Prólogo:

El Esclavo

En los siglos siguientes a la Guerra de los Hechiceros, la importante hazaña de la nación enana de Thorbardin fue establecer una era dorada en la que los belicosos clanes de Kal-Thax se unieron bajo un consejo de regentes para construir la fortaleza subterránea de Thorbardin. Ésta fue una época de relativa paz y prosperidad, aunque de breve duración. Sin la seria amenaza del exterior del reino enano, las viejas envidias y rivalidades latentes entre los clanes empezaron a salir de nuevo a la superficie.

Desde el principio se había decidido que no habría rey de Thorbardin, y, en consecuencia, todas las tribus de la nación subterránea obraban por su cuenta, manteniéndose unidas en una causa común sólo gracias a la inspirada sabiduría de un grupo de viejos dirigentes que formaban el consejo de thanes. Con el paso del tiempo, el término thane, que antaño había sido sinónimo de clan, había terminado por ser el título con el que se denominaba al regente de cada tribu y que actuaba en representación de esta en los consejos. Sin embargo, cincuenta años después de la terminación de Thorbardin, el consejo había empezado a perder poder. Algunos decían que el viejo orden había acabado cuando había dimitido Willen Mazo de Hierro, cabecilla de los hylars que en cierto momento había actuado como jefe de los thanes. Willen había renunciado a su puesto en el consejo, indignado, cuando, tras la muerte del viejo jefe theiwar, su clan había sido incapaz de ponerse de acuerdo para nombrar a su sustituto y, en cambio, se había dividido en dos bandos opuestos.

Olim Hebilla de Oro, príncipe de los daewars, había fallecido años atrás, y su sucesor estaba mucho más interesado en acrecentar la grandiosidad de Daebardin, la inmensa ciudad daewar situada en la orilla noreste del mar de Urkhan, que en el funcionamiento del reino en conjunto.

Los daergars, que ya no eran dirigidos por la sabiduría del viejo Vog Cara de Hierro, se habían retirado a sus minas y a sus fundiciones y rara vez se molestaban en enviar a su representante en el consejo a los tres años del fallecimiento del viejo theiwar, Talud Tolec, Thorbardin se había convertido en un lugar peligroso, donde el choque metálico de las armas resonaba casi a diario en las calzadas subterráneas donde los bandos rivales de theiwars se tendían emboscadas. Los jefes de las tribus daewar y daergar retuvieron sus tarifas a los cofres del consejo para mantener sus propias unidades de guardias independientes para sus territorios, e incluso los salvajes e impredecibles kiars, que, sorprendentemente, habían mantenido su lealtad al concepto hylar de una nación unida durante más tiempo que algunos otros clanes, dejaron de lado los asuntos centrales al verse obligados a defender las cavernas de cultivos para evitar que se convirtieran en campos de batalla.

Por lo tanto, cuando el hylar Willen Mazo de Hierro dimitió, el consejo de thanes casi dejó de existir, y el funcionamiento de los vastos sistemas de Thorbardin —seguridad, red de canales, calzadas y conductos de ventilación, así como abastecimientos e incluso el comercio con el mundo exterior—, recayó en los protectores, cuya única autoridad consistía en continuar haciendo exactamente lo que habían hecho antes.

La nación subterránea, sumida en una creciente disolución bajo la cumbre de la montaña, se convirtió en poco más que una colección de ciudades pendencieras y tribus rivales, cuyo único vínculo era la proximidad.

Entonces empezaron los tiempos tenebrosos de Thorbardin, y poco llegaría a conocerse de los siglos que siguieron salvo por los esporádicos documentos de los escribanos hylars y daewars que llevaban un registro aleatorio de los acontecimientos.

Durante todo el tumultuoso conflicto de los theiwars, los daergars, con su capacidad para ver en la oscuridad, continuaron extrayendo y fundiendo metales obstinadamente, y los joviales y astutos daewars mantuvieron un remedo de trato comercial con los asentamientos neidars fuera de Thorbardin, así como con algunos mercaderes humanos y elfos que llegaban a sus fronteras. Los kiars continuaron la producción de los campos de cultivos, y los protectores mantuvieron, de algún modo, las calzadas abiertas, el agua distribuyéndose por la red de canales, y los elevadores en funcionamiento.

Pero sólo entre los hylars, en su ciudad de Hybardin en progresivo crecimiento a medida que se excavaba la gigantesca estalactita suspendida sobre el mar de Urkhan, existían registros de linajes que sobrevivieron a los tiempos conflictivos de aquellos siglos. Y, a medida que pasaba el tiempo, incluso los registros hylars se hicieron escasos y menos fiables.

De los cuatro hijos de Colin Diente de Piedra, el primer cabecilla visionario de los hylars que inicialmente unió a los clanes de la montaña, sólo uno permaneció en Thorbardin tras la Guerra de los Hechiceros. Cale Ojo Verde se marchó, prefiriendo la vida en el exterior de los neidars a la vida de los holgars dentro de la fortaleza. Su hermano mayor, Handil Hoja Fría, había muerto mucho tiempo atrás y estaba enterrado bajo los escombros de la antigua ciudad de los calnars, en las lejanas montañas Khalkist, mientras que el segundo hijo, Tolon Vista Penetrante, se había quedado allí como regente de los calnars. Sólo la hija del viejo cabecilla, Tera Sharn, acabó sus días en Thorbardin, como esposa de Willen Mazo de Hierro.

Su único hijo, Damon, se casó con una muchacha neidar poco después de la Guerra de los Hechiceros. El primogénito de Damon, Dalam Fuego Fundidor, se convirtió en jefe de la guardia en el lejano Tharkas, al norte de Thorbardin. El hermano menor de Dalam, Cort, sucedió a Willen como thane de los hylars, y posteriormente cedió el puesto a su propio hijo, Harl Lanzapesos.

A Harl llegó a conocérselo en Thorbandin por Mano de Hierro. Fue su tenaz intervención, respaldada por las formidables compañías de hylars armados saliendo de Hybardin en oleadas, la que puso fin a la anarquía de las batallas theiwars, y de nuevo instauró un cierto orden en el reino subterráneo. Con firme eficiencia, Harl restableció el consejo de thanes y las Salas de Justicia.

En el exterior de Thorbardin, este cabecilla enano, —a quien nadie había visto fuera del reino de la montaña—, era conocido entre humanos y elfos como Hal-Waith. Muchos humanos de los territorios colindantes llegaron a creer, por los comentarios propagados por los mercaderes, que Thorbardin era un reino y que Hal-Waith era el nombre del soberano de los enanos. Incluso entre los neidars, el clan instalado en asentamientos repartidos en el exterior de la montaña bajo el protectorado de Kal-Thax, había muchos enanos que aceptaban que Thorbardin ahora tenía rey. Los que sabían que no era así, no hicieron nada para sacar de su error a los comerciales humanos y elfos que se referían al rey Hal-Waith. Humanos y elfos eran forasteros y, en lo que concernía a los enanos, podían creer lo que quisieran de Thorbardin. En cualquier caso, no les incumbía.

La Paz Hylar impuesta por Harl en Thorbardin y el reino de la montaña que protegía se prolongó durante más de cien años, cuarenta más de lo que duró la función de Harl como regente de los hylars y miembro más antiguo del consejo de thanes. En el año del Hierro, de la década del Sauce, siglo de la Lluvia, el gran cabecilla y siete de los diez miembros de su guardia de elite perecieron aplastados en un desprendimiento cerca de la entrada a la ciudad de Theibardin.

Un cabecilla daewar, Jeron Cuero Rojo, y un antiguo embajador hylar, Dunbarth Cepo de Hierro, se encargaron de la coordinación de los acontecimientos en Thorbardin subsiguientes a la muerte de Harl. Mediante una firme determinación, los dos mantuvieron en funcionamiento el consejo de thanes, así como una paz inestable en el reino subterráneo.

Por desgracia, el único hijo de Harl Lanzapesos, que había nacido siendo él ya un enano maduro y al que llamó Derkin Semilla de Invierno, desapareció en una expedición al paso de Tharkas.

Los grilletes que le habían puesto en los tobillos, cerrándolos a golpe de martillo y asegurándolos con remaches al rojo vivo a manera de cadenas que nunca habrían de quitarse, habían sido un tormento para él durante mucho tiempo. Primero habían sido las profundas quemaduras causadas por los remaches, y después las llagas abiertas y sangrantes ocasionadas por el constante roce del hierro contra la piel. Pero lo que le duró más fueron los dolores de espalda y de piernas debido a pasarse el largo día cojeando de aquí para allí arrastrando la cadena de dos metros y medio que unía los grilletes. Eso, y la profunda, callada cólera que ardía en su interior.

Había soportado los dolores con tenaz silencio, del mismo modo que aguantaba los verdugones en su espalda causados por los látigos de los capataces, y, finalmente, las heridas se habían curado y los dolores quedaron atrás. Ahora unas gruesas capas callosas, formadas encima de las cicatrices, habían endurecido sus tobillos, y sus piernas y su espalda estaban acostumbradas al incómodo peso de la cadena arrastrando tras de sí mientras se afanaba subiendo y bajando por los sombríos conductos de los pozos mineros burdamente excavados, con su artesa llena de mineral en bruto procedente de las excavaciones de las galerías inferiores o con herramientas y antorchas en los viajes de vuelta.

Casi todos lo conocían por su profunda cólera y su empecinado silencio. Los amos y los otros esclavos de estas minas sólo sabían de él que era un enano joven, fornido, con ojos penetrantes y una barba oscura y peinada hacia atrás; que su nombre era Derkin, y que causaría tantos problemas como le fuera posible.

Tres veces en los dos últimos años lo habían azotado hasta que la espalda le sangró; dos veces por intentar escapar de su cautiverio, y una vez, la última, después de que uno de los guardias humanos se precipitara a su muerte por un foso de residuos, cerca de la entrada de la mina. No había sido el único al que habían azotado en esta ocasión los esclavistas humanos habían flagelado a todos los esclavos que se encontraban por los alrededores del foso como medida preventoria, ya que se sospechaba que el hombre muerto no había caído por accidente, y los amos sabían que a veces unos buenos latigazos soltaban la lengua. Sin embargo, no habían descubierto nada. La mayoría de los esclavos eran enanos, y soportaron el castigo con estoicismo. Los pocos esclavos humanos que había no tenían nada que contarles a sus verdugos, porque ninguno de ellos se encontraba por los alrededores cuando había ocurrido la caída.

Como los demás enanos, a los que no había hecho el menor caso, Derkin aguantó el castigo sumido en un frío silencio. Resistió los coléricos gritos de los humanos, el chasquido y el ardiente mordisco de sus látigos sin emitir un solo sonido.

Pero después, cuando los esclavos de ese pozo estuvieron encerrados en su mazmorra para un descanso de unas pocas horas, hubo movimientos cautelosos en las sombras, y otro enano se acercó sigiloso y se puso en cuclillas junto a él. En la lóbrega celda, Derkin apenas podía ver al recién llegado, pero lo reconoció. Era uno al que llamaban Taladro, un joven neidar de uno de los asentamientos de las colinas. Tenía los hombros anchos y los brazos largos heredados de algún antepasado theiwar, y su espalda, como la de Derkin, tenía las marcas sangrantes del látigo.

Por un instante, el neidar se limitó a quedarse sentado en cuclillas a su lado, echando miradas furtivas en derredor.

—Vi lo que hiciste, —susurró después.

Derkin pasó por alto el murmullo, simulando no haberlo oído.

—Comprendo, —siguió Taladro—. No te estoy interrogando; sólo quería que supieras que te vi matar a ese guardia. Utilizaste la cadena para golpearlo. Ojalá tuviera yo ocasión de matar también a uno de ellos.

Derkin siguió sin contestar, haciendo caso omiso del otro enano. Pasados unos segundos, Taladro se encogió de hombros.

—Eres hylar, ¿verdad? —inquirió en un susurro—. ¿De Thorbardin?

—Sí, lo soy, —admitió Derkin, sin volver la vista hacia el otro.

—Es lo que pensé, porque tienes aspecto de hylar. Y he oído que te llamas Derkin, que suena como un nombre hylar. ¿Cuál es tu segundo nombre? —El hylar mantuvo un gélido silencio, pero Taladro insistió:— ¿Nada más, sólo Derkin?

—Me llamo Derkin y basta, —replicó.

—Encantado de conocerte. Soy Taladro. He oído a los otros hablar de ti. Dicen que has intentado huir dos veces.

—Es evidente que no lo conseguí —gruñó Derkin.

—Y nunca lo conseguirás solo. Necesitarás amigos.

—No necesito amigos, y no los tengo.

—Pero podrías tenerlos. No fui el único que vio lo que le pasó a ese guardia humano. Piénsalo.

Cuando el neidar se hubo marchado, de vuelta al otro extremo de la gran celda. Derkin permaneció sentado, inmóvil, durante un rato. Lo incomodaba que alguien hubiera visto cómo había muerto el guardia humano; creía que el incidente había pasado inadvertido. Lo había planeado durante mucho tiempo, esperando hasta que se presentó la ocasión propicia: un momento en que el relevo se retrasara y los guardias estuvieran adormilados; y, lo más importante, cuando uno de ellos se encontrara solo en la cornisa encima del foso mientras una hilera de cargadores de artesas con herramientas bajara a las galerías inferiores. Había tenido la impresión de estar esperando siglos, pero finalmente el momento se presentó. Un guardia solo en la cornisa, y una fila de cargadores de artesas.

En las sombras, Derkin se había apartado a un lado y se había colocado al final de la hilera. Delante de él iba media docena de enanos cargados con las artesas llenas de herramientas.

Como ocurría siempre en las cornisas, el guardia se echó hacia atrás alejándose del borde, de manera que obligaba a los esclavos a pasar ante él precariamente. Derkin se detuvo con cuidado, recogió una piedra grande, y continuó caminando hacia el guardia.

El hombre miraba sin apenas interés a los enanos mientras pasaban ante él. Derkin casi había llegado junto al hombre cuando lo vio girar la cabeza hacia un lado en un momento de distracción. Y en ese instante el hylar lanzó la piedra, no al guardia, sino describiendo un alto arco hacia los cargadores que iban al frente de la fila. La piedra golpeó en una de las artesas, y las herramientas tintinearon al caer cuando la artesa se ladeó con el impacto. El guardia se apartó de la pared y se asomó para ver qué pasaba allí delante; entonces Derkin soltó su artesa, impulsó la cabeza de los grilletes contra los tobillos del hombre, y tiró con fuerza.

Todo ocurrió muy deprisa. El hombre se precipitó por el borde, gritó, y desapareció. Derkin recuperó su artesa, se escabulló entre varios enanos que se habían vuelto al oír el grito, dejó atrás al enano que estaba agachado intentando recoger las herramientas esparcidas.

Sólo habían transcurrido unos segundos y, para cuando los otros humanos reaccionaron, Derkin se encontraba muy lejos en la fila, un enano más entre los muchos que miraban hacia atrás el alboroto surgido a su espalda.

Sin embargo, Taladro lo había visto. El neidar lo había presenciado todo y, por lo visto, no había sido el único. ¿Lo delatarían? Hasta el momento, al parecer, no lo habían hecho.

—¿Amigos? —masculló para sí mientras sacudía la cabeza—. No necesito amigos.

Cuando reinó el silencio en la gran celda, cogió el cincel que había escondido entre los pliegues de su falda montañesa y se puso a manipular en los grilletes. Era la causa de todo el incidente la muerte del guardia humano, los recientes latigazos en su espalda y en las de los otros. Y había merecido la pena. En otra ocasión había intentado robar un cincel, pero era una empresa arriesgada, ya que las herramientas se contaban y se controlaban para que no faltara ninguna.

Pero esta vez no. No parecía probable que alguien supiera que había desaparecido un cincel con todo el jaleo del guardia muerto y las herramientas de la artesa desperdigadas por el suelo.

Lejos, en las sombras de la celda, otros esclavos escudriñaban en la oscuridad, y uno de ellos, un joven enano con los ojos grandes y contemplativos, y los rasgos zorrunos de su ascendencia daergar, esbozó una sonrisa sesgada.

—Así que era eso, —masculló.

—¿Qué? —susurró junto a él Taladro, que forzaba los ojos tratando de atisbar en la oscuridad—. ¿Qué has visto, Vin?

—Un cincel. El hylar tiene un cincel y está hurgando en los grilletes.

—¡Ah! Será de la artesa que se volcó. Es un tipo afortunado, ¿no te parece?

—¿Acaso crees que fue sólo suerte? —El semblante del daergar se arrugó en una expresión astuta mientras echaba una mirada de reproche a su compañero—. La suerte no ha tenido nada que ver en ello. El hylar planteó y llevó a cabo la maniobra con la habilidad de un capitán en el campo de batalla. Creo que deberíamos conocer mejor a este tipo, Taladro. Me gusta su forma de pensar.

El otro enano echó una ojeada a su alrededor cuando una sombra se movió cerca de ellos.

—Chist, —susurró; luego se encogió de hombros al reconocer al individuo. Sólo era el viejo manco que se ocupaba de repartir las gachas. Taladro se volvió de nuevo hacia el daergar—. No será fácil intimar con ese hylar. Es un tipo duro. Que yo sepa, no ha tenido trato con nadie. Ahora mismo, a pesar de la clara invitación que le he hecho para unirse a nosotros, he tenido el mismo resultado que si le hubiera hablado a una pared.

—¿Unirse a nosotros? ¿En qué? No tenemos ningún plan.

—Pero quizá él sí. Es un hylar, de Thorbardin, y, según tengo entendido, a los de su clan nunca les faltan ideas.

Vin se rascó la barba con gesto pensativo.

—Entonces, quizá deberíamos ser nosotros los que nos uniéramos a él, le guste o no. Tiene un cincel, pero no un martillo.

—Ni nosotros tampoco, —le recordó Taladro.

El daergar lo miró con expresión irónica.

—No, —dijo—, pero si ese hylar ha podido conseguir un cincel, yo puedo hacerme con un martillo. O con una palanqueta o un mazo. Haz correr la voz, Taladro. Diles a los del grupo que estamos esperando una señal del hylar, que está preparándose para huir.

—¿Cómo sabes que planea eso? —Taladro frunció el entrecejo—. Quizá sólo está aflojando un poco sus grilletes.

El daergar lo miró, pensativo, y sus grandes ojos, como solía ocurrir con los de su clan, parecieron traspasarlo.

—Digamos que es una corazonada, —repuso—. Ya sé que la mitad de los enanos que están aquí han intentado escapar en un momento u otro, pero ese hylar es el único que tiene posibilidades de éxito. Ese es el motivo de que lleve esa cadena tan pesada.

Si Derkin se había percatado de su escrutinio desde el otro extremo de la enorme y abarrotada celda no daba señales de ello. El cincel que manejaba apenas hizo ruido cuando empezó la tediosa tarea de cortar los remaches aplicando el extremo afilado de la herramienta contra el metal más blando de los roblones y utilizando el puño como martillo.

Tardaría en conseguirlo, pero no tenía prisa. En sus dos intentos de huida previos, había aprendido mucho del trazado de las galerías y del terreno que rodeaba la mina. Y había escuchado con atención las conversaciones mantenidas en las galerías. Dentro de pocas semanas, se decía, empezaría la siguiente gran gira de inspección.

Durante el resto del período de descanso trabajó, haciendo sólo una breve pausa para tragarse las asquerosas gachas que le sirvió en un cuenco de madera el viejo manco. Cuando sonaron los cuernos, enterró el cincel en una grieta del suelo de piedra, embadurnó con hollín las zonas brillantes del metal que había desgastado en los remaches, y se puso en la fila con los demás de su turno para salir de la celda y comenzar otra agotadora jornada de trabajo bajo la vigilancia de los guardias humanos armados. A cada paso que daba, como siempre, la pesada cadena arrastraba y tintineaba detrás de él. Además de medir dos metros y medio de largo, los eslabones de hierro tenían casi cuatro centímetros de diámetro, por lo que pesaba alrededor de unos dieciocho kilos. Gran parte de los esclavos de la mina, —en especial los que eran lo bastante jóvenes o fuertes como para representar una amenaza para sus amos—, llevaban grilletes y cadenas, si bien la mayoría de ellas eran más ligeras y pequeñas que la de Derkin. La pesada cadena que arrastraba era su recompensa por el segundo intento de huida.

Casi todos los esclavos de las minas soñaban con escapar. Algunos, en particular entre los testarudos y huraños enanos, habían intentado huir en un momento u otro. Pero rara vez alguno de ellos hizo una segunda intentona. El castigo era más severo y doloroso para el reincidente. La segunda flagelación de Derkin se había llevado a cabo con un látigo especial, cuyas puntas estaban rematadas con bolas de plomo. Semejante castigo habría roto las costillas de un humano o de un elfo. Tras esta flagelación fue cuando le pusieron la pesada cadena.

Al final de la jornada de trabajo y tras otro plato de gachas, volvió a sacar el cincel y puso manos a la obra de nuevo. Mientras tanto, hoy, mañana, y durante todos los días que tardara en romper los roblones, se prepararía para dejar atrás la esclavitud.

Ahora sabía el camino, y sabía el momento. Había visto las fortificaciones en el extremo norte del paso de Tharkas. El momento para intentar la escapada, y posiblemente tener éxito, sería cuando la delegación humana de Daltigoth llegara, cuando los amos y los guardias del complejo minero estuvieran ocupados en dar la bienvenida a los dignatarios visitantes.