I
Homer abrió la puerta.
—Vamos, entra Randolph.
Jaffe odiaba aquella forma que tenía de decir Randolph, como si Homer conociese todos los malditos crímenes que Jaffe había cometido, desde el primero, y más pequeño de todos.
—¿A qué esperas? —insistió Homer, al observar el aire desganado de Jaffe—. Tienes trabajo que hacer; cuanto más pronto empieces, antes te conseguiré más.
Randolph entró en la habitación. Era amplia y estaba pintada de amarillo bilioso y el gris de los barcos de guerra, como todos los demás despachos y pasillos de la Oficina Central de Correos de Omaha. No se veía mucho de las paredes. A ambos lados, y hasta una altura superior a la de la cabeza, estaba apilado el correo. Sacas, bolsas, cajas y carritos llenos aparecían desparramados por el frío suelo de cemento.
—Cartas muertas —dijo Homer—, lo que ni aun el magnífico servicio de correos estadounidense es capaz de repartir. ¡Menuda perspectiva!
Jaffe se sentía agobiado, pero se esforzaba en no demostrarlo; en que no se le notase nada, sobre todo cuando se hallaba con tipos como Homer.
—Todo esto es tuyo, Randolph —dijo su superior—, tu pequeño trocito del cielo.
—¿Y qué tengo que hacer con ello? —preguntó Jaffe.
—Clasificarlo, abrirlo, y mirarlo, por si hay alguna cosa importante, no vayamos a terminar echando al fuego un dinero precioso.
—¿Es que tienen dinero?
—Algunas, quizá —dijo Homer, haciendo un visaje—, pero la mayor parte es correo perdido, material que la gente no quiere, y entonces, lo devuelve al sistema. Algunas llevan las señas equivocadas, y han estado volando de acá para allá, hasta que, al final, terminan en Nebraska. Y no me preguntes el porqué, pero lo cierto es que cuando no saben qué hacer con algo, lo mandan a Omaha.
—Está en el centro del país —observó Jaffe—: a caballo entre el Oeste y el Este.
—No es el maldito centro —especificó Homer—, pero, aun así, vamos a terminar con toda esta mierda. Tendrás que clasificarlo a mano.
—¿Todo? —preguntó Jaffe, que se vio frente a dos, tres, hasta cuatro, semanas de trabajo.
—Todo —insistió Homer, sin cuidarse de ocultar la satisfacción que sentía—. Todo tuyo; pero te harás rápidamente con ello. Si el sobre tiene algún distintivo gubernamental, lo pones en el montón de quemar. No se te ocurra abrirlo. ¡No jodamos, eh! Todo lo demás lo abres, nunca se sabe qué podemos hallar. —Sonrió con aire de conspirador—. Lo que encontremos, nos lo repartiremos —añadió.
Jaffe llevaba nueve días trabajando en Correos, pero ese tiempo le había bastado, y con creces, para darse cuenta de que mucha correspondencia era interceptada por los repartidores, los cuales abrían los paquetes, robaban su contenido, se cobraban los cheques y se reían de las cartas de amor.
—Yo vendré por aquí con regularidad —advirtió Homer—, de modo que no trates de ocultarme nada. Tengo olfato para el material. Sé cuándo hay dinero en un sobre, y sé también si tenemos un ladrón en el equipo. ¿Me oyes? Poseo un sexto sentido, así que no te pases de listo, capullo, porque eso no nos haría ninguna gracia ni a los chicos ni a mí; y tú quieres ser uno del equipo, ¿verdad? —Puso una mano, grande y pesada, sobre el hombro de Jaffe—. Reparte, y reparte por igual, ¿de acuerdo?
—Ya te he oído —repuso Jaffe.
—Bien —dijo Homer y abrió los brazos hacia el panorama de montones de sacos—. Es todo tuyo.
Y se marchó, entre sonrisas y resoplidos.
«Uno del equipo», pensó Jaffe cuando oyó el ruido de la puerta al cerrarse; eso jamás lo sería. No pensaba decírselo a Homer. Se había dejado mandar por él, había representado el papel de esclavo sumiso. ¿Y en su corazón? Él tenía otros planes, otras ambiciones.
El problema estaba en que no había avanzado nada en la consecución de esas ambiciones desde que tenía veinte años. Y ahora, con treinta y siete, cerca ya de los treinta y ocho, no era el tipo de hombre al que las mujeres miran más de una vez, ni poseía esa personalidad que la gente encuentra atractiva. Había perdido el cabello, como su padre. Calvo a los cuarenta, de eso no le cabía duda alguna, sin mujer, y con poco más que lo justo para una cerveza en el bolsillo, porque nunca había sido capaz de conservar un trabajo durante más de un año, dieciocho meses a lo sumo, y siempre afuera, de modo que nunca había podido ascender en los escalafones.
Procuraba no pensar demasiado en ellos, ya que, cuando lo hacía, empezaba a sentir un vehemente deseo de hacer daño, y casi siempre era a sí mismo a quien se lo causaba. Sería sencillo. Un revólver en la boca, cosquilleando la parte de atrás del paladar. Adelante, y ¡Hecho! Ni una nota. Ni una explicación. Además, ¿qué iba a escribir?: ¿Me mato porque no he conseguido ser Rey del Mundo? ¡Ridículo!
Pero… eso era lo que él deseaba. Nunca había sabido cómo, no tenía la menor idea de qué camino debía tomar, mas ésa era la ambición que le atenazaba desde siempre. Otras personas salen de la nada, ¿verdad? Mesías, presidentes, estrellas de cine. Todos se impulsaban a sí mismos para salir del fango, como los peces, cuando decidieron darse un paseo por la Tierra: les crecieron patas, respiraron aire, y se transformaron en algo más de lo que habían sido. Si los jodidos peces lograron una cosa así, ¿por qué no iba él a poder? Pero tenía que ser rápido, antes de que cumpliera los cuarenta. Antes de quedarse calvo por completo. Antes de morir, desapareciendo sin dejar a nadie que lo recordase, excepto como se recuerda a un tonto del culo sin nombre que pasó tres semanas en el invierno de 1969 en una habitación llena de cartas perdidas, abriendo un correo huérfano en busca de billetes de dólar. ¡Menudo epitafio!
Se sentó y miró la tarea que se amontonaba frente a él.
«¡Jódete!», dijo para sí, refiriéndose a Homer, y también al volumen total de mierda que se levantaba ante sus ojos. Pero, sobre todo, refiriéndose a sí mismo.
Al principio fue una tarea ingrata. El mismísimo infierno día tras día, a vueltas con las sacas.
Los montones no parecían menguar ya que Homer llegaba constantemente, sonriendo con sorna, a la cabeza de peones con más bolsas llenas de cartas.
Primero, Jaffe separaba los sobres interesantes (abultados; que sonaban; perfumados) de los anodinos; después, la correspondencia oficial de la privada, y los que tenían garabatos de los de membrete. Una vez hecho eso, empezaba a abrir sobres. La primera semana, con los dedos, hasta que le empezaron a salir ampollas; entonces, usaba un cuchillo de hoja corta que se había comprado con este objeto, y excavaba en el interior como un buscador de perlas, aunque sin encontrar nada la mayor parte de las veces. Algunas, como Homer le había anunciado que ocurriría, encontraba un cheque, y entonces, cumpliendo con su deber, lo declaraba a su jefe.
—Se te da muy bien esto —comentó Homer después de la segunda semana—; eres bueno de veras. Quizá te coloque fijo, a jornada completa.
Randolph hubiera querido mandarle a tomar por el culo, pero ya lo había hecho con muchos otros jefes, que lo habían despedido de inmediato, y no se podía permitir el lujo de perder también ese trabajo, sobre todo si tenía que pagar el alquiler y caldear su apartamento, de una sola habitación, que le costaba una fortuna. Por lo menos mientras siguiese nevando. Además, algo le estaba ocurriendo mientras pasaba sus solitarias horas en la habitación de las cartas perdidas, algo que, al final de la tercera semana, le hizo empezar a disfrutar, y a comprender cuando la séptima acabó.
Jaffe se encontraba en la encrucijada de Estados Unidos.
Homer tenía razón. Omaha, Nebraska, no era el centro geográfico del país, pero, por lo que a Correos se refería, hubiera podido serlo.
Las líneas de comunicación se cruzaban y se entrecruzaban, para finalmente, dejar allí a sus huérfanos, porque nadie los quería en el resto del país. Esas cartas habían sido enviadas de costa a costa en busca de la persona que las abriera, pero no habían encontrado a alguien dispuesto a hacerlo. Finalmente había ido a parar a manos de Randolph Ernest Jaffe, un donnadie calvo, con ambiciones nunca declaradas y furor nunca expresado, que las abría con su pequeño cuchillo y cuyos ojillos las escudriñaban. Sentado en su encrucijada empezaba a contemplar el rostro íntimo, escondido, del país.
Había cartas de amor, cartas de odio, misivas exigiendo rescate, súplicas, cuartillas en las que los hombres habían dibujado sus pollas, tarjetas de san Valentín con vello púbico, chantaje a las viudas; periodistas, buscavidas, abogados y senadores; correspondencia de mierda y notas de suicidas; novelas perdidas, cartas en cadena y sumarios; regalos sin entregar, regalos rechazados, cartas lanzadas a la selva como botellas al mar desde una isla, con la esperanza de encontrar ayuda, poemas, amenazas y recetas. Todo y mucho más.
Pero todas estas cosas eran lo de menos; en algunas ocasiones las cartas de amor le hacían sudar, y las notas de rescate le inducían a preguntarse si su remitente, al no recibir respuesta, habría asesinado a quien tuviera de rehén; las historias de amor y muerte le impresionaban sólo de manera fugaz. Mucho más persuasiva, y más emocionante, era otra historia que no podía ser articulada con tanta facilidad.
Sentado en la encrucijada del país, Jaffe empezó a comprender que Estados Unidos tenía una vida secreta; una vida que él ni siquiera había intuido. Amor y muerte, eso ya lo sabía. El amor y la muerte eran los grandes lugares comunes, las obsesiones gemelas de canciones y óperas dulzonas. Pero había otra vida, que se insinuaba cada cuarenta o cincuenta o cien cartas, y a cada mil se definía con claridad lunática. Cuando lo decían con sencillez, no era la verdad completa, aunque sí el principio, y cada uno de los que las escribían tenía su loca manera de afirmar algo que no se podía afirmar.
Lo que Jaffe sacó en conclusión fue que el mundo no era lo que parecía. No lo era ni por lo más remoto. Fuerzas gubernamentales, religiosas o médicas conspiraban y silenciaban o encerraban a aquellos que tenían algo más que una ligera idea del hecho, mas no podían amordazar o encarcelar a todos. Había hombres y mujeres que se escapaban de las redes, a pesar de lo amplias que éstas fueran; personas que encontraban caminos apartados por los que viajar (en los que sus perseguidores se extraviaban), y casas a lo largo del camino donde otros visionarios como ellos les daban de comer y calmaban su red, dispuestos a alejar a los perros que llegaban humeando. Esas personas no confiaban en los teléfonos, ni se atrevían a reunirse en grupos de más de dos por temor a llamar la atención. Pero escribían. Algunas veces parecía que necesitaran hacerlo, como si los secretos que guardaban tan bien fuesen demasiado ardientes y abrasasen cuanto encontraban a su paso. O porque sabían que sus perseguidores les pisaban los talones, y no tenían otra oportunidad de describirse el mundo a sí mismos antes de que los atrapasen, los drogasen y los encerrasen. En ocasiones, Jaffe percibía una alegría subversiva en aquellos garabatos, adrede mandados a señas vagas con la esperanza de que dejasen atónito al inocente que los recibiera por pura casualidad. Algunas de estas misivas eran como desvaríos torrenciales de consciencia; otras, en cambio, eran concisas, incluso clínicas, descripciones de los cambios que el mundo interior sufre por medio de la magia sexual, o comiendo setas. No faltaban las que utilizaban un absurdo estilo periodístico del National Enquirer para ocultar otro mensaje. Aseguraban haber visto OVNIS y cultos de ultratumba; a nuevos evangelistas venusianos, y a psicólogos que sintonizaban con los muertos en televisión. Pero, al cabo de pocas semanas de estudiar esas cartas (y de un estudio se trataba, ya que le daba la sensación de ser un hombre encerrado en la más maravillosa de las bibliotecas), Jaffe empezó a comprender la historia que había oculta tras estas tonterías. Rompió las reglas o, por lo menos, lo bastante de ellas como para sentirse tentado. En vez de irritarse cuando Homer abría la puerta y le dejaba otra media docena de bolsas de cartas en el suelo, él las recibía con alegría. A más cartas, más pistas; y cuantas más pistas, más esperanzas de encontrar una solución al misterio. No se trataba de varios misterios, sino de uno, y conforme las semanas se convertían en meses y el invierno se iba suavizando, Jaffe se convencía más de que no se trataba de varios misterios, sino de uno solamente. Los autores de esas cartas mostraban el Velo, y cómo correrlo, encontrando su propio camino hacia delante a través de la revelación; cada uno de ellos tenía sus propios metáfora y método; pero, en algún lugar de la cacofonía, había un himno que exigía ser cantado.
No era de amor. Por lo menos no en el sentido que los sentimentales dan al amor. Ni tampoco sobre la muerte, en el sentido literal de la palabra. Era algo que —sin un orden concreto— tenía que ver con los peces, y el mar (a veces con el Mar de los Mares); y con los sueños (una gran cantidad de sueños); y con una isla que Platón había llamado Atlántida, pero a sabiendas de que, en realidad estaba en otro lugar. Se trataba en esas cartas del final del mundo, o sea, de sus comienzos. Y se trataba de Arte.
O, mejor dicho, del Arte.
De todas las claves, ésta era la que más rondaba por la mente de Jaffe, y la que más le hacía fruncir el entrecejo. Se hablaba del Arte de diversas formas. Como del Remate de la Gran Obra Final, del fruto prohibido. Como de la desesperación de Da Vinci o estar metido en el asunto o la alegría del hallazgo. Había muchas maneras de describir el Arte, pero sólo había un Arte. Y (aquí residía el misterio) no había Artista.
—¿Así que estás contento aquí? —le preguntó Homer un día de mayo.
Jaffe levantó la vista de su trabajo. Había cartas desparramadas a su alrededor. Su piel, que nunca había tenido un aspecto demasiado saludable estaba tan pálida y ajada como las hojas que tenía entre las manos.
—Desde luego —respondió, sin apenas mirarle—. ¿Me traes más?
Al principio, Homer no contestó.
—¿Qué me ocultas, Jaffe? —preguntó al fin.
—¿Ocultarte? Yo no oculto nada.
—Te estás guardándote material que deberías compartir con nosotros.
—No es cierto —replicó Jaffe, que había obedecido meticulosamente la primera orden de Homer de que cualquier cosa que se encontrase en las cartas muertas sería repartida.
Dinero, revistas, bisutería que se encontraba de vez en cuando; todo había pasado a manos de Homer, y repartido.
—Lo que he encontrado te lo he dado. —Y añadió—: Te lo juro.
Homer lo miró, estaba claro que desconfiaba.
—Te pasas aquí abajo todas las jodidas horas del día —dijo—, no hablas con los otros muchachos. No bebes con ellos. ¿No te gusta cómo olemos, Randolph? ¿Es eso? —No esperó contestación—. ¿Acaso eres un ladrón?
—No soy un ladrón —dijo Jaffe—. ¿Por qué no te cercioras por ti mismo? —Se puso en pie y levantó las manos, con sendas cartas en ellas—. Vamos, regístrame.
—No tengo ganas de sobarte —fue la respuesta de Homer—. ¿Qué crees que soy, un jodido maricón? —Homer continuó mirando fijamente a Jaffe, y, después de una pausa, añadió—: Voy a traer a alguien para que te remplace. Llevas cinco meses aquí. Ya es bastante. Voy a trasladarte.
—No quiero…
—¿Cómo?
—Quiero…, bueno, lo que quería decir es que estoy bastante contento aquí. De hecho, es el tipo de trabajo que me gusta realizar.
—Ya —dijo Homer, que se mostraba receloso—. Bien, pues estás fuera de aquí a partir del lunes.
—¿Por qué?
—¡Porque yo lo digo! Si no te gusta, te buscas otro trabajo.
—Estoy haciendo bien mi labor, ¿no es verdad?
Pero Homer le había vuelto ya la espalda.
—Huele mal aquí —dijo cuando salía—. Huele mal de verdad.
Había una palabra entre las aprendidas por Randolph en sus lecturas que nunca había oído: sincronicidad. Tuvo que echar mano de un diccionario para buscarlo y saber su significado: quería decir que, a veces, dos sucesos coinciden. El modo de utilizar esa palabra por los que escribían las cartas solía significar que había algo misterioso, característico, milagroso incluso, en la forma de coincidir de una circunstancia con otra, como si existiera una regla que escapara a la percepción humana.
Una de estas coincidencias ocurrió el día que Homer dejó caer la bomba, una conjunción de acontecimientos que cambiarían todo. No mucho más de una hora después de irse Homer, Jaffe asió su cuchillo de hoja corta, cuyo filo comenzaba a desaparecer, con el que abrió un sobre más pesado que de costumbre. De él salió un pequeño medallón, que golpeó contra el suelo de cemento al caérsele, produciendo un dulce sonido al rodar. Jaffe lo levantó con dedos que estaban temblorosos desde su conversación con Homer. El medallón no llevaba cadena alguna, ni tenía argolla para colgarlo. En realidad no era lo bastante bonito para que adornara el cuello de una mujer como si de una joya se tratase, y, aunque a primera vista tenía forma de cruz, una inspección más detallada le reveló que no se trataba de una cruz cristiana. Los cuatro brazos eran de igual longitud, y no mayores de tres centímetros y medio. En la intersección había una figura humana, ni masculina ni femenina, los brazos extendidos como en una crucifixión, aunque no estaban clavados. A lo largo de su superficie, los cuatro brazos tenían dibujos abstractos terminados en círculo. El rostro era de una talla muy sencilla, y tenía, pensó Jaffe, la más sutil de las sonrisas.
Aunque no era un experto en metalurgia, aquel medallón no le pareció que fuese ni de oro ni de plata. Incluso limpiándolo dudaba mucho de que brillara. A pesar de todo, había algo en él profundamente atractivo. Al mirarlo, tenía la misma sensación que algunas mañanas, cuando despertaba de un sueño profundo del cual no conseguía recordar los detalles. Ese objeto era importante, pero Jaffe no sabía el porqué. ¿Serían tal vez por los dibujos que se extendían a lo largo de la figura y que le recordaban una de las cartas que había leído? En aquellas veinte semanas últimas, Jaffe había revisado miles y miles de escritos, y muchos de ellos tenían pequeños dibujos, algunos obscenos, otros indescifrables. Los que habían juzgado más interesantes los había sacado a escondidas de Correos para estudiarlos por la noche. Los tenía atados en paquetes al lado de su cama. Quizá pudiera descifrar el significado del medallón si examinaba esas cartas con más minuciosidad.
Decidió salir a almorzar con los demás trabajadores, diciéndose que lo mejor sería hacer todo lo posible por no irritar a Homer aún más. Fue un error. Se sintió como un extraño entre aquellos buenos muchachos que comentaban noticias de las que él no había oído hablar desde hacía dos meses, o charlaban sobre la calidad del filete de la noche anterior, o de los polvos que habían echado o dejado de echar después del filete, o sus proyectos para el verano. Ellos también se daban cuenta de su sensación de no pertenecer al grupo, y hablaban de medio lado, cuchicheando sobre su extraño aspecto y su mirada huraña. Cuanto más le rehuían, más contento se sentía él de que se comportasen de ese modo porque sabían, aun los más burdos de todos, que él era diferente. Quizás incluso estuviesen un poco asustados.
No pudo volver a la una y media al Cuarto de las Cartas Perdidas. El medallón, con sus signos misteriosos, le quemaba en el bolsillo. Sentía la urgente necesidad de volver a su casa cuanto antes y empezar la investigación en su biblioteca particular de cartas. De inmediato. Y así lo hizo, sin ni siquiera perder el tiempo en comunicárselo a Homer.
Era un luminoso día soleado. Corrió las cortinas contra la invasión de luz, encendió la lámpara de pantalla amarilla, y allí, poseído de una fiebre ictérica, empezó su estudio. Clavó en las paredes las cartas que tenían ilustraciones, y cuando ya no quedó hueco alguno por llenar, las desparramó sobre la mesa, la cama, las sillas, por el suelo. Después comenzó a mirar hoja por hoja, signo por signo, en busca de algo que tuviese algún parecido, por lejano que fuese, con el medallón que tenía en la mano. Mientras lo hacía, la misma idea serpenteaba en su mente de nuevo: él sabía que había un Arte, pero ningún Artista, una práctica, pero ningún practicante, y sabía que, tal vez, ese hombre era él.
Este pensamiento no tuvo que rondar mucho tiempo en su mente. Al cabo de una hora de escudriñar Cartas Perdidas se dijo que el medallón no había caído en sus manos por mero azar, sino que había aparecido como premio a sus pacientes estudios, y, como manera de juntar todos los hilos de su investigación, para deducir, por último, el sentido de aquello. Casi todos los símbolos y dibujos de las cartas y de los papeles parecían irrelevantes, aunque había muchos, demasiados para tratarse de una nueva coincidencia, que sugerían imágenes de la cruz. Nunca aparecían más de dos en la misma página, y la mayor parte de ellos eran versiones toscas, porque ninguno de sus autores tenía la solución completa en sus manos, como él la tenía. Pero todos los escritores comprendían algo del acertijo, y sus observaciones sobre la parte que comprendían, bien fuese haiku, charla obscena o fórmula química, daban a Jaffe una idea más clara del sistema que acechaba detrás de aquellos símbolos.
Un término que aparecía con regularidad en las cartas más perceptivas era Enjambre. Lo había encontrado varias veces en sus lecturas, aunque sin pensar mucho en él. Había una gran cantidad de charla en los escritos sobre la evolución, y supuso que ese término sería una parte de ésas, pero empezaba a darse cuenta de su error. El Enjambre era un culto, o una Iglesia de alguna especie, y su símbolo era el objeto que Jaffe tenía en la palma de la mano. Lo que eso y el Arte tuviesen que ver con cada una de las otras partes no estaba nada claro, pero su consistente sospecha de que existía un misterio, un viaje, se confirmaba, y le daba la seguridad de que, con el medallón a modo de mapa, encontraría el camino desde el Enjambre hasta el Arte.
Entretanto había asuntos más urgentes. Cuando pensaba en la tribu de sus compañeros de trabajo, con Homer a la cabeza, se estremecía sólo de pensar que alguno de ellos pudiera conocer también el secreto que él poseía. No temía, por supuesto, que hubieran podido avanzar en su descodificación, ya que no tenían cabeza para eso, pero Homer era lo bastante suspicaz para olfatear algo, por lo menos alguna pista a lo largo del camino, y la idea de que alguien —en especial el baboso de Homer— pudiese tantear ese tema, esa base sagrada, se le hacía insoportable. Sólo había una forma de evitar este desastre. Tenía que actuar con toda rapidez, destruyendo todo tipo de prueba o huella que pudiera darle una verdadera pista a Homer. El medallón se lo quedaba, eso por supuesto, ya que le había sido confiado por los más altos poderes, cuyos rostros vería algún día. También guardaría las veinte o treinta cartas que le habían ampliado la información sobre el Enjambre; el resto (unas cuatrocientas), mejor quemarlas. Y las de la colección del Cuarto de las Cartas Perdidas tendrían que ir también al horno. Todas. Tardaría algo de tiempo, pero no había más remedio, y cuanto antes mejor. Hizo una selección de las cartas que tenía en su cuarto, empaquetó las que ya no necesitaba, y se dirigió de nuevo a la oficina de clasificación.
Ya entrado el mediodía anduvo en sentido contrario a la avalancha de la gente, entró en la oficina por la puerta trasera, con el fin de evitar a Homer, aunque conocía lo bastante bien sus costumbres para sospechar que habría salido de su trabajo a las cinco en punto y que estaría bebiendo cerveza en algún sitio. El horno era una pieza antigua, pesada y ruidosa de manejar, mantenido por otra pieza de museo con la que Jaffe nunca había cruzado una sola palabra y que se llamaba Miller, sordo, además, como una tapia. A Jaffe le llevó bastante tiempo explicar a Miller por qué tenía que utilizar el horno durante un par de horas, y empezó con el paquete que había llevado de su casa, lanzándolo de inmediato a las llamas. Después fue al Cuarto de las Cartas Perdidas.
Homer no sólo no se había ido a beber cerveza, sino que lo esperaba, sentado en la silla de Jaffe bajo una bombilla sin tulipa, revisando los montones de cartas que había a su alrededor.
—Bueno, ¿qué tal el botín? —preguntó en cuanto Jaffe entró en la oficina.
Era inútil aparentar inocencia, y Jaffe lo sabía. Llevaba sus meses de estudio grabados en el rostro. No podía seguir como si fuese un ingenuo, ni aun ahora, que se paraba a pensarlo, tampoco lo quería.
—No hay botín —dijo, con desprecio hacia el pueril plan de aquel hombre receloso—. No estoy quedándome con nada que tú quieras, o que te sea útil.
—Eso yo lo juzgaré, tonto del culo —repuso Homer, tirando las cartas que estaba examinando al resto de la basura—. Quiero saber qué has estado haciendo aquí además de meneártela.
Jaffe cerró la puerta. No se había dado cuenta hasta ese momento, pero las reverberaciones del horno llegaban a aquel lugar a través de las paredes. Todo lo que había allí temblaba. Las sacas, los sobres, las palabras que había en las páginas encerradas en ellos. Y la silla misma en que Homer estaba sentado. Y el cuchillo, el cuchillo de hoja corta, caído en el suelo, al lado de Homer. El cuarto entero se movía, por ligero que fuese el movimiento. Como si el suelo retumbara. Como si el mundo estuviera a punto de desaparecer.
Y quizá fuese así. ¿Por qué no? No tenía sentido alguno fingir que el status seguía siendo quo. Él era un hombre que se encaminaba hacia un trono u otro. No sabía aún cuál, ni dónde estaría, pero él necesitaba silenciar a cualquier rival. Nadie le iba a echar nada en cara, ni a juzgarle, o a meterlo en la celda de los condenados a muerte. Él era su propia ley ahora.
—Me gustaría explicarte… —comenzó, con un tono de voz casi poco serio— en qué consiste realmente el botín.
—Sí, venga —dijo Homer torciendo el labio—, ¿por qué no lo haces?
—Bien, la verdad…, es muy sencillo…
Empezó a acercarse a Homer, hacia la silla, hacia el cuchillo caído al lado de aquélla. La velocidad con que se movía empezó a poner nervioso a Homer, aunque no se levantó.
—… he descubierto un secreto —prosiguió Jaffe.
—Ah.
—¿Quieres saber de qué se trata?
Homer se levantó, y su mirada temblaba, de la misma manera que todo lo demás. Todo, excepto Jaffe. Sus manos, sus entrañas, su cabeza habían dejado de temblar. Se sentía firme en un mundo inseguro.
—No sé qué jodido asunto te traes entre manos —dijo Homer—, pero no me gusta.
—No me extraña —replicó Jaffe, sin mirar al cuchillo: no tenía necesidad de hacerlo, lo sentía—, pero tienes la obligación de saber de qué se trata, ¿verdad? —prosiguió—. Necesitas saber todo lo que ocurre aquí.
Homer se apartó unos pasos de la silla. El aire chulesco que tanto le gustaba aparentar había desaparecido. Se tambaleaba, como si el suelo se hubiera inclinado.
—He estado en el centro del mundo —dijo Jaffe—, este cuartito…, aquí es donde todo ocurre.
—¿Ah, sí?
—Por supuesto que sí.
Homer hizo una pequeña mueca nerviosa, y echó una ojeada a la puerta.
—¿Quieres salir? —preguntó Jaffe.
—Sí —dijo Homer, al tiempo que miraba su reloj, sin verlo—, tengo prisa, sólo he venido para…
—Me tienes miedo —aseguró Jaffe—, y con razón. Ya no soy el mismo de antes.
—¡No me digas!
—Tú mismo me lo comentaste.
Homer volvió a mirar a la puerta. Estaba a cinco pasos de ella; cuatro si corría. En el momento que Jaffe aferró el cuchillo, Homer había recorrido la mitad de esa distancia. Tenía la mano en el picaporte cuando oyó a Jaffe acercándose a él.
Volvió la cabeza para mirar atrás, y el cuchillo se le hincó en pleno ojo. No se trató de una estocada casual. Fue pura sincronía. Su ojo centelleó, el cuchillo centelleó. Ambos centelleos coincidieron, y, en el momento siguiente, Homer gritaba mientras caía de espaldas contra la puerta y Randolph se le echaba encima, todavía con la mano agarrada al cuchillo.
El rugir del horno aumentaba. De espaldas a las sacas, Jaffe sentía los sobres, apretados unos contra otros, las palabras brotaban de las hojas escritas para convertirse en un glorioso poema. Sangre, decían. Como un mar; en tanto sus pensamientos aparecían como coágulos en aquel mar, oscuros, congelados, más ardientes que el ardor mismo.
Jaffe aferró el mango del cuchillo, y lo hizo con todas sus fuerzas. Nunca había derramado sangre; ni siquiera por haber aplastado una chinche, al menos de manera intencionada. Pero, en ese momento, su puño, cerrado sobre el mango, caliente y húmedo, le pareció fantástico. Una profecía; un signo.
Sonriendo, sacó el cuchillo de la cuenca del ojo de Homer, y, antes de que su víctima resbalase con la espalda apoyada en la puerta, se lo hincó hasta el puño el la garganta. Pero no lo dejó quieto allí. En cuanto los gritos de Homer cesaron, lo sacó y volvió a hincárselo, esta vez en medio del pecho. Allí encontró huesos, de modo que necesitó hacer más fuerza. Pero Jaffe, de pronto, había adquirido nueva fortaleza. A Homer le vino una arcada, y salió sangre de su boca, y también de la herida que tenía en la garganta. Jaffe sacó el cuchillo. No volvió a clavárselo al otro, sino que limpió la hoja con el pañuelo y se alejó del cadáver mientras pensaba qué debía de hacer. Si intentaba llevar las sacas del correo hasta el horno, corría el riesgo de ser descubierto, y, a pesar de lo sublime que se sentía, borracho de la muerte de aquel pobre patán, se daba cuenta de que había un alto riesgo en ello. Mejor sería que trasladase el horno hasta ahí. Después de todo, el fuego era una fiesta movible. Lo único que necesitaba era un encendedor, y Homer debía de tener alguno. Volvió al cadáver caído, buscó en los bolsillos y encontró una caja de cerillas. La sacó y se dirigió hasta donde se hallaban las sacas.
Una sensación de tristeza le sorprendió cuando se disponía a prender fuego a las Cartas Perdidas. Él había estado muchas semanas allí, perdido en una especie de delirio, borracho de misterios. Y ahora debía despedirse de todo aquello. Después de lo ocurrido —la muerte de Homer, las cartas quemadas—, Jaffe era un fugitivo, un hombre sin historia, llamado por un Arte del que todo lo ignoraba, pero que deseaba practicar más que ninguna otra cosa en el mundo.
Hizo una bola con una par de folios para alimentar la llama. Una vez que el fuego empezase, no le cabía duda de que se mantendría por sí mismo: todo lo que había en el cuarto —papel, paño, carne humana— era combustible. Una vez hubo hecho tres montones de papel, encendió una cerilla. La llama era grande, y, al mirarla, Jaffe se dio cuenta de lo mucho que odiaba la claridad. La oscuridad resultaba más interesante, colmada de secretos, llena de amenazas. Acercó la llama a los montones de papel y miró cómo el fuego iba tomando fuerza. Luego retrocedió hacia la puerta.
Homer estaba caído contra ella, sangrando por las tres heridas. Su bulto no era fácil de mover, y Jaffe dedicó todas sus fuerzas a la tarea. A sus espaldas, la hoguera proyectaba su sombra contra la pared. En el medio minuto que tardó en mover el cadáver, el fuego creció de manera considerable, tanto que, cuando miró hacia atrás, vio que las llamas cubrían la habitación de un extremo a otro, y que el calor producía su propio viento, el cual, a su vez, aventaba las llamas.
Sólo cuando se vio en su habitación —eliminando de ella cualquier pista de Randolph Ernest Jaffe—, se arrepintió de lo que había hecho. Y no fue por haber desatado el fuego —éste había sido una idea inteligente— sino de haber dejado que el cuerpo de Homer se consumiese con las Cartas Perdidas. Hubiera debido tomarse una venganza más sofisticada: dividir el cadáver en partes, y enviar los trozos por correo, garabateando unas señas sin sentido, para que la suerte, o la sincronicidad, eligiese el destino final de la carne de Homer. El cartero mismo enviado por correo. Se prometió no perderse semejantes posibilidades irónicas en el futuro.
La tarea de vaciar su cuarto no le llevó mucho tiempo, tenía pocas pertenencias, y casi todas ellas carecían todavía de significado para él. En el fondo, no era nada: unos cuantos dólares, algunas fotografías, un par de trajes. Nada que no cupiese en una maleta pequeña, dejando todavía espacio para una enciclopedia en varios tomos.
Hacia la medianoche, y con su pequeña maleta en la mano, Jaffe salía de Omaha, listo para un viaje que lo llevaría en cualquier dirección. ¿Hacia el Este?, ¿hacia el Oeste? No le importaba, mientras su camino, el que fuese, lo condujese hasta el Arte.