27
Llego a la clínica en vaqueros, con los dientes limpios (esta vez sin mordiscos de fruta de por medio), con una cadena en el cuello de la que cuelga el anillo que Aleksandr me dejó como prenda de su compromiso, y con tiempo de sobra. Me dirijo directamente a mis dominios para comenzar a preparar todo para mi siguiente clase.
Acabado todo el proceso, me siento en mi mesa a comprobar el escandallo de unas recetas para pasárselo al director, cuando, como si lo convocara, aparece para interrumpirme.
—Hola, Tazia.
Levanto la cabeza y lo noto mirándome fijamente.
—Hola, Aleksandr —saludo y vuelvo a mis papeles.
¿La situación es incómoda? Sí. ¿Voy a hacer algo para remediarlo? Ni de coña.
—Te noto algo diferente. El pelo, la cara… ¡te has maquillado! —adivina.
—No lo hagas parecer como que es algo especial. Lo hago siempre que vengo —contesto sin levantar la vista.
Lo digo como si no fuera de importancia, pero si no estuviera enfadada con él, le daría diez puntos por fijarse. La mayoría de los hombres no lo harían ni aunque estuviéramos rodeadas de letreros indicativos.
—Esta vez es distinto.
—Te he dicho que no le tomes importancia. De hecho, estoy así desde ayer noche —miento porque tan solo la raya es la misma—. Lo único que he hecho ha sido pintarme los labios.
—¿Saliste anoche? —me interroga.
—No veo por qué eso sería asunto tuyo.
—¿Fuiste a buscar a alguien que te rascara la picazón que yo comencé? —Al oírlo, levanto de golpe la cabeza. ¿Cómo se atreve el muy cerdo a pensar eso?—. Porque yo me quedé con ganas de más.
—Si no te hubieses comportado como un imbécil, no te habría ocurrido. Cada acción tiene una reacción.
—Tal vez me precipité…
—Sí. Te precipitaste en el momento en que me sentaste en tu regazo y me hiciste correr con tu mano —aclaro—. Todo eso sobraba.
—Te fuiste sin dejar que me disculpara por mis palabras —puntualiza—. De mis acciones no estoy para nada arrepentido. Bueno, tal vez un poco.
Abro la boca para insultarlo, pero sigue hablando.
—Me arrepiento de no haber repetido todo el proceso con mi boca y con mi polla.
«Joder, ahora estoy cachonda».
—Tazia, siento cómo te hablé. Te mentí al decir que fuis…
El ruido de la puerta al abrirse lo detiene de seguir hablando. Mis alumnos entran en tropel.
Mónica se acerca a mi mesa y le pregunta a Alek:
—¿Estás preparado para el juego de hoy? Porque espero que no te importe que nos volvamos a apuntar. Es más, estamos entusiasmados con la actividad.
—¿Juego? —duda el aludido, mirándome interrogante.
—Se ha suspendido, Mónica. Ya no habrá más actividades de ese estilo.
—¿De veras? —cuestiona la madre de Iván, que suena tan triste que me arrepiento al instante de mi respuesta, sin embargo, no tanto como para evitar reafirmar lo dicho con un gesto negativo de cabeza.
Los demás tienen que estar curioseando la conversación porque Estefan y Raquel sueltan sendas preguntas a la vez:
—¿Ya no jugaremos a balón prisionero?
—¿Me he puesto un chándal para nada?
Los otros residentes en mi clase se limitan a mirarme con ojos de cordero degollado.
«Tengo que resistir», me digo, dándome fuerzas a mí misma.
Los chicos se alejan cabizbajos y se sitúan en sus respectivos lugares de trabajo.
Alek se coloca a mi lado y finge prestar atención a los papeles que tengo esparcidos delante. Se acerca hasta mi oído y me susurra:
—No pude dejar de pensar en ti y en lo ocurrido. Mi mano se quedó embadurnada con tu olor. Casi fui hasta a tu casa a buscarte.
—Todo esto es inadecuado, Aleksandr —farfullo entre dientes para que los pacientes no se den cuenta de nuestro intercambio verbal—. Recuerdo perfectamente que ayer me acusabas de lo mismo que tú te dedicas a hacer ahora. Estamos en el trabajo y con gente delante. Vete y olvídate de todo lo ocurrido.
—No puedo y no tengo excusa. Solo puedo decir que fui un gilipollas contigo —dice de igual forma—. Tengo que explicarte algunas cosas.
—No, gracias. Ayer ya hablaste de más.
—Tazia, no seas obtusa. —Pone una mano en mi rodilla y salto del asiento. Tengo que acabar con esta situación de una vez por todas y, de paso, quemar toda esta furia que siento.
—Chicos, he cambiado de opinión. Al final, sí tendremos partido. Pero tendrá que ser ya. No tenía planeado quedarme hasta más tarde y tengo una cita a la que no puedo faltar
Bueno, tal vez mi estado de excitación actual me haya quitado las ganas de cocinar y haya utilizado la excusa del partido para alejarme del hombre frustrante que tengo al lado para ello, o simplemente me apetezca pegarle y el balón prisionero me da la coartada perfecta.
—Alek, tú y yo estaremos en equipos contrarios.
«Prepárate para correr, capullo».
Nos dirigimos al jardín trasero y nos dedicamos a delinear, con un tinte en spray que Mario (no me atrevo a preguntar por qué guarda uno de esos aquí, aunque de ahora en adelante me fijaré en el color de su pelo) tiene la gentileza de prestarnos, la zona del juego. Formamos los equipos que quedan divididos de esta manera: Minerva, Mario, Jaime y yo, y Estefan, Mónica, Raquel y Aleksandr.
No quiero presumir, pero le damos un baño de humillación… No puedo golpear al director tanto como me gustaría (el condenado es muy rápido), de todas maneras, me divierto hasta el punto de llegar a olvidarme de mi pequeña venganza. Por lo menos hasta que se sube la camiseta para secarse el sudor del rostro y deja ver parte de su cuerpo sexi… Entonces mi rabia (y mi deseo) vuelve con fuerza. Hasta que recibo un balonazo y me centro en animar a mis compañeros y poder salir de la zona de eliminados.
El juego termina con mi equipo como vencedor y Raquel quejándose de un desgarro muscular en la nalga derecha.
Los chicos tienen que volver dentro y yo me dispongo a seguirlos. Cualquier cosa para no quedarme sola con Alek. Creo que me puedo escabullir sin problema hasta que oigo:
—Tazia, ¿puedes esperar un segundo? Me gustaría que me comentaras sobre cómo y cuándo recuperarás esta hora de trabajo.
Me detengo en seco. Siento mi cara volverse escarlata por la vergüenza y la furia. A decir verdad, daba por hecho que no iba a tener que devolver este tiempo usado para el entretenimiento. SU entretenimiento. ¡El muy cabrón!
Me giro para enfrentarlo, pero no comienza a hablar hasta que nos quedamos completamente solos.
—Buscaré la forma de hacerlo. Si quieres, puedo venir un sábado o cuando sea —balbuceo, improvisando sobre la marcha—. Siento no haber preguntado primero… no volverá a pasar.
—Me alegro, aunque no es de eso de lo que quiero hablarte.
—Pero dijiste que me quedara para hacer eso mismo.
Estoy confusa. Muy confusa.
—Solo era una excusa. Necesito hablar sobre lo de ayer y estoy seguro que si no usaba el trabajo como excusa, no accederías.
—Tienes toda la razón —confirmo—. Adiós, capullo.
Me vuelvo para irme, aunque no llego muy lejos. El capullo me agarra por el brazo y me lo impide.
—Balerina, por favor. Subamos al estudio para que me disculpe como Dios manda.
—Yo creo que solo buscas un polvo fácil —digo forcejeando, tratando de disimular el temblor que me hace escucharlo decir el sobrenombre que tiene para mí—. Lo siento. No soy de ese tipo de chicas.
—No, joder. Tan solo quiero hablar.
Recibe silencio de mi parte.
—Bueno, pues ni no quieres subir, lo haré aquí. Me da igual —recapitula—. No era mentira cuando te dije que había pensado en ti, aún lo hago. Tan solo… me abrumé. No sabía que te sentirías tan bien, Tazia.
—No sé qué responder a eso, Alek. Me trataste como a una cualquiera. Me pediste que renunciara al trabajo… Eso no se hace.
Me giro al completo para poder mirarlo a los ojos. Él no me suelta. Es más, tira de mí hasta casi lograr que nuestros cuerpos se peguen.
—La próxima visita de mi padre me ha pasado factura. Estoy confundido y agotado. Lo pagué contigo.
—¡Vaya si lo hiciste!
—No tenía pensado que ocurriera nada. Te lo juro. Aunque no lo creas, tenía pensado conquistarte poco a poco. Tus salidas de juegos me brindaban los momentos perfectos.
—¿Conquistarme? Me parece que alguien se ha escapado de una novela de época.
Estoy haciéndome la dura, pero lo cierto es que comienzo a ablandarme.
—Ríete si quieres. Pero lo tenía todo pensado. Una de nuestras citas se iba convertir en algo muy adulto.
—Lo próximo que tenía planeado era llevarte a una piscina de bolas. Si consigues que eso dé un giro romántico, me caso contigo —bromeo.
—No juegues con eso. Podría tomarte la palabra. —Me dedica un guiño.
«¡Uy, alerta de acosador!», pienso con pánico.
—No me refiero ahora mismo —farfulla, y esta vez es él quien se vuelve colorado—. Es decir, no tengo pensamiento de casarme en breve. Soy muy joven y tengo muchas responsabilidades.
—Alek, alto. Te entiendo. Tan solo bromeabas —le digo salvándolo de la vergüenza—. Vamos a dejar el tema aquí, ¿sí? Te perdono y todo eso, no obstante, dejemos lo pasado en el pasado. Será lo mejor.
—No quiero volver a como era antes, Tazia —niega, tomándome de la cara con las dos manos—. Pensaba que tan solo conformándome con tenerte alrededor sería feliz, sin embargo, ahora, tras lo pasado ayer, no creo que pueda soportarlo. Me gustas, balerina, y no me da miedo admitirlo. ¿Puedes decir lo mismo?
Asiento de forma tan suave que si no llega a tenerme atrapada entre sus manos, se le habría pasado.
—Si quieres, nos tomaremos las cosas con calma, pero no consentiré que demos pasos hacia atrás. —Su nariz acaricia la mía—. Estoy preparado para bailar contigo. —Sonríe—. O por lo menos, para acompañarte al piano.
—¿No entiendo por qué yo?
Ahora es su turno de mirarme confuso.
—Eres lista, dulce, hermosa y bondadosa, Tazia. Lo raro no es que tú me gustes. Lo extraño de todo esto es que aun continúes soltera.
—Has descubierto mi secreto. Soy un imán para los tíos, estoy soltera porque no quiero hacerlos sufrir y que la tasa de suicidios se triplique en la zona —ironizo.
—Se me olvidó mencionar un seco sentido del humor… —Me besa con suavidad. Nuestro primer beso—. Y que tienes un sabor exquisito. No me importaría disfrutar ahora mismo de un poco de sabor a ti, balerina.
Y vuelve a besarme. Devora mi boca con la suya y yo me pego a él deseando más. Bajo mis manos y agarro sus nalgas uniéndonos todavía más. Esta vez no me voy a limitar a ser un sujeto pasivo. Quiero tocar. Quiero sentir y saborear. Quiero disfrutar de su cuerpo como me he muerto de ganas de hacer muchas veces.
—Vamos arriba —me ordena entre besos que ya se están saliendo un poco de control.
—Vamos —concuerdo.
Tira de mi mano y lo sigo sin mirar atrás.