3
Líder sin quererlo
Desde una alta y fría cima de piedra, dos enanos y un elfo contemplaban una escena de desolación, y Derkin Semilla de Invierno sintió crecer dentro de sí una ira ardiente. Estaban al sur del paso de Tharkas, y las escarpadas laderas que tenían a sus pies, a las que los primeros rayos del sol empezaban a tocar, eran la región de las minas de Tharkas. Antaño un conjunto de ricos y productivos pozos de metales duros, las minas habían sido explotadas cuidadosamente a lo largo de más de dos siglos por los enanos de Kal-Thax. Excavadas originalmente por expertos daergars de Thorbardin, las minas habían resultado ser inmensamente productivas, dando el valioso hierro de la más alta calidad que ninguno de ellos había visto en su vida.
Una vez, cuando era muy joven, Derkin había visitado las minas de Tharkas, y recordaba muy bien la bulliciosa actividad en las vertientes donde centenares de neidars trabajaban en pozos y trituradores, en lavaderos donde el agua arrastraba la tierra, separándola del mineral de alta calidad, preparándolo para transportarlo a Thorbardin para el tratamiento en las grandes fundiciones, en las profundidades de la fortaleza subterránea. Le había parecido una escena alegre, según recordaba el hylar. Por dondequiera que mirara había cientos de enanos atareados, trabajando en relativa armonía, haciendo lo que más les gustaba: trabajar para sus propios fines.
Pero ahora la escena era diferente. Donde antes había ordenados montones de mineral en bruto y se oía el metódico repicar de martillos y taladros, un sonido tan musical como los tambores enanos resonando en las montañas, ahora era un feo desorden en la totalidad de la zona. Toda parecía discorde. Ríos de escoria se extendían aquí y allí, al azar; los montones de mineral eran cerros revueltos mal clasificados, y el tintineo de martillos y taladros carecía de ritmo: era el sonido del descuidado golpeteo de esclavos trabajando. Incluso sin las compañías de los humanos armados que deambulaban por la zona, habría resultado obvio para cualquier enano que esto no era ya una explotación enana. Por todas partes era patente la irreflexiva dejadez de los métodos humanos de minería.
Era la prueba de lo que sabían todos los enanos: los humanos eran malos mineros, y ni siquiera la destreza de los esclavos enanos mejoraría sus métodos. A diferencia de los enanos, los humanos no estaban en armonía con sus empresas, no trabajaban las minas como lo hacían los enanos, cooperando con la piedra para extraer sus riquezas. En lugar de eso, los humanos combatían a la mina como combatían a un enemigo. Y no sólo a las minas, sino también a los minerales y a las propias montañas que les proporcionaban sus riquezas. El concepto humano de minería, para la mayoría de los enanos, era como el que tenían de casi todas las cosas: tomar lo que se quisiera del modo que se pudiera, generalmente con fuerza bruta. La escena bajo la cima era una prueba de ello. Las pocas cabañas y cobertizos que había más abajo de las minas, —quedaban tres edificios de lo que antaño fuera un agradable pueblo neidar—, ahora estaban sin utilizar, en un estado ruinoso. Era evidente que sólo servían ya como dormitorios para los conquistadores humanos. Incluso desde lo alto de la cima, se veía la abatida desgana de las pocas enanas que trabajaban por los alrededores de lo que en tiempos había sido una bonita casa comunal. Al igual que los enanos en las minas, las mujeres también trabajaban como esclavas, cocinando y limpiando para los humanos.
El único otro asentamiento, que ellos pudieran ver, era un pequeño y lejano campamento en la falda de la montaña, junto a un bonito lago que Derkin recordaba de su infancia. El lago era un embalse construido siglos atrás por los artesanos enanos. Un largo y curvo dique de piedra represaba el caudal de varios arroyos de montaña, encauzándolos lentamente por una serie de canales de obra que serpenteaban por la falda de la montaña.
En el pasado, este sistema había asegurado el suministro de agua para toda la región de Tharkas. Pero eso había sido en la era dorada de Thorbardin, en los días de la Gran Calzada del Tránsito, cuando gentes de todas las razas y nacionalidades viajaban entre Ergoth meridional y las tierras del norte a lo largo de una ruta conservada conjuntamente por los enanos de Kal-Thax y las órdenes de caballería de la nación humana de Ergoth.
Aquellos tiempos habían quedado atrás, y la antigua calzada había caído en desuso, hasta el punto de que algunos tramos habían quedado borrados, destruidos. Y, aunque el embalse en la falda de la montaña permanecía, los canales estaban atascados con desechos y escombros. El lago aún existía, pero ya no daba servicio a pueblos y granjas enanos.
Con los ojos entrecerrados, Derkin intentó distinguir quién estaba acampado allí ahora.
—Son humanos, —dijo Calan—. Nómadas de las llanuras. ¿Ves cómo eluden a los soldados imperiales de las minas? Van y vienen, cruzan, pero las gentes de las planicies no suelen sentir aprecio alguno por el emperador.
Ceñudo, Derkin volvió a bajar la vista hacia la triste escena a sus pies y maldijo en voz baja. Después se volvió hacia el elfo encapuchado que lo había conducido allí.
—¿Dos años? —demandó—. ¿Han hecho todo este destrozo en sólo dos años?
—Lo mismo habrían hecho con el propio Thorbardin —contestó el elfo—, pero no lograron entrar. Lord Kane mandó una fuerza de asalto para tantear las defensas de la Puerta Norte. Céfiro los estuvo observando por encargo mío. Finalmente los humanos se dieron por vencidos y regresaron sin conseguir siquiera sobrepasar las defensas exteriores de Thorbardin. Pero las minas siguen en su poder, y llevan casi un año almacenando metales para enviarlos a Klanath por el paso.
—Pero ¿por qué Thorbardin no ha enviado tropas para expulsarlos?
—¿Qué tropas? —gruñó el viejo Calan—. Has vivido en Thorbardin como yo, joven hylar. ¿Cuánto hace que las enemistades entre clanes han cesado el tiempo suficiente para enviar tropas al exterior?
—¡Mi padre instauró el orden en Thorbardin! —espetó Derkin.
—Sí, desde luego, —se mofó el anciano—. Y la Paz Hylar duró poco más que la vida de tu padre. Después, como sabes mejor que yo, los enfrentamientos empezaron otra vez: theiwars contra daewars, daergars contra kiars, los hylars enclaustrándose en su Árbol de la Vida, enfurruñados…
—Lo sé —retumbó Derkin—. Por eso me marché de Thorbardin. Pero ignoraba que habían dado la espalda a las tierras altas.
—Bueno, pues lo hicieron. —El gesto ceñudo de Calan era tan fiero como el del hylar—. ¡Y, sin las tropas de Thorbardin, las tierras del exterior cayeron en manos de humanos! —Con una mueca desdeñosa, el viejo enano señaló hacia abajo, y su única mano semejó una rígida flecha acusadora, censuradora.
—¡Herrín y corrosión! —rezongó Derkin.
Detrás de él, Calan le susurró al elfo:
—Me recuerda a su padre cuando se pone así.
—Le hará falta ser tan fuerte como él, —contestó Despaxas.
Derkin se volvió hacia ellos, dando la espalda a la triste escena de abajo.
—Es hora de que alguien ponga fin a tanta atrocidad, —declaró—. Los humanos no tienen derecho a estar en Kal-Thax. Esta tierra es de los enanos.
—Estoy totalmente de acuerdo, —dijo el elfo, comprensivo.
—Haría falta un ejército para reconquistar este territorio —señaló Calan.
—Entonces iré a Thorbardin y traeré a ese ejército, —bramó Derkin.
—¿Cuál? —Calan sacudió la cabeza—. Estamos al corriente de lo que pasa en Thorbardin. No hay ejército alguno, sólo un puñado de clanes malquistados a los que Jeron Cuero Rojo y Dunbarth Cepo de Hierro mantienen a raya a duras penas, y que emplean hasta el último hombre vigilando el interior de la montaña. Nadie va a venir de allí para ayudar. No hasta que llegue el día en que Thorbardin vuelva a tener un verdadero líder, como en los viejos tiempos.
—Sí que hay un ejército, —dijo suavemente Despaxas—. Al menos, podría haberlo. Pero no lo encontrarás en Thorbardin.
Derkin miró al elfo con el ceño fruncido, y sus penetrantes ojos hylars parecieron traspasarlo.
—Entonces, ¿dónde? —inquirió.
—Allí. —Despaxas señaló al norte—. De donde vienes. Los humanos sólo tienen unos cuantos cientos de enanos trabajando en las minas al sur del paso, pero hay casi ocho mil esclavos en Klanath. Constituirían un gran ejército si contaran con el líder adecuado.
—Estás loco, —espetó Derkin—. Ahora soy libre, y no pienso volver allí.
—Mal asunto, —opinó Calan—. ¿Sabes? Esos esclavos de los fosos van a pagar muy caro lo de los dos guardias que por desgracia murieron cuando nos…
—¡Fuiste tú quien asesinó a esos hombres! —bramó Derkin—. Los degollaste alegremente, ¿y ahora te preocupa quién lo va a pagar?
El elfo se cubrió con la capucha para ocultar la leve sonrisa que curvó sus labios.
—Fuiste tú quien huyó, Derkin, —dijo—. ¿Quieres ser responsable del sufrimiento que les sobrevendrá a esos enanos inocentes?
Derkin guardó silencio un momento, su mirada yendo de uno a otro de sus extraños compañeros. Estrechó los ojos y observó fieramente a Calan Pie de Plata.
—Me preguntaba por qué habías matado a esos guardias, —dijo—. Me pareció algo absurdo, inútil, pero tenías un motivo, ¿verdad, daewar? Debí imaginarlo. Un daewar no hace nada sin una razón.
—Tú eres hylar, —repuso Calan—, y los hylars seréis mejores o peores, pero ante todo tenéis un gran sentido del honor y la caballerosidad.
—Y también una gran aversión a la manipulación, —replicó Derkin bruscamente—. Ahora lo entiendo. Los dos lo planeasteis todo. ¿Qué es lo que queréis de mí?
—Queremos lo mismo que tú —contestó Despaxas sosegadamente—. Queremos expulsar de Kal-Thax a los invasores humanos de lord Kane, y restablecer la frontera en el paso. Pero para lograrlo hace falta un ejército. Un ejército de enanos, y queremos que seas tú quien lo forme y lo dirija.
—¿Por qué yo?
—Porque puedes hacerlo, —dijo el elfo—. Céfiro ha visto tu alma, y conocemos tu linaje. Sabemos mucho de ti, Derkin Semilla de Invierno; llevamos observándote casi un año.
—¿Por qué? —Derkin lo miraba indignado.
—¿Has oído hablar de un elfo llamado Kith-Kanan?
—No que yo recuerde. ¿Por qué?
—Kith-Kanan es amigo de mi madre, Eloeth —explicó Despaxas—. Lo preocupa el emperador humano, Quivalin Soth, cuya alma es la más negra que Céfiro ha visto nunca. Kith-Kanan le pidió consejo a mi madre sobre Kal-Thax, porque Klananth está cerca y porque mi madre había tenido trato con los enanos. Ella, a su vez, me pidió ayuda, y yo hice otro tanto con Calan, porque es amigo mío. Perdió el brazo salvándome la vida hace casi doscientos años.
—Me parece muy bien. —La mirada de Derkin no se suavizó—. Pero eso no responde a mi pregunta. ¿Por qué tanto interés en mí?
—Por lo que hemos descubierto sobre ti. —Despaxas se encogió de hombros—. Eres descendiente directo de Colin Diente de Piedra, que unió a los clanes enanos, una empresa que nadie había conseguido hasta entonces. También eres descendiente de Damon el Anunciado, de quien se profetizó que sería padre de reyes. Eres pariente de Cale Ojo Verde, y descendiente de Willen Mazo de Hierro, que dirigió ejércitos. Eres hijo del rey Hal-Waith de Thorbardin…
—¡Se llamaba Harl Lanzapesos, y jamás fue rey! —rectificó Derkin, furioso—. ¡Thorbardin no tiene rey!
—Oh, eso ya lo sabemos, —le aseguró el elfo—. Pero es una confusión que conviene mantener de cara al mundo del exterior. Pero tú, Derkin Semilla de Invierno, tienes el espíritu de una estirpe de poderosos líderes, y los que están a tu alrededor lo notan, tanto si son conscientes de ello como si no. Los esclavos de Klanath te seguirán. De hecho, algunos de ellos ya habían decidido seguirte, aunque tú no querías que lo hicieran.
—¡Todo esto es absurdo! —gruñó Derkin, cuya mirada furiosa fue hacia Calan—. Tú mismo dijiste que los esclavos no podrían escapar en masa de los fosos. Afirmarse que tal cosa era imposible.
—Es imposible una huida desde dentro. —El viejo enano se encogió de hombros—. Pero un ataque desde el exterior es una cosa distinta.
—¿Un ataque? Lanzado por nosotros tres, supongo. Harían falta cientos de guerreros sólo para entrar allí, por no mencionar el volver a salir.
Calan se encogió de hombros una vez más, dio unos pasos hacia la cornisa meridional de la cima, y señaló hacia abajo.
—Ahí hay centenares de enanos, Derkin. Y muchos menos humanos a los que enfrentarse que al otro lado del paso, en Klanath.
Derkin volvió a mirar de hito en hito a los dos, primero a uno y después al otro, al viejo daewar manco y al esbelto elfo encapuchado.
—Primero forma un ejército, y después dirígelo, —lo engatusó Despaxas—. Hay una gran diferencia entre una turba de enanos indisciplinados, ya sean esclavos huidos o cualquier otra cosa, y un ejército de enanos. Tus antepasados hylars demostraron eso con creces en unos días que mi madre recuerda.
Derkin fue hacia el elfo y levantó el brazo, ya que era treinta centímetros más alto que él, para quitarle la capucha que le ocultaba los rasgos.
—¿Qué interés tienes tú en esto? —demandó—. Ahórrate lo de Kith-Kanan y Eloeth. No eres enano, y tampoco lo son ellos. ¿Por qué se preocupan los elfos por las tierras enanas?
Despaxas lo contempló con sus ojos francos.
—Buena pregunta, —dijo—. Lord Kane y sus invasores son problema vuestro, no nuestro. Pero el emperador, a quien sirve lord Kane, tiene grandes ambiciones. Ya está desplazando fuerzas hacia las llanuras al este de aquí, y al otro lado de esas planicies se encuentran las tierras elfas. Habrá guerra entre los humanos de Ergoth y los elfos de Silvanesti, Derkin, es inevitable. Ocurrirá, y muy pronto, y será un largo y arduo conflicto.
—No es nuestra guerra, —comentó Derkin.
—En cierto modo, sí —le respondió el elfo—. El emperador utilizará Klanath como una base para equipar y reforzar sus hordas humanas contra los elfos, y tal vez nos conquiste por ello. Después, la recompensa del emperador para lord Kane serán las tierras enanas.
—Comprendo, —musitó Derkin—. Así que para cortar las vías de abastecimiento de los humanos, planeáis un conflicto en la retaguardia, utilizando un ejército de enanos en vuestro beneficio.
—En el vuestro —puntualizó Despaxas—, que redundará en el nuestro.
—Tortuoso, —dijo Derkin con sorna—. Tortuoso, pero… En fin, puede que tenga sentido, en cierto modo.
—Gracias. A mi madre le encantará saber que lo apruebas.
—Aprobarlo es una cosa, —resopló el viejo Calan—, y aceptar es otra muy distinta. ¿Estás de acuerdo en llevar este plan adelante, Derkin?
—No lo sé —respondió el hylar lentamente—. ¿Qué tendría que hacer primero?
—Ir allí abajo, a las minas, organizar a los enanos, librarte de los humanos, de los que sólo hay una compañía de infantería y alrededor de una docena de encargados, y después adiestrar a los tuyos como una fuerza de asalto y marchar hacia Klanath.
—Oh, ¿eso es todo? —La risa de Derkin sonó fría e irónica—. ¿Y cómo planeáis que haga algo tan sencillo?
—Eso eres tú quien tiene que decidirlo, —repuso el viejo enano—. Eres el líder.
—Y mientras todo esto tiene lugar, ¿qué pasará en Klanath?
Despaxas volvió a ponerse la capucha.
—Se ha preparado una maniobra de diversión, —dijo, enérgico—. Mantendrá ocupado a todo el mundo durante un tiempo.
La luz del alba todavía no había llegado a los fosos de metales blandos de Klanath cuando el fornido esclavo llamado Taladro Tolec se despertó al sentir posarse una mano en su hombro. El interior de la enorme y apestosa celda estaba sumido en la oscuridad, pero conoció la voz susurrante que le habló al oído. Era el daergar, Vin la Sombra. Taladro gruñó y volvió la cabeza intentando ver al otro enano.
—¿Vin? —susurró—. ¿Eres tú? Suéltame, estoy despierto. ¿Qué pasa?
—Mira esto, —musitó Vin con un tono de excitación.
—¿Que mire qué? —rezongó Taladro—. Mis ojos no son como los tuyos, y aquí no hay luz suficiente para que pueda ver.
Con impaciencia, Vin agarró la mano del theiwar y le puso algo en ella. Incluso en la oscuridad, Taladro reconoció el mango de un pesado martillo. Se sentó y tanteó la herramienta con los dedos.
—¡Lo conseguiste! —susurró—. ¿Cómo te las arreglaste?
—De ninguna manera, —respondió Vin—. Me desperté y… En fin, puedes verlo por ti mismo.
Vin se escabulló de su lado y Taladro escuchó ruidos como si alguien estuviera revolviendo en un montón de herramientas. A su alrededor, otros enanos rebulleron y empezaron a despertarse. Cerca, alguien, obviamente otro minero daergar, masculló:
—¡Caramba! ¡Mirad eso!
—¿Qué? —preguntó otro en un susurro—. ¿Qué has visto?
Hubo una serie de rápidos chasquidos secos acompañados por minúsculos destellos de chispas. La yesca prendió sobre una callosa palma, y unos soplidos la avivaron; los que estaban cerca vieron a Vin la Sombra levantando una vela recién encendida.
—Aquí tenéis, —dijo—. Ahora podréis ver. ¡Mirad!
Taladro se quedó boquiabierto, con los ojos desorbitados. A su alrededor, otros esclavos enanos se frotaban los soñolientos ojos y luego contemplaban embobados lo que Vin señalaba. Sobre el suelo de la celda, en un montón revuelto, como si alguien los hubiera tirado allí, había gran cantidad de instrumentos, y más y más exclamaciones ahogadas sonaron a medida que más y más esclavos se daban cuenta de lo que estaban viendo. Había martillos y hachas, jabalinas con puntas de acero y relucientes espadas, mazas y dagas, ballestas del tipo utilizado por los goblins, con montones de mortíferas saetas, incluso unos cuantos arcos elfos de madera de limonero lacada, y aljabas llenas de flechas. La luz de la vela titilaba sobre un millar de letales filos y superficies metálicas.
Detrás de las armas apiladas, oscurecidas por la sombra arrojada por el montón, había piezas de armaduras de diversos tipos y diseños, pectorales, escudos, varias clases de yelmos, brazales y cascos de cuero; era como si alguien hubiera hecho un precipitado aprovisionamiento en un bazar de armas usadas y hubiera cogido un poco de todo. Y más allá, en el límite de las sombras, se veían fardos y barriletes. Vin observó atentamente estos últimos, y sus grandes ojos se estrecharon.
—Fijaos en esas marcas, —dijo—. Son de los almacenes del delegado de la mina.
Otra cosa atrajo la atención del daergar, sin embargo. Justo enfrente del montón de armas, un cuenco pequeño y somero, de madera oscura, descansaba sobre el suelo de piedra. Se acercó a él con cautela y miró dentro. En el fondo del cuenco había un poco de líquido lechoso que, al mirarlo él, empezó a brillar con un débil fulgor verdoso.
—¿Pero qué…? —empezó, y entonces se encogió sobre sí mismo cuando una voz salió del cuenco; una voz sosegada, musical:
—Armaos, —dijo el líquido lechoso—. Cerrad con barricadas las rejas y fortificad la celda. Romped vuestras cadenas y defended la puerta a toda costa. Armaos, y resistid en la celda… Resistid en la celda…
Un enano de espesa barba se asomó al cuenco con expresión escéptica. Removió el líquido sin que se produjera ningún efecto aparente.
—Eso es una locura, —gruñó—. No podemos hacernos fuertes en esta celda.
Cerca de él, un sarmentoso enano, tuerto y con profundas cicatrices en la espalda, cogió una espada y un escudo.
—Al infierno con los cuencos parlantes, —gruñó—. Quitémonos estas cadenas y vayamos a matar unos cuantos esclavistas.
Empezó un murmullo generalizado de aprobación, pero enseguida se silenció al caer en la cuenta de que las voces podían llegar a los guardias de fuera.
—Lo primero es lo primero, —dijo con sosiego un corpulento enano—. Que alguien vigile la puerta mientras los demás se quitan las cadenas. Después, cuando estemos listos, podemos…
—Resistid en la celda, —repitió la voz musical del cuenco en tono urgente—. Al otro lado os espera la muerte. Resistid en la celda.
—Al cuerno con eso, —resopló alguien, algo sorprendido de estar hablando con un cuenco de lo que parecía ser leche—. ¿Cuánto tiempo podríamos resistir en una celda sin salida? Los humanos no tendrían que perseguirnos. Se limitarían a esperar a que nos muriéramos de hambre. O a enterrarnos vivos aquí.
—Resistid en la celda, —repitió la voz, que fluía sobre ellos como una música—. Va en camino ayuda. Llega alguien que os sacará de ahí. Armaos, asegurad con barricadas las verjas, y defended la celda…
La luz verdosa se apagó, y la voz se desvaneció. En la caverna de la celda se produjo un breve silencio, y la titilante llama de la vela de Vin perfiló los rostros de centenares de enanos, todos ellos ceñudos, y algunos recelosos.
De pronto surgió otra luz, una luz débil, los haces danzantes de linternas, al otro lado de la reja de la celda, y se oyeron los inconfundibles sonidos de guardias humanos en el corredor, detrás de la puerta. Dentro de la celda, centenares de enanos escucharon en un silencio intenso.
El silencio duró sólo un instante. En el corredor una voz humana gritó:
—¡Eh, vosotros dos, despertad! Es la hora del… ¿Qué es esto?
—Están muertos, —dijo otra voz humana—. ¡Los han degollado a los dos! ¡Dad la alarma!
Repicaron armas, una trompeta resonó, y se oyó ruido de pies corriendo, distantes pero acercándose.
Como un solo hombre, los enanos de la celda se apiñaron contra la reja.
—¿Qué imbécil mató a los guardias nocturnos? —gruñó Vin la Sombra—. Ahora todos se nos echarán encima antes de que sepamos qué hacer.
—Quizá fue quienquiera que trajo todo esto a la celda, —sugirió Taladro Tolec.
—Nadie lo trajo aquí —replicó Vin—. Vino por medios mágicos. Ese cuenco lo demuestra.
—Nunca he visto nada mágico, —dijo alguien.
—No confío en la magia, —añadió otro.
Detrás de la reja se alzó una lámpara, y su luz penetró a través de las barras proyectando un dibujo danzante sobre la apiñada masa de enanos.
—¡Eh, gorgojos, echaos atrás! ¡Apartaos de la puerta!
—Nadie de los que estamos aquí dentro mató a los guardias, —le dijo Taladro a Vin—. La tranca está en su sitio, ¿ves? La reja sigue cerrada.
Los que estaban en las primeras filas siguieron amontonados ante la reja, no sólo llevados por la curiosidad, sino porque los empujaban los que tenían detrás. Al otro lado de la puerta, el humano volvió a gritarles, y una lanza entró entre las barras, amenazando a la multitud de dentro. Pero, antes de que la punta pudiera alcanzar a nadie, una mano musculosa agarró el astil, y un brazo fuerte y corto tiró hacia arriba y hacia atrás. El humano que había al otro lado salió impulsado contra la reja, y se quedó petrificado cuando una espada centelleó a través de las barras y lo abrió en canal desde el vientre al esternón. El hombre chilló, se sostuvo un instante, y después se desplomó en el suelo de piedra cuando la espada se retiró.
Dentro de la celda, un enano, —el esclavo tuerto con las profundas cicatrices en la espalda—, limpió la hoja del arma en su túnica.
—Uno menos, —gruñó.
Entonces el corredor se llenó de humanos armados y de brillantes lámparas, y los enanos retrocedieron en la celda, apartándose de la reja.
—¡Deprisa! —bramó Vin la Sombra—. ¡No dejéis que retiren la tranca!
Lanzas y picas se colaron a través de la reja de la puerta, y unas manos humanas agarraron la tranca y empezaron a correrla hacia un lado. Se movió sólo un par de centímetros antes de que una andanada de flechas y saetas disparadas desde el interior de la celda se descargara sobre los humanos que estaban al otro lado. Los hombres gritaron, cayeron, y algunos huyeron. Unas sombras danzaron enloquecidas en el corredor repentinamente desierto, allí donde las lámparas caídas titilaban en el suelo.
—Bueno, se acabó —susurró Taladro Tolec—. Pero volverán. ¿Qué hacemos ahora?
—¡Fortificar la puerta! —exclamó una docena de voces.
—¡Echarla abajo y atacar los fosos! —gritaron otras voces.
—¡Matar humanos! —sugirieron varias.
—¡Un momento! —bramó alguien—. Hagamos lo que hagamos, será mejor que lo hagamos juntos. ¿Quién está a cargo aquí?
—Yo no, —respondieron al unísono una docena de voces.
—Bueno, pues alguien tendrá que ponerse al mando, —dijo una voz irritada—. ¿Quién lo hará?
—A mí no me miréis, —espetó el enano tuerto a varios que estaban a su alrededor—. Sé cómo luchar, pero no soy un líder.
—¿Y el hylar? —preguntó Taladro con una súbita inspiración—. ¿Dónde está el hylar? ¡Él puede dirigirnos!
Pasaron algunos minutos antes de que se dieran cuenta de que el hylar, al que sólo conocían como Derkin, ya no estaba entre ellos; cuando finalmente eso quedó claro, en la celda reinó el silencio. Durante un momento, todos los enanos habían imaginado una gran victoria: enanos luchando, abriéndose paso entre la masa de humanos, conquistando el camino a la libertad. Tal vez habría podido ocurrir en los viejos tiempos gloriosos de los que hablaba el saber popular. La arrolladora furia enana superando desventajas desesperadas… dirigida por un jefe hylar.
Pero la visión sólo duró un instante, y se impuso la realidad. Tenían armas y algunos víveres obtenidos a saber por qué magia infernal. Pero seguían siendo una pandilla de esclavos atrapados en una celda de piedra, y fuera estaban los amos, respaldados por centenares, tal vez miles, de guerreros humanos. Estaban atrapados aquí como ratas en un barril, y los humanos podían ir por ellos a voluntad.
—Supongo que más vale que hagamos lo que dijo el cuenco, —musitó Vin la Sombra tristemente—. Pongamos barricadas a la celda, defendamos la puerta, y esperemos refuerzos.