II

1

Al principio, nada sucedió. Ni siquiera tuvieron pesadillas. Sólo una agradable languidez invadió a las cuatro; quizá fuese el recuerdo de haber estado tan cerca de la muerte y haber escapado de ella. Ocultaron sus magulladuras a los demás y siguieron siendo las mismas de siempre, y guardando su secreto.

En cierto sentido, el secreto era el que se guardaba a sí mismo. Incluso Arleen, que había sido la primera en manifestar su horror ante el íntimo asalto que había sufrido, empezó a sentir en seguida un extraño placer en su recuerdo, pero no se atrevía a confesarlo ni siquiera a las otras tres. En realidad, hablaban muy poco del tema entre ellas. No necesitaban hacerlo. Todas tenían la misma, extraña, convicción: que, de alguna manera extraordinaria, eran las elegidas. Sólo Trudi, que siempre había sentido gran amor por todo lo mesiánico, hubiera expresado lo que sentía con esa palabra. Para Arleen, tal sentimiento no era sino una reafirmación de lo que siempre había sabido de sí misma: era una criatura, única y bella, para la cual, las leyes que regían para el resto del mundo no contaban. Carolyn sentía una nueva seguridad en sí misma, y era un eco confuso de la revelación que tuvo cuando la muerte le pareció tan cercana: cada hora que pasara sin saciar sus apetitos sería tiempo perdido. En el caso de Joyce, en cambio, se trataba de un sentimiento apaciguador, se había salvado de la muerte para Randy Krentzman.

Y no perdió el tiempo en darle a conocer su pasión. Al día siguiente de los acontecimientos del lago se dirigió hacia la casa de Krentzman, en Stillbrook, y le comunicó, de la manera más sencilla posible, que estaba enamorada de él y quería dormir con él. Randy no rió, sólo la miró, aturdido, y le preguntó, algo avergonzado, si se conocían. En otras ocasiones ese olvido hubiera roto el corazón de Joyce, pero algo había cambiado en ella. Ya no era tan frágil.

—Sí —contestó—. Claro que nos conocemos. Nos hemos visto varias veces. Pero no me importa si me recuerdas o no. Yo te quiero, y deseo hacer el amor contigo.

Él siguió mirándola mientras hablaba. Después, respondió:

—Esto es una broma, ¿verdad?

Ella respondió que no, que no se trataba de una broma, que sabía perfectamente lo que decía, y, dado que el día era cálido y la casa estaba vacía, a disposición de los dos, no había mejor momento que aquél.

El desconcierto no había sofocado la libido de Krentzman. Aunque no entendía por qué la chica se le ofrecía gratis, una oportunidad así no se presentaba tan a menudo como para despreciarla. De forma que, intentando adoptar el tono de alguien para quien esas proposiciones eran cosa de todos los días, acopló. Pasaron la tarde juntos, e hicieron el amor, no una, sino tres veces. Ella salió de la casa alrededor de las seis y cuarto y regresó a la suya cruzando todo Grove, con la sensación de un imperativo satisfecho. Eso no tenía nada que ver con el amor, y Krentzman era un amante vulgar, egoísta y desmañado. Pero quizás aquella tarde ella le había dado vida, o, por lo menos, le había ofrecido su pequeña porción de ingredientes para la alquimia, y esto era, tal vez, lo único que Joyce necesitaba de él. Ese cambio de prioridades era incuestionable. Su mente entendía a la perfección la necesidad de la fecundación. El resto de la vida, pasado, presente y futuro, era muy borroso.

A la mañana siguiente, temprano, después de haber dormido más profundamente que desde hacía muchos años, telefoneó y le propuso un segundo encuentro para aquella misma tarde. Él le preguntó se había sido tan bueno el asunto, y ella le respondió que mejor que bueno, que él era como un toro, y su polla la octava maravilla del mundo. Él, sin más, se mostró de acuerdo con ambas cosas: con las alabanzas y con la cita.

Del cuarteto quizá fue Joyce la que más suerte tuvo en la elección de pareja. Aunque vanidoso, y con la cabeza vacía, Krentzman resultaba inofensivo, y, a su manera desmañada, tierno. La urgencia que empujaba a Joyce a su cama se había manifestado con igual fuerza en Arleen, Trudi y Carolyn, pero llevándolas a relaciones menos convencionales.

Carolyn comenzó a insinuarse con un cierto Edgar Lott, un hombre cercano a los sesenta años, que se había mudado unas manzanas calle abajo desde la casa de los padres de la muchacha, el año anterior. Ninguno de los vecinos había hecho amistad con él. Era un solitario, y, tenía dos perros pachones por toda compañía. Eso, unido a la ausencia de visitas femeninas, y, más especialmente, a su propensión a ir bien combinado en sus complementos al vestir (pañuelo, corbata y calcetines, siempre en tonos pastel), había hecho pensar a la gente que sería homosexual. Pero Carolyn, a pesar de su ingenuidad sobre las particularidades de las relaciones sexuales, conocía a Lott mejor que las personas mayores. Ella había observado su mirada en varias ocasiones, su intuición le dijo que en aquella expresión de Lott había algo más que un simple saludo. Una mañana, le abordó cuando llevaba a los pachones a dar su paseo higiénico matutino y comenzaron a charlar. Después, cuando los perros hubieron marcado su territorio para aquel día, Carolyn le preguntó si podía volver a casa con él. Más tarde Lott le explicaría que sus intenciones habían sido perfectamente honorables, y, si ella no se le hubiera echado encima pidiéndole su devoción sobre la mesa de la cocina, nunca se le hubiera ocurrido ponerle un dedo encima. Pero, ante tal oferta, ¿cómo rechazarla?

A pesar de estar desemparejados en años y en anatomía, ambos copularon con extraña furia; y los perros, encendidos en un delirio de celos al verles, empezaron a aullar y a buscarse el rabo con los dientes hasta quedar completamente exhaustos. Después del primer asalto, él le dijo que llevaba seis años, desde la muerte de su esposa, sin tocar a una mujer, y que eso lo había llevado a la bebida. Además, continuó explicándole, su mujer había sido una persona de mucho peso. El hablar de ese tema pareció ponerle cachondo de nuevo. Volvieron a emparejarse. Menos mal que, esa vez, los perros estaban dormidos. Al principio, todo marchó bien. Ninguno de los dos se mostraba muy experto llegado el momento de desnudarse, ni perdían el tiempo en declaraciones sobre sus respectivas bellezas, algo que, por otra parte, hubiera sido ridículo, ni menos se hacían ilusiones sobre lo que su enlace pudiera durar. Se juntaban para hacer aquello para lo que la Naturaleza les había creado, y les tenían sin cuidado todos los añadidos. Día más, día menos, Carolyn siguió visitando a Mr. Lott, como lo nombraba en presencia de sus padres, y le apretaba el rostro entre sus senos en cuanto la puerta de su casa se cerraba.

Edgar apenas podía creer en su suerte. El que fuera ella la seductora ya resultaba, de por sí, bastante fuera de lo corriente (incluso en su juventud, ninguna mujer le había Hecho semejante cumplido), pero que volviese, cada día, incapaz de quitarle las manos de encima hasta que no copulaban con toda minuciosidad, rayaba en lo milagroso. Por lo tanto, no se sorprendió lo más mínimo cuando, después de dos semanas y cuatro días, Carolyn dejó de visitarle. Al cabo de una semana de ausencia, la vio en la calle y le preguntó, con toda educación:

—¿No podemos reanudar nuestras «relaciones»? —aunque con cierta ironía.

Ella lo miró de manera extraña, y al cabo de un momento le respondió que no. Él no le había pedido explicaciones de ninguna clase, pero ella, de todas formas, le dio una.

—Ya no te necesito —le dijo por lo bajo, al tiempo que se palpaba el vientre.

Más tarde, sentado en su desapacible casa y con el tercer vaso de bourbon en la mano, Edgar comprendió lo que aquellas palabras y aquel gesto significaban, y eso le indujo a beberse un cuarto vaso de bourbon, y hasta un quinto. La consecuencia inmediata fue una vuelta a sus viejas costumbres. Aunque había querido excluir todo sentimiento de aquellas relaciones, ahora, una vez sin la chica, se dio cuenta de que le había roto el corazón.

Arleen no tuvo ese tipo de problemas. El camino que eligió, presionada por el mismo dictado mudo que había inducido a las otras, la condujo a buscar el tipo de hombre que llevan el corazón en el antebrazo y no en el pecho, y además tatuado con tinta azul Prusia. Para Arleen, como para Joyce, todo comenzó al día siguiente a aquel en que estuvieron a punto de ahogarse. Se puso su mejor vestido, cogió el coche de su madre y se dirigió a Eclipse Point, un trozo de playa, al norte de Zuma, conocido por sus bares y sus peleas. Los residentes de la zona no se sorprendieron en absoluto al ver a una chica rica entre ellos. Esa clase de gente iba por allí constantemente; llegaban de sus casas fastuosas para probar la vida de baja estofa, o para que esa vida les probase. Un par de horas solían bastar; después regresaban a su ambiente, en el que sus contactos más cercanos con la clase baja eran los mantenidos con sus chóferes.

En otros tiempos, Point había visto algunos rostros famosos de incógnito, husmeando el cachondeo que podrían encontrar allí. Jimmy Dean había sido uno de los habituales en su época más salvaje, en busca de un fumador que necesitaba un cenicero humano. Uno de los bares tenía una mesa de billar consagrada a la memoria de Jayne Mansfield, que había realizado un acto sobre ella del que aún se hablaba sólo en reverenciales susurros. Otro tenía tallado en las tablas del suelo la silueta de una mujer que había dicho ser Veronica Lake, y que había perdido allí mismo el conocimiento de borracha que estaba. Arleen, por lo tanto, seguía un camino bastante trillado, desde el regazo mismo del lujo hasta la mugre de un bar elegido por ella sin otra razón que su nombre: The Slick[2]. Ella no necesitaba, como otras que la habían precedido por aquel camino, para el libertinaje, la disculpa de necesitar una copa. Se limitó a ofrecerse, sin más. Y hubo bastantes que aceptaron, entre los que no hizo distingo ni remilgo alguno. Ninguno de los que llamaron a su puerta la encontró cerrada.

A la noche siguiente volvió a buscar más, y más todavía la de después, sus ojos fijos en sus amantes, como enviciada por ellos. No todos se aprovecharon. Algunos, después de la primera noche, la observaron con atención y sospecharon que tanta generosidad debía de ser producto de la locura, o de la enfermedad. Otros, hallando en sí mismos un resquicio de galantería que nunca hubieran sospechado, la instaron a que se levantara del suelo antes de que la cola llegase a los últimos de la manada, pero ella protestó alto y razonadamente contra tanta intromisión, y les dijo que la dejasen tranquila. Ellos se retiraron; algunos incluso volvieron a ponerse a la cola.

Así como Carolyn y Joyce podían mantener sus aventuras en secreto, era imposible que la conducta de Arleen pasara mucho tiempo inadvertida. Al cabo de una semana de desaparecer de su casa a media tarde cada día y no regresar a ella hasta el amanecer —una semana durante la cual la única contestación que daba a la pregunta de sus padres de a dónde iba era una mirada de desconcierto, casi como si ni ella misma lo supiese muy bien—, su padre, Lawrence Farrell, decidió seguirla. Él se consideraba un padre liberal, pero si su princesa estaba cayendo en malas compañías —jugadores de fútbol, quizás, o hippies—, quizá, se viera obligado a hacerle alguna advertencia. Una vez fuera de Grove, Arleen se puso a conducir como una loca, y él tuvo que pisar el acelerador con ganas para mantener una distancia prudencial. Un par de kilómetros antes de llegar a la playa, la perdió de vista. Tardó una hora en comprobar todos los estacionamientos, hasta que encontró el coche de Arleen aparcado ante el «Slick». La reputación del bar había llegado incluso intencionalmente a taponados oídos, y entró, temiendo por su chaqueta y por su cartera. Dentro había mucho revuelo; un círculo de hombres aullando como animales, con la tripa llena de cerveza y el cabello largo hasta la mitad de la espalda, se apretujaba alrededor de algún espectáculo en el suelo, al fondo del bar. No había ni huella de Arleen. Contento de haberse equivocado (lo más probable, era que Arleen estuviese dando un paseo por la playa, viendo a los que hacían surf), y a punto de irse, oyó que alguien comenzaba a pronunciar el nombre de su princesa:

¡Arleen! ¡Arleen!

Se volvió. ¿Estaría ella viendo el espectáculo del suelo? Se abrió paso entre la multitud de borrachos aulladores. Allí, en el centro, encontró a su bella niña. Uno le estaba echando cerveza en la boca, mientras otro copulaba con ella. Él, como todos los padres, odiaba la idea de que su hija copulase, excepto —en sueños— con él. Arleen echada debajo de aquel hombre, era igual que su madre, o, mejor dicho, era así en los tiempos, ya lejanos en que todavía podía excitarse. Agitándose y sonriente, loca por el hombre que tenía encima. Con un alarido, Lawrence gritó el nombre de Arleen y fue derecho a arrancar al bruto en plena labor. Alguien le dijo que debería esperar su turno. Lawrence le dio un puñetazo en la mandíbula, un soplo que lo mandó, tambaleándose, contra aquellos hombres, muchos de los cuales estaban ya preparados, con la cremallera abierta. El tipo aquél escupió un coágulo de sangre y se abalanzó sobre Lawrence, que se quejaba (mientras los demás lo golpeaban hasta hacerle caer de rodillas) de que aquélla era su hija… ¡Dios mío, su hija! No cejó en sus protestas hasta que su boca perdió toda capacidad de emitir las palabras. Incluso entonces intentó arrastrarse hasta donde Arleen se encontraba echada, para abofetearla hasta que se diese cuenta de lo que estaba haciendo. Pero los admiradores de la joven lo arrastraron afuera y lo dejaron tirado al borde de la carretera. Allí se quedó un rato, hasta que pudo recuperar la suficiente energía para levantarse. Tambaleándose anduvo hasta el coche, y, allí, esperó varias horas, llorando a menudo, hasta que, por fin, Arleen hizo acto de presencia en la puerta. No pareció impresionada por sus hematomas y su camisa ensangrentada. Cuando él le contó que había visto lo que estaba haciendo, Arleen levantó la barbilla ligeramente, como si no supiese con certeza de qué le hablaba. Lawrence le ordenó que subiese a su lado, en el coche, y ella le obedeció sin protestar. Él condujo hasta casa en silencio.

Aquel día no se habló del asunto. Ella se encerró en su habitación, escuchando la radio, mientras Lawrence hablaba con sus abogados acerca de la posibilidad de cerrar el «Slick»; con la Policía sobre la de llevar a sus agresores a los tribunales, y con su psiquiatra para averiguar en qué había fallado. Aquella noche, Arleen volvió a salir, o, por lo menos, lo intentó cuando empezaba a oscurecer. Su padre se lo impidió, interponiéndose entre ella y la calzada.

Entonces, una bomba de recriminaciones, contenidas desde la noche anterior, reventó mientras ella le miraba fijamente con ojos de hielo. Esa indiferencia lo enfureció. Arleen no quiso volver a entrar cuando su padre se lo pidió, y se negó a decirle la razón que la movía a comportarse como lo hacía. Entonces, la preocupación de Lawrence se convirtió en verdadera furia, su voz fue elevándose en varios decibelios, y su vocabulario se volvió ponzoña, hasta empezar a llamarla puta a gritos, Muchas cortinas por toda la Tenaza se cerraron al oírle. Finalmente, cegado por lágrimas de incomprensión total, la golpeó y le hubiera hecho más daño si Kate no hubiese intervenido. Arleen no esperó. Con su furioso padre bajo la custodia de su madre, corrió y se las apañó para que alguien la llevase en coche a la playa.

El «Slick» fue ocupado por la Policía aquella noche. Hubo veintiún detenidos, la mayoría por delitos menores de droga, y el bar fue clausurado. Cuando la Policía llegó, la princesa de Lawrence Farrell realizaba el misino número de agitación y sonrisas que llevaba representando cada noche desde hacía una semana. Era una historia que ni los más audaces intentos de soborno de Lawrence consiguieron evitar que fuera publicada por los periódicos. Se convirtió en el escándalo más leído de toda la costa. A Arleen la llevaron al hospital para someterla a un reconocimiento médico, y resultó que tenía dos enfermedades venéreas, además de ladillas, y el deterioro natural producido por sus excesos. Pero, al menos, no estaba embarazada. Lawrence y Kathleen Farrell dieron gracias a Dios por esa pequeña merced.

La revelación de las correrías de Arleen en el «Slick» dieron lugar a un control más severo de los hijos por parte de los padres de la ciudad. Incluso en la parte oeste de Grove se notaba que había menos chicos vagando por las calles después de anochecer. Los romances ilícitos se volvieron difíciles. Incluso Trudi, la última de las cuatro, se vio obligada a renunciar a su pareja, aunque encontró una cobertura casi perfecta para sus actividades: la religión. Había tenido el capricho de seducir a un cierto Ralph Contreras, un mestizo que trabajaba de jardinero para la iglesia luterana del Príncipe de la Paz, en Laureltree, y que tartamudeaba de tal manera que, para los efectos, era como si fuese mudo. A Trudi le gustaba así. Contreras le daba el servicio que ella pedía, y se callaba la boca. En resumen, el perfecto amante. No era que a Trudi le preocupase mucho la técnica de Contreras, que se defendía valientemente en su papel de macho. Para ella no era más que un funcionario en el ejercicio de sus funciones. En cuanto esas funciones tocaran a su fin —su cuerpo diría a Trudi cuándo había llegado ese momento—, prescindiría de su amante para siempre. Por lo menos eso era lo que Trudi se decía a sí misma.

De todas maneras, y por causa de las indiscreciones de Arleen, los líos amorosos de todas ellas (Trudi incluida) no iban a tardar en ser del dominio público. Y aunque quizás a Trudi le fuera fácil olvidar sus citas con Ralph el Silencioso, Palomo Grove no las olvidaría.

2

Las informaciones de los periódicos sobre la escandalosa vida secreta de la belleza de la pequeña ciudad, Arleen Farrell, fueron tan explícitas como el departamento jurídico respectivo permitió; aunque no importaba mucho, los detalles que faltaran sería suplidos por los rumores. En seguida prosperó un pequeño mercado negro en supuestas fotografías de aquella orgías, y llegó a ser sumamente lucrativo, por más que las lotos en cuestión eran tan borrosas que resultaba difícil tener la seguridad de que se trataba de la verdadera orgía. La familia entera —Lawrence y Kate, y Jocelyn y Craig, los hermanos de Arleen— se convirtió también en blanco de la curiosidad general. Mucha gente que vivía en el otro extremo de Grove cambiaba la ruta de sus compras de forma que pasase por la Terraza donde la familia Farrell vivía, y así veían la casa de la infamia. A Craig hubo que sacarle del colegio porque sus compañeros se mofaban cruelmente de él con las porquerías de su hermana mayor; Kate aumentó la dosis de tranquilizantes, hasta el punto de ser incapaz de pronunciar palabras de más de dos sílabas sin arrastrar todas las vocales. Pero todavía faltaba lo peor. Tres días después de que Arleen fuera arrancada de la pocilga de sus jinetes, en el Chronicle apareció una entrevista, que se suponía hecha a una de sus enfermeras, en la que se comentaba que la hija de Farrell pasaba la mayor parte del tiempo sumida en una verdadera locura sexual, que sólo decía obscenidades, interrumpidas por lágrimas de frustración. Esto, por sí solo, era ya interesante. Pero el reportaje seguía diciendo que la enfermedad de la paciente era algo más que una libido efervescente: Arleen Farrell se creía poseída.

El relato de la enfermera era complicado y extraño: ella, con otras tres amigas, había ido a nadar a un lago próximo a Palomo Grove, donde fueron atacadas por algo que las penetró a las cuatro. Lo que esta entidad ocupante había pedido a Arleen y —probablemente— también a sus compañeras de baño, era que tuvieran un hijo con cualquiera qué se mostrara dispuesto a prestarles ese servicio. De ahí sus aventuras en el «Slick». El diablo que Arleen tenía en el útero, buscaba simplemente un padre sustituto entre tan grosera compañía.

El artículo no mostraba traza alguna de ironía. El texto de la supuesta confesión de Arleen resultaba tan absurdo como para no necesitar el menor brillo editorial. Sólo los ciegos y los analfabetos se quedaron sin leer en Grove las relevaciones que la belleza y la droga les brindaban. A nadie se le ocurrió pensar que hubiera un adarme de verdad en sus declaraciones, excepto, por supuesto, las familias de las amigas de Arleen que la habían acompañado el sábado veintiocho de julio. Aunque Arleen no nombraba a Joyce, Carolyn y Trudi, se sabía que las cuatro eran íntimas amigas. No cabía la menor duda, para cualquiera que conociese un poco a Arleen, de quiénes eran las que estaban incluidas en sus fantasías satánicas.

En seguida quedó claro que las chicas debían ser protegidas del revuelo que siguió a las descabelladas declaraciones de Arleen. En las familias McGuire, Katz y Hotchkiss se produjo el mismo intercambio de palabras, cariño más cariño menos.

Los padres preguntaban:

—¿Quieres irte de Grove durante unos días, hasta que lo peor de todos estos chismes haya pasado?

A lo que la hija respondía:

—No, me encuentro bien aquí. Nunca me he encontrado mejor.

—¿Estás segura de que no te deprime todo esto, cariño?

—¿Acaso tengo cara de estar deprimida?

—No, qué va.

—Pues entonces eso quiere decir que no lo estoy.

Los padres pensaban que chicas tan equilibradas como para hacer frente con la mayor calma a la tragedia de la locura de su amiga eran una honra para la familia.

Durante unas cuantas semanas siguieron siendo justo eso, unas hijas modelo, que sobrellevaban la tensión de aquellos momentos con admirable aplomo. Después, el cuadro empezó a deteriorarse al hacerse patente algo extraño en su manera de comportarse. Fue un proceso muy sutil, y que hubiera pasado inadvertido más tiempo de no ser porque los padres observaban ahora a sus hijitas con embebecida atención. Primero, los padres se dieron cuenta de que sus niñas dormían a horas extrañas durante la mañana y se paseaban a medianoche. Luego empezaron los antojos con la comida. Incluso Carolyn, de la que se sabía que nunca rechazaba nada comestible, aborreció algunos alimentos, sobre todo el pescado. Su aspecto sereno desapareció, y empezó a mostrar distintos estados de ánimo que pasaba de un silencio monosilábico al cotorreo, de lo glacial a lo enloquecido. La primera que aconsejó a su hija que acudiese al médico fue Betty Katz. La muchacha no puso objeción alguna, ni tampoco pareció sorprenderse en absoluto cuando el doctor Gottlieb le dijo que estaba completamente sana; y embarazada.

Los padres de Carolyn fueron los siguientes en temer que el misterioso comportamiento de su hija requiriese investigación médica. La noticia fue la misma, con el corolario de que si su hija quería llevar el embarazo a buen término, tendría que perder quince kilos de peso.

Si hubiera existido alguna esperanza de poder negar que había algo en común entre esos diagnósticos, tal esperanza se vino abajo con la prueba tercera y última. Los padres de Joyce McGuire habían sido los más reacios a aceptar la complicidad de su hija en ese escándalo, pero, finalmente, también tuvieron que examinarla. Como Carolyn y Trudi, Joyce gozaba de buena salud. Y también estaba embarazada. Estas novedades reclamaban un reajuste en la historia de Arleen Farrell. ¿Sería posible que, escondido en sus locas divagaciones, hubiese algo de verdad?

Los padres se reunieron y hablaron, reconstruyendo el único argumento que tenía algún sentido. Estaba claro que las chicas habían acordado algún tipo de pacto entre ellas. Habían decidido, por la razón que fuese, y sólo conocida por ellas, quedarse embarazadas, y tres lo consiguieron. Sólo Arleen había fracasado, y eso, a ella, que siempre había sido una chica muy tensa, le produjo tal angustia que acabó por sufrir un derrumbamiento nervioso. Por lo tanto, los problemas a los que había que atender eran: primero, localizar a los posibles padres y denunciarles por oportunismo sexual: segundo, interrumpir los embarazos tan pronto y con tanta seguridad como fuese posible; y, tercero, guardar secreto absoluto sobre todo ese asunto de forma que la reputación de las tres familias no sufriese la misma suerte que la de los Farrell, a los que los probos habitantes de Grove trataban como a parias.

Fracasaron en las tres previsiones. En la cuestión de los padres, porque ninguna de las chicas, ni siquiera bajo coacción paterna, dio los nombres de los delincuentes. En cuanto a abortar, las tres rechazaron cualquier intimidación tendente a prescindir de lo que tantos esfuerzos les había costado conseguir. Y, finalmente, el secreto fue imposible de mantener, porque el escándalo quiere notoriedad, y bastó con la indiscreción de la recepcionista de uno de los médicos para que todos los periodistas empezaran a husmear en busca de nuevas pruebas del delito.

La historia salió a la luz dos días después de la reunión de los padres, y Palomo Grove, que se había zarandeado, pero sin llegar a venirse abajo, con las revelaciones de Arleen, recibió un golpe mortal. El cuento de la chica loca había sido una lectura interesante para los forofos de extraterrestres y curas de cáncer, pero sin que saliese de lo más o menos corriente. Estos nuevos acontecimientos, sin embargo, sí que tocaban un nervio más sensible. Allí había cuatro familias pudientes cuyas vidas habían sido destrozadas a causa de un pacto hecho por sus propias hijas. ¿No habría, mezclado en todo ello algún tipo de culto, se preguntaba la Prensa? ¿Sería el anónimo padre un solo hombre, un seductor de chicas jóvenes, cuyo anonimato dejaba un infinito campo a la especulación? ¿Y qué decir de la hija de los Farrell, la primera que llamó la atención sobre lo que se había dado en llamar La Liga de las Vírgenes? ¿Acaso se debía a su comportamiento, más extremado que el de sus amigas, como había sido el Chronicle el primero en informar, el que fuese infecunda? ¿O todavía quedaban por salir a la luz los excesos de las otras tres? Era una historia en la que aún quedaba mucho por descubrir, y que lo tenía todo: sexo, posesión, caos familiar, chismorreo de pequeña ciudad, sexo, locura y sexo. Y, además, ya sólo podía ir a mejor.

Conforme los embarazos avanzaban, la Prensa podría seguir la evolución del caso. Y con un poco de suerte, a lo mejor hasta se daba algún desenlace insólito. Los niños podrían salir todos trillizos, o negros, o nacer muertos.

¡Cuántas posibilidades!