieron a hacer el amor. Ella se entregó a sus brazos, pensando en la nueva vida que ambos acababan de estrenar. Y cuando se quedaron dormidos, Wachiwi volvió a soñar con el búfalo blanco y con una paloma también blanca que lo acompañaba de cerca. En el sueño vio a su padre y, cuando despertó por la mañana, observó que Tristan le sonreía y supo que su vida era perfecta.
Ese mismo día regresaron a Bretaña y, una vez que llegaron a la mansión familiar, Wachiwi se trasladó al dormitorio de Tristan. Todos los días salían a dar largos paseos juntos, caminando a orillas del mar. Wachiwi pensaba en su padre y se sentía tranquila por él. Durante las primeras semanas salían a cabalgar, hasta que una mañana de agosto él le propuso dar un paseo por el bosque y ella negó con la cabeza con una sonrisita sin dejar de mirarlo a los ojos.
—No puedo —anunció en voz baja.
—¿Por qué no? ¿Estás enferma?
El hombre parecía preocupado, aunque Wachiwi ya sabía lo que le ocurría; y, de repente, al mirarla, él también lo comprendió.
—Dios mío. ¿Estás segura?
La joven asintió con gravedad. Estaba convencida de que todo había sucedido en la noche de bodas, como tenía que ser. Nacería un bebé por primavera, y los dos deseaban que fuera un niño al que llamarían Jean en reconocimiento al hombre que los había unido. Jean había guiado a Wachiwi hasta Tristan, le había salvado la vida y la había conducido hasta el hogar que le correspondía, para pasar toda la vida junto a Tristan y su familia. Entonces supo que el búfalo blanco de sus sueños la había llevado hasta él.