18
Tiempo de represalias
En un calvero de montaña cubierto de nieve, a quince kilómetros al sur de Tharkas, catorce enanos se apiñaban alrededor de un pequeño fuego, compartiendo las mantas de los equipos de tres caballos que se encontraban a pocos metros, con las cabezas gachas y agotados. Algunos de los enanos tenían heridas que otros atendían, vendándolas con trozos de tela rasgada, tiras de cuero y corteza de árbol.
Helta Bosque Gris, que llevaba una mejilla tapada con un emplasto de musgo y barro, estaba sentada en una piedra junto al fuego, limpiando la frente y la sien derecha de Derkin Mazamarra con un paño húmedo. La cabeza del enano reposaba en su regazo. Cerca, yacía el brillante yelmo, con el perfil derecho abollado y rayado. El antiguo casco había recibido el rasponazo de una roca de cien kilos lanzada por la catapulta; la excepcional pieza de artesanía hylar, creada mucho tiempo atrás, le había salvado la vida, aunque no había recobrado el sentido hasta hacía muy poco, después de pasar varias horas sumido en la nada. Ahora, mientras Helta le limpiaba la sangre reseca de la cabeza, Garra Púa de Roble, Tercero de los Diez, se arrodilló junto a él y le habló en voz baja y cansada:
—Fue Helta quien te salvó. La piedra nos arrojó al suelo a la mayoría de nosotros, y supongo que quedamos aturdidos por el impacto. Creo que me moví a gatas por los alrededores para ver quién más estaba vivo, e intentando recordar qué había pasado. Y había gente por todas partes, apiñada contra el muro. Entonces oí decir a alguien que habías muerto, y de repente Helta apareció con otra mujer. Entre las dos apartaron a la gente a empujones, y entonces vi tu capa roja. Taladro Tolec se acercó a ayudarlas. También fui hacia ti, pero justo en ese momento cayó otra piedra lanzada por las catapultas, que rozó a Taladro y lo tiró hacia un lado. El proyectil cayó de lleno sobre la mujer que estaba con Helta.
Con los párpados sólo entreabiertos a causa del dolor, Derkin alzó los ojos hacia el rostro de la joven; vio que una lágrima se deslizaba por su mejilla y desaparecía en el emplasto de barro.
—Era Nadeen, —dijo la muchacha—. La piedra la aplastó.
—Entonces cayeron más proyectiles, —musitó Garra—. Los humanos debieron de apuntar las catapultas casi en perpendicular, y empezó a caer una lluvia de piedras, y no había dónde protegerse. Recuerdo… —Un sollozo lo interrumpió. Carraspeó para aclararse la voz y prosiguió—: Todo el mundo intentaba resguardarse contra el muro, trepando unos sobre otros. Estaba ayudando a Taladro a ponerse en pie cuando miré a mi alrededor, y te vi a cincuenta metros por encima del paso. Helta te llevaba cogido por un brazo y te arrastraba, apartándote de la andanada de piedras. Era… —Su voz se quebró de nuevo—. Taladro y yo fuimos tras vosotros, y también Latón Bosque Oscuro, pero él no lo consiguió. Unos pocos vinieron detrás, y algunos de nosotros ensillamos varios caballos, montamos y… Podíamos oír las piedras cayendo detrás de nosotros. Toda esa gente… Pero no podíamos hacer nada, salvo intentar escapar.
—¿Cuántos lograron huir? —preguntó Derkin con voz enronquecida.
—Los que ves aquí —repuso Garra, que tuvo que sofocar un sollozo de rabia—. Sólo nosotros, y Taladro. Le vendamos el brazo, y después cogió uno de los caballos y partió para alcanzar a Vin y a los demás. Probablemente ya habrá llegado hasta ellos a estas horas.
—¿Sólo estos? —musitó Derkin, que miraba a su alrededor—. ¿No escapó nadie más?
—Nadie más. —Garra sacudió la cabeza con gesto atribulado—. Acabábamos de meternos tras los cedros cuando oímos que cesaba la andanada de piedras. Me quedé un momento para ver qué pasaba. Esos… humanos pasaron sobre el muro como una riada, desenvainaron las espadas y empezaron a matar a todo aquel que todavía se movía.
Derkin miró de nuevo a su alrededor, al pequeño campamento, con una expresión de profundo dolor en sus ojos.
—Sólo estos, —repitió—. Toda la compañía roja y gris… y Nadeen… ¿Y Calan Pie de Plata?
—Vi cómo una piedra lo alcanzaba, —dijo Helta.
—¿Y tú…? —Derkin alzó la vista hacia la joven y apartó con delicadeza el emplasto de barro. Hizo un gesto de dolor y volvió a ponerlo en su sitio. Algo, quizá una esquirla, había dejado su huella en Helta. La muchacha más hermosa que jamás había visto no volvería a ser bella. La horrible herida que le cruzaba la mejilla le dejaría una fea cicatriz de por vida—. Lord Kane, —musitó—. Ese maldito incumplió su promesa.
Entonces el viento trajo sonidos, el ruido de miles de enanos en marcha. Al cabo de unos minutos Vin la Sombra y Taladro Tolec se arrodillaban junto a Derkin; una gran preocupación les ensombrecía los ojos.
—Mazamarra se pondrá bien, —dijo Helta—. Su yelmo lo salvó.
—Su yelmo y su compañera, —apuntó Garra Púa de Roble.
Encogiendo el gesto a causa del dolor en la cabeza, Derkin se incorporó y se puso de pie con esfuerzo. Se tambaleó un instante, como si estuviera ebrio, pero enseguida recuperó el equilibrio y puso los brazos en jarras.
—Lord Kane hizo una falsa promesa para tendernos una trampa —dijo con aspereza. Pasó largos instantes sumido en profundas reflexiones, y, entre tanto, más y más de los suyos se reunieron a su alrededor. Después levantó la cabeza y se dirigió a todos, alzando la voz—. A partir de ahora, habrá cuatro leyes para los Elegidos. Tres para nosotros, y una para nuestros enemigos. Ningún enano de los Elegidos hablará con falsedad a otro de los suyos. Ningún enano de los Elegidos actuará injustamente contra otro de los suyos. Ningún enano de los Elegidos tomará de otro de los suyos nada que no le sea entregado voluntariamente.
—Que así sea, —respondieron docenas de voces a su alrededor en tanto que los que estaban más apartados se hacían eco de esas palabras.
—Entonces, esas son nuestras tres leyes, —confirmó Taladro Tolec—. Unas leyes justas: no mentir, no perjudicar, no robar. ¿Y la cuarta ley, Mazamarra, la concerniente a nuestros enemigos?
—Que se sepa que, de ahora en adelante, tomaremos represalias contra aquellos que nos traicionen, nos asesinen o nos invadan —proclamó Derkin—. Cuando se cometa alguna injusticia con el pueblo de Kal-Thax, siempre habrá represalias.
—¿Y cómo van a saberlo nuestros enemigos? —preguntó alguien.
—Daremos un escarmiento, —repuso Derkin—. Será un castigo ejemplar.
Mazamarra dejó a dos mil enanos en el calvero: los heridos, los débiles o enfermos, todas las mujeres y todos los niños, y suficientes guerreros para protegerlos y cuidar de ellos. Con el resto de su ejército se dirigió hacia el norte bajo el cielo encapotado que cubría las tierras montañosas con las primeras neviscas invernales. Los fuertes colores de los regimientos, —ropas llamativas, pulidas armaduras—, habían desaparecido. Con resina y ceniza, con alcoholes minerales y pirita triturada, habían confeccionado tintes y pinturas, y ahora todo el ejército vestía en tonos negros, marrones y grises: los colores del luto, la determinación y la ira.
En el paso de Tharkas no encontraron ningún ser vivo, sólo los cuerpos mutilados, congelados, de los enanos que habían caído allí. Trabajando en un profundo silencio, los guerreros enterraron a sus muertos. Debajo de una rocosa escarpa, a corta distancia al sur del muro que todavía seguía en pie, tendieron los cadáveres en filas, y se quitaron los yelmos en señal de respeto mientras Derkin imploraba a Reorx —y a cualquier dios digno de ser invocado—, que acogiera a estos muertos con el honor que merecían.
Cuando la breve ceremonia hubo acabado, expertos canteros y excavadores treparon por la cara del risco. A quince metros por encima del paso quebraron y partieron la piedra de manera que cayó una lluvia de cascotes bajo la que quedaron enterrados los cuerpos.
Entonces Derkin se puso de nuevo el yelmo, se ajustó la armadura y montó en su caballo. Llevó tres horas pasar a todo el ejército a través del angosto portón del muro. El día empezaba a declinar, las nubes eran oscuras y estaban bajas, y cada ráfaga de aire que cruzaba, aullante, por el paso traía consigo rachas de cellisca. Cuando todos hubieran pasado por el portón, lo cerraron y continuaron hacia el norte.
A Derkin no lo sorprendió que los humanos se hubieran marchado del paso, dejando el muro intacto. El invierno se aproximaba, y los humanos temían la rigurosa estación fría en las montañas. Sin duda, lord Kane estaba convencido de que se había librado de los enanos y que podía esperar hasta la primavera para despejar el paso.
Durante todo el camino, Derkin estuvo conferenciando con los jefes de las unidades y con los que habían estado de centinelas vigilando Klanath. Justo cuando caía la noche salieron de la garganta a un ancho e inclinado repecho desde el que se veía la ciudad directamente al frente. Por lo general, este repecho debajo del paso era un lugar muy activo, ya que allí estaban los corrales, los mataderos y las curtidurías, así como los molinos de grano que servían a la población de la ciudad. Pero ahora, como los enanos habían previsto, la ladera estaba desierta. La noche había llegado tras un tempestuoso día de invierno, y todos los que podían hacerlo se encontraban tras las puertas cerradas, cerca de las chimeneas.
Los centinelas del perímetro estarían en sus puestos como de costumbre, por supuesto, así como las poderosas fuerzas de la guardia del alcázar de lord Kane. Pero aquí fuera, en la Cornisa del Matadero, no había nada que mereciera la pena ser vigilado en una noche así.
Escudriñando la ciudad a través de la cortina de nieve, que semejaba un sucio edredón de parches irregulares extendido bajo su propio humo y las nubes bajas, muchos de los hombres del ejército de Derkin sintieron un cosquilleo de incertidumbre. Calzo Cortapiedras, un joven enano que había entrado a formar parte del cuerpo especial de los Diez, musitó:
—Es tan grande… Y está tan extendida. ¿Cómo se puede atacar una población así?
—Del mismo modo que se ataca algo que es demasiado grande para una lucha cuerpo a cuerpo, —dijo Garra Púa de Roble irónicamente—. Se hace caso omiso del cuerpo y se va directo a la cabeza.
Órdenes impartidas en susurros fueron pasando de unidad en unidad, y una compañía de casi mil daergars se adelantó, dirigida por Vin la Sombra. La mayoría de estos daergars habían sido esclavos en las minas de Klanath años antes, y ninguno de ellos había olvidado el trato que les habían dado sus amos humanos. Con gesto severo y decidido, se cuadraron delante de Derkin Mazamarra y alzaron sus oscuras espadas en un saludo marcial. Todos ellos llevaban las botas envueltas en trapos para amortiguar el ruido de sus pasos, y también se habían quitado las máscaras metálicas. En los rostros feroces, sus grandes ojos relucieron en la oscuridad cuando los volvieron hacia la ciudad.
Derkin devolvió el saludo e hizo un gesto con la cabeza hacia la derecha, donde varios enanos estaban vertiendo arena por un embudo de estaño instalado sobre una pequeña plataforma de mimbre.
—Arena para una hora, —le dijo a Vin la Sombra—. Después os seguiremos.
—Una hora es suficiente, —repuso el daewar—. Con la ayuda de Reorx, o incluso sin ella, podemos despejar un buen paso en ese tiempo.
—Por Kal-Thax —dijo Derkin.
—Por Kal-Thax.
Como sombras silenciosas en la oscuridad, los daergars se alejaron sigilosos hacia los suburbios de Klanath.
—No quisiera ser un guardia humano apostado en un lugar oscuro esta noche, —susurró Calzo—. Dicen que un daergar puede ver incluso cuando no hay nada de luz.
—¿Te has fijado en las espadas que llevan? —preguntó Garra—. Esas hojas de acero, curvadas y oscuras… ¿De dónde las han sacado?
Derkin, que se encontraba a unos pasos, volvió la cabeza hacia ellos.
—Siempre las llevan consigo, envueltas y escondidas. Las han sacado hoy en honor a lord Kane, —explicó.
—¿En honor al humano? —preguntó Garra, perplejo.
—Es una forma de hablar. Hace mucho tiempo, los daergars, utilizaban ese tipo de armas. Son tan ligeras como dagas, muy veloces y extremadamente afiladas. Una vez que las desenvainan, no vuelven a enfundarlas hasta haber mojado las hojas con sangre.
—No me gustaría ser un guardia de la ciudad esta noche —masculló Calzo, repitiéndose.
Mientras la arena pasaba a través de la estrecha boca del embudo, Klanath dormía a los pies de la Cornisa del Matadero. No se oyeron gritos ni sonaron trompetas ni campanas; no hubo la más mínima alarma. De no haberlos visto partir, el resto del ejército no habría sabido que un millar de daergars, con su visión nocturna, deambulaba por aquellas calles realizando su sanguinario trabajo.
El embudo quedó vacío de arena, y Derkin subió a su caballo; miró a su alrededor, circunspecto, mientras otras formas oscuras montaban detrás de él. Dio la orden de marcha a las tropas de infantería con una señal; no se lanzaron gritos de guerra mientras los millares de guerreros descendían como una avalancha por la pendiente. Mazamarra había ordenado guardar silencio, y los Elegidos cumplían lo mandado.
Derkin esperó hasta que las legiones de infantería estuvieron en las afueras de la ciudad y entraron por una docena de sucias callejuelas que conducían a la fortaleza de lord Kane, y entonces él y sus compañías de caballería avanzaron. Durante los primeros doscientos metros, llevaron sus monturas al paso; después, al pie de la pendiente, Derkin azuzó a su caballo, que inició un trote rápido, y a su alrededor se alzó el apagado retumbar de cientos de caballos aumentando la velocidad de marcha. En las afueras de la ciudad se abrieron unos cuantos postigos a medida que el sonido llegaba a las casas, y rostros humanos se asomaron a las ventanas; entonces los postigos se cerraron de golpe y se oyeron las trancas de las puertas. La mayoría de los habitantes de Klanath no tenía idea de lo que pasaba, pero no quería tener nada que ver con ello.
A lo largo de las estrechas calles los enanos montados avanzaron al trote según iban pasando los largos minutos. En un cruce Derkin vio un par de guardias tirados en un charco de su propia sangre, y un poco más adelante había por lo menos otros doce. No salía vaho de las gargantas degolladas de los hombres; los cuerpos ya empezaban a enfriarse. Los daergars habían despejado un paso para Mazamarra sin perder tiempo.
Una nieve hollinosa caía en ráfagas por las calles, y las chozas y cobertizos estaban cada vez más apiñados al ser más numerosos. Aquí encontraron más cuerpos, algunos con el uniforme de la guardia, y otros, no. Y, justo un poco más adelante, se oyó el repicar de acero contra acero. Los primeros soldados de infantería habían llegado a las puertas del recinto del castillo, pero el ruido acabó enseguida. Unos cuantos choques metálicos seguidos de otros pocos más, y una serie de gritos sofocados. Entonces los jinetes oyeron el inconfundible sonido chirriante de grandes puertas al abrirse.
—¡A galope! —bramó Mazamarra al tiempo que espoleaba a su montura.
El gran corcel, y todos los que lo seguían, tensaron los cuartos traseros y salieron a galope tendido. Las tres compañías de caballería cargaron a lo largo de calles paralelas que convergían treinta metros más adelante, para desembocar ante la muralla del recinto. Dos grandes puertas estaban abiertas, y por ellas entraban miles de enanos en tropel. Al tiempo que el batallón montado se reunía y cabalgaba hacia ellas, los soldados de infantería se apartaron a los lados, y cientos de caballos lanzados a la carga la cruzaron, cada jinete descolgándose por un lado de la silla mientras que un soldado de a pie, lanzado a la carrera, saltaba y se encaramaba al otro lado.
Dentro del recinto, los soldados humanos salían en tropel de los barracones y la fortificación, muchos de ellos sólo vestidos a medias, pero todos blandiendo espadas y escudos. Sin embargo, su resistencia resultó insignificante contra la abrumadora potencia de las fuerzas enanas. Más deprisa de lo que las adormiladas compañías humanas podían organizarse, filas compactas de enanos pasaban entre ellos propinando estocadas y tajos. En alguna parte sonó el toque de una trompeta, seguido de otro y otro más, y se encendieron antorchas en las almenas del palacio de lord Kane, en el centro del recinto de la fortaleza.
Dejando a los aterrados soldados humanos a merced de sus hombres de infantería, Derkin condujo a su compañía montada, lanzada a la carga, hacia el abierto portón principal del palacio, donde ardían antorchas y las cadenas empezaban a tintinear cuando los sorprendidos guardias se pusieron a girar los tornos… demasiado tarde. Todo el batallón montado pasó, atronador, bajo el rastrillo y penetró en el patio interior, lanzando a su paso guardias humanos y vigilantes de puerta en todas direcciones.
La guardia de palacio, la elite de todas las fuerzas de lord Kane, estaba saliendo del edificio cuando enanos y caballos irrumpieron en el patio y lo abarrotaron rápidamente. Mejor adiestrados que las compañías de la zona exterior, estos soldados, encabezados por un hombre con el rostro marcado por una cicatriz, montaron una feroz defensa. Durante largos minutos, la batalla fue disputándose de uno a otro lado del patio; los guardias se agrupaban y se reagrupaban, luchando desesperadamente, mientras los enanos arremetían por todas partes en disciplinadas filas de corceles protegidos con armaduras que transportaban fieros enanos a ambos lados de las sillas.
Derkin había recorrido la mitad del patio, gritando órdenes y blandiendo escudo y maza, cuando un guardia humano apareció por un nicho de la pared y arremetió con su pica. Derkin oyó cómo el arma alcanzaba al soldado de infantería que iba montado con él, y sintió moverse la silla cuando el enano cayó al suelo. Con un impulso, Derkin se encaramó a la silla y descargó su maza. El lancero ni siquiera tuvo tiempo de pestañear antes de que la pesada arma le aplastara el yelmo y el cráneo.
Haciendo que su montura girara sobre sí misma, Derkin miró a uno y otro lado, escudriñando. Entonces vio lo que buscaba. En una de las esquinas, debajo del torreón más alto, un grupo de humanos se retiraba lentamente hacia una sólida puerta, en tanto que los jinetes enanos descargaban sus armas sobre ellos. Con un grito, Derkin dirigió su montura hacia allí y bajó de un salto de la silla cuando estuvo cerca. Detrás de él, los Diez hicieron lo mismo, aterrizando sobre sus fornidas piernas flexionadas como si fueran gatos mientras sus monturas se alejaban al trote.
—¡La puerta! —gritó Derkin—. ¡Hay que impedir que la cierren!
A pie, Mazamarra y su recién reconstruida guardia, los Diez, corrieron hacia el pasaje abovedado. Los soldados, concentrados en la feroz arremetida de los jinetes, no repararon en los once enanos que iban a pie hasta que éstos estuvieron sobre ellos, abriendo un sangriento paso a través de la formación. Con escudo y espada, maza y hacha, con el impulso de su propio ímpetu, Mazamarra y los Diez se abrieron camino a través de todas las filas de defensores y llegaron ante la puerta de roble en el momento en que esta se cerraba en sus narices… pero no del todo. De alguna parte, justo detrás de Derkin, una figura baja y fornida se arrojó contra la estrecha rendija. La hoja de tablones de roble topó con el peto de la armadura y se detuvo. A través de la brecha, Derkin vio descargarse una espada y saltó un chorro de sangre.
No tuvo ocasión de ver quién había frenado la puerta. A toda velocidad, él y los demás arremetieron contra la hoja, y los poderosos hombros la abrieron de golpe. Los enanos irrumpieron en un salón grande e iluminado por el que los hombres se escabullían a todo correr. La gran mayoría de ellos iban desarmados, vestían como sirvientes o funcionarios, y algunos chillaron y buscaron dónde cobijarse cuando la puerta se abrió con un fuerte golpazo. Entre ellos, sin embargo, había también soldados, y éstos desenvainaron sus armas.
Derkin miró sus rostros, buscando uno en particular. Había visto a Sakar Kane sólo unas cuantas veces, y siempre a distancia, pero reconocería el semblante del tirano si lo veía. Pero, todas las caras le resultaron desconocidas. Retrocedió hacia la puerta y miró al enano que había muerto allí y que seguía tirado en el umbral. Era Calzo Cortapiedras, el joven voluntario que tan orgulloso se había sentido de convertirse en uno de los Diez. Derkin se incorporó y arrastró el cuerpo a un lado, apartándolo del paso; luego se volvió y cerró la puerta. El clamor de la batalla en el patio quedó amortiguado. Dejó caer la tranca en su sitio, y la pesada barra hizo un ruido hueco, ominoso.
Con el escudo y la maza enarbolados, Derkin Mazamarra echó a andar. Catorce soldados de la guardia de la casa, acobardados por su actitud calmada e inflexible, vacilaron y retrocedieron un paso. El cabecilla enano echó otra ojeada alrededor del gran salón.
—¿Dónde está Sakar Kane? —preguntó.
Nadie respondió. Los guardias empezaron a avanzar al tiempo que aprestaban sus armas.
—¿Cuál de vosotros mató a Calzo Cortapiedras? —demandó Derkin.
Tampoco esta vez hubo respuesta, pero no necesitaba ninguna. Entre los guardias había uno cuya espada todavía goteaba sangre. Derkin lo miró sólo un breve instante; luego giró sobre sí mismo y su brazo se disparó. La maza salió lanzada por el aire, hizo un brusco viraje, y se estrelló contra la cara del hombre. Mientras el guardia se desplomaba hacia atrás, muerto, Derkin desenvainó la espada. Flanqueado por sus nueve guardias personales, cargó contra los demás soldados.