7
El grupo de guerreros crow que había arrancado a Wachiwi de su tribu cabalgó a galope tendido durante dos días. Wachiwi se resistió todo lo que pudo, aunque tenía las manos y los pies atados. Hizo cuanto pudo por liberarse, incluso se arrojó del caballo a unos arbustos. Después de eso le ataron también las piernas, y el guerrero que la llevaba sobre su caballo la colocó al través frente a sí, como si fuera un trofeo de caza. Wachiwi lo habría matado si hubiera podido. Otras mujeres les tenían miedo, pero ella no. Le daba igual morir en sus manos, los había visto acabar con el hombre a quien amaba y con dos de sus propios hermanos. Lo que le hicieran ya no le importaba si no conseguía regresar junto a su padre. De todos modos, intentaría escapar. Eso pensaba, tumbada sobre el caballo mientras los guerreros crow galopaban durante días rumbo a su campamento. Se detuvieron a medio camino para matar dos búfalos, cosa que consideraban un buen augurio.
De vez en cuando la desataban, aunque solo el tiempo imprescindible para permitirle cubrir sus necesidades básicas. Ella siempre trataba de escaparse, y cada vez la capturaban y volvían a atarla. Se reían del ímpetu con que forcejeaba. Una vez le dio un mordisco a uno de los guerreros, y este le asestó una bofetada y la tiró al suelo. Era una verdadera fierecilla, y en su dialecto comentaban el gran trofeo que supondría para el jefe de su tribu. Por cómo iba vestida, tenían muy claro que era la hija del jefe sioux. Llevaba un vestido de piel de wapiti con un delicado bordado de cuentas cubierto de las púas de puercoespín que había teñido. Incluso los mocasines eran de selecta confección. Aunque en el campamento había muchachas más jóvenes, ella era muy guapa, sin duda muy valerosa, y muy fuerte. Se enfrentó a ellos casi como lo habría hecho un hombre; sin embargo, la vencieron. El grupo estaba formado por los guerreros del campamento. A unos cuantos les habría gustado quedarse con ella, pero la reservaban para el jefe, que ya tenía dos mujeres, la propia y la viuda de su hermano, con quien se había casado después de que a este lo asesinaran durante una cacería. Era su deber casarse con ella, y ya estaba embarazada. Wachiwi era mucho más joven que sus otras dos esposas, y mucho más guapa, así que estaría encantado. Tenía una bonita figura, e incluso ahora que no los miraba se veía que tenía unos ojos enormes. Además, todos habían reparado en el coraje que mostraba, a pesar de haber sido raptada por un grupo de guerreros y por mucho que trataban de amedrentarla. Cualquier otra muchacha de su edad o incluso mayor se habría puesto a chillar de miedo. Wachiwi trataba de escaparse a la mínima oportunidad, y era evidente que le daba igual si la mataban. No obstante, era un trofeo demasiado goloso para el jefe y no deseaban perderla. Así, la mantuvieron atada el mayor tiempo posible, y cabalgaron a galope tendido hacia el campamento. Uno de los hombres quiso darle de comer, dispuesto a hacerlo con sus propias manos, pero ella, invariablemente, volvía la cabeza y se negaba. No miraba a ninguno de los hombres a los ojos, pero su expresión rebosaba odio y su corazón albergaba un gran desespero por su padre, quien, sin ella, a buen seguro moriría de pena.
Al final del tercer día llegaron por fin al campamento crow. Wachiwi observó que era más pequeño que el suyo, y vio escenas conocidas de niños que corrían, mujeres sentadas en grupo que charlaban a la vez que cosían, hombres que regresaban al campamento después de la caza. Incluso la disposición de las tiendas era parecida a la que solía adoptar su gente, y los guerreros que la habían apresado se dirigieron al tipi del jefe de la tribu, seguidos del resto de los hombres que formaban el grupo. Las mujeres y los niños miraban con interés cómo el guerrero que llevaba a Wachiwi en su caballo desmontaba de un salto, la bajaba del lomo sin miramientos y la arrojaba al suelo.
Allí quedó, cubierta con su vestido de wapiti, atada como si fuera un animal al que hubieran dado caza, incapaz de moverse, mientras uno de los hombres iba en busca del jefe indio. Las dos esposas de este cosían cerca del tipi; mientras él y sus hombres examinaban a Wachiwi, ella levantó la cabeza y lo vio. Era mucho más joven que su padre y parecía fuerte y orgulloso. Tenía más o menos la edad de sus hermanos. Oyó a uno de los guerreros llamarlo Napayshni, que también en su propio dialecto significaba «valeroso». Hablaban una lengua tan parecida a la suya que no le costaba comprender lo que decían.
Le explicaron que Wachiwi era la hija del jefe de la tribu, y que la habían llevado hasta allí para entregársela como trofeo de guerra. Dijeron que también habían robado unos cuantos caballos de buena raza y habían raptado a otras tres mujeres, pero los hombres que las llevaban se habían adelantado, así que Wachiwi no las había visto durante el camino de vuelta. Oyó a los hombres explicar que el grupo de guerreros se había dividido tras abandonar el campamento de su padre, y que el resto había regresado por otro camino. Ellos habían optado por dar un rodeo, no fuera a ser que los hombres de la tribu de Wachiwi salieran a defenderla. Sin embargo, no los había seguido nadie. Los crow que huían con ella la tenían bien escondida y emprendieron un camino más retirado. Su gente no había podido encontrarla, y sus captores se sentían orgullosos de haber sido más listos y más veloces que ellos para poder huir con su presa. Era una belleza.
El jefe Napayshni se la quedó mirando, circunspecto.
—Desatadla —fue todo cuanto dijo, y el hombre que la había llevado en su caballo no tardó en protestar.
—Se escapará. Todas las veces que la he desatado lo ha intentado. Es veloz como el viento, y muy lista.
—Yo soy más veloz que ella —objetó el jefe indio, nada preocupado.
Wachiwi no pronunció palabra, aunque sintió las manos y las piernas entumecidas cuando la desataron. Tenía el pelo enmarañado a causa del viaje a caballo, y la cara sucia del polvo del camino. Su vestido de piel de wapiti se había rasgado por varios sitios por culpa de las cuerdas de tendón de búfalo con que la habían atado. Tardó unos minutos en poder ponerse en pie. Se sacudió el polvo, tratando de tener un aire digno, aunque se tambaleó un poco. Dio media vuelta para que los captores no repararan en las lágrimas de sus ojos. La vida tal como la conocía hasta entonces, rodeada de las personas que la amaban y a quienes amaba, había terminado para siempre. Ahora era una esclava. Estaba segura de que conseguiría escapar, pero primero tenía que aprender cómo estaba organizado el campamento y debía robar un caballo. Luego regresaría a casa. Nada la retendría entre los crow.
El jefe Napayshni siguió escrutándola. Observó el vestido rasgado. No cabía duda de que era la indumentaria de la esposa o la hija del jefe de la tribu. Llevaba los mocasines adornados con cuentas y toda la parte superior del vestido, cubierta por las púas de puercoespín de las que estaba tan orgullosa. Estaban teñidas de un azul intenso, gracias a una pasta que había aprendido a elaborar con bayas. Era una técnica que pocas mujeres de su campamento dominaban. A pesar de que tenía el pelo enmarañado y los brazos y la cara sucios, resultaba fácil adivinar lo guapa que era.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el jefe de la tribu sin rodeos.
Ella lo ignoró, pero esa vez, en lugar de actuar tal como la tradición de todas las tribus indias mandaba que lo hicieran las mujeres solteras, lo miró a los ojos con una expresión de puro odio.
—¿No tienes nombre? —insistió él, que no parecía nada impresionado.
Era como una niña con una rabieta, aunque sabía que otras chicas en sus circunstancias estarían aterradas y ella no lo estaba. La admiraba por ello. Tal vez su valentía fuera mera fachada, la cuestión es que no parecía tenerles ningún miedo, y eso le gustaba. Mostraba mucha energía y mucho coraje.
—Eres la hija de un gran jefe —afirmó con la seguridad de saber quién era su padre.
El asalto a su campamento no había tenido lugar por accidente, tan solo su secuestro había sido un acto aleatorio de los guerreros, que, al verla, le habían dado caza cual trofeo que entregar al jefe. Aunque nunca lo habría reconocido ante ellos, Napayshni se compadecía del padre de la chica. Seguro que representaba una pérdida tremenda renunciar a una hija como ella, y en ese sentido daba igual qué hombre se la llevara. Sus guerreros también lo habían informado del asesinato de dos de los hijos del jefe indio, entre otros miembros de la tribu. El asalto había sido todo un éxito para ellos y en cambio había supuesto un duro golpe para el clan de Wachiwi.
—Si tan buen jefe es mi padre, ¿por qué me habéis raptado? —preguntó ella.
Siguió mirándolo directamente a los ojos, fingiendo que no le tenía miedo a él ni a lo que pudiera hacerle en esa situación. Había oído relatos de mujeres secuestradas que se convertían en esclavas de otras tribus. Nunca tenían un final feliz, y ahora ella era la protagonista de uno de esos relatos.
—No lo teníamos previsto. Te han traído para entregarte a mí como trofeo —respondió con dulzura. Por su aspecto, apenas era más que un chiquillo.
—Entonces devolvedme junto a mi padre. No quiero ser tu trofeo.
Levantó la barbilla, y la mirada le ardía de indignación. Nunca había mirado a un hombre a los ojos, a excepción de su padre y sus hermanos.
—Ahora eres mía, chica sin nombre. ¿Cómo te llamaré? Estaba bromeando un poco para que ella dejara de tenerle miedo. A pesar de su fama de guerrero y jefe temible, era amable, y la situación de Wachiwi le partía el alma. Él también tenía hijos y no le gustaría que miembros de otra tribu se llevaran a su hija y la entregaran al jefe. La simple idea lo hizo estremecerse.
—Soy Wachiwi —dijo ella airada—. No quiero ninguno de vuestros nombres crow.
—Entonces usaré el que ya tienes —respondió él señalando a las dos mujeres que estaban sentadas cerca.
Su primera esposa era más joven y más guapa que la que había heredado de su hermano el año anterior. Wachiwi observó que la mayor de ambas estaba en una fase avanzada del embarazo, y fue la que se acercó cuando su marido la llamó.
—Llévala al río para que se lave —le ordenó—. Necesitará ropa, hasta que le remienden la que lleva puesta.
—¿Ahora es nuestra esclava? —preguntó la mujer con interés, pero Napayshni no respondió.
No le debía ninguna explicación sobre sus planes. Se había casado con ella porque era su deber de hermano, y ella ya le había dado un hijo; con eso bastaba. No quería a Wachiwi como esclava, lo que quería era que se acostumbrara a estar allí y no se mostrara tan hostil con él. Con el tiempo, cuando estuviera bien instalada, la convertiría en su esposa. Era mucho más bella y mucho más garbosa que las otras dos, y le gustaba el aire explosivo de su mirada. Era como un caballo salvaje al que deseaba domar, y estaba seguro de poder lograrlo. Él, igual que ella, era un jinete extraordinario.
Wachiwi siguió a la mujer embarazada sin decirle nada. Ella se dirigió a la otra esposa de Napayshni en el dialecto crow, y Wachiwi comprendió todo lo que decían, aunque fingió que no era así. El jefe crow le había hablado en su propia lengua. Las mujeres cotilleaban sobre las púas de su vestido y se preguntaban cómo había conseguido darles ese color. Esperaban que con el tiempo les enseñara a hacerlo. Mientras las escuchaba, Wachiwi se prometió a sí misma que no haría nada por ellas. Jamás.
Se lavó en el río, y le dieron un vestido sin adornos que le sentaba fatal. Luego una de las mujeres le tendió una manta con la que se cubrió. Esa noche Wachiwi se esmeró en remendar el vestido de wapiti adornado de púas de puercoespín. Algunas se habían partido cuando la tumbaron sobre el caballo de su captor. En cuanto terminó de coserlo, volvió a ataviarse con él. Era lo único que le quedaba de su antigua vida.
Esa noche, cuando Napayshni entró en el tipi, no le dijo nada. Él dormía en el extremo norte, igual que su padre, y ella y las otras dos mujeres en el extremo sur, con los niños, que eran siete en total. En el tipi no se respiraba tanta pulcritud como en el de su padre, que ella misma mantenía limpio. Dos de los niños se despertaron varias veces durante la noche, y Wachiwi permaneció casi todo el tiempo tumbada sin conciliar el sueño, contemplando el cielo a través del agujero superior y preguntándose cuánto tardaría en escapar. No podía pensar en otra cosa. Se había negado a comer con los miembros de la tribu, y estaba decidida a ayunar hasta que no pudiera soportarlo más. Al final, cuando ya creía que iba a desmayarse del hambre, aceptó unos pastelitos de maíz. Eso fue todo cuanto comió.
Napayshni se levantó de madrugada para supervisar el traslado del campamento. Al ser un poblado más pequeño que el de Wachiwi, cada pocos días se trasladaban para seguir a los búfalos y disponer de nuevas tierras donde los caballos pudieran pacer. Había llegado a sus oídos que los hombres volverían a salir de caza al día siguiente de haberse asentado. Wachiwi esperaba ese momento para poder huir, ya que las mujeres estarían ocupadas y casi todos los hombres se habrían marchado. Quería ver a las otras tres mujeres de la tribu, pero no tuvo oportunidad de hacerlo antes de que levantaran el campamento.
No necesitaron desplazarse mucho para encontrar más búfalos ese día. Los hombres partieron a primera hora de la tarde, charlando, riendo y de buen humor. Wachiwi se preguntó a qué distancia estaría el campamento de su padre. Sabía que habían tardado tres días en llegar hasta su destino, pero yendo sola podría desplazarse en línea recta y a toda velocidad. Todo cuanto necesitaba era un buen caballo y la oportunidad de abandonar el poblado crow.
Anduvo dando vueltas sin rumbo, y nadie le prestó atención. Divisó a una de las mujeres de su misma tribu, pero no logró hablar con ella. El resto habían sido entregadas a distintos hombres del campamento y no podían hacer nada al respecto. Wachiwi solo deseaba huir de allí.
Cuando todos los hombres se marcharon, vio que aún quedaban unos cuantos caballos, aunque no eran los mejores. Se fijó en uno que parecía lo bastante vigoroso y resistente para soportar el viaje, aunque tal vez no fuera tan veloz como le habría gustado. Se acercó y le dio unos golpecitos en el cuello, observó sus patas y, sin hacer el menor ruido, lo desató, montó en él, se deslizó sobre un lateral del lomo y se dispuso a permanecer en esa posición mientras lo instaba a abandonar el campamento sin que nadie reparara en ello. Prácticamente no se la veía; se había escondido a un lado del lomo del caballo, un truco que sus hermanos le habían enseñado cuando era niña y que muchas veces había utilizado con ellos y con su padre en los últimos años. Su padre se había mostrado encantado con esa habilidad que le había servido para hacer ganar muchas apuestas a sus hermanos.
Hizo que el caballo atravesara muy rápido la llanura en dirección a la arboleda antes de incorporarse, y entonces lo estimuló para que corriera más. Avanzaba a gran velocidad, aunque el animal no era tan veloz como los caballos a los que estaba acostumbrada; y en ese momento oyó un ruido de cascos a sus espaldas, más rápido que el suyo. No se atrevió a mirar atrás, se limitó a estimular más al caballo. Casi había llegado a la arboleda, cabalgando lo más rápido posible, cuando el otro jinete la alcanzó y la aferró con su fuerte brazo. Era Napayshni, e iba solo. No le dijo nada, pero la atrajo hacia sí y él la colocó frente a sí sobre su caballo, mientras aquel en que cabalgaba Wachiwi aminoraba el paso, agradecido de poder poner fin al ritmo asesino a que ella lo había sometido, y empezaba a pacer. Napayshni frenó su propio caballo hasta que se detuvo. Era mucho más brioso que el otro, y Wachiwi pensó que con ese sí que habría conseguido escapar.
—Montas bien —comentó él sin alterarse. Le gustaba lo atrevida que era, y nunca había visto a una mujer cabalgar así. Su padre y sus hermanos la tenían bien instruida.
—Creía que habías salido de caza —repuso ella con voz temblorosa, mientras se preguntaba si Napayshni iba a imponerle un castigo o a darle una paliza. Puede que incluso decidiera matarla. No le había importado arriesgarse, y volvería a hacerlo.
—Tengo trabajo en el campamento, los hombres se han marchado sin mí. —Quería hacer creer a Wachiwi que había ido con ellos, para ver qué ocurría si la dejaba sola. Ahora ya lo sabía—. ¿Volverás a escaparte si te dejo sola? —preguntó clavando la mirada en ella.
Le pareció más adorable que nunca, con las mejillas encendidas a causa del calor y de la acelerada carrera. Wachiwi no respondió a su pregunta, pero él conocía la respuesta de todos modos. Seguiría intentando escapar hasta que se sintiera en cierto modo unida a él, pero eso aún tardaría en suceder. Tal vez hasta que llevara en el vientre a un hijo suyo. No obstante, tampoco para eso quería presionarla. Sus hombres le habían hecho entrega de la chica como símbolo de su victoria, y quería que esa victoria fuera completa. No deseaba quebrantar su espíritu, solo domarla, como se doma a un caballo salvaje en la pradera. Creía que podía hacerlo. Había domado otros caballos salvajes, pero ninguno lo era tanto como ella, ni tan bello. Era un trofeo muy valioso.
Regresaron al campamento cabalgando en silencio. Napayshni llevaba el caballo con el que Wachiwi había huido atado con una cuerda, y el animal parecía agradecido por haberse librado de tan exigente amazona. Colocó a Wachiwi delante de él en su caballo y, al llegar al campamento, la dejó en el tipi, donde se encontraban sus esposas. Luego se dispuso a amarrar los caballos junto al resto. Él había pasado una tarde entretenida; para Wachiwi había sido una experiencia frustrante.
Esa noche Napayshni no le quitó ojo de encima, pero no explicó nada a los otros hombres. La estuvo vigilando mucho rato mientras dormía, preguntándose cuánto tiempo tardaría en domarla. Esperaba conseguirlo pronto; sentía cómo aumentaba el fuerte deseo que despertaba en él, pero no quería precipitarse. Por lo que había visto, si lo hacía, tal vez ella intentara matarlo. Ninguna chica se había atrevido a hacer lo que ella había intentado esa tarde, y ninguna se habría atrevido a cabalgar así. La había observado esconderse detrás del lomo del caballo. Solo sus mejores jinetes eran capaces de semejante cosa, y no ascendían a muchos. Además, ninguno lo hacía con la misma facilidad que había observado en ella. ¡Menuda amazona!
Tres días más tarde, volvieron a trasladar el campamento para seguir a los búfalos. Los hombres habían cazado un wapiti y un ciervo mulo. Junto a las hogueras abundaba la comida; ya estaban tostando el búfalo y cortándolo en pedazos para servirse de él.
Esa noche bailaron la danza del Sol alrededor de la hoguera para celebrar la llegada del verano y dar gracias por la abundante cacería y el gran búfalo. Wachiwi permaneció apartada, observando bailar a los hombres. En su tribu también representaban una danza similar; empezaba a descubrir que la diferencia entre sus costumbres no era muy acusada. Sin embargo, lo único que podía pensar mientras los miraba era cuánto deseaba regresar a casa. Se preguntaba qué estaría haciendo su familia; esperaba que su padre se encontrara bien. Se le arrasaron los ojos en lágrimas al recordar a sus hermanos muertos y a Ohitekah, y al pensar que tal vez jamás volvería a ver a su padre, aunque no había perdido la esperanza de escapar con éxito. Se le había pasado por la cabeza salir corriendo esa misma noche, mientras los hombres bailaban; sin embargo, podía resultar peligroso avanzar a oscuras por un terreno tan abrupto, así que decidió aguardar. Cuando volviera a intentarlo, tenía que asegurarse de que Napayshni no estuviera en el campamento; tal vez cuando organizaran una partida de caza que durase varios días.
Se retiró temprano de la celebración sin apenas haber probado la carne; no tenía hambre. Cuando entró en el tipi, se sorprendió al encontrar a una de las esposas del jefe indio retorciéndose de dolor. La otra le explicó que el bebé estaba a punto de nacer; señaló a Wachiwi y le pidió que la ayudara. Wachiwi jamás había asistido un parto en su campamento, y no tenía ni idea de lo que debía hacer.
Se sentó junto a las otras dos mujeres y esperó. La que estaba a punto de dar a luz chillaba, y una anciana entró para ayudarlas. Lo que Wachiwi vio la llenó de horror, hasta que, al cabo de poco rato, observó con la mayor sorpresa cómo la anciana ayudaba al bebé a venir al mundo. Lo arropó bien con una manta, lo colocó sobre el pecho de su madre, retiró los restos de la placenta y se dirigió fuera para enterrarla, mientras Wachiwi ayudaba a lavar a la joven madre.
Cuando Napayshni regresó tras la celebración, tenía un nuevo hijo. Lo contempló con cautela e interés, asintió y se fue a la cama. Esa noche Wachiwi permaneció tumbada en su camastro, pensando que ojalá ella no tuviera que pasar por eso jamás. Ella amaba a Ohitekah, y los crow lo habían matado, igual que a sus hermanos. Ahora no había ningún hombre del que estuviera enamorada; desde luego, no lo estaba de Napayshni, ni deseaba tener un hijo suyo. Sabía que tenía los días contados antes de que la convirtiera en su esposa, y por eso deseaba con más ansia que nunca escapar de allí.
Napayshini siguió observándola cada vez que dormía y a medida que volvían a trasladar el campamento al cabo de unas cuantas jornadas hasta que el transcurso de los días hizo que se sucedieran las semanas. Una mañana, tras ver que el jefe indio abandonaba el tipi junto con los otros hombres para cazar un búfalo, Wachiwi intentó escapar de nuevo. Esa vez se procuró un caballo más veloz, y cabalgó con mayor ímpetu que en la anterior ocasión. Fue uno de los jóvenes del campamento quien la siguió, montando un caballo más rápido que el de ella. Era el encargado de vigilar los caballos, y Napayshni le había advertido que posiblemente Wachiwi intentaría escapar. En su desesperación por capturarla, le disparó una flecha que la alcanzó en el hombro y le rasgó el vestido. Sin embargo, nada la detuvo, ni siquiera el dolor. El joven era tan bueno montando a caballo como ella, y casi igual de atrevido; además, lo movía el deseo de complacer al jefe.
—¡No me detendrás! —le gritó Wachiwi cuando lo tuvo cerca. Tenía el vestido ensangrentado a causa de la herida.
—¡Te mataré si es necesario! —respondió—. Napayshni quiere que vuelvas.
—Antes tendrá que matarme. O tendrás que hacerlo tú —repuso ella a voz en cuello, y siguió adelante.
Era una carrera a muerte. El joven la siguió durante kilómetros, pisándole los talones, y el destino traicionó a Wachiwi; su caballo tropezó y tuvo que frenarlo para que no se rompiera una pata. Cuando se detuvieron, los dos caballos estaban empapados de sudor, y el chico le lanzó una mirada hostil.
—¡Estás loca! —gritó.
Wachiwi parecía descorazonada, con la sangre resbalándole por el brazo. La flecha no se le había clavado, pero le había hecho un corte profundo.
—¿Por qué quieres escaparte?
—Quiero volver con mi padre —respondió ella tragándose las lágrimas—. Es anciano y está delicado.
El chico era mucho más joven que ella y estaba perplejo ante su actitud.
—Napayshni se portará bien contigo. De todas formas, a tu edad deberías casarte, ¿no?
Wachiwi se planteó si tendría que intentar huir de nuevo, pero sabía que el caballo se quedaría cojo antes de alcanzar la arboleda. Había vuelto a fallar.
—No quiero casarme —dijo Wachiwi con aire resentido—. Solo quiero irme a casa.
—Pues no puedes —objetó el joven—. Siento haberte disparado. Napayshni me pidió que te hiciera volver fuera como fuese. ¿Te duele?
—Ni pizca —respondió ella tan pancha, ya que no estaba dispuesta a reconocer que sí que le dolía. De hecho, le dolía mucho.
Volvió con él al campamento sin pronunciar palabra. Luego, dejó que se llevara al caballo y se dirigió sola al río para lavarse la herida mientras se preguntaba si algún día conseguiría regresar a casa. Empezaba a perder las esperanzas. Y prefería estar muerta a tener que permanecer allí. Por un momento, lamentó que el joven no la hubiera matado con la flecha en lugar de herirla. El hombro había dejado de sangrarle, pero tenía un buen corte y aún le dolía. Se lavó con el agua fresca del río y volvió a cubrirse con el vestido. Cuando iba camino del tipi, Napayshni regresó al campamento. Ese día habían cazado más búfalos que nunca y se le veía muy contento. Aún iba montado en el caballo cuando la vio, y al principio no se percató de la mancha de sangre del vestido. Estaba a punto de decirle algo cuando ella levantó la cabeza con expresión vacía y, de repente, se desmayó a los pies del caballo.
Napayshni desmontó al instante y la levantó. No tenía ni idea de lo que le había ocurrido, y entonces reparó en la sangre que empapaba su vestido de piel de wapiti. Avisó a las mujeres y envió a una a buscar al médico de la tribu. Tumbó a Wachiwi sobre su camastro y ella recobró un momento la conciencia antes de volver a desmayarse.
Estaba despierta cuando el hechicero entró en el tipi acompañado de una anciana. Las mujeres habían despojado a Wachiwi del vestido y Napayshni estaba inspeccionando la herida. Sus esposas dijeron que no tenían ni idea de lo que había ocurrido, pero Napayshni sospechaba que la chica había intentado escaparse de nuevo y algo había salido mal. Mientras el hechicero le aplicaba unos polvos en la herida y una especie de pomada que hizo que Wachiwi estuviera a punto de chillar de dolor, Napayshni salió en busca del muchacho encargado de cuidar de los caballos esa tarde.
—¿Ha intentado escaparse otra vez? —preguntó en un tono brusco y cara de pocos amigos, y el muchacho se echó a temblar ante su mirada feroz.
—Sí; lo ha intentado. Me pediste que la detuviera fuera como fuese, así que eso hice.
—No te dije que la mataras, y esa herida en el hombro podría haber acabado con su vida. Tendrías que haberle disparado a la pierna.
—No tuve tiempo. Iba demasiado rápido. Mi caballo no era capaz de seguirla.
—Ya lo sé —respondió Napayshni—. Cabalga a la velocidad del viento. La próxima vez ten más cuidado. ¿Qué te ha dicho cuando la has traído de vuelta al campamento?
—Que echa de menos a su padre, que es anciano y está enfermo. Yo le he dicho que para ella era mejor estar aquí, contigo. —Sonrió al jefe con timidez.
—Gracias. Yo no le contaré esto a nadie, y tú tampoco debes hacerlo.
Si alguien supiera que se preocupaba tanto por la prisionera, lo habrían considerado un mamarracho no apto para ser jefe de la tribu. No pensaba consentir que Wachiwi lo convirtiera en el hazmerreír del poblado, por muy guapa que fuera.
—Le has disparado a un pájaro y has fallado. Tienes muy mala puntería, Chapa, ¿a que sí? —Le estaba inculcando lo que tenía que decir.
—Sí, sí. —Ni se le ocurriría llevarle la contraria a su jefe. Le había disparado a un pájaro. Y había fallado. Eso era lo ocurrido, daba igual lo humillante que resultara para él.
Napayshni regresó al tipi; Wachiwi estaba durmiendo gracias a una poción que le habían administrado. El médico y la anciana se habían marchado, y Wachiwi había perdido el mundo de vista. Se removió y luego volvió a caer en un sueño profundo a la vez que Napayshni abandonaba la tienda.
Wachiwi durmió hasta la mañana siguiente. Se despertó aturdida, y se sorprendió al ver que estaba cubierta solo con una sábana y no llevaba puesto el vestido; en vez de eso, lo tenía bien doblado junto a ella. Vio la mancha de sangre y recordó lo ocurrido el día anterior. Su intento de escapar había resultado fallido otra vez. La invadió una gran tristeza mientras se ponía en pie y se vestía. Entonces vio que también los mocasines estaban manchados de sangre.
Napayshni la vio cuando salía de la tienda. No daba la impresión de estar en condiciones de intentar escapar de nuevo ese día. Se la veía cansada y en baja forma, y también desorientada a causa de la fuerte poción que le habían obligado a tomarse.
—¿Cómo tienes el hombro? —preguntó él cuando la chica pasó tambaleándose por su lado, con los ojos entornados ante la molestia que le producía la potente luz del sol.
Ese día estaban todos los hombres en el campamento, y las mujeres teñían pieles y salaban carne. Las despensas para el invierno estaban prácticamente llenas.
—Bien —respondió ella con poco convencimiento. Aún le dolía, pero era demasiado orgullosa para reconocerlo ante él.
—Chapa tiene muy mala puntería. Intentaba cazar un pájaro y te dio a ti.
—No, no fue así. Tú le pediste que me detuviera fuera como fuese, y eso hizo.
—¿Cuántas veces piensas intentarlo, Wachiwi? Esta vez te han herido. Mientras huyes, podrías caerte del caballo y matarte.
—O podría matarme uno de tus hombres —soltó ella sin rodeos—. No importa, prefiero morir a estar aquí. —Era cierto. No cesaría de intentar volver a casa mientras siguiera con vida.
—¿Eres infeliz aquí?
Napayshni lamentaba oír eso, y la verdad era que siempre se había mostrado amable con ella. Podría haberla hecho suya la primera noche, y Wachiwi llevaba allí varias semanas. Sin embargo, Napayshni quería que se habituara a él antes de convertirla en su esposa. La chica seguía sin tratarlo mejor que al principio. Él no quería mostrarse brusco, pero no podía permitir que continuara escapándose. Y tarde o temprano, alguien acabaría matándola de un disparo, o hiriéndola de gravedad. Él quería protegerla. Lo que había ocurrido el día anterior era más que suficiente.
—Matasteis a mis hermanos —repuso ella con rabia. También habían matado a Ohitekah, pero no pronunció su nombre.
—Suele ocurrir en los asaltos y las guerras.
Él no podía hacer nada al respecto, y deseaba que Wachiwi fuera suya. Lo deseaba muchísimo.
—¿No podemos intentar llevarnos bien?
Creía que si conseguía que Wachiwi lo viera como un amigo, el resto sería más fácil, y acabaría por aceptarlo como esposo. No era la primera mujer a quien raptaban en un asalto y entregaban a un jefe. La mayoría se convertían en esclavas. Las otras tres mujeres del poblado de Wachiwi habían aceptado su suerte. Wachiwi las había visto con los guerreros que las habían raptado y sus nuevas familias. Parecían infelices, pero sabían que no tenían elección, y eran más jóvenes y más tranquilas que Wachiwi. Se había encontrado con ellas varias veces en el río, pero las mujeres más mayores, que las trataban como esclavas, no permitían que hablaran con Wachiwi.
Napayshni quería darle algo más que una vida de esclava o de cautiva; quería tratarla como a una esposa. Sin embargo, Wachiwi no estaba dispuesta a aceptar ni una cosa ni la otra.
—Tú no eres mi amigo, eres mi enemigo.
—Quiero hacerte mi esposa —respondió él con dulzura.
Era un gran jefe, y se estaba rebajando ante una joven, lo cual era muy raro. En otras tribus y en otras circunstancias, eso supondría un honor. No obstante, igual que en el caso del hombre que había ofrecido a su padre cien caballos a cambio de ella, y a quien ella había rechazado, no quería convertirse en la esposa de Napayshni. Él era quien había matado a sus hermanos y al hombre al que amaba; él o sus hombres, daba igual. Además, la habían arrancado del entorno paterno. Nunca le perdonaría una cosa así.
—Jamás seré tu esposa —respondió Wachiwi con furia—. Tendrás que ponerme un cuchillo en el cuello para que sea tuya.
—No pienso hacer eso. Quiero que te entregues a mí por voluntad propia.
Ella lo atravesó con la mirada al oírle decir eso. Sin embargo, sus ojos se enternecieron a pesar suyo. Le estaba pidiendo algo en lugar de ordenárselo o de forzarla. No le pasó por alto. Las cosas podrían haber ido mucho peor. Era un hombre honesto y la trataba con respeto, aunque ella no le pagara con la misma moneda. Se había mostrado brusca con él desde el momento en que se conocieron. No quería convertirse en su esposa o su esclava, ni en su trofeo de guerra.
—No te obligaré a ser mía, Wachiwi. No quiero hacerte mi esposa de esa forma. Ve a donde quieras, haz lo que quieras, siempre que te quedes en el campamento. Serás mi esposa cuando estés preparada, no antes. No obstante, si vuelves a intentar escapar, tendré que atarte. Eres una mujer libre si no sales de aquí. Y cuando tú lo desees serás mi esposa; mi esclava, jamás.
No pensaba convertir a la hija de otro jefe indio en su esclava, y Oso Blanco era un gran jefe. Su hija merecía todo el respeto.
—Mantente alejada de los caballos —le advirtió—. Aparte de eso, puedes ir a donde gustes. Pero a pie.
Wachiwi no le respondió, y Napayshni se marchó. Le estaba ofreciendo un trato más que justo, pero no estaba preparada para hacer las paces con él, y se prometió a sí misma que no las haría jamás. Seguiría intentando escapar a la mínima oportunidad.
A esas alturas se encontraban en el campamento de verano. Hacía mucho calor. No pensaban trasladarse en bastantes semanas. Tenían mucho trabajo con las reses que habían cazado. Las mujeres cosían, los hombres teñían y curtían; estaban preparando las pieles para venderlas. Escogían muy bien las tierras en las que los caballos podrían pacer; además, era una zona donde abundaban los búfalos si necesitaban cazar más. Representaba un alivio no tener que trasladar el campamento cada pocos días, sobre todo con aquel calor. A Wachiwi se le había curado la herida del hombro, ya no le dolía. Seguía esperando el momento oportuno para escapar, pero no lo encontraba. El campamento estaba siempre lleno. No había posibilidades de hacerse con un caballo y largarse. Su única opción era hacer lo que le había indicado Napayshni; ir de un lado a otro del campamento, a pie.
Un día oyó a unos hombres comentar que allí cerca había un lago. Estaba un poco lejos para ir andando, pero tampoco tenía otra cosa que hacer. No tenía hijos, ni marido, y no debía atender ninguna tarea en el poblado. Recibía trato de huésped, mientras las dos esposas de Napayshni se encargaban de todo el trabajo, incluso de lavar su ropa, ya que habían recibido órdenes de él. Aunque al principio protestaron, acabaron haciendo lo que les decía y la trataban como a una hija. Llevaba una vida muy cómoda; el único problema es que no quería estar allí.
Napayshni estaba poniendo a prueba otra táctica para domarla como a un caballo, pero de forma que actuara por propio convencimiento. La ignoraba por completo, y tenía la esperanza de que acabaría acercándose a él. De momento, la cosa no surtía efecto, pero su actitud era menos beligerante. A medida que pasaban los días en el campamento de verano, Wachiwi parecía más y más cómoda. Jugaba con los niños y a ratitos hacía compañía a las mujeres. Se encargaba de adornar prendas con cuentas y ella misma remendó su vestido cuando volvió a rasgarse. Incluso enseñó a dos jovencitas a teñir las púas de puercoespín de la forma en que ella lo había hecho con las de su vestido. Encontraron las bayas apropiadas y consiguieron teñir las púas del mismo azul intenso, con lo que quedaron entusiasmadas. Napayshni se alegraba de verla más tranquila, aunque no le hizo ningún comentario.
Durante la segunda semana en la ubicación veraniega del campamento, Wachiwi decidió dar un largo paseo y descubrió el lago del que había oído a hablar a aquellos hombres. No había un alma. Estaba sola en el lugar más bello que había visto jamás. En lo alto de una colina había una cascada, y abajo, a sus pies, el lago en calma. Vio unos peces nadando y una pequeña playa de arena. Miró alrededor, no vio a nadie, se quitó los mocasines y el vestido y se bañó desnuda. Sus hermanos le habían enseñado a nadar como un pez.
Era la tarde más plácida que recordaba haber disfrutado en años enteros; desde luego, la más plácida desde que llegara al campamento de los crow. Había ocultado la ropa para que, si alguien se acercaba al lago, no la viera. Sin embargo, nadie lo hizo. Todos los hombres estaban muy ocupados cumpliendo sus tareas en el campamento, y el lago estaba demasiado lejos para las mujeres y los niños. Se sintió como en un lugar sagrado. En su rostro se dibujó una amplia sonrisa por primera vez desde que la hicieran prisionera. Permaneció allí toda la tarde, se tumbó a tomar el sol y se bañó varias veces más. Cuando regresó al poblado, canturreaba para sus adentros. Era libre, porque Napayshni sabía que a pie no podía llegar muy lejos, y su tribu se encontraba demasiado apartada.
Se la veía feliz, despreocupada, rejuvenecida, con el largo pelo negro cubriéndole la espalda. Napayshni la vio regresar al campamento, pero no dijo nada, aunque el corazón se le hinchió al ver la expresión de su rostro. Parecía tranquila, feliz y a gusto.
Durante la cena, junto a la hoguera, le preguntó qué había hecho ese día. El bebé se había convertido en un niño fuerte y sano, y su madre tenía buen aspecto. Las dos mujeres volvían a estar embarazadas, sus hijos nacerían en primavera. En realidad, con quien Napayshni deseaba tener un hijo era con Wachiwi, pero no dijo nada al respecto. No quería asustarla, sobre todo porque por fin parecía estar encontrando su lugar allí.
—He ido al lago —respondió Wachiwi en voz baja. Se mostraba menos hostil desde que él apenas le dirigía la palabra, pero aún no deseaba convertirse en su esposa, ni siquiera ser amiga suya.
—¿Andando? Está muy lejos. —Napayshni estaba impresionado. Sabía que algunos hombres se habían acercado hasta el lago a caballo al principio de estar allí, pero ahora no tenían tiempo.
—Es un sitio muy bonito —contestó ella con aire sereno.
Él asintió y volvió a darle la espalda, fingiendo que la ignoraba. Era su precioso caballo salvaje. Aún no había conseguido domarlo, pero ahora estaba seguro de que algún día lo conseguiría. Lo veía en sus ojos. Se estaba acercando el momento, y lo único que deseaba era que llegara pronto.