II

1

El chico joven era casi monocromo: el cabello, largo hasta la espalda, que se le rizaba hasta el cuello, era negro; los ojos, tras sus gafas redondas, también eran oscuros; tenía la piel demasiado blanca para ser un californiano, y los dientes, más blandos todavía, aunque no solía reír muy a menudo. Tampoco hablaba demasiado, y cuando estaba con gente tartamudeaba.

Incluso el «Pontiac» descapotable que estacionó en la Alameda era blanco, aunque su carrocería aparecía estropeada por la nieve y la sal de una docena de inviernos en Chicago. Lo había conducido por el campo; pero había corrido momentos de peligro en carretera. Se acercaba el día en que no iba a quedar más remedio que sacarlo a un descampado y pegarle un tiro. Entretanto, si alguien quería más prueba de la presencia de un extraño en Palomo Grove, no tenía más que echar una ojeada a lo largo de la hilera de automóviles.

O también echársela a él. Se sentía desesperadamente fuera de lugar con sus pantalones de pana y su chaqueta raída (las mangas demasiado largas, y muy estrecha de pecho, como todas las que compraba). Aquélla era una ciudad en la que se medía el valor de una persona por la marca de las zapatillas de deporte que usaba, y él no las llevaba; calzaba zapatos de cuero de los que se atan con cordones, y se los ponía un día sí otro también, hasta que se le caían de viejos, y entonces se compraba otros idénticos. Fuera de lugar o no, el hecho era que se encontraba allí por una buena razón y cuanto antes se resolviera antes se sentiría él mejor.

Lo primero que necesitaba era que lo guiasen un poco. Eligió una tienda de yogur congelado, la más vacía de toda la calle, y entró despacio en ella. La bienvenida que le dieron desde el mostrador fúe tan calurosa que casi pensó que había sido reconocido.

—¡Hola! ¿En qué puedo servirle?

—Es que soy… nuevo aquí —dijo. «Estúpida observación», pensó—. Lo que quiero decir —añadió— es…, ¿hay aquí algún sitio…, algún sitio donde pueda comprar un mapa?

¿De California?

—No, de Palomo Grove —respondió él. Hablaba con frases, cortas porque se tartamudeaba menos de esa forma.

La sonrisa del que estaba al otro lado del mostrador se hizo más amplia.

—No necesita un plano —dijo—, la ciudad no es tan grande.

—De acuerdo. ¿Hay algún hotel?

—Por supuesto. Y fácil de encontrar. Hay uno muy cerca de aquí. Y otro nuevo, arriba, en el barrio de Stillbrook.

—¿Cual es el más barato?

—«La Terraza». A dos minutos de coche. Dé la vuelta en la parte trasera de la Alameda.

—Suena perfecto.

La sonrisa que recibió a modo de contestación parecía decir: Aquí todo es perfecto. También él lo pensaba. Los coches relucían en el estacionamiento. Las señales que le indicaban la manera de ir a la parte trasera del centro comercial brillaban. La fachada del motel, con otra señal que decía: Bienvenido a Palomo Grove, El refugio de la Prosperidad, estaba tan brillantemente pintado como un dibujo de periódico de sábado por la mañana. Cuando se encontró seguro en la habitación, cerró la persiana contra la luz del día, y curioseó un poco.

El último trayecto del viaje le había fatigado, de modo que decidió reanimarse un poco con unos ejercicios y una ducha. La máquina, como él llamaba a su cuerpo, había estado demasiado tiempo al volante, de modo que necesitaba ser reanimada. Hizo un precalentamiento de diez minutos de sombra dando golpes al aire, una combinación de puñetazos y patadas, seguido de su cóctel favorito de patadas especializadas: hacha, salto en media luna, llaves y saltos, patada hacia atrás con llave. Todo eso le calentaba los músculos al tiempo que le despertaba la mente. Para cuando llegó la fase de levantar las piernas y hacer flexiones, ya se encontraba preparado para enfrentarse con medio Palomo Grove y sacar a quien fuese una respuesta a la pregunta que lo había conducido hasta allí.

Y esa pregunta era: ¿Quién es Howard Katz? Yo, no era respuesta lo bastante buena. Yo era sólo la máquina. Él necesitaba más información que ésa.

Wendy fue la que le planteó la cuestión durante aquella discusión de una noche entera, que terminó con su separación.

—Me gustas, Howie —había dicho ella—, pero no puedo amarte. ¿Sabes por qué? Porque no te conozco.

—¿Sabes lo que soy? —respondió Howie—. Un hombre con un agujero en el centro.

—Es una extraña forma de decirlo.

—Tan extraña como yo me siento.

Extraño pero cierto. Donde otro tenía la consciencia de sí mismo como persona —ambiciones, opiniones, religión—, él no encontraba más que una penosa inestabilidad. Los que le querían —Wendy, Richie, Lem— tenían paciencia con él. Esperaban hasta que lograban entender lo que les decía a través de sus tartamudeos y sus confusiones, y parecían encontrar algo de valor en sus comentarios. («Tú eres mi querido tonto», le había dicho Lem a Howie en una ocasión; frase que Howie estaba todavía meditando.) Pero él seguía siendo Katz el Bobo para el resto del mundo. No se lo decían a las claras —era demasiado fuerte para dejarse tomar el pelo, y podía enfrentarse hasta con pesos pesados—, pero sabía lo que comentaban a sus espaldas, y siempre se resumía en lo mismo: a Katz se le ha perdido una pieza.

El que Wendy hubiese terminado con él le resultaba demasiado duro. Se había sentido demasiado herido para dejarse ver por allí, y estuvo casi una semana rumiando su conversación con ella. De pronto vio la solución con toda claridad. Si existía algún sitio donde le sería posible entender el cómo y el porqué de sí mismo, ese sitio era, sin duda, el lugar en el que había nacido.

Levantó la persiana y miró a la calle, a la luz. Era como de perla. El aire tenía un dulce aroma. No acababa de comprender cómo su madre había abandonado un lugar tan hermoso para ir a Chicago, con sus duros vientos de invierno y sus agobiantes veranos. Ahora estaba muerta (había muerto de repente, mientras dormía), y él debería intentar la resolución del misterio por sus propios medios, y quizás hasta llegase a conseguirlo; entonces podría llenar el agujero que tenía obsesionada a su máquina.

Justo cuando llegaba a la puerta principal, su madre llamó desde su habitación, con la misma exacta cronometración de siempre.

—¡Jo-Beth!, ¿estás ahí? ¡Jo-Beth!

Siempre ese mismo tono de desfallecimiento que parecía decir: «Sé cariñosa conmigo, porque quizá mañana ya no me encuentre aquí, a lo mejor ni dentro de una hora».

—Cariño, ¿estás ahí todavía?

—De sobra sabes que sí, mamá.

—¿Puedo hablar un momento contigo?

—Es que llego tarde al trabajo.

—Sólo un minuto, por favor, ¿qué es un minuto?

—Bien, no te entristezcas, ya voy.

Jo-Beth volvió a subir las escaleras. ¿Cuántas veces hacía ese camino al día? Su vida se podía contar por el número de veces que subía y bajaba las escaleras, y las volvía a subir y las volvía a bajar.

—¿Qué ocurre, mamá?

Joyce MacGuire permanecía echada en su postura habitual, en el sofá al lado de la ventana abierta, con una almohada bajo la cabeza. No tenía aspecto de enferma, pero lo cierto era que lo estaba la mayor parte del tiempo. El especialista la visitaba, la miraba, pasaba la cuenta, y se marchaba con un encogimiento de hombros. «Físicamente, todo está en orden —decía—. El corazón, sano; los pulmones, sanos; la espina dorsal, sana, es algo de la cabeza lo que no anda bien.» Pero su madre no quería oír esas cosas. Su madre había conocido a una chica que se volvió loca, fue hospitalizada y nunca volvió a salir. Eso le hacía estar más asustada de la locura que de cualquier otra cosa. En su casa jamás se pronunciaba esa palabra.

—¿Le dirás al pastor que me llame? —preguntó Joyce—. A lo mejor viene a verme esta noche.

—Está muy ocupado, mamá.

—Para mí, no —repuso Joyce.

Tenía treinta y nueve años, pero se comportaba como una mujer del doble de esa edad; la lentitud con que levantaba la cabeza de la almohada, como si cada centímetro de elevación fuese un triunfo sobre la ley de la gravedad; su manera de mover las manos y los párpados; el continuo suspirar de su voz. Joyce se había asignado el papel de moribunda de la película, y no era posible disuadirla de él por simple prescripción facultativa. Para ese papel se vestía siempre de colores de enfermería pastel, se dejaba suelto él largo y espeso cabello castaño, sin preocuparse de los dictados de la moda. No llevaba nada de maquillaje, lo que acrecentaba la impresión de mujer vacilante al borde del abismo. Después de todo, Jo-Beth se alegraba de que su madre no apareciese en público. La gente comentaría su aspecto. Pero eso la reducía a estar metida en casa, llamando siempre a su hija desde arriba y desde abajo, escaleras arriba y escaleras abajo. Arriba, abajo, arriba, abajo.

Cuando, como en ese momento, la irritación de Jo-Beth llegaba hasta el punto de hacerla chillar, se contenía recordándose que su madre tenía razones para comportarse así. La vida no tenía que haber resultado fácil para una mujer soltera, que había necesitado educar a sus hijos en un lugar tan dado a las críticas como Palomo Grove. Había caído enferma precisamente por culpa de tantas censuras y tantas humillaciones.

—Yo se lo diré al pastor John. Ahora, escucha, mamá, tengo que marcharme.

—Lo sé, cariño, lo sé.

Jo-Beth se encontraba junto a la puerta, cuando su madre la llamó de nuevo.

—¿No me das un beso? —pidió.

—Mamá…

—Nunca te olvidas de besarme.

Obediente, Jo-Beth volvió de nuevo hacia la ventana y besó a su madre en la mejilla.

—Ten cuidado —le dijo Joyce.

—No te preocupes.

—No me gusta que trabajes hasta tarde.

—Esto no es Nueva York, mamá.

Los ojos de Joyce fluctuaron hacia la ventana, desde donde ella veía pasar el mundo.

—No importa —dijo, dando más firmeza a su voz—; los lugares seguros no existen.

Ésa era un conversación conocida. Jo-Beth la venía oyendo desde su infancia, en diversas versiones. Hablar del mundo como del Valle de la Muerte, frecuentado por rostros capaces de indescriptible maldad. Ése era el principal consuelo que el pastor John daba a su madre. Los dos estaban de acuerdo en la presencia del demonio en el mundo; y, concretamente, en Palomo Grove.

—Te veré por la mañana —dijo Jo-Beth.

—Te quiero, cariño.

—Yo también te quiero, mamá.

Jo-Beth cerró la puerta y empezó a bajar.

—¿Está dormida? —pregunto Tommy-Ray, al pie de la escalera.

—No.

—¡Vaya!

—Debes ir a verla.

—Ya sé que debo. Lo que ocurre es que se va a poner pesada con lo del miércoles.

—Estabas borracho —dijo ella—. Y de licores fuertes —añadió—, ¿no es cierto?

—¿Y tú qué crees? Si nos hubiesen educado como a chicos normales, con bebidas normales en casa, no se me hubiera subido a la cabeza.

—Ah, ya. O sea, que ella tiene la culpa de que te emborrachases, ¿no?

También tú la tienes tomada conmigo. Mierda. Todo el mundo la tiene tomada conmigo.

Jo-Beth sonrió y abrazó a su hermano.

—No, Tommy, te equivocas. Todo el mundo opina que eres estupendo, y eso lo sabes muy bien.

—¿También tú?

—Sí, también yo.

Jo-Beth le dio un suave beso; luego fue a mirarse al espejo.

—Bonitos como un cuadro —dijo Tommy-Ray acercándose para ponerse a su lado—. Los dos.

—Tu ego va cada vez peor.

—Es por lo que me quieres —dijo él, echando una ojeada a sus imágenes gemelas—. ¿Me voy pareciendo yo más a ti o tú a mí?

—Ni una cosa ni otra.

—¿Has visto alguna vez dos rostros más iguales?

Jo-Beth sonrió. Era cierto que había gran semejanza entre ambos. Una cierta delicadeza en los huesos de Tommy-Ray armonizaba con los suyos y hacía que los dos hermanos se adorasen. Nada le gustaba tanto a Jo-Beth como pasearse de la mano de su hermano, a sabiendas de que llevaba a su lado la compañía masculina más atractiva que chica alguna pudiese desear, y dándose cuenta de que él, por su parte, pensaba lo mismo. Incluso entre las bellezas artificiales del paseo de Venecia, la gente volvía la cabeza para mirarles.

Pero en aquellos últimos meses no salieron juntos. Ella había tenido que trabajar muchas horas en el restaurante, y él había estado con sus amigotes en la playa, siempre abarrotada de gente. Sean, Andy, y los demás. Y Jo-Beth echaba de menos ese contacto con su hermano.

—¿No te has sentido rara estos últimos días? —preguntó Tommy-Ray de pronto.

—¿Cómo rara?

—No sé, quizá sean imaginaciones mías. Lo que ocurre es que siento que todo esto toca a su fin.

—Ya estamos casi en verano. Al contrario, ahora es cuando empieza todo.

—Sí, lo sé… Pero Andy se ha ido a la Universidad, a la mierda. Sean tiene una amiga en Los Ángeles, y están juntos todo el día. No sé. Me veo aquí, esperando, y no sé a qué, la verdad.

—Pues no lo hagas.

—¿Que no haga qué?

—Pues eso, esperar. Márchate a algún sitio.

—Sí, también lo he pensado. Pero es que… —Miró el reflejo del rostro de su hermana en el espejo—. ¿De veras que no te sientes como… rara?

Jo-Beth le devolvió la mirada, dudosa de si confesarle los sueños que había tenido, sueños en los que la marea se la llevaba, mientras toda su vida le hacía señas desde la orilla. Pero si no se confesaba con Tommy, la persona con la que más confianza tenía en el mundo, ¿con quién iba a hacerlo?

—Sí, la verdad, lo confieso —dijo—. También yo siento algo.

—¿Qué?

Jo-Beth se encogió de hombros.

—No sé, quizá sea que también estoy esperando.

—¿Y sabes qué esperas?

—No.

—Tampoco yo.

—¿Verdad que somos una pareja curiosa?

Mientras conducía hacia la Alameda, Jo-Beth recapacitó sobre la conversación que acababa de tener con Tommy-Ray. Éste, como de costumbre, había expresado sentimientos que ella compartía. Las últimas semanas habían estado cargadas de premoniciones. Algo iba a ocurrir de un momento a otro. Sus huesos lo sabían. Lo único que Jo-Beth esperaba era que lo que fuese no se retrasara, porque entre su madre, Grove, y el restaurante, ella estaba llegando al límite de sus nervios. Ahora había empezado una competición entre su paciencia y lo que se les aproximaba por el horizonte. Si no llegaba para el verano (lo que fuera por extraño que fuese), ella no tendría más remedio que salir a su encuentro.

2

No parecía que nadie se pasease mucho en aquella ciudad, y Howie lo notó caminando tres cuartos de hora Colina arriba y Colina abajo. Durante ese tiempo no encontró más que cinco peatones, y todos con niños o perros a remolque para justificarse. Ese paseo inicial, por corto que fuese, le llevó a un lugar alto desde el que pudo captar algo del aspecto general de la ciudad. Y también le abrió el apetito. Carne para el forajido, pensó, y eligió el restaurante «Butrick» entre los lugares donde comer que había en la Alameda.

No era muy grande, y estaba medio lleno. Eligió una mesa junto a la ventana, abrió su manoseado ejemplar del Siddhartha, de Hesse, y continuó leyendo el texto, que estaba en el original alemán. El libro había pertenecido a su madre, que lo había leído y releído muchas veces, aunque él no recordaba haberla oído decir una sola palabra en alemán, idioma que ella, evidentemente, dominaba. Howie no lo sabía tan bien, y leer aquella obra le resultaba como una especie de tartamudeo interior. Luchaba por entender el significado de una frase, y sólo lo captaba para perderlo en seguida.

—¿Quiere algo de beber? —le preguntó la camarera.

Howie iba a decir «Coca»; pero, en aquel momento su vida cambió.

Jo-Beth cruzó el umbral del restaurante igual que llevaba siete meses haciéndolo; sin embargo, fue como si todas las otras veces no hubieran sido más que un ensayo de aquella entrada. Se volvió, sus ojos encontraron los del muchacho que estaba sentado a la mesa número cinco. Su mirada lo abarcó por entero de un solo golpe. Howie tenía la boca medio abierta. Llevaba gafas de montura dorada. Tenía un libro en la mano. Jo-Beth ignoraba el nombre de su dueño, ni podía saberlo, jamás lo había visto hasta ese instante. Y el chico, de pronto, la miró con la misma expresión de reconocimiento en el rostro que Jo-Beth sabía que el suyo mostraba.

«Es lo mismo que nacer», pensó Howie al ver aquel rostro. Lo mismo que salir de un lugar seguro y lanzarse a una aventura que lo dejaría sin respiración. No había nada más bonito en todo el mundo que la suave curva de aquellos labios al sonreírle.

Y sin abandonar la sonrisa, como una completa coqueta. «Para —se dijo Jo-Beth—. ¡Mira hacia otro lado! Va a pensar que te has vuelto loca por él de tanto como lo miras. Pero también él está mirando, ¿no?».

«Seguiré mirando mientras ella siga mirando…»

«… mientras él siga mirando…»

¡Jo-Beth!

La llamada le llegó desde la cocina. Jo-Beth pestañeó.

—¿Una «Coca», ha dicho usted? —preguntó la camarera.

Jo-Beth miró hacia la cocina: era Murray quien la llamaba, tenía que ir; luego volvió la vista al chico del libro, que seguía con los ojos fijos en ella.

—Sí —le oyó decir.

Esa palabra fue para ella, de eso se dio cuenta muy clara. Sí, vete. Yo sigo aquí.

Jo-Beth asintió, y se alejó de la mesa.

Aquel encuentro había durado cinco minutos, como máximo, pero los dejó temblorosos.

En la cocina, Murray se hallaba como siempre, atormentado.

—¿Dónde has estado?

—Dos minutos de retraso, Murray.

—Yo he contado diez. En el rincón hay un grupo de tres. Es tu mesa.

—Ya me estoy poniendo el delantal.

—Date prisa.

Howie vigilaba la puerta de la cocina, en espera de su reaparición; el Siddhartha había sido olvidado. Cuando Jo-Beth apareció, no miró hacia él, sino que fue derecha a una mesa situada en el otro extremo del restaurante. Esto no angustió a Howie, por más que Jo-Beth no mirase, porque entre los dos había ya un acuerdo, firmado durante aquel primer intercambio de miradas, y Howie se quedaría allí toda la noche si fuese necesario, y hasta el día siguiente incluso si no había otro remedio; esperaría a que Jo-Beth terminara su trabajo y volviese a mirarle.

En la oscuridad, bajo Palomo Grove, los inspiradores de aquellos niños seguían asidos el uno al otro, lo mismo que cuando cayeron a tierra, sin atreverse a arriesgar ninguno de ellos dos la libertad del otro. Incluso cuando salieron a tocar a las bañistas, lo hicieron juntos, como siameses unidos por la cadera. Fletcher había tardado en comprender la intención del Jaff aquel día. Él pensó que el otro quería extraer de las chicas sus malditos terata. Pero su daño había sido más ambicioso que todo eso, pues lo que en realidad intentaba era hacer niños, y, a pesar de su delgadez, Fletcher se sintió obligado a imitarle. No quedó orgulloso de su asalto. Cuando las noticias de las consecuencias llegaron hasta ellos, su vergüenza aumentó. Una vez, sentado junto a la ventana con Raúl, había soñado con ser cielo. En vez de eso, la lucha contra el Jaff le había reducido al papel de corruptor de inocentes cuyo futuro se había agostado a su contacto. El Jaff había gozado con la tristeza de Fletcher. Muchas veces, conforme los años transcurrían en aquella oscuridad, Fletcher sentía los pensamientos de su enemigo, dirigiéndose a los niños que había hecho y preguntándose cuál de ellos sería el primero en acudir a salvar a su verdadero padre.

El tiempo no tenía la misma significación para ellos que antes del Nuncio. No tenían hambre, ni sueño. Enterrados juntos, como dos amantes, esperaban en la roca. Algunas veces oían voces que les llegaban de la parte de arriba, produciendo un eco abajo por conductos abiertos por el sutil pero perpetuo movimiento de la Tierra, pero estos pequeños vislumbres no ofrecían ninguna pista del progreso de sus hijos, con lo que su comunicación mental era, cuanto más, muy leve. O al menos lo había sido hasta esa noche.

Sus hijos se habían encontrado. Con un contacto entre ellos súbito y claro, los dos hubiesen entendido de pronto algo de sus verdaderas naturalezas al verse el uno al otro abriendo, sin darse cuenta, sus mentes a sus creadores. Fletcher se encontró a sí mismo en la cabeza de un joven llamado Howard, el hijo de Trudi Katz. A través de los ojos del chico, vio a la hija de su enemigo, de la misma manera que el Jaff veía a Howie en la mente de su hija.

Ése era el momento que ambos esperaban. La lucha mantenida por todo Estados Unidos les había agotado a los dos. Pero sus hijos estaban en el mundo para luchar ahora por ellos; para terminar la batalla que ellos habían dejado inconclusa durante dos décadas. Y esa última vez sería hasta la muerte.

O, por lo menos, era lo que ellos esperaban. Por primera vez en su vida, Flecher y el Jaff compartían el mismo dolor, como el pinchazo de un solo aguijón a través del alma de cada uno.

Eso no era la guerra, maldita sea. Eso nada tenía que ver con la guerra.

—¿Ha perdido el apetito? —le preguntó la camarera.

—Pues creo que sí —contestó Howie.

—¿Quiere que me lleve esto?

—Sí.

—¿Desea café, o postre?

—Otra «Coca».

—Una «Coca».

Jo-Beth estaba en la cocina cuando Beverly entró con el plato.

—Qué desperdicio este filete tan bueno —dijo Beverly.

—¿Cómo se llama? —Jo-Beth quería saber su nombre.

—Chica, te has debido pensar que soy una celestina, y yo qué sé cómo se llama, ni se lo pregunté.

—Pues vete y pregúntaselo.

—Pregúntaselo tú; quiere otra «Coca».

—Gracias, encárgate tú de mi mesa.

—Nada, a partir de ahora me llamas Cupido.

Jo-Beth se las había arreglado para tener su mente puesta en el trabajo y los ojos apartados del chico aquel durante media hora; al fin y al cabo, todo tiene un límite. Escanció una «Coca» y la llevó a la mesa, pero observó con horror que no había nadie; el espectáculo de la silla vacía le hizo sentirse enferma. Pero, entonces, él salió del servicio y regresó a la mesa. La vio y sonrió. Jo-Beth cruzó hacia él, desoyendo dos llamadas que le hicieron por el camino. Tenía una pregunta preparada para el muchacho, y pensaba hacérsela ella primero: la llevaba fija en su mente desde el principio. Pero el muchacho se le adelantó:

—¿Nos conocemos?

Y, por supuesto, Jo-Beth sabía la respuesta.

—No —dijo.

—Lo que ocurre es que cuando usted… usted… usted… —tartamudeó, y los músculos de la mandíbula hacían un movimiento como si masticase chicle—. Usted… usted…

—Lo mismo había pensado —dijo Jo-Beth, esperando no ofenderle al terminar por el joven lo que quería decir. Pero él no pareció oírla. Sonrió, los músculos de sus rostros se relajaron.

—Es extraño —dijo ella—, usted no es de Grove, ¿verdad?

—No, soy de Chicago.

—Eso está muy lejos.

—Pero nací aquí.

—¿Sí?

—Me llamo Howard Katz. Howie.

—Y yo Jo-Beth…

—¿A qué hora terminas?

—Hacia las once. Ha sido una coincidencia estupenda que vinieras hoy. Sólo trabajo lunes, miércoles y viernes. Si hubieses venido mañana, no me hubieras encontrado.

—Nos hemos encontrado el uno al otro —dijo él, y la seguridad de esa afirmación casi la hizo llorar.

—Tengo que volver al trabajo —dijo Jo-Beth.

—Te espero —contestó él.

A las once y media salieron juntos del restaurante. La noche era calurosa. No un calor agradable, con brisa, sino bochornoso.

—¿Y por qué has venido a Grove? —le preguntó ella, mientras se dirigían a su coche.

—Para conocerte.

Jo-Beth se echó a reír.

—¿Por qué no?

—De acuerdo, pero ¿cuál fue el motivo anterior?

—Mi madre y yo nos fuimos a Chicago cuando yo tenía unas pocas semanas. En realidad, ella no contaba demasiadas cosas de su ciudad natal. Cuando yo le preguntaba algo era como si le hablase del infierno. Me imagino que quise verla personalmente, para así entender mejor a mi madre, y también a mí mismo.

—¿Está tu madre en Chicago todavía?

—No, murió, hace dos años.

—Qué pena, ¿y tu padre?

—No tengo padre. Bien… Quiero decir… es… —Empezó a tartamudear de nuevo, hizo un esfuerzo y se sobrepuso—. Es que no lo he conocido.

—Esto se hace cada vez más misterioso.

—¿Por qué?

—Pues porque a mí me ocurre lo mismo. Tampoco yo sé quién es mi padre.

—No importa mucho, ¿verdad?

—Antes sí que me importaba. Ahora, menos. ¿Sabes?, tengo un hermano gemelo, Tommy-Ray. Siempre puedo contar con él. Debes conocer a Tommy. Le tomarás cariño. Todo el mundo le quiere.

—¿Y a ti? Seguro que todo el mundo te quiere también.

—¿Qué quieres decir?

—Eres preciosa. Tendré que competir con la mitad de los chicos del condado de Ventura, ¿no?

—No.

—No te creo.

—Bueno, ellos miran, pero no tocan.

—¿Me incluyes a mí?

Jo-Beth se detuvo.

—No te conozco, Howie. Bueno, la verdad es que te conozco y no te conozco. Lo mismo que cuando te he visto en el restaurante, te he reconocido de algún sitio, pero es que yo nunca he estado en Chicago, ni tú en Grove desde… —Frunció el ceño de repente—. ¿Cuántos años tienes?

—He cumplido dieciocho en abril.

Jo-Beth frunció el ceño más todavía.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Pues que yo también.

—¿Cómo?

—Sí, eso, dieciocho en abril. El día catorce.

—Y yo, el dos.

—Esto empieza a parecer muy raro, ¿no crees? Yo, pensando que te conocía; y tú, lo mismo.

—Hace que te sientas violenta.

—¿Tanto se me nota?

—Sí. Nunca había visto… visto… Yo nunca había visto un rostro tan… transparente. Me dan ganas de besarlo.

En la roca, los espíritus se retorcían. Cada palabra de seducción oída había sido como un navajazo. Pero no tenían poder para hacerles callar. Lo único que pudieron hacer fue asentarse en las mentes de sus hijos y escuchar.

—Bésame —dijo ella.

Se estremecieron.

Howie asió contra sí el rostro de Jo-Beth.

Se estremecieron hasta que el suelo en torno a ellos se estremeció también.

Ella dio medio paso hacia Howie y posó sus sonrientes labios sobre los de él.

Hasta que las grietas se abrieron en el mismo cemento que las había cerrado dieciocho años antes. ¡Basta!, gritaron en los oídos de sus hijos. ¡Basta! ¡Basta!

—¿Has sentido algo? —preguntó él.

Ella rió.

—Sí, me ha parecido que la Tierra se movía.