20
El invierno de la demolición
Para cuando las grandes nevadas empezaron en las estribaciones al norte de Tharkas, casi no quedaba rastro de la extensa ciudad que había habido en otros tiempos. Todas las piedras y maderos utilizables se habían llevado lejos, y las cenizas y escombros restantes fueron enterrados en el suelo removido. En primavera, la hierba nueva y los plantones brotarían allí. Dentro de unas cuantas estaciones, no quedaría rastro del asentamiento humano que había dominado la zona septentrional de las montañas Kharolis.
Entre los miles de enanos involucrados en el proyecto, el trabajo iniciado se conoció simplemente por hacer limpieza, ya que Derkin Legislador se había referido así a la tarea.
La operación de derrumbar y enterrar las minas de Klanath era el proyecto más laborioso, pero los enanos lo emprendieron con entusiasmo. Muchos de ellos, al igual que su líder, habían sido esclavos en estas minas, y para ellos sería una gran satisfacción hacerlas desaparecer para siempre. Los pozos, en la parte alta de la pendiente, fueron derrumbados y cegados con piedras. Después, cientos de excavadores, equipados con eslingas, cuerdas de escalar y taladros, treparon hasta un terreno situado por encima de las minas. Trabajando en condiciones que habrían sido impensables para los humanos, los resistentes montañeses empezaron a dar una serie de arremetidas contra la pétrea cara del gran pico. Unos maestros de excavación habían ido antes para hacer un reconocimiento de la roca, tanteándola, probándola, marcando sus contornos y sesgos, sus junturas y grietas, y señalando las fallas naturales en el granito. Marcaron cuatrocientos metros a lo largo de la cara de la montaña con sus muescas y rasponazos, sus agujeros y desconchones, todos ellos runas indicativas de excavación.
A continuación vinieron los taladradores, que trabajaron en equipos de dos en precarias plataformas a todo lo largo de la zona marcada. Desde abajo, las plataformas con los dos enanos en cada una semejaban un centenar de minúsculos puntos a gran altura en la cara rocosa. Pero, cuando empezaron a golpear los pesados machos resonando contra los taladros de acero, los ecos de su afanoso trabajo formaron un coro que se oía kilómetros a la redonda.
Y uniéndose a ese coro estaba el golpeteo de las hachas manejadas por taladores neidars que trabajaban en los cercanos bosques del norte. Día tras día, seleccionaban, cortaban y acarreaban los troncos con los que carpinteros y ensambladores fabricaban una escuadra de narrias para transportar piedra. Sólo se habían tardado seis semanas en el desmantelamiento del recinto que rodeaba el palacio y de la fortaleza parcialmente levantada que los esclavos de lord Kane habían estado construyendo cuando los enanos atacaron. Ahora, con una capa de varios centímetros de nieve cubriendo el suelo, se estaban acarreando las piedras de construcción hacia el paso de Tharkas. Cuando llegó el pleno invierno a las tierras al norte de Tharkas, el único edificio que seguía en pie era el palacio de lord Kane. La alta estructura servía ahora de cuartel general para el ejército de Derkin durante el desmantelamiento de Klanath.
Con centenares de caballos, bueyes, bisontes y alces enganchados a las nuevas narrias, los conductores de tiros se ocupaban afanosamente de transportar todo salvo el palacio en sí a la frontera de Kal-Thax, a seis kilómetros de distancia.
Los conductores de los tiros tuvieron que admitir que el trabajo de transportar las piedras había mejorado gracias a un pacto hecho por Derkin; un pacto que a la mayoría de los enanos todavía les parecía increíble. Entre los incontables cientos de esclavos que encontraron en Klanath no había enanos, aunque sí miembros de varias razas. En su mayoría eran humanos, pero también había goblins, unos cuantos elfos y dos ogros. Siguiendo las órdenes de Derkin, todos los esclavos, incluidos los goblins y los ogros, habían sido puestos en libertad y se les dijo que se marcharan. Pero, en el último momento, Derkin había hecho regresar a los ogros. Entonces, con los Diez rondando cerca con las armas empuñadas y centenares más de enanos observando la escena con asombro e incredulidad, el Legislador había invitado tranquilamente a la pareja de brutos a entrar en sus aposentos de palacio para mantener una charla.
Se llamaban Goath y Ganat, y ahora trabajaban alegremente junto a los conductores de tiros, transportando las piedras de construcción hacia el paso de Tharkas.
Sólo Derkin, los ogros y los Diez sabían exactamente qué se había hablado en la reunión privada sostenida entre el señor de Kal-Thax y dos representantes de los mayores enemigos ancestrales de su pueblo. Pero el rumor generalizado entre los Elegidos era que Derkin les había hecho una oferta: cincuenta vacas lecheras y un buen toro de los rebaños de lord Kane a cambio del trabajo de un invierno.
Se sabía que el Legislador había dado una ley a los ogros con la que conducirse durante su servicio. Derkin les dijo a Goath y a Ganat que, si se les ocurría aunque sólo fuera ponerle las manos encima a cualquier enano, él en persona se encargaría de arrancarles el corazón.
Los ogros aceptaron esa última condición de su empleo, y no cupo duda de que creían a pies juntillas que Derkin cumpliría, lo dicho al pie de la letra. El hecho de que cada uno de ellos fuera dos veces más grande que Derkin no parecía tener la menor importancia para los ogros. Cuando salieron de los aposentos del enano, era evidente que Goath y Ganat respetaban, y en cierto modo temían, a su patrón.
Al principio, a muchos de los enanos los horrorizó la idea de trabajar junto a unos ogros. Las dos razas habían sido siempre enemigas irreconciliables. Los ogros eran peligrosos, y no se podía confiar en ellos. Pero, a medida que pasaban las semanas, los Elegidos comprendieron que Derkin había hecho un buen trato. Cada una de las enormes criaturas podía mover tantas piedras en un día como dos o tres de las narrias conducidas por enanos.
El único comentario del Legislador sobre el asunto —comentario que corrió de boca en boca por todo el campamento— fue:
—Los ogros no son necesariamente malos. Lerdos, desde luego, pero no malos. Y no apestan como los goblins.
La mayoría de los enanos todavía rehuía a Goath y Ganat, y por la noche los ogros hacían su propia lumbre a cierta distancia de los alojamientos de los enanos y comían y dormían separados de los demás. Sólo Derkin se acercaba a ellos libremente, aunque dos o tres veces, cuando se encendieron los hornos, Helta Bosque Gris había ido con un grupo de mujeres hasta la hoguera de los ogros para dejarles pan fresco con el que acompañar la carne.
Ahora, cuando el invierno llegaba a su mitad, Derkin Legislador —había aceptado su nuevo nombre, ya que todo el mundo parecía empeñado en llamarlo así— subió a lo alto de la torre mayor del palacio y estuvo un buen rato observando el trabajo que se había hecho y lo que quedaba por hacer. Su mirada se detuvo en un lejano grupo de enanos que trabajaban con picos y palancas en la amplia vertiente rocosa que había justo debajo de la entrada al paso de Tharkas. El monumento de piedra estaba acabado: un obelisco rectangular de tres metros de altura, en cuarzo negro, con la cuarta ley de Kal-Thax cincelada en sus cuatro caras. Los trabajadores habían hecho un agujero en la roca de la vertiente, un hueco de encastre en el que encajaría la base del obelisco de la ley.
—Habremos acabado aquí en primavera, —dijo Derkin—. Entonces regresaremos a Kal-Thax.
—¿A Fragua de Piedra? —preguntó Taladro Tolec. Curado ya el brazo, el guerrero de anchos hombros había vuelto a ocupar su puesto como Primero de los Diez.
Derkin sacudió la cabeza.
—Eso tardará todavía algún tiempo. Aún tenemos trabajo que hacer en la frontera.
Taladro miró de soslayo al hylar, preguntándose qué tendría ahora en mente Derkin, pero no preguntó, y se limitó a escuchar el lejano repique de los machos y los taladros en lo alto de la cumbre, el sonido de las hachas en el cercano bosque, el golpeteo de cascos y el susurro de los deslizadores de las narrias sobre la dura y compacta nieve, y el incesante coro de voces, voces de miles de enanos, bulliciosas, alegres, entregadas al trabajo.
—Tienes razón respecto a nuestra gente, —comentó Taladro—. No sabemos estar ociosos.
—Es nuestra naturaleza, —asintió Derkin.
—Recuerdo cómo sonaba Thorbardin cuando fuimos allí a intentar conseguir ayuda, —dijo el guerrero, con el ceño fruncido—. Las voces, por lo menos en su gran mayoría, sonaban hoscas. En la fortaleza se palpaban la ira y la desconfianza. Era un sitio desdichado. No me gustó mucho, aunque he pensado que podría gustarme vivir en él algún día.
Derkin se volvió y miró a su amigo con una expresión indescifrable, extraña, en los ojos.
—¿Por qué? —preguntó.
—No lo sé —confesó Taladro—. Nunca he vivido bajo la montaña. Sé que algunos de mis antepasados eran theiwars, pero mi pueblo siempre ha sido neidar, nunca holgar. Hemos vivido bajo el sol, no bajo la piedra. Y, sin embargo, a veces siento necesidad de estar… encerrado, como si en realidad fuera un holgar en el fondo de mi corazón.
—A menudo he tenido la misma sensación, —le confesó Derkin—. Algunos de mis antepasados fueron neidars, pero la mayoría eran holgars. Nací en Thorbardin, y me marché porque no me gustaba en lo que se estaba convirtiendo, pero hay ocasiones en las que pienso que me gustaría volver… si las cosas se pudieran cambiar allí.
—¿Cambiar las cosas? —gruñó Taladro—. Esa gente tiene tan arraigadas sus costumbres que no podría moverlas ni con una palanca. ¿Cuántas peleas vimos en el tiempo que estuvimos allí?
—Docenas. —Derkin se encogió de hombros—. No tienen nada mejor que hacer. Han contribuido a que las cosas sean así. Pero nuestra gente también se puso encrespada cuando no tuvo otra cosa que hacer que ese muro en Tharkas. Por esa razón es por lo que intenté que la mayoría regresara a casa.
—Pues ahora no los veo encrespados. —Taladro gesticuló, señalando a los miles de afanosos enanos que había por dondequiera que se mirara—. Están contentos, y yo también lo estoy, aunque algunas veces sueño con tener un buen techo rocoso sobre mi cabeza. Tal vez en el fondo sea un holgar como tú, Derkin.
El cabecilla desechó la conversación con un encogimiento de hombros y empezó a bajar la escalera de caracol de la torre. Tenía que hacer su propio trabajo: mil detalles que organizar, mil cosas en las que pensar, sobre las que decidir. Desde sus días de esclavitud en los pozos de Klanath, la gente le había confiado el liderazgo, conspirando para convertirlo en su cabecilla. Al principio, la idea le había repelido, pero ahora se daba cuenta de que disfrutaba con los desafíos de la jefatura: mandar un ejército; planear un asentamiento como Fragua de Piedra; negociar un tratado; planificar la construcción de una muralla o la demolición de una ciudad humana; meditar a fondo sobre un asunto; decidir el curso de acción que se debía seguir y después dirigir a los suyos para realizar lo que había decidido. En muchos aspectos, el trabajo de un cabecilla era el más duro que pudiera imaginarse. La responsabilidad que conllevaba resultaba más pesada que cualquiera de las piedras que sus trabajadores se afanaban en cargar en las narrias. Pero, de algún modo, se había convertido en un peso cómodo de llevar. Recordó algo que había leído en un viejo pergamino, un consejo de algún escriba hylar olvidado mucho tiempo atrás: Vivir es descubrir aquello que uno hace mejor, y entonces dedicarse a fondo a ello y para siempre. Conformarse con menos es no vivir en absoluto.
Los comentarios de Taladro sobre Thorbardin habían despertado en él viejos recuerdos y sentimientos. Por un instante, había sido como si el theiwar-neidar hubiese expresado en voz alta sus propios pensamientos. No le gustaba Thorbardin; lo irritaban sus costumbres y su forma de vida, y se había marchado de allí para no volver nunca. Y, sin embargo, en el fondo de su corazón, Derkin Semilla de Invierno, Derkin Mazamarra, Derkin Legislador, formaba parte de Thorbardin tanto como la fortaleza subterránea formaba parte de él.
Más a menudo de lo que nunca admitiría, Derkin había experimentado los sentimientos descritos por su amigo. Taladro había sido neidar siempre, pero en el fondo era holgar. Derkin había intentado ser neidar, pero en el fondo seguía siendo holgar. A veces anhelaba regresar a Thorbardin, vivir de nuevo dentro de la piedra viva de la gigantesca estalactita.
Si la gente de allí viviera como debían vivir los enanos… ¡Si vivieran…!
Al pie de la escalera de la torre lo esperaba Helta Bosque Gris, que le traía la comida de mediodía. La joven caminó a su lado mientras él se dirigía hacia el gran salón.
—Tú has estado dentro de Thorbardin, Helta, —dijo, siguiendo un impulso—. ¿Podrías vivir allí?
—Puedo vivir dondequiera que tú vivas, —contestó ella de manera pragmática—. ¿Cuándo vas a casarte conmigo?
—Pero Thorbardin es un lugar ocioso, triste, —comentó él, haciendo caso omiso de su pregunta.
—No lo sería si tú estuvieras al mando.
Derkin resopló, y cruzó la sala hasta el trono de lord Kane, donde tomó asiento. El sillón de estado era el único mueble de fabricación humana que quedaba en el palacio, y había sufrido algunos cambios. Derkin había utilizado una sierra para acortar la base del sillón a una altura más cómoda para un enano. Helta le tendió una bandeja con carne y pan, y se sentó en un banco, al lado de Derkin, con otro plato para ella.
El enano comió un poco, y después miró a la joven. Ya no llevaba el vendaje en la cara, y la cicatriz era tan evidente como él había previsto. Pero, cosa rara, no la afeaba. En todo caso, le daba más carácter. Seguía siendo la chica más bonita que había visto en su vida. Apartando los ojos de ella con gran esfuerzo, se dedicó de nuevo a su comida.
—Basta de hablar de Thorbardin —dijo, malhumorado—. No tiene un único dirigente, y nunca lo ha tenido.
—Quizá sea eso lo que le pasa, —repuso la chica—. Tal vez necesita un rey.
—Bueno, pues yo no soy un rey, —espetó Derkin—. Y no quiero hablar más de Thorbardin.
—Fuiste tú quien sacó la conversación, no yo, —le recordó la muchacha, que no dijo nada más sobre el tema; pero una sonrisa astuta asomó a sus labios cuando él miró a otro lado, una sonrisa que parecía decir: No eres mi marido, Derkin Mazamarra o Legislador o lo que sea, pero lo serás algún día. ¿Y quién sabe qué más podrás llegar a ser?
Cuando toda la piedra de los dos recintos hubo sido retirada y transportada a la frontera de Kal-Thax —ahora en el paso había enormes y ordenados montones de bloques de piedra cortada que tapaban por completo el Muro— Derkin Legislador puso a trabajar en el propio palacio a los expertos en demoliciones. Durante las últimas semanas de invierno, las torres fueron demolidas, y toda la estructura dio la impresión de irse encogiendo día a día. Al desaparecer los alojamientos, se levantaron fuera unos refugios provisionales. Y, durante toda esta actividad, el lejano repiqueteo de los taladros continuó resonando en lo alto del pico.
Entonces, de manera inesperada y repentina, el tiempo cambió. Un día que había amanecido claro y soleado, con una brisa del norte que traía la promesa de una pronta primavera, cambió. Nubes oscuras, plomizas, aparecieron por el oeste, y el viento varió, soplando también de aquella dirección. A mediodía, los oscuros nubarrones estaban encima y habían ocultado la luz del sol, convirtiendo el día en un prematuro anochecer. Entonces el viento dejó de soplar, y el denso manto de nubes pareció agarrarse en lo alto de los picos, bajando más y más a medida que pasaban las horas. Al cabo de un tiempo, el repicar de los taladros cesó, y los excavadores bajaron de la zona alta.
—La niebla es muy espesa allá arriba, —le dijo a Derkin el jefe de excavadores—. No vemos lo que estamos haciendo y es imposible trabajar.
Con la última luz mortecina de la tarde, los negros nubarrones flotaron justo sobre sus cabezas, lo bastante bajos para que la piedra lanzada por la honda de un enano curioso llegara hasta ellos. El proyectil desapareció en la bruma y reapareció al caer. El aire estaba en completa calma, y saturado de fría neblina.
De hora en hora, las extrañas nubes descendieron. Más allá de la titilante luz de las hogueras, la noche estaba tan oscura como boca de lobo.
A media noche, el manto nuboso tocaba el suelo, y una densa niebla lo envolvía todo. Incluso los daergars estaban ciegos en estas condiciones.
Taladro Tolec despertó a Derkin de un breve sueño; lo acompañaba todo el grupo de los Diez. Llevaban velas resguardadas en fanales, pero la humedad había conseguido penetrar en el interior y la luz que daban era amortiguada y extraña.
—No nos gusta este tiempo, —dijo Taladro cuando Derkin estuvo despierto—. Hay algo extraño en él.
Frotándose los ojos para despejarse, Derkin miró a su amigo de hito en hito.
—¿Me has despertado para hablarme del tiempo? No puedo hacer nada al respecto. ¿Qué es lo que quieres?
—Pasa algo raro, —insistió Taladro—. Todos hemos visto tormentas de primavera en estas latitudes, pero esto no es una tormenta.
—A lo mejor es un temporal de invierno.
—Tampoco, —persistió Taladro—. Ponte las botas y ven fuera. Algo va mal.
—Tú y tu intuición theiwar, —rezongó Derkin, pero se puso las botas, se cubrió con la capa, cogió la maza y siguió a Taladro a lo largo de uno de los últimos pasillos que quedaban en el casi demolido palacio. Al igual que en su dormitorio, el corredor estaba lóbrego por la fría neblina. Taladro abrió una puerta y salió al exterior, seguido de Derkin y los demás. Estaba muy oscuro, y reinaba un profundo silencio. La mortecina luz de los fanales sólo alumbraba unos cuantos palmos al frente.
—Está oscuro y hay niebla. —Derkin se encogió de hombros—. ¿Y qué?
—Espera un momento, —respondió Taladro—. Espera y atiende.
Transcurrió un minuto, y después otro, y, de repente, surgió un súbito destello de luz que desapareció al instante.
—Ahí tienes, —dijo Taladro—. Eso es lo que nos preocupa.
—¿Un relámpago? —Derkin estaba desconcertado—. ¿Desde cuándo os asustan los…?
—¡Chist! —lo acalló Taladro—. Escucha.
Con paciencia, Derkin permaneció callado, escuchando. Los demás hicieron lo mismo.
—A eso es a lo que me refiero, —manifestó Taladro cuando hubo pasado un minuto.
—¿A qué? —demandó Derkin—. Yo no oí nada.
—Tampoco nosotros, —explicó el Primero—. Hace una hora que pasa lo mismo, relámpagos, pero nada de truenos.
De nuevo, se produjo el fugaz destello de luz, y, como antes, sólo lo siguió el silencio. Derkin tuvo una repentina intuición y se estremeció.
—Magia, —musitó—. Es algún tipo de magia.
—Eso es lo que nosotros pensamos, —dijo Garra—. Pero ¿quién la hace? ¿Y para qué?
—Buscad a uno de los tambores, —ordenó Derkin—. Alertad a todo el mundo. Pronto amanecerá, y puede que entonces esta niebla levante. Cuando lo haga, quiero que todos estén preparados… para lo que quiera que esté pasando ahí fuera. Que vayan con armaduras, equipos y armas. Y estableced posiciones defensivas en el perímetro tan pronto como podamos ver lo suficiente para movernos. Cuando se ejecutan hechizos siempre hay un motivo para ello. —Cogió uno de los fanales y regresó a sus aposentos para vestirse.
El mortecino brillo de la vela relució en el brillante peto de la armadura mientras se lo ponía, y se reflejó en el yelmo de cuernos como si éste fuera un espejo. La falda montañesa que llevaba era de cuero tachonado, y su capa volvía a ser de un fuerte color escarlata. Para la toma de Klanath, los colores oscuros les habían parecido apropiados a los Elegidos, pero en seguida habían vuelto a sus tonos llamativos, ya que los otros les resultaban deprimentes.
—Es nuestra naturaleza, —musitó para sí Derkin mientras se colgaba el escudo y la maza—. La naturaleza de los enanos. Nos expresamos con colores del mismo modo que los elfos lo hacen con sus canciones.
La niebla no levantó con la llegada del amanecer; simplemente se retiró, como si nunca hubiera estado allí. En un momento, el mundo era un lugar gris, cerrado, y al siguiente hubo un último destello de aquella extraña luz, y la niebla empezó a retroceder por todas partes, como enrollándose sobre sí misma, dejando un campo visual más y más amplio. Bajo las frías y altas nubes del cielo encapotado, los enanos se movieron apresuradamente, saliendo de los refugios donde dormían y dirigiéndose desde los puestos nocturnos hasta las posiciones asignadas en el perímetro de lo que había sido Klanath.
Y, a medida que la niebla se alejaba en derredor, Derkin Legislador y todos los demás descubrieron que la bruma había sido enviada como cobertura. Por todas partes, rodeando el campamento enano, había filas y legiones de soldados humanos. Los había a millares, batallones montados y de infantería, piqueros y lanceros, compañías de arqueros y ballesteros: un poderoso ejército al completo en posición de ataque por todos los lados. Y encima de cada unidad ondeaban estandartes de Daltigoth, del imperio de Ergoth, de las tropas del emperador Quivalin Soth V.
Derkin giró sobre sí mismo, intentando calcular el incalculable número de las fuerzas enemigas, buscando rutas de huida que no existían.
—¡Herrín! —masculló—. Nos superan en mucho. ¡Y estamos rodeados!