V

1

Para Tesla, abandonar Palomo Grove fue como despertar de un sueno en el que algún consejero onírico le hubiera explicado que toda vida es puro sueño. A partir de ese momento ya no habría división entre sensatez, e insensatez; no se podría dar por supuesto que esa experiencia era real, y la de más allá, no. Quizás estaba viviendo una película, pensó Tesla mientras conducía. Y, puestos a pensar en ello, no era ésta una mala idea para un guión: el caso de una mujer que descubría que la historia humana no era otra cosa que una vasta saga familiar, escrita por el gen y la casualidad, equipo de guionistas muy infravalorados, y presenciada por ángeles, extraterrestres y gente de Pittsburgh que la habían conectado en la televisión sin darse cuenta y ya no podían apartar la vista de ella «A lo mejor escribo este guión en cuanto termine la aventura en que me he metido», se dijo Tesla.

Excepto que se trataba de una aventura que no tendría final porque nunca acabaría. Esa era una de las consecuencias de ver el mundo así. Para bien o para mal, se dijo, iba a pasar el resto de su vida esperando con expectación el milagro siguiente; y, mientras esperaba, lo inventaría en su imaginación, y haría guiones con él, a fin de mantenerse a sí misma, y a su auditorio, en estado de alerta.

El viaje fue fácil, por lo menos hasta Tijuana, y le permitió dedicarse a esas meditaciones. Pero, en cuanto cruzó la frontera, necesitó consultar el mapa que había comprado, y tuvo que aplazar guiones y profecías para otro momento. Se había aprendido de memoria las instrucciones de Fletcher como se aprende un discurso, y esas instrucciones —con ayuda del mapa— le vinieron muy bien. Nunca había viajado por aquel lugar y le sorprendió encontrar aquello tan desierto. Ése no era un ambiente en el que el hombre y sus obras tuvieran mucha esperanza de una existencia permanente, y esto, a su vez, le dio a Tesla la idea de que, cuando llegase a las ruinas de la Misión, las encontraría, con toda probabilidad, erosionadas, o incluso disgregadas, por las olas del Pacífico, cuyo murmullo crecía en volumen a medida que el coche de Tesla se acercaba a la costa.

Pero lo cierto es que no pudo haber estado más equivocada en sus previsiones. Al dar la vuelta a la curva de la colina, que era el camino por donde Fletcher la había enviado, vio en seguida que la Misión de Santa Catrina se hallaba intacta. El espectáculo le revolvió el estómago. Unos pocos minutos más de conducción, y se encontraría delante del lugar donde una historia épica, de la que ella, Tesla, no sabía más que una parte infinitesimal, había comenzado. Quizá Belén despertase la misma emoción en un cristiano. O el Gólgota.

Tesla comprobó que aquél no era un lugar de cráneos, más bien todo lo contrario. Aunque la parte esencial de la Misión no había sido reconstruido, sus escombros, esparcidos por todas partes, cubrían todavía una gran extensión del terreno, era evidente que alguien se había tomado la molestia de salvarla de la destrucción total. Tesla no comprendió la razón de esta medida hasta que hubo estacionado el coche a alguna distancia del edificio y se acercó a él a pie por la polvorienta llanura. La Misión, construida con motivos piadosos, y convertida luego en un centro que sus arquitectos hubieran considerado herético, estaba santificada de nuevo.

Cuanto más se acercaba a los muros, que parecían un rompecabezas, más pruebas veía de todo aquello. En primer lugar, las flores, dispuestas en toscos ramilletes y coronas entre las piedras esparcidas; sus colores brillaban en el claro aire del mar.

En segundo lugar, y más emotivos, los pequeños bultos de utensilios domésticos —un pan, una jarra, un picaporte— aparecían esparcidos por allí, envueltos en pedazos de papel cubierto de garabatos y distribuidos entre las flores en tal cantidad que ella apenas podía dar un paso sin pisar algo. El sol se estaba poniendo, pero su dorada profundidad aumentaba la sensación de que el lugar estaba embrujado. Tesla anduvo por entre los escombros, tan en silencio como le era posible, temerosa de perturbar a sus habitantes, humanos o no. Si había seres milagrosos en el Condado de Ventura (que paseaban con toda tranquilidad por las calles), mucho más probable era que allí, en aquel promontorio solitario, había entes capaces de hacer milagros.

Tesla ni siquiera trató de adivinar quiénes pudieran ser ni cuál sería su forma, en el supuesto de que tuvieran alguna. Pero si el número de ofrendas y peticiones que llenaban el suelo probaban algo era que allí las plegarias encontraban respuesta.

Los paquetes y los mensajes esparcidos por el suelo de la Misión la emocionaron bastante; pero los que vio en el interior del edificio la conmovieron mucho más. Había entrado por un boquete practicado en una de las paredes, y, de pronto, se encontró ante una silenciosa muchedumbre de retratos: docenas de fotografías y esbozos de hombres, mujeres y niños pegados a la piedra, cada uno con un pedazo de tela o un zapato; incluso gafas. Lo que había fuera eran donativos, pero lo que veía en ese momento le parecieron pistas para guiar el olfato de algún sabueso. Pertenecían a almas perdidas, y habían sido llevadas allí con la esperanza de que los espíritus las acompañaran por un camino familiar que las devolviera a sus hogares.

En pie en medio de la luz dorada, observando aquella colección, Tesla se sintió como una intrusa. Los alardes religiosos no la conmovían. Sus sentimientos expresaban demasiada seguridad en sí misma. Pero aquel espectáculo de fe sencilla tocó una fibra sensible de Tesla que pensaba amortiguada hacía largo tiempo. Recordó cómo se había sentido la primera vez que volvió a casa por Navidad, después del exilio familiar autoimpuesto de cinco años. Al principio, el regreso al hogar le resultó tan claustrofóbico como había temido; pero, a la medianoche de Nochebuena, mientras, paseaba por Quinta Avenida, una sensación olvidada, que la dejó sin aliento la invadió, y arrasó sus ojos en lágrimas en un instante: entonces en ese momento, creyó, con una creencia que le salía de dentro. Ni aprendida ni fruto del miedo. Simplemente, existía. Sus primeras lágrimas fueron de gratitud por la felicidad de que sus ojos se abrieran… de nuevo a la fe; las que derramó después fueron de tristeza porque el momento había sido tan rápido como su aparición, igual que un espíritu que pasase por su cuerpo, alejándose al tiempo de él.

Pero en la Misión no se fue. En esos momentos permaneció en lo más profundo de ella, mientras el sol se hacía más oscuro, según se hundía hacia el mar.

El ruido de algo que se movía en lo profundo de las ruinas cortó su ensoñación. Sobresaltada, mientras su rápido pulso parecía aminorar un poco el ritmo, Tesla preguntó:

—¿Quién está ahí?

No obtuvo respuesta. Con cautela, se aventuró y miró detrás de la pared de los rostros perdidos a través de la puerta sin dintel, vio una segunda cámara y entró en ella. Tenía dos ventanas, como ojos practicados en el ladrillo, a través de las cuales el sol poniente enviaba dos rojizos rayos. Tesla no contaba con otra cosa que su instinto para apoyar la sensación que tuvo al entrar, pero estuvo segura de que ése era el lugar más sagrado de todo el templo. A pesar de que carecía de techo, y de que su pared oriental estaba muy deteriorada, el lugar parecía denso, como si las fuerzas que lo habitaban, hubiesen crecido con el transcurso de los años. Su función, cuando Fletcher ocupaba la Misión, había sido evidentemente, la de laboratorio. Se veían bancos volcados a cada lado, y el material que aparecía por el suelo daba la sensación de haber sido dejado donde cayó. Ni donativos ni retratos habían conseguido turbar aquella sensación de lugar preservado. Aunque los objetos caídos estaban rodeados de arena, y las hierbas habían crecido aquí y allá, la estancia seguía como siempre: era el testamento de un milagro, o de su paso.

El protector de sanctum se hallaba de pie, en el rincón más alejado de la cámara, más allá de los rayos de sol que entraban por la ventana. Tesla apenas pudo distinguirle; sólo vio que estaba enmascarado, o que sus facciones eran tan grandes y toscas como las de una máscara. Nada de lo que había experimentado hasta entonces justificaría temor por su seguridad. Aunque estaba sola, sentía una gran tranquilidad. Aquello era un santuario, no un lugar de violencia. Además, ella llegaba allí con un recado de la deidad que en otros tiempos había actuado desde aquella misma estancia. Tenía que hablar, por tanto, con la autoridad de él:

—Me llamo Tesla —dijo—. He sido enviada aquí por el doctor Richard Fletcher.

Vio que el hombre, que continuaba en el rincón reaccionaba al oír el nombre de Fletcher y levantaba la cabeza con lentitud; luego le oyó respirar.

—¿Fletcher? —preguntó.

—Sí —respondió Tesla—. ¿Le conoce usted?

La respuesta llegó en forma de pregunta, hecha con un fuerte acento hispánico:

—¿Y a usted, la conozco?

—Ya se lo he dicho: él me ha enviado aquí. He venido a hacer lo que él me ha pedido que haga.

El otro se apartó de la pared lo bastante para que los rayos del sol iluminaran sus facciones.

—¿Y por qué no ha venido él? —preguntó.

Tesla tardó unos segundos en pensar la respuesta. El aspecto de la pesada frente y la gruesa nariz de aquel hombre había lanzado a sus pensamientos a un vertiginoso girar. Jamás había visto un rostro tan feo.

—Fletcher no está vivo —contestó, al cabo de un momento.

Sus pensamientos, por repugnancia, y por instinto, habían evitado el término «muerto».

Las desdichadas facciones que tenía ante ella reflejaron un aire de tristeza; y su plasticidad expresó casi una caricatura de esa emoción.

—Yo estaba aquí cuando se fue —dijo el hombre— esperando…, y he esperado a que volviese.

Tesla se dio cuenta de quién era su interlocutor en cuanto le oyó decir eso. Fletcher le había indicado que quizás encontrara allí un resto vivo de la gran obra.

—¿Raúl? —preguntó.

Los profundos ojos se agrandaron. No tenían blanco alguno.

—Ya veo que le conoce —dijo el hombre, dando un paso adelante en la luz, cuyo brillo talló sus facciones cor tal crueldad que Tesla apenas pudo soportar su aspecto.

Eran incontables las veces que había visto rostros mucho más terribles, que aquél en la pantalla; y la noche anterior, sin ir más lejos, había sido mordida por una bestia de verdadera pesadilla. Pero la confusión de las señales que recibía de aquel híbrido que tenía delante la angustiaron más que ninguna otra cosa en toda su vida. Era casi un ser humano; aunque, a pesar de esto, Tesla sintió que sus entrañas no se engañaban. La respuesta que acababa de oír la enseñó algo, a pesar de no saber a punto fijo de qué se trataba. De momento, sin embargo, dejó a un lado la tarea de averiguarlo, apremiada como estaba por otros asuntos más urgentes.

—He venido a destruir lo que quede del Nuncio —dijo.

—¿Por qué?

—Porque Fletcher lo quiere así. Sus enemigos se hallan aún en este mundo, aunque él ya no esté. Y teme las consecuencias de que lleguen aquí y encuentren el experimento.

—Pero he estado esperando… —comenzó Raúl.

—Es bueno que hayas esperado. Es bueno que hayas vigilado este lugar.

—No me he movido de aquí. Todos estos años. He estado donde mi padre me hizo.

—¿Y cómo has sobrevivido?

Raúl apartó la mirada de Tesla, entornando los párpados para protegerse del sol, que casi había desaparecido.

—El pueblo mira por mí —dijo—, me cuidan, a pesar de que no entienden lo ocurrido aquí, pero saben que soy parte de ello. Los dioses habitaron esta colina en otro tiempo. Eso es lo que ellos creen. Déjame que lo enseñe.

Dio media vuelta y precedió a Tesla hacia la salida del laboratorio. Al otro lado de la puerta había otra cámara, más desnuda y con una sola ventana. Las paredes habían sido decoradas con pinturas murales que expresaban con sencillez la pasión que sus temas inspiraban.

—Ésta es la historia de esa noche —dijo Raúl—, como ellos creen que ocurrió.

En aquella habitación no había más luz que en la otra, de la que acababan de salir, pero la oscuridad daba misterio a las imágenes.

—Aquí está la Misión como era antes —prosiguió Raúl, indicando una pintura casi emblemática del roquedal sobre el que se encontraban—. Y aquí está mi padre.

Fletcher aparecía de pie, delante de la colina, con el rostro blanco y salvaje contra su oscuridad, y sus ojos parecían lunas gemelas. De sus orejas y de su boca salían formas extrañas rodeaban su cabeza a modo de satélites.

—¿Qué son esas cosas? —preguntó Tesla.

—Sus ideas —fue la respuesta de Raúl—, yo las pinté.

—¿Y qué ideas tienen ese aspecto?

—Cosas que llegan del mar; todo procede del mar. Eso me lo dijo Fletcher. Al comienzo, fue el mar. Al final, el mar. Y, en el intermedio…

—La Esencia —terminó Tesla.

—¿Qué?

—¿No te habló él de la Esencia?

—No.

—¿A dónde van a soñar los seres humanos?

—Yo no soy humano —la recordó, bajo, Raúl en tono suave—. Soy su experimento.

—Pero, sin duda, eso fue lo que te hizo humano —le dijo Tesla—, ¿no es eso lo que hace el Nuncio?

—Lo ignoro —respondió Raúl con sencillez—. No le estoy agradecido por lo que me hizo, fuera lo que fuese… Yo era más feliz… siendo un mono. Si hubiera seguido así, ahora estaría muerto.

—No hables así —dijo Tesla—, a Fletcher no le gustaría oírte decir cosas tan melancólicas.

—Fletcher me abandonó —la recordó Raúl—. Me enseñó lo suficiente para saber lo que yo nunca podría ser; y, luego, me abandonó.

—Tenía sus razones. He visto a su enemigo. El Jaff. Hay que detenerle.

—Ahí tienes al Jaff —dijo Raúl, señalando a un punto algo más allá, en la pared.

Era un retrato bastante bien hecho. Tesla reconoció la devoradora mirada, la hinchada cabeza. ¿Habría visto Raúl realmente al Jaffe en su condición evolucionada, o ése sería el retrato de un hombre convertido en monstruoso bebé una respuesta instintiva? Tesla no tuvo tiempo de meditar sobre ello porque Raúl trataba de sacarla de allí.

—Tengo sed —dijo él—. Podemos mirar el resto más tarde.

—Estará demasiado oscuro.

—No. Vienen aquí y encienden velas en cuando el sol se pone. Ven y habla conmigo un rato. Cuéntame cómo murió mi padre.

2

Tommy-Ray tardó más tiempo en llegar a la Misión de Santa Catrina que la mujer a la que perseguía a causa de un incidente que le ocurrió durante el viaje. Ese incidente, que no tuvo excesiva importancia, le mostró una parte de sí que más tarde llegaría a conocer muy bien. Cuando comenzaba a atardecer se detuvo en una población al sur de Ensenada, y se encontró en un bar que ofrecía —por sólo diez dólares— acceso a un espectáculo imposible de encontrar en Palomo Grove. Era una oferta demasiado tentadora para rehusarla, de modo que Tommy-Ray puso el dinero sobre el mostrador, pidió una cerveza y le permitieron entrar en un local lleno de humo, que no sería más grande que el doble de su propio dormitorio. Había un público de unos diez hombres, repantigados en sillas crujientes. Contemplaban a una mujer que copulaba con un enorme perro negro. Tommy-Ray no encontró nada excitante en esa escena. Ni tampoco, al parecer, los demás hombres del público; por lo menos nada excitante en el sentido sexual de la palabra. Todos permanecían inclinados hacia delante, observando el espectáculo con una emoción que Tommy-Ray no comprendió hasta que la cerveza empezó a influir en su fatigado sistema, encauzando su visión al rostro de la mujer, que en seguida lo fascinó. Daba la impresión de haber sido bonita, pero su rostro, al igual que su cuerpo, estaba ahora destrozado, y sus brazos eran prueba evidente de la adicción que la había llevado a caer tan bajo. La mujer excitaba al perro con la pericia de quien ya había hecho eso incontables veces. El perro la husmeó, y luego, perezosamente, se puso a la obra. Sólo cuando la hubo montado Tommy-Ray comprendió en qué radicaba su fascinación, tanto para él como para los otros. Aquella mujer parecía muerta. Esa idea fue una puerta abierta en su cabeza hacia un lugar hediondo y amarillo; un lugar de refocilamiento. Tommy-Ray había visto ya esa expresión, y no sólo en los rostros de las chicas que aparecían en las revistas cachondas, sino en los de gente famosa captada por la cámara fotográfica. Zombies-sexuales, zombies-estelares; es decir, muertos que pasaban por vivos. Cuando Tommy-Ray volvió a concentrar su atención en la escena que tenía ante sus ojos, el perro había encontrado ya su ritmo, y copulaba con la chica con canina lujuria, de su hocico goteaba espuma sobre la espalda de ella. En ese momento, la idea de que la chica estaba muerta fue excitante. Cuanto más se encendía el animal, tanto más muerta le parecía a Tommy-Ray la mujer, que sentía la polla del perro en su interior y sobre su piel las miradas de Tommy-Ray, hasta que se estableció una carrera entre él y el perro para ver quién terminaba antes.

Ganó el perro, que acabó poseído de un frenesí de golpes rítmicos, hasta que acabó de repente. Y uno de los hombres que estaban en primera fila se levantó de inmediato y separó a la pareja. El animal, al instante perdió todo interés. Una vez su amante se hubo marchado, la mujer quedó sola en la parte izquierda del escenario, recogiendo una serie de prendas esparcidas por allí que, sin duda, se había quitado antes de que Tommy-Ray llegara. Luego abandonó la escena por la misma puerta lateral por la que el perro y su Celestino habían salido. Evidentemente el espectáculo tenía una segunda parte, porque nadie se levantó de su asiento, pero Tommy-Ray había visto todo lo que quería ver. Se levantó y salió, abriéndose paso entre un grupo de recién llegados, hasta verse de nuevo en el bar en penumbra.

Hasta muchas horas más tarde, cuando casi estaba en la Misión, no cayó en la cuenta de que le habían vaciado los bolsillos.

Sabía que no tenía tiempo de volver, ni tampoco hubiera servido de nada hacerlo. El ladrón pudo haber sido cualquiera de los hombres que se apretujaban en la salida. Además, había valido la pena gastar diez dólares en aquella función. Había encontrado una nueva definición de la muerte. Ni siquiera nueva. Simplemente, la primera, y la única.

El sol se había puesto hacía tiempo cuando Tommy-Ray subía la cuesta que conducía a la Misión; pero, en ese momento, le invadió la sensación de haber estado allí con anterioridad. ¿Estaba viendo el sitio con los ojos del Jaff? De todos modos, el reconocimiento le fue útil. A sabiendas de que la agente enviada por Fletcher tenía que haber llegado antes que él, Tommy-Ray decidió dejar el coche un poco más abajo y subir el resto de la cuesta a pie, a fin de no alertarla de su llegada. Aunque la oscuridad lo envolvía, no viajaba a ciegas. Sus pies conocían el camino por más que su memoria no lo conociese.

Llegaba preparado para la violencia, si acaso fuera necesaria. El Jaff le había dado una pistola, propiedad de una de las muchas víctimas de las que extrajera a sus terata, y la idea de utilizarla le atraía. Después de una ascensión tan dura que había logrado que el pecho le doliera, Tommy-Ray divisó, por fin, la Misión. La luna, color vientre de tiburón, se levantaba a sus espaldas. Iluminaba las paredes en ruinas y la piel de sus brazos y sus manos, con su luz enfermiza, haciéndole desear un espejo en el que observar su rostro. Estaba convencido de que le sería posible ver los huesos bajo la carne, y el cráneo tan reluciente como sus dientes cuando sonreía. Después de todo, ¿no era eso lo que decía la sonrisa?: Hola, Mundo, así seré en cuanto mis partes blandas se pudran.

Con la cabeza tierna a fuerza de pensar en esas cosas, Tommy-Ray comenzó a pisar las ajadas flores que conducían a la entrada de la Misión.

3

La choza de Raúl se hallaba a unos cincuenta metros de distancia del edificio principal; se trataba de una estructura primitiva en la que dos ocupantes eran una multitud. Raúl explicó a Tesla que, para vivir, dependía casi por entero de la generosidad de la gente de la localidad, que le daban alimentos y ropa a cambio de que cuidase de la Misión. A pesar de la pobreza de sus medios, él se había esforzado por adecentar la choza, para hacerla más habitable. En ella se observaban huellas de una delicada sensibilidad. Las velas romas que había sobre la mesa aparecían hincadas en un anillo de piedrecitas escogidas por su suavidad; la manta que cubría el sencillo camastro había sido decorada con plumas de aves marinas.

—Sólo tengo un vicio —le dijo Raúl en cuanto se sentaron. Tesla lo hizo en la única silla que había allí—, y lo heredé de mi padre.

—¿Cuál es?

—Fumo cigarrillos. Uno al día. Lo compartirás conmigo.

—Yo solía fumar —comentó Tesla—, pero hace tiempo que lo he dejado.

—Pues esta noche fumarás —respondió Raúl, sin permitir la menor disensión—. Fumaremos en honor de mi padre.

De un pequeño bote sacó un cigarrillo liado a mano, y cerillas. Tesla observó su rostro mientras lo encendía. Lo único que le había sobresaltado de él al principio seguía poniéndola nerviosa: sus facciones, ni de simio ni humanas, sino el más desdichado conjunto de ambos. Y, sin embargo, en lo demás —su forma de expresarse, sus modales, su manera de sujetar el cigarrillo entre los dedos, largos y oscuros—, él se mostraba muy civilizado. Sin duda, la clase de hombre que a su madre le hubiera gustado como marido de Tesla, de no haber sido mono.

—Fletcher no ha desaparecido, créeme —dijo Raúl, al tiempo que le pasaba el cigarrillo.

Tesla lo cogió a desgana, no sentía muchos deseos de poner los labios donde él acababa de ponerlos; pero Raúl la observaba, la luz de la vela brillaba en sus ojos, y Tesla no tuvo más remedio que fumar, mientras él sonreía de satisfacción al ver que lo compartía con él.

—Estoy seguro de que Fletcher se ha transformado en alguna otra cosa —prosiguió Raúl—. En algo distinto.

—Brindo por eso —dijo Tesla, y dio otra chupada al cigarrillo.

En aquel momento se le ocurrió pensar que quizás ese tabaco fuese algo más fuerte que el de Los Ángeles.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Es bueno —replicó él—. ¿Te gusta?

—¿También te traen droga?

—Ellos mismos la cultivan —replicó Raúl, sin dar la menor importancia al asunto.

—Bien por ellos —exclamó Tesla, que dio una chupada extra al cigarrillo antes de devolvérselo.

Era fuerte, desde luego. Su boca estaba a la mitad de una frase que su mente no tenía la menor idea de cómo terminar cuando aún no se había dado cuenta de que había comenzado a hablar.

—… ésta es la noche de la que hablaré a mis hijos…, lo que sucede es que nunca tendré hijos… Bien, pues a mis nietos entonces… Les diré que estuve sentada con un hombre que había sido mono… ¿No te importa que te diga una cosa así? Lo que ocurre es que la primera vez…, y estamos aquí, y nos sentamos a charlar de su amigo…, y de mi amigo…, que solía ser hombre.

—Y cuando les cuentes todo eso, ¿qué les dirás de ti misma? —preguntó Raúl.

—¿De mí misma?

—Sí, ¿qué papel tendrás en el conjunto?, ¿en qué te piensas transformar?

Tesla lo pensó.

—¿Es que he de transformarme en algo? —acabó por preguntar.

Raúl le pasó lo que quedaba del porro.

—Todo se halla en constante transformación. Aquí, sentados, estamos transformándonos en algo.

—¿En qué?

—En más viejos, más cerca de la muerte.

—Mierda, no quiero encontrarme más cerca de la muerte.

—No tienes otro remedio —dijo Raúl con sencillez.

Tesla negó con la cabeza, que siguió moviéndose mucho tiempo después de que ella hubiera cesado de hacerlo.

—Lo que quiero es comprender —dijo al fin.

—¿Algo en concreto?

Tesla lo pensó un poco más de tiempo; examinó todas las opciones posibles, y eligió una.

—¿Todo? —preguntó.

Raúl rió, y su risa pareció a Tesla un sonido de campanas. Buen truco, estaba a punto de decirle, cuando le vio levantarse e ir hacia la puerta.

—En la Misión hay alguien —le oyó decir.

—… que habrá venido a encender las velas —sugirió ella, sintiendo que su cabeza parecía ir delante de su cuerpo a la zaga de Raúl.

—No —dijo él, que salió a la oscuridad—. No pisan por donde están las velas…

Tesla se había quedado mirando la llama de la vela mientras meditaba las preguntas de Raúl, y la imagen de la llama revoloteaba ante ella, ahora que se había levantado y andaba vacilante por la oscuridad, como una luz que la guiase por el borde del acantilado, pero la voz de Raúl era mejor guía.

Y cuando llegaron junto a las paredes de la Misión, Raúl le dijo que se quedase donde estaba; mas ella ignoró sus palabras y le siguió. Los encendedores de las velas estaban allí, no cabía duda, porque las luces llegaban desde la estancia de los retratos, dando un nuevo encanto al ambiente. Aunque el canuto de Raúl había espaciado los pensamientos de Tesla, éstos seguían siendo lo bastante coherentes como para hacerla pensar que había perdido demasiado tiempo, y que su trabajo en la Misión corría peligro. ¿Por qué no se había hecho cargo del Nuncio nada más llegar, tirándolo al océano, como Fletcher la había ordenado que hiciera? Se sintió irritada consigo misma, y eso la volvió audaz. En la oscuridad de la estancia de las pinturas murales, Tesla consiguió adelantarse a Raúl y penetrar la primera en el laboratorio, iluminado por las velas.

Pero no eran velas lo que iluminaban el lugar, ni el visitante era un devoto haciendo sus peticiones.

En el centro de la estancia alguien había encendido un pequeño fuego, y un hombre, de espaldas a ella, buscaba algo entre las cosas que había amontonadas por allí. Tesla no esperaba reconocerle cuando miró en su dirección, y eso, si lo pensaba bien, era tonto, porque en aquellos pocos días últimos había llegado a conocer a casi todos los actores del drama, si no por su nombre, sí de vista. A éste, sin embargo, lo conocía de las dos maneras. Era Tommy-Ray McGuire, que se volvió de pronto hacia ella, mostrándole su rostro. En la perfecta simetría de sus facciones saltaba y relucía, como la herencia del Jaff, una pequeña pelota de locura.

—¡Hola! —dijo, fue un saludo amable, indiferente—. Me preguntaba dónde estarías. El Jaff me dijo que te encontraría aquí.

—No toques al Nuncio —le advirtió Tesla—, es peligroso.

—Eso espero —contestó él, sonriente.

Tesla se dio cuenta de que tenía algo en la mano. Y Tommy-Ray captó su mirada y se lo mostró.

—Sí, aquí lo tienes —dijo.

Era el pomo, justo como Fletcher se lo había descrito a Tesla.

—Tíralo —le aconsejó Tesla, mientras intentaba no perder el dominio de sus nervios.

—¿Era eso lo que pensabas hacer tú con él? —preguntó Tommy-Ray.

—Sí, justo. Te lo juro. Es letal.

Tesla notó que los ojos de Tommy-Ray dejaban de mirarla y se fijaban en Raúl, cuya respiración oía a su lado, un poco detrás de ella. Tommy-Ray no parecía nada inquieto ante su inferioridad numérica. Tesla se preguntó si habría algún peligro en este mundo capaz de borrar de su rostro aquella expresión de satisfacción de sí mismo. ¿El Nuncio, quizá? ¡Santo cielo! ¿Qué podría encontrar el Nuncio en el corazón bárbaro de Tommy-Ray que fuese digno de elogio y ampliación?

Tesla repitió su advertencia:

—Destruyelo, Tommy-Ray, antes de que él te destruya a ti.

—Ni hablar —replicó el chico—. El Jaff tiene planes para el Nuncio.

—¿Y qué será de ti cuando hayas terminado de trabajar para él? Al Jaff le tienes sin cuidado.

—Es mi padre y me quiere —repuso Tommy-Ray, con un aplomo que hubiera resultado conmovedor en un alma cuerda.

Tesla dio un paso hacia él, hablando mientras se le acercaba:

—Mira, haz el favor de escucharme, aunque sólo sea un momento, ¿quieres…?

Tommy-Ray se metió al Nuncio en un bolsillo al tiempo que buscaba en otro con la mano que tenía libre. Sacó una pistola.

—¿Cómo llamas tú al coso éste? —preguntó, mientras la apuntaba con el arma.

—Nuncio —dijo ella, que aminoró el paso, aunque no dejó de acercarse a él.

—No, otra cosa, lo has llamado de otra manera.

—Letal.

Tommy-Ray sonrió.

—Sí, eso: letal —dijo, como si saborease la palabra—. Quiere decir que mata, ¿verdad?

—Exacto.

—Pues me gusta.

—No, Tommy…

—¡No me digas lo que me gusta o me deja de gustar! —exclamó él—. He dicho que letal me gusta, y lo repito.

De pronto, Tesla se dio cuenta de que había calculado mal esa escena. Si ella la hubiese escrito, Tommy-Ray la tendría a raya con su pistola mientras escapaba. Pero él tenía su propio escenario.

—Soy el Chico de la Muerte —dijo, y apretó el gatillo.