24

Un lugar para dos naciones

Lo que a los Elegidos les había costado un invierno de trabajo reunir, toda la madera utilizable y piedra de construcción de la ahora desaparecida ciudad humana de Klanath, requeriría años para volver a cortarlo, taladrarlo y reutilizarlo. Cuando ordenó desmantelar Klanath, Derkin no pensó qué hacer con los materiales de construcción que ahora llenaban la mitad del paso de Tharkas. Sus preocupaciones más inmediatas habían sido asegurarse de que la ciudad humana no fuera reconstruida, y dar a su gente un par de razones para entretenerse trabajando. Para sus adentros, había esperado que lord Kane apareciera si esperaban algún tiempo en las estribaciones de Tharkas, pero Kane había desaparecido. Nadie, ni siquiera los elfos que exploraban zonas distantes, parecía saber qué había sido de él.

Cuando la nueva estación verdeció los pastos al sur de Tharkas, Derkin envió un grupo de enanos hacia el norte una última vez para completar la limpieza allí, pero descubrieron que no quedaba nada que hacer. Lo que los enanos habían empezado, los elfos, que ahora reclamaban la tierra al otro lado del paso como suya, lo habían terminado. Salvo por el monumento de cuarzo negro con la ley de los enanos, no había el menor rastro de que hubiese habido un asentamiento de ninguna clase allí. Los últimos vestigios del antiguo palacio habían desaparecido, todo indicio de las minas estaba borrado, toda señal de la gran batalla disputada había sido suprimida, y las pedregosas planicies estaban cubiertas de hierba y trébol.

Cuando regresaron para informar, los enanos dijeron que el bosque parecía estar más cerca ahora, como si estuviera avanzando hacia las montañas para ocultar las estribaciones yermas bajo un denso follaje. Sólo una fronda encantada podía reconquistar un terreno tan rápidamente, dijeron a sus compañeros. Informaron haber visto un pequeño grupo de elfos, quienes los saludaron con la mano desde la distancia. Y que entre ellos jurarían haber visto un unicornio, justo al borde del bosque en expansión.

Pero los elfos no habían tocado el monolito de la ley de Derkin, que seguía erguido en el mismo sitio, con su severa advertencia: …Siempre nos vengaremos.

Derkin tenía intención de llevar a su pueblo de vuelta a Fragua de Piedra, su asentamiento neidar en constante crecimiento, que bullía de actividad, en las montañas occidentales, cerca de la Falla; pero, a medida que las semanas daban paso a los meses, retrasó la partida. Los enanos estaban muy atareados aquí, construyendo y transportando, trepando y levantando, añadiendo grada tras grada al muro que habían construido en el paso. Y, a medida que el trabajo progresaba, el muro se convirtió en dos murallas, con compartimientos y cámaras en su interior; y después, en tres.

—Dale a un enano un trabajo que le guste, y estará ocupado en él hasta que le quede aire en los pulmones y su corazón siga latiendo —le dijo Derkin a Helta un día—. Es el carácter de nuestra raza.

—Se marcharán cuando tú decidas hacerlo, —contestó Helta—. Si les dices que regresamos a Fragua de Piedra, irán. Es tu pueblo, Derkin Legislador.

—Pero no quieren regresar, —comentó él—. La mayoría preferiría quedarse aquí y construir murallas que volver a Fragua de Piedra. Lo sabes tan bien como yo.

—Pero si tú quieres… —empezó ella.

—Fragua de Piedra está terminada, —la interrumpió Derkin—. Tiene sus campos de cultivo, sus forjas y sus tiendas, sus rebaños. Es un asentamiento neidar, igual a cualquier otro poblado neidar, salvo que es más grande. La gente que dejamos allí es neidar en su mayoría, y está satisfecha con Fragua de Piedra. Pero estos, mis Elegidos, son diferentes, Helta. Casi todos ellos han sido esclavos, y todos han sido guerreros. Ahora han encontrado algo que hacer y que disfrutan haciendo, y esa satisfacción puede durarles a lo largo de muchas generaciones.

—¿Construir murallas? —preguntó la joven, frunciendo el entrecejo.

—Algo más que murallas, —la corrigió—. Si continúan, esos muros se convertirán en los cimientos de una gran fortaleza, tan orgullosa e importante como cualquiera de este mundo. Y puede que llegue a ser algo más. Si no lo interrumpen, este pueblo nuestro podría establecer un nuevo estilo de vida para los enanos.

—La ciudad fortaleza que el elfo llamó Pax Tharkas, —dijo Helta.

—Pax Tharkas, sí —confirmó, asintiendo con la cabeza—. Ahora mismo, sólo hay enanos trabajando aquí. Lo que es mejor, porque lo que los elfos saben sobre albañilería y encajar junturas podría resumirse con tres runas, y dos de ellas se habrían utilizado para poner énfasis. Pero más adelante, cuando nuestra gente haya hecho los puntales de este lugar, sólidos y fuertes, los elfos vendrán. Entonces tendremos que establecer un tratado entre nosotros, por supuesto. Habrá que llegar a un millar de compromisos, y pactar acuerdos. Cuando se haya hecho esto, el tratado de Pax Tharkas tendrá que significar que las espadas se envainarán de una vez por todas entre ambas razas. No será fácil, y en verdad me cuesta imaginar a enanos y elfos compartiendo una misma ciudad, pero la mayoría de nuestra gente cree en el fondo de su corazón que es algo que puede hacerse. De algún modo, yo también lo creo.

Mientras lo decía, Derkin parecía tan seguro, tan convencido, que Helta casi pudo compartir su visión. Sin embargo, había algo que la incomodaba. A despecho del aparente entusiasmo de Derkin en ampliar su muro fronterizo en una gran plaza fuerte, Helta tenía la sensación de que el corazón del enano estaba en otra parte.

No le había pasado inadvertido que, a menudo, era Garra Púa de Roble quien presidía las sesiones de planificación para las nuevas partes de la construcción. La idea de Pax Tharkas, a la que Derkin se había adherido de forma tan manifiesta, había enraizado firmemente en el corazón del antiguo neidar. Para Garra, la gran empresa se había convertido en una obsesión, una obra de verdadero amor.

A medida que los meses pasaban y el gran cañón de Tharkas resonaba con el agradable estruendo de millares de enanos construyendo alegremente los primeros cimientos sólidos de una gran plaza fuerte, piedra por piedra. Derkin y Garra se encontraban en todas partes entre los trabajadores. Conferenciaban con los canteros, trazaban planos y discutían sobre ellos con los albañiles, sugerían la base de una torre aquí y exigían un apuntalamiento de refuerzo allí.

En el concepto de construir una ciudadela, Garra Púa de Roble había descubierto su verdadero talento. Derkin, por otro lado, tenía un talento diferente: la habilidad de dirigir. No obstante, la gente que había dirigido había elegido ahora su propio camino, y este no era el que él habría elegido para sí mismo.

Muchas veces, Helta se encontró deseando que Derkin delegara todo el proyecto en manos de Garra y dejara de preocuparse por ello. Pero la primavera dio paso al verano, y éste dio paso al otoño, y Derkin seguía aplazando la partida de Tharkas.

Casi todos los enanos de Thorbardin todavía estaban con ellos. Con la típica franqueza hylar, Calom Vand le había dicho a Derkin que no volvería al reino subterráneo hasta que aceptara regresar con él.

—Thorbardin necesita tu destreza, —le confesó—. Prometí a mi padre y a Jeron Cuero Rojo que te encontraría y te llevaría de vuelta allí, y es lo que me propongo hacer. Si no vas ahora, me quedaré hasta que te decidas.

Puestas en claro las cosas, Calom Vand no volvió a hablar del asunto. Con la típica dignidad hylar, se limitó a esperar. Entre tanto, él y casi todos los hylars que lo habían acompañado habían encontrado algo que hacer. El hermoso lago situado detrás del campamento de Tharkas, que antaño abastecía a un gran asentamiento minero enano pero que se había dejado deteriorar durante la ocupación de los humanos, era un reto para la mentalidad de los eficientes hylars. Se habían puesto como meta limpiar y rehabilitar sus canales, y construir plataformas de bombeo.

—Los glaciares de Thorbardin podrían equipar esas bombas con lentes para hacer vapor, —le dijo Calom a Derkin—. Y nuestras fundiciones podrían producir ruedas movidas por vapor que bombearan el agua a tu nueva ciudadela de Pax Tharkas.

—No es mi ciudadela, —fue la única respuesta de Derkin—. Es suya… de los Elegidos.

A diferencia del reservado y paciente hylar, Oropel Cuero Rojo y otro centenar de daewars de barbas doradas se habían involucrado alegremente en la construcción de murallas y cimientos, y en el sueño de una gran ciudadela que algún día se levantaría hasta las mismas cumbres del paso de Tharkas para ser utilizada por dos naciones.

—¡Imagina las posibilidades para comerciar! —exclamó Oropel, entusiasmado, una tarde otoñal tras un festín de jabalí asado, pan moreno y cerveza. Con sus azules ojos encendidos por el amor al comercio propio de los daewars, Oropel paseaba de un lado para otro, con las manos enlazadas a la espalda en ocasiones, y a veces agitándolas alegremente sobre la cabeza—. ¡Productos elfos aquí, a las mismas puertas de Thorbardin! Vinos y especias, telas y sedas… ¡Se podrá ganar fortunas! ¡Proporcionaremos acero y cristal a los elfos, y almacenaremos mercancías elfas en Thorbardin para comerciar con el resto del mundo!

—¿Y cómo vais a comerciar a través de unas puertas cerradas? —le preguntó Derkin, malhumorado.

—Pues del modo que dijiste tú. —Oropel sonrió—. Construiremos ciudades comerciales en todas nuestras fronteras. Sitios abiertos a cualquiera que tenga algo para comerciar.

—¿Dije yo eso? —Derkin tenía fruncido el ceño.

—Dijiste que construirías un sitio llamado Trueque, —le recordó Oropel—. Sólo me limito a ampliar la idea.

—Ésa idea es para Kal-Thax —replicó Derkin bruscamente—, no para Thorbardin.

—Kal-Thax es Thorbardin —contestó Oropel.

—No, mientras esas puertas estén cerradas, —adujo Derkin—. Es lo que le dije a vuestro consejo de thanes.

Durante el intercambio, Calom Vand había permanecido callado, a un lado, limitándose a escuchar, pero ahora intervino:

—Si regresas a Thorbardin, Derkin, quizá tú puedas hacer que se abran.

Derkin lo miró con una expresión cínica en los ojos.

—¿Por una votación de tres a dos?

—Por decreto, —repuso Calom—, si fueras rey.

—No hay reyes en…

—Tal vez sea el momento de cambiar eso, —lo interrumpió Oropel—. El Pacto de los Thanes es sólo un documento, después de todo. Puede rectificarse.

Helta Bosque Gris dejó la bandeja que llevaba y, aproximándose a Derkin, le alborotó el pelo con los dedos.

—Es lo que he estado intentando hacer entender a este zoquete testarudo desde hace años, —le dijo la enana al daewar.

Derkin gruñó, sacudió la cabeza, se puso de pie, y se alejó en medio de la creciente oscuridad. Cuando Taladro Tolec y los Diez se levantaron para ir tras él, Helta los detuvo con un ademán.

—Dejadlo solo esta vez, —dijo—. Necesita pensar.

Más tarde, aquella noche, Derkin se encontraba a solas en lo alto de una escarpada cumbre contemplando el cielo estrellado en el que las nubes otoñales cabalgaban a lomos del viento y formaban figuras cambiantes a la luz de las dos lunas.

—Quiero ir a casa, —musitó para sí—. Helta lo sabe, y Taladro lo sabe también. Quizá lo sepan todos. Pero, si me llevo a mi pueblo de aquí, perderán uno de sus mayores sueños. La mayoría son ahora neidars, no holgars. Es como dijo Taladro: este pueblo se ha convertido en una nueva raza de enanos. Quizá Pax Tharkas sea su destino, pero ¿es el mío? —Inquieto y confundido, Derkin Legislador levantó las manos al cielo—. ¡Dioses! —exclamó—. Reorx… y cualquiera de los demás que os interese… ¡dadme una señal!

Las nubes giraron lentamente en las altas corrientes de aire, cambiando de forma una y otra vez. Entonces, durante un momento, un fragmento de nube se apartó del resto y se quedó solo. Y, justo durante un momento, mientras el viento lo moldeaba, pareció tomar la forma de una cuña, o de la punta de una flecha, que señalaba hacia el sur. Derkin bajó los brazos y suspiró.

—Tal vez sea una señal, —se dijo.

En la distancia, la moteada luz de las lunas se deslizó sobre la maciza construcción que ahora llenaba el tercio inferior del paso de Tharkas. Donde había estado el Muro de Derkin, una muralla de piedra de seis metros de altura que había defendido un paso de montaña, ahora se alzaban los inicios de una ciudadela; una ciudadela que algún día sería el puente que uniría dos mundos diferentes: el antiguo reino enano y la nueva nación de los elfos occidentales.

Por encima del paso, las nubes se movieron con el viento, y, por un instante, pareció que había una cara, el ancho y barbudo rostro de un enano; sus rasgos se dibujaron y desdibujaron al tiempo que la brisa en el paso susurraba nombres largo tiempo olvidados, una letanía de generaciones de líderes hylars: Colin Diente de Piedra… Willen Mazo de Hierro… Damon el Anunciado… Cort Fuego Fundidor… Fascinado, Derkin permaneció con la vista fija en el cielo mientras la brisa le susurraba nombres, los nombres de sus antepasados. Y, con cada nombre, el rostro de la nube se transformaba en otro distinto. Harl Lanzapesos musitó la brisa, y el semblante que Derkin vio fue el de su propio padre. Y ahora la brisa cambió y el susurro fue una voz como la de su padre. Thorbardin, musitó la voz. Thorbardin nunca ha tenido rey… pero debe ser gobernada. Ese es tu destino, hijo mío.

La brisa se desvaneció, y las nubes en lo alto volvieron a ser sólo nubes, pero en la mente de Derkin permaneció el eco de un susurro. Ahora sabía cuál debía ser su camino, y lo inundó una extraña sensación de paz.

—Mi destino, —murmuró.

Sólo quedaba un pesar en su corazón. No había cumplido su promesa, la que se había hecho a sí mismo y a su pueblo: dar a Sakar Kane el castigo que merecía. El humano había desaparecido.

—Si lo supiera, —dijo Derkin en voz alta—. Si estuviera seguro de que ha muerto.

Como respondiendo a su deseo, sonó una voz. Derkin sabía que estaba solo, que no había nadie más en quinientos metros a la redonda, pero la voz sonó clara, como si estuviera a su lado. Era una voz queda, musical; la voz de Despaxas. Y sólo pronunció una palabra:

Chapak.

Al instante, Derkin se encontró metido en un lugar oscuro, maloliente; un lugar donde el moho tapizaba viejas paredes de piedra, y la humedad brillaba con la mortecina luz de una única vela. En una de las paredes colgaba el esqueleto de un hombre, un hombre que llevaba muerto mucho tiempo, y Derkin supo exactamente dónde estaba y lo que estaba viendo. Con absoluta certeza, comprendió que estaba contemplando una celda profunda en las mazmorras que había debajo del palacio del emperador humano de Daltigoth. Y supo que el esqueleto encadenado que colgaba en la pared era de lord Sakar Kane, el príncipe de Klanath.

La vela que iluminaba la escena la sostenía un hombre que parecía ser dos personas. Cada vez que la llama titilaba, la apariencia del hombre cambiaba. En cierto momento parecía un humano bajo, corpulento, con la barba trenzada y vestido con ropas elegantes; un instante después, parecía un hombre alto, fuerte, vestido con una túnica oscura y calzado con botas polvorientas.

Derkin conocía uno de los rostros. Era el del hombre que llamaban Dreyus. Y también reconoció el otro, aunque nunca lo había visto. El humano de la barba trenzada era Quivalin Soth V, emperador de Daltigoth y de Ergoth.

De nuevo la vela titiló, y Derkin se volvió a encontrar donde estaba antes, de pie en una escarpada cima de un paso de montaña, quinientos metros al sur del lugar que sería Pax Tharkas. A su lado no había nadie, pero la voz musical de Despaxas susurró:

—Este es el regalo que mi madre quiso hacerte, Derkin: que supieras que no habías fracasado.

Con los ojos desorbitados por la sorpresa, Derkin Legislador giró sobre sus talones, y después sacudió la cabeza.

—Magia, —masculló—. Un hechizo latente.

Con una última mirada al cielo, que volvía a ser sólo un cielo otoñal, Derkin Legislador giró sobre sus talones y regresó a su alojamiento. En el camino se detuvo junto a la hoguera de Calom Vand, y después en otros puntos del campamento. Para cuando llegó ante su puerta y la abrió, lo seguía una multitud.

Helta y los Diez lo estaban esperando, alertas y preocupados, como sabía que los encontraría. Eran contadas las ocasiones en que cualquiera de ellos lo perdía de vista. Mientras más y más enanos iban entrando, Derkin se plantó delante de ellos, con los brazos en jarras; el resplandor de la lumbre se reflejaba en la pulida superficie de su armadura.

Fue mirando uno por uno a los que se habían reunido en torno a su hogar, y después sus ojos se detuvieron en Helta.

—¿Todavía piensas que puedes vivir conmigo en cualquier parte? —le preguntó.

—En donde sea, —aseveró ella.

—Entonces, vive conmigo en Thorbardin —dijo. Su mirada se volvió hacia Taladro Tolec—. ¿Todavía sueñas con ser un holgar?

Taladro enarcó una ceja. La irónica expresión, combinada con sus anchos hombros y largos brazos, lo hizo parecer más theiwar que los que no eran mestizos.

—Como siempre, —respondió—. Quizá tanto como tú.

—¿Podrías ser el thane de un clan?

Taladro parpadeó, sorprendido por la pregunta.

—Existe la leyenda en mi familia de que uno de mis antepasados fue jefe del clan hace mucho tiempo. Se llamaba Talud Tolec, y dicen que dirigió a los theiwars en los tiempos gloriosos de Thorbardin.

Derkin asintió con la cabeza y se volvió.

—¿Y tú, Garra Púa de Roble? ¿Podrías ser líder de un pueblo?

—No tengo clan. —Garra se encogió de hombros—. Los míos siempre han sido einars o neidars. ¿A qué pueblo iba a dirigir?

—A los Elegidos, —repuso Derkin—. Ellos son tu clan. Si te nombro su jefe mañana, ¿jurarás dirigirlos bien?

Garra miró a Legislador de hito en hito durante un minuto, sin dar crédito a sus oídos.

—Pondría todo mi empeño en hacerlo lo mejor posible, —respondió por último.

La primavera llegaría antes de que Derkin pudiera emprender viaje hacia el sur, a Thorbardin. Había que mantener conferencias y hacer planes. Había que enviar mensajes y hacer y tomar juramentos.

Algunos de los Elegidos preferirían partir con Derkin, y otros, como Taladro Tolec, que reemplazaría a Bandeo Basto como thane del clan theiwar de Thorbardin, necesitarían tiempo para adaptarse a lo que Derkin tenía pensado para ellos.

Hubo mucho que hacer y que decidir antes de que Derkin Semilla de Invierno, Mazamarra, Derkin Legislador, pudiera regresar a Thorbardin para buscar su destino.