15

El señor del paso

Durante once días los enanos trabajaron en el muro día y noche mientras el único humano que había entre ellos, Penacho Tierra Ancha, observaba con pasmado asombro. El cobar nunca había tenido contacto con enanos a excepción de su breve aventura en este lugar, años antes, cuando había ayudado al que entonces era Derkin Semilla de Invierno a liberar a los esclavos de los goblins en el pozo de la mina de Tharkas, y había presenciado después cómo esos esclavos liberaban a miles más en las minas de Klanath.

Ahora lo admiraba su energía, su tenaz aplicación ante una tarea, y su inmensa fuerza física. Sabía, desde luego, que un enano adulto, a pesar de ser treinta centímetros más bajo, pesaría lo mismo que él, y había oído decir que esta maciza gente menuda era más fuerte que los humanos. Pero, al contemplar cómo manejaban y encajaban enormes bloques de piedra día tras día, el cobar estaba impresionado. Una y otra vez, veía a seis enanos, —en ocasiones eran sólo cuatro—, darle la vuelta a un bloque cuadrado de piedra de una tonelada de peso, lado tras lado, para trabajar su superficie con tintineantes herramientas, abriendo agujeros de refuerzo en ella con taladro y martillo, y después meterla en una eslinga para que otros enanos la izaran desde arriba.

Utilizaban tornos y cuñas, palancas y eslingas, y todo tipo de herramientas de una forma que él nunca había visto usar. Y, aunque algunos eran más diestros que otros en el corte o la perforación o el encaje de la piedra, Penacho tenía la impresión de que cualquiera de ellos, elegidos al azar, podría haber hecho el trabajo de cualquier otro.

—Trabajan como si hubieran nacido con las herramientas en las manos, —le comentó a Despaxas a medida que el Muro de Derkin iba subiendo, creciendo grada tras grada.

—Puede decirse que así es, —contestó el elfo con tono coloquial—. Es la naturaleza de los enanos. Según se cuenta, un enano puede escalar antes de saber andar, labrar piedra antes de aprender a hablar, y excavar antes de que le hayan quitado los pañales.

—Son un pueblo sorprendente, —admitió Penacho—. Pero ¿saben utilizar sus armas?

—Muy pronto lo verás, —respondió el elfo—. Para un enano, un arma sólo es otra herramienta. La única diferencia es la aplicación que se le da.

Ahora, al undécimo día de iniciarse el proyecto, cuando la última piedra aprovechada de las construcciones del puesto adelantado de lord Kane era izada para encajarla en su sitio, Penacho se retiró unos pasos para contemplar la enorme estructura. El muro estaba empotrado a cada extremo en la sólida roca de las paredes del paso, cerrándolo por completo de lado a lado. La parte superior estaba rematada con macizas almenas talladas en roca que protegían un bastión al que se llegaba por unas rampas en la cara sur. La cara norte del muro, orientada hacia Klanath, era sólida piedra en la que las junturas apenas se apreciaban. Y en el centro había un único y pequeño hueco, alto y angosto, que estaba cerrado por un portón de aspecto tan sólido y macizo como el propio muro.

Mientras lo examinaba, el cobar llegó a la conclusión de que no era un obstáculo insalvable. Hombres decididos, equipados con ganchos y cuerdas, podrían escalar la cara norte y cruzarlo. Pero con una buena defensa en lo alto del bastión, el precio de tal ataque sería espantoso. ¡Y se había construido en once días! Terminar un proyecto así habría llevado a artesanos humanos medio año.

Con el muro acabado, la mayoría de los Elegidos trasladaron detrás de la barricada el campamento al paso, y Penacho vio cómo los constructores se convertían en soldados de Kal-Thax. Dejando a un lado las herramientas, los enanos se pusieron exquisitas armaduras y ropas de una gran variedad de colores llamativos. De los petates sacaron excelentes armas de acero de fabricación enana y se equiparon con ellas. Al día siguiente de que el muro quedara terminado, el cobar se encontró rodeado por millares de guerreros fornidos, la mayoría de los cuales tenía un aspecto tan fiero y formidable como el propio Derkin Mazamarra.

Hubo otra cosa de los enanos en la que reparó ahora. Los cincuenta kilos, más o menos, que pesaban la armadura de acero, el yelmo, el escudo y las armas no eran una carga para un fornido enano. Con el atuendo completo de batalla, todos ellos parecían sentirse tan cómodos y ligeros como si sólo llevaran puestas la falda montañesa y la camisa. A pie o a caballo, los bajos y fornidos guerreros daban la impresión de estar tan a gusto con las armaduras como si éstas formaran parte de ellos.

Penacho estaba contemplando con admiración a la multitud que lo rodeaba cuando una voz profunda y fría preguntó:

—¿Por qué sonríes, humano? ¿Acaso mi gente te resulta divertida?

Derkin se encontraba a su lado, puesto en jarras, y en sus penetrantes y pensativos ojos no había la más leve chispa de humor.

—En absoluto, —se apresuró a contestar el cobar—. Más bien todo lo contrario. Estaba pensando en el aspecto tan fiero y fantástico que ofrecen.

—Entonces, ¿por qué sonreías?

Penacho reflexionó un instante, y después señaló a un grupo de veinte o treinta enanos vestidos con armaduras que pasaba cerca de ellos.

—Incluso con el equipo completo, tus enanos no hacen ruido. Mi pueblo ha combatido a las fuerzas del emperador desde hace años, y oírlas venir ha sido una ventaja. Cuando esos patanes se ponen la armadura, meten tanto escándalo que se los oye a medio kilómetro de distancia.

—Si eso te resulta divertido, entonces vas a tener distracción de sobra dentro de poco, —dijo Derkin al tiempo que se daba media vuelta—. Los tambores hablaron esta mañana. Ese batallón humano que partió de Tharkas para perseguir a tus jinetes ha regresado a Klanath, y estarán de camino hacia aquí a no tardar. —Como si acabara de recordarlo, se volvió hacia el cobar, sonriendo también ahora—. Son unos cuantos menos hombres que antes, según las cuentas de mis centinelas. Y también hay muchos menos caballos que cuando partieron.

Fue a la mañana siguiente cuando los soldados del imperio aparecieron en el paso de Tharkas. Equipados con provisiones y nuevas monturas, —y todavía escocidos por el fuerte rapapolvo que el propio lord Kane les había echado—, el comandante Tulien Gart y su tercer batallón partieron de Klanath y se encaminaron hacia el puesto adelantado que habían dejado hacía casi dos semanas. Por encima de ellos, en los picos de las montañas, retumbaron truenos apagados que se perdieron en la distancia; los soldados alzaron la cabeza para mirar hacia arriba, pero no vieron nada fuera de lo normal.

Al entrar en el paso, el batallón avanzó en fila a trote ligero, sin esperar sorpresas. Cuando habían recorrido tres kilómetros por el interior de la garganta, sin embargo, un batidor hizo volver grupas a su montura y regresó a galope con la tropa.

—Hay algo en el paso, señor, —informó al tiempo que saludaba al comandante—. No sé qué es.

Al cabo de medio kilómetro más de marcha todos ellos pudieron ver ese algo, y se detuvieron, escudriñando desde lejos.

—¿Qué es eso? —demandó Tulien Gart—. ¡Primer pelotón, adelantaos y ved de qué se trata!

Unos treinta jinetes espolearon sus monturas y se alejaron al trote paso arriba. Durante unos minutos muy largos, el resto del batallón esperó, y entonces un jinete vino hacia ellos lanzado a galope. A punto de salir despedido de la silla al hacer que su caballo frenara en seco, el soldado hizo un precipitado saludo a su superior.

—¡Es una muralla, señor! —informó, todavía con un gesto de sorpresa plasmado en su rostro—. Un gran muro de piedra que cierra el paso, y alguien nos dijo desde las almenas que nos marcháramos y no regresáramos nunca.

—¿Quién os dijo eso? —inquirió el comandante con aspereza—. ¿Quién estaba en lo alto de la muralla?

—No lo sé, señor. —El soldado sacudió la cabeza—. El resto del pelotón siguió avanzando para echar una mirada más de cerca, pero el teniente me envió para informar.

—¡Una muralla! —farfulló Tulien Gart—. ¿Y ahora qué? —Con gesto impaciente, dio la señal de avanzar y espoleó a su montura. El batallón al completo fue en pos de él.

Era una muralla, en efecto; un muro alto y ancho de sólida piedra, con almenas en la parte superior y un único portón angosto que estaba firmemente cerrado. El primer pelotón se había desplegado justo al pie de la muralla, sin desmontar, con escudos y espadas enarbolados. Al irse aproximando al muro, Gart oyó gritar a su teniente:

—¡… no puede levantarse una maldita muralla en este paso sin una orden de lord Kane! ¿Quiénes os creéis que sois?

—¡Sabemos exactamente quiénes somos! —respondió desde arriba una voz profunda y resonante—. ¡Y también sabemos quiénes sois vosotros! ¡Fuera de aquí!

Barbotando un juramento, Tulien Gart sofrenó su montura junto a la del teniente.

—¿Quién es el que está ahí arriba? —demandó, a lo que el oficial respondió encogiéndose de hombros. Gart se incorporó en la silla y, haciendo bocina con las manos, preguntó:— ¡Eh, los de la muralla, identificaos de inmediato! ¿Quiénes sois?

Una silueta se adelantó en las almenas, y un yelmo relució con la luz del sol.

—¿Quién lo pregunta? —replicó una voz profunda.

—¡Soy Tulien Gart! —gritó el comandante—. ¡Estoy al mando de este batallón, al servicio de lord Sakar Kane, príncipe de Klanath por orden de nuestro ilustre emperador Quivalin Soth V! ¿Y tú quién eres y qué haces aquí?

—¡Me llamo Mazamarra! —respondió la voz profunda, sin inmutarse—. ¡Y estoy aquí porque quiero! ¡Esta es la frontera de Kal-Thax, y por el momento está cerrada! ¡Marchaos!

—¿La frontera de qué? —gritó Gart—. ¡Esta tierra es el feudo de lord Kane! ¡Le pertenece!

—No es cierto, —le aseguró la voz profunda en tono coloquial—. Es nuestra.

Desde la retaguardia del batallón se alzó un murmullo que se fue extendiendo hacia adelante. Un teniente giró la cabeza, escuchó y se volvió hacia su comandante.

—Señor, —dijo—, los hombres de atrás pueden ver mejor. Dicen que los que están ahí arriba son enanos.

—Exactamente, —respondió la voz desde las almenas—. Somos enanos. Y este muro es la frontera de Kal-Thax, que es territorio enano, como siempre lo ha sido y siempre lo será. Empieza justo aquí, en este muro. Y ahora, por última vez, ¡dad media vuelta y marchaos!

Mascullando un juramento, Tulien Gart se puso una mano sobre los ojos para resguardarlos del brillante sol. Ahora eran visibles muchas cabezas cubiertas con yelmos entre las almenas de piedra. Girándose sobre la silla, ordenó:

—¡Arqueros, avanzad!

De inmediato, una compañía de arqueros montados se adelantó obedeciendo la orden.

—¡Cuidado, comandante Gart! ¡Estás a punto de cometer un grave error! —sonó de nuevo la voz profunda, fría y letal, en lo alto del muro.

—¡Arqueros, despejad ese muro! —ordenó Gart, haciendo caso omiso del enano.

Un centenar de flechas se tensaron en los arcos y se dispararon en un mortífero arco hacia el cielo. Pero donde antes se perfilaban cabezas ahora había brillantes escudos. Las flechas se quebraron o se desviaron al chocar con un ruido metálico contra los escudos, que al punto desaparecieron para ser reemplazados por enanos que apuntaban a los que estaban abajo. Las hondas giraron y zumbaron, las ballestas dispararon con secos chasquidos, y el pánico cundió entre los arqueros humanos. A docenas cayeron de sus monturas, atravesados por dardos o con la cabeza abierta por las piedras; el resto del pelotón se convirtió en un revoltijo de espantados caballos corcoveando, con sus jinetes aferrándose a las sillas y empujándose unos a otros en su prisa por dar media vuelta y huir. Más hombres y varios corceles cayeron y fueron pisoteados por los cascos de las otras bestias.

En medio del barullo, Tulien Gart aferró las riendas y se mantuvo firme, con los iracundos ojos fijos en las almenas, prendidos en la figura de quien se había dado a conocer como Mazamarra. Tampoco él había vacilado, reparó el humano. La profunda y fría voz volvió a sonar, y Gart notó el impacto de aquellos ojos ocultos bajo la sombra del brillante yelmo; unos ojos que sabía que estaban clavados en los suyos.

—¡Atiende lo que Mazamarra te dice, humano! —tronó la voz—. ¡Presta atención y transmite a tu señor mis palabras! ¡Kal-Thax empieza a partir de aquí! ¡De hoy en adelante, Kal-Thax está cerrada a vosotros y a los de vuestra raza! ¡Kal-Thax les pertenece a los enanos, no a los humanos! ¡Si nos dejáis en paz, nosotros haremos lo mismo con vosotros! ¡Pero si atacáis, responderemos, como acabáis de comprobar! ¡Marchaos de una vez! ¡Id y no regreséis jamás!

A regañadientes, Tulien Gart hizo volver grupas a su montura y dirigió la retirada de sus tropas, pero sólo unos centenares de metros. Una vez que se encontraron fuera de tiro de hondas y ballestas, hizo que el batallón parara y desmontara. Transcurrieron varios minutos, y después dos pelotones se aproximaron de nuevo al muro, en esta ocasión a pie; pero, en lugar de ir equipados con arcos, llevaban angarillas. Casi tímidamente, esperando morir en cualquier momento, los hombres se acercaron al muro y empezaron a recoger a los compañeros muertos y heridos. Pero los enanos de las almenas no dispararon proyectiles, sino que se limitaron a observarlos.

En la rampa, al otro lado de la muralla, Penacho Tierra Ancha también observaba; luego se volvió hacia Derkin.

—Será mejor que les digas que recojan también las monturas muertas. Las están dejando ahí tiradas.

—Nos quedaremos con ellas, —manifestó el enano—. Ahí hay carne suficiente para dos o tres días.

El cobar miró a Derkin, conmocionado, y su rostro se puso muy pálido.

—¿Vosotros… coméis carne de caballo? —preguntó.

—La carne es carne, —repuso Derkin sin inmutarse—. Comemos cualquier cosa que no nos coma primero a nosotros. Eso es algo que aprendimos en las minas de esclavos y en las tierras salvajes.

Tras recoger a sus muertos y heridos, los humanos se retiraron hasta donde esperaba el batallón; pero, en lugar de montar y marcharse, parecía que los soldados se estaban instalando.

—No van a irse, —comentó Calan.

—No esperaba que lo hicieran… todavía, —respondió Derkin—. Ese comandante no puede aceptar sin más que le haya dicho que no son bien recibidos aquí. Tiene que intentar alguna otra maniobra.

A lo largo de la mañana y primeras horas de la tarde, los enanos vieron desde las almenas una frenética actividad en el paso, a cierta distancia; los hombres iban presurosos de aquí para allí, haciendo cosas. Al principio, no resultó fácil saber qué se traían entre manos, pero después los penetrantes ojos de los enanos encaramados en lo alto del muro distinguieron un gran tronco recién cortado que arrastraban desde una arboleda cercana hasta el paso.

—¡Están haciendo un ariete! —resopló el viejo Calan—. Intentan probar la resistencia de nuestro portón.

—¿Podrá aguantar los golpes del ariete? —preguntó Penacho, preocupado.

—Hacer un ariete es una cosa, —respondió Derkin—, y traerlo hasta aquí es otra muy distinta.

A varios cientos de metros de distancia, unos hombres se colocaron junto al pesado tronco, de dos en dos, a cada lado. Acuclillados, se echaron sobre los hombros unos arneses y después se pusieron de pie, levantando el tronco del suelo. A una señal de Tulien Gart, iniciaron un trote hacia el muro.

Los enanos dejaron que se acercaran a una distancia de cincuenta metros, y entonces, a todo lo largo de las almenas, asomaron varios guerreros con hondas y ballestas. Los que transportaban el ariete los vieron aparecer, vacilaron, y fueron frenando la marcha hasta pararse. Tulien Gart también los vio, y sacudió la cabeza.

—Avísales que se retiren, —le dijo a un corneta—. No conseguirán llegar al muro.

Al sonido de la trompeta, los portadores del ariete dieron media vuelta, suspirando con evidente alivio, y regresaron trotando por donde habían venido, llevándose el tronco.

—La próxima vez lo intentará con un ariete escudado, —vaticinó Derkin.

Pasó una hora antes de que los que cargaban con el tronco volvieran a intentarlo, y esta vez venían bajo una cubierta de escudos, docenas de ellos unidos entre sí de manera que formaban un sólido techo por encima de los hombres y su ariete. Desde arriba ni siquiera se podía ver a los hombres que trotaban hacia el portón.

—¿Y qué harás ahora? —le preguntó Penacho a Derkin.

—Observa, —respondió el enano.

Cuando los portadores del ariete habían ganado velocidad, apuntando el grueso tronco hacia el portón, un panel de un palmo de altura, sujeto con bisagras, se levantó en la parte inferior de la puerta; detrás de él aparecieron un montón de ballestas. Los hombres resguardados bajo los escudos, al ver una muerte segura en las armas que les apuntaban a pocos metros de distancia, vacilaron. Uno de ellos tropezó, con lo que hizo perder el equilibrio a otros tres, y después todos se fueron al suelo, arrastrando consigo el largo ariete en tanto que los escudos unidos entre sí repicaban al caer sobre ellos. Desde el mortífero portón, una voz los increpó:

—Levantaos y retroceded si queréis seguir con vida. Y dejad el tronco donde está, pues ya no lo vais a necesitar.

Sin otra opción, los hombres caídos bajo los escudos se quitaron las correas de sujeción que llevaban en los hombros y se incorporaron lo más deprisa posible.

—Dejad también los escudos, —dijo una voz desde las almenas—. Es un trueque justo por las saetas que hemos gastado.

Los hombres se alejaron, renqueantes, con magulladuras y temblorosos; a uno de ellos lo llevaban entre dos al haber sufrido, al parecer, una fractura en una pierna.

—¡Decidle a vuestro comandante que la única razón por la que seguís vivos es porque aquí nadie ha resultado herido! —advirtió a sus espaldas la voz de Derkin.

El portón se abrió entonces, y una horda de enanos salió por él a cubierto de las armas dispuestas en lo alto del muro. Para cuando los porteadores del ariete llegaron junto a su comandante, los escudos y todos los caballos muertos habían sido arrastrados al otro lado del muro, y el grueso tronco del ariete desaparecía a través de la puerta, que a continuación se cerró con un ruido contundente.

Al final de la tarde, cuando las sombras se hacían más densas en el paso, las flechas empezaron a caer sobre las almenas del muro. Los soldados humanos se habían deslizado furtivamente a lo largo de los costados de la garganta, aprovechando la cobertura de los arbustos, y se habían refugiado en un soto de coníferas, desde el que tenían el muro a tiro de arco.

Agazapándose tras las almenas, Derkin y sus hombres observaron el soto y esperaron. La oscuridad llegó rápidamente en la profunda garganta, dejando sin luz a los arqueros, cuyas flechas no habían causado daño alguno.

Ya de noche cerrada, los enanos oyeron el ruido que hacían los arqueros humanos al escabullirse hacia donde estaba su batallón para pasar la noche, y Derkin bajó del muro buscando a Vin la Sombra.

—Ya sabes lo que tenéis que hacer, —le dijo al daergar.

—Podríamos hacer más, —sugirió Vin, pero Derkin sacudió la cabeza.

—No, —contestó—. Ya oíste el mensaje que envié a su comandante. Esas flechas no han herido a nadie.

Con un brusco cabeceo, Vin reunió a otros doce daergars; se quitaron las máscaras de hierro, dejando a la vista los grandes ojos y los rasgos zorrunos característicos de su clan. Con movimientos rápidos, recogieron antorchas, yesca y recipientes de aceite, y salieron por el portón. Estaban de vuelta al cabo de unos minutos, y tras ellos ardía el fuego. A la mañana siguiente, el soto de árboles en el que podían esconderse arqueros sólo sería un montón de cenizas humeantes.

La situación en el paso de Tharkas siguió en tablas durante dos días más. Tulien Gart intentó todo lo que se le ocurrió para cruzar el muro de los enanos, pero sin éxito. Los escaladores enviados en plena noche, con ganchos y cuerdas, eran un blanco fácil para los daergars apostados en el muro, gracias a su capacidad visual en la oscuridad. Un ariete sin dotación humana, consistente en un tronco sujeto entre dos caballos lanzados a galope tras recibir un latigazo, dio un giro de ciento ochenta grados cuando los enanos que vigilaban en el muro echaron paja encendida en su camino. Los destrozos que el ariete de caballos causó en el campamento de Gart al cruzarlo a galope en su huida fueron realmente terribles.

A la mañana siguiente, cuando la patrulla del puesto de lord Kane llegó al paso, Gart decidió que era hora de regresar a Klanath e informar al príncipe. Quizá él supiera cómo expulsar a los enanos del paso de Tharkas, pero el comandante del tercer batallón era consciente de que ellos solos no podían.

Antes de partir, sin embargo, Gart montó en su caballo y cabalgó solo hasta el muro de los enanos. Sentado en la silla muy erguido y altanero, miró hacia arriba.

—Mazamarra, —llamó.

Por las almenas asomó el mismo yelmo brillante.

—Aquí estoy, comandante, —respondió la profunda y vibrante voz.

—Regreso a Klanath, —anunció Gart—, y transmitiré tu mensaje a lord Kane, aunque tal vez sean las últimas palabras que pronuncie antes de morir. Aun así, y sólo por curiosidad, ¿quién demonios eres?

—Eso es bastante obvio, —dijo la voz en lo alto—. Soy el señor de Tharkas.

Cuando el comandante se alejó a galope, el portón del muro se abrió y un puñado de sucios y desaliñados humanos salió precipitadamente por él. Eran los supervivientes del puesto adelantado de Tharkas, que habían estado retenidos en el pozo de la mina. A Derkin no le hacían falta ya, así que los dejaba volver a casa. En lo alto del muro, docenas de enanos prorrumpieron en carcajadas cuando el desharrapado grupo alcanzó al comandante, que volvió la cabeza bruscamente e hizo recular a su caballo para apartarse. Aquellos pobres diablos estarían oliendo a goblin durante semanas por mucho que se lavaran y restregaran.

Derkin se volvió hacia el cobar, que estaba de pie a su lado.

—Ese comandante es un buen soldado, un tipo cabal, no un patán ruidoso.

—Estoy de acuerdo contigo, —admitió Penacho—. Tulien Gart es un soldado de verdad. Podría admirar a un hombre así si no fuera por los colores que defiende. Es un experto en su oficio, pero trabaja para el patrón equivocado.