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Ya sentados en su despacho, me encuentro mirando a todos lados, excepto a él. No puedo creer que le haya dicho que tuviera miedo de un ataque… tiene que estar descojonándose por dentro a mi costa. La verdad es que, antes, sin contar con un breve atisbo de diversión en sus ojos, no dejó revelar nada. A lo mejor no está todo perdido y pueda hacer el voluntariado.

—Siento lo que dije antes. —Comienzo, mirando al suelo como si fuera una niña a la que hubieran pillado haciendo algo malo—. En mi defensa debo añadir que me encontraba muy nerviosa.

—No tienes porqué. Tus miedos son lógicos —me disculpa, sorprendiéndome. Elevo el rostro para ver si habla en serio—. ¿Has visto alguna vez a un adicto con el síndrome de abstinencia? Aunque es imposible que llegaran a atacarte, no es algo muy bonito de ver… Los mantenemos controlados y seguros, pero te llevarías una fuerte impresión.

—No estaba asustada —digo, aunque luego rectifico—: No lo estaba hasta que mi hermano me metió el miedo en el cuerpo… Es muy sobre protector.

—Lo sé. Lo conozco, un tío interesante. Acompaña a Netta y a Iván cuando vienen a ver a Mónica, la madre del chico —responde—. Me ha hablado sobre ti, su hermana la bailarina.

—No hay mucho más que contar.

—Yo no diría eso. Está muy orgulloso de ti. Y no solamente por el baile.

—Hace mucho que no bailo de forma profesional. Una lesión —explico—. Basta de hablar de mí —digo incómoda con la idea de que este guapo chico esté enterado sobre mi vida y yo no sepa nada sobre él. Es más, hasta hace veinte minutos, no conocía de su existencia—. ¿La fastidié mucho antes o todavía tengo alguna oportunidad?

—¿Por qué tienes tantas ganas de enseñar aquí? —me pregunta, curioso—. No me malinterpretes, me encanta verte tan entusiasmada, es solo que no lo comprendo.

Decido ser sincera.

—La que en un primer momento me impulsó a presentarme como voluntaria fue mi cuñada. —Me mira confuso—. Sandra se lo pidió en un principio a ella, pero le es casi físicamente imposible hacer tantas cosas a la vez. Con su única empleada pasando cada vez más rato aquí—y no lo digo como un reproche—, su día queda dividido entre la heladería, Iván y mi hermano. Casi no tiene tiempo libre, y hacerse cargo de esto solo la estresaría aún más.

—Comprendo. —Asiente—. ¿Y lo segundo?

Le brindo una mirada interrogante.

—Acabas de decirme que lo primero que te hizo decir que sí fue tu cuñada —comenta—. Por tu forma de hablar, creí que tendrías una lista de motivos.

—Bueno, solo tengo otro más: el aburrimiento —confieso—. Estoy harta de hacer siempre lo mismo cada día. Y con este voluntariado, aparte de hacer algo bueno, podré hacer algo que me gusta sin la voz de Cosimo reprochándome que no soy lo suficientemente italiana. —Sonrío.

Por supuesto, no le menciono la fantasía en la que me veo recibiendo premios y celebrando conferencias por todo el país dando charlas sobre como mis clases ayudaron de manera significativa en la recuperación de todos los pacientes. «El merengue italiano me salvó la vida», dirían algunos. «No tuve tiempo de pensar en las drogas mientras batía», dirían otros.

Me pellizco con disimulo el interior del codo para sacarme de mi pequeña ensoñación.

—Así que, por lo que veo, vienes aquí para huir un poco de tu realidad —razona.

—Se podría decir que sí —concuerdo—. Son unas pequeñas vacaciones en las que me dedicaré a enseñar a otros a hacer dulces. No es un viaje a Cancún, pero haré algo que me gusta.

—Por supuesto, poder comer después lo que hagan es un extra, ¿no? —dice Alek con una espectacular sonrisa ladeada.

—¡Sí! —afirmo entusiasmada—. Por lo menos, lo que sea comestible… No todo el mundo sirve para la cocina.

—Eso es lo de menos. La cuestión es hacer algo diferente, no imitar a El Bulli —dice muy serio.

—Era una broma, hombre— digo cohibida—. No pretendía ofender.

—¿Te gustaría ver en dónde trabajarías? —me pregunta poniéndose de pie y dirigiéndose a la puerta sin oír mi respuesta—. Allí te pondré al corriente de lo que se espera de ti y de las normas a seguir si aceptas el puesto.

—Está bien. —Me levanto de un salto y voy a su encuentro con la mala suerte de que, al girar, el dobladillo del vestido se me engancha con el reposabrazos del asiento y acabo enseñándole, otra vez, mis muslos y braguitas, aunque esta vez, por la parte delantera.

Camino marcha atrás, sin dejar de mirarlo y con mi cara palideciendo a cada paso que doy. «¿Se puede ser más torpe o tener más mala suerte?», me recrimino. Lo más triste es que este desconocido que tengo en frente es el hombre que más ha visto de mí en el último año.

Siento y veo como sus ojos recorren mi piel y se posan en la zona de entre mis muslos, viendo los pequeños volantes blancos cosidos en mi ropa interior. Traga saliva audiblemente y se da la vuelta.

—Estoy lista —digo casi al instante—. Ya podemos salir.

Nos dirigimos a través de la casa a lo que parece ser una gran y antigua cocina. Los vellos de mis brazos se erizan: ¡he entrado en un paraíso vintage! Mis vestidos no desentonarán…

Doy vueltas observándolo todo. Fijándome en cada detalle que me pueda hacer falta. Calculando mentalmente cuantas encimeras hay y cuantas personas cabrán en ellas; contando los instrumentos de hostelería que tengo a la vista y realizando una lista mental. Al final, llego a la conclusión de que esta cocina es preciosa y está muy bien equipada.

—Podría quedarme a vivir aquí —confieso.

—El diseño es de un antiguo paciente al que le encantaba relajarse entre los fogones. Él fue el que dio la idea sobre realizar un curso como este —me explica—. Creo que encontrarás dentro de los armarios todo lo que necesitas, sin embargo, si notas en falta algo, solo dilo.

—Está bien —convengo—. Creo que voy a disfrutar mucho estando aquí, señor Glazunov. Este sitio es verdaderamente precioso.

—Bueno, antes de apresurarnos, tienes que saber todos los detalles. Tal vez no te interese.

—Adelante. Soy toda oídos. —Me siento en un taburete próximo y apoyo los codos en la base de gruesa madera—. Aunque no creo que nada me haga declinar esta oportunidad. —Observo, reprimiendo las ganas de sustituir a mis brazos con mi cara y aspirar el olor del material que tengo debajo.

—En estos momentos contamos con ocho internos. —Comienza—. Sin embargo, el número puede variar según se den de baja o alta más personas. Lo único que puedo decirte de seguro es que no aceptamos a más de quince pacientes a la vez.

—Creo que puedo manejarlo, y el espacio lo permite. La cocina es tan grande que incluso podrían venir familiares a ayudar.

Apunto esa idea en mi mente para preguntarlo más adelante. Sería una buena cosa que hacer. Nada une más que confeccionar un pastel entre muchos. Por lo menos en mi familia era así.

—Como ya sabes —prosigue—, trabajamos con personas adictas en vías de recuperación. Algunos padecen, también, problemas mentales derivados o agravados por las drogas, y aunque están medicados para sus trastornos, habrá días que podrás enfrentarte a serios cambios de humor. Tendrás que mentalizarte para ello; tratamos todo tipo de adicciones: alcohol, drogas, medicamentos psicotrópicos (los comúnmente llamamos antidepresivos), juego, trastornos alimenticios e incluso algún caso de adicción al sexo. Tienes que tener en cuenta que las personas que se tratan aquí, aunque lo hacen por propia voluntad, sufren un conflicto interno y a veces su lado malo, por llamarlo de alguna forma, gana. Cuando esto pasa, harán lo que sea para conseguir una dosis: engañarán, fingirán, mentirán, te regalarán los oídos con palabras bonitas e incluso intentarán seducirte… Tienes que hacerte inmune a todo eso. Nos ahorrarás problemas a todos.

Lo recita todo con la vehemencia de quien sabe de lo que habla por experiencia. Me agrada que se tome su trabajo tan en serio.

—Con esto que te acabo de contar, no quiero decir que no hables o que no llegues a empatizar con ellos, eso es normal y aceptable dentro de unos límites, tan solo te pongo sobre aviso de lo que te puedes encontrar dentro de este recinto.

—Si intentas meterme miedo en el cuerpo, no lo has conseguido. Soy italiana, sé enfrentarme a gente histérica y dando gritos por doquier —digo—. Cuando algo de eso pase, me imaginaré que he regresado a la casa de mi nonna10 por Navidad. —Me mira horrorizado por mi símil—. Tengo treinta y seis primos carnales y cuarenta y dos primos segundos. Créeme cuando te digo que no me asustaré, esa casa parece Vietnam. Comparado con eso, esto será un juego de niños.

Soy consciente de que estoy trivializando un asunto tan serio, pero necesito darme ánimos a mí misma y hacerme la dura, porque la verdad es que acabaré llorando como una magdalena y dándole todos mis ahorros y/o mi primogénito a cualquiera de ellos si me cuentan algo que me llegue al corazón. Lo confieso, soy la chica que le sigue dando monedas a la indigente de la esquina de al lado de casa todos los días, aunque sabe de buena tinta que no tiene tres hijos y que no está lisiada de una pierna…

—Algo más a tener en cuenta: no puedes venir así vestida —me dice mirándome de arriba abajo.

—¿Por qué no? —Espero que la decepción no se refleje en mi cara. «Adiós a mis glamurosos planes textiles»—. La ropa que lleve no va a interferir en mi saber estar ni en mis dotes de enseñanza. Simplemente estoy aquí para cocinar. Mi ropa no tiene nada que ver.

—Estas personas están en abstinencia sexual, Tazia, y vestiditos como estos solo los agitarán.

Ahora soy yo la que me echo un vistazo. No voy mal. Es más, no exagero cuando digo que recatada es una palabra que me abarca en toda su extensión.

—Piensas que mi ropa es inadecuada —afirmo más que pregunto. Toco el dobladillo que me llega casi a la rodilla y le brindo una mirada interrogante—. ¿Quieres que me ponga un burka?

—Te conozco desde hace menos de una hora y ya puedo decir de qué color y forma son tus bragas.

—¡Eso fueron accidentes! —exclamo.

—¿Y qué te hace pensar que no tendrás más accidentes como esos estando en clase? —inquiere con voz dura—. No quiero tener a mi alrededor a nadie frustrado sexualmente.

—¿Me vas a imponer algún tipo de vestimenta en concreto o solo no puedo llevar vestidos?

—Solo vestidos cortos y nada con demasiado escote.

—¿Sandra también tuvo que aguantar esta charla? —lo interrogo sin poder evitarlo—. No creo que ella aguantara ninguna tontería sobre su ropa…

—Más o menos… —dice mientras se pasa la mano por la nuca en un gesto incómodo—. De todas formas, ella sabe cómo defenderse si alguien intentara sobrepasarse.

—¿Y yo no? —Estoy indignada—. No me conoces de nada. No sabes cómo reaccionaría ante una situación como esa… ¿Quién sabe? A lo mejor sé defensa personal.

—¿Sabes defensa personal? —pregunta con resignación.

—No —admito por lo bajini—. Pero sé dar rodillazos en la entrepierna y correr. Soy muy rápida.

—¿Te costaría mucho no ponerte esa clase de trapitos durante una temporada? Por lo menos hasta que todos nos acostumbremos a ti —dice, intentado negociar.

No me pasa desapercibido el nos de esa frase. No entiendo porqué se incluye, pero lo dejo pasar.

—Está bien —acepto—. Nada de vestidos monos en el trabajo… —Me rio—. Cuando se lo cuente a mi cuñada se va a reír de mí. Creo que incluso te enviará una cesta de agradecimiento. Lleva intentado tentarme con cualquier cosa para que me vista con vaqueros durante una semana completa. Has conseguido lo que ella no.

—Conociendo a Netta, seguro que ha sido muy insistente.

—Ni que lo digas… A ver, no tengo nada en contra de los pantalones, es solo que no me gusta ir apretada. Lo evito siempre que puedo. Bastante ceñida voy a clases de ballet, mi cuerpo necesita un respiro.

—Entiendo. —Suspira—. Entonces, ¿estás en el barco? —Asiento con la cabeza—. Pues volvamos a mi despacho y firmemos los papeles. Después podrás seguir investigando la cocina. Se nota que te mueres de ganas. —Parece acordarse de algo—. Por cierto, tienes que darme tus datos para darte de alta y también un número de cuenta en el cual transferirte la mensualidad.

—Creía que era un voluntariado —le digo algo confundida.

—Por lo que cobrarás, puedes hacerte a la idea de que lo es —se mofa—. No existe mucha gente dispuesta a ayudar a los demás de forma gratuita. Me has sorprendido.

—Yo sí que estoy sorprendida. Podré hacer algo que me gusta y me pagarán por ello. —No es que me falte el dinero, pero me extraña un poco que pague por algo así—.Tenía pensado que eran una asociación dependiente del gobierno.

—Tazia, sé realista y mira a tu alrededor, ¿crees que el gobierno es tan generoso como para mantener y equipar un sitio como este? —me pregunta y sigue hablando sin esperar a que responda—. Nos financiamos gracias a donaciones privadas.

—Por lo que veo tienen muchos voluntarios dispuestos a soltar dinero. Qué personas más altruistas

—Di más bien personas ricas buscando una forma de desgravar a Hacienda o en busca de limpiar su conciencia…

—Lo que sea. Lo importante es que suelten la pasta —digo—. Ahora sí que no me sentiré culpable por aceptar ese pequeño sueldo.

Con una sonrisa me da la mano y, de un pequeño tirón, me levanta del sitio. Me mira durante un segundo más de lo normal y me dice:

—Bienvenida a bordo, balerina11.

10 Abuela.

11 Bailarina en ruso.