18

 

 

Wachiwi

 

1793

 

 

Todos habían pasado mucho miedo durante los meses y los años posteriores al comienzo de la Revolución. Por suerte, la familia se encontraba en Bretaña cuando los primeros estallidos de violencia habían tenido lugar en las calles de París. No daban crédito a las noticias que traían aquellos que habían conseguido huir. Versalles había sido invadido por villanos y revolucionarios armados, la familia real al completo había sido detenida y apresada, el palacio del Louvre bullía con las multitudes que destrozaban las bellísimas estancias. Niños de noble cuna eran asesinados, adultos de la realeza acababan en la guillotina, rodaban cabezas en plena calle y por todas las alcantarillas corría la sangre. Muchos amigos y parientes de Tristan habían muerto.

Durante muchos meses no supieron qué había ocurrido con su casa en París, hasta que al final se enteraron de que la habían saqueado. Algunos combatientes revolucionarios se habían instalado en ella y luego la habían abandonado llevándose muchos objetos de valor. Wachiwi agradecía estar en Bretaña con los niños.

Al principio pasó miedo porque recordaba la experiencia del secuestro de los crow. Tristan lo comprendió de inmediato y le aseguró que jamás volverían a raptarla.

—Antes los mataré —prometió con una mirada asesina nada propia de él—. Te protegeré.

Wachiwi estaba segura de que lo haría. Con él se sentía a salvo. Había convertido la mansión en una fortaleza, había alzado el puente levadizo y transformó su hogar en un campamento armado que daba refugio a otros nobles como ellos. Formaron un grupo con más de cincuenta miembros de la resistencia allí alojados. Tristan enseñó a Wachiwi a disparar un mosquete y a cargar un cañón, y muchas noches combatía a su lado. Nunca tenía miedo cuando estaba con él.

Fue ella la primera en divisar las llamas la noche que los revolucionarios incendiaron el ala norte de la mansión. Sus hijos recién nacidos estaban allí, junto con Agathe y Matthieu, además del hombre al que amaba; las flechas encendidas sobrevolaban los muros y prendían fuego a los árboles, un fuego que, avivado por el fuerte viento, se propagó al instante por la mansión. En un arrebato, la sioux que llevaba dentro despertó y se hizo con el control de la situación. Tomó la potente arma de uno de los arqueros de Tristan y empezó a disparar flechas al enemigo. Muchos quedaron heridos y bastantes hallaron la muerte. Se había convertido al catolicismo para casarse, pero lo que estaba haciendo no le causaba el menor cargo de conciencia. Luchaba para defender su hogar. Mientras Tristan la observaba, lo invadió un gran orgullo y pensó que jamás la había amado tantísimo. Era la única mujer que luchaba al lado de los hombres, y disparaba mosquetones y arrojaba flechas a sus atacantes con un brío inagotable.

Una vez la hirieron en el mismo hombro que cuando trató de escapar de los crow; por suerte, en esta ocasión la cosa tampoco pasó de un rasguño. Después de eso Tristan insistió en que se quedara con los niños, pero en cuestión de horas Wachiwi estaba de nuevo en mitad del combate, junto a él y los demás hombres.

En Francia transcurrió una época infame en que los compatriotas se enfrentaban y se mataban los unos a los otros. Los desperfectos del ala norte fueron considerables, pero en su debido momento los ataques disminuyeron y los revolucionarios se retiraron. Los otros chuanes regresaron a sus hogares, en la campiña volvió a reinar la paz y Tristan volcó sus esfuerzos en reconstruir la mansión, agradecido por que la familia no hubiera perdido la cabeza ni el hogar. No había estado en París y, por tanto, no había visto los daños sufridos allí. La casa estaba cerrada y no sentía deseos de dejar a Wachiwi con sus tres hijos pequeños y los dos mayores. Se preguntaba si alguna vez volverían a sentirse seguros. Amaba a Wachiwi más que nunca. Mientras luchaba a su lado, había descubierto en ella un denuedo por el que volvió a tomar conciencia de hasta qué punto era una mujer extraordinaria y lo mucho que significaba para él; le importaba mucho más que su país e incluso su casa. Tristan había combatido para protegerlos a ella y a sus hijos por encima de todo. Y ella sentía lo mismo con respecto a él. Vivía por y para Tristan, sus tres hijos y sus dos hijastros, y habría matado a cualquiera que los hubiera puesto en peligro.

—Bueno, señora marquesa —dijo Tristan mientras paseaban al sol por los jardines, en los que todavía se observaban los efectos del incendio parcial.

Las caballerizas también habían quedado dañadas y varios caballos habían perecido. Por suerte, los revolucionarios se habían retirado al no conseguir ocupar la mansión. Los chuanes allí recluidos mostraban un gran denuedo, así que decidieron trasladarse a otros destinos peor defendidos. Tristan y Wachiwi habían salvado su hogar. Él irradiaba orgullo cuando sonrió al tomar asiento en el banco donde le propuso matrimonio, que también mostraba las huellas del incendio. El laberinto había quedado destrozado.

—Podemos volver a construirlo —propuso él con calma, y Wachiwi sabía que lo haría. Amaba su hogar; por el contrario, odiaba a los revolucionarios y sus actos.

Wachiwi jamás supuso cuán bravo era como combatiente hasta ese momento. Era pacífico, pero no consentía que nadie lo echara de su hogar ni hiciera daño a su familia. Le recordó a sus hermanos, tan lejanos. Aún los echaba de menos. Sin embargo, su vida estaba allí, al lado de Tristan y de sus hijos. Ahora se sentía tan francesa como sioux, aunque durante la batalla sus orígenes habían salido a la luz para defender su hogar.

—¿Cómo tienes el hombro? —preguntó Tristan con delicadeza, y ella le sonrió.

—Bien. Serías un buen guerrero sioux —comentó, y él la rodeó con el brazo y se echó a reír.

—No sé montar tan bien como tú.

—Mis hermanos tampoco —alardeó ella.

—Pues tú no tendrías precio como arquera del rey, si todavía hubiera rey —apostilló él con tristeza.

Todo había cambiado. Era el mundo al revés. Muchos conocidos habían muerto. Tristan no quería volver a abandonar Bretaña jamás. Estaban mejor en la distancia, en paz, lejos de París. Temía que tuvieran que pasar años antes de que el país se estabilizara.

—¿Sientes haber acabado aquí? —le preguntó a Wachiwi. Se refería a su llegada a Francia, y su semblante mostró preocupación. Era una época terrible.

—Claro que no —respondió ella en voz baja mientras lo miraba fijamente a los ojos. Él observó su fortaleza y su amor, y se sintió reconfortado. Detestaba la situación que habían tenido que arrostrar—. Esta es mi vida. Tú eres mi vida —afirmó con decisión—. Tú y nuestros hijos. He nacido para estar a tu lado.

Estaba segura de ello. Ahora su tribu se encontraba allí; esa era la única familia que necesitaba y deseaba. Ya no pertenecía al pueblo sioux, le pertenecía a él. Así había sido desde que llegó a Francia.

—Quiero morir contigo cuando llegue el momento —aseguró con solemnidad—. Dentro de mucho tiempo. Cuando dejes este mundo, yo lo dejaré contigo.

Él la miró y no le cupo duda de que hablaba en serio. Entonces se inclinó y la besó con el tierno gesto del hombre cariñoso que la amaba con la misma pasión con que ella lo amaba a él.

—Quiero vivir muchos años a tu lado, Wachiwi —respondió él en voz baja, y miró al mar.

Ella se apoyó en él y le sonrió, sintiéndose en paz. La batalla para salvar su hogar había tocado a su fin y tenían mucho que hacer y un gran futuro por delante.

—Lo haremos —respondió ella en voz baja mientras contemplaban juntos el mar.

Luego, cogidos de la mano, regresaron paseando a la mansión que repararían durante los meses siguientes. Subieron juntos a la planta superior para ver a los niños. Agathe y Matthieu jugaban con sus hermanos menores. Aún se estremecían al pensar en las luchas que habían sostenido y todo lo que habían presenciado. Tristan estiró el cuello para ver a Wachiwi por encima de las cabezas de los niños y le sonrió, feliz. Ella le devolvió la sonrisa. No tenía nada que temer mientras estuviera con él.

Cuando salieron del cuarto de los niños, bajaron a su dormitorio y cerraron la puerta sin hacer ruido. Ella lo rodeó con los brazos, y esa vez él la besó con toda la pasión que sentía por ella desde el principio.

Wachiwi lo siguió hasta la cama donde había concebido y dado a luz a los bebés, y mientras él la abrazaba y ella lo besaba, Tristan supo que era el hombre más afortunado del mundo porque la hija de un jefe indio, llamada Wachiwi, le pertenecía, y así sería hasta el fin de sus días. Era la bailarina de su corazón, su alma y sus sueños.