CAPITULO 19

Elena permanecía paralizada en la calle con la vista clavada en el lugar donde unos instantes antes se encontraba su hermano. Ahora sólo se veían adoquines ennegrecidos. La ciudad que la rodeaba en silencio parecía contener el aliento. Con Joach había desaparecido la capacidad de Elena para entender lo que ocurría. Cuando el caballero manco se le acercó, ella ni siquiera pestañeó.
—Lo siento —le dijo mientras le pasaba la única mano que tenía sobre los hombros. Las palabras que dijo a continuación estaban teñidas de una rabia contenida—. No podía imaginar el poder de ese monstruo. No temas. Lo atraparé y liberaré a tu hermano.
—Er'ril —preguntó mientras se acercaba la pequeña mujer que había puesto a salvo a Elena—. ¿Quién era ese hombre encapuchado? ¿Lo has reconocido?
—Alguien de mi pasado —musitó—, alguien a quien jamás imaginé que volvería a ver.
—¿Quién?
—Ahora no importa. La gente de la ciudad está nerviosa. Será mejor que huyamos de este maldito valle.
Alrededor, la ciudad empezaba a salir del aturdimiento causado por aquel asalto demoníaco. En las calles cercanas se oían llamadas a las armas.
—¿Qué hacemos con la niña? —preguntó la mujer.
Elena tenía la vista clavada en el suelo mientras murmuraba con voz débil:
—Mi hermano...:
—La llevaremos a un lugar seguro. Luego investigaré qué ha ocurrido con el mago y el niño.
El gran hombre de las montañas se acercó y se interpuso entre Elena y el lugar donde Joach había estado. Aquella intromisión agravó más la extraña relación que Elena había establecido con aquel punto. Entonces la oscuridad se apoderó de la visión de la niña y cayó desmayada sobre el suelo adoquinado. El fuerte brazo del caballero logró agarrarla antes de que diera con la cabeza contra el suelo.
—Er'ril, el corazón de esta niña está herido por los horrores que ha visto aquí —dijo la mujer—. Tenemos que llevarla a algún lugar acogedor y alejado de aquí.
—Nee'lahn, tendrías que descubrir si tiene más familia.
Al sostener a Elena por la espalda, Er'ril había hablado cerca de su oído. La palabra familia logró atravesar la oscuridad que se cernía sobre el corazón de Elena. Al abrir los ojos su vista se clavó en los restos calcinados de tía Fila, esparcidos como trapos en un a rincón a la sombra. Las lágrimas que se habían mantenido heladas dentro del corazón se fundieron, empezaron a aflorar y estalló en sollozos. Elena recordó las últimas palabras de su tía y, con un gran esfuerzo, volvió el rostro hacia el caballero.
—Tengo un tío. Dijo... me dijo que fuera allí.
—¿Quién te lo dijo, cariño? —preguntó la mujer, arrodillándose a su lado.
—¿Dónde está tu tío? —interrumpió Er'ril.
Elena señaló con la mano hacia el norte de la ciudad.
—¿Sabrías conducirnos hasta allí?
Ella asintió. De pronto una voz muy grave irrumpió en las cercanías. —¡Mirad a quién tenemos aquí!
Elena y Er'ril se volvieron. Elena vio al hombre de las montañas que rebuscaba detrás de un barril de agua de lluvia y sacaba de ahí a un hombre delgado vestido con un uniforme sucio de la guarnición.
—¿Quién es éste?
Elena conocía la respuesta a la pregunta del caballero. Ya había visto esa cara pálida de bigote cuidado y ojos negros.
—¡Él fue quien m...m...mató a mi familia! ¡Iba con el viejo! —exclamó.
Era el llamado Rockingham.
Er'ril observó que el hombre miraba tembloroso a derecha y a izquierda en busca de ayuda o escapatoria. Sin embargo, Kral lo tenía inmovilizado con el puño de piedra enrollado a la capucha de su uniforme mientras con la otra mano sostenía un hacha. Er'ril lo reconoció como el hombre delgado que había hablado con el mago negro.
—¿Quién eres?
—Soy... el jefe de la guarnición del condado. —Rockingham quiso que su voz pareciera amenazadora pero sus palabras estaban desgarradas por el miedo. No podía apartar la vista del cuerpo descabezado de la bestia que el hombre de las montañas había matado—. Haríais bien en soltarme.
—Esta niña dice que estás confabulado con el mago negro. ¿Es eso cierto?
—No. Miente.
Er'ril hizo un gesto con la cabeza al hombre de las montañas. Había un modo de comprobar la verdad.
—Compruébalo.
Kral asintió y colocó el hacha sobre el barril de lluvia. Entonces levantó las manos y colocó las palmas contra las sienes del hombre. Rockingham intentó separarse pero Kral apretaba con fuerza. Al cabo de un instante, el hombre de las montañas apartó las manos, como si se hubiera quemado con fuego.
—Kral, ¿dice la verdad?
—No puedo decirlo. —El hombre de las montañas doblaba una mano como si la tuviera herida—. Nunca he sentido algo así. Parece... parece como si... si...
Kral agitó la cabeza en señal negativa.
—¿Qué? —exclamó Nee'lahn.
—Como si este hombre estuviera fabricado de mentiras. Sus palabras son sólo unas gotas pequeñas en un océano monstruoso de mentiras. No puedo leer en él.
Kral se separó del hombre a la distancia que le permitía su brazo extendido; parecía que le daba asco tocarle de nuevo la piel.
—¿Crees que...?
Una corneta atronó con fuerza por la ciudad e interrumpió la siguiente pregunta de Er'ril. Al primer sonido le respondió un coro de cuernos, que asustó a una bandada de palomas en un tejado cercano. El estrépito procedía de la guarnición. Er'ril se dio cuenta de que la gente podía empezar a mirar a hurtadillas por las ventanas y por detrás de las puertas. La ciudad iba recuperándose del asombro ante aquel asalto mágico.
—Tal vez deberíamos seguir tu consejo, Er'ril, y marcharnos. No ganaremos nada quedándonos aquí —opinó Nee'lahn.
Los cuernos volvieron a atronar.
—Mis hombres están de camino —dijo Rockingham—. Soltadme, dejadme a la niña y os perdonaré la vida.
Kral zarandeó al hombre y le provocó un grito.
—No creo que estés en posición de dar ninguna orden. Kral, tráelo. Vendrá con nosotros.
Elena se estremeció.
—¡No! ¡Es un malvado!
Er'ril colocó una mano en el hombro de la niña; lo último que le faltaba era una niña histérica.
—Es posible que sepa adonde se han llevado a tu hermano. Este hombre puede saber cómo encontrarlo —dijo con suavidad.
Er'ril vio cómo la niña intentaba recuperarse de sus temores y enderezaba su espada hundida. La determinación le brillaba en los ojos.
—No me fío de él —dijo Elena mirando al prisionero.
—Yo no me fío de nadie —repuso Er'ril sintiendo un atisbo de respeto por aquella jovencita. Luego se volvió hacia Kral y Nee'lahn—. Vayamos en dirección norte y veamos si encontramos a su tío y algunas respuestas a todo lo que acaba de ocurrir aquí.
Kral asintió y ató a Rockingham por las muñecas. Cuando hubo terminado, afianzó el hacha en el cinturón y colocó un cuchillo hacia las costillas del soldado.
—Así mantendrás tu lengua bien quietecita —gruñó con una mueca nada simpática.
Nee'lahn tomó a Elena por la espalda.
—Ven conmigo, mi niña.
Er'ril tomó el camino en dirección norte a través de bocacalles y callejuelas. El terror todavía mantenía a la gente dentro de las casas o patrullando por las calles principales. Pocos ojos se dieron cuenta de su paso.
Bol contempló la habitación y se frotó el espeso bigote que ocultaba los gruesos labios fruncidos. Ya estaba listo. Había colocado las pilas de libros y manuscritos en armarios, anaqueles, alacenas y esquinas desocupadas. Por fin había quitado de la mesa de comedor su biblioteca. Llevaba varias décadas sin ver la madera de la mesa; algunos libros habían dejado marcas de sus tapas en el barniz de roble. La superficie estaba manchada por gotas de cera amarillenta de velas y la madera presentaba un aspecto marcado y enfermo. Suspiró. Eso tenía que bastar. Al fin y al cabo él no era camarero.
Al pasarse los dedos por la cabellera blanca, olió el ko'koa que hervía en el hornillo. Las lentejas de la sopa ya debían de estar cocidas. Quedaba el asado por untar, pero eso todavía podía esperar un poco. Tal vez sería bueno recoger un manojo extra de zanahorias del huerto. Pronto empezarían las heladas y, si no lo hacía, podrían estropearse.
Por la ventana orientada al este contempló la puesta del sol detrás de los picos de la Dentellada. Unas nubes de tormenta se alzaban desafiantes entre las cimas de las montañas, desdibujándolas con la lluvia. Aquélla sería una noche pasada por agua.
No, las zanahorias tendrían que esperar. No tenía mucho tiempo.
No dejaba de agitar con las manos el amuleto que llevaba colgado en el cuello con una cinta hecha con los cabellos de su hermana Fila. Seguro que ella habría preparado una comida mejor, pero las cosas eran así. El destino había escogido entre los gemelos y había arrebatado a Fila. Ahora ella tenía sus propias responsabilidades y había delegado en Bol para las cuestiones más prácticas. Ya se vería más adelante quién se llevaría la peor parte en ese asunto. Los caminos que partían de aquella habitación apuntaban a miles de puntos cardinales distintos. Como una piedra al desplomarse tras siglos de lluvias siembra un camino de destrucción en un lado de la montaña, para ninguno de ellos era posible la vuelta atrás.
—El fuego anunciará la llegada de ella —musitó en la sala vacía—. Pero ¿qué ocurrirá después?
Un estremecimiento se le coló entre la camisa áspera y la ropa interior de lana y le produjo un hormigueo en la piel. A continuación, se acercó a la chimenea y con un atizador de latón avivó el fuego. Se colocó de pie delante de las llamas para que su ropa se calentara con el calor. ¿Por qué sentía tanto frío en los huesos? ¿Era la edad? Últimamente parecía que nunca estaba caliente.
Pero ésa no era la causa real de que permaneciera de pie junto al fuego. Todavía tenía que prestar atención a la última de sus tareas. Apretó con fuerza el amuleto del pecho.
—Fila, por favor, aparta de mí esta obligación. Tú siempre fuiste la más fuerte de los dos.
No obtuvo respuesta. El amuleto no tenía ni siquiera la calidez que le era propia. Tampoco lo esperaba. Fila estaba más allá de donde pudiera alcanzarla un truco tan simple como aquél. Estaba solo ante su tarea.
Se calentó los dedos con las bocanadas de aire caliente que manaban del hogar en un intento por purificar de algún modo lo que tenía que hacer. Contempló los diminutos pelos blancos de sus nudillos. ¿En qué momento se le habían vuelto tan viejas las manos? Ahora sólo eran bultos de hueso arrugados cubiertos de piel apergaminada.
Con un suspiro, dejó caer las manos y se volvió de espaldas al fuego. Si su interpretación de los párrafos leídos era cierta, faltaba muy poco para que llegara el grupo. Bol había construido aquella casa en su juventud precisamente en ese lugar en vista de la noche que se avecinaba. Las ruinas de la sala de culto de la antigua escuela estaban enterradas bajo las tablas del suelo. Allí estaba el lugar que los atraería a todos y donde empezaría el viaje.
Esa noche tenía que ser tan fuerte como Fila.
Se acercó a un armario impenetrable hecho de hierro. La puerta estaba cerrada con una única llave. Dudó un momento, pero inmediatamente se quitó la cuerda trenzada del cuello, la levantó y miró el amuleto. Este, un jarro de vino esculpido en jade verde, contenía tres gotas de agua sagrada, en la que todavía había antiguos indicios de las energías elementales. Aquel amuleto había permitido a los dos gemelos comunicarse a grandes distancias y había sido vital para la coordinación de sus planes y esfuerzos.
Cerró los ojos. Lo que Bol tenía en la mano era tan sagrado como el amuleto, era el vínculo con su hermana fallecida. Le resultaba muy difícil desprenderse de aquel recuerdo de su hermana. Aun así... Imaginó los ojos grises y severos de su hermana y pudo adivinar lo que le diría ante su tardanza.
—Apresúrate, viejecito —le recriminaría—, algún día tendrás que desprenderte de él.
Ella había sido siempre la más práctica de los dos.
Una pequeña sonrisa asomó entre sus labios. Hizo girar el amuleto en la cuerda y dio con él contra el sello del armario de hierro. Los trozos de jade cayeron al suelo. Uno de ellos lo golpeó en la mejilla, como si fuera un bofetón por haber destruido una pieza de arte tan delicada, pero Bol no prestó atención al ligero dolor. La llave había funcionado. El sello del armario se había roto. Acercó la mano al tirador y abrió una puerta que había permanecido sellada durante dos décadas. En su interior oscuro sólo había un objeto: una caja de madera de rosal con tracerías floreadas de oro en los lados. Bol no sacó aquella caja tan bonita, sino que se limitó a levantar su tapa de bisagra. Sobre un cojín de seda de color violeta yacía una daga, más antigua que cualquiera de los edificios del valle y que los recuerdos de la mayoría de la gente.
Antes de que el miedo paralizara su mano, cogió la empuñadura de la daga y la sacó de su estuche. La sostuvo en alto ante la luz de la chimenea. Su filo negro parecía absorber la luz, mientras la rosa de oro esculpida en la empuñadura reflejaba el fuego con un brillo exuberante.
El llanto amenazaba con salir mientras sostenía la daga, pero su mano no tembló y las lágrimas no llegaron a salir. Bol conocía su obligación. Era el hermano de su hermana.
—Perdóname, Elena —susurró en la habitación vacía.