VII

William Witt, el Boswell de Palomo Grove, había visto aquella mañana la peor pesadilla posible convertida en realidad. Había salido de su atractiva residencia, de una sola planta, situada en Still-brook, cuyo valor, según él mismo decía a sus clientes, había aumentado en treinta mil dólares en los cinco años que hacía que la había comprado, y su intención al salir no era más que ir dándose un paseo a su oficina de corredor de fincas, en su ciudad, la que más le gustaba de todo el mundo, y pasar allí una fructífera jornada laboral más. Pero esa mañana, la cosas eran distintas. Si alguien le hubiera preguntado qué las distinguía de otras, no hubiera podido dar una respuesta coherente, pero el instinto le dijo a William que su amado Grove estaba enfermo. Pasó la mayor parte de la mañana asomado a la ventana de su oficina, que daba al supermercado. Casi todos los habitantes de Grove visitaban ese mercado una vez a la semana por lo menos; para muchos, tenía la doble función de centro de abastecimiento y centro de reunión. William se sentía orgulloso de recordar los nombres del noventa y ocho por ciento de las personas que entraban en él. Había encontrado casa a buen número de ellos, les había vuelto a encontrar casa cuando sus familias llegaban a ser tan numerosas que ya no cabían en el primer hogar de recién casados; con frecuencia, les había vuelto a encontrar nueva vivienda cuando sus hijos, llegados a la edad de independizarse, les abandonaban; y, finalmente, había vendido su última casa cuando la muerte les sacaba de ella. Y, a la inversa, casi todos ellos lo conocían y le tuteaban, comentaban sus pajaritas (que eran su distintivo personal; tenía más de ciento once pajaritas), y le presentaban a los amigos que los visitaban.

Pero hoy, observando desde su ventana, William no sintió placer alguno en este rito. ¿Sería debido a la muerte de Buddy Vance y a las consecuencias de esa tragedia el que la gente estuviera tan alicaída?; ¿era eso lo que les impedía saludarse unos a otros al encontrarse en el estacionamiento?, ¿o sería que ellos, al igual que él, se habían despertado con una extraña sensación, una especie de expectativa, como si algún acontecimiento fuera inminente y se les hubiera olvidado apuntarlo en sus agendas, pero conscientes de que lo echarían mucho de menos si no lo contemplaban?

Pero con estar así, mirando sin hacer nada, incapaz de interpretar lo que veía o sentía, lo único que conseguía era deprimirse más todavía. Decidió salir a hacer tasaciones. Había tres casas —dos en Deerdell y una en Windbluff— que debía ver in situ para aquilatar bien su precio. Su inquietud, rayana en la angustia, no había disminuido cuando cogió el coche y salió en dirección a Deerdell. El sol, que asolaba las aceras y las praderas, golpeaba y hería; el aire vibraba como si estuviese a punto de disolver ladrillos y pizarra: en una palabra, como si fuera a disolver su adorado Grove para siempre.

Las dos casas de Deerdell se encontraban en muy distinto estado de conservación; las dos de Deerdell exigían su más minuciosa atención. William les pasó revista y aquilató sus méritos y sus desventajas. Para cuando hubo terminado con ambas y emprendido el camino hacia Windbluff, ya se sentía lo bastante distraído de sus temores para pensar que, a lo mejor, después de todo, había exagerado. La tasación de la casa de Windbluff, y eso William lo sabía perfectamente, le iba a resultar muy satisfactoria. Situada en Cherry Glade, justo debajo de las Terrazas, era grande y tentadora. William comenzó a redactar en su mente el anuncio cuando se bajó del coche:

¡Sea un rey en la Colina!

¡El perfecto hogar familiar le está esperando!

De las dos llaves que llevaba de la casa eligió la de la puerta principal y la abrió. Desde la primavera, pleitos y litigios la habían mantenido desierta, e impedido su venta; el aire, en su interior, era polvoriento y rancio. A William, ese olor le gustaba. Había algo en las casas vacías que lo emocionaba. Le gustaba pensar en ellas como si fueran hogares en espera de serlo; lienzos sin pintar en los que los compradores reflejarían su propio paraíso particular. William dio varias vueltas por el interior de la casa, tomando cuidadosas notas sobre cada habitación, componiendo mentalmente seductoras frases según la iba examinando:

Espaciosa e inmaculada. Un hogar de deleite para el comprador más exigente. Tres dormitorios, dos baños y medio, suelo de terrazo, artesonado de madera de abedul en la sala, cocina completamente equipada, patio cubierto…

«Por ser grande y estar bien situada, esta casa será cara», se dijo William. Después de recorrer la planta baja abrió la puerta del patio y salió a él. Las casas, incluso las situadas en las partes bajas de la Colina, se hallaban bien repartidas. El patio no estaba expuesto a la vista de ninguna de las casas vecinas. De haber sido así, los vecinos se hubieran quejado del estado en que se encontraba. La hierba, que le llegaba a la pantorrilla, era desigual y estaba agostada; los árboles necesitaban una poda urgente. William cruzó el terreno quemado por el sol para tomar la medida de la piscina, la cual no había sido vaciada después de la muerte de Mrs. Lloyd, su última propietaria. El nivel del agua estaba bajo, y su superficie cubierta de algas más verdes que la hierba que crecía silvestre en el borde de la piscina. Olía a rancia. En lugar de permanecer allí para medir la piscina, William prefirió calcular sus dimensiones a ojo, sabiendo, por experiencia, que su cálculo sería casi tan exacto como llevado a cabo con un metro. Estaba apuntando las cifras en su cuadernito cuando observó unas pequeñas olas en el centro de la piscina; se fijó y vio que se acercaban, por la superficie, sucia y espesa, hacia donde él se encontraba.

William se apartó del borde de cemento al tiempo que tomaba nota de que debía avisar a la empresa limpiadora de piscinas para que acudieran allí cuanto antes. Lo que palpitaba en aquella porquería —hongos o peces— tenía las horas contadas.

El agua volvió a agitarse en movimientos como de flecha, los cuales recordaron a William un día muy distinto, y un paisaje acuático y fantasmal también distinto. Apartó ese recuerdo de sí —o al menos lo intentó—, volvió la espalda a la piscina y se dirigió de nuevo al interior de la casa. Pero el recuerdo llevaba demasiado tiempo solo e insistía en acompañarle. William rememoró a las cuatro chicas —Carolyn y Trudi y Joyce y Arleen, la encantadora Arleen— con tanta claridad como si las hubiera visto el decía anterior. Las miró con sus ojos mentales, desnudándolas de cuanta ropa llevaban puesta. Oyó su charla, sus risas…

Dejó de andar y volvió la cabeza para mirar de nuevo la piscina. Aquella sopa sucia estaba quieta de nuevo. Lo que había engendrado hacía un momento, o lo que se había servido de ella como de una palanca, había vuelto a adormecerse. William miró su reloj de pulsera. Llevaba una hora y cuarenta y cinco minutos ausente de su oficina. Si se daba un poco de prisa y terminaba pronto en la casa, llegaría a su hogar con tiempo para ver un vídeo de su colección. Esa idea, fomentada en parte por los eróticos recuerdos que la piscina había suscitado en él, le incitó a entrar en la casa con renovado celo. Examinó la parte trasera, y comenzó a subir la escalera.

A mitad de ésta oyó un ruido en la parte de arriba y se detuvo.

—¿Quién está ahí? —preguntó.

No recibió respuesta, pero el ruido se repitió. Hizo la misma pregunta: un diálogo de pregunta y ruido, pregunta y ruido. ¿Habría, quizá, niños en la casa? La costumbre de entrar en edificios deshabitados, que había florecido hacía unos años, volvía a estar de moda. Ésa era la primera vez que se le presentaba a William la oportunidad de agarrar a un intruso con las manos en la masa.

—¿Vas a hacer el favor de bajar —gritó, dando a la conminatoria pregunta la mayor cantidad posible de bajo profundo de que su voz era capaz—, o prefieres que suba yo y te baje a rastras?

La única respuesta que recibió fue el mismo ruido de saltitos muy rápidos y seguidos sobre una superficie dura, como si algún perro pequeño, con las uñas sin cortar, estuviera corriendo sobre un suelo de madera.

«Bien, vamos a ver», pensó William. Reemprendió la subida, pisando lo más fuerte que podía para intimidar mejor a los intrusos. Él conocía a casi todos los niños de Grove por su nombre, y hasta por sus apodos. Y a los que no se encontraran en ese grupo, podía reconocerles en el patio del colegio. Iba a darles una lección tal que, en adelante, lo pensarían mejor antes de volver a hacer una cosa así.

Cuando llegó al final de la escalera todo era silencio. El sol de la tarde se derramaba por la ventana, y su calor calmó la pequeña inquietud que sentía. Allí no había peligro. Lo peligroso eran las calles en Los Ángeles a medianoche, y el sonido producido por la navaja de un perseguidor raspando ladrillo. Pero no Grove, y, además, en plena tarde de viernes.

Como la confirmación de esa idea, un juguete de cuerda llegó rápidamente hacia él cruzando la puerta verde del dormitorio principal: era un ciempiés de unos cincuenta centímetros de longitud, cuyas patitas de plástico golpeaban rítmicamente el suelo. William sonrió al verlo. El niño que le enviaba el juguete hacía, así, un signo de rendición. William esbozó una sonrisa de indulgencia, y se inclinó para recogerlo, aunque con la mirada fija en la puerta.

Mirada que se volvió de inmediato hacia el juguete al tocarlo con sus dedos, que le confirmaron lo que la vista había observado demasiado tarde para dar órdenes a la mano: lo que estaba recogiendo no era, en absoluto, un juguete; su envoltura o cáscara era suave y húmeda contra la piel de su mano; su movimiento, repulsivo. Trató de soltarlo, pero el cuerpo aquél se adhería a sus dedos, y se apretaba contra la palma. Dejó caer cuaderno y lápiz, y se pasó el animal de una mano a la otra; luego lo tiró al suelo, donde chocó con su dorso segmentado, su docena de patitas pedaleando como una gamba volcada. Jadeando, William vaciló, se retiró y se apoyó en la pared, hasta que una voz que llegaba de más allá de la puerta le habló:

—No tengas reparo, te recibiremos aquí con mucho gusto.

El que así hablaba no era un niño, pensó William, que ya se había dado cuenta de que sus primeras ideas pecaban en exceso de optimismo.

—Mr. Witt —dijo una voz distinta, más ligera que la primera, y reconocible.

—¿Tommy-Ray? —preguntó William, incapaz de disimular el alivio que sentía—. ¿Eres tú, Tommy-Ray?

—Y tanto que soy yo. Venga, entre, le presentaré a mi pandilla.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó William, apartándose de la forcejeante bestezuela y abriendo la puerta de un empujón.

Los cortinajes de quinón de Mr. Lloyd estaban corridos para tamizar la luz del sol, y, después del torrente de luz que había fuera, la habitación donde entró le pareció a William doblemente oscura. Pero distinguió a Tommy-Ray McGuire, de pie, en el centro, y, detrás de él, sentada en el rincón más oscuro, otra persona. Se diría que uno de ellos se había mojado en el agua pútrida de la piscina, porque el olor repulsivo llegó hasta la nariz de William, haciéndole cosquillas.

—No debierais estar aquí —riñó a Tommy-Ray—. ¿Os dais cuenta de que es un acto ilegal? Esta casa…

—¿Va a empezar ahora con monsergas? —preguntó Tommy-Ray.

Dio un paso hacia William, con lo que eclipsó a su colega por completo.

—No es tan sencillo… —comenzó William.

—Sí, sí que lo es —respondió Tommy-Ray, tajante.

Dio un paso más, y otros, hasta que llegó junto a William y de éste a la puerta. La cerró de golpe, y el ruido que hizo excitó al compañero de Tommy-Ray, o, mejor dicho, a los compañeros de su compañero, porque los ojos de William, que se habían acostumbrado bastante a aquella oscuridad, le permitieron darse cuenta de que al hombre barbudo, caído en la esquina, lo rodeaban unos seres que tenían cierto aire familiar con el ciempiés de fuera. Lo cubrían como una armadura viva. Reptaban sobre su rostro, se detenían sobre sus labios y sus ojos, se congregaban en torno a su ingle, dándole masaje en ella. Bebían de sus sobacos, jugueteaban sobre su vientre. Y eran tantos que, con todos ellos encima, el hombre barbudo abultaba el doble que un ser humano.

—¡Santo cielo! —exclamó William.

—Bonito, ¿verdad? —comentó Tommy-Ray.

—Tú y Tommy-Ray os conocéis desde hace mucho tiempo, según tengo entendido —dijo el Jaff—. Cuéntamelo todo. ¿Era un niño considerado?

—¿Qué diablos ocurre aquí? —preguntó William, volviendo la vista hacia Tommy-Ray, cuyos ojos relucían al mirarle.

—Éste es mi padre —fue su respuesta—, es el Jaff.

—Nos gustaría que nos mostrases el secreto de tu alma —dijo el Jaff.

De inmediato, William pensó en su colección particular, guardada bajo llave en su casa. ¿Cómo sabía de ella aquel ser obsceno? ¿Le habría espiado Tommy-Ray? ¿El mirón mirado?

William movió la cabeza en un gesto negativo:

—Yo no tengo secreto alguno.

—Sin duda lleva razón —dijo Tommy-Ray—; es un mierda, un aburrido.

—Eres muy poco amable —le reprendió el Jaff.

—Todo el mundo lo dice —insistió Tommy-Ray—. Mírale, con sus jodidas pajaritas y sus pequeños movimientos de cabeza, asintiendo a todos.

Las palabras de Tommy-Ray hirieron a William. Y fue a causa de ellas, tanto como por el aspecto del Jaff, que sintió un súbito temblor en la mejilla.

—Es el mierda más aburrido de toda esta jodida ciudad —añadió Tommy-Ray.

A modo de respuesta, el Jaff cogió a una de las bestezuelas que retozaban sobre su vientre y se la tiró a Tommy-Ray. Su puntería fue excelente. El animal, que tenía colas como látigos y una cabeza minúscula, se pegó al rostro de Tommy-Ray, apretando el vientre contra la boca del muchacho; éste perdió el equilibrio y cayó de lado al tiempo que agarraba al pequeño monstruo, que se separó de su rostro con un cómico ruido osculatorio, dejando al descubierto la sonrisa de Tommy-Ray, a la que hizo eco una risotada del Jaff. El muchacho tiró el animal en dirección a su jefe, pero fue un tiro flojo, y el animal cayó a unos treinta centímetros de donde William se encontraba. William se apartó de él, con lo que provocó otra andanada de risotadas del padre y del hijo.

—No te hará daño —dijo el Jaff—, excepto si quieres que te lo haga.

Llamó al animal con el que él y el muchacho habían estado jugando, el cual se refugió de nuevo sobre el vientre del Jaff.

—Lo más probable es que conozcas a toda esta gente —dijo el Jaff.

—Sí —murmuró Tommy-Ray—, y ellos le conocen a él.

—Éste de aquí, por ejemplo —prosiguió el Jaff, al tiempo que agarraba una bestia del tamaño de un gato que estaba detrás de él—, éste salió de la mujer ésa…, ¿cómo se llamaba, Tommy?

—No lo recuerdo.

El Jaff soltó el animal, que parecía un gran escorpión blanqueado, dejándolo caer a sus pies. La extraña criatura, que parecía casi tímida, trató de retirarse de nuevo a donde había estado escondida.

—Sí, Tommy, la mujer de los perros… —insistió el Jaff—. Mildred no sé cuántos.

—Duffin —dijo William.

—¡Muy bien!, ¡muy bien! —exclamó el Jaff, señalando a William con su grueso dedo gordo—. ¡Duffin!, ¡qué fácil es olvidar nombres! ¡Eso es, Duffin!

William conocía mucho a Mildred. La había visto aquella misma mañana —sin su perrito de aguas—, en el estacionamiento, mirando al aire como si acabase de llegar allí en el coche y de pronto se le hubiera olvidado lo que iba hacer. William no acababa de entender la relación existente entre Mildred Duffin y aquel escorpión.

—Veo que estás desconcertado, Witt —dijo el Jaff—. Lo que te preguntas es: ¿será éste el nuevo perrito faldero de Mildred? Pues te diré que no. Lo que ocurre es que se trata del secreto más profundo de Mildred hecho carne. Y esto es lo que quiero sacarte a ti, William, lo más profundo de ti, tu secreto.

William, que no era más que un mirón heterosexual, pero de pies a cabeza, captó de inmediato el erótico sentido secreto que las palabras del Jaff encerraban. Él y Tommy-Ray no eran padre e hijo, eran amantes, y se daban por el culo uno al otro. Toda aquella charla de profundidades e intimidades, todo aquel secreteo, significaba sólo eso.

—No quiero tener nada que ver con esto —dijo William—. Tommy-Ray te pondrá al corriente. No me gustan estas porquerías.

—El miedo no tiene nada de sucio —dijo el Jaff.

—Todo el mundo tiene miedo —intervino Tommy-Ray.

—Unos más que otros. Y tú, me parece…, más que casi todos. ¡Venga, William, confiesa! ¡Te hierven cosas malas en la cabeza! Lo único que quiero es sacártelas y quedarme con ellas.

Más insinuaciones. William oyó que Tommy-Ray daba un paso hacia él.

—Manténte a distancia —le advirtió. Pero era pura fanfarronada, y lo supo por la sonrisita que vio en el rostro de Tommy-Ray.

—Te sentirás mejor después —aseguró el Jaff.

—Mucho mejor —dijo Tommy-Ray.

—No duele. Bien…, quizá duela un poco, al principio; pero en cuanto te saquemos todo lo malo, y lo veas ante tus ojos, te sentirás distinto.

—Y Mildred no es más que una de tantas —intervino Tommy-Ray—. Mi padre visitó anoche mucha gente.

—Y tanto que sí.

—Yo le señalaba las casas, y él entraba.

—Capto el olor de la gente, ¿sabes? Y a veces lo capto muy fuerte.

—Louise Doyle…, Chris Seapara…, Harry O’Connor…

William los conocía a todos.

—… Gunther Rothbery…, Martine Nesbitt…

—Y Martine tenía vistas realmente estupendas —dijo el Jaff—. Una de ellas está ahí fuera, refrescándose.

—¿En la piscina? —murmuró William.

—¡Ah!, ¿lo has visto?

William movió la cabeza.

—Pues tienes que verlo. Es importante saber lo que la gente lleva ocultando a sus vecinos tantos años. —Eso causó gran impresión a William, que se sintió aludido, aunque se decía que el otro no se había dado cuenta—. Tú crees que conoces a toda esa gente —prosiguió el Jaff—, pero luego resulta que todos tienen miedos que no confiesan: lugares oscuros que cubren con sonrisas. Éstos… —levantó el brazo— son los que viven en esos lugares oscuros; lo único que hago es sacarlos de allí.

—¿También Martine? —preguntó William, revelando en su voz un levísimo matiz de ansiedad.

—Y tanto —dijo Tommy-Ray—, el suyo era uno de los mejores.

—Yo los llamo terata —dijo el Jaff—. Significa nacimiento monstruoso, prodigio. ¿Qué te parece?

—Me gustaría… ver lo que sacasteis a Martine —replicó William.

—Bonita chica —dijo el Jaff—, pero con un feo polvo en la cabeza. Hale, Tommy-Ray, enséñaselo, y luego tráemelo aquí.

—En seguida.

Tommy-Ray asió el picaporte, pero vaciló antes de abrir la puerta, como si hubiera leído los pensamientos que burbujeaban en la mente de William.

—¿De veras quieres verlos? —preguntó el muchacho.

—Sí —aseguró Witt—. Martine y yo…

Dejó la frase sin terminar, y el Jaff picó el anzuelo:

—¿Tú y esa mujer, William? ¿Juntos?

—Una o dos veces —mintió William.

Apenas si había tocado a Martine, ni nunca tuvo ganas de hacerlo, pero quería despertar la curiosidad de su interlocutor.

El Jaff pareció convencido.

—Pues tanta más razón para que veas lo que te estaba ocultando —dijo—. Venga, Tommy-Ray, ¡llévale a verlo!

Tommy-Ray McGuire obedeció. Salió para acompañar a William escaleras abajo. Silbaba sin melodía al andar; lo alegre de su paso y lo indiferente de sus movimientos camuflaban la infernal compañía que le rodeaba. Más de una vez, William se sintió tentado de preguntar al chico por qué, para ver si así conseguía comprender mejor lo que estaba ocurriendo en Grove. ¿Cómo podía llegar a ser el mal tan alegre y bullanguero? ¿Cómo era posible que un personaje tan corrompido como tenía que ser Tommy-Ray anduviese alegre y cantase y dijese chistes y ocurrencias como la gente normal?

—Siniestro, ¿eh? —dijo Tommy-Ray, cogiendo la llave de la puerta de atrás de manos de William.

«Ha leído mis pensamientos», pensó Witt. Pero la observación siguiente de Tommy-Ray desmintió esa idea.

—Las casas vacías son siempre siniestras. Excepto para ti, me figuro, porque estás acostumbrado a ellas. ¿No es así?

—Pues, sí. La costumbre…

—Al Jaff no le gusta mucho el sol, por eso lo traje a este sitio. Es un buen lugar para esconderse.

Tommy-Ray entornó los párpados para mirar al luminoso cielo en cuanto se vieron al aire libre.

—Me parece que me estoy volviendo como él —comentó—. Solía gustarme la playa, ya sabes, Topanga, Malibú; pero ahora, bueno, es como si me dieran náuseas sólo de pensar en toda esa… claridad.

Se dirigió hacia la piscina, con la cabeza agachada, aunque elevó el volumen de voz.

—De modo que tú y Martine estabais liados, ¿eh? Pues no es un primer premio de belleza, la verdad, ¿no estás de acuerdo? Y te aseguro que tiene dentro los secretos más desconcertantes, no puedes hacerte una idea de lo que sacamos de dentro de ella. ¡Dios mío, cómo les sale! Y son las cosas más extrañas, como si las sudaran por todos esos agujeritos.

—Poros.

—¿Cómo dices?

—Los agujeritos…, poros.

—Ah, sí. Eso.

Habían llegado a la piscina. Tommy-Ray se acercó, diciendo:

—El Jaff los llama de esa manera tan rara, ¿sabes cuál digo? Yo, por mi parte, los llamo a cada uno por su nombre; quiero decir por el nombre de la gente de la que han salido.

Volvió la vista y agarró a William en el momento que éste examinaba la valla del patio para ver si había algún sitio por el que escapar.

—¿Te aburres? —preguntó Tommy-Ray.

—No, no, qué va…, nada de eso, no me aburro.

El muchacho miró de nuevo la piscina.

—¡Martine! —llamó.

Una agitación se produjo en la superficie del agua.

—Ya viene —añadió Tommy-Ray—, te vas a quedar lo que se dice de una pieza.

—Seguro, seguro —dijo William, y dio un paso hacia el borde de la piscina.

Y cuando lo que se agitaba en ella comenzó a salir a la superficie, William alargó los brazos y dio un fuerte empujón a Tommy-Ray en la espalda. El muchacho chilló y perdió el equilibrio. William entrevió apenas el terata de la piscina, como un gran pulpo con patas. Tommy-Ray caía en aquel momento sobre él. Muchacho y bestia forcejearon. William no se quedó a ver quién mordía a quién. Fue corriendo al punto más vulnerable de la valla, lo salvó de un salto y desapareció.

—Has dejado que se escapara —dijo el Jaff cuando, al cabo de un rato, Tommy-Ray volvió a la guarida de la primera planta—. No voy a poder confiar en ti, está visto.

—Me engañó.

—No debiera sorprenderte tanto. ¿Acaso no has aprendido todavía? La gente tiene rostros ocultos. Eso es lo que les hace interesantes.

—Traté de seguirle, pero ya había escapado. ¿Quieres que vaya a su casa?, ¿que lo mate?

—Calma, calma —dijo el Jaff—. No importa que vaya por ahí esparciendo rumores durante un día o dos. Aparte que no le creerán. Lo que tenemos que hacer es escapar de aquí en cuanto oscurezca.

—Hay otras casas vacías.

—No nos hará falta buscar —dijo el Jaff—. Anoche mismo encontré una residencia permanente.

—¿Dónde?

—Todavía no está lista para nosotros, pero lo estará.

—¿Quién es?

—Ya lo verás. Entretanto, necesito que hagas un pequeño viaje por mí.

—Lo que quieras.

—No tendrás que ausentarte mucho. Pero hay un lugar en la costa donde, hace ya bastante tiempo, dejé algo que es importante para mí. Quiero que me lo traigas, mientras yo despacho a Fletcher.

—Eso no quiero perdérmelo.

—Te gusta la idea de la muerte, ¿verdad?

Tommy-Ray sonrió.

—Sí, y tanto que me gusta. Mi amigo Andy tenía un tatuaje en el pecho, una calavera, justo aquí —Tommy-Ray se señaló al pecho—, encima del corazón, y solía comentar que iba a morir joven. Dijo que pensaba ir a Bombora, donde las rocas son muy peligrosas, y las olas rompen y rebotan contra ellas, ¿sabes? Bien, pues iría allí y esperaría a una ola grande de verdad, y se tiraría por propia iniciativa para morir así, como ir a la muerte por su propio pie.

—¿Y lo hizo? —preguntó el Jaff—, quiero decir si murió.

—Los cojones —dijo Tommy-Ray, desdeñoso—, no tuvo huevos.

—Pero tú sí que los tendrías.

—¿En este momento? Desde luego.

—Bien, pues no te des mucha prisa, porque vamos a tener una fiesta.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Una fiesta por todo lo alto. Esta ciudad nunca ha visto una fiesta como ésa.

—¿Quiénes serán los invitados?

—Pues la mitad de Hollywood. Y la otra mitad deseará haber estado en ella.

—¿Y nosotros?

—Nosotros asistiremos a la fiesta. Puedes estar bien seguro. Estaremos allí listos, y al acecho.

William respiró hondo cuando por fin se vio en el portal de Spilmont, en Peaseblossom Drive. «Por fin voy a poder contar una historia que vale la pena», se dijo. Acababa de escapar de los horrores de la corte del Jaff y tenía una historia que contar, y todos lo aclamarían como a un héroe por el aviso.

Spilmont era una de las muchas personas a quienes William había asesorado en la compra de una casa; dos casas, mejor dicho. Se conocían lo bastante como para tutearse.

—¿Billy? —Spilmont miró a William de pies a cabeza—. No tienes muy buen aspecto.

—Es que no me siento nada bien.

—Vamos, pasa.

—Oscar, me ha ocurrido algo terrible —jadeó William mientras entraba en la casa—. Jamás he visto nada peor.

—Anda, hombre, siéntate —dijo Spilmont—. ¡Judith! Bill Witt está aquí. ¿Qué te apetece, Billy? ¿Algo de beber? ¡Por Dios bendito, si estás temblando como una hoja!

Judith Spilmont era la perfecta madraza, de anchas caderas y grandes senos. Llegó de la cocina y repitió las observaciones que su marido acababa de hacer. William pidió un vaso de agua helada, pero no pudo esperar a contar lo sucedido hasta tenerlo en sus manos. Sabía, aun antes de comenzar su historia, lo ridícula que les iba a parecer a sus oyentes. Era un cuento de campamento, de esos que se cuentan alrededor de la hoguera, no de los que se pueden contar a plena luz del día, mientras los hijos del que te escucha chillan y corretean en torno a los irrigadores eléctricos del jardín, justo al otro lado de la ventana. Pero Spilmont lo escuchó con gran atención, como quien cumple un deber, diciendo a su mujer que saliera de allí en cuanto hubo llevado el agua. William lo contó todo, incluso recordó los nombres de aquellos a los que el Jaff había tocado la noche anterior. De vez en cuando repetía que se hacía cargo de lo ridículo que parecía todo aquello, pero que era la pura verdad. Y fue con esa misma observación como terminó su relato:

—Ya me hago cargo de que todo esto que acabo de contarte debe de parecerte absurdo —dijo.

—Desde luego es toda una historia —replicó Spilmont—. Si me la hubiese contado cualquier otra persona pienso que no la hubiera escuchado como he hecho contigo. Pero, mierda…, ¿Tommy-Ray McGuire, dices? ¡Si es un chico la mar de simpático!

—Si quieres te llevo hasta allí —dijo William—; pero tenemos que ir armados.

—No, tú no estás en condiciones.

—No puedes ir solo.

—Eh, amigo, que yo quiero mucho a mis hijos, ¿acaso crees que tengo la menor intención de dejarles huérfanos? —rió Spilmont—. Mira, vuélvete a casa, y no te muevas de allí. Cuando tenga algo que contarte, te llamo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—¿Seguro que estás en condiciones de conducir? Podemos llamar a alguien…

—Sí, hasta ahí llego.

—Bien.

—No me ocurrirá nada.

—Y no cuentes esto a nadie más, Bill, ¿de acuerdo? No quiero que alguien se ponga a darle al gatillo.

—No. Seguro. Lo comprendo.

Spilmont observó a William beberse el resto de su agua helada, y luego lo acompañó hasta la puerta. Le dio la mano y se despidió de él con un gran ademán. William hizo lo que Spilmont le había dicho. Fue derecho a casa en su coche, llamó a Valerie y le dijo que no pensaba volver a la oficina. Luego cerró puertas y ventanas, se desnudó, vomitó, y se duchó. Después se dispuso a esperar junto al teléfono a recibir más noticias de la depravación que había caído sobre Palomo Grove.