21
Se inaugura la primera fase de la operación denominada, de forma poco imaginativa: recuperar lo perdido. Y para ello necesito la ayuda de mis alumnos que, a estas alturas de su ingreso, se apuntarían hasta a un bombardeo. Me pongo de acuerdo con Sandra, que me deja robárselos durante media hora de su tiempo antes de que dé comienzo su terapia grupal. Todo sea por la causa.
Después de clase, nos dirigimos hasta la sala de reuniones y comenzamos a colocar todo en su lugar. Mando a llamar al director, rezando para mis adentros para que no me insulte ni se ría en mi cara al ver el pequeño montaje que le he preparado.
Viéndolo así, en frío, es un poco… forzado. Por decir algo y no añadir cutre a la ecuación.
«¡Ojalá le guste», imploro a un poder superior.
Me sitúo en la puerta mientras espero a que llegue el anfitrión y dejo a los chicos comenzar con el juego. Los noto felices. Parece que el espíritu de esta tarea que me he impuesto está calando también en ellos.
Al verlo llegar, seguido de Minerva, salgo de mi estratégica ubicación bajo el marco y cierro tras de mí para ir a recibirlo. O, mejor dicho, salgo a avisarle. Porque, seamos claros, una cosa es que haya estado de acuerdo en todo esto de recuperar la infancia, y otra diferente es que se encuentre con todo este tinglado de sopetón y, para colmo, en su puesto de trabajo… Me está entrando el canguelo al no saber cómo podrá reaccionar. No solo por mí. Los chicos están tan entusiasmados que no quiero que los espante con alguna salida de tono.
—¿Querías verme? —pregunta, y puedo notar la curiosidad y la preocupación.
—Minerva, puedes pasar y unirte a los demás.
La chica pasa por mi lado y me dedica un simpático guiño. Espero hasta que entra, haciendo mi mejor intento de bloquear con mi cuerpo lo poco que se pueda ver de la sala en el abrir y cerrar. Al oír la música movida, alta y clara, me lamento por no pensar en quitarla o por lo menos en bajar el volumen un pelín.
Me giro y, con una mueca nerviosa, enfrento a Alek.
—Tengo algo preparado para ti. —Comienzo con una fuerza absolutamente fingida que disminuye a medida que sigo hablando—. Antes de que entremos ahí, tengo que explicarte una cosa —farfullo—. Yo… Sé que no concretamos nada el otro día y que tal vez no te haga nada de gracia que haya involucrado a nadie más en todo esto… es solo que, para esta actividad, la gente es necesaria.
Acabo mi diatriba retorciéndome sobre mí misma. Aleksandr no ha hecho ni un gesto mientras yo balbuceaba como una estúpida. Esto me convence de lo tonta y mala que ha sido mi idea.
—Ahora sí que tengo curiosidad —dice, sorprendiéndome—. Sobreentiendo que has reclutado a tus alumnos para esto y que, por la música que se oye, el movimiento será casi obligatorio.
—Algo así —confirmo nerviosa.
«No le va a gustar nada».
—No tengo ni idea de lo que has montado ahí dentro. —Señala hacia la puerta cerrada—. Tan solo espero que no hayas olvidado que soy el jefe aquí. No nos vendría nada bien a ninguno que me perdieran el respeto.
—No. Nada de eso. No te preocupes —asevero—. Tu dignidad y reputación saldrán intactas de ese cuarto…
Me giro y me dispongo a abrir.
—O eso creo. —Termino.
Al oírme, me agarra del brazo y me detiene.
—No pienso bailar —asegura.
—¿No? Pues yo creo que sí. Te has comprometido con la causa. Dijiste que estabas dispuesto a todo. —Lo provoco, mirándolo por encima del hombro, envalentonada con que su única preocupación sea que no lo tomen en serio. Lo que he planeado no es nada fuerte ni potencialmente vergonzoso—. Y si eres el hombre que creo que eres, nunca rompes una promesa.
Lo tengo pillado, y la cara de espanto que se le ha puesto lo confirma. Se tensa y noto como comienza a enrojecer. Me muevo para enfrentarlo.
—Relájate, Alek. Nada de baile para ti. —Lo tranquilizo—. No creas que me he olvidado de la pequeña lista de actividades que muy amablemente me proporcionaste sobre las diversas faenas que logran distraerte. Y lo de hoy es lo más cercano que encontré a la única actividad física que mantenía —bromeo.
—Hablando de eso. Lo siento —se disculpa—. Fue grosero. No era esa mi intención.
Alzo una ceja insolente.
—Vale. Fue exactamente mi intención—reconoce—. Sin embargo, no te lo merecías.
—Estás perdonado…
—Gracias. —Me interrumpe.
—No tan rápido. Déjame terminar. Estás perdonado siempre y cuando—se tensa— bailes para mí.
Su expresión, una mezcla entre horror y dolor físico, hace verdadera gracia. Por lo menos, a mí me la hace.
—No ahora ni delante de nadie —aclaro—. Pero tienes que dejarme satisfacer la curiosidad que siento por verte.
Su suspiro de alivio me provoca una sonrisa.
—¿Baile, eh? —farfulla.
—Y no te hablo del mambo horizontal. Quiero ver cómo te meneas con la música sonando.
Ahora, quien levanta la ceja es él.
—¡Sé cómo ha sonado, bobo! —Levanto las manos en rendición—. Y tú sabes muy bien a qué me refiero.
«Aunque un baile estilo Lady Fantasy con Aleksandr llevando un esmoquin o, mejor todavía, un uniforme de bombero no estaría mal».
—No hagas un drama de eso, Tazia. Todo el mundo sabe poner un pie al lado del otro.
—Tan solo por eso no te dejaré elegir el estilo —lo acuso—. Prepárate para el reggaetón.
Se estremece y decide cambiar de tema. Muy sabio por su parte.
—Déjate de amenazas y abre la puerta de una vez, balerina. Si me dejo llevar por las risas que se oyen, me has preparado algo bueno.
—Está bien. —Coincido y giro el picaporte.
Abro la puerta y no puedo evitar la carcajada al ver el panorama del interior: Mónica y Estefan se encuentran sentados, con los ojos abiertos a más no poder y una sonrisa en sus rostros; Mario está despatarrado en el suelo, pasmado, con la boca casi rozándole las rodillas, observando cómo Raquel y Jaime luchan hombro contra hombro por sentarse en la única silla que queda libre en el círculo al tiempo que Minerva, obviamente la última en llegar, anima a uno y otro de manera indistinta.
Con un empujón final, Raquel lanza a Jaime hacia un lado y se sienta de forma apurada. Lo señala con el dedo y le dice:
—Soy madre de dos adolescentes, chaval. Nadie puede conmigo.
El chico, lejos de ofenderse, se agacha sobre sí mismo haciendo una reverencia y le contesta:
—Touché, señora. Bien jugado. Aunque espero la revancha.
—Eso está hecho.
Tras ese duelo, nos ven parados en la puerta y se bloquean en el sitio tal y como están.
—Pueden seguir, chicos —los aliento sonriente—. Nosotros nos uniremos en la siguiente ronda.
Empujo a Aleksandr, leyendo su expresión para comprobar su estado de ánimo.
—¿La sillita? —pregunta incrédulo.
—¿Qué te parece?
—¿La sillita? —repite estupefacto.
Mi coraje disminuye.
—Siento que te haya decepcionado. Sabía que era una tontería. —La amargura saliendo de mi boca deja un sabor amargo.
—¡No! —niega—. Tan solo estoy sorprendido. Solo eso. Me gusta. De verdad que sí. —Me pone la mano en el hombro, en un gesto tranquilizador, avalado con una sonrisa deslumbrante—. No seas boba y vamos a divertirnos.
—¡Uf, me alivias! No quería comenzar todo esto con el pie izquierdo.
—Al contrario, me encanta que lo hayas hecho y también que hayas involucrado a todos estos. —Señala al salón—. Le da más emoción.
—Esa era una de las cosas en las que creí haber metido la pata. No sabía cómo te sentirías con ellos alrededor —confieso—. No medité sobre si estaba mal invitarlos o no. Tan solo pensé que ellos también se merecían algo de sana diversión, ¿comprendes?
—Has hecho bien —concuerda—. Creo que el juego de la sillita con solo dos personas, además de breve, sería un poco extraño.
—No voy a discutírtelo.
La música comienza a sonar de nuevo y nos quedamos mirando como dan vueltas y picándose entre sí.
—Tienen una vena competitiva de un kilómetro de largo, ¿no crees?—comenta.
—Sí. La verdad es que me tienen asombrada.
—Te voy a contar un secreto: la mía es peor. Por eso no juego ni al solitario.
—Quien te viera enfadado contigo mismo por ganarte… eso sí que sería cómico —me mofo.
—Bueno, ríete ahora todo lo que quieras, pero cuando acabes con tu culo en el suelo, el lugar a donde pertenecen los perdedores, el que lo haga seré yo.
—Alek, hay una cosa que no sabes de mí: nunca pierdo. Contra ti ni contra nadie. No lo olvides.
—¿Me estás retando?
—No. Estoy afirmándolo.
Nos divertimos. Nos divertimos muchísimo. El tiempo se va volando y Sandra llega a reclamar a sus pacientes. Cosa que el director del centro, rechaza de pleno alegando que se merecen un día distendido y relajado. Yo, personalmente, creo que no quiere parar de jugar. Lo está pasando en grande.
Al acabar la tarde, ninguno de los dos gana ni una sola vez. Al final es verdad que nadie puede con Raquel. Dio empujones como si de una guerra se tratase. Como dice ella: «ser madre te hace dura».
Y si no, que se lo digan a mis pobres y doloridas nalgas.