XI

—Bien, la fiesta ha terminado —dijo el Jaff a Grillo—. Es hora de que bajemos.

Poco habían hablado los dos desde la partida de Eve, apresurada por el pánico. El Jaff se había limitado a retreparse en el asiento de donde se levantara para acabar con la rebelión de Lamar, esperando allí mientras llegaban voces del piso bajo y las limusinas se detenían ante la puerta, recibían a sus pasajeros y arrancaban de nuevo; por último, la música cesó. Grillo no había tratado de escapar. Para empezar, el cuerpo caído de Lamar obstaculizaba la puerta, y si hubiese tratado de apartarlo de en medio, los terata, por indistintos que ahora pareciesen, se le hubieran echado encima, sin el menor género de dudas. Además, y eso era lo más importante, Grillo se encontraba, por pura casualidad, junto al origen de todo, junto a la entidad responsable de los misterios que atormentaban Palomo Grove desde su llegada a la ciudad. Allí, retrepado en su asiento, delante de él, estaba el hombre que había sido el móvil de todos aquellos horrores, y que, por extensión, abarcaba todas las visiones que andaban sueltas por la ciudad. Si trataba de abandonarle sería abandonar el propio deber. Por divertida que hubiera sido su breve aventura como amante de Ellen Nguyen, su único papel en todo aquello era el de periodista de contacto entre el mundo conocido y el desconocido. Si volvía la espalda al Jaff, cometería el peor delito de todos: la renuncia a dar testimonio.

A pesar de todo, aquel hombre (loco; letal; monstruoso) no era un farsante, como tantos profesionales a los que Grillo había investigado. No tenía más que mirar en torno a sí en aquella estancia y observar a los seres que el Jaff había creado, o hecho crear, para darse cuenta de que se encontraba en compañía de una fuerza con capacidad para cambiar el Mundo. Y él no se atrevía a volver la espalda a una fuerza como aquélla. La seguiría dondequiera que fuese, con la esperanza de comprender mejor su manera de actuar.

El Jaff se levantó.

—No hagas el menor intento de intervenir —advirtió a Grillo

—Pierde cuidado —respondió éste—. Pero déjame que te acompañe.

El Jaff lo miró por primera vez desde la fuga de Eve, pero había demasiada oscuridad para que Grillo pudiera ver sus ojos, fijos en él. Así y todo, los sintió, agudos como agujas, escrutándole.

—Aparta el cadáver de ahí —ordenó el Jaff.

—Sí, en seguida —respondió Grillo, y se dirigió a la puerta. No necesitaba pruebas de la fuerza del Jaff, pero cuando levantó el cuerpo de Lamar las tuvo palpables entre sus manos. El cadáver estaba húmedo y caliente. Y sus manos, cuando volvió a dejarlo en tierra, estaban empapadas de la sangre del comendiante. La sensación y el olor produjeron náuseas a Grillo.

—Y no olvides… —Comenzó el Jaff.

—Lo sé —lo interrumpió—. No tengo que intervenir.

—Muy bien. Abre la puerta.

Grillo obedeció. No se había dado cuenta de la fetidez de aquel cuarto hasta que una oleada de aire fresco y limpio lo invadió.

—Ve delante —ordenó el Jaff.

Grillo salió al descansillo. La casa permanecía en completo silencio, mas no desierta. En el fondo del primer tramo de escaleras, Grillo vio un pequeño grupo de invitados de Rochelle, esperando. Los ojos de todos estaban fijos en la puerta. Ninguno de ellos hacía ruido o se movía. Grillo reconoció muchos de los rostros; ya estaban allí cuando él y Eve subieron al piso alto. Comenzó a descender la escalera hacia ellos, y se le ocurrió pensar que el Jaff lo había enviado delante para que aquellos fieles suyos lo destrozaran. Pero pasó entre ellos, que lo miraban con fijeza, y salió sin que nada le ocurriera, excepto que todos dejaron de mirarle en cuanto pasó. Esperaban al hombre del organillo, no al mono.

De la habitación de arriba le llegó ruido producido por los terata al salir. Cuando alcanzó el pie de la escalera, Grillo se volvió y miró hacia arriba el camino recorrido. Los primeros de aquellos seres salían en ese momento por la puerta. Grillo sabía que habían sufrido un cambio, pero el grado de éste lo sorprendió. Su inquieta fealdad había sido purgada, y ahora parecían más simples, casi todas sus facciones ocultas por la misma oscuridad que exhalaban.

El Jaff salió detrás de los primeros. Los sucesos acaecidos después de su enfrentamiento final con Fletcher le habían avejentado. Parecía gastado, casi esquelético. Comenzó a bajar, pasando por los charcos de color que entraban de las luces de fuera, y cuya viveza inundaba sus pálidas facciones. «Esta noche, el título de la película es La Máscara de la Muerte Roja —se dijo Grillo—; y el nombre del protagonista, sin duda, El Jaff

El elenco de actores: los terata, le seguía, apretujándose para salir al mismo tiempo por la puerta y bajando las escaleras con torpona pesadez en pos de su hacedor.

Grillo miró a la silenciosa asamblea. Todos seguían con los adoradores ojos fijos en el Jaff, el cual emprendió la bajada del segundo tramo de escalera. Al fondo, otra asamblea lo esperaba. Rochelle se encontraba entre sus componentes. El espectáculo de su extraordinaria belleza recordó a Grillo su primer encuentro con ella, bajando las escalelas exactamente igual que el Jaff las bajaba en ese momento. Su aparición había sido entonces una revelación para él, pareciéndole el paradigma de la belleza inviolada. Pero ya estaba mejor informado. En primer lugar, por Ellen, con su relato de la anterior profesión de Rochelle y su actual adicción a las drogas; y, luego, con la evidencia de sus propios ojos, al ver a aquella mujer tan perdida en la depravación del Jaff como cualquiera otra de sus víctimas. La belleza no suponía defensa. Lo más probable era que para ello no hubiera defensa de ninguna clase. Rochelle llegó al pie de la escalera y esperó a que el Jaff terminase de bajarlas, con sus legiones pisándole los talones. En el poco tiempo transcurrido desde su aparición en el descansillo, un cambio sutil, pero desconcertante, se había producido en él. Su rostro, que antes traicionaba temblores de miedo, estaba ahora tan inexpresivo como los de su congregación, y sus músculos parecían tan inertes que su bajada se diría una caída apenas controlada. Todas las fuerzas de su poder se habían concentrado en su mano izquierda, la mano que, en la Alameda, había exhalado las gotas de poder que casi destruyeron a Fletcher. También ahora las exhalaba: cuentas de reluciente corrupción goteaban como sudor la mano caída a lo largo del costado, y Grillo se dijo que aquellas cuentas no podían ser poder, sino tan sólo una emanación de éste, un producto secundario; pues el Jaff no hacía esfuerzo alguno para impedir que se perdieran por los escalones en pequeñas flores oscuras.

La mano se estaba cargando, absorbiendo poder de todas las demás partes de su dueño (quizá, ¿quién sabía?, de la asamblea misma); acumulando fuerza como preparación para las tareas que le esperaban. Grillo trató de estudiar el rostro del Jaff en busca de algún indicio de lo que pudiera estar pensando, pero sus ojos seguían atraídos, más y más, por aquella mano, como si todas las líneas de fuerza condujeran hacia ella, como si los demás elementos de aquella escena fueran algo secundario.

El Jaff cruzó la sala. Grillo fue tras él. La legión de sombras permaneció en las escaleras.

La sala seguía ocupada, más que nada por invitados caídos por los sillones. Algunos eran como discípulos, los ojos fijos en el Jaff. Otros estaban sin conocimiento, echados de cualquier manera, acabados por los excesos de la fiesta. Sam Sagansky yacía en el suelo, camisa y rostro ensangrentados. Un poco apartado de él, con la mano asida aún a la chaqueta de Sagansky, había otro hombre. Grillo no tenía idea de la causa de aquella pelea entre ellos dos, pero era evidente que había terminado de manera muy contundente.

—Enciende las luces —ordenó el Jaff a Grillo.

Su voz fue tan inexpresiva como su rostro.

—Enciéndelas todas. Ya no hay misterios. Quiero ver con claridad.

Grillo localizó los interruptores en la oscuridad y encendió todas las luces. Toda la teatralidad de la escena cesó al instante. La luz provocó gruñidos de queja en algunos de los durmientes, que se cubrieron el rostro con las manos para evitarla. El hombre cogido a la chaqueta de Sagansky abrió los ojos y gimió, pero sin moverse, husmeando el peligro. La mirada de Grillo volvió a fijarse en la mano del Jaff. Las cuentas de poder ya no goteaban de ella. Había madurado. Estaba lista.

—No hay razón para demorar…

Grillo oyó al Jaff, y le vio levantar el brazo izquierdo a la altura de los ojos, con la palma de la mano abierta. Luego anduvo hacia la pared del otro extremo de la sala y apoyó la palma contra ella.

Entonces, con la mano aún apretada contra la sólida realidad, el Jaff comenzó a cerrar el puño.

En la puerta del jardín, Clark vio encenderse las luces de la casa y respiró, aliviado. Esto sólo podía significar decir una cosa: que la fiesta había terminado. Llamó por la radio a los conductores que daban vueltas por la ciudad (aquellos que no habían cogido miedo, y se habían ido), ordenándoles que regresaran a la colina cuanto antes. Sus pasajeros no tardarían en salir.

De repente, Tesla sintió un escalofrío al salir de la carretera, a la altura de Palomo Grove, con seis kilómetros por recorrer todavía para llegar a las afueras de la ciudad. La clase de escalofríos que, según su madre, significaban que alguien estaba pisando la tumba del que los sentía. Pero, en aquel momento, Tesla sabía que no se trataba de eso, sino de algo mucho peor.

«Me estoy perdiendo lo bueno —se dijo—. Ha empezado sin mí.» Sentía que algo, y grande, cambiaba a su alrededor, como si la gente que había dicho que la Tierra era plana tuviera razón después de todo, y el Mundo se hubiera ladeado de pronto unos pocos grados y todo estuviera resbalando hacia aquel extremo. Tesla no se halagaba a sí misma hasta el punto de creerse la única persona lo bastante sensible como para notar una cosa así. Quizá tenía una perspectiva que le permitía reconocer tal sensación, pero no dudaba de que, en ese preciso instante, estaba ocurriendo allí, en aquella comarca, y tal vez en el Mundo entero, algo que hacía que las personas sintiesen un sudor frío, que pensaran en sus seres queridos y temieran por ellos. Los niños lloraban sin saber el motivo, y los viejos creían llegada su última hora.

Tesla oyó el ruido de un choque en la carretera que acababa de dejar, seguido por otro, y otro más, como de coches —a cuyos conductores distrajo un momento de terror— que se amontonaran. Los cláxones comenzaron a resonar en plena noche.

«El Mundo es redondo —se dijo Tesla—, como la rueda de este volante que tengo asido con las dos manos. No puedo caerme del Mundo, no puedo caerme del Mundo, no puedo caerme del Mundo.» Aferrada a esta idea y al volante con idéntica desesperación, se lanzó en dirección a la ciudad.

Al observar los coches que volvían, Clark vio luces que ascendían por la colina. Su avance era demasiado lento para que fuesen faros de coche. Clark, curioso, abandonó su puesto de vigilancia y se aproximó unos pasos a la pendiente. Había andado unos veinte metros cuando, en la curva de la carretera, vio la causa de aquellas luces. Era humana. Una muchedumbre de cincuenta personas o más subía hacia la cima, cuerpos y rostros borrosos, pero brillantes en la oscuridad como caretas de Halloween. A la cabeza del grupo iba una pareja de jóvenes bastante normal al parecer; pero, teniendo en cuenta la índole de la pandilla que los seguía, Clark lo puso en duda. Retrocedió y dio media vuelta, dispuesto a poner el mayor espacio posible entre él y aquella gente.

Rab tenía razón. Hubiera sido mejor marcharse de allí mucho antes, dejando aquella condenada ciudad que se las arreglase como pudiera. Él había sido contratado para echar con cajas destempladas a los gorrones que quisieran entrar en la fiesta, no para que frenara ventoleras y antorchas ambulantes. Bueno estaba lo bueno.

Lanzó su radio al suelo y ascendió hacia el lado opuesto a la casa. Allí, la maleza era tupida, y el terreno pendía, abrupto, pero Clark se escabulló en la oscuridad sin cuidarse de si llegaba al otro lado de la colina en andrajos. Lo único que deseaba era verse lo más lejos posible de la casa cuando aquella pandilla llegara al portal.

En aquellos últimos días Grillo había visto cosas que le habían dejado sin aliento, pero, más o menos, se apañó para encajarlas en su visión del mundo. Sin embargo, lo que se apiñaba en ese momento ante sus ojos era tan ajeno a su capacidad de comprensión que sólo pudo decir no a todo aquello.

Y no una, sino una docena de veces.

—No… no… —y así sucesivamente—. No.

Pero negar la evidencia no le servía de nada. Aquel espectáculo rehusaba saludar e irse. Al contrario, permanecía allí. Y exigía continuar estándolo.

Los dedos del Jaff habían penetrado en la pared de la sala y la tenían asida. Dio un paso atrás, y luego otro, tirando hacia sí de la sustancia sólida, como si en vez de mampostería fuese frágil hojaldre. Los cuadros carnavalescos y feriales que colgaban de la pared comenzaron a moverse; las intersecciones entre pared, techo y suelo se aflojaron hacia el puño del Artista, perdiendo su rigor, su lógica.

Era como si toda aquella sala no fuese otra cosa que la pantalla de un cine y el Jaff hubiera cogido la lona y se hubiese puesto a tirar de ella. La imagen proyectada, que momentos antes parecía tan viva, se revelaba ahora simple apariencia.

Es una película, pensó Grillo. Todo el jodido Mundo es una película.

Y el Arte, la evidencia de esa farsa. Como apartar la sábana, el sudario, la pantalla.

Y Grillo no era el único que se desconcertaba ante esa revelación. Varios de los dolientes de Buddy Vance despertados violentamente de su estupor, abrieron los ojos y se rieron ante un espectáculo que ni drogados habían llegado a ver jamás.

Hasta al mismo Jaff pareció sorprenderle lo fácil que resultaba la tarea. Su cuerpo, recorrido por un escalofrío, nunca se había visto tan frágil, tan vulnerable, tan humano como en ese momento. Por muchas pruebas que le hubiese costado prepararlo para ese paso, no habían sido bastantes. Nada podría ser bastante. El arte era un reto a la condición misma de la carne. Todas las certidumbres más profundas del ser se rendían ante él. De algún lugar de detrás de la pantalla llegó a los oídos de Grillo un ruido más y más alto que le llenó el cráneo como el latir de su propio corazón. Convocaba a los terata. Grillo miró en torno a sí y les vio entrar por la puerta, dispuestos a prestar ayuda a su amo en todo cuanto fuese inminente. No estaban interesados en Grillo, y éste sabía que podía marcharse de allí en cualquier momento sin temor a que se lo impidieran. Pero Grillo no tenía fuerzas para abandonar aquel lugar, por mucho que el vientre le doliera. Estaba a punto de ver todo lo que tenía lugar en la pantalla del Mundo, y sus ojos no querían perderse el espectáculo. Si escapaba, ¿qué podría hacer?, ¿correr a la puerta del jardín y observarlo desde una prudente distancia? Pero la cuestión era que allí no había distancias prudentes, por lo menos sabiendo lo que él sabía. Se pasaría el resto de su vida tocando el mundo real y diciéndose que, con sólo que tuviese el Arte en las puntas de los dedos, se fundiría.

No todos eran tan fatalistas. Muchos de los que aún se hallaban lo bastante conscientes para intentarlo, corrieron a la puerta, pero la enfermedad de maleabilidad que había infectado las paredes se extendía también a la mitad del suelo, que ahora estaba reblandecido, y trababa los pasos de los que querían huir, mientras el Jaff tiraba, ahora con ambas manos, de la materia de la sala.

Grillo buscó algún lugar sólido en aquel ambiente cambiante, pero lo único que encontró fue una silla, tan expuesta a los nuevos caprichos de la física como cualquier otro de los objetos en la sala. Se le escapó de la mano, y Grillo cayó al suelo de rodillas; el golpe hizo que sangrara de nuevo por la nariz. La dejó correr.

Cuando alzó la mirada, Grillo vio que el Jaff había tirado tanto del otro extremo de la sala que la había cambiado hasta el punto de hacerla irreconocible. El esplendor de las luces del patio estaba tamizado, casi desaparecía, sumido en un tirón anónimo y tan tenso que no tardaría en romperse. El ruido que llegaba del otro lado no había aumentado, pero se volvió, en cosa de segundos, casi inevitable, como si siempre hubiera estado allí, justo más allá del alcance de los oídos.

El Jaff asió con su mano otro puñado de materia de la sala y tiró de la pantalla de tal manera que la llevó al tope de su resistencia. No se rasgó en un solo sitio, sino en varios. La sala volvió a ladearse, y Grillo se asió al suelo que se levantaba mientras los cuerpos pasaban rodando por su lado. En aquel caos entrevió al Jaff, que, en ese momento final, parecía estar arrepentido de todo cuanto había hecho, forcejeando con la materia prima de la realidad que había cogido como si tratara de arrojarla lejos de sí. O sus puños no le obedecían y se negaban a soltarla, o esa materia tenía ya su propio impulso y se abría por sí sola, sin su ayuda, porque Grillo observó una mueca de abyecto terror en el rostro del Jaff, y le oyó gritar una orden a sus legiones. Todos corrieron hacia él, sus anatomías encontraban asidero en aquel caos cambiante que se movía. Grillo se vio forzado a arrojarse al suelo, porque pasaban por encima de él. Apenas comenzado su avance, sin embargo, algo ocurrió que les indujo a detenerse. Grillo se asió como pudo a derecha e izquierda, sin que le inspirase miedo nada ya, en vista de tantas cosas peores como tenía ante los ojos, y se levantó de nuevo para ir hacia la puerta. Ese extremo de la sala seguía más o menos intacto aún. Sólo un pequeño temblor de la arquitectura daba una idea de lo que ocurría a sus espaldas. Grillo veía todo el vestíbulo, y, más allá de éste, hasta la puerta de la calle, que permanecía abierta. Y en el umbral estaba el hijo de Fletcher.

Howie entendía que había llamadas más perentorias que las de creadores y maestros. Había también la llamada de una cosa por su opuesta, por su enemigo natural. Esta última era la que impulsaba a los terata a volverse hacia la puerta, dejando todo aquel caos en manos del Jaff.

—¡Vienen! —gritó al ejército de Fletcher, apartándose para dejar pasar a todos los terata que se acercaban a la puerta.

Y Jo-Beth, que había entrado detrás de él, se inmovilizó en el umbral. Howie la agarró de un brazo y la apartó de allí.

—Es demasiado tarde —dijo ella— ¿Te das cuenta de lo que está haciendo? ¡Dios mío! ¿No lo ves?

Con la causa perdida o no, lo cierto era que las criaturas de los sueños iban dispuestas a enfrentarse con los terata, lanzándose al asalto en cuanto la inundación que formaban salió de la casa. Subiendo por la colina, Howie había pensado que la lucha que le esperaba sería, en cierto modo, refinada; una batalla de voluntades, o de ingenio. Pero la violencia que se encendía en torno a él en aquel momento era puramente física. Lo único que tenían para lanzar a la batalla eran sus propios cuerpos, y se habían lanzado a la tarea con una ferocidad que a Howie le parecía imposible en aquellas almas melancólicas encontradas en el bosque, y tanto más en los personajes educados que había visto en casa de los Knapp. Allí no había diferencia alguna entre héroes y niños. Apenas resultaba posible reconocerles ahora, pues los últimos rasgos de los personajes de sueños que habían encarnado se desvanecían ante un enemigo tan anónimo como ellos. En la batalla, entre esencias, se dirimía el afán de luz de Fletcher contra la obsesión del Jaff por la oscuridad. Debajo de ambas pasiones había una misma intención unificadora: la destrucción del otro.

Howie creía haber hecho lo que le habían pedido; guiarles colina arriba, animando a los rezagados que se olvidaban de su deber y comenzaban a disolverse. En el caso de algunos de ellos, quizá conjurados de manera menos coherente, no pudo impedir que sus cuerpos se desvanecieran en el aire antes de que pudiera llevarles a una distancia desde la que husmear al enemigo. Para el resto, la aparición de los terata había sido estímulo suficiente. Y lucharon hasta quedar hechos pedazos.

Ya había cuantiosas bajas en ambos bandos. Fragmentos de lustrosa oscuridad arrancados de los cuerpos de los terata; trozos de luz desgajados del ejército de los sueños. No se percibían signos de dolor entre aquellos guerreros, ni se veía sangre en sus heridas. Soportaban ataque tras ataque. Luchaban a pesar de daños que cualquier ser vivo no hubiera sido capaz de resistir. Sólo cuando más de la mitad de su sustancia se desgajaba de sus cuerpos, se disgregaban y dispersaban; pero, aun entonces, el aire en el que se disolvían no quedaba vacío, sino que zumbaba y se agitaba como si la guerra continuase a un nivel subatómico; partículas positivas y negativas seguían la lucha hasta quedar en tablas, o hasta la extinción de ambas.

Esto último era lo más probable, a juzgar por la actitud de las fuerzas que luchaban delante de la casa de Buddy Vance. Los dos contingentes estaban igualados, de modo que se limitaban a extirparse mutuamente, respondiendo al daño con el daño, mientras su número disminuía.

La batalla se había extendido hasta la puerta del jardín cuando Tesla llegó a la cima de la colina, y salía a la carretera. Formas que pudieron haber sido reconocibles en otro tiempo, pero que se habían convertido en puras abstracciones, manchones de oscuridad, manchones de luz, se desgarraban mutuamente. Tesla detuvo el coche y se dirigió hacia la casa. Dos de los combatientes salieron de entre los árboles que flanqueaban la calzada y cayeron al suelo a pocos metros de distancia de ella, sus miembros entrelazados —se diría que «entrehincados»— en mortal combate. Tesla los miró, aterrada. ¿Era esto lo que liberaba el Arte? ¿Era así como escapaban de la Esencia?

¡Tesla!

Tesla miró. Howie estaba delante de ella. Su explicación fue rápida e implacable.

—Ha empezado —dijo—. El Jaff está utilizando el Arte.

—¿Dónde?

—En la casa.

—¿Y éstos?

—La última defensa —replicó Howie—. Llegamos demasiado tarde.

«¿Y ahora, qué, muchachito? —pensó ella—. No tienes forma de detener esto. El mundo se ladea, y todo resbala hasta caer.»

—Lo que debiéramos de hacer es escapar de aquí —dijo a Howie.

—¿Eso crees?

—¿Qué otra cosa podemos hacer?

Tesla miró hacia la casa. Grillo le había dicho que era una fantasía arquitectónica, pero no había esperado ver algo tan fantástico. Todos los ángulos sutilmente suavizados, ninguna línea tan recta que no estuviese ladeada unos pocos grados. De pronto comprendió. No era aquello una broma arquitectónica posmodernista; se trataba de algo en el interior de la casa, una fuerza que tiraba de ella, que la deformaba.

—¡Dios mío! —exclamó—. Y Grillo está ahí dentro.

Al mismo tiempo que hablaba, la fachada se combó un poco más. En comparación con tales prodigios, los restos de la batalla eran cosa de poca monta. Dos tribus que se despedazaban como perros rabiosos, nada más. Cosa de hombres. Tesla rodeó la batalla; hizo caso omiso de ella.

—¿A dónde vas? —preguntó Howie.

—Adentro.

—Es un suicidio.

—¿Y qué es esto otro de aquí fuera? En el interior tengo un amigo.

—Te acompaño —dijo él.

—¿Está Jo-Beth ahí?

—Estaba.

—Pues encuéntrala. Yo buscaré a Grillo, y los dos escaparemos de aquí.

Sin esperar respuesta, Tesla se precipitó hacia la puerta.

La tercera fuerza que andaba suelta aquella noche en Grove se hallaba a mitad de camino colina arriba cuando Witt cayó en la cuenta de que, por profundo que fuese su pesar ante la pérdida de sus sueños, él no quería morir aún. Comenzó a forcejear con la manija de la portezuela, dispuesto a tirarse del coche, pero la tormenta de polvo que iba tras el vehículo le disuadió de hacerlo. Miró a Tommy-Ray, que conducía a su lado. El rostro del muchacho nunca había irradiado inteligencia, pero lo vio tan lacio que quedó sorprendido. Parecía casi de retrasado mental. Le caía salivilla del labio inferior, y tenía las facciones brillantes por el sudor. Así y todo, Tommy-Ray consiguió decir un nombre mientras conducía.

—Jo-Beth —murmuró.

Jo-Beth no oyó esa llamada, pero sí otra en su lugar. De dentro de la casa un grito llegó a sus oídos; un grito exhalado de una mente a otra por el hombre que la había hecho a ella. La llamada, pensó, no iba dirigida a ella, porque el Jaff no conocía su presencia allí, empero, a pesar de eso, la captó: una expresión de terror que Jo-Beth no podía desoír. Atravesó el aire empapado de materia y llegó a la puerta principal, cuyo cerco se combaba.

La escena era peor dentro. Todo el interior había perdido su solidez y estaba siendo atraído inexorablemente hacia algún punto central. No le costó demasiado dar con ese punto, pues el mundo entero, se reblandecía y convergía hacia él.

El Jaff, por supuesto, se hallaba en el centro. Delante de él, un boquete en la sustancia de la realidad misma, que enviaba sendas llamadas a los vivos y a los no vivos. Jo-Beth no veía lo que había al otro lado del boquete, pero podía adivinarlo. La Esencia; el mar de los sueños; y, en él, una isla de la que Howie y su padre le habían hablado donde el tiempo y el espacio eran leyes ridículas, y los espíritus paseaban.

Pero si ése era el caso, y el Jaff había conseguido su ambición, de usar el Arte para acceder al milagro, ¿por qué estaba tan asustado? ¿Por qué trataba de retirarse de la vista misma del milagro, desgarrándose las manos con los dientes para forzarlas a desprenderse de la materia que sus propios dedos habían penetrado?

Jo-Beth oía que su razón le decía: «Vuelve, vuelve mientras te sea posible.» La atracción de lo que acechaba al otro lado del boquete se había apoderado de ella. Podría resistir un poco de tiempo, pero la ventana se hacía más y más pequeña. Lo que no podía resistir, sin embargo, era el ansia que la indujo a entrar en la casa. Quería ver el dolor de su padre. No se trataba de un deseo dulce, propio de una hija, pero tampoco el Jaff era el más dulce de los padres. Al contrario, la había hecho sufrir, y también a Howie. Había corrompido a Tommy-Ray hasta hacerle casi irreconocible. Había destruido el corazón y la vida de su madre. Jo-Beth quería verle sufrir, y no conseguía apartar los ojos de esa escena. La automutilación del Jaff era cada vez más enloquecida; escupía pedazos de sus propios dedos, echando la cabeza atrás y adelante, negándose a sí mismo lo que veía más allá del boquete que el Arte había hecho.

Jo-Beth oyó una voz a su espalda que pronunciaba su nombre, y miró a su alrededor hasta que vio a una mujer a la que no conocía de nada, pero que Howie le había descrito, que le hacía señas de acercarse a la seguridad brindada por el umbral. Jo-Beth hizo caso omiso de esa llamada; ella quería ver cómo el Jaff se autodestruía por completo, o verle arrastrado por su propia maldad. Hasta ese momento no se había dado cuenta de cuánto lo odiaba, de lo limpia que se sentiría en el instante que él desapareciera del Mundo.

La voz de Tesla había encontrado oídos además de los de Jo-Beth. Asido al suelo, a un par de metros del Jaff, sobre la decreciente isla de solidez que aún rodeaba al Artista, Grillo oyó la llamada de Tesla y se volvió —contra la llamada de la Esencia— para mirarla. Se sentía el rostro rezumando sangre, pues el boquete atraía hacia sí todos los líquidos de su cuerpo. La cabeza le retumbaba, como si estuviera a punto de reventar. El boquete le sorbía las lágrimas, le arrancaba las pestañas. De la nariz le manaban dos chorros de sangre, que corrían, rostro abajo, hacia el boquete.

Ya había visto casi toda la sala desaparecer en la Esencia. Rochelle había sido de los primeros en caer en el boquete, dejando a su espalda todo lo que su cuerpo drogado poseía en el Mundo. Sagansky y su noqueado enemigo también habían desaparecido. Y el resto de los invitados a continuación, a pesar de los esfuerzos realizados por correr a la puerta. Los cuadros, arrancados de las paredes; y, luego, el yeso, dejando al descubierto las tablas que cubría; y, en ese momento, las tablas mismas se curvaban, obedeciendo a la llamada. Grillo hubiera ido por el mismo camino si no hubiese sido porque la sombra del Jaff le ofrecía una débil solidez en pleno mar caótico.

No, mar no. Mar era lo que Grillo había entrevisto al otro lado del boquete, dejando avergonzada cualquier otra imagen de esa palabra.

La Esencia era el mar; el primero, el que no tenía fondo. Grillo había renunciado a toda esperanza de escapar a sus llamadas. Se había acercado demasiado a su orilla para poder apartarse de él. La resaca se había llevado ya consigo toda la sala, y pronto se le llevaría también a él.

Pero, cuando vio a Tesla, Grillo osó, de repente, concebir la esperanza de sobrevivir a esa catástrofe. Y si quería aprovechar esa débil oportunidad tendría que apresurarse. La poca protección que el Jaff le brindaba decrecía por momentos; y, al ver que Tesla le tendía la mano, Grillo alargó a su vez la suya. La distancia era demasiado grande, y Tesla no podía arriesgarse a penetrar más en la sala sin perder su asidero a la relativa solidez de la puerta.

Abandonó su intento, y retrocedió unos pasos, alejándose del umbral.

«No me desertes ahora —pensó Grillo—. No me des esperanza para abandonarme después.»

No la conocía si pensaba así. Tesla no había hecho más que retroceder para liberar su cinturón de las trabillas de los pantalones, y en seguida regresó al umbral, dejando que la atracción de la Esencia estirase del cinturón y lo pusiera al alcance de Grillo.

Y él lo cogió.

Afuera, en el campo de batalla, Howie encontró los restos de la luz que Benny Patterson había sido. Casi no quedaba huella del muchacho, pero sí la suficiente para que Howie lo reconociese. Se arrodilló junto a él, pensando que era una estupidez lamentar la desaparición de algo tan transitorio y tan desprovisto de objeto como aquel sueño, Benny Patterson.

Puso la mano sobre el rostro del muchacho, pero ya se estaba disolviendo, y se disgregó en el aire como brillante polen bajo los dedos de Howie. Angustiado, levantó la vista y vio a Tommy-Ray a la entrada del jardín de «Coney Eye», camino ya de la casa. Detrás de él, quieto junto a la puerta, había un hombre a quien Howie no conocía. Y detrás de los dos se levantaba un muro de polvo gimiente, que seguía a Tommy-Ray en forma de nube.

Sus pensamientos fueron de Benny Patterson a Jo-Beth. ¿Dónde estaría? En la confusión de aquellos últimos minutos se había olvidado de ella. Ni por un instante dudó de que Jo-Beth era el objetivo de Tommy-Ray.

Howie se levantó y fue a cortar el paso a su enemigo, al que vio muy cambiado. Ya no era el esplendoroso y atezado héroe que había conocido en la Alameda, ni mucho menos. Ahora aparecía salpicado de sangre, los ojos hundidos en las cuencas.

¡Padre! —gritó Tommy-Ray, echando la cabeza hacia atrás.

El polvo que pisaba los talones a Tommy-Ray saltó sobre Howie en cuanto estuvo lo bastante cerca de éste para tocarlo. Y lo que bullía en él: rostros hinchados por el odio, bocas como túneles, le echaron a un lado a empujones, sin mostrar el menor interés por su insignificante vida, siguiendo su camino en pos de objetivos más urgentes. Howie cayó por tierra, cubriéndose la cabeza con los brazos hasta que todos hubieron pasado sobre él. Lo que palpitaba en el polvo, fuera lo que fuese, tenía pies. Cuando quedó libre de ellos, Howie se levantó. Tommy-Ray y la nube que le seguía ya habían desaparecido en el interior de la casa.

El oyó la voz de Tommy-Ray por encima del estruendo del Arte.

¡Jo-Beth! —rugió.

Howie comprendió que Jo-Beth estaba en el interior de la casa, pero lo que no comprendía era por qué había entrado. De todas formas lo urgente era llegar a ella: antes de Tommy-Ray, o el hijo de puta se la llevaría.

Mientras corría hacia la puerta principal, observó que el extremo de la tormenta de polvo desaparecía, engullido por una fuerza del interior de la casa.

Esa fuerza se hizo visible en cuanto Howie cruzó el umbral. Vio entonces las últimas y caóticas huellas de la nube absorbidas por un remolino que quería tragarse la casa entera. Delante de él, con las manos apenas reconocibles, se erguía el Jaff. Howie entrevió sólo la escena, porque Tesla lo llamó en seguida.

—¡Ayúdame, Howie! ¡Howie! ¡Por Dios bendito, ayúdame!

Con una mano estaba agarrada a la parte interior de la puerta, cuya geometría se había desvencijado, y con la otra se asía a alguien que estaba a punto de ser engullido por el torbellino. Howie llegó a ella en tres zancadas, una granizada de basura pasó rozándole del escalón que acababa de pisar, y cogió la mano de Tesla; al hacerlo, reconoció la figura que estaba de pie, a un metro de distancia de ella, más cerca aún del boquete que el Jaff había abierto: ¡Jo-Beth!

El reconocimiento fue como un grito. Jo-Beth se volvió hacia él, medio cegada por la avalancha de escombros. Cuando sus ojos se encontraron, Howie vio a Tommy-Ray acercarse a ella. La máquina había sufrido una gran tunda, pero todavía tenía poder. Howie tiró de Tesla, y con ella, del hombre al que estaba tratando de salvar del caos ávido, y se los llevó al vestíbulo. Ésta fue la oportunidad que Tommy-Ray necesitaba para apoderarse de Jo-Beth, lanzándose sobre ella con la fuerza suficiente para levantarla en vilo.

Howie vio el terror en los ojos de Jo-Beth cuando perdió el equilibrio, y los brazos de Tommy-Ray cerrarse en torno a ella en ceñidísimo abrazo. Entonces, la Esencia se tragó a ambos, aspirándolos sala adentro, pasando junto a su padre, y más lejos, misterio adentro.

Howie lanzó un aullido.

Detrás de él, Tesla gritaba su nombre, pero Howie desoyó la llamada. Sus ojos permanecían fijos en el lugar por el que Jo-Beth había desaparecido, y dio un paso hacia la puerta. La fuerza le empujaba. Dio un paso más, vagamente consciente de que Tesla le gritaba que se detuviera, que volviera antes de que fuese demasiado tarde.

¿No sabía Tesla que había sido demasiado tarde el momento después de ver a Jo-Beth? Todo se había perdido.

Un tercer paso, y el remolino lo arrebató. La sala dio vueltas en torno a él. Durante un instante vio al enemigo de su padre, abriendo, jadeante, la boca; luego, el boquete, más abierto todavía.

Y así fue como Howie desapareció por donde su bella Jo-Beth lo había hecho, en la Esencia.

—¡Grillo! —¿Qué?

—¿Puedes tenerte en pie?

—Creo que sí. —Lo intentó dos veces, sin conseguirlo, y a Tesla no le quedaban fuerzas para levantarle y llevarle hasta la puerta del jardín.

—Un momento —pidió Grillo. Sus ojos, no por primera vez, volvieron hacia la casa de donde acababan de escapar.

—No hay nada que ver, Grillo —dijo ella.

Esto no era cierto, en absoluto. La fachada parecía salida de una película fantástica, con la puerta absorbida por una fuerza interior, y las ventanas siguiendo por el mismo camino. Y dentro, ¿quién sabía?

Cuando llegaron al coche, vieron una figura que salía de todo aquel caos, y quedaba iluminada por la luz de la luna. Era el Jaff. El mero hecho de haber estado al borde de la Esencia y resistido sus oleadas era la prueba de su poder, pero esa resistencia le había salido muy cara. Sus manos estaban reducidas a muñones de carne roída; los restos de la izquierda le colgaban en jirones de los huesos de la muñeca. Su rostro aparecía tan brutalmente devorado como ellas, pero no por dientes, sino por lo que había visto. Con los ojos inexpresivos y devastado, el Jaff anduvo vacilante hacia la puerta del jardín. Harapos de oscuridad, los últimos terata lo seguían.

Tesla hubiese querido preguntar a Grillo qué había visto de la Esencia, pero se dijo que no era el momento adecuado. Le bastaba con verle vivo y saber que más tarde se lo contaría. Carne en un Mundo en el que la carne se perdía a cada momento. Vivo, cuando la vida terminaba con cada exhalación y recomenzaba con cada aliento robado.

En el abismo intermedio era donde estaba el peligro, y más que nunca. Tesla no dudaba de que había ocurrido lo peor, y que, en algún lugar lejano de la Esencia, los Uroboros del Iad estaban aguzando su envidia y lanzándose a través del mar y de los sueños.