IV

El viaje de vuelta a Grove había sido largo para Tommy, pero todavía lo fue más para Tesla y Raúl, aunque por razones menos metafísicas. Para empezar, el coche de Tesla no era nada extraordinario, y ya había sido bastante castigado durante el viaje de ida, quedando muy malparado. Y luego, aunque casi había vuelto del reino de los muertos gracias al contacto del Nuncio, todavía quedaban en su cuerpo efectos de la aventura, de los que no se dio verdadera cuenta hasta que estaban a punto de llegar a la frontera. Aun cuando lo que conducía era un coche tangible, e iban por una carretera tangible, su dominio no era tan firme como antes. Sentía la llamada de otros lugares y de otros estados mentales. En otras ocasiones de su vida, había estado sumida en drogas y en alcohol; pero lo que sentía en esos momentos era mucho más fuerte que nunca. Parecía como si su cerebro hubiese sacado de lo más hondo de su memoria fragmentos de todos los viajes emprendidos en alas de alucinógenos y de tranquilizantes, y todo esto la invadiera de pronto, y cada experiencia pasada la punzara de nuevo en la mente. Un momento se sentía ruidosa y excitada igual que un ser salvaje (oía su propia voz como si fuese ajena) y el siguiente se hallaba flotando en el éter mientras la carretera se disolvía ante ella; después, sus pensamientos se volvían más sucios que el Metro de Nueva York, y apenas si podía contenerse de poner fin a toda aquella farsa de vida con una simple vuelta al volante. Había dos cosas que no variaban en todo aquello: una, Raúl, sentado a su lado, asido al tablero del coche con ambas manos, tan fuerte que tenía blancos los nudillos, su rostro agresivo de miedo; otra, el lugar donde había estado de visita en su sueño provocado por el Nuncio, la Curva Temporal de Kissoon. Aun cuando no fuese tan real como el coche en el que viajaba o como el olor de Raúl, no por eso resultaba menos insistente. Tesla sentía el peso de su memoria a cada kilómetro que recorrían. Trinidad, como Kissoon la había llamado, o Kissoon mismo, le pedía que volviera, y ella sentía el tirón, casi como una exigencia física de su presencia. Se resistía, aunque no con toda sinceridad. A pesar de que se alegraba de haber vuelto a la vida, lo que había visto y oído durante el tiempo pasado en Trinidad la llenaba de curiosidad por volver; de impaciencia casi. Y cuanto más se resistía, más exhausta estaba, tanto que, cuando llegaron a las afueras de Los Ángeles, Tesla se sentía como quien ha estado privado de sueño: soñaba despierta, y sus sueños amenazaban con irrumpir en cualquier momento en plena realidad.

—Vamos a tener que detenernos un rato —le dijo a Raúl, dándose cuenta de que arrastraba las sílabas al hablar—, si no acabaremos matándonos los dos.

—¿Quieres dormir?

—No sé —respondió Tesla, temerosa de que el sueño le produjese tantos problemas como ella quería que le resolviera—; por lo menos, descansar. Voy a tomar algo de café y a poner mis pensamientos en orden.

—¿Aquí?

—¿Aquí, qué?

—Que si es aquí donde nos detendremos.

—No —dijo ella—, vamos a mi apartamento, a media hora de aquí. Bueno, si volamos…

«Ya estás volando, chica —le dijo su mente—. Y lo más probable es que nunca pares de volar. Eres una resucitada. ¿Qué otra cosa puedes esperar? ¿Que la vida siga adelante, a trompicones, como si nada hubiera ocurrido? No lo esperes. Las cosas nunca volverán a ser las mismas.»

Pero Hollywood no había cambiado, seguía siendo la Ciudad de los Muchachos petrificada; los bares, las tiendas elegantes donde Tesla había comprado sus joyas… Giró a la izquierda, a la altura de Santa Mónica, entrando así en North Huntley Drive, donde vivía desde su llegada a Los Ángeles, casi cinco años antes. Ya era casi mediodía, y la ciudad entera parecía envuelta en humo debido a la niebla. Estacionó el coche en el garaje subterráneo y condujo a Raúl hasta el apartamento V. Las ventanas de su vecino de abajo, un hombrecillo amargado y reprimido con el que sólo había intercambiado un par de palabras en esos cinco años, y la mitad de ellas fueron insultos, estaban abiertas, y era indudable que la había visto pasar. Tesla se dijo que tardaría veinte minutos en informar a todos los vecinos de que Miss Solitaria, como había oído que la llamaba, estaba de vuelta, con aire muy baqueteado, y acompañada por Quasimodo. Pues que lo dijera. Ella tenía otras cosas de qué preocuparse; por ejemplo, cómo meter la llave en la cerradura, algo que no acertaba a conseguir. Raúl acudió en su ayuda: le quitó la llave de los temblorosos dedos y abrió la puerta.

El apartamento, como siempre, era un caos. Tesla dejó la puerta de par en par y abrió las ventanas para dejar entrar algo de aire menos rancio; luego conectó el contestador para ver qué recados tenía. Su agente la había llamado dos veces, y en ambas ocasiones para repetir que no había nada nuevo sobre el guión de los náufragos; Saralyn para preguntar si sabía el paradero de Grillo; y, a continuación, la madre de Tesla. Su aportación era más bien una letanía de pecados que un recado, delitos cometidos por el mundo en general, y por su padre en particular; por último recado de Mickey de Falcó, que ganaba dinero extra haciendo ruidos orgásmicos en películas pornográficas duras y necesitaba una socia para uno de esos trabajos. En el fondo se oía ladrar a un perro. «Ah, y en cuanto vuelvas —decía Mickey, a modo de final—, haz el favor de llevarte a este perro de los cojones antes de que me deje sin casa.» Tesla sorprendió a Raúl mirándola mientras escuchaba los recados, sin hacer esfuerzo alguno por ocultar su perplejidad.

—Son mis amigos —le aclaró Tesla, una vez terminado el recado de Mickey—. ¿Verdad que tienen gracia? Mira, yo necesito acostarme. Ya ves dónde está todo, ¿de acuerdo? La nevera, la televisión, el retrete, todo. Me despiertas dentro de una hora, ¿entendido?

—Una hora.

—Me gustaría un poco de té, pero no tengo tiempo. —Entonces lo miró fijamente—. ¿Me entiendes?

—Sí —dijo él, con expresión dubitativa.

—Arrastro las sílabas.

—Sí.

—Ya lo pensaba. Bien. El apartamento está a tu disposición. No descuelgues el teléfono aunque suene. Te veo dentro de una hora.

Vacilante, se dirigió al cuarto de baño, y, sin esperar respuesta alguna de Raúl, se desnudó por completo. Pensó tomarse una ducha, pero acabó por conformarse con un poco de agua fría en el rostro, los senos y los brazos; luego fue al dormitorio. El cuarto estaba caliente, mas no se le pasó por la cabeza abrir la ventana. En cuanto su vecino de al lado, Ron, despertase, lo que ocurriría de un momento a otro, pondría ópera a todo volumen. Si había que escoger entre el calor o Lucia di Lammermoor, Tesla prefería sudar.

Abandonado a sus propios recursos, Raúl encontró bastantes cosas que comer en la nevera, las llevó junto la ventana abierta, se sentó y comenzó a temblar. Nunca había sentido tanto miedo desde que la locura de Fletcher comenzó. Ahora, como entonces, las reglas del mundo habían cambiado de súbito y sin aviso, y él no sabía ya cuál era el objeto de su vida. En el fondo de su corazón había renunciado a la esperanza de volver a ver a Fletcher. El santuario que había conservado en la Misión, y que, al principio, era como un faro, era un memorial ahora. Raúl había pensado que moriría allí, solo, tratado hasta el fin de su vida como un medio tonto, lo que en realidad era, en cierto modo. Apenas si sabía escribir, excepto garabatear su nombre. Ni leer. Casi todos los objetos que veía en el cuarto de aquella mujer eran un misterio para él. Se sentía perdido.

Un grito lastimero sonó en la habitación contigua.

—¡Tesla! —llamó Raúl.

No hubo una respuesta coherente: sólo más gritos sofocados. La puerta del dormitorio estaba cerrada. Raúl vaciló, con la mano en el picaporte, dudando de si debía entrar sin ser llamado. Cuando oyó otra tanda de gritos, empujó la puerta sin más.

Nunca en su vida había visto una mujer desnuda, y el espectáculo de Tesla sin ropa, sobre la cama, lo dejó anonadado. Los brazos, a lo largo del cuerpo; las manos asían las sábanas; la cabeza se agitaba de un lado a otro. Pero en su cuerpo había como un difuminarse de contornos que le recordaba lo ocurrido en el camino, al pie de la Misión. Tesla se alejaba nuevamente de él; regresaba a la Curva Temporal. Sus gritos se estaban volviendo gemidos en momentos, y no eran de placer. Ella iba, pero contra su voluntad.

Raúl volvió a llamarla por su nombre, muy alto. Y Tesla, de pronto, se sentó sobre la cama, mirándole con fijeza, los ojos muy abiertos.

¡Jesús! —exclamó entre jadeos, como si acabara de disputar una carrera—. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!

—Gritabas… —dijo él, intentando explicar su presencia en la habitación.

Sólo entonces Tesla pareció darse cuenta de la situación: su desnudez, la violenta emoción de Raúl… Cogió una sábana y empezó a cubrirse con ella, pero su atención se hallaba en otra parte; en lo que acababa de experimentar.

—Acabo de estar —dijo.

—Lo sé.

—Trinidad. La Curva de Kissoon.

Cuando regresaban a Los Angeles por la costa, Tesla había hecho lo posible por explicar a Raúl la visión que había tenido cuando el Nuncio la curó, y eso lo hizo tanto para fijar los detalles en su propia mente como para impedir una repetición sacando recuerdos de la celda hermética de su vida interior y compartiéndolos con Raúl. Le hizo una repulsiva descripción de Kissoon.

—¿Lo has visto? —preguntó Raúl.

—No, no he llegado hasta la choza —replicó ella—. Pero quiere que vuelva. Siento que tira de mí. —Se pasó una mano por el vientre—. En este momento le estoy sintiendo, Raúl.

—Me tienes aquí —dijo él—; y no dejaré que te vayas.

—Lo sé, y me alegro.

Tesla alargó la mano.

—Toma mi mano, ¿quieres? —Raúl, vacilante, dio un paso hacia la cama—. Por favor —le dijo Tesla, y él, entonces, asió su mano—. He vuelto a ver la ciudad —prosiguió ella—, parece verdadera, sólo que está deshabitada, completamente desierta. Es… como un escenario…, como si alguien fuese a actuar allí.

—Actuar.

—Sí, ya sé que esto no tiene sentido, pero me estoy limitando a contarte lo que siento. Algo terrible va a ocurrir allí, Raúl. Lo más espantoso que imaginarte puedas.

—¿Y no sabes qué es?

—O quizás ha ocurrido ya —prosiguió ella—. Tal vez ésa sea la razón de que la ciudad esté desierta… No, no es eso, no ha terminado…, está a punto de ocurrir.

Tesla trataba de aclarar la confusión de sus ideas de la mejor manera que podía, como si estuviera ambientando una escena en aquella ciudad para uno de sus guiones. ¿Y qué ocurriría en la escena?, ¿una lucha a tiros en la calle Mayor?, ¿con los ciudadanos encerrados en sus casas mientras los Sombreros Blancos y Sombreros Negros dirimían sus diferencias a tiro limpio? Tal vez. ¿O una ciudad que era abandonada al aparecer un monstruo espantoso en el horizonte? El ambiente escenario de los monstruos de la década de los años cincuenta: un ser despertado por las pruebas nucleares…

—Eso es lo más parecido —murmuró.

—¿Qué es?

—No sé, quizás una película de dinosaurios, por ejemplo. O una tarántula gigante. Pero me voy acercando. ¡Dios, esto es para frustrar a cualquiera! Yo sé algo sobre aquel lugar, Raúl, pero no acabo de localizarlo.

Del apartamento contiguo llegaron los acordes de la obra maestra de Donizetti. Tesla se la sabía tan bien que hubiera podido cantarla entera si hubiese tenido voz para ello a modo de acompañamiento.

—Voy hacer café —dijo—. A ver si me despierto. ¿Quieres ir al apartamento de Ron y pedirle un poco de leche?

—Sí, por supuesto.

—Dile que eres un amigo mío.

Raúl se levantó de la cama, soltando la mano de Tesla.

—Su apartamento es el número cuatro —le gritó al verle salir. Luego fue el cuarto de baño y se duchó por fin, nerviosa aún por todo aquello de la ciudad. Para cuanto terminó de ducharse y encontró una camiseta y unos vaqueros limpios, Raúl ya había vuelto al apartamento, y el teléfono estaba sonando. Al otro extremo del hilo, ópera y Ron.

—¿Dónde lo has encontrado? —quiso saber Ron—. ¿Tiene algún hermano?

—¿Pero es que no se puede tener vida privada en esta casa? —preguntó ella a su vez.

—Pues, chica, entonces no has debido lucirle —contestó Ron—. ¿Qué es?, ¿camionero?, ¿infante de Marina? Nunca he visto nada más ancho.

—Eso sí que lo es.

—En el caso de que se aburra, mándamelo.

—Le hará gracia —dijo Tesla, y colgó—. Tienes un admirador —añadió, dirigiéndose a Raúl—. Ron te encuentra muy atractivo.

La expresión de Raúl al oír aquello fue menos perpleja de lo que ella esperaba. Y esto la indujo a preguntar:

—¿Sabes si hay monos maricones?

—¿Maricones?

—Homosexuales. Hombres a los que les gustan otros hombres en la cama.

—¿Es Ron así?

—¿Ron, dices? —rió Tesla—. Sí, claro. Son cosas de este vecindario. Por eso me gusta tanto.

Comenzó a servir el café instantáneo en las tazas. Y mientras los granitos caían de la cucharilla, sintió que la visión volvía a invadirla.

Dejó caer la cucharilla. Se volvió hacia Raúl. Estaba lejos de ella, en el otro extremo de una habitación que parecía estar llenándose de polvo.

—¡Raúl! —llamó.

—¿Qué te ocurre? —le vio decir.

Le vio, no le oyó. El volumen había bajado a cero en el mundo que estaba abandonando. El pánico se apoderó de ella. Alargó ambas manos a Raúl.

¡No me dejes ir…! —gritó—. ¡No quiero ir! ¡No…!

Pero el polvo se interpuso, corroyéndole. Las manos de Tesla perdieron contacto de las de Raúl y se vio lanzada a la Curva, cruzando vertiginosa la ciudad. Por encima de ella, el cielo aparecía delicadamente coloreado, y era como si aquélla fuese la primera vez que lo cruzaba. El sol seguía cerca del horizonte, y ella lo veía con claridad, a diferencia de la primera vez. Más que verlo, lo contemplaba, sin necesidad ninguna de desviar la vista ante su esplendor. Incluso distinguía los detalles. Llamaradas solares que saltaban del borde de la estrella como brazos de luego. Un racimo de manchas solares moteaba su ardiente faz. Cuando bajó la mirada, ya estaba cerca de la ciudad.

Pasado el primer acceso de pánico, Tesla comenzó a controlar sus circunstancias, recordando de repente, que ésta era su tercera visita a aquel lugar, y que ya debía saber en qué consistía. Deseó con todas sus fuerzas aminorar la velocidad, y comprobó que, en efecto, se reducía, con lo que tenía más tiempo para estudiar la ciudad a medida que llegaba a su contorno. Cuando la vio por primera vez, su instinto le dijo que parecía una falsificación. Y esa idea quedó confirmada en ese momento. Las tablas de las casas no estaban marcadas por la intemperie, ni siquiera pintadas; las ventanas carecían de cortinas y las puertas de cerraduras. ¿Y tras esas puertas y ventanas? Tesla ordenó a su sistema flotante que se dirigiera hacia una de las casas, y miró por la ventana. Como el tejado estaba mal rematado, la luz entraba entre las rendijas e iluminaba el interior, y Tesla pudo comprobar que estaba vacío. No había muebles, ni ningún otro indicio de que hubiera alguien allí. Ni siquiera tenía el interior dividido en habitaciones. El edificio era una completa farsa. Y cabía suponer que con el siguiente ocurriría lo mismo. Tesla fue de casa en casa, por la hilera, para confirmar sus sospechas. En efecto, todas aparecían desiertas.

Al apartarse de la segunda ventana volvió a sentir el tirón sentido en el otro mundo: Kissoon trataba de atraerla hacia sí. Tesla esperaba que Raúl no intentase despertarla ahora, si, como pensaba, su cuerpo seguía presente en el mundo que acababa de dejar. Aunque tenía miedo del lugar donde se encontraba en esos momentos, y un hondo recelo hacia el hombre que la llamaba, su curiosidad la dominaba con más fuerza. Los misterios de Palomo Grove eran ya de por sí, bastante extraños, pero nada de lo que Fletcher le había comunicado con tanto apresuramiento acerca del Jaff, el Arte y la Esencia contribuía mucho a informarla sobre ese lugar. El que tenía las respuestas era Kissoon, a Tesla no le cabía la menor duda de ello. Si conseguía entender entre líneas de lo que Kissoon le dijera, por indirecto y desviado que fuese, quizá comprendiera algo. Y con esa nueva confianza que la invadía, Tesla se sintió mejor ante la perspectiva de volver a la cabaña. Si Kissoon la amenazaba, o si volvía a levantársele la polla, ella se limitaría a marcharse de allí. Eso podía hacerlo perfectamente. La verdad era que podía hacer cualquier cosa, con sólo desearlo con suficiente fuerza. Si era capaz de mirar al sol sin deslumbrarse, tanto más lidiaría con las chapuceras exigencias de Kissoon sobre su cuerpo.

Comenzó a mirar la ciudad, consciente de que andaba, o, por lo menos, de que había decidido darse a sí misma el regalo de esa ilusión. Una vez se imaginaba a sí misma allí, como había hecho la primera vez, el proceso de llevar su cuerpo consigo, en carne y hueso, era automático. No sentía el terreno bajo sus pies, ni le costaba el menor esfuerzo caminar, pero llevaba consigo, traía de su otro mundo, la ciencia de avanzar, allí la usaba, sin detenerse a pensar si la necesitaba o no. Tal vez no. Quizá lo único que necesitaba era desearlo para salir volando en la dirección que quisiera. Pero pensó que cuanto más llevase consigo aquel lugar de la realidad que mejor conocía, tanto mayor sería el control que ejercería sobre él. Actuaría de acuerdo con las reglas que hasta hacía poco había considerado universales, y luego, si resultaba que habían cambiado, por lo menos sabría que no era culpa suya. Cuanto más a fondo pensaba en ello, tanto más fuerte se sentía. Su sombra se agrandaba ante ella, y comenzó a sentir que el suelo se calentaba.

A pesar de lo tranquilizador que era tener sentidos naturales, resultaba evidente que a Kissoon no le gustaba. Tesla sentía el tirón con creciente fuerza, como si Kissoon le hubiese metido la mano en el vientre y ahora tirase de ella.

—Muy bien —murmuró—. Ya voy; pero cuando a mí me convenga, no a ti.

Había algo más que peso y sombra en su nueva condición, que estaba aprendiendo; también, olor y sonido. Y estos dos últimos le traían sorpresas, y eran desagradables. Un olor repugnante ante su nariz; un olor que Tesla identificó sin la menor duda como de carne pudriéndose. ¿Habría un animal muerto en algún lugar de la calle? Pero, por más que miraba, no veía ninguno. El sonido le dio una segunda pista. Su oído, más agudo que antes, captó el rumor producido por los insectos. Escuchó con atención para descubrir su origen, y, cuando lo adivinó, cruzó la calle en dirección a otra casa. Era tan anónima como las otras por cuyas ventanas había mirado, pero ésta, por lo menos, no estaba vacía; de ella salían el hedor y el ruido, cada vez más fuertes e intensos, confirmando su intuición: había algo muerto detrás de aquella banal fachada. No, muchas cosas, comenzó a recelar. El olor empezaba a resultar insoportable, y le revolvía el estómago, pero necesitaba ver el secreto que la ciudad escondía.

Cuando se hallaba en el centro de la calle, Tesla sintió otro lirón en el vientre. Se resistió, pero, esta vez, Kissoon no estaba dispuesto a soltarla, y volvió a tirar, más fuerte, hasta que Tesla se sintió empujada calle abajo contra su voluntad Apenas se había acercado a la Casa del Hedor, y volvía a estar a veinte metros de distancia de ella.

Quiero ver —dijo Tesla, con los dientes apretados, esperando que Kissoon la oyese.

Pero, la oyese o no, lo cierto es que volvió a tirar de ella. En esta ocasión, sin embargo, Tesla esperaba el tirón, y luchó activamente contra él, mientras exigía a su cuerpo que avanzara hacia la casa.

—No creas que vas a detenerme —dijo.

A modo de respuesta, Kissoon volvió a tirar, y, a pesar de los esfuerzos de Tesla, consiguió alejarla más y más de su objetivo.

—¡Que te den por el culo! —gritó Tesla, todo lo alto que pudo, llena de furia por aquella interrupción.

Kissoon utilizaba toda esa furia contra ella misma. A medida que Tesla quemaba energía, Kissoon tiraba más, calle abajo, consiguiendo llevarla hasta el extremo de la calle y luego de la ciudad. Tesla nada podía hacer para resistirse: era más fuerte que ella, y cuanto más furiosa se sentía tanto más firme era el tirón, hasta que se vio transportada a gran velocidad, alejándose de la ciudad, víctima inerme de la urgencia de Kissoon; igual que la primera vez que éste la había forzado a ir a la Curva.

Tesla se dio cuenta de que su ira la debilitaba, y debilitaba su resistencia. En vista de ello, se ordenó a sí misma dominar la furia mientras el desierto pasaba raudo por bajo ella.

—Tranquilízate, mujer —se dijo—. Sólo es un matón, ni más ni menos: un matón. Tú, tranquila y serena. —El consejo funcionó. Hizo que su aplomo tomara de nuevo cuerpo en ella, aunque no se concedió el lujo de la satisfacción, y, menos, el de la vanidad. Se limitó a hacer uso del poder que reclamaba para sí misma demostrar una vez más lo que era capaz de conseguir. Kissoon no cedía en su exigencia, desde luego; Tesla sentía su puño en el vientre, tirando tan fuerte como antes, y aquello dolía, aunque se resistió, y siguió resistiéndose, hasta que casi consiguió detenerse.

Kissoon había logrado, por lo menos, una de sus ambiciones. La ciudad era una simple mota en el horizonte, y el regreso, por el momento, estaba por encima de las fuerzas de Tesla. No era seguro, aun cuando hubiera empezado a resistir, que le fuera posible seguir luchando contra los tirones de Kissoon durante esa enorme distancia.

Volvió a ofrecerse silenciosos consejos: «Lo que tienes que hacer en esta ocasión es permanecer quieta un momento y recapitular tu situación.» Había perdido la batalla en la ciudad, eso estaba meridianamente claro. Pero había ganado unas pocas preguntas difíciles que hacer a Kissoon en cuanto, por fin, se viera las caras con él. La primera, cuál era la verdadera fuente del hedor; y, la segunda, por qué tenía tanto miedo de que ella lo viera. Sin embargo, considerando la fuerza que a todas luces tenía, aun a tanta distancia, Tesla se dijo que debería andarse con cuidado. El mayor error que podía cometer en tales circunstancias era dar por supuesto que cualquier control que tuviese sobre sí misma iba a ser permanente: después de todo, ella se encontraba allí por exigencia de Kissoon, y, aunque fuese verdad lo que le había dicho de que era un prisionero en aquella tierra, no cabía la menor duda de que conocía las regulaciones mejor que ella, que ahora estaba, sin el menor género de dudas, en su poder; un poder cuyos límites sólo se podía adivinar. Por lo tanto, tenía que actuar con más cuidado, porque, si no, se arriesgaría a perder el poco control que tenía sobre su actual situación.

Volviendo la vista hacia la ciudad comenzó a moverse en dirección a la cabaña. La firmeza que había adquirido en la ciudad no le había sido arrebatada, pero ahora se movía con una ligereza como nunca hasta ahora había sentido. En cierto modo, era como andar sobre la luna: sus pasos, largos y fáciles; su velocidad, imposible incluso para el más ágil de los corredores. Intuyendo su proximidad, Kissoon ya no tiraba de su vientre, aunque seguía manteniendo su presencia allí, como para recordarle la fuerza que podría utilizar si se lo propusiese.

Delante de ella sólo veía el segundo de los hitos de aquella zona: la torre. El viento gemía contra los entrelazados cables. Tesla aminoró el paso para estudiar mejor la estructura, aunque había muy poco que ver. Medía unos treinta metros de altura, era de acero, y estaba rematada por una simple plataforma de madera cubierta en tres de sus lados por hojas de chapa ondulada. No se imaginaba cuál pudiera ser su objeto. Como atalaya le parecía especialmente inútil, dado que había muy poco que ver desde ella. Y tampoco parecía tener ningún uso técnico. Aparte del tejado de chapa ondulada —y de algo que colgaba del centro— no se veía signo de antenas o de aparatos de control. Pensó en Buñuel, de entre todas las personas del mundo, y en la película suya que más le gustaba, Simón del Desierto, una visión satírica de san Simón tentado por el diablo cuando se encontraba haciendo penitencia en la cima de un pilar en medio de no se sabía dónde. A lo mejor aquella torre había sido construida para algún otro sabio masoquista por el estilo. De ser así, se había tornado polvo, o divinidad.

Allí ya no había más que ver, se dijo Tesla, y siguió adelante, pasando junto a la torre y abandonándola a su gimiente y enigmática existencia. Todavía no se veía la cabaña de Kissoon, pero sabía que no podía estar lejos. No había tormenta de polvo en el horizonte que impidiese verla, y la escena que se abría ante sus ojos —el desierto abajo y el cielo arriba— era exactamente lo que recordaba de su primera visita. Eso, por un momento, le pareció extraño: el hecho de que nada, absolutamente nada, pareciera haber cambiado. Tal vez allí nada cambiaba, pensó. Quizás ese lugar era siempre igual. O, como si de un filme se tratara, se proyectaba y se volvía a proyectar, hasta que las perforaciones se rasgaban o la película se quemaba.

Y justo cuando estaba considerando la perdurabilidad, un elemento extraño que ella casi había olvidado interrumpió la secuencia de sus ideas: la mujer.

La vez anterior, con Kissoon tirando de ella hacia la cabaña, Tesla no había tenido oportunidad de establecer contacto con ese otro actor del escenario del desierto. Cierto que Kissoon había tratado de convencerla de que aquella mujer no era más que un espejismo: una proyección de sus pensamientos eróticos, y que ella debía evitarla. Pero ahora que se encontraba lo bastante cerca de ella para poder llamarla, Tesla se dijo que una explicación sería lo mejor. Por perverso que Kissoon, y Tesla no dudaba de que tendría sus momentos de perversidad, saltaba a la vista que aquella figura femenina no era una fantasía de la masturbación. Cierto que iba casi desnuda, y que los harapos que llevaba encima resultaban insuficientes para cubrir todo su cuerpo. Cierto, también, que en su rostro se traslucía la inteligencia. Pero varios mechones de su larga cabellera parecían haber sido arrancados; la sangre se le había resecado hasta adquirir un color pardo oscuro en las mejillas y la frente; su cuerpo, delgado, estaba muy magullado, con arañazos curados a medias en los muslos y los brazos. Tesla sospechó que bajo los restos de lo que quizá fue un vestido blanco en otro tiempo había una herida más profunda. La tela aparecía pegada a la cintura, y la mujer se apretaba el vientre con las manos, casi doblada en dos de dolor. Aquella mujer no era una ilustración de revista pornográfica, existía en el mismo plano que Tesla, y estaba sufriendo.

Tal y como Tesla había sospechado, Kissoon se dio cuenta de que hacía caso omiso de su advertencia de permanecer alejada, de aquella mujer y volvía a tirar muy fuerte de Tesla. Pero ésta se encontraba perfectamente preparada para resistir. En lugar de enfurecerse ante tanta exigencia, lo que hizo fue mantenerse inmóvil, conservando toda su calma. Los dedos mentales de Kissoon lucharon por encontrar asidero, luego empezaron a resbalar entre los intestinos de Tesla. Volvieron a asirse, y resbalaron de nuevo; una vez más se asieron, mientras Tesla seguía inmóvil y serena, con la mirada puesta todo el tiempo en la mujer, la cual estaba erguida en ese momento, y ya no se apretaba el vientre. Tenía los brazos caídos a lo largo del cuerpo. Tesla, muy despacio, comenzó a ir hacia ella, mientras conservaba la calma lo mejor que le era posible, negando de esa forma cualquier asidero a los dedos mentales de Kissoon. La mujer no hizo movimiento alguno, ni de avance ni de retroceso. Con cada paso, Tesla la veía cada vez mejor. Contaría unos cincuenta años y los ojos, aunque hundidos en sus cuencas, eran lo más vivo de toda ella. El resto pura fatiga. En torno al cuello llevaba una cadena de la que colgaba una sencilla cruz. Era lo único que le quedaba de la vida que debió de haber llevado en otro tiempo, antes de perderse en aquel desierto.

De pronto, la mujer abrió la boca, y una expresión de angustia apareció en su rostro. Comenzó a hablar, pero sus cuerdas vocales no estaban lo bastante fuertes, o sus pulmones eran demasiado pequeños, para que las palabras cruzasen la distancia que mediaba entre ambas.

—Espera —dijo Tesla, temiendo que la mujer agotase la poca energía que le quedaba—. Espera a que yo me acerque.

Ella no le hizo caso, la entendiera o no, y empezó a hablar de nuevo, repitiendo algo una y otra vez.

—No te oigo —gritó Tesla, al tiempo que observaba que la angustia de la mujer estaba dando a Kissoon el asidero que éste buscaba—, te digo que esperes —añadió apresurándose—. Y entonces comprendió que la expresión de la mujer no era angustia en absoluto, sino miedo. Que sus ojos no miraban a Tesla, sino a otra parte. Y que la palabra que repetía una y otra vez era: «¡Lix! ¡Lix!».

Llena de horror, Tesla se volvió y vio que el desierto, a sus espaldas, hervía de seres Lix: una docena, a primera vista; dos, si miraba mejor. Todos eran exactamente iguales, como serpientes de las que se hubiera borrado cualquier señal o marca distintiva, y tenían la misma longitud: tres metros de músculo que se contorsionaba y se retorcía, acercándose a Tesla a toda velocidad. Tesla había pensado, por el primero que vio, apenas y de lejos, la vez anterior, y que le había abierto la puerta, que carecía de boca, pero en eso se equivocaba: todos tenían agujeros negros abiertos de par en par y provistos de dientes negros ya se preparaba para resistir el ataque cuando se dio cuenta, demasiado tarde, de que aquellas bestias estaban allí a modo de finta. Kissoon, de pronto, asió su intestino y dio un tirón. El desierto se deslizó bajo sus pies, y los Lix se apartaron, dejándola pasar entre todos ellos.

Y ante sus ojos, la cabaña. En pocos segundos se vio en el umbral, y la puerta se abrió al mismo tiempo.

—Venga, entra —dijo Kissoon—. Has tardado mucho.

Abandonado en el apartamento de Tesla, lo único que Raúl podía hacer era esperar. Sabía perfectamente a dónde había ido, y quién la había llamado; pero, sin medio de acceso, no podía hacer nada. Esto no significaba que no intuyese a Tesla. Su sistema había sido tocado dos veces por el Nuncio, de modo que sentía que Tesla no estaba lejos de él.

Cuando, en el coche, Tesla intentó describirle lo que había sentido durante su viaje a la Curva, Raúl, por todos los medios, quiso expresar algo que había aprendido a comprender en los años pasados en la Misión. Pero su vocabulario no estaba a la altura de esta tarea. Y seguía sin estarlo. Sus sentimientos, sin embargo, influían ahora profundamente en su manera de sentir, de intuir la cercanía de Tesla.

Ella estaba en otro lugar; pero el lugar, a fin de cuentas, no era más que otro estado del ser, y todos los estados, si encontraban los medios adecuados, podían hablarse entre sí. El mono y el hombre, el hombre y la luna. Esto no tenía nada que ver con las tecnologías, sino con la indivisibilidad del Mundo. De la misma manera que Fletcher había hecho al Nuncio con una mezcla de disciplinas, sin cuidarse de las fronteras entre la ciencia y la magia, o entre la lógica y el absurdo; de la misma manera que Tesla se movía ahora entre realidades como una niebla soñadora, retando las leyes vigentes; de la misma manera que él había pasado de lo simiesco en apariencia a lo humano en apariencia, sin saber nunca dónde se pasaba de lo uno a lo otro, o siquiera si se pasaba; así sabía Raúl en aquel momento que podría encontrar el paradero de Tesla con sólo que tuviera el ingenio o las palabras imprescindibles, pero lo cierto era que carecía de ambas cosas. Las tenía muy cerca, como están cerca todos los espacios y todos los tiempos, por ser parte del mismo paisaje mental, pero no conseguía ponerlas en acción. Eso estaba aún fuera de su alcance.

Lo único que podía hacer era saber y esperar, lo que, a su manera, resultaba mucho más doloroso que creerse abandonado.

—Eres un cerdo y un embustero —soltó ella en cuanto hubo cerrado la puerta.

El fuego ardía con fuerza. Había muy poco humo. Kissoon estaba al otro lado, mirándola con fijeza; sus ojos brillaban más de como Tesla los recordaba de la vez anterior. Había excitación en ellos.

—Tú querías volver —dijo Kissoon—, no lo niegues. Yo lo sentía dentro de ti. Pudiste resistir mientras estabas en el Cosmos, pero la verdad es que no quisiste. Dime que esto que te estoy diciendo es mentira, anda, dímelo si te atreves.

—No —confesó ella—. Lo admito. Yo tenía curiosidad.

—Muy bien.

—Pero eso no te da el derecho a tirar de mí hasta traerme aquí.

—¿Y de qué otra manera iba a enseñarte el camino? —preguntó él, con un tono de alegría en la voz.

¿Enseñarme el camino? —repitió ella. Sabía que estaba irritándole, pero no conseguía liberarse de la sensación de impotencia que la invadía. Lo que más odiaba en este mundo era perder el dominio de sí misma, y el hecho de que él fuera el dominante la sacaba de sus casillas—. No soy una tonta —añadió—, ni tampoco un muñeco al que puedes traer y llevar cuando te conviene.

—No te he tratado de ninguna de las dos maneras —dijo Kissoon—. Por favor, ¿por qué no podemos tener la fiesta en paz? ¿Acaso no estamos ambos en el mismo lado, después de todo?

—¿Lo estamos?

—No sé cómo puedes dudarlo.

—¿No puedo?

—Después de todo lo que te conté —dijo Kissoon—; después de todos los secretos que compartí contigo.

—Pues tengo la impresión de que todavía quedan unos cuantos que no te apetece contarme.

—¿Sí? —dijo Kissoon, mientras su mirada iba de Tesla a las llamas.

—La ciudad, por ejemplo.

—¿Qué ocurre con ella?

—Pues que yo quería ver también lo que hay en la casa; pero, ni hablar, me sacaste de allí.

Kissoon suspiró.

—No lo niego, aunque he de decirte que si no lo hubiese hecho así, no estarías aquí en este momento.

—No te entiendo.

—¿No sentiste la atmósfera que había allí? No puedo creerte, simplemente terrorífica.

Entonces fue Tesla la que suspiró, bajo, por entre los dientes cerrados.

—Sí —reconoció al fin—, algo sentí.

—Los Uroboros del Iad disponen de agentes en todas partes —dijo Kissoon—. Tengo entendido que hay uno escondido en esa ciudad. No sé qué forma adopta, y tampoco quiero saberlo, pero supongo que sería fatal ir a verlo. En fin, no tengo la menor intención de arriesgarme a ello; tampoco tú debieras hacerlo, por muy curiosa que seas.

Era difícil argumentar contra ese punto de vista; sobre todo teniendo en cuenta que casi coincidía con sus propios sentimientos. Pocos minutos antes, en su apartamento, Tesla había comentado con Raúl que tenía la intuición de que algo estaba a punto de ocurrir en aquella calle Mayor desierta. Kissoon acababa de confirmar sus sospechas.

—Pues me figuro que debo de darte las gracias —dijo a regañadientes.

—No te molestes —replicó Kissoon—. No te he salvado por ti, sino por causa de deberes mucho más importantes que tú. —Durante un momento atizó en el centro de la lumbre con un palo ennegrecido; el fuego se animó, y las llamas iluminaron la cabaña más que nunca—. Lo siento si te asusté la última vez que estuviste aquí —prosiguió—. Digo, si te asusté. Pero sé que te asusté, y me faltan palabras para expresarte lo mucho que lo siento. —Mientras hablaba no la miraba, lo que daba un tono de discurso aprendido y ensayado a sus palabras; pero, viniendo de un hombre del que Tesla sospechaba era un completo egocéntrico, resultaba doblemente agradable—. Me sentí… emocionado, llamémoslo así, por tu presencia física aquí, y de una forma que no había previsto del todo. Te confieso que tenías razón recelar de mis motivos. —Se llevó la mano a la entrepierna y se cogió el pene entre el pulgar y índice—. Ahora me he corregido —dijo—, como tú misma puedes ver.

Tesla miró. Estaba muy lacio.

—Acepto tus excusas —dijo.

—Pues, entonces, podemos hablar de negocios, supongo.

—No voy a entregarte mi cuerpo, Kissoon —dijo Tesla, contundente—. Si es a eso a lo que te refieres con lo del negocio, no hay nada de qué hablar.

Kissoon asintió.

—No te oculto que te comprendo perfectamente. Pero tú también debes saber la gravedad del asunto. En este momento, el Jaff está en Palomo Grove preparándose para usar el Arte, y yo puedo detenerlo, pero no desde aquí.

—Entonces enséñame a hacerlo.

—No hay tiempo.

—Yo aprendo rápido.

Kissoon levantó la mirada. Su expresión era severa.

—Tus palabras indican una arrogancia monstruosa —dijo—. Te metes en el centro mismo de una tragedia que lleva siglos avanzando hacia su desenlace, y piensas que puedes cambiar el curso de su historia con unas pocas palabras. Esto no es Hollywood. Nos encontramos en el mundo real.

Su furia fría calmó a Tesla, aunque no por completo.

—Bien, de acuerdo, me pongo arrogante de vez en cuando. Que me fusilen por ello. Ya te he dicho que estoy dispuesta a ayudarte, pero no quiero aceptar esa mierda de cambiar mi cuerpo…

—Pues, entonces…

—Pues entonces, ¿qué?

—… encuéntrame alguien que éste dispuesto a darme su cuerpo.

—¡No pides nada! ¿Y qué quieres que les diga?

—Tú sabes ser persuasiva —dijo él.

Tesla volvió con el pensamiento al mundo del que acababa de salir. La casa de apartamentos donde ella vivía tenía cuarenta y cinco inquilinos. ¿Podría, quizá, convencer a Ron, o a Edgar, o a alguno de sus amigos, a Mickey de Falcó, por ejemplo, de que entrara en la Curva en ella? Lo dudaba. Y sólo cuando su búsqueda se centró en Raúl, vislumbró una pequeña esperanza. ¿Se atrevería él a hacer lo que ella era incapaz de llevar a cabo?

—A lo mejor te puedo echar una mano —dijo.

—¿Rápido?

—Sí, rápido. Si me devuelves a mi apartamento.

—Eso es lo más fácil del mundo.

—Pero ten en cuenta que no te prometo nada.

—Lo entiendo.

—Y que quiero algo a cambio.

—¿Qué es ello?

—La mujer con la que he tratado de hablar; la que me dijiste que te servía de ayuda sexual.

—Me preguntaba cuándo sacarías el tema a relucir.

—Está herida.

—No lo creo.

—Lo he visto.

—¡Es una treta del Iad! —exclamó Kissoon—. Ella lleva tiempo vagando por ahí con la intención de que le abra mi puerta. A veces finge estar herida, en otras ocasiones ronronea como una gata en celo. Se frota contra la puerta. —Kissoon se estremeció—. Y yo oigo cómo se restriega, mientras me ruega que la deje entrar. Lo de ahora es otra treta.

Como casi siempre que Kissoon afirmaba algo, Tesla se quedó sin saber a ciencia cierta si debía de creerle o no. En su visita anterior, él le había dicho que aquella mujer no era más que una amante onírica; sin embargo, ahora le decía que era una agente del Iad. Podía ser una de ambas cosas, pero no las dos al mismo tiempo.

—Quiero hablar con ella —dijo Tesla—, y así juzgar por mí misma. No parece tan peligrosa.

—No tienes la menor idea —la advirtió Kissoon—. Las apariencias engañan. Yo la mantengo a raya gracias a los Lix, por miedo a lo que pueda hacerme.

Tesla estuvo a punto de preguntarle qué podría temer Kissoon de una mujer tan dolorida, pero dejó la pregunta para un momento menos desesperado.

—Entonces, volveré —dijo.

—Te haces cargo de lo urgente que es.

—No necesitas repetírmelo tantas veces —replicó Tesla—. Sí, por supuesto que me hago cargo. Pero, como ya te he dicho, lo que me pides no es nada fácil. La gente acostumbra a tener apego a su cuerpo.

—Si todo va bien, y puedo impedir que el Arte sea utilizando, podría devolverle el cuerpo intacto a su dueño. Si fracaso, será el fin del Mundo, de modo que todo daría igual.

—Bonito me lo pones —dijo Tesla.

—Al menos lo intentaré.

Tesla se volvió hacia la puerta.

—Date prisa —dijo él—, y no te distraigas…

—Eres un jodido condescendiente, Kissoon —fue la despedida de Tesla.

Y, sin más, salió a la misma luz matinal de minutos antes.

A la izquierda de la cabaña, una sombra de nubes parecía moverse por encima del desierto. Tesla la estudió un momento y vio que el suelo, agostado por el sol, aparecía cubierto de Lix. Al sentir su mirada, los Lix dejaron de moverse y levantaron las cabezas para mirarla. ¿No le había dicho Kissoon que él era el creador de esos seres?

—Venga, fuera de aquí. —Tesla oyó su propia voz diciendo estas palabras—. No tengo tiempo que perder.

Si Tesla hubiese obedecido de inmediato las instrucciones de Kissoon, no hubiera visto a la mujer, que apareció de pronto, más allá de los lixes. Pero como no las obedeció, pudo verla. Y su aspecto, a pesar de las advertencias de Kissoon, dejó a Tesla clavada en el suelo. Si aquella mujer era un agente de los Uroboros del Iad, como Kissoon aseguraba, la idea de presentarse con tan vulnerable disfraz, había resultado, desde luego, muy brillante. Por mucho que lo intentaba, Tesla no acababa de creer que un contingente de villanos tan vasto y, sin duda, tan ambicioso como era el Iad, se presentase bajo un disfraz tan lamentable. ¿No era el mal ya bastante arrogante de por sí, incluso en sus maquinaciones, para presentarse tan desnudo? Ella no podía hacer caso de su instinto, el cual le decía que, en este caso concreto, Kissoon se equivocaba. Aquella mujer no era agente de nadie. Era un ser humano dolorido. Tesla podía volver la espalda a muchas súplicas, pero nunca a súplicas como ésa.

Ignorando el último ruego del hombre de la cabaña que se encontraba a su espalda, Tesla avanzó unos pasos más hacia la mujer. Los lixes se dieron cuenta de ello, y, al acercárseles Tesla, comenzaron a agitarse, erizándose y levantando sus cabezas como las cobras. Tesla, sin embargo, lejos de aminorar el paso ante esta actitud, lo apresuró. Si eso lo hacían por orden de Kissoon, como sin duda ocurriría, el simple hecho de querer mantenerla apartada de la mujer servía sólo para reforzar su sospecha de que él la estaba engañando. Kissoon intentaba impedir que se comunicaran entre ellas. ¿Por qué? ¿Porque aquella mujer, lamentable y angustiada, era tan peligrosa como él decía? ¡No! Todas las fibras del cuerpo de Tesla rechazaron esa interpretación. Lo que Kissoon quería era mantenerlas separadas porque algo ocurriría entre ambas, algo que se dirían o que harían podría ponerle en entredicho.

Los lixes, al parecer, tenían nuevas instrucciones. Perjudicar a Tesla de la forma que fuese sería apartar a la mensajera de su misión; así que concentraron su atención en la mujer. Ella adivinó sus intenciones y una expresión de miedo cubrió su rostro. Tesla pensó que, sin duda, aquella mujer estaba acostumbrada a la maldad de aquellos seres; que quizá los había desafiado en otras ocasiones para poder acercarse a Kissoon o a alguno de sus visitantes. Desde luego, parecía ducha en el arte de confundirlos, dando vueltas ante ellos a tal velocidad que los llenaba de perplejidad cuando trataban de decidir en qué dirección atacarla.

Tesla añadió su grano de arena a esa táctica defensiva gritándoles al aumentar la velocidad de sus pasos, segura de repente de que no osarían hacerle daño mientras Kissoon tuviese tan desesperada necesidad de salir de su cárcel y ella fuese su única esperanza de conseguirlo.

¡Fuera de aquí! —les gritaba—. ¡Dejadla sola, cabrones!

Pero ellos tenían su objetivo perfectamente claro, y no estaban dispuestos, en absoluto, a dejarse confundir con sus gritos. Cuando Tesla se hallaba a pocos metros de distancia, ellos estaban a punto de caer sobre su presa.

¡Corre! —aulló Tesla.

La mujer siguió su consejo, pero era demasiado tarde. El más rápido de los lixes la pisaba ya los talones; se encaramó por su cuerpo, y se le enroscó. Había una cierta siniestra y horrible elegancia en sus movimientos, al contorsionarse en torno al cuerpo de la mujer y conseguir arrojarla al suelo. Los lixes que se le unieron la cubrieron en seguida, y cuando Tesla llegó junto ellos ya no distinguía a la mujer bajo los cuerpos de sus atacantes. Era como si la hubieran momificado, aunque ella seguía con los forcejeos, agarrándose a sus cuerpos, mientras ellos se cerraban, más y más numerosos, hasta hacerla desaparecer bajo su masa.

Tesla no perdió el tiempo con más gritos. Sin más se puso a estirar de los lixes con sus propias manos, tratando, primero, de descubrir a la mujer antes de que la asfixiaran, y, una vez conseguido eso, tirando de sus brazos para liberarlos de ataduras vivas. Aunque los lixes eran numerosos, no tenían mucha fuerza. Varios se rompieron cuando Tesla tiró de ellos, manando una sangre blancoamarillenta que cubrió las manos de Tesla y salpicó su rostro. A Tesla le enfureció aún más el asco que eso le produjo por lo que intensificó sus esfuerzos, tirando y retorciendo, y tirando más, hasta que estuvo toda pegajosa de aquel líquido. La mujer, a la que habían estado a punto de matar, se animó con el ejemplo de su salvadora, y ahora forcejeaba más, liberándose de las trabas de sus asesinos.

Sintiendo que la victoria era posible, aunque fuese a duras penas, Tesla se preparó para escapar. No podía hacerlo sola, esto lo sabía: la mujer tendría que escapar con ella al apartamento de North Huntley Drive, porque, si no, sería víctima de nuevos ataques, y después de uno como aquél le quedarían pocas energías para resistirlos. Kissoon la había enseñado a entrar en la Curva usando su imaginación, ¿podría hacer lo mismo, pero en dirección opuesta, y no sólo en beneficio propio, sino acompañada de la mujer? Si fallaba, caerían las dos sobre los lixes, que aparecían por todas partes, innumerables como en respuesta a una llamada de su creador. Tratando de no hacer caso de esta invasión, de olvidarla en la medida de sus posibilidades, Tesla se imaginó a sí misma y a la mujer huyendo juntas de aquel lugar y llegando a otro. Pero no a otro cualquiera, sino a Hollywood, a North Huntley Drive, a su apartamento. «Hay esto —se dijo—; si Kissoon puede conseguirlo, también tú puedes.»

Oyó un grito, el primer sonido que salía de la boca de la mujer. Se produjo una agitación entre los lixes que la rodeaban, pero lo que no se produjo fue el traslado instantáneo de las dos desde la Curva de Kissoon hasta Hollywood, como Tesla había esperado, y los lixes se concentraron en torno a ellas en número cada vez mayor.

«A ver, otra vez —se dijo Tesla—. Prueba de nuevo.»

Concentró su atención en la mujer, que seguía desgarrando a los lixes que se aferraban a su cuerpo y arrancándoselos del cabello. En esa escena Tesla tenía que concentrar toda su imaginación, porque el otro pasajero, o sea, ella misma, era fácil de imaginar.

—¡Vamos! —gritó—. ¡Dios, por favor, vamos!

Esa vez, las imágenes que tenía en la mente se fundieron, y no sólo se vio a sí misma y a la otra mujer con claridad, sino que las vio a las dos volando, y al mundo que las rodeaba disolviéndose y reformándose, como un rompecabezas que se dispersa de golpe, recomponiéndose en seguida como otro rompecabezas.

Reconoció la escena. Era el mismo lugar de donde había partido. El café seguía derramado por el suelo; el sol entraba a raudales por la ventana; Raúl estaba de pie en medio de la habitación, esperando su regreso. Tesla se dio cuenta, por la expresión de Raúl, de que había conseguido traerse consigo a la mujer. Lo que no vio, hasta que miró, fue que se había llevado la imagen entera consigo, incluidos los lixes y aunque éstos estaban separados de Kissoon, su antinatural vida no era allí menos febril que en la Curva. La mujer se desprendió de ellos, y cayeron al suelo del apartamento, donde siguieron retorciéndose, con su apestosa sangre con olor a excrementos derramándose por el suelo. Pero ya sólo eran pedazos: cabezas, colas, torsos; además, la violencia de sus movimientos disminuía. Para no perder el tiempo echándolos de allí a patadas, Tesla llamó a Raúl, y entre los dos cogieron a la mujer en volandas, la llevaron al dormitorio, la echaron sobre la cama.

La mujer había luchado con gran valor, y se le notaba. Las heridas de su cuerpo se habían vuelto a abrir. Pero su mal parecía ser el de una fatiga extrema, no el dolor.

—Cuídala bien —dijo Tesla a Raúl—. Yo voy a por agua para limpiar el piso.

—¿Que ha ocurrido? —quiso saber Raúl.

—Pues que casi vendí tu alma a un cerdo mentiroso —respondió Tesla—; pero no te preocupes, te la he devuelto.