8
De las tierras salvajes
Los centinelas de un puesto avanzado de invierno, a gran altura en la cara occidental de la montaña Fin del Cielo, fueron los primeros que divisaron la aproximación de los forasteros. Allí arriba, donde los ventisqueros de la estación fría todavía prestaban afilados dientes a los vientos, jóvenes voluntarios, con las barbas blancas de escarcha, hacían turnos de guardia. Durante más de un siglo los protectores de la gran fortaleza subterránea habían mantenido estos refugios de centinelas en las cimas heladas de los picos más altos que rodeaban la montaña llamada Buscador de Nubes, bajo la cual se encontraba la fortaleza de los enanos.
En buenos y malos tiempos, a través de años de desunión y discordia, incluso en los días en que la hostilidad entre clanes había hecho estallar una guerra a gran escala, el consejo de thanes y el consejo de protectores habían mantenido los puestos avanzados de vigilancia para evitar una invasión. Thorbardin era inexpugnable, pero no invulnerable, y los que vivían allí lo sabían. Incluso en mitad de un conflicto armado entre ellos, los clanes pagaban tarifas para conservar los puestos avanzados y la vigilancia exterior, y los voluntarios que actuaban de centinelas procedían de todas las tribus.
Los voluntarios prestaban servicio durante una estación, y recibían una paga acorde con la época. Los más duros preferían los servicios de invierno. Un joven enano lo bastante rudo para aguantar un invierno en uno de los puestos del Fin del Mundo, o de los que estaban en lo alto de los picos del Trueno, al sur, podía ganar una paga con la que vivir holgadamente todo un año en Thorbardin, y todavía le sobraría dinero para ir de juerga a los tugurios que había en las callejas retiradas de cualquiera de las ciudades subterráneas.
El puesto de vigilancia occidental del Fin del Cielo estaba a una altitud de tres mil seiscientos metros, y, desde allí, sus seis centinelas, —un hylar, un daewar, dos daergars y dos theiwars— podían ver lo que parecía la mitad del mundo en un día claro; o, en el caso de los daergars, en una noche despejada. Ahora, cuando los gélidos vientos empezaban a suavizarse un poco, y los lejanos valles, allá abajo, se pintaban con los tonos verdes de los pastos, todos estaban más que ansiosos de regresar a casa. No habían visto un alma en todo el invierno; ni pequeños grupos de neidars emigrantes ni patrullas fronterizas elfas ni el humo de hogueras de campamentos humanos, que tan comunes habían sido en años recientes desde que había estallado la guerra en las llanuras orientales; ni siquiera habían visto un ogro vagabundo. Durante todo el invierno, una extraña quietud había reinado en los baluartes montañosos, y los centinelas estaban más que hartos del incesante frío y de los vientos aulladores y gemebundos. También estaban terriblemente aburridos.
En las últimas semanas, sus charlas ajenas a los deberes del servicio se habían referido a menudo a las comodidades y placeres de Thorbardin: jarras de espumosa cerveza delante de agradables fuegos en las incontables tabernas de las ciudades; combates de competición en los fosos; el olor del pan moreno que salía de las tahonas; el placer de levantar una barra de buen metal de la ardiente fragua y forjarlo a golpes de martillo sobre un yunque; la diversión de una partida de dados; la emoción de apostar por uno o otro tiro de gusanos remolcadores. Y las chicas. Todos ellos guardaban maravillosos recuerdos y sentían una excitación anticipada al evocar a alguna fémina en particular que aguardaba su regreso… o dos o tres o, en el caso del joven daewar de barba dorada, por lo menos una docena.
Entre ellos había nacido una gran camaradería durante la larga y fría estación, y compartían sus ideas y sus sueños como lo harían amigos íntimos, pasando por alto el hecho de que, una vez que hubieran regresado a Thorbardin, era más que probable que se vieran envueltos en las luchas entre clanes como antes y que pronto se tiraran unos a las gargantas de los otros. Estas duras realidades podían disiparse de la mente en el curso de una estación invernal en el Fin del Cielo.
Mañana, tarde y noche, por parejas, hacían su guardia en la helada vertiente y esperaban con ansia el día que recibirían las brillantes monedas de la paga cuando cruzaran la Puerta Norte.
Y entonces, una radiante mañana, el aburrimiento terminó.
El daerwar y uno de los fornidos theiwars que hacían el turno de mañana en la oculta cornisa fuera de la cueva de los centinelas fueron los primeros que vieron a los forasteros, y despertaron a los demás. En la distancia, allá a lo lejos, por lo menos a cincuenta kilómetros por el oeste, se divisaba movimiento en lo alto de una cumbre, el diminuto, metódico movimiento fluido del tránsito de muchísimas personas, o alguna clase de criaturas. Durante un rato los seis permanecieron en la cornisa, envueltos en las gruesas pieles de oso que los hacían parecer unos tejones barbudos con brillantes yelmos, mientras continuaba el lejano movimiento.
—Hay un montón, —comentó el theiwar—. Miles de ellos, parece.
Durante una hora o más siguió el fluir del lejano movimiento, hilera tras hilera de pequeños puntos que aparecían sobre la distante cima y después descendían por la cara visible, hasta desaparecer en algún valle de abajo.
—¿Será una manada de bisontes? —sugirió uno de los daergars.
—No lo creo probable. —El hylar sacudió la cabeza—. Se mueven en una dirección distinta del rumbo que siguen los bisontes en esta estación. Creo que son personas, tal vez una caravana de mercaderes, —comentó.
—¿Procedente de dónde? —objetó el daewar—. Vienen del oeste, y por allí sólo hay tierras salvajes.
—Están los poblados neidars.
El intuitivo theiwar sacudió la cabeza.
—Son personas, en eso estamos de acuerdo, pero no son neidars.
—Los únicos enanos que están fuera de Thorbardin en esta época del año son neidars. —El daewar frunció el entrecejo—. ¿Crees que son humanos?
—¿Por qué iban a venir tantos humanos desde las tierras agrestes?
—Por el motivo que han tenido siempre para venir aquí: atacar Thorbardin.
—Lo llevan intentando siglos sin ningún resultado. La última vez… ¿Cuándo fue, hace cuatro o cinco años? ¿Un tal lord Kane o algo así? Trajo a todo un ejército desde Daltigoth, pero no consiguieron entrar. Se limitaron a golpear la Puerta Norte durante un tiempo y después se dieron por vencidos y se marcharon.
—Pero venían del norte, y éstos vienen del oeste. Tal vez no sepan que no pueden entrar, o quizá lo han olvidado. Tengo entendido que los humanos son muy olvidadizos.
El hylar había sacado un tubo de visión distante, un cilindro de cobre con lentes de cristal montadas en él, y se lo fueron pasando por turno. Pero los pequeños puntos y se lo fueron pasando por turno. Pero los pequeños puntos estaban a demasiada distancia incluso para el artilugio de visión aumentada. Después, pasado un tiempo, no hubo nada a lo que mirar, ya que todos los puntos en movimiento se habían perdido de vista, ocultos por las elevaciones intermedias.
—Creo que será mejor que demos aviso, —decidió el hylar al tiempo que se volvía hacia la cueva.
—¿Aviso de qué? —dijo el daergar con sorna—. ¿De que hemos visto moverse algo, pero no que sabemos lo que es? Opino que debemos esperar hasta que veamos mejor de qué se trata.
El hylar siguió caminando hacia la cueva, y regresó con un gran vibral y un par de mazos de madera, pero dejó el instrumento a un lado y se puso en cuclillas en la cornisa, aguardando.
—Los veremos mejor cuando estén más cerca, —dijo—. Pero entonces, quienquiera o lo que quiera que sea, avisaremos. En el momento en que varios miles de criaturas de cualquier tipo se aproximan a Thorbardin, los guardias de las puertas tienen que estar informados.
—Estoy de acuerdo. —El daergar que había hablado se acuclilló al lado del hylar, su rostro oculto tras la máscara de hierro que su gente, dotada para ver en la oscuridad, llevaba puesta durante el día—. Pero hay tiempo de sobra para dar el aviso. Nos separan todavía muchos kilómetros de quienesquiera que vienen hacia aquí.
El sol se encontraba directamente sobre sus cabezas cuando los extranjeros volvieron a aparecer, coronando otra elevación del terreno montañoso. Aunque todavía lejos, se habían aproximado varios kilómetros, y la dirección que seguían era evidente ahora. Se movían al sureste, directamente hacia Thorbardin. El centinela hylar miró por el tubo de lentes.
—¡Por Reorx! —gruñó—. ¡Son enanos!
—¿Enanos? —A su lado, el daewar parpadeó por la sorpresa—. ¿Qué enanos? ¿Quiénes son?
—No lo sé —respondió el hylar, esforzándose por ver a través del tubo de lentes—. Neidars, supongo. Todos los otros clanes están en Thorbardin. Pero ¿tantos? ¡Son millares! Nunca he visto más de unas veintenas de neidars viajando juntos. Toma, velo por ti mismo.
El daewar cogió el artilugio y miró a través de él. Aumentada por las lentes, la distante horda todavía resultaba diminuta, apenas identificable, pero no cabía duda: eran enanos. Intentó calcular su número, pero se dio por vencido. Tal como había dicho el hylar, eran miles. Varios miles. Y marchaban como lo hacía un ejército: compañías claramente diferenciadas en ordenadas filas que mantenían la formación a pesar de lo abrupto del terreno.
Al frente y a los flancos iban compañías de caballería, las figuras de los enanos montados luciendo espléndidos atavíos, y entre las de infantería había cientos de grandes bestias, algunas de ellas tirando de carretas cargadas con bultos.
Aquí y allí, el sol de mediodía se reflejaba en brillantes metales, —el familiar destello de yelmos, escudos y petos—, pero lo más sorprendente eran los llamativos colores de las finas vestimentas. Cada grupo y compañía parecía tener su combinación de colores particular. En una unidad, el amarillo y el marrón predominaban. En otra, dominaban el verde y el negro; y en otra, el azul y el cobrizo. Sólo los que iban en medio de la formación, caminando con las carretas y animales de carga, no llevaban colores uniformes, pero sí abundaban los tonos fuertes.
—Visten llamativamente, —comentó el daerwar, cuya mirada se detuvo en la cabeza del grupo en marcha. En la punta de la primera unidad de caballería, cuyos colores eran el rojo y el gris, cabalgaba una figura cuyo yelmo y peto reflejaban la luz del sol como un espejo. Llevaba una capa rojo fuerte, y los atalajes de su montura eran del mismo color. El centinela forzó la vista intentando captar más detalles, y después le entregó el tubo a otro voluntario, uno de los theiwars.
—¿Qué opinas del que va a la cabeza? —preguntó—. No me parece un neidar. De hecho, ninguno de ellos me lo parece.
El theiwar atisbó a través del tubo de lentes y después se lo entregó al hylar.
—Mira tú —dijo—, a ver si es alguien que conoces.
El hylar escudriñó por el artilugio y después sacudió la cabeza.
—A tanta distancia no distingo ningún rasgo. ¿Por qué pensabas que quizá lo conocía?
—No lo sé. —El theiwar se encogió de hombros—. Tiene algo que me recuerda a los hylars.
—Cuando has visto a un hylar, los has visto a todos, —dijo el daewar con una risita—. Claro que lo mismo es válido para los theiwars. Los de vuestro clan tenéis los brazos tan largos como las piernas.
—Puedes meterte tus opiniones donde te quepan, fundidor de oro —gruñó el theiwar cordialmente.
Tras echar otro vistazo, el centinela hylar pasó el tubo a los otros y, recogiendo el vibral, se colgó del hombro la correa de cuero.
—Ya hemos visto lo bastante para dar aviso a la puerta, —dijo mientras cogía los mazos.
Uno de los enmascarados daergars se volvió hacia él.
—¿Qué vas a decir que viene hacia aquí, una caravana o un ejército?
—Esa muchedumbre podría ser cualquiera de las dos cosas —opinó otro de los centinelas que estaba mirando por el tubo—. O tal vez un poco de ambas. ¡Por Reorx! ¡Fijaos en esas armaduras!
Haciendo caso omiso de sus compañeros, el hylar se adelantó al borde de la cornisa, alzó los mazos, y empezó a golpear profundo, atronador, que era el complejo lenguaje de los tambores que sus antepasados habían traído a estas montañas siglos atrás. La montaña retumbó con la voz del instrumento, y, al cabo de un minuto, otro tambor, desde la otra cara del Fin del Cielo, recogió el toque y lo transmitió. Instantes después, otro tambor se unió al canto, desde más lejos, y a continuación otro, creando un creciente coro rítmico, una cadena de atronadores sones perdiéndose en la distancia y transmitiendo el mensaje hacia la Puerta Norte de Thorbardin. Pasaron varios minutos mientras los tambores tocaban, y después el theiwar que seguía observando a los forasteros a través del tubo de lentes dijo:
—Esa gente se ha detenido. Deben de haber oído los tambores.
—¿Y qué hacen? —preguntó el daewar.
—No lo sé. Algo pasa en la unidad que va a la cabeza, pero no alcanzo a ver qué es.
El centinela hylar continuó con el redoble durante un tiempo, y después soltó el vibral y escuchó. Del sur llegó una breve respuesta, y el enano asintió con la cabeza.
—Mensaje recibido, —dijo—. La Puerta Norte está alerta.
Se dirigía hacia la abrigada cueva para guardar el vibral cuando el aire resonó de nuevo con un lejano redoble. Giró sobre sus talones bruscamente y escuchó. El sonido no llegaba del sur ni de Thorbardin, sino del oeste, y el mensaje hizo que se quedara boquiabierto.
—¡Son ellos! —gritó al tiempo que señalaba—. ¡Los forasteros! ¡Están… comunicándose con tambores!
Por un instante, los seis centinelas se miraron unos a otros sin salir de su asombro. Era increíble que unos extranjeros que venían del salvaje oeste tuvieran tambores que supieran cómo hacer hablar a los vibrales; incluso entre los clanes de Thorbardin, pocos enanos, aparte de los hylars, habían conseguido dominar ese lenguaje.
Los centinelas otearon a lo lejos, a través de los kilómetros, escuchando, y después el daewar se volvió hacia el hylar.
—Bueno, ¿qué es lo que dicen?
—Hablan de Thorbardin —respondió el hylar lentamente—. Mandan el saludo de Mazamarra al consejo de thanes. Dicen que Mazamarra viene a comerciar, y que acamparán debajo de la Puerta Norte. Invitan a los protectores del comercio a que salgan a inspeccionar sus mercancías. También dicen que Mazamarra quiere tener una reunión con el consejo de thanes.
—¿Quién es Mazamarra? —El daewar estaba desconcertado—. Nunca había oído ese nombre. ¿Y vosotros?
Ninguno de ellos lo conocía.
—Sea quien sea, no le falta arrogancia, —dijo el theiwar—. ¡Un forastero solicitando audiencia con el consejo de thanes!
—No lo solicita, —lo corrigió el hylar, que seguía escuchando los tambores, interpretando su mensaje—. No pide una reunión. La exige.
A lo largo de aquel día y del siguiente, los centinelas del Fin del Mundo, así como los centinelas del Buscador de Nubes, vigilaron mientras la muchedumbre de forasteros se aproximaba, avanzando al paso lento de las bestias de carga que iban con ellos. Casi al final del segundo día habían salvado las últimas elevaciones y tenían las vertientes septentrionales del Buscador de Nubes directamente frente a ellos. El campamento que levantaron junto a un gélido arroyuelo estaba a menos de cinco kilómetros de las empinadas laderas donde empezaba la gran montaña.
Para entonces, centenares de tubos de lentes estaban fijos en ellos, desde los puestos de los centinelas y desde la repisa amurallada que coronaba las grandes rampas que conducían a la Puerta Norte. El inmenso portal ovalado estaba abierto, con el inexpugnable obturador replegado en las sombras, detrás de su cubierta de acero, y una multitud de enanos cada vez más numerosa se agrupaba en la repisa, observando a los intrusos.
Los extraños tambores guardaban silencio ahora, y los forasteros se dedicaban a sus quehaceres, levantando el campamento para la noche, y parecía que hacían caso omiso, intencionadamente, de los que los observaban desde la cara de la montaña. Varias veces, los tambores habían salido de Thorbardin para pedir a los extranjeros que se identificaran, que dijeran de dónde venían y qué querían comerciar, preguntando quién era el tal Mazamarra que exigía entrevistarse con el consejo de thanes, pero no hubo ninguna respuesta. Era como si los forasteros hubieran dicho todo lo que tenían que decir y no estuvieran interesados en responder a preguntas.
Poco antes de anochecer, aparecieron en la repisa unos guardias hylars que se valieron de sus escudos para abrirse paso entre la multitud allí apiñada. Tras ellos, dos enanos salieron por el inmenso portal y se dirigieron a la muralla para mirar hacia abajo. Si había alguien de quien pudiera decirse que estaba al mando de Thorbardin en estos tiempos turbulentos, eran estos dos enanos. Ambos eran de mediana edad, y estaban endurecidos por la carga que llevaban. De todos los thanes, protectores, jefes, y líderes de grupos que iban y venían por el vasto reino subterráneo, había recaído en Dunbarth Cepo de Hierro y en Jeron Cuero Rojo la responsabilidad de mantener Thorbardin en funcionamiento a despecho de las candentes reyertas y las múltiples hostilidades internas.
Jeron Cuero Rojo, jefe del clan daewar y miembro más antiguo del consejo de thanes, era un enano fornido, de ojos relucientes. Las elaboradas incrustaciones de oro de su yelmo y su peto reflejaban el dorado de su largo cabello y espesa barba, y tanto la gema exquisitamente tallada que lucía en el yelmo, justo encima de sus espesas cejas, así como el profundo azul de su ondeante capa, reflejaban el color de sus ojos. Unas mejillas rubicundas y una nariz chata le daban el aspecto risueño de una constante y secreta sonrisa, y la llamativa suntuosidad de su atavío podría haberse tomado por jactanciosa vanidad. Como casi todos los daewars, a Jeron le gustaban los colores llamativos y las vestimentas ricas hasta el punto de dar la impresión, a los enanos de los otros clanes, de ser pomposo y algo ridículo, pero nada más lejos de la verdad. Jeron podía mostrarse jovial en ocasiones, y quizá pavonearse un poco de vez en cuando, pero quienes lo conocían, amigos y enemigos por igual, eran conscientes de que podía ser tan duro y rígido como las propias rocas de Thorbardin.
Su compañero, Dunbarth Cepo de Hierro, era el clásico jefe hylar de la cabeza a los pies, aunque había rechazado durante años ser el thane de su clan. A su modo de entender, ser cabecilla lo obligaría a tomar parte en las disputas que estallaban constantemente en Thorbardin, y él no tenía el menor interés en enfrentamientos y reyertas. De todas las tribus, sólo la hylar se las había ingeniado a lo largo de los años para eludir los continuos conflictos desatados bajo la montaña, aunque incluso Harl Lanzapesos, el último thane hylar, había tenido que soportar grandes presiones para conseguir mantenerse al margen cuando todos los demás estaban a matarse.
Harl era un personaje legendario entre los de su clan. Había mantenido y reforzado la Paz Hylar entre las tribus hasta que pereció en un misterioso desprendimiento cerca de la ciudad theiwar de Theibardin. Aunque nunca se había probado nada, se sospechaba que el derrumbamiento no había sido accidental, y un numeroso grupo de theiwars, dirigidos por el intrigante Than-Kar, había partido de Thorbardin poco después para no regresar jamás.
Harl Lanzapesos fue el último thane de los hylars porque Dunbarth Cepo de Hierro rehusó asumir el cargo, y su testarudo pueblo se negó a elegir a otro. Así pues, los hylar no tenían cabecilla en la actualidad, si bien Dunbarth representaba a su clan en el consejo de thanes, y con el paso del tiempo se había convertido en uno de sus miembros más influyentes en muchos aspectos.
Entre los dos, con el respaldo del resto del consejo o sin él, el daewar y el hylar habían actuado con sabiduría influyendo para conservar Thorbardin funcionando como un reino, y para impedir que los conflictos y rivalidades entre clanes, siempre a punto de estallar, desembocaran en una guerra civil total.
Sagaz y pensativo, el cabello y los ojos oscuros del hylar y su corta barba peinada hacia atrás le daban un aire circunspecto que era una impresión tan errónea como la aparente despreocupación jovial del daewar. Vestido con su habitual indumentaria de colores discretos —falda montañesa de cuero, botas de piel oscura, blusón pardo y capa gris, peto de armadura, escudo y yelmo casi desprovistos de ornamentación—, Dunbarth Cepo de Hierro podía parecer frío y distante, indiferente a los tumultos y disturbios del reino enano en el que tanta influencia ejercía. Los que lo conocían, sin embargo, sabían que no era así. La mayoría coincidía en que en todo Thorbardin no había nadie más dedicado al bienestar y la perpetuidad del reino subterráneo que Dunbarth Cepo de Hierro.
Ahora los dos líderes, el daewar y el hylar, dirigieron sus miradas al valle abierto al pie de la ladera, desconcertados y preocupados. Nunca habían oído hablar de un enano llamado Mazamarra, ni de un conglomerado tan numeroso de enanos como el que ahora se extendía a lo largo del pequeño arroyo.
Los centinelas les habían descrito al cabecilla, y según ellos parecía ser de origen hylar, pero nadie había reconocido ni su nombre ni a él. Y ahora, con la horda acampada a pocas horas de marcha hasta las rampas de la Puerta Norte, no se lo veía por ningún sitio. Ninguno de los cientos de vigías lo habían visto desde la noche anterior, cuando los forasteros se encontraban todavía a unos veinticinco kilómetros de distancia.
—¿Alguna idea? —preguntó Dunbarth, que hacía visera con una mano para resguardarse los ojos de los últimos rayos del sol poniente.
—Dicen que vienen a comerciar, —respondió Jeron—. Y esas carretas y bestias de carga parecen transportar mercancías. Creo que deberíamos… —Calló de repente, se giró un poco y luego se encogió de hombros—. Qué extraño, —musitó—. Me pareció que alguien me había rozado.
—¿Decías? —le recordó Dunbarth.
—Oh, sí —el daewar se volvió de nuevo hacia la muralla—. Creo que deberíamos enviar mercaderes a reunirse con ellos mañana. Si tienen mercancías con las que comerciar, ¿por qué no darles la bienvenida?
—Pero ¿y lo demás? ¿Esa exigencia de reunirse con el consejo?
—Oh, eso no lo haremos, desde luego, —dijo Jeron—. Y, por supuesto, no permitiremos que ninguno de ellos entre en Thorbardin. No hasta que sepamos mucho más de ellos, en cualquier caso.
—Entonces, después de que los mercaderes vayan a su encuentro mañana, cerraremos la puerta y así la dejaremos, —concluyó Dunbarth.
Dieron órdenes a los guardias que estaban cerca, y después regresaron por la Puerta Norte a través de la garita, con su gigantesco tornillo y sus mecanismos de cierre; luego pasaron por las viejas madrigueras de Talanquera, y continuaron por la pasarela que conectaba un extremo de Eco del Yunque con el otro. A su alrededor, unos ojos alertas vigilaban desde los agujeros de la muerte, pero eso no los preocupaba. Su escolta eran las fuerzas de elite de la guardia personal de Dunbarth. Al otro lado del Eco del Yunque, unos cuantos metros dentro del gran túnel que era la calzada septentrional que conducía a las ciudades centrales de Thorbardin, Dunbarth se paró de repente y se volvió. Unos doce metros más atrás, su compañía de guardias se detuvo, aprestando las armas.
Por un instante, el cabecilla hylar miró a su alrededor, pero luego echó a andar de nuevo, al lado de Jeron Cuero Rojo.
—¿Qué pasaba? —preguntó el daewar—. ¿Por qué te detuviste?
—No lo sé —respondió Dunbarth—. Durante un instante tuve la impresión de que nos seguían. Era como si alguien fuera caminando justo detrás de nosotros.