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Había un largo trayecto desde Salt Lake hasta Sioux Falls, en Dakota del Sur. Brigitte tuvo que viajar primero a Minneapolis, hacer tiempo en el aeropuerto y luego coger otro vuelo hasta Sioux Falls. Llegó allí seis horas después de salir de Salt Lake. Apenas podía esperar a la mañana siguiente para dirigirse a la universidad e iniciar su investigación. La universidad se encontraba en Vermillion, una ciudad también perteneciente a Dakota del Sur, pero situada a cien kilómetros de Sioux Falls, donde decidió pasar la noche, pues proseguiría el viaje al día siguiente. El único lugar donde halló alojamiento era una especie de motel pulcro y bien iluminado frente a un parque. La ciudad estaba situada sobre un acantilado que daba al río Big Sioux. Tras instalarse en la habitación del motel, Brigitte salió a dar un paseo. Por el camino, encontró una cafetería que le pareció acogedora y se detuvo para cenar. Le encantaba observar a la gente que entraba y salía del local mientras ella comía.

Al irse, reparó en que había una capa de nieve en el suelo. La temperatura estaba bajando y le entró prisa por regresar al motel. Quería levantarse temprano para viajar hasta Vermillion a la mañana siguiente. Pensaba dirigirse a la Universidad de Dakota del Sur, donde se encontraba el Instituto de Estudios Indoamericanos, que a su vez alojaba la Doctor Joseph Harper Cash Memorial Library. Allí encontraría libros, fotografías, películas y vídeos relativos a la tradición oral que Brigitte deseaba investigar. Los sioux se referían a sus mitos y leyendas como «lecciones». Esperaba poder resolver el misterio de Wachiwi de ese modo.

Si no, no tenía ni idea de adónde dirigirse. El Instituto de Estudios Indoamericanos era el centro de mayor prestigio en cuanto al registro de las tradiciones orales de los sioux y disponía de unas seis mil entrevistas grabadas. Con todo, la mujer de quien buscaba información había vivido más de doscientos años antes, casi doscientos treinta, y no le resultaría fácil localizarla. Como bien dice el refrán, era buscar una aguja en un pajar; tendría muchísima suerte si resultaba que su historia había pasado de generación en generación y se conservaba. Tal vez el hecho de que Wachiwi o su padre hubieran viajado a Francia los convertía en personas de particular interés; algo debía de tener de especial la joven para haber logrado alejarse tanto de su lugar de origen.

Los aparatos del Instituto eran antiguos y delicados, y los guardaban con sumo cuidado. De nuevo Brigitte dio con una bibliotecaria que no solo la ayudó, sino que quedó cautivada por la historia que Brigitte le contó. Al igual que a ella, la fascinaba el hecho de que Wachiwi hubiera estado presente en la corte del rey de Francia o, como mínimo, bastante cerca si vivió en Bretaña y se casó con un marqués. A las dos les parecía más que probable que se tratara de uno de esos extraños casos de norteamericanos que habían sido invitados a la corte francesa, como Benjamin Franklin y Thomas Jefferson. Tal vez a Wachiwi de Margerac le hubiera sucedido lo mismo. ¿Por qué otro motivo habría viajado a Francia si no? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Quién la había invitado? ¿Quién la había acompañado? ¿Y cómo se las había arreglado para establecerse en un continente tan alejado de su lugar de origen? Brigitte se preguntaba si la habría acompañado algún familiar; sus padres, o tal vez sus hermanos. Era inconcebible que hubiera viajado a Francia sola, sobre todo teniendo en cuenta que era muy joven, mujer y sioux.

La bibliotecaria dijo que su nombre era Jan, y explicó a Brigitte que las jóvenes sioux habían estado muchos años sometidas a unas normas morales muy estrictas. Vivían enclaustradas, por fuerza tenían que casarse vírgenes y no podían mirar a los ojos a los hombres de su tribu. No cabía otra opción que pensar que Wachiwi había viajado muy bien acompañada y protegida hasta Francia. Costaba imaginar la reacción de su familia ante su matrimonio con un noble francés; y la de la familia del marqués ante su matrimonio con una india. Constituían una pareja excepcional. Por fin Brigitte había dado con una antepasada que no solo estimulaba su imaginación, sino que le tenía el corazón robado. Eso hacía que por fin todo el proyecto genealógico cobrara importancia.

La bibliotecaria entregó a Brigitte infinitas fotografías de jóvenes sioux, y esa vez no les cupo duda de que Brigitte guardaba cierto parecido con algunas de ellas, aunque era de mayor edad y tenía una forma de vestir más moderna y unos rasgos menos pronunciados. Con todo, más de una de las fotografías evidenciaba su parecido con el de alguna de aquellas jóvenes. Además, el hecho de que tuviera el pelo largo y oscuro hacía más obvia la similitud. Si se trataba de eso, la carga genética de Brigitte era muy potente; o tal vez fuera una simple coincidencia. Sin embargo, a ella le encantaba pensar que era cierto. No veía el momento de regresar a su ciudad y contárselo todo a Amy. De repente, se sentía más exótica, y eso aún estrechó más el lazo con la joven antepasada que se había aventurado a trasladarse a un mundo por completo distinto del suyo.

Jan mostró a Brigitte los archivos con el material oral y ella no supo por dónde empezar de tantos que había. Por suerte, la bibliotecaria conocía muy bien el fondo. Pasaron toda la tarde revisando el material, hasta la hora de cerrar. Sin embargo, no encontraron dato alguno sobre Wachiwi, ni siquiera de algún jefe indio que hubiera sido recibido en la corte francesa, a pesar de que ahora Brigitte tenía la certeza de que ese había sido el caso de muchos y la bibliotecaria le confirmó que ella también lo había leído, sobre todo en los libros sobre la historia de Francia relativa al siglo XVIII. Incluso dijo haber visto imágenes de jefes sioux vestidos con una mezcla de prendas indígenas y francesas.

Brigitte estaba muy desanimada mientras conducía de regreso al motel de Sioux Falls. Había acudido al Instituto con la esperanza de descubrir algo que arrojara luz sobre el distante pasado de Wachiwi. Telefoneó a su madre y le explicó que, de momento, no había hallado nada más. Sin embargo, esa noche soñó con Wachiwi. Era una bella joven.

El segundo día tampoco encontró nada, y el tercero estaba a punto de dejarlo correr cuando la bibliotecaria y ella dieron con una serie de historias relatadas por ancianos de la tribu sioux dakota. Su origen se remontaba a 1812, y uno de los documentos eran las memorias en que un viejo jefe indio explicaba vivencias de su juventud. Hablaba de un jefe dakota llamado Matoskah, Oso Blanco, a quien su difunta esposa había dado cinco valientes varones. Su segunda esposa era una bella joven que también murió al dar a luz a una niña, y esta se convirtió en la preferida de su padre. Creció bajo la protección de sus hermanos y su padre, y se negó a casarse a pesar de que era mayor que las otras muchachas del poblado. El jefe Matoskah creía que no había guerrero que la mereciera, y tanto él como su hija rechazaron a todos los pretendientes que acudían a pedir su mano. El hombre de quien procedía el relato oral la consideraba una chica guapa y sobresaliente. Más adelante hablaba de las guerras con los crow, de la gran cantidad de hombres que habían muerto luchando para proteger su poblado, de los grupos de guerreros, de los asaltos; y luego volvía a nombrar a la chica. Decía que en uno de los asaltos los crow habían matado a dos de sus hermanos cuando intentaban defenderla y a otro joven, y que se la habían llevado para ofrecérsela al jefe de su tribu como esclava. Los guerreros sioux trataron de salvarla, pero no lo consiguieron, y su padre, el gran jefe Matoskah, había muerto de pena a finales de ese mismo año. El hombre que relataba la historia creía que la partida de la chica había arrastrado consigo el espíritu de su padre. En esa época él también era joven, pero lo recordaba bien. Más adelante se enteró de que habían entregado a la chica al jefe crow, y ella le había dado muerte y se había escapado. No llegaron a encontrarla, y jamás volvieron a verla. No regresó al poblado de su padre. Un cazador francés dijo haberla visto una vez; acompañaba a un hombre blanco en un viaje. Sin embargo, los cazadores tenían fama de mentir a los indios, así que nadie lo creyó. La chica había desaparecido. El hombre que relataba la historia no sabía lo que le había ocurrido. Era posible que se la hubiera llevado un Gran Espíritu por haber asesinado al jefe de los crow. Dijo que se llamaba Wachiwi, y que era la muchacha más bella que jamás había visto; y que su padre, el jefe Matoskah, era el hombre más sabio que jamás había conocido.

Ahí tenía a su antepasada, pensó Brigitte mientras proseguía con otra historia relativa a la juventud del hombre y las cacerías de búfalos en las Grandes Llanuras. Wachiwi. La habían raptado y la habían ofrecido a un jefe crow. Al parecer, ella lo había matado y se había escapado. Pero ¿quién era el joven blanco a quien el cazador decía haber visto con la chica? Brigitte tuvo la sensación de estar persiguiendo un fantasma. Escurridizo, bello, misterioso, valiente. Se preguntó si esa tal Wachiwi sería la misma que había encontrado en los registros de Francia. Era difícil saberlo. Habían pasado más de doscientos años y costaba seguirle la pista. Además, tal vez la cosa no tuviera mayor importancia; ya sabían bastante. Sin embargo, a Brigitte el tema la atraía como a un perro un hueso; era incapaz de dejarlo.

Durante la semana siguiente, Jan, la bibliotecaria, y ella revisaron todos los relatos de transmisión oral de los crow, que también formaban parte de la gran familia sioux, pero solían estar en guerra con los sioux dakota. A la hora de comer, Brigitte y Jan acudieron a un restaurante cercano y estuvieron largo rato hablando de los descubrimientos que Brigitte hacía día tras día. Todas las historias resultaban de lo más cautivadoras, y Brigitte se estaba quedando prendada de los personajes a quienes iba conociendo. Al hablar de ello con Jan, tuvo la sensación de que cada vez cobraban más vida. Era como retroceder en el tiempo.

Pasaron varios días en que no descubrieron nada nuevo, pero por fin volvieron a dar con la figura de Wachiwi y el primer relato se confirmó.

El autor de la presente historia se deshacía en elogios del jefe crow, llamado Napayshni, a quien había conocido de joven. Decía que tenía dos esposas y que había recibido como esclava a una bella joven raptada en el poblado de los sioux. Según él, la chica era un espíritu malvado que había embrujado a su jefe, lo había atraído al interior de los bosques y lo había matado. Nunca habían vuelto a verla. El narrador creía que era posible que la hubiera raptado otra tribu, y un cazador decía haberla visto con un francés; la cuestión era que hacía tiempo que había desaparecido. El hombre estaba convencido de que se trataba de un espíritu y no de una muchacha de carne y hueso, y que simplemente se había desvanecido después de matar a su jefe. Al leer eso, Brigitte supo que se trataba de Wachiwi, y se quedó boquiabierta al ver que en el relato aparecía el joven francés. Tenía la certeza de que alguien había salvado a la joven. Y estaba claro que, por mal que hubiera acabado la historia, era muy valiente, ya que había matado a su raptor y se había escapado. Algo en su interior le decía que se trataba de la misma Wachiwi que se había trasladado a Francia. Y fuera quien fuese el francés que aparecía en el segundo relato, la había llevado consigo a su país. Era posible que jamás se supiera el resto de la historia, pero con eso bastaba. Brigitte había averiguado lo que necesitaba conocer de Wachiwi, la joven india adorada por su padre y sus hermanos, a quien los crow habían raptado durante un asalto a su poblado para luego ofrecerla a su jefe. Y luego ella lo había matado para escapar, y un desconocido de origen francés la había encontrado y la había llevado hasta Francia. Debía de ser una joven cautivadora. El segundo narrador la consideraba una bruja, pero no lo era. Parecía una muchacha bella y valiente que había acabado viajando a Bretaña y convirtiéndose en marquesa. La historia resultaba extraordinaria y Brigitte tenía muchas ganas de contarla.

Detestaba tener que marcharse, pero había cumplido con el trabajo que tenía previsto hacer en Dakota del Sur. Había dado con la pista que necesitaba de Wachiwi para confirmar sus sospechas. Dio las gracias de corazón a Jan antes de partir, y tuvo la sensación de que habían trabado amistad. Tras despedirse, regresó en coche a Sioux Falls y cogió el vuelo que la llevaría a Boston. Se sentía en paz, como si acabara de encajar en sí misma una pieza que antes le faltaba. Wachiwi. La bailarina. Brigitte se preguntó qué más descubriría de ella si se trasladase a Francia para seguir escarbando en la historia familiar. Una muchacha tan especial debía de haber dejado también su huella allí. Una joven india de la tribu sioux dakota había robado el corazón del marqués y había pasado el resto de su vida en Francia. Seguro que alguien había tomado notas de ella en su diario, y Brigitte sentía que su misión consistía en seguirle el rastro.