16

Un giro en la guerra

Sakar Kane bramó y barbotó al escuchar la increíble noticia que le llevaba el comandante de su tercer batallón. ¡Un muro de piedra cerrando el paso de Tharkas! ¡Y enanos! Enanos prohibiendo la entrada a sus tierras, a sus propias tropas.

—¿Me estás diciendo que tú, con un batallón al completo, no has podido vencer a un puñado de estúpidos y acoquinados enanos escondidos tras un simple muro? —siseó el príncipe de Klanath, con los ardientes ojos clavados en los del oficial.

Tulien Gart aceptó el tono y la colérica mirada sin alterar el gesto. Cuadrado ante su señor, con el yelmo sujeto en el pliegue del brazo, el comandante parecía resignado a sufrir las consecuencias de ser el mensajero de tal noticia. Había canas en sus sienes, y las oscuras ojeras le daban un aspecto cansado. Cansado, pero no vencido. Mantuvo la mirada de su señor sin pestañear ni apartar los ojos.

—Sí, mi señor, —confirmó—. Intenté todo lo que se me ocurrió hacer, excepto una carga suicida que le habría costado a vuestra alteza la mayor parte del batallón. Con todos los respetos, mi señor, la muralla que han construido no es un simple muro, sino un bastión. Y, a mi modo de ver, los que lo defienden no están acogotados ni son estúpidos. Van bien armados, están muy disciplinados y, por lo que pude ver, más que dispuestos a hacer cualquier cosa para defender su tierra.

—¡No es su tierra! —increpó Kane—. ¡Es mía! —Con un resoplido irritado, cruzó a zancadas la mitad del ancho de la sala de columnas que era su sede de poder, haciendo, por el momento, caso omiso del veterano guerrero que seguía en posición de firme. Después giró bruscamente y apuntó con un dedo acusador al hombre—. Repíteme lo que ese… ese enano dijo, —ordenó.

—Sí, mi señor. Dijo que se llamaba Mazamarra, y que Kal-Thax empieza en el punto donde está el muro, y…

—¿Qué es Kal-Thax?

—Según mi escribiente, es un término enano tomado de su antiguo lenguaje, mi señor. Literalmente significa forja fría, pero su significado en la práctica es tierra de los enanos.

—Prosigue, —ordenó lord Kane.

—Mazamarra dijo que el muro es la frontera de Kal-Thax y que, a partir de hoy, Kal-Thax está cerrada para todo el mundo. Dijo que, si se los deja en paz, ellos nos dejarán en paz a nosotros, pero que si los atacamos, responderán.

—¿Y comprobaste si decía la verdad?

—Hubo cuarenta y nueve bajas en el proceso, mi señor. Treinta y cinco muertos y catorce heridos. Sin embargo, que yo sepa, Mazamarra no perdió a ninguno de sus hombres.

—¿Quién se cree que es ese enano? —tronó el príncipe.

—Le hice esa misma pregunta, mi señor, y se limitó a responder que es el señor de Tharkas.

Lord Kane, que no había dejado de pasear de un lado para otro, se frenó de golpe delante de su comandante, y se inclinó hacia él para mirarlo a los ojos fijamente.

—Hablas como si admiraras a ese enano, —siseó—. ¿Acaso eres un traidor, Tulien Gart?

El curtido semblante del oficial se puso lívido por el insulto, pero mantuvo la expresión impasible.

—No, mi señor, —respondió—, no lo soy. He hecho cuanto estaba en mi mano para servir a vuestra alteza de un modo honroso.

—¡Al infierno con los modos honrosos! —bramó el príncipe—. Quiero a esos enanos expulsados del paso. Quiero que se los persiga y se los mate o se los aprese. Quiero ese condenado muro derribado, y mi puesto avanzado en servicio otra vez. Y quiero que se me traiga la cabeza de ese Mazamarra clavada en la punta de una lanza. Eso es lo que quiero. ¿Obedecerás esa orden si te la doy, Tulien Gart?

—Procuraré cumplir lo que mi señor me mande, —repuso Gart—. Pero con un único batallón a mi mando, será imposible.

—¿Por qué?

—Haría falta una legión, mi señor, con provisiones para un asedio en toda regla.

Sonó una llamada en la puerta cerrada de la cámara, y lord Kane se volvió hacia allí en el momento en que se abría y un mensajero uniformado entraba en la sala.

—¡Si esta interrupción no es por alguna emergencia, haré que te abran en canal aquí y ahora! —bramó el príncipe al recién llegado, que apenas había dejado atrás la infancia.

Los ojos del mensajero se abrieron de par en par por el terror, y sus rodillas empezaron a temblar.

—Yo… —Tragó saliva con esfuerzo y volvió a intentarlo—. Yo… Eh…

—¡Habla de una vez! —ordenó Kane.

—Al… alteza, hay un… un emisario en la puerta que demanda ser recibido de inmediato. Es de… de…

La puerta se abrió más y una figura fornida, envuelta en una capa oscura, pasó a la sala empujando al muchacho a un lado.

—Yo mismo presentaré mi petición, —anunció al tiempo que se retiraba la capucha que le cubría la cabeza.

—¡Dreyus! —musitó Lord Kane, que miraba al hombre de hito en hito.

—Sí, alteza. —La brusca inclinación de cabeza del hombre fue arrogante e irónica, casi desafiante. Su presencia pareció llenar la sala, como si el aire dentro del recinto estuviera saturado de repente con un halo de poder y crueldad—. Llevo cabalgando doce días para llegar aquí, y he reventado cuatro caballos. No tengo muchas ganas de estar esperando a que se me conceda audiencia.

Lord Kane miró fijamente al emisario del emperador durante unos segundos, y después suspiró. Como casi todo el mundo en Ergoth, Sakar Kane temía un poco al hombre que estaba ante él ahora. Incluso el emperador, según las habladurías, tenía mucho cuidado en no ofender a Dreyus, si bien se rumoreaba que nadie en Daltigoth había visto juntos a los dos. Aunque no era un hechicero declarado, lo cierto es que Dreyus poseía poderes extraños. Rara vez se hallaba presente en los salones imperiales de Daltigoth, pero parecía estar siempre al corriente de todas las intrigas y comidillas de la corte. Aunque no poseía título oficial ni posición social alguna en Ergoth, a menudo representaba al emperador en asuntos importantes.

Nadie parecía saber de dónde había venido. Ni las órdenes clericales ni las órdenes de la Alta Hechicería parecían tener control sobre él, como tampoco lo tenían los mariscales del ejército del imperio, ni siquiera, —al parecer—, el propio emperador.

Tras una inclinación de cabeza, el príncipe de Klanath señaló con un ademán un rincón apartado a un lado del salón, donde había una mesita con el tablero de ámbar y unas sillas de marfil tallado, y fue hacía allí acompañado por el recién llegado.

—Ni que decir tiene que el eminente Dreyus es bien recibido aquí —dijo Kane—. Pero me sorprendió tu inesperada visita. Había oído decir que estabas con el general Giarno, en la campaña oriental contra los elfos.

—La campaña del general contra los elfos ha fracasado, y Giarno está… —Se interrumpió al fijarse en Tulien Gart, que seguía en posición de firme—. ¿Quién es este?

—Nadie, excelencia, —dijo lord Kane, como si hubiese olvidado por completo la presencia del comandante—. Uno de mis oficiales. —Se volvió hacia Gart—. Puedes marcharte, pero quedas confinado en tus aposentos hasta que te mande llamar.

—Sí, mi señor. —Gart hizo un saludo militar y se dio media vuelta. Al acercarse a la puerta, esta se abrió. En el umbral esperaban unos guardias, y el comandante supo, sin necesidad de ver la seña de lord Kane, que estaban allí por él. El príncipe no había acabado de hablar con él y, hasta que lo hiciera, el oficial estaría prisionero. Sin duda, su batallón había sido arrestado y puesto bajo vigilancia. Con la mirada fija al frente, el comandante cruzó el umbral y los guardias cerraron la puerta a sus espaldas; pero, antes, Gart tuvo tiempo de oír decir al hombre llamado Dreyus:

—Giarno ha perdido la campaña. Nuestras legiones fueron rechazadas en Sithelbec, y estoy… —Entonces la puerta se cerró y no oyó más.

¿Se habría terminado la guerra? Lo que Gart había escuchado lo sorprendió. Si, efectivamente, el Pequeño General había sido derrotado y su campaña había terminado en fracaso, ¿significaba eso el fin del sueño de expansión del emperador en las llanuras orientales y Silvanesti?

Por un instante, el comandante notó una sensación de alivio, pero no duró mucho. No, su intuición le decía que Quivalin Soth V no renunciaría a sus ambiciones sólo porque hubiera habido un fracaso. Las cosas darían un giro, pero seguirían igual. De un modo u otro, la guerra expansionista continuaría.

Fuera de palacio, Gart alzó la vista al cielo, asombrado. Cuando había entrado, hacía un día claro y soleado, pero ahora estaba cubierto con un denso y plomizo manto de nubes.

—Giarno emprendió una feroz campaña, —le dijo Dreyus a lord Kane—, pero al final fue un necio. Fracasó al no reconocer la tenacidad de los elfos y no darse cuenta de que no todos ellos se recluyen en los bosques. Los elfos occidentales, los Montaraces, combaten como los hombres de las planicies cuando tienen que hacerlo. Están llenos de sorpresas. Incluso han amaestrado grifos, al parecer. Por si fuera poco, el general fue traicionado por una mujer, su propia amante, Suzine.

—¿Suzine des Quivalin? —Lord Kane abrió los ojos de par en par—. ¿Una pariente de su majestad…?

—¡Basta! —La voz de Dreyus adquirió un tono bajo y frío—. Cuando se hable de esa mujer nunca se hará refiriéndose a su nombre de familia ni su linaje. Ya no está emparentada con nadie de Ergoth, ni siquiera con el siervo de clase más baja. ¿Queda claro?

—Perfectamente, —asintió Kane—. Pero, la campaña del este, ¿ha…?

—Prosigue, —lo interrumpió Dreyus—. Giarno fracasó, pero no el imperio. La guerra continúa. En este mismo momento, las fuerzas desperdigadas del ejército de Giarno se están reagrupando en las planicies para esperar mi regreso de Daltigoth. Y eso me lleva al motivo por el que he hecho un alto en Klanath de camino al palacio de Ullves. Requeriremos cierto… eh… incremento de tus servicios, príncipe Kane. Como bien sabes, Klanath fue importante en la campaña previa, y lo será mucho más en la próxima.

—Haré cuanto esté en mi mano para complaceros, —repuso Kane con suavidad—. Como sin duda ya sabrás, he conseguido mantener abierta la calzada y las minas funcionando a pleno rendimiento a pesar de algunos pequeños problemas.

—Algunos pequeños problemas, —repitió Dreyus con patente ironía—. Sí, estoy enterado de ello. Primero, perdiste varios miles de esclavos. Después, durante dos años o más, permitiste que las caravanas del imperio fueran atacadas por ladrones y asaltantes.

—Ya di cuenta de todo eso, —espetó Kane—. Las arcas del imperio no sufrieron ninguna pérdida a causa de la revuelta de esclavos. Y en cuanto a aquellos asaltos aislados…

—Basta. —Dreyus levantó una mano para imponerle silencio—. Conozco todo el asunto, y no estoy aquí para reprenderte. Has probado ser un súbdito competente, lord Kane. O tal vez sólo has sido increíblemente afortunado, pero eso no importa. Lo que interesa ahora es saber el servicio que puedes prestar a mi conquista de los territorios orientales.

—¿Tu conquista?

—Cuando regrese de Daltigoth, seré yo quien dirija las fuerzas que pondrán fin a la resistencia de las tribus bárbaras y de los elfos de la frontera, —anunció Dreyus rotundamente—. Ya no dejaré… no dejaremos en manos de simples generales este asunto.

—Comprendo. —Kane dio unas palmadas, y un sirviente apareció por una puerta disimulada al deslizarse un panel de la pared. Llenó dos copas y se retiró presuroso—. ¿Y mi cometido, excelencia?

—Klanath será mi base mientras dure la campaña, —dijo Dreyus—. Tendrás el privilegio de servir como anfitrión a mi cuartel general, mis almacenes de suministros, y algunas de mis tropas. Verás, otro de los errores de Giarno fue utilizar Klanath sólo como depósito militar y parada para descanso de tropas de refuerzo. Debería haber comprendido desde el principio que la gran distancia entre Daltigoth, o incluso desde Caergoth, y las planicies de los bárbaros daba una excesiva ventaja a sus enemigos. Yo no se la daré.

Dreyus cogió su copa y la vació de un trago. Aunque el recipiente contenía el más exquisito vino de especias, enfriado con hielo picado procedente de los altos picos que rodeaban Klanath, el hombretón lo bebió como si fuera vulgar cerveza. Después soltó la copa a un lado y prosiguió:

—Poco después de mi llegada a Daltigoth, empezarán a llegar caravanas transportando todas las cosas que necesitaré para mi campaña. Dichas mercancías te serán entregadas y quedarán a tu cuidado para que las guardes hasta que esté de vuelta aquí. Y espero encontrarlas íntegras e intactas cuando llegue.

Lord Kane se limitó a asentir con la cabeza, sin pronunciar una palabra.

»Asimismo, —continuó Dreyus en tono imperioso—, cerrarás las minas hasta nuevo aviso.

—¿Cerrar las minas? —repitió Kane con el ceño fruncido.

—Ya lo has oído. De momento, tus esclavos tendrán otro trabajo. Los pondrás a sacar piedra de las canteras, inmediatamente. A mi regreso, necesitaré un alojamiento adecuado para mí, mi personal y mis sirvientes. Harás que dicho alojamiento se construya siguiendo los planos y especificaciones que llegarán con la primera caravana de suministros. —Miró a Kane con unos ojos en los que brillaban el poder y la determinación—. Confío en que no tengas ninguna objeción.

—Se hará como ordenas, excelencia, —manifestó Kane—. ¿Y cuándo piensas estar de vuelta?

—En primavera, si es posible. O en verano. Volveré cuando esté preparado para hacerlo. Y tú, príncipe de Klanath, lo estarás para darme la bienvenida cuando eso ocurra.

—Así será —repuso Kane.

—Mientras dure mi campaña en el este, mi puesto de mando estará establecido en Klanath —continuó Dreyus—. Tú gobernarás Klanath, desde luego; pero, hasta que el imperio de Ullves se extienda hasta el propio Silvanost, gobernarás a mi conveniencia. ¿Queda claro?

Lord Kane tenía las mandíbulas tensas por la cólera, pero logró mantener la voz firme. Se daba cuenta de que todo lo que Dreyus había dicho era cierto. Estar cara a cara con el hombretón era como estar ante el propio Quivalin. No había semejanza en sus rasgos, pero, por el modo en que imponía su sola presencia, podrían haber sido la misma persona.

—Muy claro, —respondió Kane.

—Yo… Es decir, nosotros, su majestad imperial y yo, te hacemos responsable de que todo salga como está previsto, —dijo Dreyus. Tratado el asunto, el hombretón se recostó en la silla y se relajó algo—. No cometeremos los mismos errores que Giarno, —añadió coloquialmente—. No sufriremos los perjuicios de retrasos en los suministros, de traidores en nuestra casa, de tormentas imprevistas, de grifos imprevistos, de enanos imprevistos…

—¿Enanos? —Un tic contrajo un músculo en la mejilla de lord Kane.

—Una legión de enanos tomó parte en la batalla de Sithelbec —comentó Dreyus—. En el bando de los elfos y sus aliados. Ésa fue otra de las cosas que Giarno no supo prever.

Cuando Dreyus se hubo marchado, lord Kane paseó por la gran sala, colérico y tembloroso. ¡Cerrar las minas, había dicho el emisario imperial! Sin ellas, desaparecería una gran parte de su fortuna. Con todo, no tenía mucha opción en el asunto. Un hombre que había conseguido salir con bien una vez de una situación comprometida, no podía esperar que el emperador lo perdonara una segunda si volvía a incurrir en su desagrado. Y no le cabía la menor duda de que, cuando Dreyus hablaba, lo hacía por boca del emperador. La sensación que despertaba su presencia era extraña. En cierto modo, era como si Dreyus fuera Quivalin Soth V.

Pero lo que más lo había impresionado era la exigencia de Dreyus de que se garantizara que Klanath y su región, —el feudo que le había sido concedido—, estuvieran bajo control y libres de problemas.

En Sithelbec habían combatido enanos. Y ahora, si se daba crédito a lo que decía Tulien Gart, un ejército de enanos estaba acampado tras un muro de piedra a poco más de seis kilómetros de Klanath. Tal cosa, cuando menos, era irritante. Pero ahora, a la vista de los planes de Dreyus, resultaba intolerable. Había que hacer algo, y hacerlo rápido.

Se alegraba de haber ordenado confinar al tercer batallón en el cuartel. No le convenía que Dreyus se enterara del problema en el paso de Tharkas. Eso era algo de lo que tendría que ocuparse él personalmente.

En un tranquilo claro, dentro del perímetro del campamento de los Elegidos, Despaxas y Calan estaban sentados juntos. El viejo enano observaba al elfo, que, a su vez, contemplaba fijamente el somero cuenco parcialmente lleno con un líquido lechoso.

Habían pasado largos minutos sin que ocurriera nada, y Calan empezaba a impacientarse.

—Vamos, —instó con aspereza—. ¿Qué es lo que dice?

Despaxas alzó la vista y lo miró con expresión inocente.

—No dice nada, amigo mío. No es así como funciona.

—Me importa un bledo cómo funciona, —dijo el enano—. Sólo quiero saber qué has descubierto.

—Bueno, me he enterado de que Kith-Kanan y sus aliados salieron victoriosos en Sithelbec.

—Eso ya lo sabía, —gruñó Calan—. Me lo dijiste hace una semana. ¿Qué novedades hay esta vez?

—El general Giarno ha caído en desgracia, —dijo el elfo.

—Me alegro. —Calan esbozó una sonrisa taimada—. Lo tiene bien merecido. ¿Significa eso que la guerra ha terminado?

—No. —Despaxas se encogió de hombros—. El emperador humano volverá a empezar con alguien nuevo al mando. Eso es lo que me desconcierta. El nombramiento ya se ha decidido, pero no sé quién puede ser. Es como… una presencia… pero no estoy seguro de que haya realmente alguien ahí. Es como si él, esa presencia, estuviera en otro lugar completamente distinto.

—Eso no tiene sentido.

—Tal vez lo tenga. —Despaxas frunció el entrecejo—. Hace tres años estaba con Kith-Kanan en las llanuras Rumorosas, donde los Montaraces estaban fortificando un pueblo. Giarno se encontraba a sólo sesenta y cinco kilómetros de distancia, con su ejército, y fui a echarle un vistazo. Céfiro me acompañaba. Inspeccionamos el ejército humano, pero ocurrió algo desconcertante. Había un hombre con Giarno, un emisario del emperador, llamado Dreyus. Lo vi, pero Céfiro no pudo. Para él, no había nadie allí.

—Magia, —gruñó Calan.

—Sí, magia. Pero de un tipo que fui incapaz de comprender. Me pregunto ahora si el nuevo comandante de las fuerzas será ese Dreyus. —El elfo contempló el cuenco con expresión pensativa. Luego, con un rápido giro de la mano, volcó el recipiente sobre el suelo rocoso. La mancha de humedad duró sólo unos segundos, y después desapareció. El elfo se puso de pie al tiempo que guardaba el cuenco en un bolsillo de la túnica—. Ahora hago falta donde está Kith-Kanan. —Con una rápida inclinación de cabeza, se alejó de Calan, que fue corriendo tras él.

El viejo enano lo agarró de la túnica con su única mano y lo hizo detenerse.

—¡Eh, un momento! —exclamó—. ¿Quieres decir que te vas otra vez, así sin más?

—Por supuesto. —Despaxas sonrió—. Aquí no hago falta ahora. La situación está en buenas manos. —Echó una fugaz ojeada al muñón del brazo de Calan y se corrigió:— Mejor dicho, en buena mano. —Apretó el fornido hombro del enano un instante, y Calan tuvo la impresión de captar una profunda tristeza en los ojos del elfo. Era como si Despaxas se estuviera despidiendo para siempre de su viejo amigo. Pero la expresión triste pasó enseguida, y el elfo giró de nuevo sobre sus talones y echó a andar.

A mitad de camino a través del campamento, Despaxas se encontró con Penacho Tierra Ancha.

—Ve por tu caballo, humano, —indicó—. Tengo que marcharme, y los tuyos te estarán echando de menos ya… si es que han reparado en tu ausencia.

—Elfo loco, —masculló Penacho—. ¿No deberíamos despedirnos de Derkin antes de partir?

—¿Por qué? Ya se dará cuenta de que nos hemos ido.

—Me gustaría decirle adiós, —insistió el cobar—. Y tú deberías hacer lo mismo. Lo que ha conseguido aquí es digno de admiración.

—La tarea de Derkin, o su penosa misión, no ha hecho más que empezar, —repuso el elfo en voz queda—. Nos marchamos, humano. He vislumbrado algo de lo que está por venir, pero no puedo ayudar a Derkin Mazamarra. El destino sale a su encuentro.

—Si sabes algo que puede serle útil, merece ser advertido, —dijo el cobar con gesto ceñudo.

De nuevo, hubo un asomo de tristeza en la expresión de Despaxas que fue reemplazado rápidamente por una fría determinación.

—Confía en mí, Penacho. Debemos marcharnos ahora.

Desconcertado, como solía ocurrirle con el elfo, el cobar vaciló. Sin embargo, había confiado en el extraño mago en el pasado, y nunca lo había tenido que lamentar.

—De acuerdo, —aceptó finalmente—. Iré por mi caballo, y tú puedes pronunciar tu hechizo. Pero que me cuelguen si estoy montado en la silla cuando lo hagas.