CAPITULO 12
A Elena los pantalones mojados le quedaban
demasiado largos y tuvo que doblárselos hasta los tobillos. El
faldón de la camisa verde de lana le colgaba hasta las rodillas.
Joach había robado las ropas del tendedero de un pastor.
—Estoy ridicula. ¿Realmente es preciso hacer
esto? —se quejó a Joach mientras ocultaba los mechones pelirrojos
debajo del sombrero de cazador.
Se encontraban escondidos debajo de un sauce
cuyas ramas hacían las veces de pantalla alrededor. Junto al árbol
circulaba un pequeño arroyo que a su paso mecía las ramas hacia un
lado.
—Así será más difícil que nos
reconozcan.
Elena contempló cómo Joach se lavaba la cara
con el pijama. En cuanto estuvo limpio, se colocó una chaqueta
vieja con parches amarillos en los codos.
—Vigilarán si llegan dos niños montados en
un caballo. Tenemos que dejar a Mist atada al sauce.
—No me gusta dejarla aquí sola. ¿Y si viene
un ladrón y la roba? —repuso Elena arreglándose la camisa robada y
lanzando una mirada acusadora hacia Joach.
Él no le hizo caso.
—Queda muy poco para llegar a casa de tía
Fila. Después le pediremos a Bertol que venga a recogerla.
Elena se acordó del hijo corpulento de tía
Fila.
—Bertol sería capaz de perderse en su propio
patio. ¿Y si no consigue encontrarla?
—El, la yegua estará bien. Aquí hay mucha
hierba y llega hasta el agua.
—Pero da la impresión de que la estamos
abandonando.
—No es verdad. Está más segura aquí que con
nosotros.
Su hermano tenía razón. Aun así, Elena
odiaba la idea de disgregar a su familia. Después de la noche
pasada, su presencia le daba cierta sensación de seguridad.
Acarició la ijada de Mist con cansancio.
—No temas. Pronto estaremos de vuelta.
Mist apartó la mirada de donde estaba
mascando los brotes esmirriados de hierba que crecían bajo el
sauce. Molesta con Elena por haberla distraído, le dio un golpe con
la cola.
—¿Lo ves? Está encantada.
Elena, algo ofendida, se remetió la camisa
por el cinturón.
—Vámonos —dijo con un suspiro.
Joach se abrió paso entre las ramas del
sauce, las sostuvo en alto para que Elena pasara entre ellas y
luego las dejó caer en su sitio. Elena se volvió a mirar. La yegua
era sólo una silueta deslucida oculta bajo la sombra del
árbol.
Se sorbió la nariz y siguió a Joach, que se
había detenido al lado de un camino estrecho. Aquel camino de
tierra conectaba un extremo de Winterfell con un lugar al que los
niños de la ciudad iban a nadar. Ahora el agua de la alberca estaba
fría, por lo que se había acabado la temporada de ir allí; por lo
tanto, aquel camino estaba libre de miradas de fisgones.
El sol estaba próximo al cenit y el camino
era muy luminoso comparado con las sombras del bosque. Conforme se
aproximaban a la ciudad, el camino fue ensanchándose, hasta que
Elena pudo andar junto a su hermano. Se dio cuenta de que Joach
miraba continuamente adelante y atrás y que al andar movía las
piernas con rigidez. El nerviosismo de su hermano se le contagió y
empezó a arreglarse la camisa y a esconderse el pelo en el
gorro.
—Mira —dijo señalando al final del camino—,
allí está el puesto del carnicero.
Delante de ellos, oculta por las ramas de
los árboles, se erguía la fresquera del carnicero. Las ramas de los
árboles ayudaban a preservar el tejado del calor del sol.
Joach se limitó a asentir y se apresuró
hacia adelante.
En cuanto hubieron pasado la fresquera y
alcanzaron el final del camino, ambos tenían el semblante pálido y
sudaban. La ciudad de tejados puntiagudos y edificios de ladrillo
se alzaba amenazadora ante ellos. El humo de las chimeneas trazaba
líneas oscuras en el cielo que se unían a la neblina procedente del
incendio de los campos. La ciudad estaba extrañamente tranquila. A
excepción de algún grito de vez en cuando, las calles, por lo común
bulliciosas a causa de los vendedores y compradores de los puestos,
estaban silenciosas.
Joach se volvió hacia ella y le dirigió una
sonrisa débil.
—¿Preparada? Camina rápido, pero no
demasiado.
—Dame la mano —respondió Elena
asintiendo.
Joach fue a cogerle la mano, pero se
contuvo.
—No, llamaríamos la atención. Tal vez sería
mejor que anduviésemos algo separados.
—Por favor, Joach. Necesito tenerte cerca.
—Elena sintió que las lágrimas le anegaban los ojos.
—De acuerdo, El —cedió Joach rápidamente.
Parecía estar embargado por la misma emoción—. De todos modos, será
mejor que no vayamos cogidos de la mano.
Ella se secó las lágrimas y asintió con
pesar. La panadería de tía Fila se encontraba a pocos bloques del
final de la ciudad. Elena podía jurar que si se concentraba era
capaz de oler el pan horneado desde ahí. De hecho, toda la ciudad
de Winterfell les daba la bienvenida con los olores que le eran
propios: el de la carne asada del desayuno, el de la madera de
nogal, el olor intenso a levadura procedente del molino de sidra
cercano e, incluso, aquel aroma dulce y pastoso de los excrementos
de caballo que había en las calles y en los establos sucios. Elena
se irguió.
—De acuerdo. Estoy lista —dijo más
tranquila.
Joach se mordió el labio inferior y avanzó
hacia una calle tranquila que conducía al barrio de los
comerciantes. Elena se tragó el nudo de lágrimas que tenía en la
garganta y siguió a su hermano.
La primera tienda que encontraron fue la del
carnicero. Su mercancía —cerdos desmembrados, corderos amarillos y
pollos sin cabeza— estaba cubierta de moscas. Al otro lado de la
puerta distinguieron al carnicero con un cuchillo ensangrentado en
la mano. El pelo negro áspero de aquel hombre, que contrastaba con
la piel pálida y brillante por el sudor y la grasa, siempre había
recordado a Elena los pelos gruesos de los cerdos.
Sin darse cuenta, la niña se encogió. El
carnicero era un hombre que hablaba a gritos y que olía a despojos
de cerdo y siempre la había puesto nerviosa. Cuando la miraba era
como si estuviera juzgando la calidad de la carne de sus huesos.
Era la primera tienda que encontraban al llegar a Winterfell y
Elena se recompuso su pobre indumentaria. Una desazón le oprimía el
pecho.
Ella y Joach andaban por el lado opuesto de
la calle.
En cuanto hubieron pasado la tienda del
carnicero, una voz brusca y repentina procedente de un portal
oscuro que tenían delante los asustó.
—¡Eh, chicos, vosotros! ¡Quietos ahí!
Los dos se quedaron helados.
Joach se interpuso entre Elena y el hombre
que hablaba. Del portal asomó un soldado vestido con el uniforme
rojo y negro y la espada enfundada. Por el cabello oscuro y los
ojos marrones podía deducirse que aquel hombre no era un recluta
local, sino uno de los extranjeros que servía en la guarnición. La
nariz rota era el resultado de alguna pelea antigua que, en opinión
de Elena, no se habría producido en acto de servicio.
—¿De dónde venís?
—Hemos ido a revisar nuestras trampas,
señor. —Joach hizo un gesto disimulado a Elena para que se
escondiera más detrás de él.
—¿Habéis visto a un niño y una niña montados
a caballo? —preguntó el hombre mientras escudriñaba el bosque que
ellos tenían a sus espaldas.
—No, señor.
Los ojos oscuros del hombre se posaron en
Elena, que permanecía cabizbaja ocultando su mano manchada en el
bolsillo.
—¿Y tú que dices, muchacho?
Elena, temerosa de que su voz la delatara,
se limitó a negar con la cabeza.
—Pues eso es todo —repuso el soldado
haciendo un gesto con la barbilla para que continuaran.
Joach pasó rápidamente por delante del
soldado seguido por Elena. La niña se atrevió a mirar hacia atrás y
vio que el soldado, con una mano en la frente para proteger los
ojos, escudriñaba los extremos del bosque y luego se volvía hacia
el portal a la sombra.
Ninguno dijo nada hasta que doblaron la
esquina.
—Así que nos buscan —susurró Joach.
—Pero ¿por qué?, ¿qué hemos hecho?
—Lo mejor será que vayamos a casa de tía
Fila.
A pesar de que intentaban mantener el paso
tranquilo, a medida que se acercaban a la esquina tras la cual se
encontraba la panadería de tía Fila, iban más rápido. Elena casi
tenía que correr para mantenerse junto a su hermano, que andaba a
grandes zancadas. Joach fue el primero en doblar la esquina y se
detuvo con tanta brusquedad que ella le dio un empujón por la
espalda que lo obligó a dar un traspié hacia adelante. Entonces
Elena vio lo que los aguardaba al otro lado de aquella
esquina.
Donde antes se erguía la panadería de tía
Fila con su olor a pastas de fruta y pasteles azucarados, ahora
había sólo una estructura chamuscada de maderos y vigas
ennegrecidas. Lo primero que se le ocurrió a Elena fue pensar que
su fuego mágico había logrado trascender de algún modo los campos y
había pasado a la tienda de su tía. Sin embargo, la multitud
pertrechada con antorchas que se agolpaba a su alrededor aclaró
pronto sus dudas.
—¡Está confabulada con el demonio!
—exclamaba alguien entre la multitud.
—¡Mareadle la frente con la señal del ojo
del mal! —gritaba otro. —Cualquiera que tenga que ver con esos
malditos hijos de perra será expulsado de la ciudad.
—¡No! ¡Que sea colgado!
Elena vio a su tía Fila arrodillada delante
de la pastelería quemada. Tenía el rostro cubierto de humo y
ennegrecido por las lágrimas. Uno de sus hijos yacía en un charco
de sangre boca abajo sobre el suelo de guijarros.
A Elena se le nublaron los ojos con las
lágrimas. Aunque su fuego no había quemado directamente la tienda
de su tía, sí que había logrado destruir a su familia. Entonces
avanzó hacia la multitud.
—¡No! —exclamó Joach para detenerla.
Podrían haberse escabullido, sin más,
doblando la esquina y, tal vez, habrían logrado escapar, pero el
gesto de Elena y la exclamación de Joach atrajeron la atención de
la gente. La mayoría no dio importancia a aquellos dos niños
vestidos con ropa harapienta, pero Bertol, el hijo de tía Fila, los
vio y los reconoció.
—¡Ahí están! ¡Ésos son mis primos! ¿Lo veis?
¿Veis que no los estábamos ocultando en la tienda? —exclamó
señalándolos con el dedo.
Tía Fila levantó una mano hacia su hijo, en
un ademán por intentar retirar las palabras y la traición de
Bertol. Por un instante su mirada chocó con la de Elena: tenía los
ojos llenos de pesar y de dolor.
La multitud se encaminó hacia ellos. Joach
intentó retener a Elena a su lado pero de repente unas manos
fuertes los agarraron por detrás.
Elena chillaba sin lograr desasirse. Ella y
Joach fueron empujados hacia la multitud. Elena volvió la vista
hacia su capturador: era el carnicero. Con unos brazos tan gruesos,
no resultaba difícil para él retenerlos a ambos. Tenía los labios
blancos de odio y los ojos le brillaban con el rojo de la muerte.
Er'ril miraba ceñudo al hombre de las montañas, que permanecía
todavía de rodillas a sus pies. Nee'lahn parecía confusa ante
aquella reacción y se cubría la boca con una mano.
—Kral —dijo Er'ril—, no sé nada que condene
a tu pueblo a su destrucción. Levántate y olvídate de esa
locura.
Kral se limitaba a gemir con la mirada
clavada en el suelo.
El posadero se acercó con la escoba
levantada a lo ancho de su enorme barriga.
—¡Fuera los dos! —Hizo un gesto con la
escoba, invitándolos a marcharse y, señalando a Kral con el palo
prosiguió—: ¡Fuera antes de que este patán se desmaye en mi
suelo!
Entonces Kral se incorporó con el aspecto de
un oso erguido frente al posadero gordinflón.
—¡Calla esa lengua o te la clavaré en la
puerta!
El posadero palideció, dio un paso atrás y
blandió la escoba más arriba.
—¡No... no me hagáis llamar a la guardia de
la ciudad!
Kral extendió la mano para agarrar al
posadero, pero Er'ril apoyó una mano en el enorme hombro.
—Kral, no merece la pena. Dejemos a este
hombre.
Er'ril tiró de aquel hombretón en dirección
hacia la puerta. Era como intentar mover una piedra hundida en el
suelo. Sin embargo, Er'ril sintió que el hombro de aquel hombre
aflojaba y Kral dejó que lo apartara de la garganta del
posadero.
—En el futuro, cuida tus modales con el
pueblo de las montañas —dijo Er'ril al posadero.
Tirando de Kral, se dirigió hacia la puerta
de la posada. Nee'lahn los siguió hasta el exterior. Las calles
empedradas estaban extrañamente vacías, con excepción de una pareja
de soldados que ganduleaba en una esquina cerca de dos caballos
atados con cuerdas. Uno, con la chaqueta desabrochada y la barriga
colgándole por encima del cinturón, los miró con expresión aburrida
y luego se volvió hacia su compañero, que fanfarroneaba de las
maniobras de la noche anterior.
Er'ril no les prestó atención y se volvió
hacia Kral.
—Aquí es donde nos separamos, hombre de las
montañas —dijo—. Busca al skal'tum y, por mucho que te duela oírlo,
espero que no lo encuentres jamás. Yo, por mi parte, emprenderé la
ruta hacia la planicie. —Luego se volvió hacia Nee'lahn, que
todavía tenía la vista clavada en los soldados. Estaba nerviosa y
hacía girar un guijarro con el pie—. ¿Y tú, tañedora de laúd, qué
camino vas a tomar?
Er'ril no obtuvo jamás la respuesta de
Nee'lahn, porque en ese preciso instante un hombre de la ciudad fue
al encuentro de los dos soldados apostados en la esquina.
—¡Los hemos encontrado! —gritaba—. ¡Los
niños del demonio! ¡Los hemos atrapado como conejos en una trampa!
¡Rápido, venid!
El más gordo de los guardas se apartó
rápidamente de la pared en la que estaba apoyado e hizo un gesto
hacia su compañero.
—Ve a la guarnición a dar el aviso —dijo con
voz aburrida, sin hacer mucho caso a aquel hombre excitado—. Iré a
ver qué ha encontrado este hombre.
El otro soldado asintió y desató su caballo.
Montó con rapidez en él y pasó veloz delante de Er'ril y de sus dos
compañeros en un estrépito de cascos que se apagó cuando dobló una
esquina.
—Enséñame lo que habéis atrapado —dijo el
soldado que quedaba.
—Son esos hijos de perra de Morin'stal —dijo
el hombre señalando al final de la calle—. Incluso el primo lo ha
confirmado.
Se adelantó para mostrar el camino al
soldado y desaparecieron juntos entre la tienda del sastre y la del
zapatero.
Nee'lahn fue la primera en hablar:
—¿Qué harán con esos niños?
—La ciudad está indignada. —Er'ril miró el
camino por el que se habían marchado el hombre y el soldado—. La
mención de los demonios en las ciudades pequeñas se resuelve de un
modo brutal. Seguramente al final del día los condenarán a
muerte.
—Pero ¿y si todo son murmuraciones y
rumores? —dijo Nee'lahn—. Entonces se derramará sangre de
inocentes.
—Eso no es asunto mío —repuso Er'ril
encogiéndose de hombros.
—Si cierras los ojos ante esto, entonces su
sangre manchará tanto tus manos como las de la gente del pueblo
—objetó Nee'lahn con los ojos muy abiertos.
—Yo ya tengo las manos manchadas con la
sangre de un inocente —repuso Er'ril con amargura.
Recordó la noche de la creación del Libro y
al joven mago muerto en un charco rojo con la espada de Er'ril
clavada en la espalda como una planta entre las piedras.
—Conozco tu historia, Er'ril. Pero aquello
ya ocurrió. ¡Esto es ahora! —La mirada de Nee'lahn era furiosa—. No
permitas que un error te manche las manos de sangre para
siempre.
Er'ril sintió que se sonrojaba, aunque no
sabía decirse si era de rabia o de vergüenza.
Afortunadamente, Kral interrumpió:
—Si estos niños son hijos del diablo —dijo—,
entonces el skal'tum andará cerca. Voy a verlo.
—Yo también quiero ir —convino
Nee'lahn.
Ambos clavaron los ojos en Er'ril. Un par de
ellos tenía una expresión resuelta y orgullosa; el otro, preocupada
y colérica. Hubo un tiempo en que él había sentido emociones
parecidas al pensar en niños en peligro. Pero ahora, ¿qué sentía?
Buscaba en su interior y no encontraba nada, y eso lo inquietaba
más que aquellas miradas interrogantes. ¿En qué se había convertido
tras esos años interminables? Miró a Nee'lahn y Kral.
—Vamos a descubrir la verdad.
Elena vio que Joach se esforzaba por
quitarse los lazos que le ataban las muñecas. Las suyas estaban
sujetas también por cuerdas gruesas, pero ella estaba quieta. ¿Para
qué debatirse? Contempló los restos de la panadería de su tía. La
gente los rodeaba haciendo mofa y burla. Ella conocía a la mayoría
de ellos, pues había ido a la escuela con muchos de sus hijos. Aun
así, tenían el rostro deformado por el odio. Aunque ella y Joach
lograran desasirse de sus ataduras, ¿adonde huir? Aquél era su
hogar y ésa era su gente.
Una pequeña piedra salió despedida de entre
la gente y fue a dar en su frente haciéndola trastabillar. Sintió
un escozor y la sangre empezó a brotarle de la herida. Observó que
su primo Bertol se disponía a tomar otro guijarro del suelo, pero
tía Fila se lo impidió dándole un palmetazo. Por lo menos, había
una persona que aún se preocupaba por ella. Las lágrimas le
inundaron los ojos, pero no eran por el dolor, sino, sobre todo,
por lo que había perdido.
Joach, por fin, dejó de resistirse; era
evidente que también había sucumbido a la inútil futilidad de ese
empeño y se le acercó. No podía decir nada.
El carnicero se abrió paso entre la
multitud, avanzó hacia ellos y extendió una mano hacia Elena. Joach
intentó interponerse entre ambos, pero fue abofeteado por la manaza
sebosa de ese hombre. Cuando su hermano cayó de rodillas, Elena
observó que de sus labios brotaba sangre. Entretanto, el carnicero
le quitó de un zarpazo el sombrero de cazador y dejó caer su
cabellera pelirroja.
—¡Mirad! —dijo—. ¡Mirad a la bruja! Éste es
el demonio que ha destruido nuestras tierras y ha matado a unas
buenas personas. Que su dulce rostro no os confunda. —El carnicero
deslizó un dedo por las mejillas y el cuello de Elena—. ¡Ah! ¡Este
cuerpo inocente!
De pronto, le agarró la camisa y se la abrió
con un brusco tirón. Los botones cayeron entre las piedras del
suelo.
Elena chilló ante aquella agresión. La
multitud dio un respingo ante el comportamiento del carnicero.
Joach intentaba acercarse al hombre, pero las manos le impedían
levantarse.
El carnicero pasó un dedo por el pecho
incipiente y desnudo de Elena.
—Tiene una apariencia muy inocente —dijo con
voz grave y ronca—, pero es perversa y lasciva. —Se apartó de golpe
de Elena—. Siento que su maldad intenta penetrarme y me provoca
pensamientos impuros. —Volvió a mirar a Elena—. ¡Atrás, bruja! No
lograrás vencerme como hiciste con tu hermano.
El carnicero se tapó los ojos con la mano y
le dio la espalda.
Después de aquella actuación, la gente
permaneció en silencio hasta que tía Fila se abrió paso.
—¡Ya basta! —gritó al gentío.
Se acercó a Elena y le cubrió el pecho con
la camisa raída. Elena sintió el olor a harina y azúcar en el
delantal de su tía. Seguramente estaría trabajando en la cocina
cuando las gentes se soliviantaron y arrasaron la panadería. Elena
se dejó envolver por el abrazo de su tía. Tía Fila volvió su mirada
hacia la gente.
—¡Todavía es una niña! ¿No veis lo asustada
que está? ¿Acaso el demonio tiene miedo de las ataduras y a los
humanos? ¿Qué pruebas hay en su contra? ¡Palabras y rumores! ¡Nada
más!
Las gentes hablaban entre sí con tono
airado.
—¡Los campos! —gritó alguien—. ¡Casi hemos
perdido una cuarta parte de la cosecha!
Tía Fila no se amilanó. Se apartó de la cara
un mechón de pelo gris. Sus palabras eran como trozos de hielo de
las montañas.
—¡Yo he perdido más en este día que todos
vosotros juntos! ¡Mi hijo ha sido asesinado cruelmente mientras
intentaba defender mi tienda! ¡A mí esta niña no me ha hecho ningún
daño, ha sido esta locura! —Señaló con el dedo a algunos entre el
público—. ¿Y si fuera tu hijo el que estuviera ahí? ¿O el tuyo,
Gergana? Poned fin a esta locura y escuchad a vuestro corazón. —La
multitud estaba subyugada por sus palabras—. Conozco a estos niños
y no tienen en su cuerpo nada maligno. ¡Y vosotros también los
conocéis! ¿Cuándo alguno de ambos no se ha comportado con educación
y buenas maneras?
—¡Vamos! —exclamó el carnicero—. Todos hemos
oído hablar de las rarezas de ella. Siempre anda escondida por el
bosque, relacionándose con demonios. ¡Seguro! ¡Si acaba de intentar
embrujarme!
—¡Mientes! —Tía Fila señaló con el dedo al
carnicero, con los labios finos por la rabia contenida—. Ésa es tu
propia maldad. El comportamiento de este hombre habla de su propio
espíritu corrupto... no del de estos niños. ¡Asaltar a una chica
tan pequeña de ese modo! Eso sí es maldad, no la niña.
A estas alturas, muchos ojos se volvían con
desprecio hacia el carnicero. Elena se permitió un momento de
esperanza y pensó que tal vez tía Fila lograría vencer aquella
locura. Pero entonces Elena oyó unas palabras a su espalda
procedentes de una voz que parecía venir de una tumba enmohecida y
que ya le resultaba conocida.
—¡Buena mujer, apártate de esa niña! Te ha
engañado a ti y a todos. Es una bruja y yo os voy a dar una prueba
de ello.
Elena se dio la vuelta y vio la figura
encapuchada del anciano que había matado a sus padres. A sus
espaldas tenía a unos soldados. Las rodillas de Elena temblaron
cuando sus ojos muertos se posaron en ella. El anciano se acercó
lentamente hacia ella apoyándose en su báculo de madera de
poi.
—¡Abrid paso! —ordenó a la gente con un
siseo.
Tía Fila no le hizo caso y se interpuso
entre él y Elena.
—¡Tú! ¡Has sido tú quien ha acusado a estos
niños!
Elena tenía tanto miedo que se quedó sin
habla. Dio un golpecito al brazo de su tía con el codo para que se
mantuviera apartada de él pero ella no le hizo caso.
El anciano agitó el báculo hacia su
compañero vestido de negro.
—Rockingham, llévate a la niña a la
guarnición. Ahí la interrogaremos y demostraremos que su corazón es
demoníaco.
Rockingham avanzó acompañado de cuatro
guardas. La tía Fila asió a Elena por el hombro y la llevó hacia la
gente.
—Hace dos años hicisteis lo mismo con la
niña Sesha. Todavía me parece estar oyendo sus gritos. —Tía Fila
levantó un brazo y lo agitó hacia la— gente—. ¿Quién está dispuesto
a entregar otro niño a estos monstruos? ¡Este es nuestro valle!
¡Nuestra ciudad!
Alrededor de Elena, la gente del pueblo se
hacía eco de las palabras de tía Fila. Sintió que el corazón le
latía y por fin pudo hablar.
—¡Tía Fila! Ellos son los que mataron a
madre y padre.
Cuando la gente oyó esas palabras, profirió
un grito sofocado.
Al ver que la multitud se volvía más
beligerante, Rockingham y los cuatro soldados retrocedieron.
Algunos hombres del pueblo desenfundaron sus cuchillos. Elena vio
que el sastre le cortaba las ataduras a Joach. Luego se acercó
rápidamente hacia Elena y también la desató. Al verse liberada, la
niña se frotó las muñecas, que tenía en carne viva.
—Ya te dije que tía Fila nos ayudaría —dijo
Joach con semblante emocionado.
Elena notó la mirada de asombro de tía Fila
cuando vio la mano derecha manchada. Inmediatamente, su tía se
apresuró a taparla.
—Mantenía oculta —le susurró, bajándole
hasta la mano la manga de la camisa. Luego volvió su atención al
tumulto que se avecinaba. Los soldados dieron un paso de prueba,
pero estaban en minoría.
—¡Dejad a la niña en paz! —gritó
alguien.
Otro, con el cuchillo en alto exclamó:
—¡Hay que proteger a los niños!
Tía Fila se inclinó al oído de Elena y le
dijo:
—Ahora estás segura, querida. No temas. No
permitiremos que hagan más daño a nuestra familia.
Pero Elena apenas oyó las palabras de su
tía. Tenía la mirada clavada en el anciano. Vio cómo levantaba su
báculo y daba dos golpes con él contra los guijarros de la calle.
Nadie más advirtió la acción de ese hombre decrépito. Pero Elena
recordaba la señal: era la misma que había utilizado para invocar a
los gusanos blancos contra ella y contra su hermano.
—¡No! —Elena chilló. Asió con fuerza el
brazo de Joach, que hizo una mueca de dolor—. ¡Tenemos que huir!
Pero ya era demasiado tarde.
Alguien entre la gente gritó horrorizado
mientras todas las miradas se volvían hacia el cielo manchado de
humo.
Detrás de la línea de tejados asomó una
figura enorme batiendo sus inmensas alas por el aire. Elena
reconoció el ruido correoso. Su grito estridente asustó a la
multitud, que se escabulló como una rata frente a un gato dispuesto
a atacarla. Aunque antes había permanecido oculta bajo el cielo de
la noche, aquella criatura monstruosa era, sin duda, la misma que
los había hostigado a ella y a su hermano durante su huida por los
campos incendiados. Al verla, Elena deseó que la oscuridad
regresara para no tener que soportar aquella visión. Su sola
presencia parecía mancharle el alma.
—¡Mirad! —gritó el hombre de la túnica,
señalando al animal con su brazo derecho que terminaba en un
muñón—. ¡Aquí tenéis a su demonio consorte, que ha venido a
rescatarla!
La gente irrumpió en chillidos y huyó
despavorida en cuanto aquel ser se precipitó hacia Elena. Cuando
tocó con los patas en el suelo y clavó las garras en los adoquines,
sólo quedaban Joach y su tía. A través de la piel se le veía la
sangre negra agitándose en un fluido espeso. Entonces el monstruo
plegó las alas, lanzó un siseo hacia la multitud, que se
apelotonaba en portales y detrás de escaparates de tienda, y clavó
una mirada siniestra y perniciosa a Elena, con los ojos brillantes
de maldad.
Tía Fila se interpuso entre ella y la
bestia.
—¡Corred, niños! —dijo entonces encarándose
a la bestia—. ¡Id con el tío Bol!
No había terminado de decirlo cuando Joach
ya estaba tirando de Elena hacía los testos quemados de la
panadería. Entretanto, el monstruo embistió como una serpiente
hacia adelante y agarró a tía Fila.
—¡No! —exclamó Elena al distinguir el
crujido de la espalda entre los gritos. A continuación, el monstruo
desgarró la garganta de su tía con los dientes afilados y tiró el
cuerpo al suelo.
—¡No! —gimió de nuevo mientras su hermano la
empujaba para huir.
Joach fue demasiado lento. El monstruo
extendió una pata y lo agarró por el cuello.
—¡Joach! —gritó Elena mientras su hermano,
con los ojos abiertos por el espanto y medio asfixiado, era
apartado violentamente de su lado y levantado por los aires.