19

El humo de Klanath

A Sakar Kane no se lo encontró por ninguna parte.

Por la mañana, el palacio y su recinto amurallado estaban en poder de los enanos. El ataque había sido una completa sorpresa para los humanos de Klanath, y había cogido de improviso a los soldados, desprevenidos y sin su líder para dirigirlos. Para colmo, los enanos superaban casi diez a uno a las fuerzas del príncipe. En cuestión de horas, desde la primera escaramuza de los daergars, Derkin y sus tropas se encontraban dentro de la fortaleza y habían atrancado los portones. Muchos de los soldados habían muerto, y muchos más fueron desarmados y encerrados en las mazmorras de palacio. El resto del personal al servicio de Kane, —cuarenta o cincuenta mujeres, funcionarios, mayordomos, cocineros y porteros— fueron confinados en alojamientos seguros en lo alto de una de las torres.

Con la llegada del amanecer, Derkin ordenó realizar una inspección exhaustiva del recinto. Cientos de enanos recorrieron la fortaleza de cabo a rabo, registrando todas las habitaciones, salones, corredores y escaleras, pero su búsqueda resultó infructuosa. El hombre por quien Mazamarra había ido a Klanath no se encontraba allí.

Un escribiente humano, que fue llevado a presencia de Derkin por soldados enanos pringados de sangre, le dijo que cuando su alteza volvió de la expedición a Tharkas encontró un mensajero esperándolo para entregarle un rollo de pergamino sellado que le enviaba el hombre llamado Dreyus. Kane sólo había estado el tiempo suficiente para ascender al capitán de la guardia personal y ponerle al mando del tercer batallón. Después, el príncipe había salido otra vez a caballo, informó el escribiente.

Derkin se hallaba sentado en el trono de Kane, con los pies colgando a quince centímetros del suelo; la oscura capa y la armadura, cubierta con una capa de pintura parda, estaban salpicadas con sangre de humanos reseca. Escuchó en silencio al escribiente, y después clavó en el hombre aquella mirada fría y penetrante que tan a menudo resultaba perturbadora a la gente.

—¿Adónde fue? —lo interrogó.

—Lo ignoro, —repuso el escribiente, al que le temblaba la barbilla—. Que yo sepa, no comunicó sus planes a nadie de su personal.

—¡Tiene que habérselo dicho a alguien! —bramó Derkin.

El aspecto del escribiente era el de alguien a punto de desmayarse.

—Pue… puede que se lo contara al capitán… eh… al comandante Morden, —sugirió—. Su alteza lo dejó al mando, y supongo que tal vez le mencionara eh… adónde se dirigía.

—¿Morden? —Derkin frunció el ceño—. ¿Quién es Morden?

—El oficial que su alteza ascendió justo antes de partir —explicó el escribiente—. Era el capitán de la guardia personal y jefe de catapultas, pero ahora es comandante de las tropas de la ciudad y también del tercer batallón.

—¿Por qué?

—Una distinción concedida por su alteza como recompensa por… —El escribiente tembló visiblemente—. Por los servicios de Morden en… eh… la campaña de Tharkas contra los… los enanos. —Al no haber reacción por parte de Derkin a sus palabras, el hombre añadió, sin convicción:— Además, el tercer batallón estaba sin cabecilla desde la desaparición del comandante Gart.

—¿Gart? —repitió Derkin—. ¿El comandante Tulien Gart?

—Sí. De… desapareció, sin más. No regresó de Tharkas.

—Describe al comandante Morden, —pidió Derkin.

—Es… es un hombre delgado, no demasiado alto, pero sí muy fuerte. Y tiene una cicatriz grande en la cara. —Con un dedo tembloroso, el escribiente trazó una línea en su propio rostro que empezaba en el pómulo izquierdo y pasaba por encima de la boca hasta la parte derecha de la barbilla—. Así.

—El hombre que estaba a cargo de las catapultas, —masculló Derkin—. El que dirigía los tiros.

—He visto a un hombre así —intervino Garra Púa de Roble—, un oficial. Estaba en el recinto cuando atacamos.

—¿Ha muerto?

—O eso, o está en las mazmorras.

—Llevaos al escribiente, —ordenó Derkin, haciendo un gesto con la mano—, y después encontrad al tal Morden. Si no está muerto, traedlo ante mí.

Se levantó del trono de Sakar Kane y se dirigió a la ventana con verja que había a un lado del gran salón. Al otro lado de las rejas, la cellisca seguía cayendo, arrastrada por las ráfagas de viento bajo un cielo encapotado. Fuera del recinto, compañías y pelotones de enanos vestidos de oscuro se movían por todas partes.

—Quiero a Sakar Kane, —masculló Derkin sin dirigirse a nadie en particular—. Quiero enseñarle la ley de Kal-Thax.

Pasado un tiempo, una compañía de enanos entró al salón y se cuadró en un saludo.

—Mi señor, aquí no está el tal Morden, —informó el capitán—. Algunos de nosotros, que lo habíamos visto antes, lo hemos buscado, pero no está entre los muertos y tampoco se encuentra en las mazmorras.

—¿Y todos los combatientes que han sobrevivido están en los calabozos?

—Todos ellos, —respondió el oficial—. Preguntamos en cada una de las unidades que fueron asignadas en el perímetro anoche, así como a los daergars de Vin, que estuvieron apostados en el exterior. Desde el momento en que atacamos este lugar anoche, nadie ha salido de él.

Al otro lado de las puertas del salón se alzaron voces, y un joven soldado enano se asomó.

—Hay un hombre en las puertas del recinto, Mazamarra, —anunció—. Está herido, pero ha llegado caminando sin ayuda y solicita verte.

—¿Qué hombre? —bramó Derkin.

—Un soldado, señor. Dice que se llama Gart.

—Hazlo pasar, —ordenó el enano.

El hombre que entró en la sala, rodeado por ceñudos enanos, llevaba sólo parte de la armadura y no portaba ningún arma. Unos vendajes de tela y yeso le cubrían el torso. Estaba pálido, y parecía muy debilitado, pero Derkin lo reconoció. Era Tulien Gart.

Sin preámbulo alguno, Gart saludó al líder enano y declaró:

—Me rindo a ti, Mazamarra. Haz conmigo lo que gustes, pero antes te pido una gracia.

—Lo primero es lo primero, —dijo Derkin—. ¿Sabes dónde está Sakar Kane?

—¿Es que no está aquí?

—Su escribiente dice que se marchó nada más volver de la incursión con la que incumplió su promesa… La promesa que me transmitiste tú.

—Incumplió su promesa, —musitó Gart, que después alzó la voz para añadir—: Sí, fue una traición, una acción deshonrosa. Si hubiese sabido lo que planeaba hacer, habría dimitido de mi cargo antes que tomar parte en ello.

—Así que cuando te enteraste ¿te limitaste a desaparecer?

—Es lo que pudo parecer que ocurrió, pero he estado en una casa de la ciudad, un lugar donde me curaron las heridas de puñal que tenía en la espalda… por un precio. Las heridas fueron causadas por un asesino a este lado del paso de Tharkas. El hombre me creyó muerto y me dejó tirado allí. Me arrastré hasta donde podía encontrar ayuda.

—¿Y quién era el que intentó asesinarte?

—Otro oficial, —repuso Gart—. El capitán de la guardia personal de su alteza.

—¿Morden? —preguntó Derkin.

—Ah, entonces ¿lo conoces? ¿Sigue vivo?

—Todavía no lo hemos encontrado.

—La gracia que te pido es la oportunidad de ajustar cuentas con él.

—Ahora mismo, tu aspecto no es el de alguien en condiciones de ajustar cuentas con nadie, —comentó Derkin—. Apenas puedes sostenerte de pie.

—Puedo encargarme de Morden, —le aseguró Gart—. Es un cobarde, y sería necesario algo más que mi debilidad por la pérdida de sangre para que pudiera derrotarme.

Derkin se volvió de nuevo al grupo de búsqueda.

—¿Habéis mirado por todas partes? —preguntó.

—Por todos los sitios donde podría estar un soldado.

—Pero no donde podría estar un cobarde, —masculló Derkin, que se volvió hacia Garra Púa de Roble. Caminó por el salón acompañado por su oficial mientras le impartía algunas órdenes en voz baja. Mientras Garra transmitía las instrucciones de su líder a otros cuantos enanos, Derkin volvió hacia el trono y apartó las faldillas. De debajo del trono extrajo una piedra grande y la arrastró hasta ponerla detrás del mueble. Las anchas orejeras del ostentoso sillón del trono de Sakar Kane ocultaban la piedra.

—Puedes descansar aquí tranquilamente, —le indicó a Tulien Gart—. Sólo ten cuidado de no dejarte ver.

Pasó media hora antes de que la puerta de una de las torres se abriera dando paso a enanos armados que escoltaban a varias docenas de humanos mujeres, escribientes, mayordomos y sirvientes. Al verlos entrar, Derkin se sentó en el trono.

—Traed a los civiles aquí —ordenó.

Los enanos condujeron a los humanos hacia adelante, y los ojos de Mazamarra pasaron de uno a otro hasta detenerse en el escribiente al que había preguntado antes.

—Vosotros no me hacéis falta, —dijo—. Sois civiles, y ninguno sabe combatir. En consecuencia, sois libres de abandonar este lugar. Os escoltarán hasta la puerta exterior y allí os soltarán. Lo único que os pido es vuestra promesa de que partiréis de Klanath y jamás volveréis, y que nunca alzaréis las armas contra un enano. ¿Lo prometéis?

El escribiente asintió con entusiasmo.

—Desde luego que lo prometo, —le aseguró—, por la memoria de mi padre. ¿Puedo irme ahora?

—Quiero que la misma promesa me sea hecha por cada uno de vosotros, —les dijo Mazamarra—. Poneos en fila y pasad ante mí, de uno en uno.

De mala gana, los humanos formaron en fila y caminaron hacia el trono. Un mayordomo que había al principio de la fila se arrodilló al llegar ante el solio e inclinó la cabeza.

—Lo prometo, —dijo.

—Ponte en pie, —gruñó Mazamarra—. No soy ningún príncipe humano déspota.

El mayordomo se puso de pie y repitió la promesa. Derkin lo despidió con un ademán. La siguiente era una mujer que, como todas las demás, se cubría con un velo.

—Lo pro… —empezó.

—Quítate el velo, —la interrumpió Mazamarra.

—S… sí, vuestra… eh… vuestra… —Soltó el broche del velo y dejó el rostro a la vista.

—No te preocupes por los títulos, —le dijo Derkin—. Limítate a hacer la promesa.

—Lo prometo, —musitó ella.

Derkin la despidió.

—Nada de velos, —dijo en voz alta para que todos lo oyeran—. Quiero veros las caras cuando hagáis la promesa.

El siguiente, un humano vestido con librea de caballerizo. Una de las mujeres que estaba a mitad de la cola se recogió las faldas de repente y echó a correr hacia la puerta abierta que daba al patio. Pero Garra había estado esperando que ocurriera algo así; se arrojó sobre ella y, atrapándola por las rodillas, la hizo caer de bruces al suelo. Después, con eficiente indiferencia, le retorció los brazos a la espalda y se sentó encima de ella.

—El siguiente, —indicó Mazamarra, como si nada hubiera pasado.

Uno por uno, los restantes humanos hicieron su promesa y fueron despedidos. Cuando el último hubo acabado, Mazamarra se puso de pie y plantó los puños en las caderas.

—Todos vosotros me habéis dado vuestra palabra, —manifestó—. Sugiero que seáis más honrados en ese sentido que lord Sakar Kane. Asimismo, mientras crucéis la ciudad, decid a la gente que empaquete lo que pueda llevarse consigo y se marche de aquí. Y, ahora, salid.

Escoltados por enanos armados, los humanos salieron en fila del salón hacia la puerta principal. Sólo cuando se hubieran ido todos y la puerta estuvo cerrada, Mazamarra hizo una seña a Garra, que se levantó de espalda de la despatarrada y forcejeante mujer, y se apartó unos pasos.

—Ponte de pie, —le ordenó Derkin—. Y deja de gruñir que no has sufrido daño alguno.

Cuando la mujer se incorporó, varios enanos la condujeron al pie del estado y le quitaron el velo de un tirón.

—Vaya, vaya, —dijo Mazamarra quedamente—. Pero si no es una mujer. Si no me equivoco, creo que te llamas Morden.

La oscura cicatriz que cruzaba el rostro del hombre pareció resaltar aún más cuando su semblante se demudó.

—Déjame marchar, —jadeó—. Deja que… me vaya con los demás. No os molestaré, lo prometo. No me volveréis a ver.

Mazamarra hizo caso omiso de su súplica.

—Tú mandabas las catapultas en el paso de Tharkas, —dijo—. Tú ordenaste disparar las piedras que mataron a mi gente.

—¡Por favor! —Morden cayó de rodilla—. Por favor, sólo cumplía las órdenes de mi príncipe. Me dijo que subiera la línea de tiro. ¡Me lo ordenó!

—He traído a Klanath una de esas piedras que lanzasteis —prosiguió Mazamarra—. La traigo expresamente para ti, para dejártela caer encima desde un sitio alto.

—¡Por favor! —sollozó Morden—. Por favor, yo no…

—Pero, antes de eso, quiero que me contestes una pregunta. ¿Dónde está Sakar Kane? ¿Adónde se ha ido?

—S… su alteza sólo me dijo que Dreyus lo había mandado llamar. Tenía que… —Morden enmudeció; estaba boquiabierto y miraba con sus ojos desencajados detrás del enano.

—Te dije que era un cobarde, —manifestó Tulien Gart, que estaba plantado junto al trono.

—¡Estás muerto! —chilló Morden. De repente, se puso de pie, dio media vuelta, y arrebató la jabalina de la mano de un enano que estaba cerca. Con un penetrante grito, levantó el arma y la apuntó hacia el trono. Entonces trastabilló y se tambaleó como un borracho mientras una docena de espadas enanas arremetían contra él desde todos los lados. Las armas siguieron descargándose cuando cayó al suelo.

—Me pregunto si eso lo dijo por ti o por mí —comentó Tulien Gart, que contemplaba fijamente al asesino muerto.

—Eso no importa ya, —gruñó Mazamarra—. Sólo siento que no permanecieras oculto hasta que hubiera respondido a mi pregunta.

—Lo lamento, —dijo el soldado—. Sin embargo, si lord Kane fue llamado por Dreyus entonces probablemente esté en Daltigoth, ya que Dreyus representa al emperador. —Examinó con ojos curiosos al fiero enano que seguía plantado de pie ante el trono—. ¿De verdad trajiste una de las piedras de las catapultas para tirársela encima?

—Has estado sentado en ella, —respondió Mazamarra.

En los días que siguieron a la toma de Klanath, varios escuadrones de enanos se desplegaron en abanico desde el recinto de la fortaleza. Calle por calle y casa por casa, registraron toda la ciudad. La mayoría de la gente había huido, pero dondequiera que los enanos encontraban algún humano lo hacían salir, a veces con cortesía, y a veces no, pero siempre con firmeza. Detrás de los que desalojaban las casas llegaban grupos incendiarios con lámparas de aceite y antorchas. A todo lo que podía arder, le prendían fuego, y los edificios de piedra, los demolieron. Durante varios días, un espeso humo se alzó sobre Klanath oscureciendo aún más los amenazadores nubarrones que cubrían la ciudad. A lo largo de varias noches, las llamas se extendieron paulatinamente hacia los suburbios, hasta que no quedó nada que quemar.

Cuando se apagaron los fuegos, Derkin ordenó que sacaran a los prisioneros humanos de las mazmorras y que los condujeran fuera del recinto de la fortaleza. Desarmados y acobardados, sin cobijo, sin empleo y sin un propósito, los hombres se marcharían lejos, la mayoría de ellos para no volver nunca. Algunos, tal vez muchos, puede que incluso se unieran a los enemigos del emperador en las llanuras centrales, en una guerra que quizá hubiera acabado con el general Giarno, pero que parecía destinada a seguir indefinidamente.

Cuando el área suavemente inclinada que rodeaba la fortaleza de lord Kane no fue más que un terreno baldío de cenizas y escombros, Mazamarra reunió a sus tenientes e impartió órdenes.

—Hay que enterrar toda esa porquería, —dijo—. Quiero que se are el suelo antes de que se hiele para que las cenizas y los cascotes se remuevan y queden cubiertos. Después, cuando eso esté hecho, nos ocuparemos de las minas de Klanath.

—¿Quieres que trabajemos esas minas? —protestó Vin la Sombra—. Todavía tengo un recuerdo muy claro de mis días de esclavo allí.

—No las trabajaremos, —repuso Mazamarra—. Vamos a cegarlas, a cubrirlas y a hundirlas. Este sitio está demasiado cerca de Kal-Thax para permitir que los humanos tengan minas en explotación.

—Eso nos llevará todo el invierno, —apuntó Garra Púa de Roble—. Sin embargo, puede ser entretenido. —Se volvió y miró en derredor la suntuosa fortaleza que Sakar Kane se había hecho construir—. ¿Y qué pasa con este palacio? —preguntó—. ¿Y esas nuevas fortificaciones que los humanos estaban construyendo? ¿Vamos a dejarlos en pie?

—No quedará nada en pie, —decidió Derkin—. Cuando nos marchemos, será como si Klanath no hubiera existido, como si Sakar Kane jamás hubiese estado aquí, como si no hubiera habido ningún humano.

—¡Eso sí que será divertido! —exclamó Garra.

—Y nos mantendrá ocupados a todos un tiempo, —masculló Vin la Sombra. Entonces, tras la máscara de hierro, sus grandes ojos se estrecharon con una oculta sonrisa—. Mazamarra tiene razón, pensó. Cuando estamos mejor es cuando tenemos trabajo que hacer… y lo hacemos porque queremos.

—Me gustaría ver la cara de Sakar Kane si es que el príncipe de Klanath regresa alguna vez aquí y se encuentra con que ya no es príncipe de nada. —Garra soltó una risita queda. Luego, recobrando la seriedad, preguntó a Derkin—. ¿Crees que lord Kane volverá?

—No lo sé. —Derkin se encogió de hombros—. Si no regresa, quizá algún día vaya a buscarlo, dondequiera que esté. —Cruzó el patio de la fortaleza, seguido por los demás. Desde la muralla, contempló las calcinadas ruinas y la pendiente donde empezaba el paso de Tharkas—. Dejaremos una cosa en pie aquí —dijo—. Una única piedra, un monumento, justo donde la ciudad termina. A seis kilómetros de ese punto, empieza Kal-Thax. Eso será lo que cincelaremos en la piedra, así como la cuarta ley: Si se nos hace algún mal, tomaremos represalias. Siempre nos vengaremos.

—Se me ha ocurrido un nuevo nombre para nuestro Derkin, —le dijo Vin a Garra—. Imparte la ley, nuestra ley, a nuestros enemigos de la única manera que la entenderán. Seguí a Derkin Semilla de Invierno, y he seguido a Derkin Mazamarra. Ahora seguiré a Derkin Legislador, y lo haré con orgullo.