28

Subimos uno al lado del otro, sin ni siquiera rozarnos, hasta su parte privada de la casona. Es un recorrido que durante todo este tiempo he hecho con alegría, con normalidad. Sin embargo, ahora siento todo lo contrario.

Una amalgama de sensaciones recorre mi cuerpo: entusiasmo, miedo, excitación (sí. Siento mucho de eso), miedo, alegría, miedo… Porque, por ahora, solo nos hemos besado y poco más… Vale, más que solo un poco, pero es que el sexo, como dijo el hombre a mi lado ayer, lo cambia todo. Por lo menos para mí.

Tengo que reconocer que nunca he sido de sexo casual. Como mínimo, tengo que sentir algo: cariño, respeto por la persona a la que estoy a punto de ver desnuda y dejarle hacer (y hacerle) cosas a mi cuerpo.

Continuando con este tiempo de reflexión y sinceridad conmigo misma, tengo que admitir que no solo siento esas dos emociones por Aleksandr. Estoy enamorada de él.

Tenía que haber sospechado que esto iba a pasar cuando comencé a preocuparme más por su bienestar personal. Algo que, aunque me llene ayudar a los demás, es impensable a un nivel simplemente laboral. ¡Oh, merda28! Incluso ideé un plan para recuperar su infancia perdida. ¡Si eso no es obsesión, que venga Dios y lo vea!

Me he comportado como una hipócrita. Acusaba a Óscar de ser lo peor cuando yo, de una manera más sutil(o no), hacía lo mismo: perseguir lo que quería. A Alek.

Lo que pasa es que, en mi caso, el corazón también salió a jugar.

Creía que mi naturaleza altruista me impulsaba a ello cuando en realidad era mi corazón, impulsado por mi vagina, el que me empujaba. La lógica y la generosidad no tuvieron nada que ver en mi decisión.

Marca el código que desbloquea la puerta y, antes de que la empuje para abrirla, un poco del sentido común, que no me ha acompañado nada del camino hasta aquí, decide hacer acto de presencia oral.

—¿No tienes nada que hacer ahora? —pregunto dubitativa—. Si quieres, podemos dejarlo para otro momento… no me importa. En serio.

Se queda quieto. Su acción totalmente detenida. Gira la cabeza con lentitud y me mira.

—No. No tengo, ni quiero, estar en otro lugar —afirma, me coge de la cintura y me pega a él—. ¿Tengo que recordarte lo bien que lo podemos pasar juntos si entramos en mi casa?

—Mmm —acierto a murmurar. Alek me besa el cuello, alternado con pequeños mordiscos entre medio—. No. Sí. Tal vez.

—Si no estás segura, lo entendería. Me mataría e incluso me plantearía rogarte que me hicieras un apaño antes de tener que correr al baño a arreglármelas por mí mismo, pero lo entendería.

En medio de mi excitación, oigo sus palabras y sonrío. Estoy descubriendo a un Aleksandr nuevo. Un hombre relajado que hace bromas en los momentos más inesperados.

Se aleja de mi cuerpo dejando sus manos sobre mis hombros. Me mira con tal carita de pena que mi gesto de simpatía se convierte en carcajadas.

Algo escondido en algún lugar de mi mente me avisa de que descojonarse ante tu potencial pareja sexual no es, lo que se dice, muy afrodisiaco, pero es lo que hay. Por lo menos, mi risa ha conseguido relajarme.

Doy un paso hacia delante y quedo tan cerca de él que puedo verme reflejada en los brillantes iris de sus ojos.

—Vamos dentro, Alek —le pido con voz risueña.

Me pongo de puntillas y peino mi boca con la suya. Aspirando su olor y sintiendo su calor. Ya no tengo ganas de reír.

Cierra sus brazos en mi cuello, cubriéndome con en extraño abrazo que hace que quede completamente pegada a su cuerpo. Me besa. Un beso húmedo y caliente que hace que la piel se me erice.

Se separa y me mira. Mi expresión tiene que ser la adecuada porque, cogiéndome de la mano, me conduce dentro, cerrando la puerta de un empujón. De repente, estoy deseosa e impaciente. No quiero seguir caminando. Lo que quiero y necesito es que me toque. Lo empujo hasta la pared y lo ataco.

Mis manos bajan por su cuerpo para acabar en sus nalgas, obligando a Aleksandr a unirse a mí. Él no se queda quieto, besa mi cuello, aprieta mis pechos… y no solo contento con eso, da vuelta a las tornas y en un segundo soy yo la que me encuentro de espaldas con sus manos corriendo libremente por todos partes.

Elevo las piernas y las engancho a sus caderas, balanceándome en su contra sin vergüenza. Sube mi camiseta, y yo, captando el mensaje, elevo las manos para ayudarlo a quitármela. Ataca mis pechos por encima del sujetador hasta que, con una mano, baja las copas y quedo descubierta para él. La cadena que tengo al cuello, junto con el anillo, parecen una flecha que apunta hacia donde quiero que me toque.

Arqueo la espalda, ofreciéndome. Sopesa mis senos entre sus manos, jugueteando con mis pezones con los pulgares. Agacha la cabeza y pasa la lengua de uno a otro, una y otra vez, hasta detenerse y ponerse a mamar con fuerza de mí.

Me muerde el pezón y calma la picazón con la lengua para volver a chupar con fuerza. Repite la acción en mi otro pecho y creo que me voy a volver loca.

Estoy recostada hacia atrás, sosteniendo mi propio peso, con las manos ancladas en la cabeza del hombre que me está haciendo maravillas con sus labios. Me siento ansiosa, necesitada…No creo que esta desesperación que siento sea producto de mi tiempo de sequía. Me encuentro absolutamente segura de que es todo Aleksandr. Su cuerpo, su fuerza, la forma en que me mira… Él me hace sentir así.

Baja los brazos y me coge de las nalgas, elevándome, llevando su boca a la mía. Sus dientes me raspan y sus labios me alivian el escozor. Estoy caliente… cachonda. Necesito más.

Aleksandr echa a andar sin que nuestros labios se separen, y no me cabe ninguna duda de hacia dónde me lleva: directa a su habitación.

Al llegar, me suelta dejándome de pie en el suelo. Se quita la camiseta y la lanza sin cuidado. Es la primera vez que lo veo a pecho descubierto y solo puedo admirarlo. He crecido rodeada de hombres con un físico espectacular (algo bueno tiene que tener esto de ser bailarina), sin embargo, Alek no tiene nada que envidiarles.

Es delgado, pero una fina musculatura recorre su torso. Los pectorales claramente definidos, acompañados de un abdomen igual de perfecto. Una fina capa de vello rubio en forma de triángulo invertido lo recubre todo y, al instante, mis pupilas salivales comienzan a hacer trabajo extra.

Mis ojos siguen bajando hasta sus caderas cubiertas por unos sencillos vaqueros que en algún momento, mientras me recreaba en su parte superior, ha debido desabrochar.

Se quita las zapatillas, empujándolas con sus propios pies, y el pantalón para quedar tan solo en bóxer blancos. Una prenda que deja muy poco a la imaginación y que estoy deseando que desaparezca.

Me acerco y poso mi mano en su enorme erección, acariciándola por encima de la tela. Estiro el elástico y meto la otra mano para tocarla. Él me deja hacer limitándose a gemir, y yo me excito todavía más.

—Te sobra ropa —comenta entre respiraciones.

Estoy de pie, parada en frente de un adonis semidesnudo, usando solo unas manoletinas, pantalones vaqueros y un sujetador puesto de tal manera que es como si no llevara nada. Parece una escena de una mala película porno, tan solo me falta el cardado a reventar de laca y los kilos de sombra de ojos… Lo mejor de toda esta situación es que no me siento sucia ni extraña, me siento poderosa.

Me alejo un paso y llevo mi mano a la espalda para desabrocharme el sostén y quitármelo con un movimiento de hombros, haciéndolo caer al suelo. No me hago de rogar y me deshago también de lo demás. Solo mis braguitas de encaje celeste me impiden quedar desnuda ante él.

—Me encanta verte. Eres como un sueño húmedo, balerina —afirma—, pero sigues teniendo mucha ropa encima.

Aunque me muero por obedecer, no lo hago al instante. Quiero disfrutar de este momento, de la forma casi reverencial en la que me mira, un poco más.

Me giro con una parsimonia que no siento y me dirijo a la cama, me detengo al llegar y, con calma, me bajo la bragas y comienzo a gatear hasta quedar en el centro del gran y duro colchón. Me recuesto boca arriba y repito sus últimas palabras:

—Me encanta verte. Eres como un sueño húmedo, señor director, pero sigues teniendo mucha ropa encima. Además —añado acariciándome con suavidad el valle en entre los pechos—, me siento muy sola aquí.

—Eres una mandona… —Sonríe—. Me gusta.

Y, sin más, se lanza hacia mí.

Me coge de las caderas y me lleva hacia su boca. Devora mi sexo sin descanso. Me lame y me muerde. Me chupa y me penetra con sus dedos hasta que llego a un clímax explosivo.

—¡Joder! —grito—. ¡No pares!

Lo agarro de la cabeza y lo mantengo allí hasta que acabo de correrme. Suelto mis dedos uno a uno, dándole permiso para que salga de donde se encuentra, pero no lo hace, al contrario, vuelve a catapultarme hacia el placer.

Al acabar, de nuevo, me yergo sobre los codos y lo observo de rodillas sobre mí. Tiene la piel brillante, cubierta por una fina capa de sudor. Levanto la mano y dejo a mi dedo resbalar por su estómago.

—Gracias —le digo.

Eleva una ceja interrogante.

—Hacia mucho que no me… ya sabes. Por lo menos con la ayuda de otra persona —balbuceo.

«¡Joder! Acaba de tener la cabeza atrapada entre mis piernas. Tengo que mostrarme segura. La timidez está fuera de lugar en esta cama», me aliento a mí misma.

—No te adelantes. Todavía no hemos acabado.

—No —concuerdo—. No hemos acabado.

Me levanto, imito su postura y lo beso al tiempo que acaricio su miembro. Tiene la polla gruesa y los testículos pesados. Le bajo la ropa interior y, agachándome, lo llevo a mi boca. No me ando con chiquitas, lo chupo con ganas. Me siento codiciosa de lo que tengo entre los labios, y Alek, demasiado pronto para mi gusto, me lo arrebata.

—¡Eh, no había acabado! —me quejo.

—No quiero correrme en tu boca, Tazia. Aún no.

«Espero que eso sea una promesa», pienso lamiéndome los labios.

—Después, balerina. Después —me asegura como si hubiera leído mi mente. Se sienta sobre sus talones y me coloca encima con las piernas abiertas.

Toca mi clítoris como si de una guitarra se tratase y me sostengo a sus hombros, por miedo a caerme, al tiempo que mis caderas se mueven al ritmo que sus dedos marcan sobre mi cuerpo.

Cuando estoy a punto de volver a explotar, me elevo un poco y, agarrando su pene, me dejo caer empalándome a misma en su miembro con rapidez.

Arriba abajo, arriba abajo… Repito el movimiento una y otra vez, con las manos de Aleksandr apoyadas firmemente en mis nalgas, con sus solidos dedos apretados instándome a que continúe… sintiendo como mi cuerpo comienza a temblar por el esfuerzo y por las ganas de correrme; la frustración me embarga. Alek parece sentirlo y nos cambia de postura para dejarnos acostados en la cama con él taladrándome sin descanso.

Me corro con un grito. Un orgasmo que parece durar un millón de años y que acaba dejándome débil y satisfecha. Al poco, Aleksandr me sigue, derrumbándose.

Se quita de encima y nos quedamos tumbados, uno al lado del otro, mirando al techo, recuperando el aliento y asombrados (por lo menos yo lo estoy) por lo que acaba de pasar.

—Ha sido… —Empiezo.

—Tremendo. —Termina la frase por mí. Me jala hacia su cuerpo y me acomodo contra el suyo. Levanto la pierna y me doy cuenta de que aún lleva puestos los calzoncillos.

—Por lo que veo, alguien tenía un poco un de prisa —comento tirando de la prenda.

—Sí. Estaba un poco apurado —coincide burlón.

—Lógico. No todos los días se tiene un cuerpo como este desnudo en la cama. —Sigo la broma.

—Te equivocas. Duermo desnudo, así que sí. Todos los días tengo un cuerpo como este desnudo en la cama.

—¡Pero qué chulo!—me quejo, golpeándolo en el pecho—. Sabes perfectamente que me refería a mí.

—¿Estás buscando cumplidos?

—Tal vez…

Se gira y se posiciona encima.

—Eres la mujer más guapa que he visto en mucho tiempo, Tazia —me dice mirándome fijamente a los ojos—. Y no lo digo por decir.

Al oírlo, me ruborizo como una tonta a la que nunca han dedicado piropos. Aunque tengo que reconocer que escucharlo decir eso es mucho más interesante y cautivador que el simple y directo «¡tía buena!» que suelen gritar por ahí.

Llámenme tonta, pero oírlo me ha encendido otra vez. Estiro las piernas y rodeo con ellas su cintura.

Agarra entre sus dedos el anillo.

—Si me abres la cadena, te lo puedes quedar —señalo.

—No. Déjalo ahí. Me gusta verlo en ti —dice—. Siempre puedes devolvérmelo más tarde.

Asiento en conformidad.

—¿Estás cansado? —pregunto lamiéndome los labios.

—No. ¿Por qué, tu sí lo estás? —inquiere con el ceño fruncido, confundido por mi pregunta—. Aún es pronto, pero si quieres descansar, mi cama es tu cama.

—Bien. Porque estoy deseando probar tu resistencia.

¡Y vaya si lo hago!

Más tarde, ya de noche, enredada entre las sábanas y Aleksandr, disfruto relajada del gozo postcoital.

—¿Estás bien con todo esto? —me pregunta mientras me acaricia el brazo con suavidad.

—Si te digo la verdad, aún estoy esperando que estalles o que hagas algo como lo del otro día—respondo con sinceridad—. Por lo demás, todo está bien.

—Lo siento por eso, Tazia. —Se mueve, apartándome de su cuerpo, y nos quedamos los dos tumbados frente a frente en la cama.

—No pasa nada. Tu pene me convenció de tu sinceridad —bromeo. No lo noto convencido, así que me acerco a su boca y lo beso con parsimonia. Un beso de aceptación y comprensión que logra hacer que su cuerpo pierda la tensión.

—Gracias —susurra contra mis labios.

—Mi invitación a acompañarte sigue en pie, Alek. Sé lo mucho que te afecta ver a tu padre. No tienes porqué ir solo.

—No soy un niño, balerina. Por mucho que tu idea me seduzca, tengo que enfrentarme a mis dragones yo solo. —Me gira y nos coloca estilo cucharita—. Ahora, vamos a dormir. Si tengo que pelear con un monstruo, prefiero hacerlo descansado. —Desde atrás, me abraza con fuerza—. Aunque no descarto volver a despertarte en algún momento.

Al rato, con la suave respiración de Alek en mi oreja, arrullándome para que me deje llevar y me duerma, siento como de entre mis piernas baja una humedad que no tendría que estar allí. Hago cuentas y llego a la conclusión de que es pronto para que me llegue el periodo. Me relajo sabiendo que no tendré que pasar vergüenza contándole al hombre que me está abrazando que le he manchado las sábanas blancas. Hasta que, antes de caer profundamente dormida, me doy cuenta de un pequeño detalle: no hemos usado protección. ¡Y yo no tomo anticonceptivos!

«¡¿Pero qué he hecho?!».

Y los ojos se me cierran. Creo que me he desmayado.

28 Mierda.