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Una incursión cobar

Si Sakar Kane hubiera sido un personaje menos importante, la ignominia que había sufrido unos años antes, cuando los miles de enanos esclavos de las minas se habían amotinado, asesinando a sus capataces y escapado a las montañas al otro lado de Tharkas, habría sido su ruina. El emperador de Ergoth no era un hombre clemente ni de los que toleraban el fracaso. El Muro de las Calaveras en Daltigoth daba testimonio de ello.

Dicho muro tenía dos metros de espesor y una alzada tal que un hombre alto no llegaba a tocar la parte superior. Rodeaba por tres lados el simétrico jardín que lindaba con el ala este del palacio del emperador, y estaba construido enteramente con las calaveras blanqueadas de aquellos que habían incurrido en el enojo de Quivalin Soth V y sus imperiales antepasados.

Otro hombre en la situación de lord Kane, que hubiera perdido a sus mejores esclavos y hubiera puesto así en peligro la producción de las minas del emperador, habría sido llamado a Daltigoth y allí habría sufrido el interrogatorio llevado a cabo por el propio emperador, las subsiguientes torturas prolongadas, y la muerte. Y su cráneo habría entrado a formar parte del Muro de las Calaveras.

Pero Sakar Kane no era un súbdito corriente del imperio. Sin esperar la llamada para presentarse a la corte, lord Kane había actuado. De inmediato envió patrullas armadas para encontrar y arrestar a todos sus subordinados y hacerlos conducir al salón de su fortaleza de Klanath. Cuando los tuvo reunidos allí a todos, —desde el viejo Renus Sabad, el delegado de minas, hasta sus adjuntos, jefes de la guardia e incluso los tenedores de los libros de cuentas, casi todos ellos vestidos todavía con el camisón—, Sakar Kane dio órdenes a cincuenta de sus soldados de más confianza, y, esa mañana, los únicos que salieron vivos del salón fueron aquellos cincuenta hombres, pringados de sangre.

Luego, con las brigadas a su mando, Sakar Kane recorrió el territorio hacia el este, a través de la Quebrada de Roca Roja, el último acceso a las vastas planicies, y lanzó un relampagueante ataque hacia el norte, asolando campamento tras campamento y aldea tras aldea de los bárbaros instalados en las áridas llanuras que había más allá de las estepas cobars. Con los varios miles de esclavos que consiguió en la incursión, lord Kane tenía las minas funcionando de nuevo a pleno rendimiento antes de que los espías del emperador tuvieran tiempo de llegar a Daltigoth. Y con el refuerzo de esclavos que pudo comprar en Xak Tsaroth —dejando sus arcas personales casi vacías—, había conseguido incluso aumentar la producción para cuando los delegados del emperador llegaron a Klanath.

Además, tuvo un golpe de suerte. En uno de los pozos de las minas, sus guardias encontraron un importante almacenamiento de excelentes minerales ya extraídos que, obviamente, algún capataz había estado acumulando para su propio provecho.

Lord Kane fue requerido a presentarse en Daltigoth, escoltado por los delegados del emperador. No viajó encadenado, sino cabalgando, orgullosamente, a la cabeza del séquito, seguido por los inspectores del imperio que acababan de ver la afanosa actividad de las minas y los montones de ricos metales. Y regresó varios meses después, pero no caído en desgracia, sino como príncipe de Klanath. Quivalin Soth V era un hombre cruel, despiadado, pero no era necio. Comprendió todo lo ocurrido en Klanath, la rebelión de los esclavos enanos y lo que Sakar Kane había hecho, actuando de manera expeditiva y tajante, para recobrar su favor.

El emperador sabía que un hombre así le serviría bien siempre y cuando pudiera servirse a sí mismo en el proceso. Al hacer a lord Kane príncipe de Klanath, el emperador le dio mano libre en lo concerniente al antiguo territorio enano al sur de allí… y una razón excelente para hacer cuanto estuviera a su alcance para cimentar y consolidar una poderosa representación del imperio en la entrada al paso de Tharkas.

En los años transcurridos desde entonces, Klanath se había convertido en una poderosa sede del imperio. No sólo se había reforzado la propia fortaleza, sino que se había levantado una ancha muralla alrededor del perímetro, de manera que el antiguo campamento minero, un feo agrupamiento de viviendas de rápida expansión, ahora era una ciudad amurallada; una ciudad que servía y defendía la calzada meridional del imperio, por la que marchaban los ejércitos, refuerzos y suministros requeridos por el general Giarno para sus campañas en el este.

Durante un tiempo, tanto las zonas circundantes de Klanath como la calzada que llegada a la ciudad fueron importunadas por las incursiones de los enanos salvajes, que atacaban rápida y ferozmente desde las vertiginosas alturas al sur de la calzada. Los asaltantes habían robado muchos cientos de caballos de las manadas que eran conducidas hacia el este. Las caravanas de suministros habían sido atacadas, a menudo en plena noche, y grandes cantidades de provisiones, destinadas a los almacenes de Klanath, habían desaparecido. También se habían llevado incontables armas, y el número de conductores de ganado, carreteros, traficantes y soldados muertos por los desmandados enanos había ascendido a centenares a lo largo de las estaciones.

Lord Kane dio órdenes a todas sus unidades de coger prisioneros cuando fuera posible, pero resultó una tarea difícil. Incluso cuando se preparaba una emboscada y un grupo de asaltantes era rodeado, los enanos se negaban a deponer las armas, prefiriendo luchar hasta la muerte. Finalmente, sin embargo, una compañía de caballería logró capturar a cinco enanos. El capitán de la compañía informó que eran todos los que quedaban de un grupo de catorce atraídos hacia una trampa en la calzada por la que llegaban los suministros, y que había perdido a dieciocho hombres antes de lograr reducirlos.

Dos de los prisioneros eran mujeres, y todos ellos llevaban marcas de esclavos. Uno de los enanos había trabajado en las minas de Klanath; los otros dos, así como las mujeres, habían sido esclavos en Tharkas. Lord Kane hizo que llevaran a los cinco a través del paso, internándose en las montañas del sur, y allí fueron torturados hasta morir en lo alto de un risco donde sus cadáveres serían encontrados y servirían de advertencia a los enanos salvajes. Durante la tortura, incluso en las puertas de la muerte, sólo uno de los cautivos habló. Era una mujer, y escupió a los hombres que le habían roto las piernas:

—Mazamarra se ocupará de vosotros cuando esté preparado.

Sólo hubo un asalto más tras aquel incidente. Un día, al amanecer, cinco de los guardias al servicio personal de lord Kane fueron encontrados muertos en la propia puerta de la fortaleza. Los habían atado y amordazado, y posteriormente torturado hasta morir. Después de eso, los ataques cesaron, y los enanos desaparecieron.

Lord Kane mantuvo destacada una de sus brigadas al sur del gran paso, como un puesto avanzado permanente y punto de concentración de los hombres en servicio de patrullas. Pero la amenaza de los enanos era sólo parte de la razón de hacer eso. El príncipe tenía en Klanath un grupo de topógrafos haciendo mapas con los informes que recibían de las patrullas itinerantes. Una vez que las campañas del general Giarno terminaran, planeaba poblar las tierras que habían pertenecido a los enanos con gente elegida por él mismo. La rebelión de los esclavos le había dejado los cofres vacíos, y, algún día, las tierras arrebatadas a los enanos los llenarían con creces.

Penacho Tierra Ancha despertó como lo hacía un guerrero cobar. Un momento antes se hallaba profundamente dormido, y al siguiente ya estaba despierto, agazapado junto a su jergón, con la espada desnuda en la mano, sus ojos escudriñando la semioscuridad que lo rodeaba, sus oídos captando hasta el más leve ruido.

Durante un instante, no percibió presencia alguna. Una brisa veraniega agitaba la lona de su pequeña tienda, y del exterior llegaban los apagados sonidos nocturnos del campamento vigilado: los tranquilizadores silbos de pájaros que eran las llamadas entre los centinelas, el débil trapaleo de los cascos de los caballos encerrados en el improvisado corral, y las apagadas voces de los que charlaban junto a una hoguera.

Sabía que no eran estos ruidos los que lo habían despertado, sino otra cosa. Como jefe de los tekars, una de las siete tribus cobars, tenía su propia tienda y esta noche no la había compartido con nadie, pero ahora notaba que no estaba solo. Entonces, en las sombras, a unos palmos de distancia, algo se movió.

—Guarda tu espada, humano, —dijo una voz queda—. No vengo a hacerte ningún daño.

Penacho estrechó los ojos, los músculos todavía tensos, preparados para atacar.

—¿No te acuerdas de mí? —inquirió la voz—. No ha pasado tanto tiempo.

Ahora sí que reconoció la voz y bajó la espada.

—¡Tú! —masculló. Sin volverse, tanteó al borde del catre y cogió una bolsita de suave cuero que abrió con una mano, manteniendo la espada aferrada en la otra, y sacó un pequeño objeto metálico, un recipiente del tamaño de la palma, con una tapa sujeta a una bisagra, que abrió con el pulgar. Dentro de la tapadera, debajo de su pulgar, había una ruedecilla dentada de acero templado que se apoyaba contra una esquirla de pedernal. Dio un ligero toque a la ruedecilla, y saltaron unas chispas que prendieron una mecha de algodón empapada con alcohol mineral destilado.

La llama era pequeña, pero alumbraba lo suficiente para ver. En el rincón opuesto de la tienda, una figura encapuchada estaba en cuclillas, apoyada cómodamente en los talones de las suaves botas.

—Veo que todavía guardas el juguete que te di, —dijo el intruso con su voz queda, musical—. Pedernal, acero y yesca, todo en un pequeño recipiente. Es uno de los inventos más prácticos de mi madre, creo. A Eloeth no le gusta mucho la magia, pero le agradan las comodidades.

—Hola, Despaxas, —saludó Penacho al tiempo que dejaba la espada a un lado—. Podrías haber hecho una entrada menos teatral, elfo. Estuviste a punto de hacer que se me parara el corazón.

—Tu corazón está en perfecto estado, —dijo el recién llegado, que retiró la capucha y dejó al descubierto un rostro intemporal, de barbilla puntiaguda, barbilampiño; en los ojos sesgados había una expresión divertida. Las delicadas puntas de sus orejas quedaban casi ocultas por el largo y ondulado cabello—. Y también lo están tus reflejos, he de añadir. Un leve susurro y ya estabas despierto y preparado para luchar.

El cobar sacó una vela del morral y la encendió con la llama del yesquero, que cerró con la tapa y lo guardó.

—¿Qué haces aquí? —preguntó—. Creí que habías regresado a tus bosques hace años.

—Y lo hice. —El elfo asintió con la cabeza—. Pero ahora he vuelto. Una semilla que ayudaste a plantar por aquel entonces ha crecido bien y está a punto de dar frutos. Pensé que te gustaría participar en la cosecha.

—Una semilla… —Penacho enmudeció y sus ojos relucieron—. ¿Los enanos? ¿Derkin ha formado su ejército?

—Está preparado, —respondió Despaxas—. Hace una estación, acampó al pie de la fortaleza enana con su pueblo de elegidos, todos ellos dispuestos a combatir bajo su dirección, incluso sin disponer de las armas apropiadas. Ahora empieza una nueva estación, y están en camino hacia el paso de Tharkas, equipados con las mejores armas que pueden forjarse con la destreza de los artesanos enanos.

—¿Planea atacar a los soldados en el paso? ¿Con una horda de enanos?

—Con un ejército, —corrigió el elfo—. Puede que incluso sea un buen ejército. ¿Te gustaría presenciar la campaña?

—Por supuesto que sí. —Penacho resopló—. Pero te conozco, Despaxas, y sé que planeas algo más que simplemente dejarme observar mientras Derkin pone a prueba sus fuerzas contra la plaza fuerte de lord Kane.

—Naturalmente. —El elfo sonrió—. Nada es así de sencillo nunca. —Hizo un ademán señalando con gesto elocuente la solapa cerrada de la tienda—. Tienes una gran tribu, Penacho. Calculo que por lo menos hay trescientos guerreros en este campamento.

—Trescientos ochenta y uno, —admitió el cobar—. Y otro tanto más de mujeres y niños.

—Con un centenar sería suficiente para lo que tengo en mente —dijo Despaxas—. Cien de tus mejores jinetes.

—¡Todos lo son! —replicó bruscamente el hombre—. Son guerreros cobars y, por lo tanto, la mejor caballería del mundo.

—Estupendo. Entonces, servirá con cien cualesquiera. Partiremos al alba. Supongo que podremos estar en la Quebrada de Piedra Roja dentro de dos días, ¿verdad?

—Sí, si continúa el buen tiempo, —contestó Penacho—, pero mis hombres no van a ir a ninguna parte sin una razón.

—Desde luego que no. —Despaxas se encogió de hombros—. ¿Te parece suficiente razón la oportunidad de poner una emboscada a una columna de infantería imperial?

—Tal vez. —Penacho estrechó los ojos—. ¿Se dirigen hacia territorio cobar?

—Podría decirte que sí, pero te estaría mintiendo. Van hacia las llanuras meridionales, para reforzar las tropas del general Giarno. Con el rumbo que llevan pasarán a varios kilómetros de distancia de vuestras estepas.

—Entonces, son problemas de los elfos, —comentó Penacho—. ¿Por qué has acudido a mí con este asunto? ¿Por qué no se lo cuentas a Kith-Kanan? Sus Montaraces son tan expertos en emboscadas como nosotros.

—Como antes dije, las cosas no son tan sencillas como parecen. Si los refuerzos del imperio son atacados por los elfos, no es probable que lord Kane salga de Klanath para tomar represalias. Conoce a los de mi raza, y sabe de sobra que sus posibilidades de perseguir y dar alcance a los Montaraces son escasas, si no nulas. Tendría que ir tras ellos hasta el cordón montado por los ejércitos del general Giarno. Lord Kane tiene sus propios intereses, y no malgastaría todos esos recursos en una empresa que no redundaría en su beneficio.

—Pero quizá sí lo haría si atacaran los cobars. ¿Es eso lo que quieres decir? Puede ser que enviara a sus compañías de caballería porque sabe que no podemos llegar muy lejos en nuestra retirada. —Penacho frunció el entrecejo—. ¿Estás sugiriendo, elfo, que salgamos y fustiguemos al oso para que después nos persiga hasta nuestra casa?

—Hasta vuestra casa, no, —dijo Despaxas—. Tú y tus guerreros sólo tenéis que conseguir que la caballería de lord Kane salga en vuestra persecución y tenerla entretenida durante un tiempo, haciendo que os siga en círculo o algo por el estilo durante unos cuantos días. ¿Qué dificultad puede entrañar esa maniobra para los mejores jinetes del mundo?

—No me importaría disparar unas cuantas flechas contra algunos soldados imperiales, —admitió el hombre—. Ni tampoco engatusar a los miserables patanes embutidos en chirriantes armaduras de lord Kane hacia una divertida persecución dando vueltas y vueltas como si fueran el burro de una noria. Pero no quiero comprometer a mis guerreros sin saber el porqué. Hablabas de los enanos hace unos minutos. ¿Tiene esto algo que ver con ellos?

—Desde luego que sí. —La sonrisa que bailaba en los francos ojos de Despaxas era tan inocente como la de un bebé, pero Penacho había aprendido hacía tiempo que la expresión inocente del terso semblante del elfo se acentuaba cuando el mago era más taimado y calculador—. Los Elegidos de Derkin son aguerridos y están bien armados, pero siguen siendo enanos. Se les dio bien hostigar a los humanos hace años, pero eran incursiones en pequeños grupos. Para lanzar y consolidar un ataque a gran escala, los enanos deben disponer de una base segura. Dejemos que los enanos de Derkin se atrincheren en el paso de Tharkas, y ya sabes lo que vendrá a continuación.

—Claro, —asintió el cobar—. Se desatará un infierno allí. El paso de Tharkas está a tiro de piedra de Klanath, y lord Kane no puede tolerar la existencia de una base enemiga tan cerca de su cuartel general. Tendrá que expulsarlos.

—Tendrá que intentarlo, —dijo Despaxas—. Y, cuando lo intente, Derkin contraatacará.

—¿De verdad crees que un puñado de enanos puede tomar Klanath?

—No lo sé. —El elfo se encogió de hombros—. Nuestro Derkin ha cambiado desde la última vez que lo viste, y tampoco has visto a su ejército. El caso es que el tal Giarno no querrá correr el riesgo de que sus líneas de abastecimiento y refuerzos pasen por un campo de batalla. A él no le interesan estas montañas, y le traen sin cuidado las ambiciones de Sakar Kane.

—Pero si no cruzan las montañas por aquí…

—Exactamente. La única ruta alternativa desde Caergoth a las planicies meridionales está a unos ciento sesenta kilómetros al norte de aquí. Tendrán que rodear el perímetro de nuestros bosques, ya que ni siquiera las mejores tropas de Giarno tienen el menor interés en enfrentarse a los Montaraces en su propio terreno. Si los enanos interrumpen las vías de suministro en Tharkas, eso añadirá semanas, puede que incluso meses, al tiempo que tardan las provisiones y los refuerzos en llegar hasta las fuerzas invasoras.

—Y nos dará mucho más campo abierto para, como tú dices, tenerlos entretenidos, —comentó el cobar, bajo cuya barba asomaba una feroz sonrisa.

—¿Te parece ésa una razón suficiente? —preguntó el elfo con voz sosegada.

Penacho se puso de pie, manteniéndose un poco doblado para no toparse con los soportes de la tienda. Se volvió, abrió la solapa de la puerta, y salió fuera; se frenó de golpe al tiempo que estrechaba los ojos. Directamente enfrente de él, algo flotaba en el aire, algo que guardaba cierta semejanza con una manta marina nadando lánguidamente si no hubiera resultado tan difícil de ver. El cobar giró sobre sí mismo bruscamente, volvió a entrar en la tienda y lanzó una mirada furibunda al elfo.

—¿Por qué traes a esa cosa aquí? —demandó—. Sabes que a mi gente no le gusta.

—Céfiro no hará daño a los tuyos. —Despaxas se encogió de hombros—. Y yo lo necesitaba a mi lado. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, Penacho, y a veces los humanos cambiáis.

—¿Has hecho que tu mascota husmee mi alma? —El ceño del cobar se acentuó—. ¿Y qué tiene que decir al respecto?

—Que tu alma es tan fuerte como tu corazón, —respondió el elfo—. Igual que antes.

Cuando Penacho volvió a salir, a Céfiro no se lo veía por ningún sitio. Reprimiendo un escalofrío, el cobar inhaló hondo. Sabía que el astral no quería hacerle ningún daño; había aceptado hacía mucho tiempo la palabra de Despaxas a ese respecto. Con todo, había algo que le repugnaba en la idea de una criatura mágica a la que sólo se la podía ver en las sombras, que tenía el cuerpo como una manta raya y los dientes como aguijones de escorpión, algo que aparecía y desaparecía a voluntad, y que podía leer el alma de un hombre con la facilidad con que una persona lee un pergamino.

Penacho silbó, un sonido que cualquiera que no fuera cobar habría confundido con el trino de un pájaro nocturno. De inmediato, todo a su alrededor, el silencioso campamento empezó a bullir de actividad.

Penacho regresó a la tienda y recogió las botas.

—Partiremos con la primera luz del día, —le dijo al elfo que esperaba dentro.

A menos de ocho kilómetros al este de Klanath, la barrera de elevados picos que enmarcaban el paso de Tharkas se desviaba y se dividía en cordilleras que se extendían al norte y al sur, separando los reductos montañosos de la antigua Kal-Thax de las estribaciones bajas y las llanuras que se extendían, ondulantes, hacia el este. Y era aquí, en el punto en que la gigantesca cordillera se desviaba, donde la calzada de Caergoth penetraba en un valle angosto y tortuoso llamado la Quebrada de Roca Roja. El valle era un paso natural que conducía a las vertientes orientales que había al otro extremo. Desde él, la calzada imperial descendía en una serie de arcos, serpenteantes para, finalmente, ramificarse en varias calzadas al llegar a las planicies.

Ese era el desfiladero por el que los primeros ejércitos de conquistadores habían llegado, para dirigirse hacia las llanuras meridionales y a los bosques elfos que había más allá. Y era por este paso por el que las caravanas de suministros y las tropas de refuerzo avanzaban ahora, descansadas tras la parada a mitad de camino en Klanath.

Tres días después de la visita de Despaxas al campamento de Penacho Tierra Ancha, una larga fila de hombres salió de la hendidura. Eran casi ochocientos, con animales de carga entre ellos; llevaban estandartes del imperio y marchaban al paso regular de quien lleva un largo camino recorrido y todavía tiene ante sí otro largo trecho. Eran tres compañías que habían sido asignadas para unirse a las fuerzas del general Giarno en Ergoth meridional.

Una hora después de salir de la Quebrada de Roca Roja, la caravana descendía, sinuosa, por la vertiente, con las estribaciones más suaves al frente. Pasó otra hora, y la calzada se hizo menos inclinada y más recta. En los accidentados terrenos altos los soldados habían marchado con los escudos en el brazo y las espadas en la mano por si les tendían una emboscada, pero ahora, a medida que el terreno se hacía más llano, casi todos ellos se colgaron los escudos y envainaron las armas. Se veía a kilómetros de distancia y no había nadie por los alrededores salvo ellos mismos.

Entonces, de repente, aparecieron. Con estridentes gritos de guerra y lanzados a galope tendido, un centenar de jinetes bárbaros cargaron por encima del borde de una pequeña cárcava en apariencia tan poco honda que no habría podido esconderse en ella ni un conejo. Como mensajeros de la muerte, los asaltantes llegaron con los arcos tensos y los oblicuos rayos del sol brillando en los abalorios y las plumas de sus tocados.

Segundos después de sonar el primer grito guerrero, los atacantes llegaban hasta la fila de asustados soldados; las flechas zumbaron y silbaron entre los soldados de infantería, dirigidas con mortífera precisión e impulsadas por sólidos arcos. Cayeron docenas de soldados, y otros tantos echaron a correr, ciegos de pánico. Tras la andanada de flechas llegaron los aullantes jinetes, con los arcos colgados ya y las relucientes espadas centelleando al descargarse mientras pasaban entre las filas de soldados; después dieron media vuelta y cargaron otra vez, enarbolando las armas con las hojas teñidas de rojo.

Entonces, de manera tan repentina como habían llegado, los jinetes se marcharon, desapareciendo en la nube de polvo que levantaban sus monturas, por la misma cárcava engañosamente somera de la que habían salido; reaparecieron en el otro lado, alejándose despreocupadamente hacia el norte. Tras ellos, el suelo quedó alfombrado con los cuerpos de los soldados del imperio muertos o heridos. Los oficiales corrían de aquí para allí, llamando a sus tropas e intentando restablecer el orden.

—Cobars, —masculló un oficial veterano que observaba cómo se alejaban los jinetes—. ¿Qué hacen los cobars tan cerca de Klanath? —Se volvió, levantó el brazo y llamó por señas a unos hombres—. Enviad mensajeros con espejos de señales de vuelta a la quebrada, —ordenó—. Todavía hay buena luz. Que desde allí hagan señales a Klanath y comuniquen lo que ha ocurrido. Que digan a lord Kane que, si sus hombres parten de inmediato, todavía pueden alcanzar a esos cobars y hacer un escarmiento con ellos.

—¿Alcanzar a los cobars? —preguntó un oficial joven con incredulidad—. Señor, esos hombres son…

—¿Es que estás ciego? —replicó ásperamente su superior mientras señalaba—. ¿Ves hacia dónde se dirigen los bárbaros? Mira lo que hay más allá. Ese humo en la distancia debe de ser su campamento. Creen que no los seguiremos porque no vamos montados. Son tan necios como arrogantes. ¿De verdad piensan que un batallón de caballería no puede encontrarlos?