IX

—¡William!

Spilmont al teléfono, por fin. Los niños ya no reían en el patio. La tarde había caído y con la ida del sol el agua del irrigador eléctrico estaría más fría que agradable.

—No tengo mucho tiempo —dijo—, ya he desperdiciado demasiado esta tarde entre unas cosas y otras.

—¿Cómo dices? —dijo William. Había pasado toda la tarde consumido de impaciencia—. Anda, cuéntame.

—Pues nada, que fui a Wild Cherry Glade en cuanto te marchaste de mi casa.

—¿Y qué?

—Pues nada. Cero al cociente. El sitio estaba desierto, y yo hice el asno entrando allí dispuesto a todo. Me imagino que eso era lo que habías planeado, ¿verdad?

—No, Oscar, te equivocas.

—Una vez nada más, muchacho. Puedo aguantar una broma y sanseacabó, ¿vale? No quiero que alguien diga que no tengo sentido del humor.

—Te aseguro que no era una broma.

—Me hiciste ir hasta allí, ¿te haces cargo? Creo que deberías dedicarte a escribir novelas de terror, y no a la compraventa de casas.

—¿Dices que el sitio estaba desierto?, ¿que no había huella alguna de nada? ¿Miraste en la piscina?

—¿Pero por quién me has tomado? —exclamó Spilmont—. Pues claro que miré, y todo estaba vacío: piscina, casa, garaje. Todo vacío.

—Eso es que han escapado. Se fueron antes de que llegaras. Lo que no sé es a dónde han podido ir. Tommy-Ray decía que al Jaff no le gustan…

¡Basta! —gritó Spilmont—. Ya tengo demasiados locos de atar en el vecindario sin necesidad de aguantar a tipos como tú. Mira, chico, despierta de una vez, ¿eh?, y no se te ocurra gastarles esa broma a los demás, Witt, porque ya les he puesto sobre aviso, te lo repito: ¡con una basta y sobra!

Spilmont cortó la conversación sin despedirse, dejando a William sin otra voz que el zumbido del teléfono durante medio minuto antes de que William dejara caer el auricular en el soporte.

—¿Quién iba a pensarlo? —dijo el Jaff, acariciando a su nuevo pupilo—. Hay miedo en los lugares más inesperados.

—Dámelo —pidió Tommy-Ray.

—Considéralo tuyo —contestó el Jaff, dejando que el muchacho le quitase el terata de sus brazos—. Lo que es tuyo es mío.

—No se parece mucho a Spilmont.

—No creas, sí que se parece —dijo el Jaff—. Nunca se ha visto retrato suyo más exacto. Aquí está su base, su núcleo. El miedo es lo que retrata al hombre.

—¿Es cierto eso?

—Lo que se pasea esta noche por ahí con el nombre de Spilmont no es más que su cáscara, sus restos.

Fue hacia la ventana mientras hablaba y descorrió las cortinas. Los terata que estaban ronroneándole al llegar William, le seguían ahora, y el Jaff los espantó. Ellos se alejaron, respetuosos, pero volvieron a refugiarse bajo su sombra en cuanto le vieron apartarse.

—Ya casi no hay sol —dijo el Jaff—; debiéramos irnos. Fletcher está ya en Grove.

—¿Sí?

—Claro que sí. Apareció en plena tarde.

—¿Y cómo lo sabes?

—Pues porque es imposible odiar a alguien tanto como yo odio a Fletcher sin saber por lo menos dónde se encuentra.

—O sea, que vamos a matarle, ¿no?

—Cuando tengamos suficiente número de asesinos —respondió el Jaff—. No quiero cometer errores de cálculo, como Mr. Witt.

—Primero voy a por Jo-Beth.

—¿Para qué? —preguntó el Jaff—. No la necesitamos. Tommy-Ray tiró al suelo el terata de Spilmont.

—Yo sí la necesito —dijo.

—Me imagino que será platónico.

—¿Qué quieres decir?

—No, nada, Tommy-Ray, pura ironía. Lo que quiero decir es: tú deseas su cuerpo.

Tommy-Ray lo pensó un momento.

—Es posible —dijo.

—Sé sincero.

—La verdad es que ignoro lo que quiero —fue la respuesta de Tommy-Ray—; pero estoy completamente seguro de que sé lo que no quiero. Jo-Beth es de la lamilla, ¿no?, y tú mismo me dijiste que eso era importante.

El Jaff asintió.

—Eres muy persuasivo —dijo.

—De modo que ¿vamos a por ella? —repitió Tommy-Ray.

—Si tanto te importa, de acuerdo —replicó su padre—. Iremos a por ella.

Al ver Palomo Grove por primera vez, Fletcher se sintió al borde mismo de la desesperación. Él había visto muchas ciudades como ésa durante sus meses de guerra con el Jaff; comunidades planificadas que tenían todos los recursos excepto el de sentir; lugares que daban impresión de estar vivos; pero que, en realidad, apenas si lo estaban. Dos veces, arrinconado en vacíos como ésos, Fletcher se había visto al borde mismo del aniquilamiento a manos de su enemigo. Aunque él estaba por encima de la superstición, lo cierto era que empezaba a preguntarse si a la tercera no iría la vencida.

El Jaff había organizado ya su cabeza de puente, Fletcher no tenía la menor duda de esto. No le sería difícil, en un sitio como aquél, encontrar suficiente número de almas débiles e indefensas, de las que le gustaba explotar. Pero para Fletcher, cuyas alucigenias surgían de vidas oníricas complejas y fuertes, esa ciudad, agostada por la comodidad y la satisfacción, ofrecía poca esperanza de sustento. Se hubiera encontrado más a gusto en un ghetto o en un manicomio, donde, por lo menos, se vivía la vida tensamente, que en este desierto bien regado. Pero no tenía alternativa alguna. Sin un ayudante humano que le indicara el camino, Fletcher se veía obligado a ir por entre toda aquella gente como un perro, olfateando la pista de algún soñador. Encontró unos pocos en la Alameda, pero lo mandaron a paseo en cuanto trató de entablar conversación con ellos. Aunque hizo cuanto pudo por conservar cierta apariencia de normalidad, hacía mucho tiempo que no era humano, y la gente, cuando le veían acercarse, se le quedaban mirando de una forma rara, como si hubiera olvidado una parte importante de su disfraz y les fuera posible entrever al Nuncio en su interior. Y en cuanto lo entreveían, se apartaban. Uno o dos siguieron cerca de él. Una vieja, a unos pocos pasos de distancia, se limitó a sonreírle cada vez que Fletcher la miraba; dos niños dejaron de observar el escaparate de una tienda de perros y gatos y se pusieron a mirarle a él hasta que su madre los llamó. La cosecha de Fletcher había sido en extremo escasa, y eso era justo lo que él había temido. Si el Jaff hubiese escogido deliberadamente el lugar de su batalla final no lo hubiera hecho mejor. Si la guerra entre ambos iba a terminar en Palomo Grove —y Fletcher sentía en lo más hondo de su ser que uno de los dos iba a morir allí—, era seguro que el Jaff sería el vencedor.

Al caer la tarde, la Alameda comenzó a quedar desierta, y también Fletcher se fue de allí y se puso a deambular por las calles desiertas. No había gente. Ni siquiera vio a nadie paseando al perro. Y sabía la razón. La naturaleza humana, tercamente insensible, no podía eliminar por completo las tuerzas sobrenaturales que había en ella. Los habitantes de Grove, aunque no fueran capaces de expresar su inquietud con palabras, sabían que aquella noche su ciudad estaba en poder de un maleficio y se habían refugiado en sus casas, delante de sus pantallas de televisión. Fletcher las veía relucir en todas las casas, y oía los televisores, que habían sido puestos a un volumen absurdamente alto como para acallar los cantos de cualesquiera sirenas que fueran a cantar por sus calles aquella noche. Las pequeñas mentes del Grove, en brazos de programas de televisión de todo tipo, desde entretenimientos caseros hasta comedias musicales, iban deslizándose hacia el sueño más inocente, y dejaban a la intemperie, y en la mayor soledad, al único ser que hubiera podido salvarles de la extinción.