CAPITULO 21

Elena contempló cómo Er'ril tomaba la carne de ternera y las patatas rojas, las colocaba en su plato y rascaba la fina piel con el tenedor. Sentada junto a Er'ril, advirtió que el caballero de la espada tenía el semblante fruncido y dirigía miradas de desconfianza a su tío, sentado a un extremo de la mesa. Sin embargo, el tío Bol no hacía caso de Er'ril, pues dirigía toda su atención a Nee'lahn, que estaba sentada al lado opuesto de la mesa. A pesar de que, comparada con la belleza que lucía anteriormente en el bosque, la luz del hogar mitigaba sus encantos, los ojos de tío Bol apenas lograron apartarse un momento de su rostro. Elena pensó que era muy extraño el modo en que la belleza de Nee'lahn aumentaba y disminuía.
De repente, un estridente eructo hizo vibrar las piezas de loza. Kral, sentado frente a Elena, se balanceó en su pequeño asiento y se limpió la barba con el borde de la manga. Miró intrigado a todos, que ahora tenían las miradas clavadas en él. Era evidente que el hombre de las montañas no era consciente de la afrenta social que su acción podía provocar.
—¿Qué ocurre? —preguntó colocando el tenedor en el plato. Se reclinó en la silla y se rascó la enorme barriga. Giró la cabeza para mirarlos a todos—. ¿Qué?
Elena tuvo que taparse la boca con la mano para evitar que se le escapara la risa.
Rockingham, que cortaba la carne de ternera con una cuchara, el único utensilio que le estaba permitido, murmuró para sí:
—Y pensar que me han atado a mí...
El prisionero tenía las piernas sujetas con cuerdas, que a su vez se habían atado por seguridad al pie de la mesa. Er'ril se aclaró la garganta y miró directamente a tío Bol.
—Bueno, parece que la cena ha terminado. Tal vez ahora podrá explicarnos cómo sabía que vendríamos y cómo conoce incluso mi nombre.
—¿Queréis postres? —Tío Bol arrastró la silla hacia atrás con un chirrido fuerte—. En honor del incendio de los campos, he hecho un pastel caliente de manzana. ¿Alguien quiere?
—Esto puede esperar... —empezó a decir Er'ril, pero tuvo que detenerse ante las cuatro manos alzadas de sus compañeros. Bajó los hombros y suspiró con fuerza—. Está bien, traiga el pastel.
El tío Bol se levantó y se estiró.
—Tal vez... —de nuevo tenía la vista clavada en el rostro de aquella pequeña mujer— Nee'lahn, ¿verdad?, tal vez podrías ayudarme en la cocina.
—Desde luego. —Nee'lahn se limpió las manos delicadas con una servilleta de lino que tenía en el regazo, se levantó y salió del comedor con tío Bol.
Er'ril dio unos golpecitos de impaciencia en su taza de ko'koa. Elena se dio cuenta de que el hombre estaba a punto de explotar. Desde el momento en que el tío Bol había pronunciado su nombre y se había negado a responder a sus preguntas hasta que todos hubieran comido, los músculos del cuello de Er'ril se habían ido marcando y tensando. A pesar de que, sin duda, tenía que tener hambre, apenas había probado la comida.
—No te enfades con tío Bol —dijo Elena—. Es su modo de ser.
Er'ril dejó de dar golpecitos y se volvió hacia Elena.
—Pero ¿qué pretende tu tío?
—Ya nos lo dirá, pero sólo cuando esté listo para ello. Cuando nos visitaba, solía contarnos historias para dormir. Si intentabas apresurar la historia, lo único que conseguías era que la alargara más.
—Así que ahora me imagino que comeremos el pastel —dijo en tono hosco.
Elena asintió mientras se mordía las mejillas por dentro. No dijo nada acerca del nerviosismo que percibía en su tío. Había algo que realmente le estaba preocupando. Nunca lo había visto sobresaltarse por un ruido. En cambio, mientras comían, un leño que había explotado en la chimenea le hizo dar un brinco y casi tocó al techo. Además, tío Bol comía mucho. De hecho, las mujeres de su familia habían discutido durante años cómo era posible que alguien como él, que comía tanto, pudiera estar tan delgado y musculoso. En cambio, esa noche, igual que Er'ril, apenas había tocado el trozo de asado que tenía en el plato.
Tío Bol regresó con más platos y tenedores. Nee'lahn lo seguía con el pastel de manzana cortado. El olor a manzana cocida y canela se apoderó de la sala. Incluso Er'ril pareció relajarse con el olor.
El contratiempo que tanto fastidiaba al caballero duró muy poco tiempo; la bandeja del pastel pronto se vació y, tras varios suspiros de placer, la mesa quedo rodeada por estómagos satisfechos. Entonces tío Bol se puso de pie.
—Espero que hayáis tenido suficiente. —Unos murmullos de asentimiento le respondieron—. Si es así, supongo que es el momento de que os acompañe a vuestras habitaciones. Me temo que los hombres tendrán que compartir una habitación, y Nee'lahn y Elena, la otra.
—¿Y qué hay de las preguntas que no ha contestado? —preguntó Er'ril levantando la mano.
El tío Bol lo miró, ceñudo.
—Er'ril, cuando todos se hayan recogido, reúnete conmigo para fumar una pipa junto a fuego. —Y volviéndose hacia Elena añadió—: Cariño, ven tú también. Tengo que informarte de algunas cosas.
—Lo que tenga usted que decir, puede decirlo ante mis compañeros —repuso Er'ril. Kral y Nee'lahn tenían la mirada expectante. Rocking-ham intentaba fingir desinterés, pero su fracaso era estrepitoso. Tío Bol se frotó el bigote.
—No, no creo que eso guste a la Fraternidad.
—¿De qué fraternidad...? —empezó a preguntar Elena. Pero Er'ril le puso la mano sobre el hombro y le hizo guardar silencio.
—Hace mucho tiempo que no me relajo fumando una pipa —dijo Er'ril con un tono levemente amenazador—. Tengo muchas ganas.
—¡Bien! Pues vamos a ver las habitaciones.
Rockingham oyó que el gigante cerraba la puerta de su habitación. No pudo ver al hombre de las montañas cuando se quitaba la ropa de montar y se metía en una pequeña cama. Con las manos atadas a la cabecera de la cama de abeto, y los pies, a las patas de la cama, Rockingham tenía los movimientos limitados y no podía ver más allá del techo y de un pequeño trozo de la habitación. Cuando la única lámpara que había se apagó, desapareció incluso aquel pequeño panorama.
Rockingham yacía desnudo boca arriba tapado por una manta pesada. Arrugó la nariz. Aunque no podía ver al hombre de las montañas, podía olerlo. El hedor a piel de cabra mojada flotaba en la habitación y lo embargaba; era como dormir en una cuadra. Cerró los ojos e intentó respirar por la boca. No había nada que hacer. Intentó darse la vuelta y reclinarse sobre un costado, pero las ataduras se lo impidieron. La cama crujió con fuerza por sus esfuerzos.
—Tengo un sueño ligero —gruño Kral desde la oscuridad—. No me pongas a prueba.
Rockingham dejó de hacer ruido. ¿Para qué intentarlo? Aunque las cuerdas no estaban tan apretadas como para provocar rozaduras, sí estaban bien anudadas.
Se encontró tendido en la cama, mirando el techo de la habitación. ¿Escapar? ¿Para qué? ¿Adonde ir? Desde luego, a la guarnición, no. En cuanto el Señor de Gul'gotha supiera que uno de sus vasallos había sido decapitado y que la niña había logrado escapar, la muerte que le esperaba causaría espanto al soldado más intrépido. Había visto los interiores de las mazmorras de Blackhall. Un estremecimiento lo atravesó por debajo de la gruesa manta que lo cubría.
Las únicas opciones que le quedaban eran desaparecer y continuar huyendo, con la esperanza de que los secuaces del Señor de las Tinieblas nunca lo encontrasen, o permanecer en aquel grupo y esperar una oportunidad para raptar a la niña. Ella era la clave para sacarlo de las mazmorras. Si la recuperaba, la furia del Señor de Gul'gotha se aplacaría.
Por ese motivo no había opuesto resistencia a su secuestro por parte de aquel caballero manco. Cuanto más lejos lo llevara de la ciudad, mejor. Nada de resistirse. Bastaba con esperar a que relajaran la guardia. Sabía esperar. Una leve sonrisa asomó a sus labios al imaginar su regreso a Blackhall con la niña encadenada. La espera sería bien recompensada.
Mientras soñaba con ese momento, sintió una picazón inesperada en la entrepierna. ¡Malditos sean aquella puta de la taberna y los piojos que llevaba! Intentó frotarse las piernas entre sí para calmar el picor, pero eso sólo logró empeorarlo. Por si aquello no bastara, el gigante empezó a roncar, y no con un silbido nasal discreto, sino con verdaderos estertores guturales con resonancias de mocos y flema. Cada acceso le hacía retorcerse de asco.
Rockingham cerró los ojos y se rebulló en silencio. Aquélla sería una noche muy larga.
En aquel momento, las torturas dé las mazmorras de Blackhall no se le antojaron mucho peores.
Er'ril se apoyó sobre la repisa de la chimenea. ¿Dónde estaba Bol? Los otros ya se habían retirado a sus habitaciones y ahora se encontraba a solas con Elena. Contempló cómo la niña miraba el fuego. Tal como estaba sentada, casi engullida por el profundo almohadón del sillón, parecía estar perdida entre las llamas. En su rostro se reflejaba una tristeza profunda que iba más allá de su tremendo cansancio. A pesar de haberle sido arrebatada la familia a una edad tan temprana, mantenía una actitud decidida que ponía de manifiesto la fortaleza de su espíritu.
Intentó encontrar algunas palabras de consuelo para ella, pero había pasado mucho tiempo desde la última vez en que Er'ril había tenido que demostrar compasión. Dejó vagar la vista entre las llamas que se agitaban. El paso del tiempo no siempre hacía aumentar la sabiduría; en ocasiones también hacía que la insensibilidad fuera mayor.
En cuanto el tío de la chica apareció con dos pipas en la mano, Er'ril abandonó aquellos pensamientos.
—Creo que esta hoja de tabaco procede del sur de Standi. Pensé que un pedazo del hogar sería bienvenido —dijo mientras le pasaba la pipa a Er'ril.
—Gracias.
Levantó la pipa hasta la nariz. El olor de hoja curada y polvo le dejó sin habla. Le pareció sentir los amplios campos de su hogar en la profundidad de la garganta. Bol encendió una cerilla con una llama del hogar. Infló y desinfló las mejillas para encender la pipa hasta que le dio la primera chupada. Er'ril cogió el fuego del anciano, pero al ir a encender el tabaco vaciló. No le apetecía quemar aquel recuerdo de su hogar.
Observó que Elena tenía la vista clavada en él con una expresión evidente de tristeza. En ese día que terminaba, ella había perdido mucho más con las llamas. Entonces colocó la mecha en la pipa e inhaló el humo. El calor y aquel sabor tan familiar le relajaron el cuerpo hasta doblarle casi las rodillas.
—Siéntate —dijo Bol, señalando la única silla que había junto al fuego. El anciano se quedó de pie junto a Elena. Er'ril se dejó caer y se hundió en los cojines rellenos de pluma de oca. Entonces se apartó la pipa de los labios en una actitud de cierta reserva.
—¿Cómo es posible que me conozca? ¿Cómo sabía que esta noche íbamos a venir?
—Me preguntas cosas que entenderás al final de la historia y, para comprenderlo, es preciso que conozcas el principio —repuso Bol tras asentir.
—Lo escucho. —Er'ril volvió a colocarse la pipa en los labios. —Ya habéis oído que mencioné a la Fraternidad. Creo que su nombre completo es la Fraternidad Rota. Empezaré por ahí.
—Y eso ¿qué es? —preguntó Elena con suavidad.
Su tío sopló la pipa y creó un círculo perfecto de humo gris. Mientras éste oscilaba por la habitación mecido por las olas de calor procedentes de la chimenea, en los labios de Elena se perfiló una sonrisa.
—Cariño, es posible que no entiendas algunas cosas. Pero lo cierto es que hubo un tiempo en que en esta tierra vivía una orden de magos que practicaba la magia blanca, cuyo poder provenía de un espíritu llamado Chi, que era mucho más potente que la débil magia primitiva local. La Orden empleó su poder para crear una civilización maravillosa.
—Esa no es la historia que me contaron en el colegio —dijo Elena con recelo.
—No todo lo que se enseña es cierto.
—Y entonces, ¿qué ocurrió?
—Hace muchos años, la magia se desvaneció de repente, cuando más necesaria era. Los territorios fueron invadidos por los ejércitos y monstruos de Gul'gotha. Los magos y nuestra gente lucharon contra ellos con mucho arrojo, pero sin la magia blanca no fue posible resistir el embate de magia negra de los invasores. Alasea fue vencida, sus pueblos, sometidos, y su historia terminó.
—¿Y qué fue de nuestra magia?
Er'ril fue quien respondió a aquella pregunta con rencor amargo en la voz:
—Simplemente nos abandonó.
Bol asintió.
—Sólo sobrevivieron algunos restos de magia. La Orden, al carecer de poder, se deshizo. Sin embargo, algunos miembros de aquel grupo se unieron para intentar encontrar y alentar la magia que todavía quedaba en la tierra. Tuvieron que hacerlo bajo un gran secretismo, pues el Señor de las Tinieblas de Gul'gotha quería aniquilarlos. Así, se creó la Fraternidad Rota.
—¿Una sociedad secreta? —preguntó Elena conteniendo el aliento.
Er'ril pensó que la palabra secreta expresaba muy débilmente lo que era. Por lo que él sabía, en ese momento sólo un puñado de hombres vivos sabían de la existencia de un grupo acuartelado y oculto entre los restos hundidos de A'loa Glen. Pocos sabían que aquella ciudad perdida todavía existía, puesto que estaba protegida por la magia, que todavía se mantenía cercana a su núcleo. Muchos intentaban localizar esa ciudad mítica, pero sólo unos pocos habían descubierto su emplazamiento y se habían atrevido a entrar. Aquellos que lo hicieron jamás regresaron.
—Pero la Fraternidad cometió un error crucial —continuó Bol. Er'ril abrió los ojos con sorpresa. ¿Qué podía ser?—. Sus miembros estaban tan obcecados con la poderosa energía de Chi que no supieron advertir la presencia de la magia que había surgido en la tierra en el momento en que se perdió el apoyo de Chi.
—Pero ¿de qué sirven cuatro trucos débiles derivados de los poderes naturales de la tierra? ¿De qué sirve todo eso comparado con el poder siniestro de Gul'gotha? —preguntó Er'ril. Bol se volvió hacia Elena.
—Ahora entiendes por qué se formó la Hermandad femenina. Los hombres sólo percibimos niveles de poder, mientras que las mujeres sois capaces de distinguir la urdimbre y el tejido del tapiz que constituye el poder.
—¿Qué es eso de la Hermandad femenina? —preguntó Er'ril—. He vivido muchos siglos y jamás he oído nada, ni siquiera un rumor sobre este grupo. ¿Quién lo creó?
—No se trata de un grupo abierto, como vuestra Fraternidad. Es preciso haber nacido para ello.
—¡¿Cómo?!
—Me has preguntado quién creó la Hermandad. —Bol agitó la punta de la pipa—. Pues fue una persona a la que tal vez conozcas o hayas oído hablar de ella.
—¿Quién? —Er'ril estaba erguido en su asiento.
—Sisa'kofa.
Aquel nombre pareció caerle a Er'ril como un ladrillo contra las tripas.
¡La bruja del espíritu y la piedra! Recordó la última vez que había oído aquel nombre blasfemo: lo había pronunciado Greshym la noche en que se creó el Libro. El mago manco dijo que el Libro anunciaría el renacimiento de la bruja.
—Así es —dijo Bol.— Una antigua antepasada mía. Muy lejana. Ella ya era una historia antigua cuando tú todavía eras un niño.
—¿Es capaz de examinar sus ancestros hasta llegar a aquella bruja despreciable?
—No era despreciable. —Las mejillas de Bol se oscurecieron—. Sus poderes eran iguales a los de los hombres, y en algunos casos superiores. Tenía incluso la marca de la Rosa. Y los hombres no podían soportar que una mujer tuviera el mismo poder. Por ello se inventaron muchas mentiras que la desacreditaban.
Er'ril se dio cuenta de que Elena estaba asustada ante las palabras de su tío, pero el corazón le latía demasiado fuerte como para prestarle atención.
—¡Eso es imposible! Chi nunca concedió su poder a las mujeres.
—¿Quién ha hablado de Chi?
—¿Qué? ¿Me está diciendo que la magia de los poderes naturales es igual a la de Chi?
Bol hinchó las mejillas y soltó humo de la pipa por la sala.
—Sí, en ocasiones, eso creo. Pero la magia de los poderes naturales no compartió su poder con Sisa´kofa.
—Entonces, ¿qué fue?
—De nuevo te estás adelantando a la historia.
Er'ril tuvo que morderse la lengua para no reprender al anciano. Era evidente que Bol tenía que contar la historia con su propio ritmo.
—De acuerdo, continúe —masculló.
—La magia abandonó a Sisa´kofa al final de su vida, pero le prometió que regresaría a una descendiente suya cuando fuera necesaria. Si-sa'kofa fue advertida de que una sombra oscura se cerniría sobre los territorios de Alasea. Lo único que no se le hizo saber fue cuándo llegaría ese período oscuro. Por ello, Sisa'kofa fundó una sociedad con sus descendientes femeninas y les enseñó a prepararse para el regreso de su magia. Sisa'kofa sentía que los poderes naturales tendrían gran importancia en el posible resurgir de la luz en la tierra, por lo que preparó a la Hermandad en el uso y el respeto hacia los espíritus de los elementos.
—¿Cómo sabes tanto sobre la Hermandad? Tú no eres un descendiente femenino.
—Yo era el hermano gemelo de una mujer, mi hermana Fila. Al ser el primer hombre gemelo de una chica, me permitieron penetrar en sus secretos. Creyeron que mi nacimiento era una señal de la llegada de la que había concedido los poderes a Sisa'kofa. Por ello la Hermandad se preparó y estudió tanto como le fue posible. —Bol señaló con el brazo los montones de pergaminos y libros—. Buscaron textos antiguos y recopilaron augurios de los elementos.
—¿Y qué descubrieron?
—Supimos cuáles serían las señales de su llegada y algunos de los participantes clave en ella, como tú mismo. También sabíamos que los elementos estarían implicados. Se decía que vendrían tres, pero no sabíamos cuáles ni quiénes. Kral está claramente dotado para la magia de la piedra y Nee'lahn... es ninfa, ¿verdad?
—Sí —respondió Er'ril.
—En ella el fuego de la raíz es intenso. Apenas podía apartar la vista de ella. Y luego está ese último miembro... que también tiene algo que ver con la magia, aunque no sabría decir cómo.
—Kral también percibió algo raro en él.
—Seguramente es el tercero. —Tío Bol chupó la pipa con los párpados entornados y al hablar deslizó jirones de humo entre las palabras.
Se rascó la barba—. Sin embargo, en el texto de un oráculo leí algo que yo interpreté como la llegada de alguien de tiempos pasados y territorios perdidos, pero posiblemente me equivoqué. A no ser que se refiriera a ti, Er'ril, cosa que dudo. Sin embargo, es probable que esté equivocado. Como he dicho, mucho de cuanto rodea al Libro es impreciso.
—Parece que sabe bastante. Y, dígame, ¿cuándo se supone que va a regresar la bruja?
—¡Oh, ya lo ha hecho! —Los ojos de Bol se abrieron—. ¿No lo has adivinado?
Er'ril se quedó pasmado en su asiento. Bol señaló a su sobrina. Fue entonces cuando el caballero por fin advirtió el aspecto aterrorizado de la niña.
—Nacida de la estirpe de Sisa'kofa y nacida con el fuego. Aquí tienes a tu bruja.