VIII
Cuando Howie, Jo-Beth y Grillo entraron en el confuso terreno del perímetro de la Curva, el brevísimo instante a ambos lados de las cinco y media de la madrugada del diecisésis de julio de 1945, que había sido creado, confiscado y aprisionado por Kissoon, una luz floreció a espaldas de ellos. Aunque no se puede decir que floreciera, porque los hongos no tienen flores. Ninguno de ellos volvió la vista, sino que siguieron arrastrando sus exhaustos cuerpos, en un último esfuerzo sobrehumano que les llevó, con el fuego pisándoles los talones, a la seguridad que el tiempo verdadero les brindaba. Permanecieron echados durante largo rato sobre el suelo del desierto, incapaces de moverse, y sólo se pusieron en pie con grandísimos esfuerzos cuando el riesgo de ser fritos llegó a ser imposible de desatender.
El regreso a California les resultó largo y difícil. Encontraron una carretera después de una hora de vagabundeo, y, al cabo de otra hora, dieron con un garaje abandonado a un lado de la carretera. Allí Grillo dejó a los dos amantes, porque comprendió que le iba a ser imposible seguir adelante con tales monstruos. Después de mucho tiempo de intentarlo, encontró quien le llevase en coche, y, en una pequeña ciudad, pudo comprar una furgoneta muy usada con todo el contenido de su billetera, incluidas las tarjetas de crédito, y así pudo volver al garaje para recoger a Howie y a Jo-Beth y llevarles de regreso al Condado de Ventura. Los dos pasaron el trayecto echados en la trasera de la furgoneta, sumidos en más profundo sueño, y era tal su agotamiento que nada les despertaba. Volvieron a Grove justo antes del alba del día siguiente, pero no había acceso a la ciudad. Las mismas autoridades que se mostraron tan lentas y negligentes o —como Grillo sospechaba— cómplices en no defender a Grove contra las fuerzas que eruptaban en su seno, se habían vuelto ahora, al desaparecer esas fuerzas, obsesivamente cautas. La ciudad estaba sellada. Grillo no desobedeció el edicto. Se limitó a dar media vuelta ante las barricadas y lanzarse carretera adelante hasta encontrar un sitio donde estacionar la furgoneta y dormir. Unas horas más tarde, cuando despertó, encontró la trasera de la furgoneta vacía. Se apeó. Le dolían todas las articulaciones. Orinó y fue en busca de los amantes, a los que encontró en una pendiente, tomando el sol. Las transformaciones efectuadas en ellos por la Esencia estaban en franca retirada. Ya no tenían las manos unidas, las extrañas formas crecidas en sus rostros habían cedido bajo el calor del sol hasta no quedar de ellas más que leves manchas en la piel, antes impoluta. Con el tiempo era probable que también esas manchas desaparecieran. Lo que Grillo dudaba que jamás llegara a borrarse era la expresión que vio en sus ojos cuando lo miraron: era la mirada de dos personas que acaban de compartir una experiencia jamás compartida por nadie en todo el Mundo, y, como consecuencia de ello, habían llegado a una total posesión mutua. Más de un minuto pasado en su compañía le hacía sentirse como un intruso. Los tres hablaron brevemente de lo que convenía hacer, y llegaron a la conclusión de que lo mejor sería continuar en las cercanías de Grove. Ninguno de ellos hizo la menor alusión a los sucesos de la Curva, o de la Esencia; aunque Grillo ardía en deseos de preguntarles a qué sabía flotar en el mar de los sueños. Una vez ultimado el más elemental de los planes, Grillo volvió a la furgoneta y esperó a que los dos se reunieran con él. Llegaron a los pocos minutos, cogidos de las manos.
No faltaron los testigos del traslado espacial y temporal operado por Tesla con parte de «Coney Eye». Observadores y fotógrafos se habían agolpado en la colina y se cernían sobre ella, y vieron la fachada cubrirse de humo, hacerse transparente, y, finalmente, desaparecer por completo. Al arrancarse de ella una parte de su estructura, la casa entera sucumbió a la fuerza de la gravedad. Si no hubiera habido más que dos o tres testigos de esto, podrían haber surgido dudas sobre la veracidad de tales relatos. Después de todo, no era corriente que madera y pizarra sólidas desaparecieran de pronto, pasando de un plano existencial a otro. Pero, por fortuna, eran veintidós los testigos, y cada uno de ellos tenía su personal manera de describir lo que había visto —algunos, concisa, otros, retórica— sin que la esencia del relato variase en nada. Buena parte del museo de Buddy Vance del verdadero arte estadounidense había sido trasladado a otra realidad distinta.
Algunos testigos (los más hastiados de todos) llegaron incluso a asegurar que habían captado un vislumbre de esa otra realidad. Un horizonte blanco y un cielo brillante: podrían ser nubes de polvo volando por Nevada, o por Utah. O por cualquiera de mil o más grandes llanuras desiertas. Después de todo, en Estados Unidos, no escasean esos lugares. El país era enorme y estaba aún lleno de vacíos. Sin embargo, nunca se habían encontrado en él lugares en los que desapareciesen las casas para no reaparecer nunca más, o donde ocurrieran cosas misteriosas a diario sin que nadie lograra explicárselas. Y a algunos de los testigos, después de lo que habían visto, se les ocurrió, por primera vez en sus vidas, que quizás el suyo fuese un país demasiado grande, demasiado lleno de espacios abiertos. Pero, fuera lo que fuese, el caso era que todo aquello había ocurrido en realidad, y que obsesionaba a todos.
Uno de esos espacios, al menos en el futuro previsible, iba a ser el lugar donde, hasta poco tiempo antes, se había levantado Palomo Grove.
El constante proceso de destrucción no terminó con el traslado de «Coney Eye» a la Curva. Ni mucho menos. La Tierra esperaba una señal, y la señal había llegado. Las grietas se agrandaron hasta hacerse fisuras, y las fisuras se convirtieron en abismos, qué engullían calles enteras. Las partes de la ciudad que más sufrieron fueron los barrios de Windbluff y Deerdell, y este último quedó casi aplanado por las ondas expansivas del bosque vecino, que desapareció por completo, dejando en su lugar tierra quemada y revuelta. La colina, con sus suntuosas propiedades, sufrió también un serio golpe, o, mejor dicho, varios golpes. No fueron las casas situadas inmediatamente debajo del lugar donde «Coney Eye» se levantaba las más destruidas (aunque eso hubiera dado lo mismo, en el fondo, porque sus dueños fueron de los primeros en escapar, jurando no regresar), si no las Terrazas. La de Emerson se mudó doscientos metros más al Sur, y sus casas se contrajeron como acordeones en el traslado. La de Whitman se fue al Oeste, y sus edificios, por algún capricho de la geología, se sumergieron en sus propias piscinas. Las otras tres terrazas quedaron, pura y simplemente, laminadas. Gran parte de los escombros cayeron colina abajo y causaron daños en incontables casas. Todo ello, sin embargo, era cosa de poca monta, porque a nadie se le ocurriría tratar de rescatar nada de sus casas; la zona entera fue considerada como inestable durante seis días, y, en este tiempo, los incendios camparon por sus respetos sin que nadie tratase de ponerles coto, destruyendo gran parte de las propiedades que todavía no se habían derrumbado o no habían sido tragadas por la Tierra. En este sentido, una de las partes de Palomo Grove que más sufrió fue Stillbrook, cuyos antiguos ocupantes podrían haber rescatado más tarde algunos de sus objetos perdidos de no ser por un incendio que se declaró en una casa de Fellowship Street una noche en la que soplaba el viento que ya en una ocasión había inducido a los habitantes de Grove a salir a sus patios para oler el mar. Sus ráfagas esparcieron las llamas por toda la zona con devastadora rapidez, y, para la mañana siguiente, la mitad de Stillbrook estaba reducida a cenizas. Cuando la noche del mismo día llegó, ya le había ocurrido lo mismo a la otra mitad.
Fue aquella noche, la noche después del incendio de Stillbrook, y seis días después de los sucesos de la colina, cuando Grillo volvió a Grove. Se había pasado más de la mitad de ese tiempo durmiendo; pero, a pesar de tanto reposo, no se sentía mucho mejor. El sueño no era ya para él la medicina que solía. No encontraba en él alivio y tranquilidad como antes. En cuanto cerraba los ojos, su mente comenzaba a proyectarle escena tras escena del pasado. Y casi exclusivamente del pasado reciente. Ellen Nguyen salía mucho en esta película, pidiéndole, una y otra vez que dejase de besarla y usase más los dientes; y también su hijo, sentado en la cama entre sus hombres globo. Había también apariciones breves de Rochelle Vance, que no hacía ni decía nada, pero que aportaba su belleza al desfile. Y, también, el hombre bueno Fletcher, andando por la Alameda. Y no faltaba el Jaff en la estancia del piso superior de «Coney Eye», exudando poder. Y Witt, vivo. Y Witt, muerto, flotando de bruces en el agua.
Pero la auténtica protagonista era Tesla, que le jugaba su última treta, sonriéndole y no diciéndole adiós, aunque sabía perfectamente que aquello era una despedida. No habían sido amantes, ni amigos íntimos siquiera. En cierto sentido, él nunca había comprendido bien lo que sentía por Tesla. Amor, por supuesto, pero de una especie difícil de expresar; imposible, quizás. Y esto hacía la nostalgia bastante problemática.
Era la sensación de algo incompleto entre Tesla y él lo que impedía a Grillo responder a las llamadas que Abernethy dejaba constantemente en el contestador automático de su casa, aunque bien sabía Dios que aquel artículo le escocía por dentro de puras ganas de salir a la luz pública. Tesla siempre se había expresado de manera ambigua en este asunto de dar publicidad a la verdad, aunque, en último término, le había dado permiso para ello. Pero él sabía que lo había hecho sólo porque pensaba que la cuestión carecía de importancia ya que el mundo estaba al borde de su destrucción y había muy pocas esperanzas de salvarlo. Luego resultó que no hubo fin del mundo, y que ella fue la que murió en su intento de salvarlo. Grillo se sentía obligado al silencio, era una cuestión de honor. Sin embargo, y a pesar de su discreción, no pudo evitar volver a Grove, para ver por sí mismo cómo seguía muriendo la ciudad.
Grove, cuando Grillo llegó, seguía cerrada herméticamente por las barricadas de la Policía. No fueron difíciles de soslayar, sin embargo. Los guardianes de Grove se habían vuelto descuidados en sus deberes desde la fecha en que el cierre fue decretado porque había muy pocos curiosos, desvalijadores o residentes que fuesen tan temerarios como para arriesgarse a pisar sus turbulentas calles: Grillo burló el cordón policial y comenzó a explorar la ciudad. El viento que había esparcido el fuego por todo Stillbrook el día antes había cesado por completo y el humo de los incendios había bajado ya, dejando sólo un regusto casi dulce en la boca, como el que produce el fuego de la buena madera. La situación, en otras circunstancias, hubiera parecido poética; pero Grillo había aprendido mucho sobre Grove y sus tragedias, y no estaba para sentimientos poéticos. Era imposible observar tanta destrucción sin lamentar la muerte de Grove. Su peor pecado había sido la hipocresía, seguir adelante, alegre y confiada, ocultando de manera deliberada su forma de ser. Esta forma de ser había exudado miedos, y hecho realidad los sueños durante algún tiempo, y fueron esos sueños y esos miedos, y no Jaffe y Fletcher, los que acabaron destruyendo por completo la ciudad. Los Nunciatos habían usado Grove como ruedo en el que dirimir sus hostilidades, pero sin inventar nada en su guerra que Grove no hubiera estado alimentando y cultivando en su corazón.
Grillo se sorprendió a sí mismo preguntándose, mientras paseaba por allí, si no habría, quizás, alguna manera de contar la historia de Grove, aunque eso supusiera ir en contra del edicto de Tesla. Por ejemplo si renunciaba a Jonathan Swift y trataba de dar con algún modo poético de expresar todo lo que había visto y experimentado. Eso era algo que él ya había intentado antes, pero ahora (como entonces) sabía, sin molestarse siquiera en comprobarlo, que fracasaría. Había ido a Grove en calidad de narrador exacto, literal, y nada de lo que había visto allí le disuadiría jamás de rendir culto al dato, al hecho concreto.
Dio la vuelta a la ciudad, aunque evitó las zonas donde la entrada hubiera sido suicida, tomó notas mentales de lo que veía, por más que sabía perfectamente que no iba a relatarlo. Luego se escabulló de nuevo, sin que nadie lo descubriese, y regresó a Los Ángeles, donde más noches llenas de recuerdos obsesivos le esperaban.
No les ocurrió lo mismo a Jo-Beth y a Howie. Ellos habían pasado ya su noche oscura del alma entre las mareas de la Esencia, y las noches siguientes, de vuelta ya en el Cosmos, fueron noches sin sueños. Por lo menos, al despertar, no recordaban nada.
Howie trató de persuadir a Jo-Beth de que lo mejor que podían hacer sería volver a Chicago, pero ella insistía en que cualesquiera planes de esa índole resultaban prematuros. Mientras Grove siguiera siendo considerada zona peligrosa, y hubiera allí cadáveres sin recuperar, ella no tenía intención de abandonar su cercanía. No le cabía la menor duda de que su madre estaba muerta, pero hasta que se localizase su cadáver y recibiese cristiana sepultura, Jo-Beth no podía ni pensar siquiera en cualquier tipo de porvenir.
Entretanto tenían mucho que curarse, y eso lo hacían a puerta cerrada, en un motel de Thousand Oaks, lo bastante cercano a Grove para que, cuando considerasen que era seguro volver, Jo-Beth pudiera ser de los primeros en hacerlo. Las huellas que la Esencia había dejado en ellos no tardaron en convertirse en simples recuerdos, y los dos quedaron como en un extraño limbo. Aunque todo estaba consumado, nada nuevo podía comenzar. Y, mientras esperaban, iba creciendo entre ellos una distancia que ni fomentaban ni buscaban, pero que ninguno de los dos podía impedir. El amor que comenzó en el restaurante «Butrick» había provocado una serie de cataclismos de los que ellos sabían perfectamente que no eran responsables, pero que les obsesionaban a pesar de todo. La sensación de culpabilidad comenzó a acosarles mientras esperaban en Thousand Oaks, y su influencia fue creciendo mientras iban curándose y llegaban a la conclusión de que, a diferencia de docenas, quizás incluso de cientos de inocentes habitantes de Grove, ellos, por lo menos, habían salido de todo aquello bastante incólumes físicamente.
El séptimo día después de los sucesos de la Curva de Kissoon, los periódicos de la mañana les informaron de que ya iban a entrar en la ciudad patrullas de rescate. La destrucción de Grove había sido noticia de mucha actualidad, y, por supuesto, se aventuraban varias teorías, procedentes de las fuentes más diversas, sobre la razón de que aquella ciudad hubiese sido la elegida para sufrir tales devastaciones mientras que el resto del valle había sobrevivido sin otra calamidad que algún que otro temblorcillo de tierra y alguna que otra grieta en la carretera. En esos artículos de Prensa no se hablaba de los fenómenos observados en «Coney Eye»; la presión gubernamental había sido suficiente para acallar a los que habían visto ocurrir delante de sus propios ojos lo que no podía haber ocurrido.
La vuelta a Grove fue cauta al principio; pero, para el final del día, gran número de supervivientes estaban de nuevo en la ciudad, tratando de encontrar recuerdos y objetos queridos entre los escombros. Unos pocos tuvieron suerte, pero la mayoría, no. Por cada superviviente que volvía a una calle antes familiar y encontraba su casa intacta, había seis que no veían ante sus ojos otra cosa que completas ruinas. Todo un caos, hecho astillas, aplastado, desaparecido bajo tierra. De todos los barrios, el menos dañado era, paradójicamente, el menos populoso: la Alameda y sus alrededores. El letrero de pino pulido que decía CENTRO COMERCIAL DE PALOMO GROVE, y que estaba a la entrada del estacionamiento, había caído en un agujero, así como gran parte del estacionamiento mismo, pero las tiendas estaban casi intactas, y esto, por supuesto, tuvo como consecuencia que se iniciase una investigación policial porque se encontraron los dos cadáveres en la tienda de los animales, pero los asesinos nunca fueron descubiertos. Dejando a un lado la cuestión de esos cadáveres, lo cierto era que, de haber habido gente dispuesta a comprar, las tiendas de la Alameda hubieran podido abrir aquel día sin otra operación previa que limpiar un poco el polvo. Marvin Junior, el dueño de la tienda de alimentación que llevaba su nombre, fue el primero en organizar el traslado de todas sus mercancías que todavía se hallaban en buen estado. Su hermano tenía una tienda en Pasadena, y a los clientes les tenía sin cuidado la procedencia de las mercancías, con tal de que estuviesen rebajadas. Marvin no se excusó por tanta prisa. Después de todo, los negocios eran los negocios.
El otro traslado que tuvo lugar en Grove, naturalmente, fue de índole más siniestra: el de los cadáveres. Primero buscaron con perros y aparatos de captación sensibles para comprobar si quedaba alguna persona viva bajo los escombros, mas no se encontró a nadie. Luego llegó el turno a la siniestra tarea de desenterrar los cadáveres, pero lo cierto es que no se encontraron los de todos los habitantes que habían perdido la vida en Grove, ni mucho menos. Cuando se hicieron los cálculos definitivos, casi dos semanas después del comienzo de la búsqueda, resultó que había cuarenta y un desaparecidos sin localizar. Se los había tragado la tierra en todo el sentido literal de la palabra, cerrándose sobre ellos. También podía ser que los desaparecidos hubiesen escapado de Grove con gran cautela en plena noche, aprovechando esta oportunidad que se les presentaba de crearse otra identidad y comenzar una vida nueva. Uno de ellos era, según rumores, William Witt, cuyo cadáver fue de los que no se encontraron, pero cuya casa, registrada a fondo, resultó contener suficiente pornografía para mantener las zonas de combate de varias ciudades sobradamente abastecidas durante varios meses. Witt había llevado una doble vida, y la sospecha general era que se había trasladado a alguna otra parte.
Cuando se comprobó que uno de los cadáveres de la tienda de animales era el de Jim Hotchkiss, uno o dos de los periodistas más perspicaces recordaron que la suya había sido una vida atormentada por la tragedia. Su hija, recordaron a sus lectores, había sido miembro de la llamada Liga de las Vírgenes, y, al decir esto, los periodistas en cuestión aprovecharon la oportunidad para comentar en un sentido párrafo lo mucho que Palomo Grove había sufrido a lo largo de su corta existencia. ¿Estaría condenada la ciudad desde el principio, se preguntaban los comentaristas más fantasiosos, por haber sido construida sobre terreno maldito? Ese pensamiento proporcionaba un cierto consuelo. De no ser así, habría que pensar que Grove había sido, pura y simplemente, una víctima del azar, de la mala suerte, y, entonces, la consecuencia estaba clara: ¿cuántas de los miles de ciudades parecidas a Grove que estaban distribuidas por todo Estados Unidos quedaban expuestas a la misma catástrofe?
El segundo día de la búsqueda, el cadáver de Joyce McGuire apareció entre las ruinas de su casa, la cual había sufrido muchos más daños que las demás casas circundantes. La llevaron para ser identificada, como a casi todos los demás cuerpos encontrados, a un depósito de cadáveres que había sido improvisado en Thousand Oaks. Ese penoso deber le correspondió a Jo-Beth, cuyo hermano se encontraba entre los desaparecidos. Una vez llevada a cabo la identificación, se hicieron las gestiones necesarias para el entierro. La Iglesia mormona se encargaba de sus feligreses. El pastor John, uno de los sobrevivientes de la catástrofe (la verdad era que había abandonado Grove la noche misma del ataque del Jaff a la casa de los McGuire, y no había vuelto hasta que se retiraron las barricadas de acceso a la ciudad), organizó debidamente el funeral de Joyce McGuire. Sólo en una ocasión se vieron él y Howie, y éste no perdió la oportunidad de recordar al predicador la noche en que había estado muerto de miedo junto a la nevera. El pastor John insistió mucho en que no tenía recuerdo alguno de tal incidente.
—Lástima no haberle hecho una fotografía para ver si así se acordaba —dijo Howie—. Pero tengo una aquí dentro —señalándose las sienes, de las que estaban ya terminando de borrarse las últimas huellas de la Esencia—. Por si acaso alguna vez me da la tentación.
—¿La tentación de qué? —preguntó el pastor.
—De ser un creyente.
Joyce McGuire fue entregada al abrazo del Dios de su elección dos días después de esa conversación. Howie no asistió a la ceremonia, pero estaba esperando a Jo-Beth a la salida. Veinticuatro horas después salían para Chicago.
Sin embargo, su papel en todo aquello no había terminado aún. El primer indicio de que la aventura del Cosmos y de la Esencia les había convertido en miembros de una minoría muy selecta tuvo lugar media semana después de su llegada a Chicago, cuando recibieron la visita de un apuesto forastero, aunque algo devastado por los años, que llevaba ropa demasiado ligera para el tiempo que hacía y se presentó a sí mismo con el nombre de D’Amour.
—Me gustaría hablar con ustedes sobre lo ocurrido en Palomo Grove —dijo a Howie.
—¿Cómo ha dado usted con nosotros?
—Mi oficio es dar con gente —explicó Harry—. No sé si Tesla Bombeck les habrá hablado de mí.
—No, no creo.
—Bueno, pueden preguntarle sobre mí.
—No, no podemos —le recordó Howie—. Tesla ha muerto.
—Oh, sí, claro —dijo D’Amour—, dispensen, se me había olvidado.
—Y aunque usted la conociera, Jo-Beth y yo no tenemos nada que contar. Queremos olvidarnos por completo de Grove.
—No creo que nos vaya a ser posible —dijo una voz a sus espaldas—. ¿Quién es ese señor, Howie?
—Dice que conocía a Tesla.
—D’Amour —se presentó de nuevo el visitante—, Harry d’Amour. Les agradecería mucho que me dedicaran unos minutos. Muy pocos. Es importante.
Howie miró a Jo-Beth.
—¿Por qué no? —dijo ella.
—Hace muchísimo frío aquí fuera —observó D’Amour, entrando—. ¿Qué habrá sido del verano?
—Todo anda mal en el mundo —dijo Jo-Beth.
—También usted se ha dado cuenta —replicó D’Amour.
—¿De qué estáis hablando?
—De las noticias —dijo Jo-Beth—. Yo las sigo; tú, no.
—Es como si hubiera luna llena todas las noches —observó D’Amour—. Mucha gente se comporta de forma muy extraña. El porcentaje de suicidios ha subido al doble desde la erupción de Grove. Hay motines en manicomios por todo el país. Y yo apostaría a que sólo sabemos una pequeña parte de todo el asunto. Hay muchas cosas que se nos ocultan.
—¿Quién las oculta?
—El Gobierno. La Iglesia. ¿Soy yo el primero que da con ustedes?
—Sí —dijo Howie—. ¿Por qué? ¿Piensa usted que va a venir más gente?
—Eso, seguro. Ustedes dos estuvieron en el centro mismo de todo el asunto…
—¡No fue culpa nuestra! —protestó Howie.
—Ni yo digo que lo fuera —replicó D’Amour—. Créame que no he venido aquí a acusarles de nada. Estoy seguro de que merecen que se les deje vivir en paz. Pero no van a tener tanta suerte. Ésa es la verdad. Ustedes son demasiado importantes, y nuestra gente lo sabe. Y también la de ellos.
—¿De ellos?
—Sí, la gente de los Iad. Los infiltrados que mantuvieron pasivo al Ejército cuando parecía que los Iad iban a entrar por fin en la Tierra.
—¿Pero cómo sabe usted tanto sobre este asunto? —No pudo menos de preguntar Howie.
—Tengo que andarme con cuidado en lo que se refiere a mis fuentes de información, al menos por ahora. Pero es posible que en algún otro momento se lo pueda explicar.
—Lo dice como si nosotros fuésemos sus cómplices —exclamó Howie—; y no lo somos. Usted tiene razón en eso de que deseamos vivir nuestra existencia juntos y en paz. Y para conseguirlo nos iremos a donde sea: a Europa, Australia…, a donde sea.
—Así y todo, los encontrarán —aseguró D’Amour—. Lo de Grove les puso tan cerca del éxito que ahora no van a renunciar. Saben que nos tienen asustados, y que la Esencia ha quedado mancillada. Nadie tendrá muchos sueños dulces a partir de ahora. Somos presa fácil, y ellos no lo ignoran. Es posible que ustedes quieran vivir en paz, como todo el mundo, pero no van a poder…, teniendo los padres que tienen.
Ahora le tocó a Jo-Beth el turno de mostrar asombro.
—¿Qué sabe usted de nuestros padres?
—Desde luego sé que no están en el cielo —dijo D’Amour—. Lo siento, créanme. Como ya les he dicho, tengo mis fuentes de información, y muy pronto estaré en situación de revelarlas, espero; pero, entretanto, necesito comprender mejor lo que ocurrió en Grove, porque así podré sacar alguna enseñanza de ello.
—También yo debí sacarla —reconoció Howie en voz baja—. Tuve la oportunidad de aprender de Fletcher, pero no supe aprovecharla.
—Usted es hijo de Fletcher —dijo D’Amour—. Su espíritu está en usted. Lo único que tiene que hacer es escucharle.
—Era un genio —dijo Howie a Harry—. De verdad, tengo el absoluto convencimiento de que lo era. Estoy seguro de que la mitad del tiempo se encontraba bajo los efectos de la mescalina, enloquecido por ella; pero, así y todo, era un genio.
—Me gustaría saber algo de él —dijo Harry—, ¿cree usted que me lo podría contar?
Howie le miró durante un momento. Luego suspiró, y dijo, con un tono de voz que parecía expresar sorpresa:
—Sí, creo que sí.
Grillo estaba sentado en un café del bulevar Van Nuys, en Sherman Oaks, tratando de recordar lo que era la buena comida, cuando alguien se sentó frente a él en la misma mesa. Era media tarde, y el café no estaba lleno. Grillo levantó la cabeza, para rogar que le dejasen solo, pero en vez de eso lo que dijo fue:
—¡Tesla!
Iba vestida de manera quintaesencialmente bombecksiana: una bandada de cisnes de cerámica prendidos a una blusa color azul medianoche, un pañolón rojo, gafas negras… Su rostro estaba pálido, pero el lápiz de labios, que desentonaba del pañolón, era lívido. Su sombra de ojos, al bajarse las gafas nariz abajo, era del mismo tono.
—Sí —dijo ella.
—¿Sí, qué?
—Sí, Tesla.
—Te creía muerta.
—Sí, cometí ese error. No es difícil.
—¿No serás un espejismo? —preguntó él.
—Bueno, todo el asunto aquél fue puro espejismo, ¿no?; puro espectáculo. Pero nosotros, ¿somos acaso más ilusorios que tú? Pues no.
—¿Nosotros?
—Te lo explicaré dentro de un momento. Primero, tú. ¿Qué tal te van las cosas?
—Pues no tengo mucho que decir, la verdad. Volví a Grove un par de veces, aunque sólo fuese para ver si sobrevivía.
—¿Y Ellen Nguyen?
—No la encontraron. Ni tampoco a Philip. Yo mismo busqué entre los escombros. Dios sabe a dónde irían a parar.
—¿Quieres que te la busquemos nosotros? Ahora tenemos relaciones. No fue divertida la vuelta a casa. Yo tuve que lidiar con un cuerpo, de vuelta al apartamento. Y mucha gente me preguntaba cosas difíciles de contestar. Pero ahora tenemos cierta influencia, y yo la utilizo.
—¿Qué es eso de nosotros?
—¿No piensas comerte esa hamburguesa de queso?
—No.
—Muy bien. —Tesla acercó el plato a su lado de la mesa—. ¿Te acuerdas de Raúl? —preguntó.
—Nunca conocí su mente. Sólo su cuerpo.
—Pues ahora la estás conociendo.
—¿Cómo dices?
—Que le encontré en la Curva. Por lo menos encontré a su espíritu. —Sonrió, con la boca manchada de salsa de tomate—. Es difícil contar esto de manera que suene sano…, pero el hecho es que lo llevo dentro. A él, al mono que solía ser, y a mí, los tres en un solo cuerpo.
—Tu sueño hecho realidad —dijo Grillo—. Serlo todo para todos.
—Sí, me figuro que es así. Bueno, quiero decir que nos figuramos que es así. Siempre se me olvida mencionarnos a los tres. Creo que lo mejor sería no intentarlo.
—Tienes queso en la barbilla.
—Sí, eso, déjanos en ridículo.
—No me entiendas mal. Me alegro que estés aquí. Pero… empezaba a acostumbrarme a la idea de que ya no te vería más. ¿Puedo llamarte Tesla todavía?
—¿Y por qué no?
—Pues porque ahora no eres tú, ¿no es eso? Eres más que tú.
—Tesla está bien. A un cuerpo se le llama por lo que parece ser, ¿no?
—Sí, me figuro —dijo Grillo—. ¿Doy la impresión de estar abrumado por todo esto?
—No. ¿Lo estás?
Grillo movió la cabeza.
—Aunque es extraño, en eso estarás de acuerdo conmigo, lo resisto bien.
—Éste es mi Grillo de siempre.
—Dirás nuestro Grillo.
—No, qué va, el mío. Puedes tirarte a todas las grandes bellezas de Los Ángeles, pero yo sigo teniéndote. Soy uno de los grandes imponderables de tu vida.
—Esto es una conjura.
—¿Y no te gusta la idea?
Grillo sonrió:
—No está mal —concedió él.
—No te me vuelvas tímido —dijo ella al tiempo que le cogía de la mano—. Todavía nos queda tiempo, y necesito saber que estás conmigo.
—Sabes que sí.
—Bien, como ya te he dicho, la juerga no ha terminado.
—¿De dónde te has sacado eso? Iba a ser mi titular.
—Sincronicidad —repuso Tesla—. ¿Dónde estaba…? Ah, sí, D’Amour piensa que la próxima vez lo intentarán en Nueva York. Allí tienen cabezas de puente. Llevan años con ellas. Por eso estoy reuniendo a la mitad del equipo; él se encarga de la otra mitad.
—¿Y qué puedo hacer yo?
—¿Qué te parece Omaha, en Nebraska?
—Pues que no me atrae mucho, la verdad.
—Allí es donde la otra fase empezó, lo creas o no. En la oficina de Correos de Omaha.
—Me estás tomando el pelo.
—Allí fue donde al Jaff se le ocurrió la idea demencial del Arte.
—¿Qué quieres decir con eso de demencial?
—Pues que sólo dio con una parte del asunto, no con toda la solución.
—No te entiendo.
—Ni siquiera Kissoon sabía lo que era el Arte. Tenía pistas, pero sólo pistas. El Arte es vasto, ingente; acaba con el tiempo y con el espacio; lo junta todo de nuevo en uno, el pasado, el futuro y el momento del sueño intermedio…, hace todo ello… un solo día inmortal.
—Bellísimo —dijo Grillo.
—¿Estaría de acuerdo Swift?
—De modo que… ¿Omaha?
—Allí vamos a empezar. Es el lugar en el que todas las Cartas Perdidas de Estados Unidos acaban, y puede que haya alguna pista para nosotros. Hay gente que está enterada. Grillo; incluso sin darse cuenta de ello, están enterados. Eso es lo que nos hace maravillosos.
—¿Y lo escriben?
—Sí. Y envían las cartas.
—Y las cartas terminan en Omaha.
—Algunas. Anda, paga la hamburguesa. Te esperaré fuera.
Él pagó, y ella estaba fuera.
—Debería haberme comido la hamburguesa —dijo Grillo—. De pronto tengo hambre.
D’Amour no se fue hasta muy entrada la noche, y, cuando se marchó, dejó tras de sí dos narradores exhaustos. Había tomado abundantes notas, pasando rápidamente las hojas de su cuaderno y volviendo sobre ellas para ver si podía dar un mínimo de coherencia a los diversos fragmentos de información que recibía.
Cuando Howie y Jo-Beth se quedaron sin nada más que contar, D’Amour les dio su tarjeta, con dirección y número de teléfono de Nueva York, pero en el reverso anotó otro número, el suyo particular.
—Váyanse de aquí lo antes posible. No digan a nadie a donde van. A nadie en absoluto. Y cuando lleguen a donde sea, ya saben, cambien de nombre, hagan como que están casados.
Jo-Beth se echó a reír.
—Sí, parece anticuado, pero ¿por qué no? —dijo D’Amour—. La gente no cotillea sobre las parejas casadas. Y en cuanto lleguen escríbanme y díganme dónde podré encontrarles. Estaré en contacto con ustedes a partir de entonces. No puedo prometer que les instalaré ángeles guardianes, pero habrá fuerzas dispuestas a defenderles. Tengo una amiga que se llama Norma y me gustaría que la conocieran. Se le da muy bien eso de encontrar perros guardianes.
—También nosotros podemos comprar uno —dijo Howie.
—Pero no como los de ella, ni soñarlo. Bueno, gracias por todo lo que me han contado. Tengo que marcharme. Me espera una buena panzada en coche.
—¿Se va a Nueva York en coche?
—Me fastidian los aviones —dijo D’Amour—. Tuve una mala experiencia en cierta ocasión. Recuérdenme que se lo cuente alguna vez. Debieran de saber todo lo sucio de mi vida, ahora que yo sé lo de la de ustedes.
Se fue, dejando el pequeño apartamento apestando a cigarrillos europeos.
—Me hace falta aire fresco —dijo Howie a Jo-Beth en cuanto se vieron solos—. ¿Vienes a dar un paseo conmigo?
Era pasada la medianoche, y el frío del que tanto se había quejado D’Amour cinco horas antes mordía, pero eso suavizó su fatiga. Mientras su torpor se desvanecía, hablaban.
—Muchas de las cosas que le has contado a D’Amour yo no las sabía —dijo Jo-Beth.
—¿Como por ejemplo?
—Pues todo eso que ocurrió en Efemérides.
—¿Te refieres a lo de Byrne?
—Sí. Serla curioso saber lo que Byrne vio allá arriba.
—Dijo que volvería a contármelo. Bueno, claro, si sobrevivíamos todos.
—No me agradan los informes de segunda mano. Me gustaría verlo por mí misma.
—¿Volver a Efemérides, quieres decir?
—¿Por qué no?; yendo contigo, me gustaría.
Sin darse cuenta, pero quizás inevitablemente, habían ido acercándose al lago. El viento llevaba dientes, pero su aliento era refrescante.
—¿No tienes miedo de lo que la Esencia podría hacernos si volviéramos a ella? —preguntó Howie.
—No, la verdad; si estamos juntos, no.
Jo-Beth le cogió de la mano. De pronto, los dos empezaron a sudar a pesar del frío que hacía; sus tripas se revolvieron como la primera vez que se vieron en el restaurante «Butrick». Desde entonces un breve siglo había transcurrido, transformándoles.
—Ahora somos un par de forajidos —murmuró Howie.
—Sí, me figuro que sí —dijo Jo-Beth—, pero no importa, nadie puede separarnos.
—Ojalá fuese verdad.
—Lo es. De sobra lo sabes. —Diciendo esto, Jo-Beth alzó la mano, que tenía todavía cogida a la de Howie—. ¿Te acuerdas? —preguntó—. Esto es lo que nos enseñó la Esencia. Nos juntó. —Los escalofríos de su cuerpo pasaron, por la mano, y a través del sudor que corría por sus palmas, al cuerpo de Howie.
—Tenemos que ser fieles a eso.
—¿Por qué no te casas conmigo? —preguntó él.
—Demasiado tarde —replicó ella—; ya me casé.
Estaban a orillas del lago, pero, por supuesto, no era Michigan lo que veían al mirar noche adentro, sino la Esencia. Dolía pensar en ella. La misma especie de dolor que tocaba a cualquier alma viva cuando un susurro del mar de los sueños rozaba el borde mismo de su consciencia. Pero, para ellos, era un dolor mucho más agudo: no podían acallar su anhelo porque sabían que la Esencia era real, un lugar donde el amor podía fundar continentes.
Faltaba poco para el amanecer, y al primer signo del sol tendrían que dormirse. Pero hasta que la luz llegara, hasta que la verdadera luz cayera directamente sobre sus imaginaciones, seguirían vigilando en la oscuridad, con una mezcla de esperanza y de miedo, a que aquel otro mar surgiese de los sueños y les llamase a su orilla.