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Ajuste de cuentas

Los primeros soldados de infantería que entraron en el desprendimiento fueron recibidos por jabalinas lanzadas con mortífera precisión. Los mejores excavadores de Derkin y algunos de Thorbardin habían recogido todas las jabalinas que quedaban y se habían situado en la vanguardia, desde donde podían salir de detrás de cubierto, lanzar las armas arrojadizas, y volver a resguardarse.

La lección final que muchos humanos aprendieron ese día fue que la extremada puntería con una jabalina era algo innato en la raza enana, y en especial en los excavadores. Durante siglos, la jabalina había sido una herramienta básica en la mayoría de las culturas enanas. Se había utilizado para escalar, en las excavaciones, en las minas y para atravesar los precipicios mucho antes de que se utilizara como arma. Un buen escalador o cavador hundiría la jabalina en una grieta de dos centímetros de ancho con la fuerza suficiente para asegurar en ella las cuerdas de escalar.

Ahora, mientras las primeras filas de humanos entraban en la zona del desprendimiento, los enanos encontraron dónde hacer blanco: las aberturas de las viseras, el hueco desprotegido en la garganta, junturas entre los petos y la malla de los hombros, alguna espinillera mal ajustada; cualquier resquicio en las armaduras de los humanos lo bastante grande para que penetrara la afilada punta de las jabalinas. Todos sintieron el aguijonazo de las armas enanas. Casi ochenta soldados cayeron, alcanzados por las agudas y finas picas, antes de que los enanos hubieran arrojado todas las que temían. Y otros cincuenta cayeron con los certeros disparos de las ballestas y los proyectiles de las hondas antes de llegar lo bastante cerca para poder utilizar sus espadas.

Pero la oleada de soldados era abrumadora. Los enanos combatieron contra ellos en la parte baja de la ladera del desprendimiento, y después retrocedieron y se detuvieron para volver a luchar, un poco más arriba de la pendiente sembrada de rocas. Lenta, inexorablemente, los enanos fueron obligados a retroceder y a agruparse por el peso de la superioridad del número del enemigo.

Murieron humanos y enanos mientras los ecos del feroz combate resonaban en las indiferentes cumbres.

Derkin y los Diez parecían estar en todas partes, reforzando la defensa aquí, defendiendo la retirada allí, organizando improvisadas emboscadas y contraataques. Una vez dentro del laberinto de rocas desprendidas, los humanos perdían contacto con sus oficiales en ocasiones, y docenas de grupos pequeños y desperdigados deambulaban sin rumbo aquí y allí, a veces eligiendo el camino equivocado… y pagando con sus vidas el error. Pero los tambores enanos sonaban de manera constante, dirigiendo las estrategias y los movimientos de las disciplinadas fuerzas de Derkin. Durante una hora, y después otra, pareció que los enanos iban a poder mantener su posición entre los peñascos. Sin embargo, al mismo tiempo que Derkin caía en la cuenta de que estaban resistiendo, los tambores le informaron que otra oleada de atacantes penetraba en la zona del alud.

Mientras el sol continuaba su recorrido hacia poniente, la ladera del derrumbe se convirtió en un pandemónium de frenética lucha cuerpo a cuerpo. Hacia dondequiera que se volvieran los enanos, había soldados imperiales presionando, empujándolos, matándolos a docenas. Derkin se encontró en una angostura entre peñascos, luchando por su vida contra tres humanos. Al otro extremo de la grieta, los Diez, —o lo que quedaba de ellos—, se enfrentaban con una docena de soldados. Pero otros cinco humanos habían entrado por alguna otra parte, y Derkin y alguien más se encontraron luchando, espalda contra espalda, contra un número muy superior de enemigos. Maza y escudo contra escudos, armaduras y espadas centelleantes; Derkin Legislador admitió para sus adentros que sólo le quedaban unos instantes de vida.

—Por los Elegidos, —gritó—. ¡Por Kal-Thax!

Directamente detrás de él, una voz profunda respondió:

—Por Thorbardin. Everbardin, acoge mi alma.

Al oír la voz, Derkin supo quién luchaba a su lado. Era el hylar, Calom Vand, el hijo de Dunbarth Cepo de Hierro.

Derkin desvió con su escudo una feroz estocada a dos manos, y respondió al golpe. Su maza dejó una profunda abolladura en el peto de un humano, que retrocedió tambaleándose, pero el enemigo continuó atacando. Detrás de él, oyó una exclamación ahogada y el sonido de pulmones desgarrados, pero de nuevo sonó el choque de acero contra acero, y supo que Calom Vand seguía vivo y era el atacante el que había caído.

Dos espadas arremetieron a un tiempo contra él, una por arriba y otra por abajo. Se agachó, paró con el escudo el golpe bajo, y se preparó para el que venía de arriba. Pero este no llegó a descargarse, y vio la sombra del escudo de Calom por encima de su cabeza.

Recuperó el equilibrio, arremetió y dijo con voz ronca:

—Gracias.

—Mi padre tiene mucho empeño en verte… preferiblemente vivo —respondió Calom a su espalda.

Entonces, de repente, por encima del estruendo de la batalla, los tambores lanzaron una nueva llamada. Uno de los soldados humanos desvió la vista un instante, y la maza de Derkin aplastó el yelmo contra el cráneo del hombre.

—Ese es el canto que oí en mi sueño antes de que viniéramos al paso, —dijo Calom a su espalda—. ¿Qué significa?

Derkin se agachó para eludir la arremetida de una espada, plantó firmes los pies, y golpeó con el escudo al enemigo que estaba más próximo. El hombre se dobló en dos sobre el escudo, y Derkin se irguió, levantando al soldado, y lo lanzó hacia atrás contra el otro humano. Los dos cayeron al suelo, y Derkin alzó la cabeza y escuchó. Entonces sus ojos se abrieron de par en par.

—¡Significa que vienen refuerzos! —gritó—. ¡Salgamos de aquí!

—Te sigo, —dijo Calom al tiempo que hacía retroceder un paso a su adversario.

Luego, mientras los soldados humanos arremetían contra ellos por ambos lados, los enanos se tiraron al suelo y lanzaron golpes a los tobillos de sus enemigos. En medio de un estruendo metálico, tres humanos chocaron entre sí por encima de los enanos y rebotaron contra los peñascos.

—Trepa, —ordenó Derkin, que enlazó las manos a guisa de estribo e impulsó a Calom hacia la parte alta del peñasco más cercano. El hylar lo aupó un instante después. Debajo de ellos, los aturdidos soldados empezaban a incorporarse sobre manos y rodillas cuando Taladro Tolec y Garra Púa de Roble entraron en la angostura y les rompieron las cabezas metódicamente.

Los tambores entonaban un enloquecido redoble, y las trompetas sonaron a lo lejos. En lo alto del peñasco, Derkin miraba boquiabierto, sin dar crédito a sus ojos. En el área devastada de la llanura, más allá de la zona del alud, reinaba un completo pandemónium. La unidades montadas humanas volvían grupas y giraban frenéticamente, los soldados de infantería corrían en todas direcciones, y se había entablado medio centenar de batallas campales.

Y más allá, saliendo del bosque, había elfos. A cientos y a miles bajaban por las áridas estribaciones corriendo y saltando, en tanto que sus mortíferas flechas los precedían como enjambres de enfurecidas avispas. Con el rubio cabello plateado ondeando al viento, y una expresión serena y resuelta en sus barbilampiños rostros, los elfos habían caído sobre el ejército de Dreyus por la retaguardia y lo estaban destrozando de manera metódica. Y entre ellos, cabalgando y lanzando estocadas como feroces y ágiles bestias, el cabello adornado con plumas, había centenares de jinetes cobars.

Trepando hasta el lugar más alto que pudo encontrar, Derkin alzó la maza por encima de su cabeza y después la bajó señalando al pie de las laderas.

—¡Al ataque! —bramó.

Antes de que los sorprendidos y desperdigados soldados imperiales pudieran reagruparse para responder al ataque de los elfos, se les echó encima la acometida de millares de enanos que bajaban en medio de gritos y cánticos por la pendiente de peñascos desprendidos. Algunos de los soldados respondieron con bravura; otros oyeron órdenes contradictorias y fueron de un lado para otro; y otros, simplemente, huyeron.

Ahora no había estrategias, ni ataques ni defensas planeados. Esto era un combate abierto, con muchas batallas campales disputándose por doquier mientras que los jinetes giraban y chocaban entre ellos. Derkin y los Diez, —que ahora sólo eran seis—, se abrieron camino descargando mazas y espadas contra cualquiera que llevara los colores de Daltigoth. Tras ellos venían los Elegidos, un sólido muro mortífero de fornidos enanos cantando al ritmo de los tambores. Y a sus flancos avanzaban varios centenares de hylars y daewars, uniéndose a los cánticos. Una legión completa de hombres del imperio desapareció a su paso, y Derkin se encontró cara a cara con un elfo encapuchado.

—Saludos, Legislador, —dijo Despaxas mientras se retiraba la capucha—. Los Montaraces y los guardabosques están aquí.

—Ya me he dado cuenta, —gruñó Derkin—. Pero podríais haber venido un poco antes.

—Habríamos llegado hace dos días si la Quebrada de Roca Roja hubiera seguido abierta para nuestros amigos cobars. —El elfo sonrió con aquella malicia que le daba un aspecto infantil—. Pero tuvieron que dar un rodeo.

—Eso es lo que quisiste siempre, ¿verdad? —Derkin lo miró fijamente—. Desde el principio nos utilizaste a mí y a mi gente para cortar el paso al emperador hacia el este.

—Todos nos valemos de los demás. —Despaxas se encogió de hombros—. Utilizar y ser utilizado, voluntariamente, es lo normal entre amigos, es el alma de las alianzas. La alternativa es ser dominados por emperadores y acabar como esclavos.

Una flecha perdida, con los colores de Daltigoth, silbó hacia Derkin. Sin apartar, aparentemente, los ojos de Despaxas, el enano desvió el proyectil con el escudo. Justo detrás del mago elfo, un Montaraz, vestido con ropas de ante, tensó su arco y disparó, respondiendo al tiro humano.

Por doquier, la batalla cobró intensidad.

Garra Púa de Roble llegó en ese momento montado en su caballo favorito y seguido por otros corceles. El de Derkin se encontraba entre ellos, aunque la silla ya estaba ocupada por alguien. Helta Bosque Gris se echó hacia atrás para dejar sitio a Derkin en la silla, y el enano montó.

Derkin bajó la vista hacia el suelo, pero Despaxas se había marchado. Al parecer, el elfo había dicho todo cuanto quería decir.

Otras compañías montadas enanas estaban ya en sus animales, y se movían de aquí para allí entre las filas humanas, descargando estocadas con ferocidad desde ambos lados de las sillas. Derkin escogió un combate prometedor y se unió a la contienda.

Al cabo de una hora, la lucha había perdido intensidad y era más dispersa. El sol estaba bajo, metiéndose tras los lejanos picos, y Derkin reparó en una oscura y extraña nube que se estaba formando encima del área donde se había levantado el antiguo asentamiento humano. Azuzó a su montura en aquella dirección, descargando su maza de vez en cuando sobre algún soldado que huía, y después tiró bruscamente de las riendas. Justo al frente, un hombre corpulento estaba sentado en un caballo negro, contemplando en silencio al enano con unos ojos que ardían por el odio.

—Dreyus, —masculló Derkin.

Con Helta aferrada a él, y seguido por los que quedaban de los Diez, espoleó a su montura hacia el hombre. Pero la oscura y extraña nube giró y descendió formando un embudo de negrura que llegó al suelo y envolvió a Dreyus. Se paró sólo un instante, y después se levantó. Dreyus había desaparecido. Era como si nunca hubiera estado allí.

No obstante, en el momento en que la nube se levantaba, una sombra pareció unirse a ella, una sombra con forma de una manta raya de grandes alas, que parecía nadar en el aire más que volar.

—Magia, —masculló Derkin, que se dio media vuelta.

Entonces Despaxas volvió a aparecer a su lado. Los ojos del elfo, rasgados e inteligentes, contemplaban fijamente el lugar en el que había estado la nube.

—Sí, magia, —dijo—. De una extraña clase, pero que Céfiro comprende.

—¿Céfiro? —Derkin ladeó la cabeza—. ¿Tu sombra mascota? ¿Fue eso obra de él?

—No, fue Dreyus quien lo hizo, pero Céfiro la utilizó para dejar de estar atrapado entre dos planos. Ha regresado a su mundo.

—Lo lamento, —dijo Derkin.

—Alégrate por él. Durante mucho tiempo, Céfiro ha estado buscando el camino de regreso a su plano. Yo no podía ayudarlo, pero encontró a uno que sí podía. Es extraño que quien lo ha liberado de ser un astral fuera la única persona, que yo sepa, a quien Céfiro nunca pudo ver.

Derkin estaba dispuesto a combatir un poco más, pero al parecer ya no quedaba nadie con quien luchar. Por todas partes, los soldados imperiales arrojaban los estandartes y las pesadas armaduras para huir, llenos de pánico, en tanto que elfos, enanos y cobars los perseguían. A Derkin le pareció reconocer a Penacho Tierra Ancha entre los cobars, pero el alto guerrero estaba muy lejos y el enano no estaba seguro de que fuera él. Pero sí vio a otro humano conocido. Cabalgando junto a los cobars iba el ex oficial del imperio, Tulien Gart.

Taladro Tolec frenó su caballo junto al de Derkin.

—Nos hemos quedado sin soldados a los que combatir, —dijo—. ¿Qué hacemos ahora?

—Que los tambores llamen a nuestro pueblo, —ordenó Derkin—. Nos vamos a casa. Todavía queda luz suficiente para llegar a la frontera de Kal-Thax.

Con la última luz del día, los Elegidos y los voluntarios de Thorbardin pasaron entre los grandes montones de piedras de construcción para cruzar por el casi oculto portón del Muro de Derkin. La batalla al norte del paso de Tharkas había terminado, y el cabecilla enano dejó que los elfos y sus aliados despejaran el campo. Era su tierra, no la de los Elegidos.

Los enanos habían recogido a todos sus muertos y los llevaron a seis kilómetros de distancia, al lugar que mucho tiempo atrás un hylar llamado Cale Ojo Verde había marcado como la frontera del territorio enano. A la mañana siguiente, los caídos en la batalla serían enterrados con honores en su propia tierra. Por ahora, sin embargo, los Elegidos se dedicaron a prender unas cuantas hogueras, curar heridas y descansar.

Derkin miró a su alrededor, a las orgullosas y vapuleadas personas que lo habían hecho su líder, y lo inundó un gran respeto. Llenaban casi kilómetro y medio del paso de Tharkas con sus pequeñas hogueras, sus petates de dormir, sus susurrantes y cansadas voces, y sus ronquidos. Pero eran muchos menos que el audaz ejército que había marchado por este mismo paso meses atrás para deponer a Sakar Kane. Por cada tres enanos que habían partido para la guerra sólo habían regresado dos. Derkin se preguntó si había algo, incluso el feroz orgullo de una nación, que mereciera un precio tan alto.

Como si adivinara su sombrío estado de ánimo y lo que estaba pensando, Helta apareció a su lado y le agarró la mano con sus fuertes y cálidos dedos.

—Si decides dar media vuelta y volver a hacerlo, te seguirán —musitó—. Este es tu pueblo, Derkin Legislador. Te quieren.

—Nunca he comprendido por qué —rezongó él.

—Y supongo que nunca lo sabrás. Pero yo sí lo entiendo.

Cerca de la medianoche, los guardias de la muralla fueron a despertar a Derkin.

—Hay gente en el portón, —anunciaron—. Solicitan hablar contigo.

—¿Qué gente? —siseó Derkin, que se frotaba los ojos para ahuyentar el sueño. Era la primera vez desde hacía casi una semana que había podido dormir, y ahora lo habían interrumpido.

—No son enanos, —contestó el guardia—. Uno de ellos es ese elfo, el que ya estuvo antes con nosotros. Lo acompañan otros.

A la luz de la única luna que había salido, Derkin se dirigió hacia el angosto portón, malhumorado, bostezando, más dormido que despierto. La hoja de madera reforzada estaba abierta, pero varios enanos se interponían en el vano de la puerta, impidiendo la entrada a los que estaban al otro lado. Se apartaron al aproximarse Derkin, y dos de ellos encendieron antorchas. Despaxas se encontraba en el umbral con otras figuras esbeltas, silenciosas, detrás de él. Todos eran elfos.

Molesto e irritado porque lo hubieran despertado, Derkin dirigió una mirada funesta al mago elfo.

—¿Qué queréis? —demandó.

—Tenemos lo que queríamos, —contestó Despaxas—. La calzada de la montaña entre el imperio humano y las llanuras centrales está cerrada. Es probable que Quivalin Soth continúe con sus insensatos propósitos de conquista, pero ya no podrá lanzar ataques rápidos o mantener un asedio. Por ello te damos las gracias, Derkin Legislador.

—Estupendo, —gruñó el enano—. Entonces, no os importará marcharos y dejarme dormir.

—Cuando tu antepasado estableció esta frontera, —continuó Despaxas, haciendo caso omiso de la brusca despedida—, el acuerdo se hizo entre él y mi madre, Eloeth. Entre un enano y una elfa.

—¿Y qué?

—Que os informamos que, de hoy en adelante, las tierras al norte de aquí son de la nueva nación elfa. Se llamará Qualinesti.

—Estupendo, —repitió Derkin con un gruñido—. Así que queréis que retiremos los bloques de piedra que hay en vuestra propiedad, ¿es eso?

—Sugiero que los utilicéis para lo que sirven, —repuso Despaxas—. Construid una ciudadela, aquí, donde está vuestra muralla fronteriza, en el paso de Tharkas. Mi líder, Kith-Kanan, sugiere que tu pueblo y el mío establezcan un tratado para formalizar el límite entre nuestras tierras. Y, puesto que esa ciudadela sería la frontera entre ambos reinos, quizá podríamos construirla juntos.

—¿Juntos? —Derkin lo miró boquiabierto—. ¿Quieres decir… enanos y elfos juntos? Nunca se ha hecho una cosa así. —Bostezó—. Mira, ¿por qué no hablamos de esto mañana? Estoy cansado.

—No hay nada más que hablar, —dijo Despaxas—. Te he transmitido nuestro agradecimiento, y te he planteado una sugerencia. Ya la has oído.

—Estupendo. Lo pensaré mientras duermo.

Con una sonrisa inocente, Despaxas levantó una mano y musitó algo que Derkin no entendió, pero, de repente, el enano se sintió descansado y lúcido, y, de algún modo, muy sabio.

—¿Qué has hecho? —preguntó.

—Te he dado dos regalos. Uno es de mi madre, y el otro es en nombre del pueblo de Qualinesti. Es una larga vida, si no haces que te maten antes de tiempo, y un poquito más de ese talento especial que has ido adquiriendo durante los últimos años. Tienes el don o la maldición del liderazgo, Derkin. Descubrirás que ahora se ha agudizado.

—Magia. —El enano se encogió de hombros—. No me gusta la… Oh, está bien, supongo que debo darte las gracias.

Con una leve inclinación de cabeza y otro atisbo de aquella inocente y gatuna sonrisa, Despaxas dio media vuelta y los otros elfos lo siguieron. Derkin los observó mientras se alejaban.

—¡Espera un momento! —llamó después—. ¡Dijiste que eran dos regalos! ¿Cuál es el primero?

—Si alguna vez necesitas saberlo, lo descubrirás, —respondió Despaxas—. Adiós, Derkin Semilla de Invierno, Mazamarra, Legislador. Ha sido interesante conocerte.

—¿No volverás?

—¿Quién sabe lo que nos reserva el futuro? —dijo el elfo, que se volvió de nuevo y echó a andar.

—¿Quién sabe lo que nos reserva el futuro? —repitió Derkin, irritado—. Si hay alguien que lo sepa, eres tú, elfo.

Al cerrar el portón entre Kal-Thax y Qualinesti, el enano sintió una extraña soledad, una sensación de pérdida, como si un buen amigo acabara de marcharse.

Helta lo esperaba junto al fuego, pero al verlo aproximarse la joven retrocedió un paso, mirándolo con los ojos muy abiertos.

—Derkin, —dijo mientras le señalaba la cabeza—, ¿qué es eso?

—¿Qué es qué? —Alzó la vista, no vio nada, y miró a Helta fijamente.

—Eh… ahora, nada, —respondió ella—. Pero hace un momento había algo sobre tu cabeza.

—Pues no hay nada, —insistió el enano, que volvió a mirar hacia arriba—. ¿Qué creíste que era?

—Parecía una corona, —contestó Helta, con sobrecogimiento—. Una corona de oro, con gemas engastadas.