Donde antaño florecían las ciudades de Zheng y de Wei, una vieja dama de setenta años, desdentada y de cabellos canos, habitaba en cierto callejón apartado. Se complacía recordando el pasado; es más, nunca se cansaba de hablar de él, y frecuentaba a las familias más distinguidas de la vecindad.
Un hombre del barrio llamado Yan Qiongke fue a visitarla y le dirigió estas palabras: «Por muy mayor que seáis, señora, vuestra gracia, vuestro porte y vuestra elegancia no son en absoluto los de una anciana encorvada sobre su bastón. ¡Qué bella debisteis de ser en vuestra juventud! Por desgracia, si bien puedo aún juzgar vuestros encantos, he nacido demasiado tarde para ser testigo de vuestras hazañas; pero tened la amabilidad de contármelas y hallaréis en mí un atento oyente».
La anciana respondió con gentileza: «Aunque no me lo hubierais pedido, os habría obligado a escucharme; y, si además me lo pedís, ¿cómo no voy a contaros mi vida, que, por otra parte, es de lo más banal?». Qiongke dijo: «Si no os molesta, tomaré nota de vuestra historia y la escribiré».
La vieja dama sonrió y, tras recogerse sus largas mangas y recomponerse su vestido de seda cruda, saludó con las manos juntas y comenzó así:
«Pronto yaceré bajo una lápida y me pudriré entre las hierbas; ¿por qué no evocar con indulgencia los momentos felices de una vida que dentro de poco desaparecerá para siempre?…».
Mi familia desciende de una rama secundaria del antiguo linaje de los Shangguan, que a su vez se remonta a los Tang. Mi padre se llamaba Ze y el nombre de soltera de mi madre era Helian. Sólo tuvieron dos hijas, mi hermana y yo. A mí me pusieron el nombre de Ana, la Encantadora, y a mi hermana pequeña Xianjuan, la Graciosa.
Aún nos veo a las dos, a los siete u ocho años, jugando en el patio en la época de los ciruelos en flor. Nuestro padre nos sugirió que compusiéramos unos poemas. Yo hice este dístico:
Antes de que la escarcha dañe mi tierna flor,
ti, luna plateada, ofrezco mi candor.
A mi padre se le mudó la expresión del rostro y dijo: «Con el tiempo, esta niña será una mujer sin principios». Mi hermana, en cambio, había escrito:
Si en el oscuro valle me perdiera algún día,
a la luz del más alto ramaje me asiría.
Nuestra madre rió y dijo: «Ana se parece a la señorita que compuso el poema Rosas rojas; Xianjuan, en cambio, sabrá comportarse y no se apartará nunca de la virtud».
Hacia los doce o trece años dejaron de cortarme los cabellos, así que muy pronto pude recogérmelos y adornármelos con plumas. Me pasaba todo el día ante el espejo y, mientras contemplaba mi imagen, suspiraba: «¡Algún día algún memo tendrá que poseer a esta criatura tan delicada! (He aquí las primeras emociones de una cabeza loca[2]). ¡Qué breve es la vida y cuán larga la espera!». Mi hermana me escuchaba y me decía riendo: «¿Y para qué quieres un memo? ¿Ya estás pensando en casarte? ¡Venga, vamos a jugar a la pelota con nuestros primos o a hacer que los gallos se peleen entre sí!».
Mis padres me obligaban a estudiar el Libro de las odas, de la dinastía Zhou, suprimiéndome, sin embargo, todos los pasajes que consideraban licenciosos. Pero yo me los sabía de memoria y los recitaba en voz baja. Los poemas que hablaban del amor entre muchachos y muchachas me dejaban perpleja y me suscitaban muchos interrogantes. Tan sólo alcanzaba a entender que aquello debía de ser como lo que ocurría entre mi padre y mi madre, con la única diferencia de que los muchachos y las muchachas tenían que esconderse, y los padres, no. Pero no lograba imaginar a qué podía parecerse el amor. Ese astuto joven del que hablaba el Libro de las odas, por ejemplo, ¿cómo podría hacerme perder el sueño y el hambre, o inquietarme por el canto del gallo cuando lloviera o soplara el viento? Y si el joven ofrecía un melocotón, ¿por qué había que darle las gracias con una ciruela? ¿Qué significaba: Le conocí por casualidad y es tal y como yo deseaba; con él estoy bien? ¿Cómo podía ser un solo día tan largo como tres meses? ¿Qué era esa unión íntima como una madeja de seda? Todo aquello me inquietaba.
En la zona norte de la ciudad vivía una joven que tenía fama de saber mucho acerca del amor. En la primera ocasión que se me presentó, le pregunté:
—¿En qué se diferencian los muchachos y las muchachas? ¿Qué significa esa historia del hombre venido de lejos? ¿Qué quiere decir atravesar los ríos Qi, Zhen y Wei, y tú me amas y yo debo seguirte? ¿Por qué a un joven se le llama el zorro que merodea? ¿Qué significa: Niño burlón, joven insensato, si tú no piensas en mí, acaso crees que no encontraré a otro? ¿Qué malicias son éstas? En fin, ¿qué es el amor? ¿Hay que entregarse a un marido con los ojos cerrados? ¿No es preferible conocerse y compartir un amor sincero?
—Mira, pequeña —contestó la mujer—, todavía eres una señorita; ni siquiera estás comprometida; no es conveniente que te hagas tales preguntas.
—De acuerdo —dije—, pero ¿te parece justo que una muchacha se encuentre, sin comerlo ni beberlo, dentro de la familia de un joven y alguien les declare marido y mujer? ¡Eso es como parar al primero que pasa por la calle y llamarle marido!
—Se nota que estás haciéndote mayorcita —prosiguió la mujer—. ¿No será que sueñas en casarte, o que un bello joven te corteja?… Está bien, trataré de explicarte algunas cosas. En lo que se refiere a las orejas, los ojos, la boca, la nariz, las manos y los pies, los hombres son iguales que nosotras. Pero en el bajo vientre, entre las piernas, ellos tienen como una pequeña serpiente que unas veces está curva y otras tiesa; en algunos momentos es como una pala, o como una lanza, y otras veces semeja un gusanillo; en fin, es un dardo acerado retenido en su funda. Se llama shi, el vigor. Debajo del shi, como un general en el centro de su fortaleza, se encuentra lo que llamamos la bolsa.
—¿Debajo del vientre y entre las piernas? —pregunté extrañada—. Yo ahí no tengo nada que se le parezca.
—Exactamente —continuó la mujer—, eso es lo que les diferencia de nosotras y hace que sean hombres. En cambio, lo que nos distingue a las mujeres, pues forma parte de nuestra naturaleza, es la sutileza del principio yin, que tenemos debajo de la cintura, en la entrepierna, y del que sólo se ve una especie de concha. Vista de cerca, esa concha puede parecer un melón partido. Colgante o erguido, ellos tienen su asunto bien a la vista. En nosotras, en cambio, nada sobresale; apenas se nos ve una pequeña raja. Y esto hace que nosotras seamos mujeres.
—Entonces, ¿acaso los hombres y las mujeres nos buscamos con tanto empeño porque ellos tienen algo de más, y nosotras algo de menos?
—Tal es la voluntad del cielo. Ya en los tiempos oscuros de la
remota antigüedad, nuestros antepasados se dividían en hombres y
mujeres. Vivían juntos en madrigueras, guaridas y cavernas, y se
cubrían con hojas para protegerse del frío (muy parecido a las
biografías de los bufones del Shi ji); pero, en pleno verano,
se quitaban esos adornos e iban desnudos. Ignoraban lo que era la
vergüenza y no se entretenían en fijarse en la diferencia que
existía entre el (ao) de ellas y la
(tu) de
ellos. El hombre, sujeto al ciclo del principio yang,
tiene en esa estación la sangre más caliente y el espíritu más
vivaz; su
está dura y rígida. Y si una mujer pasaba
delante de él con el
al aire, ambos se unían y la penetraba en
el
. El
hombre se asombraba de que su compañera estuviera hecha de otra
forma que él, pero ¿cómo podía sospechar que tal penetración daba
paso a una serie ininterrumpida de futuras generaciones, a una
creación ilimitada, origen de todo deseo, germen de todo amor?
»Una vez dentro, el hombre se sintió bastante bien, pero ocioso.
Y, sin darse cuenta, se puso en movimiento, pensando: “¡Caray!”,
¡Qué acogedor es este !». Y cuanto más se movía, más agradable
le parecía. Al descubrir en él una fuente de satisfacción, siguió
meneándose; y en eso estaba cuando de pronto sintió un escalofrío
por todo el cuerpo, ¡y brotó de su
un rebosante fluido! (En este
momento, el espíritu vuela). Esa oleada, ese chorro, le
procuró una alegría y un placer infinitos. De esta manera, día tras
día y descubriéndose el uno al otro, se instauraron las relaciones
amorosas entre los hombres y las mujeres.
—Entonces, ésos fueron los comienzos del amor entre hombres y mujeres… —dije pensativa.
—No es más que una hipótesis —continuó la mujer—, pero muy
plausible. Sin embargo, debes saber que cuando la penetra en el
, el
siente
verdadero dolor; y como duele, al principio no se experimenta
ningún placer.
—¿Por qué aceptar esta penetración, si produce sufrimiento?
—Al principio, si la es grande, cuando penetra en el
el
dolor también es grande; pero poco a poco sentimos placer, tanto
placer que, antes de ser penetrada así, ninguna mujer podría
imaginar los indescriptibles goces que el
procura. (Las
más gruesas son las mejores). Por el contrario, si la
es muy
pequeña, aunque al principio no se experimenta ningún dolor,
tampoco se podrá disfrutar más tarde del gran placer del que te he
hablado.
Cada vez más extrañada, pregunté:
—¿Cómo es posible que lo que hace sufrir pueda también producir placer, y que lo que no hace daño tampoco produzca ningún bien?
—El
de las muchachas es parecido a los sépalos cerrados de un capullo
de loto. La
que trata de abrirse camino en él lo
encuentra estrecho, áspero y apretado. En ese momento no hay
, por
pequeña que sea, que no parezca grande; y por supuesto, cuanto más
grandes son, más daño hacen.
—Entonces, el placer…
—El
contiene unos pequeños repliegues carnosos que semejan el pistilo
de una flor. Ese pistilo se estremece ligeramente. Cuando la cabeza
ciega del joven alcanza ese punto, la sensación se torna ardiente y
deliciosa. Poco a poco desaparece el dolor, y el placer aflora. Las
pequeñas, las cortas, alcanzan difícilmente ese lugar, y por eso
apenas producen satisfacción. Sólo las grandes y gruesas, las
largas y rígidas, lo consiguen. El intenso frote, y el movimiento
de entrar y salir, producen en el
cierta irritación; hay que
soportarla. No existe mayor delicia que la que se experimenta tras
ese picor y esa quemazón. (¡Turbador!).
Después de escuchar las palabras de la mujer, sentí surgir en mi pequeño valle oscuro una secreta impaciencia. Me despedí de ella y regresé a mi casa. Estaba deseosa de encontrar a alguien con quien experimentar un poco lo que había aprendido, pero, al mismo tiempo, no me atrevía. A escondidas, me metí el dedo y me acaricié a placer; sólo conseguí excitarme más y más, y no puede alcanzar el sosiego.
Precisamente en esa época, un primito llamado Huimin, Vivo Espíritu, había sido confiado a mis padres para que le guiaran en sus estudios. Vivía en nuestra casa, pero dormía en una habitación aparte. Me di cuenta de que el joven Huimin no carecía de atractivo ni de distinción. Me gustaba, sí; de hecho, me gustaba bastante…
Un día en que mis padres habían salido, mi primito Huimin, mi hermana y yo jugamos juntos en el jardín. Huimin tiraba a mi hermana del brazo y ella tiraba en sentido contrario. Cuando anocheció, puse fin a los juegos diciendo:
—Hemos estado jugando durante todo el día, ¿no estáis cansados? Vámonos a la cama, ¡y dejad ya de pelearos! —Luego, dirigiéndome a mi hermana, añadí—: ¿Qué te parece si Huimin duerme con nosotras esta noche?
—¡Un joven en nuestra misma cama! ¿Crees que podemos hacerlo?
Huimin intervino al instante:
—A vuestro primito le dan mucho miedo los demonios; dormir con vosotras dos me tranquilizaría.
«No es más que un tonto de capirote que sólo piensa en comer y
en tener el vientre caliente. En fin, ¡qué más da!», me decía yo.
Nos desvestimos y nos acostamos; mi hermana se colocó en un extremo
de la cama, yo en medio y Huimin contra la pared. Huimin, como
estaba cansado, no tardó en dormirse. Yo, en cambio, no pude
conciliar el sueño tan fácilmente, de modo que me volví hacia
Huimin y, llena de curiosidad, deslicé mi mano hacia su bajo
vientre. Era tal y como me había dicho la mujer. Pero su
era tan
pequeña, tan menuda… Yo pensaba para mis adentros: «Su
es minúscula, ¿cómo
podría hacerme daño? Si me la mete, sabré lo que es; sabiéndolo, se
me quitará la aprensión; al ser pequeña, no me dañará. ¡O esta
noche o nunca!».
Antes de que amaneciera, volví de nuevo a aferrar su
, y la
hallé dura, erguida y rígida. Por muy pequeña que fuera, no parecía
que pudiera doblarse. Entonces desperté a Huimin de un empujón.
Tomé su mano y le hice tocar mi
.
—Hermanita mía —dijo, pánfilo de él—, ¡cómo estás hecha!
Pero yo me había apoderado ya de su rígida y, volviéndome
hacia él, le atraje hacia mí y guié su rígida
en dirección a mi
.
—Hermana, ¿qué estás haciendo? —protestó él.
—Venga —le respondí muy bajito—, empuja para ver si puedes
entrar en .
Huimin no comprendía lo que yo quería.
—¿Entrar? ¿Y para qué quieres que entre?
—Haz lo que te digo y no preguntes más; empuja fuerte, eso es todo.
Huimin empujaba con fuerza; pero se desviaba hacia arriba o
hacia abajo, y no encontraba el punto exacto. Yo me abrazaba a él
para que su se acercara más (está muy
excitada) a la entrada, pero ésta seguía estando demasiado
lejos. Entonces me di la vuelta, pero la entrada quedaba aún más
inaccesible. Tras volverme de un lado y del otro en vano, pensé:
«Tal vez si nos colocamos el uno encima del otro…». Me puse boca
arriba e invité a Huimin a que se tumbara encima de mí.
—Empuja —le ordené.
Nada. Me abrí totalmente de piernas (ya hemos llegado al momento de separar las piernas), apreté a Huimin entre mis muslos y con una mano dirigí su verga, ya muy erecta, hacia mi raja.
—¡Ahí, ahí es! ¡Empuja!
—¡Sí, sí! —dijo Huimin; sin embargo, al tratar de introducirla más, me hacía daño.
—¡Para! —le dije, y él se paró. A pesar de todo, sentía un dolor soportable—. Vamos, sigue.
Al continuar, sentía en el como el pinchazo de un alfiler. A Huimin
también le dolía la
.
—Hermana —dijo frunciendo el ceño—, yo empujo y empujo, pero me hace daño, me escuece. ¿Qué podemos hacer?
—Pues parar. —Palpé su : la piel, echada hacia atrás, formaba una
especie de rodete del que sobresalía, media pulgada, la cabeza. Ya
no sabía qué hacer ni qué decir. Al final, propuse—: Si la
ensalivaras, seguramente nos dolería menos.
Así lo hizo, y el consejo dio resultado, ya que esta vez entró
al primer intento. La saliva posee la virtud de abrir las puertas
mejor cerradas, y ya no sentía mi lastimado traspasado por el
fulgurante dolor.
—¡Espera!
—Con saliva, esto entra de maravilla, ¿por qué esperar?
—Porque me duele.
—¿Te duele? No deberías haberme forzado a hacerlo.
—Y tú no deberías haber empujado tan fuerte —repliqué—. Tienes que forzar la entrada, pero con delicadeza.
—¿A qué te refieres con forzar con delicadeza? —preguntó Huimin.
—Con la siempre bien rígida —dije—, debes moverte
hacia atrás con delicadeza, y luego hacia delante, empujando cada
vez más hacia dentro; luego, una vez en esta estrecha entrada,
debes moverte hacia delante y hacia atrás con mucha suavidad.
Huimin empezó a moverse torpemente dentro de mí, por lo que
pronto tuve el totalmente dolorido.
—Más despacio —le pedí.
Fue más agradable, pero aunque su saliera con menos prisa y entrara
delicadamente, el dolor persistía y me dejaba sin respiración, como
cuando te atragantas al comer algo. En fin, no era en absoluto
placentero. Huimin dijo:
—Si quieres que te la meta, yo te la meto. ¡No te puedes imaginar el hormigueo que siento en la polla!
Yo pensaba: «¿Por qué a él esto le produce hormigueo y a mí no? ¿Me habrá engañado mi vecina?».
—Hermanito —le dije—, este vaivén me atormenta, renuncio.
—A mí en cambio me gusta mucho —protestó—. Por favor, continuemos.
El
me dolía muchísimo, me sentía muy desgraciada y ya estaba harta. A
Huimin, por el contrario, le producía un gran placer estrecharme
entre sus brazos y suspiraba: «¡Excelente, excelente!». Su
no
medía más de dos pulgadas; larga como un dedo, apenas entraba hasta
la mitad, pero me dolía terriblemente; empezaba a pensar que la
de los
jóvenes, sea grande o pequeña, no se puede soportar. En ese
momento, mi hermana se dio la vuelta y a punto estuvo de
despertarse. Con un gesto brusco, alejé de mí a Huimin. Se levantó
y fue al retrete. Cuando regresó, su polla parecía un gusano de
seda muerto; había perdido su belicosa rigidez.
—Si mi hermana no hubiera estado a punto de despertarse —le dije riendo—, me hubieras faltado gravemente al respeto.
—Querida hermana —dijo—, me has enseñado algo que ignoraba, me has instruido con benevolencia y has disipado mis inseguridades. No sé cómo expresarte mi gratitud.
—Idiota —le respondí—, dejémoslo por esta vez; tendremos otras noches para volver a intentarlo.
Huimin asintió y se quedó dormido sobre mi hombro. Sus desordenados cabellos le cubrían los ojos y me picaban en el brazo y el pecho.
A la mañana siguiente, en el colegio, Huimin les contó a sus compañeros de clase:
—Esta noche he dormido con mi prima mayor; me ha cogido la polla y me ha obligado a metérsela. Y mete y saca, y mete y saca… ¡Parecía un monje borracho titubeando delante de la puerta del templo!
Sus condiscípulos le rodearon.
—¿De verdad que tu prima ha querido que se la metieras? ¿Ha querido que la ensartaras? Tienes que clavársela hasta el fondo y que ella se humedezca. Otro esfuerzo más y lo conseguiréis.
—Vale —dijo Huimin.
Llegó la noche. Yo ya estaba en la cama con mi hermana cuando Huimin se reunió con nosotras.
—¡Ah, no! —gritó mi hermana—. No me ha dejado dormir en toda la noche. ¡Que se vaya a dormir a otra parte!
—Se movía —repliqué— porque extrañaba la cama, pero ya verás como esta noche no volverá a ocurrir.
Huimin insistió:
—Como dormí con vosotras, ayer no pasé miedo; tened compasión de mí, queridas primitas, hagamos como ayer.
—Si lo repetimos, no dormiré bien.
—Te prometo que no será así —aseguró Huimin.
Al final dormimos como la noche anterior, con la única
diferencia de que mi hermana y yo nos colocamos pies contra cabeza,
ella lo más alejada posible. Nada más meterse en la cama, Huimin
posó su mano en mi Pero yo, viendo que mi hermana no estaba
todavía dormida, se la aparté. Después de haberse complacido un
rato en mantener la dureza de su
con la mano, Huimin me pidió:
—Hermana, túmbate y deja que me suba encima de ti.
—Ayer por la noche fue demasiado desagradable —le respondí—. Por otra parte, no deberías acostumbrarte.
—¡Pero si fuiste tú quien te empeñaste! ¡Ahora no puedes echarte atrás! Además, si tanto te desagradaba, ¿por qué lo hiciste?
¿Qué podía decir o hacer yo, sino abrazarle y atraerle hacia mí?
Primero, Huimin la untó con saliva, de manera que la entrada
resultó mucho más fácil que la víspera, el pasaje más transitable y
el dolor menor. Así, empujando cuanto podía, se abrió camino mucho
antes que la noche anterior. De pronto me asaltaron de nuevo el
dolor y la insatisfacción. Me apretaba tanto, y me hacía tanto
daño, que tomé su con la mano para tratar de detenerla;
pero Huimin empujó más fuerte y su
entera desapareció dentro de mí sin
que pudiera agarrársela. Una vez dentro, el dolor me atenazaba.
Cómo último recurso, le increpé:
—¡Mala bestia, so bruto!
—Cuando el general está en campaña —respondió Huimin—, no siempre puede someterse a las órdenes del príncipe.
Empezaba a arrepentirme de mi osadía. ¿Por qué debía infligirme a mí misma tal sufrimiento? ¿Por qué obstinarme en sufrir? Sin embargo, Huimin continuaba.
—Sólo entrarás una pulgada —protesté—, con eso será suficiente; no seas tan brusco.
Templó su ardor, pero siguió penetrando hasta el fondo sin contemplaciones. Aun así, debía sentirme afortunada de que su chisme no fuera ni de los más gruesos ni de los más largos. Su insistente movimiento me producía tal dolor y tormento que pensé en renunciar, pero, en ese preciso momento, ante mi sorpresa, a Huimin le invadió una nueva vehemencia.
—Para ser un principiante, sabes librar una batalla —comenté—. ¡No me extraña nada que te llamen Vivo Espíritu!
Ese mequetrefe de Huimin ya me había infligido más de doscientas
embestidas y, lejos de detenerse, sentía su ardiente y
palpitante. La notaba como si estuviera a punto de orinar, como si
tuviera una urgencia. Hinchada, impaciente, llenaba por completo mi
pequeña raja. Mas ¡ay!, ¡aquello ya no tenía nada que ver con los
juegos del principio! Se había convertido en un auténtico
suplicio.
—¡Sal! —le pedí.
—¡Ah, no!, noto un hormigueo delicioso, delicioso…
—Me duele demasiado. —Pero él no me escuchaba y me infligía unos golpes terribles. Ya no podía soportarlo más. Las lágrimas me asomaron a los ojos—. Me estás destrozando, no puedo más.
Huimin seguía sin hacerme caso y me embestía como un loco. Y yo, temiendo que mi hermana se despertara y se enfadara conmigo, nada podía hacer salvo morder la sábana y aguantar, haciéndome tardíos reproches.
—Qué extraño —dijo Huimin—. Siento en los riñones una acre quemazón, como una especie de fluido…
No sin inquietud, también yo había notado dentro de mí una especie de aspersión y, al mismo tiempo, una pizca de placer despuntando bajo el atormentador dolor. Huimin, jadeante, se desplomó sobre mi cuerpo. Enloquecida de dolor, le abracé estrechamente sin atreverme a moverme. (No hay de qué tener miedo).
—¿Qué ha pasado? —le pregunté.
—No tengo ni idea, pero no me puedo ni levantar; tengo la sensación de pesar mil libras. ¡Me has hecho realmente feliz!
—Tú estarás contento, pero yo no —dije con una dolorida sonrisa—. Sufro demasiado. ¡Jamás sabré qué es el placer!
Empujé a Huimin al otro lado de la cama. ¡Ay! Nada más sacar su
, ¡qué
frustración sentí en mi
! Era como si me faltara algo. Sin
embargo, seguía sintiendo la quemazón, los moretones y la sensación
de que me habían despellejado. La
de Huimin había perdido parte de su
arrogancia. Se la limpié con mi pañuelo y luego me limpié yo. Nos
dormimos abrazados, su pecho contra el mío. Le amaba con toda mi
alma.
—No he sentido placer alguno —le dije—, pero no te guardo rencor.
Huimin, en cambio, estaba tan satisfecho que no me habría dejado
ni de noche ni de día. Por la noche paseábamos abrazados a la luz
de la luna. Huimin no se portaba bien. Por todos los rincones, me
metía la mano en el . ¿Cómo podía oponerme ahora, si antes se
lo había permitido? Por las noches, quería a toda costa poseerme.
La unión ya no me hacía sufrir; me penetraba durante un largo rato
y un delicioso rocío me humedecía. A mi vez, empecé a sentir deseo
en el
;
le fui tomando gusto. Se me antojaba un juego muy agradable. Mi
vecina me había hablado de cierto calor en el
, de cierta
excitación, y así había sido. Después de haber sido trabajado de
forma ininterrumpida durante diez días, mi
podía ser penetrado
hasta el fondo sin que me produjera dolor alguno. Apenas atardecía,
empezaba yo a pensar en lo que iba a venir; y, llegada la noche,
Huimin me ponía en movimiento.
Al examinarme el , me di cuenta de que en él ya podía
entrar un dedo; ya no era un capullo cerrado. Una noche abrí los
ojos y me encontré con que Huimin trataba de poseerme de nuevo. Me
presté de buen grado, pero he aquí que mi hermana se despertó y se
levantó para ir a hacer una pequeña necesidad. Al ver la cama
revuelta, se extrañó; tendió la mano hacia mí y tocó nuestras
piernas enlazadas.
—¿Por qué dormís así? —preguntó, riéndose.
Entonces le susurré a Huimin que gimiera para engañar a mi hermana.
—Le duele la tripa —dije—; le he dado unos masajes y le he tapado con la manta, pero no ha sido suficiente; así que he pensado calentarle sobre mi vientre para protegerle de las corrientes de aire. ¿Lo ves?, ya está mejor.
—Eres un médico excelente —dijo ella sin dejar de reír, y se volvió a dormir.
Como yo estaba todavía excitada, invité a Huimin a que continuara donde nos habíamos quedado. No necesitó que se lo repitiera dos veces. Y de nuevo la cama empezó a temblar, los ganchos de la cortina a entrechocar, con lo que mi hermana se despertó: «¡Aquí es imposible dormir!». Entonces pensé que era mejor no seguir insistiendo, y nos dormimos abrazados. Por desgracia, mi hermana, descontenta de aquellos súbitos despertares, se quejó al día siguiente a nuestra madre:
—Por la noche, Huimin duerme con nosotras, pero la cama es estrecha, estamos muy apretados y yo no consigo descansar.
Mi madre no daba crédito a sus oídos.
—¿Quién os ha dicho que durmáis juntos?
—Ha sido idea de él, y Ana se lo ha permitido.
Mi madre habló con mi padre.
—Huimin se está haciendo mayor, temo que le vengan malos pensamientos; Ana también está creciendo, tienen más o menos la misma edad. Convendría separarlos, y Huimin debería dormir fuera de casa.
—Es cierto —asintió mi padre.
Ese mismo día, vi cómo se llevaban la cama de Huimin. ¡Qué desesperación la mía! Sabiendo que la causa de todo esto eran las habladurías de mi hermana, la odié a muerte; no obstante, debía simular que seguíamos siendo íntimas. Desde entonces, Huimin no volvió a dormir con nosotras. Nos veíamos durante el día, pero, desde que mi hermana había hablado, las malditas sirvientas no cesaban de vigilarme. Como no me atrevía a abordarlo, y la tristeza me consumía, le escribí estos versos:
Ya no soporto la blanda almohada
ni la manta que me tapa;
mi bello amigo se fue
antes del amanecer.
Huimin los apreciaba mucho y los llevaba siempre en el bolsillo. No obstante, llegó el momento en que tuvo que volver a casa de sus padres. Me pasaba las noches pensando en él, empapaba de lágrimas la funda de la almohada; lloraba incluso lágrimas de sangre, tanto que mis ropas se teñían de rojo.
A los catorce años me convertí en una lánguida belleza; también mi hermana se había vuelto delicada como una perla. Competíamos para ver quién de las dos vestía más a la moda. Si yo decía: «Yo soy la famosa favorita Feiyan y tú eres su hermana Hede», ella me seguía el juego y me respondía: «¿Te acuerdas de Sheniao y de Chifeng, sus amantes?». Entonces yo le tapaba la boca y continuaba: «Un día, tras el velo de las siete flores, servirás al emperador la poción fatídica, ¡qué vergüenza!».
Pasaron tres años. Yo estaba a punto de cumplir los dieciocho. Aún no había olvidado los abrazos de Huimin ni aquel delicioso ardor que sentía cuando me poseía. Ahora bien, uno de nuestros viejos sirvientes tenía un hijo, llamado Jun, que era más o menos de mi edad. Era bastante bello y estaba dotado para el canto. A mi padre le caía tan en gracia que lo había convertido en su sirviente personal. Pensé: «Lo que perdí al irse Huimin puedo volver a encontrarlo en él». Empecé a llamarle desde la ventana y a lanzarle alguna que otra indirecta. El astuto me pellizcaba la palma de la mano o me sacaba la lengua. Cuando le pregunté por qué me sacaba la lengua, se limitó a responderme: «Muérdemela», y yo se la mordí. Luego me pidió que sacara la lengua a mi vez. Lo hice, y él me la chupó, aspirándola: descubrí los besos. Pero después, al oír que se acercaba alguien, nos separamos.
Realmente, no iba a ser fácil encontrar la ocasión de acostarnos juntos.
Bordé para él un saquito que olía a violetas. Por su parte, él me regaló un estuche para los afeites que me entusiasmó. El quería que nos viéramos a solas, pero mi hermana no se separaba de mí ni un instante. Quedamos en vernos al anochecer en un lugar retirado. Y allí estaba él, a la hora. Creyendo que hallaría a su lado los mismos placeres que con Huimin, me apoyé en una columna y dejé que mi pantalón se deslizara para recibirle. Pero él me poseyó de una forma tan brusca, tan brutal que me asusté.
—¡No, no! ¡Con suavidad! —exclamé, mientras él, sin ningún cuidado, me penetraba salvajemente causándome un dolor insoportable—. ¡Detente!
—Señorita, usted lo ha querido. Ahora ya no podemos echarnos atrás —dijo mientras me embestía con un furor cada vez mayor.
Me dolía tanto que se me saltaron las lágrimas, pero el insensible muchacho siguió embistiéndome aún más fuerte. «Te lo suplico…», le pedía yo. Pero él no respondía: ¡me había levantado una pierna y se aferraba a mí con una furia incontenible! Grité pidiendo ayuda. En esas, oyó una voz, y tuvo que desistir. Me subí el pantalón y huí hacia la casa; Jun me pisaba los talones, pero no consiguió atraparme otra vez. Estaba cubierta de cardenales. «Has jugado con los bigotes del tigre. Poco ha faltado para que…», me dije. Y juré que no volvería a dejarme poseer por ningún hombre.
Ese mismo año me casaron con un joven de la familia Luan, uno de cuyos antepasados había sido un gran dignatario de Jin. Mi suegro se llamaba Rao y tenía tres hijos. El primogénito, Keshe, formaba parte del colegio imperial; el segundo, mi marido, se llamaba Keyong y era profesor particular; Ketao, el menor, estudiaba en una academia militar. Mi relación con Huimin y la agresión de Jun me preocupaban: ¿qué sucedería si mi marido se daba cuenta de que él no era el primero?
¡Ay, qué daño me hizo al montarme! Aunque la cabalgada le resultó fácil (no cabe duda: es un bobo), gemí, grité y me retorcí de tal manera que no dudó de mi virginidad y me alabó muchísimo.
—Me ha tocado en suerte una joven tan modesta como virtuosa. Sin duda será una mujer perfecta y una excelente esposa. (¡Fatuo, pedante y ridículo! ¡Y se hace llamar profesor!).
Escuché aquellas apreciaciones con una actitud confusa, de complacida turbación, y manifesté tanto respeto hacia mi suegra que toda la familia empezó a quererme y a cantar mis alabanzas.
Al cabo de un año mi marido tuvo que trasladarse a otra provincia por motivos de trabajo. Conocí el aburrimiento y la soledad. Y a pesar de que mi cuñada me hacía compañía durante las comidas, me sentía cada vez de peor humor, y más triste e inquieta. Ahora bien, Keshe tenía un criado llamado Yinglang, Savia Generosa, de unos veinte años, de tez clara, y bello como Feng Zidu, de la dinastía Qin. Como Yinglang estaba aún en el período de aprendizaje, llevaba los cabellos recogidos y no se ponía sombrero. Yo, que me había fijado hacía tiempo en él, pensé: «Este podría ayudarme a distraerme». Un día en que me crucé con él, le hice una seña, y aunque estábamos a solas, no osó acercarse. Entonces le mandé a mi sirvienta Feitao, Rojo Melocotón, con este mensaje:
—Tu segunda señora quiere ser amiga tuya. Hace poco te ha hecho una seña y no la has entendido. Te ha llamado y no le has contestado. La señora está muy enfadada, corre a pedirle perdón.
—Aprecio mucho la benevolencia de nuestra señora —respondió Yinglang—, pero los aposentos de las mujeres están muy vigilados por dentro y por fuera; no pienso aventurarme a caer en un precipicio.
—La señora —repuso Feitao— se ha acordado de tu triste condición de huérfano; quiere alimentarte y vestirte, no te obstines en negarte.
—Puesto que la señora así lo quiere —accedió Yinglang—, y puesto que si no respondiera a su llamada, saldría malparado, acudiré, pero toda la responsabilidad será suya.
Y, de ese modo, decidió ir a verme. Yo acababa de despertarme de la siesta. Era un tibio día de primavera, corría una ligera brisa perfumada. Lánguida e indolente, estaba retocándome el peinado delante del espejo cuando apareció Yinglang. Al principio, un poco turbada, le cogí una mano entre las mías y le dije:
—Muchacho, ¿de qué tienes miedo? Te he invitado dos veces y no has venido.
—¡Oh precioso adorno del jardín de los inmortales! —respondió—, ¡preferiría morir como un miserable escarabajo antes que suscitar vuestra ira! Pero sólo con que os dignéis a ordenármelo, yo acudo, vuelo, sin perder un instante.
Le llevé detrás de la cortina, le quité la ropa, me desnudé y le abracé. Tenía el cuerpo blanco como la nieve; le lamí con la punta de la lengua hasta que el deseo me invadió. Abrí las piernas; la invitación estaba bastante clara… Su yang se había erguido y sólo tuve que guiarlo hacia su destino. ¡Oh, qué ardiente felicidad! Me entregué a él con todo mi ser; me abandoné. Yinglang me montaba con fogosidad, y yo, aunque aprecié su buena disposición, temía que su naturaleza fuera demasiado delicada, su constitución insuficiente, su vigor poco duradero, de todo lo cual dependía el alivio de mi larga soledad. Pero de súbito, como una ola precoz, Yinglang se derramó dentro de mí… Torpeza sin duda enternecedora, pero que de ninguna manera me satisfizo.
—No es que me esperase maravillas de tu primer servicio… —le dije—. En el gineceo vacío y silencioso, los días se suceden iguales e interminables. ¿Quién sino tú podrá lograr que sean más alegres?
Así fue como empezó mi relación con Yinglang. Todas las noches venía a mi habitación. Muy pronto nos abandonamos a la lujuria más desenfrenada. Todo mi cuerpo le pertenecía, y él hubiera muerto por mí. Un día en que paseaba sola por el jardín, cogiendo unas flores y prendiéndomelas en los cabellos, coincidí, ¡qué casualidad!, con Yinglang debajo de la pérgola. Quiso hacer el amor conmigo enseguida.
—No —le dije—, podría venir alguien.
—¡Que venga, no me importa! —repuso.
Para complacerle, me desnudé de cintura para abajo y él me poseyó de pie. Excitado por el reencuentro, Yinglang me infligió varios centenares de golpes y se vertió dentro de mí como un océano. Después se quedó inmóvil sobre mí, mudo.
—He creído —dijo al fin— morir de placer.
Yo, al haber estado tanto tiempo de pie y en aquella postura, me sentía flaquear y tenía los riñones destrozados. Estábamos así, apoyados el uno en el otro, cuando de pronto llegó un criado, llamado Datu, a quien yo nunca había tratado con demasiados miramientos. Apareció de modo tan repentino que no nos dio tiempo a escondernos; además, nuestra ropa se encontraba aún esparcida sobre los matorrales de alrededor. Aquel patán de Datu exclamó nada más vernos:
—¿Qué diablos estáis haciendo vosotros dos? ¡Yinglang, tal ofensa merece mil veces la muerte! Si no informo sobre lo que he visto, no podré seguir mirando a la cara a mi señor.
—¡Será mejor que te calles! —le grité, humillada y furiosa.
—No puedo negar mi culpabilidad —dijo Yinglang—, pero concédenos tu indulgencia y te dejaré compartir los favores de nuestra señora.
—En ese caso —dijo Datu lleno de regocijo—, no despegaré los labios, mantendré cerrada mi boca como una botella lacrada.
Y se dispuso a poseerme. La situación era de lo más penosa, pero ¿qué podía hacer, salvo apretar los dientes?
Me coloqué sobre las rodillas de Yinglang, y éste, ya ducho en los placeres del patio trasero, se humedeció la polla con saliva y me la introdujo por la puerta de atrás, mientras que por delante me penetraba aquel grosero, salvaje y devastador animal de Datu. Su miembro era mucho más grueso que el de Yinglang, pero si con este último ya se había establecido una armonía de sentimientos, el otro aprovechaba las circunstancias para abusar de mí. Si bien me sentía íntimamente unida a Yinglang, el otro, sencillamente, me violaba, por lo que yo no experimentaba placer alguno, sólo la sensación de que me violaban y pisoteaban por dentro.
Datu me tomó las mejillas entre sus manos y me dijo con su estrepitosa risa:
—Si no os hubiese sorprendido in fraganti, ¿os hubierais mostrado tan amable?
—¿No te basta con poseerme? —contesté, humillada—. Ahórrame tus comentarios.
Pero a él, evidentemente, no le había bastado, porque trató de besarme a toda costa en la boca. El aliento le apestaba tanto a cebolla y a vino que a punto estuve de asfixiarme. Me protegí con la manga y él me la apartó; me volví hacia Yinglang, pero Datu me obligó a darme de nuevo la vuelta, siempre tratando de besarme los labios; si yo giraba la cabeza hacia la izquierda, él me imitaba, y lo mismo hacía cuando trataba de girarla hacia la derecha. De pronto, cuando llevábamos ya un buen rato con este tejemaneje, oímos toser a alguien. Datu me soltó enseguida. Recogí como pude mi ropa y huy sujetándome el pantalón con las dos manos. Todavía no me había atado el cinturón cuando, al doblar la esquina del pasillo, me tropecé con mi cuñado Keshe, quien, mirándome extrañado de arriba abajo, me preguntó:
—¿Dónde vas con tantas prisas y con tantos nervios, querida cuñada?
Yo, profundamente avergonzada, abrí las manos sin darme cuenta ¡y se me cayó el pantalón!
—Cuñada —me dijo, estallando en una carcajada—, tú me escondes algo.
No respondí y, tras ponerme el pantalón, quise huir, pero él ya estaba sobre mí quitándome el pantalón.
—Si no me concedes tus favores, se lo contaré todo a mi hermano.
—Si se lo cuentas a tu hermano —le dije—, yo se lo contaré a mi cuñada. (Respuesta inmediata en el mismo tono; la cosa se pone interesante).
—¿Y qué le dirás?
—Que has intentado acostarte conmigo.
—En realidad, todavía no ha pasado nada; en todo caso, se lo podrás contar luego. (Tiene la lengua ágil; no cabe duda de que es un alumno del colegio imperial).
Me eché a reír, y él me imitó. Le di la espalda, él se colocó detrás de mí, me levantó la ropa y me separó las nalgas para penetrarme mejor. Me incliné para recibirle. Me introdujo su polla entre las piernas y notó los líquidos que Yinglang y Datu acababan de derramar. Keshe retiró sus dedos pringosos.
—¿Quién ha escupido aquí? ¡Me he ensuciado las manos! —exclamó, limpiándose en mi pantalón.
—¡No me manches la ropa! —me quejé.
—Tu cuerpo ya está sucio, ¿qué más te da?
—¿No te basta con follarme?, —repuse, vejada y ultrajada—. ¿Por qué tienes que insultarme? ¿Cómo puedes ser tan insensible?
Y tirándole al suelo de un firme empujón, intenté huir hacia mi aposento. Por desgracia, él consiguió asir un extremo de mi cinturón y me retuvo. Después se echó a mis pies y empezó a suplicarme: «¡Por favor, perdóname, no era mi intención faltarte al respeto!». Al ver que yo no me dejaba engatusar, trató de utilizar la violencia para doblegarme.
—¿De verdad que no quieres? —gritó arrancándome un trozo del vestido.
—¡No!
—¡Aquí está la prueba! —dijo mientras se alejaba agitando el trozo de tela—. ¡Ten por seguro que esto se sabrá!
Entonces le hice una seña con el dedo para que se acercara. Volvió muy contento. Llegada a ese punto, ¿qué otra cosa podía hacer salvo someterme a su voluntad? A decir verdad, creía que la polla de mi cuñado tendría más o menos las mismas dimensiones que la de Yinglang. Pero no me imaginaba en absoluto, una vez que Keshe estuvo sobre mí y me penetró, que sobrepasaría incluso a la de Datu. Aquí, yo ya no daba la talla. Le interrumpí: «No entres más». Pero mi cuñado, loco de deseo, se afanó con mayor vehemencia. Me hacía daño, y al mismo tiempo sentía la proximidad del placer. Si luego me iba a satisfacer, ¿qué más me daba que en el ínterin me hiciera daño? Así pues, le dejé hacer, hasta que su semen se derramó a raudales dentro de mí. Su chisme volvió a convertirse en un trapo incapaz de repetir la proeza. Entonces me soltó, y me fui.
*
«Se ha hecho tarde», se interrumpió la anciana, «hoy no me dará tiempo a terminar mi relato. Si volvéis mañana, podremos continuar». «¡Por supuesto!», respondió Qiongke; «volveré con mucho gusto». Y con una inclinación se despidió.
La historia cuenta que al día siguiente la señora Shangguan continuó su relato en el punto donde lo había dejado.
«Ayer», dijo, «no terminé mi relato, aquí está la continuación».
*
Datu me había poseído por la fuerza y Keshe me había doblegado mediante chantaje. Todavía hoy no consigo perdonarles. Mi marido se ausentaba de casa cada vez más a menudo. A veces partía con Keshe, pues éste había sustituido a mi suegro en los negocios. Por su parte, la mujer de Keshe, de soltera Sha, era muy bella. Yo había observado que no mantenía ninguna relación ilícita; de manera que, durante los viajes de su marido, tanto por la mañana entre las flores del jardín como por la noche, a la luz de la luna, daba unos profundos y melancólicos suspiros, comía poco y dormía aún menos.
En determinado momento, nuestro suegro, cuya esposa estaba gravemente enferma, empezó a concebir, pensamientos malsanos hacia su nuera Sha. Una mañana, esperó el momento en que ella solía lavarse; se acercó sin hacer ruido mientras ella se estaba aclarando con agua la cara, y le asió con fuerza una mano. La señora Sha volvió la cabeza, sorprendida, y reconoció a su suegro. Hubiera deseado ponerse a gritar, pero permaneció muda de vergüenza. Sin perder un segundo, el suegro le deslizó una mano sobre el pecho.
—¿Qué le pasa? —gritó ella, tirándole agua en la cara.
El le respondió citando dos versos de la famosa escena en la que Wu Zetian seduce al futuro emperador Gaozong:
—«Antes de la augusta unión del viento
y de las nubes,
»en este tazón de oro se me concede la lluvia
y el rocío.
(Comentario del señor Furong: tirar agua a la cara es ya una clara invitación; ¿para qué tantos cumplidos? Y del maestro Qingzhi: «Todo el encanto reside en eso: en contar unos amores secretos»).
Como al suegro no le faltaba fuerza, arrastró a Sha hasta la cama. Aunque ella se debatía, era el momento propicio, pues no había nadie por los alrededores. «Abuelo, ¿qué quiere hacerme?», repetía ella, presa del pánico. Y él, postrándose a sus pies, exclamó:
—¡Ten piedad de mí! (¡Qué pasión!).
Y deslizando su mano bajo el vestido, le buscó la raja. (¡Qué impaciencia!). «Se lo contaré todo a su mujer», decía Sha. Y él respondía: «¡Yo te casé y yo te follaré! ¿Qué tiene de malo?». En esto, aferró las piernas de Sha y se las apoyó en sus costados, hundió en su barba el rostro de la desgraciada, sofocada y reducida al silencio, y se dispuso a saborear una segura victoria.
Las cortinas de la cama estaban echadas. Ahora bien, como yo quería hablar con Sha, y la sirvienta me había dicho que estaba en su habitación, entré. Enseguida me di cuenta de que la cama chirriaba y las cortinas se movían. Me entró la risa y pregunté:
—¿Estará soñando la señora que su marido está de vuelta?
Descorrí las cortinas y vi el espectáculo: mi suegro, completamente desnudo, estaba encima de Sha, también desnuda. (¡Qué encantadora escena!). Me eché a reír y quise retirarme (¡si se ríe, es que ella también tiene ganas!), pero mi suegro me agarró del vestido, mientras Sha gritaba:
—¡Que participe también mi cuñadita! ¡Hay que cerrarle el pico de algún modo!
—Pero ¿te has vuelto loca? —le repliqué (Discutir en un momento así equivale a aceptar la situación)—. ¡Eres una pervertida y quieres corromperme a mí también! ¿No es suficiente con una?
Mi suegro saltó de la cama y me agarró, con el atributo masculino bien a la vista. Me cubrí el rostro y dije riendo:
—Acabaré pensando que son ciertas todas esas historias que se cuentan sobre el incesto.
Sin embargo, a pesar de todos mis esfuerzos, no lograba librarme de ninguno de los dos: por una parte, mi cuñada me tiraba hacia ella, ¡y por otra, mi suegro me empujaba por detrás! Así que, sin saber cómo, me encontré tumbada en la cama.
—¡El abuelo me deshonra —grité—, mi cuñada me traiciona! ¡Así es como se comportan los seres humanos! —Pero, al tener la barba de mi suegro pegada a mis labios, no podía proferir sonido alguno.
—Como parientes próximos que somos (buen razonamiento), ofrecer tu cuerpo al abuelo —me decía Sha— no es otra cosa que amor filial. (Bendita muchacha).
Me eché a reír de nuevo.
—¿Cuándo se ha visto que el padre hurgue en el mismo agujero en el que hurga el hijo? En caso de embarazo, ¿deberá hablarse de hijo o de nieto?
—¡Bellezas, vosotras sois mis dos esposas! —se regocijaba mi suegro—. Mi mujer ya no cuenta, porque está demasiada enferma, y mis dos hijos no son más que unos tunantes. (Así se expresa el incestuoso).
Me di cuenta de que mi cuñada había perdido todo su recato, y yo misma, en un momento de abandono, dejé que la lengua de mi suegro se introdujera en mi boca. Era tan larga y espesa que casi me ahogo, y ni siquiera fui capaz de mordérsela. Por otra parte, su miembro podía tratar al de Datu de hermano mayor, al de Yinglang de hermano menor, y al de mi marido, como a un hermano de su misma edad.
El abuelo me penetró a mí primero, y después le tocó el turno a la señora Sha. No nos quitaba ojo a ninguna de las dos y no se entretenía demasiado con ninguna, temiendo que la otra aprovechara para escapar. Así, mientras me poseía, debía retener a Sha (ardua tarea), y no me soltaba cuando se dedicaba a ella. Pronto el deseo me inundó, no veía la hora de que mi suegro me hiciera gozar; no soportaba la idea de que se separara de mí y derramara su semen en otra parte. En cuanto sentí que aceleraba el ritmo de sus embestidas, le abracé con todas mis fuerzas; él hubiera deseado verterse en el cáliz de Sha, pero no pudo escapar a mi abrazo. De hecho, segundos más tarde, y en forma de largos chorros entrecortados, mi suegro me gratificó a mí, y de forma abundante, con su delicioso semen.
Nuestro suegro era un hombre de avanzada edad; habiendo ya descargado, no pudo repetir la hazaña con Sha. Antes, mientras la había cabalgado, ella había levantado las piernas y se había colgado de su cuello; yo, en cambio, había levantado los riñones y le había ofrecido la lengua. (Embriagadas, locas de felicidad, parecen insaciables). Así pues, Sha y yo nos habíamos visto la una a la otra en las posturas más impúdicas sin por ello sentirnos ridículas. Sólo nos preocupaba que nuestro suegro no consiguiera satisfacer a ambas. Su yang, que en un principio nos había parecido robusto, al final resultó ser más débil de lo esperado. Carecía de esa potencia que derriba montañas y agita océanos. (Es inútil, a las mujeres lujuriosas nada les parece bastante). Entonces le hice a Sha este razonamiento:
—Mi querido esposo también se halla lejos; estoy siempre sola y melancólica; no tengo a nadie a quien querer. (¿Y Yinglang?). Ofendería a mi dignidad si mirara a algún criado falto de escrúpulos. Y si buscase un amante fuera de casa, se sabría enseguida. Por otra parte, nuestra suegra está tan enferma que nuestro suegro ya no puede recibir nada de ella. En cambio, nosotras somos jóvenes y bastante bellas; si nos entregamos por turno a nuestro suegro, nadie lo sabrá. (Dos cuñadas desperdician su belleza, y nadie podrá borrar tal bajeza). ¿No te parece un plan perfecto?
—Lo único que temo es que te pongas celosa.
—¿Celosa? ¡Pero qué dices!
—Te he visto —continuó Sha—, mientras el aguijón del abuelo te traspasaba tan deliciosamente. Había de sobra para satisfacer a otra hambrienta (no cabe duda), ¡pero no se te ha pasado por la cabeza compartirlo conmigo! ¡No le hubieras soltado por nada del mundo! Con el pacto que me propones, ¡tú beberás siempre y yo me moriré de sed!
—Tienes razón —admití enrojeciendo—. Con la excitación del momento, me hubiera costado renunciar. (Gran sinceridad). Pero si al abuelo se le hubiera levantado otra vez, te aseguro que te lo habría cedido.
Al final acordamos que nos entregaríamos a él por turno, una los días pares, y otra los impares.
Una mañana, mientras estaba yo en el baño y los criados se hallaban aún en sus cuartos, mi suegro, descalzo y despeinado, vino a llamar a mi puerta. El pestillo no estaba echado; entonces empuja el batiente, entra y me ve desnuda en el agua: «La flor de loto navega sobre la ola…», comenzó a recitar con un magnífico humor. En un abrir y cerrar de ojos me sequé, me tumbé sobre el lecho y esperé a que se subiera encima de mí. Una vez satisfecha, le pregunté:
—Abuelo, usted que me quiere tanto, ¿no nota ninguna diferencia entre Sha y yo?
—Sha —dijo— tiene treinta años. Su gruta oscura es ancha como el río Amarillo, como el afluente Han. (Conversación llena de cálculos aproximados). ¡No tiene ni punto de comparación contigo! Cuando mi lanza se presenta en su entrada, es una riada, un torrente cenagoso en el que, lejos de la ribera, pierdo pie. Tú, en cambio, eres siempre nítida, clara y fresca.
No obstante, yo no ignoraba que mi pasaje había perdido su estrechez y que cedía tan pronto como la dura espada se hundía en él. Pero mi suegro había hablado muy claro y no cabía duda: yo era su preferida.
Así pasaron varios años. Cuando mi marido volvía a casa, el abuelo dedicaba todas sus atenciones a Sha; y cuando mi cuñado Keshe regresaba, era a mí a quien rendía homenaje. Suspendido o reanudado según las circunstancias, nuestro acuerdo resistió la prueba del tiempo. Sin embargo, nuestro suegro se mostraba menos solícito a medida que envejecía, lo que me disgustaba tanto que busqué de nuevo las atenciones de Yinglang. Entretanto, al ver que la salud de mi suegra empeoraba, decidí consultar el oráculo. Yinglang me aconsejó:
—En el barrio este, en el templo de la Vacuidad, las palabras del dios son muy verídicas, ¿por qué no os dirigís a él?
Al día siguiente, vestida como convenía, me dirigí al templo en un palanquín llevado por dos viejos criados; Yinglang, por supuesto, iba detrás. Después de cumplir mis deberes religiosos, rogué a un monje del templo que preguntara a la divinidad. ¿Cómo podía prever que ese monje, llamado Ruhai, era un antiguo conocido de Yinglang y que, nada más verme, se despertaría su lujuria adormecida? Quería hacerme suya, y buscó la complicidad de Yinglang. Este le dijo:
—No será difícil; bastará con que la retengas ofreciéndole una comida frugal y tendrás ganada la partida.
Seguro del éxito, Ruhai se acercó a mí.
—Los presagios son muy favorables —me dijo—, la enfermedad no es preocupante, el estado de la paciente mejorará en diez días. —Y cuando, ya tranquilizada, estaba a punto de retirarme, añadió—: ¿Aceptaría nuestra bienhechora una humilde colación a base de verduras? (Por supuesto, tras las verduras, ella podría comer carne).
Decliné la invitación alegando, con mucho apuro, que mi ofrenda había sido muy escasa y que, en todo caso, era yo la que estaba en deuda. (Podrías pagar el incienso del templo con eso que tienes entre las piernas, donándoselo tal vez al aquí presente). Yinglang salió entonces en ayuda del monje.
—El camino es largo, los porteadores tienen hambre; ya que el venerable sacerdote os lo ruega, deberíais aceptar su colación. Podréis satisfacer en otra ocasión la deuda. (¿Por qué en otra ocasión, cuando ella puede pagar al contado y en especies?).
Así pues, acepté y les seguí hasta la habitación de oraciones del monje.
—Señora —me dijo Yinglang—, dado que tomaréis aquí vuestro almuerzo, vuestro criado y vuestros viejos sirvientes comerán en la cocina del templo. (¡Traicionar al amo es el peor de los delitos!).
Y antes de que yo pudiera responder, ya había salido y Ruhai había cerrado la puerta. Por supuesto, no me había pasado desapercibido que Ruhai era un muchacho joven y bello; le encontraba muy de mi agrado, pero temía ser descubierta por Yinglang; sin embargo, ¿cómo podía imaginar que eso era precisamente lo que Yinglang quería? Entretanto, Ruhai, fuera de sí, me había cogido por el cuello y me suplicaba que le amara. (¡Así es como se hace pagar el almuerzo!). Aunque yo ya había decidido ceder a sus ruegos, no dejé de provocarle:
—Me habéis invitado a una comida frugal —dije con una sonrisa—, y me imagino que desearéis compartir mi abstinencia.
Por toda respuesta, Ruhai comenzó a desabrocharme la ropa.
—Con la parte de abajo es suficiente —le dije. (¡Qué generosa!).
Me desató, pues, el cinturón y nos sentamos en el lecho destinado a la meditación. ¡Quién lo hubiera dicho! Habituado desde siempre a distraerse tan sólo con muchachos, no tenía la menor idea de cómo estaban hechas las mujeres, y llamó enseguida a mi puerta posterior. Yo, en cambio, sabía muy bien en qué consistía el amor entre muchachos; Yinglang lo había probado conmigo. Así pues, decidí no decir nada y dejarle hacer. El monje se ayudó con su saliva y lanzó su dardo impaciente. Sentí que me desgarraba. ¡Sólo me había metido la punta, y ya notaba un terrible dolor! Para hacerme callar, Ruhai me dijo:
—No hagáis ruido, el superior está en la sala de al lado. Si oyera algo, podría venir y descubrirnos.
Quiso continuar, pero yo no podía más; casi me ahogaba. Me volví con brusquedad y su polla salió de mí. Me protegí rápidamente con ambas manos, pero él me las apartó. Entonces traté de protegerme con la ropa.
—¡Cómo! —exclamó, alarmado—, ¿acaso todavía conserváis vuestra flor, para sufrir de forma tan cruel?
A pesar del dolor, no pude evitar reírme:
—No, ya no la tengo, pero vos, si bien parecéis tener alguna experiencia del mundo, no conocéis en absoluto el dao de las mujeres.
—¡Cómo!, —se sorprendió—. ¿El dao de las mujeres no es igual que el de los hombres?
—Levantaos —le dije—, os instruiré.
Pero, temiendo alguna estratagema por mi parte para escapar de él, no quería separarse de mí. Entonces le tomé una mano y se la guié hacia el punto justo. Ruhai me tocó y comenzó a creer; y, acercándose para verlo mejor, se quedó asombrado ante lo que descubrió. Maravillado, se inclinó y me rozó con los labios.
—¿Qué es? —exclamó (¡Una extraña maravilla! Bastante agradable para quien entra en ella)—. ¡Nunca he visto nada parecido!
—Es la puertecita de Buda —le expliqué—; y tu pequeño monje tiene que cruzarla; y, una vez dentro, viene y va…
Entonces Ruhai me levantó las piernas y se las apoyó en los hombros; y su pequeño monje entró en el templo. Y así es como fue iniciado en el dao de las mujeres. Ruhai estaba tan excitado que, tras algunas embestidas precipitadas, se vertió enseguida.
—¡Cómo! —dijo asombrado—. ¡Mi pasión no ha sido saciada, y ya ha finalizado todo! ¿Cómo es posible?
—Muy sencillo —le respondí—. A vuestro pequeño monje le ha bastado con ver la puerta de la taberna para embriagarse. (¡Qué frase tan ingeniosa!).
Ruhai no se resignó; hizo un esfuerzo por enderezar su miembro e intentó llamar de nuevo a la puerta ying, pero fue en vano. Al final, le aparté de mí, saqué un pañuelo para limpiarme y luego le limpié a él. Ya estábamos a punto de salir de la habitación cuando el superior surgió de pronto de detrás de las colgaduras de la cama (justo a punto), suplicándome que me uniera también a él. (Ella va a tomar una segunda comida frugal). ¿Cómo podía decirle que no? Pero tenía tanta prisa por irme que ni siquiera le pregunté cómo se llamaba. Obligada, así pues, sufrí sus asaltos tratando de que aquello acabara lo antes posible. Después fui a buscar a Yinglang, que parecía haberse esfumado. Al final lo encontré detrás de la gran sala del templo divirtiéndose con tres monjes jóvenes. (En lugar de comer en la cocina monacal, juguetea detrás del templo). Sin embargo, no le hice ningún reproche.
Con el paso del tiempo, Ketao, el hermano pequeño de mi marido, se había convertido en un atractivo joven, amable y apasionado; pero seguía soltero. Se había dado cuenta de mis relaciones con Yinglang y merodeaba a mi alrededor intentando tirarme de la lengua. Aunque yo le contaba vaguedades, él era muy astuto. Un día me dijo:
—Mi padre se mata trabajando de la mañana a la noche en su establecimiento, se informa de los precios del mercado y calcula los intereses y el capital. Mis hermanos, por su parte, también están muy ocupados. Mi madre está enferma y debe guardar cama. En casa, casi no tenemos sirvientas hermosas. Me pregunto dónde encontrará mi padre el placer.
Creyendo que había descubierto mis secretos, dejé escapar un comentario incauto:
—Sha es tan culpable como yo. ¿Por qué la tomas sólo conmigo?
En ese momento, Ketao, que no sabía nada, lo entendió todo y exclamó:
—¡Cómo! ¿Mi padre se divierte con las dos, y vuestro cuñado no puede permitirse el más mínimo incesto?
—En aquella época, tu hermano no estaba aquí —repliqué, roja de vergüenza—; pero ahora ha vuelto, así que no te hagas ilusiones.
—Sin embargo, hoy no está aquí —dijo Ketao—. Venga, entrégate; de lo contrario no sólo le contaré a mi hermano lo que haces con nuestro padre, sino que, además, querida cuñada, le diré que jugueteas con Yinglang.
—Hace mucho tiempo que te observo —contesté—, pero dudaba que fueras capaz de satisfacerme. No creo que me interese tener relaciones contigo. Por eso te he evitado hasta ahora; pero si debemos entablar una guerra, luchemos como es debido. Soy toda tuya. —Y diciendo esto, me estiré en la cama.
Yo suponía que la polla de Ketao no sería comparable con la de Datu, aunque al menos no se mostraría inferior a la de mi suegro; ¡pero cómo hubiera podido imaginar que sería aún más pequeña que la de Yinglang! Me entró la risa. Ketao, convencido de estar realizando no sé qué proezas y muy lejos de sospechar el ridículo que estaba haciendo, se entregaba, tendido sobre mi vientre, a apasionados vaivenes. ¡Su pilila era como un grano de mijo perdido en un vasto granero, como una pequeña esclusa extraviada en la inmensidad de un pantano! No estaba aún segura de que hubiera entrado en mí, cuando ya me estaba anunciando que había acabado. Me eché a reír de nuevo. Ketao envainó la lanza, ahora blanda e inutilizable. Sus débiles fuerzas, traicionando el ardor de su deseos, habían conseguido suscitar mi risa, pero no satisfacerme. A pesar de eso, se sentía muy orgulloso, y ni siquiera se dio cuenta de que mi placer era fingido.
Pasado algún tiempo, traje al mundo un niño. No sabía si era de Yinglang, de Datu, de uno de mis cuñados, de mi suegro, o de mi marido, o incluso de un discípulo de Buda… (Divertido). El niño no se parecía a ninguno de ellos en particular. (Demasiados padres para una sola madre). De alguno de ellos tenía que ser, pero nunca supe de cuál.
Mi hermana Xianjuan se había casado con un miembro de la familia Fei. Su esposo era un seguidor de Confucio. El y mi marido se entendían a la perfección, pues tenían las mismas ideas. (Dos hermanas y sus maridos; pronto formarán una sola familia). Yo veía a menudo a mi cuñado, y no podía dejar de apreciar lo alto y fuerte que era. ¡Por fin un hombre de verdad! Aparte de eso, su nariz, gruesa como un botijo, me daba que pensar: en ella reconocía el indicio indudable de una buena polla y me moría de ganas de cerciorarme. A través de Yinglang, comuniqué a Fei mis intenciones. Como era un hipócrita, la noticia le llenó de alegría. Una noche, mi marido invitó a cenar a Fei. Resultó que mi marido se embriagó en un santiamén. Rogué a mi cuñado para que se quedara a dormir en la biblioteca y, no bien mi marido empezó a roncar como un trueno, salí a la chita callando de nuestra habitación y me reuní con él.
Se quedó mudo de asombro y de placer. Me abrazó, me hizo sentar en sus rodillas con el rostro vuelto hacia él y, en menos que canta un gallo, ya estaba dentro de mí. En cuanto a las dimensiones… ¡estaba dentro de la media! Está claro que el dicho «Nariz grande, polla grande» sólo es una tontería. En cualquier caso, Fei la tenía dura, ardiente y, por descontado, muy limpia. Sentado muy derecho e inmóvil, me sujetaba con ambas manos y se limitaba a hacerme subir y bajar sobre sus rodillas. Por mi parte, movía agitadamente las piernas cuando era necesario, aumentando el placer.
—¡Ah!, querido cuñado —le dije—, tu forma de hacer el amor me embelesa.
Sonrió y, por toda respuesta, me hizo sentar dándole la espalda y me poseyó por detrás. Yo seguía subiendo y bajando, entregándome y meneándome lo mejor que podía para obtener el máximo placer. «¡Ah!, esta vez sí que voy a gozar», me dije. Pero, para mi gran pesar, Fei no pudo contenerse más y se corrió. Yo, como todavía no estaba satisfecha, no me levanté. Fei reinició el baile. Casi enseguida me sentí como en un mar tempestuoso, como si nubes de mosquitos me picaran por todo el cuerpo y me zumbaran en el oído. ¡Qué inexpresable gozo! Y mientras tanto pensaba: «En mi corazón también hay sitio para este amante». En ese preciso momento, Yinglang, consumido por el deseo, se acercó a nosotros:
—¡Rápido, el señor está a punto de despertarse!
—Que me lo haga otra vez —dije—, y luego le dejaré irse.
Fei quiso entonces que me apoyara en una silla y doblara la espalda. Me penetró de pie. Ya no jugaba a subir y bajar. ¡Esta vez se había puesto la armadura y apuntaba bien con su lanza! Con la cabeza agachada, yo miraba por debajo. Mis arrebatos, mis goces, satisfacían mis expectativas. Y Fei, de nuevo, inundó mi valle umbrío, como un cañón que dispara metralla desde lo alto de las murallas, ¡y os aseguro que alcanzaba muy lejos!
Después de esas dos descargas, y aunque sus deseos no se hubieran apagado en absoluto, noté en mi interior que el miembro de Fei había perdido poco a poco su fogosidad y ya no estaba erecto. Entonces me levanté y le dije riendo:
—Estás cansado; no sólo has disfrutado con la hermana pequeña, sino que también lo acabas de hacer con la mayor. Tu pasión es insaciable. Me has poseído sobre tus rodillas, me has poseído junto a una silla y has satisfecho todos mis deseos. Así pues, me despido de ti con gran respeto.
Fei no se atrevió a retenerme más tiempo. Detrás de la puerta, Yinglang me dijo:
—Concededme a mí también lo que tenéis debajo de la cintura. Os he estado mirando todo el tiempo y el deseo me ahoga.
—Por supuesto —dije—, tu mediación en este asunto merece una recompensa.
¡Quién hubiera imaginado que Yinglang, nada más montarme, se derramaría! Estaba avergonzado, pero yo le consolé:
—No te preocupes, mis encuentros con Fei serán sólo ocasionales. No se convertirá en mi amante fijo. Es cierto que no puedes compararte con él, pero siempre eres mejor que nada. ¡Y no te avergüences de ello!
A principios de otoño celebramos el cumpleaños de mi suegro. Para festejarlo, una semana antes Sha y yo hicimos el amor con él, a su salud. Llegado el día, sus hijos dieron un gran banquete para honrar la longevidad del jefe de la familia. Incluso se organizó un espectáculo en el patio. Los actores —que personificaban a héroes distinguidos, altos dignatarios, adivinos, payasos y atractivas bellezas— representaban la ópera de los Yuan. Seguí las escenas oculta tras una empalizada de cañas. En el papel de señorita, destacaba un actor llamado Xiangchan, Fragancia de Luna. Era bello, refinado y muy seductor, y por tanto el preferido de las familias nobles. Yo no podía apartar los ojos de él. La elegancia de su atuendo, los pliegues de sus mangas, sus cejas y sus ojos, como trazados con un pincel, me fascinaban: parecía una graciosa muchacha. (Así disfrazado, pasaría por tu hermana). Y cuando cantaba, su voz, elevándose límpida hacia las nubes, rivalizaba con los instrumentos de cuerda y de madera. Me había conquistado.
Como quien no quiere la cosa, ordené a mi sirvienta que le llevara una taza de té. Esta, inclinándose ante él, le dijo:
—Bebed, os lo ruego; nuestra segunda señora os envía este néctar.
En el fondo del tazón, yo había dejado caer un par de anillos de oro, un collar de perlas y un colgante de ámbar amarillo. Xiangchan entendió el mensaje, se bebió el té y recogió todo lo que yo había puesto en la taza, pero para no llamar demasiado la atención, no respondió enseguida a mi invitación.
En cierto momento del banquete, mi marido, no sé por qué, abandonó la mesa y salió fuera con uno de sus amigos. Acabada la ópera, y viendo que mi marido todavía no había vuelto (el cielo os une), envié de nuevo a mi sirvienta a decirle al cantante:
—Mi segunda señora os ruega que vayáis a enseñarle caligrafía.
—Perdonadme —respondió Xiangchan—, pero ¿cómo podría enseñarle caligrafía, si no sé?
—Son órdenes de la señora, obedeced —respondió la sirvienta.
—Si es ésa su voluntad, acepto. Pero ¿no me perderé en los pasillos? ¿Podré dar un paso entre toda esta gente sin que me entretengan? Y si me alejo, ¿qué pensarán los demás?
—Es verdad, hay mucha gente y además no sabéis el camino —dijo la sirvienta—, seguidme y yo os guiaré; en cuanto a los otros, si quieren sospechar, que sospechen.
Xiangchan se quitó la ropa de mujer y se vistió de hombre. Era joven y muy atractivo, ¡lo que se dice un buen bocado para cualquier mujer en edad de casarse! (No tiene nada que envidiar a los bellos Song Yu ni a Pan An). Mi astuta sirvienta volvió por fin en compañía de Xiangchan. Como era yo quien le había invitado, no creí oportuno manifestar ningún tipo de turbación o sorpresa, y le esperaba sentada bajo la lámpara, maquillada y arreglada. La sirvienta salió cerrando la puerta tras ella. Abracé a Xiangchan.
—Criatura de jade, ¿quién eres, el inmortal Wangzi Jin o Pan An?
—Sólo soy un viandante —me respondió—; si he entrado en vuestra estancia, es porque el cielo ha querido unirnos. ¿Qué más puedo decir? Mañana, pensando en esta noche, creeré que todo ha sido un sueño. (¡Pues claro! La vida es sólo un sueño).
—Si no me rechazáis —le dije—, ¡seremos el uno para el otro mucho más que una vaga imagen!
Me eché hacia atrás y levanté las piernas; Xiangchan no podía fallar un blanco tan fácil. (Ella sabe muy bien cómo hacerlo). No estaba especialmente dotado, aunque su miembro superara con creces al de Ketao. Cuando la tuve dentro, se movió como el badajo de una campana, por lo cual no me satisfizo en absoluto. Sin embargo, no me cansaba de mirarle a la luz de la lámpara, y su seductor rostro de gema bastaba para hacerme languidecer de amor.
Pasada una hora y acabado el trabajo, le dije lo siguiente:
—Querido niño, eres tan bello que te comería. Soy consciente de la indecencia de estas relaciones ilícitas, pero, si he querido hacer el amor contigo, es porque espero que nunca nos olvidemos el uno del otro. Probablemente no volvamos a vernos nunca. ¡Qué lástima! Jamás me consolaré.
—Me avergüenzo de no haber sabido satisfaceros (sólo una cosa puede saciarla), pues sé que me llamasteis para eso —respondió—. Sin embargo, veo que no me guardáis ningún rencor por mi conducta tan poco gloriosa. ¡Cómo no echarme a vuestros pies, cómo olvidar tal encuentro!
—Sí es así —dije—, nuestro afecto no desaparecerá. No lamentemos nada. —Y le di una horquilla de jade como recuerdo.
Después de esto viví inmersa en la apatía. Pasaron varios años sin que me sucediera nada interesante. Dos o tres viejos amantes se alternaron, cíclicamente.
El hijo que había tenido se llamaba Shenwu, Digno Sucesor. Creció y tuvo que empezar a ir a la escuela. Pero yo no quería que las malas compañías le distrajeran. (De hecho, es ella quien querría distraerse en compañía del maestro). Así pues, contratamos a un preceptor oriundo de Chaoge, provincia de Henan. Se llamaba Deyin, Voz de la Virtud, y se apellidaba Gu (aunque no hubiera contratado a un preceptor, seguramente habría echado mano de otro hombre); tenía unos treinta años y era bastante robusto. Se tomaba la educación de mi hijo muy en serio. Yo misma preparaba sus comidas. (¡Eh, querido preceptor!, ¿creías que te había hecho venir sólo para enseñarle a leer a su hijo?). Me moría de ganas de acostarme con él (con un marido no le basta), pero por miedo a que se fuera de la lengua, dudaba en descubrirle mis intenciones. Ese año, mi marido se encontraba lejos. Yo tenía algo más de treinta años. Mi belleza me estaba abandonando y mi falsa lozanía sólo se debía al maquillaje. Sin embargo, el deseo me acuciaba con más ardor que a los veinte años y, por la noche, no conseguía conciliar el sueño. Desde la boda de Ketao, me había instalado en el pabellón del oeste. Gu, en cambio, se alojaba e impartía sus lecciones en el pabellón del este. Sus ventanas estaban situadas frente a las mías. (Para reunirse no necesitaban el puente de garzas del boyero Niulang y la tejedora Zhinü). Durante mi aseo matinal, Gu me espiaba ansioso. Era verano, y con frecuencia se me veía el pecho o la ropa interior. (Yang, esposa imperial, descubre su pecho, «suave, tibio y delicado como la semilla del nenúfar, a An Lushan»). Todo eso contribuía a que aumentara la curiosidad del preceptor, que permanecía largo rato en su ventana. (La desea). Durante las lecciones, yo me sentaba a bordar junto a mi ventana. Gu no me quitaba ojo. «Bribonzuelo», pensaba yo, «seguro que estás tramando algún plan para conseguirme; ¿qué podría hacer yo para ayudarte?». Tenía a mi servicio a un muchacho llamado Lingcui, Cascabel; era muy ingenuo y hacía todo lo que yo le ordenaba. Le envié a presentar mis respetos al profesor.
—Dile a tu señora que su mensaje me ha llegado al corazón —le respondió Gu—; pero que, como tiene a su servicio a unas auténticas fieras (quienes trabajan de maestros tienen grandes aspiraciones, pero poca valentía), es mejor no aventurarse en la guarida del tigre, sino más bien esperar a que el dragón se quede dormido. (Tópicos de letrado, ¡qué pedante!)
Cuando Lingcui me hubo transmitido la respuesta, pensé: «Nuestro preceptor está en todo; mejor será empezar por una sirvienta». (Lejos de sentirse celosa, le envía golosinas). La mayor de mis sirvientas se llamaba Qinglian, Verde Loto, y era una muchacha muy lasciva; sería un buen cebo. La llamé y le ordené:
—Ve al pabellón del este y dile a mi hijo que venga a comer.
Nada más presentarse ante Gu, éste, intuyendo mi maniobra, se precipitó sobre ella. Al principio la sirvienta se debatió, luego le tomó gusto y se ablandó. (Ingeniosa). Después de haberla trabajado bien y de haberla satisfecho con creces, Gu le comunicó su deseo de «familiarizarse» también con su señora. (Si ésta entiende lo que quiere decir, estará de acuerdo).
—Mucho me temo —dijo Qinglian— que se muestre indiferente, pero haré todo lo posible por ayudaros.
Una vez de vuelta, Qinglian me dijo con complicidad:
—Creedme, el señor Gu es un finísimo letrado. (A buen embajador, pocas palabras bastan).
—Me apuesto lo que sea —repliqué, riéndome— a que te has revolcado con él. (¡Tú lo has dicho!). ¡Lo compartiré de buena gana contigo! (Bien compartido, felicidad general).
—Gu está loco por vos —me dijo entonces Qinglian, muy excitada—, si le concedierais vuestros favores…
—Pero ¿qué te ha parecido su aparato?, —quise saber. (Las mujeres las prefieren gruesas).
—¡Ah! —dijo—, tiene porte, apariencia y vigor; no, no es un rabo normal. En pocas palabras, ¡está dotado como un burro!
—Está bien, que venga a verme esta noche.
Apenas la luna se alzó en el horizonte, Gu entró con sigilo en el pabellón del oeste. Después de inclinarse ante mí y de recibir mi saludo, me dijo:
—Perturbar vuestro reposo es una ofensa temeraria, y merece no una, sino mil muertes.
—El astro está radiante —le respondí—, la brisa es ligera; y esta almohada solitaria me resulta odiosa. Pasemos juntos esta noche. ¿Por qué os mostráis tan reservado?
Nos sentamos el uno junto al otro. Mi corazón palpitaba, y ya empezaba a cansarme de mirar la luna cuando Qinglian vino a preguntarnos si no preferíamos acostarnos. Nos desvestimos en un santiamén, apagamos la lámpara y nos metimos en la cama. Entonces Gu me dijo:
—¡Cómo desearía mostrarme digno de vuestros favores y no derrumbarme como un caballo agotado ante tan inesperado privilegio!
De entrada, su estocada me pareció temible. Y su miembro no tenía parangón con ninguno de los que había conocido hasta entonces. Cuanto más me penetraba, más extasiada y feliz me sentía. La hundió por entero, hasta conquistar todo el espacio disponible. Arriba, abajo, por los cuatro costados, todo el espacio estaba tomado. ¡El preceptor era una auténtica joya, un auténtico descubrimiento! (Estando provisto de tal rareza, no es de extrañar que lo utilice de una forma insólita). ¡Qué hubiera sido de mi existencia sin la ayuda de Qinglian! Los célebres Buwei y Lao Ai no estaban mejor provistos. El miembro de Gu era grande y vigoroso; me penetraba hasta las entrañas, me enardecía tanto que el sudor me empapaba la espalda. Por otra parte, Gu era capaz de transmitir maravillosas vibraciones sin apenas moverse, y yo me estremecía como si un tejedor me recorriera de arriba abajo con su lanzadera. Me volvía loca. Era un experto en procurar placer; el orificio de su yang podía abrirse y cerrarse, y aferrar así el pistilo de mi cáliz. Tras varios cientos de estas contracciones, sentí que nuestros cuerpos se disolvían. El placer se hizo tan insoportable que a punto estuve de perder el conocimiento.
—¡Nunca hubiera imaginado que me harías morir de esta manera!
—Si mueres por mí, ¿cómo no iba yo a morir por ti?
—¡Ah! —dije—, ¡no puedo expresar con palabras el placer que me produces!
Cuando la contraía, era como si me atrajera hacia él; cuando la estiraba, sentía como si me horadara en lo más profundo.
—Tu caldero —dijo— es como mi miembro: tanto el uno como el otro son extraordinarios. Tu raja no es profunda, sin embargo recibe; no es corta, sin embargo acoge; no es estrecha, sin embargo aprieta; cuando el miembro entra, ya no lo suelta.
—¡Necesito que me ames!
Esa noche no pegamos ojo; al alba me sentía agotada, pero no cabía en mí de gozo. Decidí rechazar a todos mis demás amantes y entregarme sólo a éste.
La familia de Gu era pobre. Siempre iba vestido con míseras ropas de algodón. Cosí para él unos cuantos trajes y los recamé con finos brocados. (Cuánta generosidad y qué buenos sentimientos sólo porque tiene un buen chisme). Como hacíamos el amor todas las noches, poco a poco las fuerzas empezaron a fallarle. Compasiva, le preparaba unas pociones destinadas a reforzar la médula espinal, y otras drogas propicias para la lid amorosa (polvos milagrosos que prometen maravillas en las ferias de pueblo), y se las hacía tomar por la mañana y por la noche. Antes de desayunar, no dejaba de administrarle alguna que otra tisana a base de gingseng. Y como si eso no bastara, encargué a Ketao que proporcionara a la familia de Gu todo tipo de lujos y comodidades. Para poder hacer frente a tales gastos llegué a vender algunos pendientes y valiosas horquillas. Tantas atenciones llenaron de vanidad al profesor Gu. Bastaba con que le sirvieran la comida con retraso, no obstante me hubiera esforzado en prepararla, para que Gu lo volcara todo de un manotazo. Estaba enfadado, ¡ya no quería aquella comida! De modo que me veía obligada a prepararle otra y a servírsela de nuevo.
Pero debo decir que, saciado y bien alimentado, Gu hacía cada vez mejor el amor y yo le amaba cada día más. Di rienda suelta a mi lujuria sin remordimientos, concediendo no obstante una parte equitativa de placer a Qinglian, cuyos buenos servicios no podía olvidar. Estaba tan dedicada a Gu que poco a poco empecé a descuidar a Yinglang, quien, resentido, quiso vengarse y conspiró con Datu contra mí. Juraron desenmascarar mis intrigas amorosas, y lo primero que hicieron fue ofender a Gu en público, en voz alta. Mi suegro seguía acercándoseme de vez en cuando, y yo me obligaba a hacerle un buen recibimiento, pero permanecía fría, indiferente, distraída y lejana. Se dio cuenta y, a su vez, se sintió ofendido. Incluso de mi intimidad con Ketao acabó no quedando rastro alguno. En ocasiones se acostaba conmigo, pero mi mente se hallaba en otra parte. Debía forzarme a estar con él, y cuando supo que tenía relaciones con Gu, su descontento se transformó en abierta hostilidad. Por el barrio empezó a circular esta cancioncilla:
La pequeña Shangguan Ana
con Chaoge se solaza.
Cuando se pierde la honestidad,
se entera toda la ciudad.
¡Y eso que nadie sabía que tenía otros amantes!
Poco a poco, Gu y yo perdimos todo recato. Mi suegro y Ketao nos sorprendieron juntos más de una vez, y me preguntaron con acritud si pensaba seguir comportándome así. Las habladurías aumentaban. Datu, que no se atrevía a prevenir a mi marido, se dirigió a mi hijo:
—En lugar de metérsela tú a tu maestro, dejas que él se la meta a tu madre.
El muchacho, que ya era mayor, al oír estas palabras empezó a detestarme. Fei volvió de un viaje con el deseo de reanudar nuestra antigua relación, pero yo le rechacé diciendo:
—Tu sierva está demasiado vieja; ya no puede servirte. Y lo que es más, mi conducta hacia ti no ha sido ni prudente ni considerada, ¡por lo tanto es preferible no perseverar en el error!
Fei, poco convencido, pidió a Ketao que le informase y se enteró de que, contrariamente a todo lo que yo le había dicho, seguía sabiendo cómo divertirme.
—¡La muerte —gritó— sería una pena demasiado leve para ese miserable, pero ella es aún peor! —Y él también me odió.
En esto, Huimin, mi primo hermano, vino a visitarme. Tenía casi cuarenta años, me recordaba como una amiga de la infancia y no alimentaba hacia mí ningún sentimiento ambiguo. Apenas entró en la casa, se cruzó con Gu, quien a su vez, pensando que sería uno de mis amantes, se dijo para sus adentros: «Este viene a robar en mi gallinero», y le increpó con furia:
—¡Animal, lárgate de aquí antes de que suelte al mastín para que te maltrate las pantorrillas!
—¿Cómo? —gritó Huimin indignado—. ¡Me presento aquí con la mayor cortesía y este pavo real se me tira a los ojos! ¡Huevo podrido y maloliente! (Bonita manera de dirigirse a un preceptor).
Y, dándose la media vuelta, se fue. Por el camino, Huimin se encontró con Fei y le comentó lo indignado que estaba.
—En estos últimos tiempos —le explicó Fei—, mi cuñada ha sobrepasado el límite. El que te acaba de insultar es Gu, su amante. —Y se lo contó todo, desde el principio hasta el final.
—Hay que avisar a Keyong —dijo Huimin, y decidió ir él mismo a buscarlo.
¡Fue un gran golpe para mi marido!
—Lo sabía —dijo—, pero hasta ahora me negaba a creerlo.
Le preguntó a nuestro hijo si era cierto, y éste le respondió: «¡Así es!». Preguntó a mi suegro si había oído hablar de eso, y aquél le dijo: «Bastante a menudo». Preguntó a Ketao si él también había notado algo. «Muchas veces», fue su respuesta. «Mi mujer no tiene decoro alguno», se dijo, «es el hazmerreír de la gente; mis amigos lo saben; mi familia se ríe a mis espaldas; y yo soy el único que no está informado. ¡Hace falta ser animal!». (También se le podría llamar tortuga muerta). Se me echó encima de pronto.
—¡Zorra, debería cortaros el cuello a ti y a ese parásito de Gu, y luego denunciaros ante los tribunales! Pero no tengo valor.
Mandó que le trajeran a Gu y empezó a molerlo a palos. Gu gemía: «¡Piedad, señor, perdonadme!». Toda la familia participó en la paliza. Empezando por mi suegro, cada uno le suministró su ración de palos. (El preceptor tiene mucho temple). El desgraciado rebuznaba como un burro. (En el fondo, también se le parecía en los órganos íntimos). Estaba cubierto de heridas y de sangre. Entonces Ketao se interpuso entre Gu y los demás:
—Nuestra cuñada es la más culpable, ¿para qué seguir castigándole?
De ese modo, los criados echaron fuera a Gu. (Y si no está de acuerdo, peor para él: ¡Adiós, adiós! Se va apaleado: ¡Ay, ay!) Mi marido era malvado y vengativo. Me agarró de los pelos (he aquí el vínculo conyugal), y, mientras yo enmudecía de vergüenza, me pegó con rabia.
—¡Puta, carroña!, ¿a qué esperas para colgarte? (Pero ¿de qué sirve suicidarse?)
—Confieso mi lujuria —conseguí por fin articular a través de los hilillos de jade que me brotaban de los ojos—, pero ¿serás tan cruel como para enviarme a la muerte? Inflígeme un castigo y lo acataré. Juro que me enmendaré.
Se rió sarcásticamente.
—El miedo a la muerte te incita a disculparte, ¡sucia mentirosa! ¡Envenénate si lo prefieres, pero muérete!
En ese momento intervino su padre.
—Hijo mío, una esposa infiel es una gran desgracia para ti. (Y un suegro desvergonzado es una gran desgracia para nuestros antepasados). Puedes repudiarla, pero obligarla al suicidio sería inhumano. No lo permitiré.
—¡Lo único que desea es que la mande a su casa, pero sería demasiado cómodo para ella!
—Si matáis a mi madre —declaró entonces mi hijo—, yo la seguiré a la tumba.
Prorrumpí en sollozos y dije:
—Los siete hijos del poema Kai feng, Brisa del sur, no pudieron proteger a su madre; con mayor razón una mujer deshonrada como yo… (Se la ve muy lúcida).
Por último, tomó la palabra mi suegra:
—Mi nuera me ha servido siempre con respeto. Después de este asunto, sólo puedes repudiarla, pero sin violencia.
Mi marido se inclinó ante la autoridad de su madre y me dijo:
—Ya no eres la esposa de Yong; ya no eres la madre de Wu.
Me enviaron inmediatamente con mi familia. Avergonzada y arrepentida, sollozando me despedí para siempre de mi hijo. Y me quedé sola.
De ese modo volví a mi casa. Como mi padre había muerto y no tenía hermanos, no tuve que sufrir reproches demasiados severos. Mi madre me autorizó a vivir con ella. Yo acababa de cumplir treinta y nueve años. Todos sabían que estaba separada de mi marido. Cada vez que salía de casa, me señalaban con el dedo: «Esa es la esposa repudiada por la familia Luan». Destrozada de dolor, me compadecía de mi suerte: mi vida se interrumpía a mitad de camino, y era justo que así fuera. Siendo casi una niña, e inducida por las palabras de mi vecina, mantuve relaciones ilícitas con Huimin, lo cual, ciertamente, no fue un comportamiento digno de una hermana mayor. Luego me acosté con un sirviente, y, ciertamente, no era una conducta propia de una señora. Después de casarme, mantuve relaciones ilícitas con Yinglang y fui forzada por Datu, y, una vez más, mi comportamiento no fue el de una señora. Después me sometí a mi suegro y a mi cuñado, lo cual no fue digno de una nuera. Mantuve relaciones ilícitas con Ketao, y no fue un comportamiento digno de la esposa de un hermano. Y lo mismo hice con Fei, y eso no fue en absoluto correcto para con mi hermana. Después me entregué a un actor, y a dos monjes, faltando así al respeto a la religión. Además, mantuve relaciones ilícitas con Gu, y eso no fue digno de una señora como es debido.
«Además de mi esposo», me decía, «me he acostado con doce hombres. (Uno al mes, y el marido para el “mes intercalar”). Nada podría redimir mis faltas. Mi marido me ha repudiado con razón y mi hijo me desprecia. Si me he quedado sola, ¿quién tiene la culpa sino yo?». (Si se arrepiente, es porque todavía tiene conciencia). Mordiéndome las manos hasta hacerme sangre, juré no pensar nunca más en el amor. Y, siguiendo el ejemplo de mi madre, me consagré al culto de las Tres Joyas. Me cubrí la cabeza, ayuné y, con el rostro vuelto hacia el suelo, lloré lágrimas de sangre:
Mar de deseos, monte de lujuria.
He arruinado a demasiada gente.
¡Ay! Pueda yo como ola pura
lavar por fin este corazón indecente.
Naturalmente, la familia de mi marido, así como Huimin y Fei, me retiraron la palabra. Nunca venía nadie a visitarme. Sólo Ruhai, tras enterarse de que había sido repudiada y de que había hecho el voto de venerar a las Tres Joyas, me envió a un joven monje a fin de que sondeara el terreno. Lo recibí sin sospechar de parte de quién venía. Cuando se aseguró de que estaba sola, me dijo:
—Soy el hermano Untel, del templo de la Vacuidad…
Al oírle decir esas palabras, comprendí sus intenciones. Roja de vergüenza, me retiré y ordené a mi joven sirviente que despidiera a aquel monje.
En treinta años nunca he transgredido esta severa regla. Ahora tengo setenta; mis recuerdos tienen un regusto a cenizas. Dicen que mi hijo se ha labrado una gran reputación en la provincia. Eso no me concierne. Si vuelvo la vista atrás, me parece haber vivido un sueño, una ilusión. A mi edad ya no se temen las vanas habladurías de la gente, por eso os estoy aburriendo con estas viejas historias.
*
Entonces Qiongke dijo: «Aquella joven os transmitió los secretos del amor. Si vos no hubierais aceptado contármelos, nadie los hubiera conocido».
«Al principio», pensó después Qiongke, «las perspectivas no eran en absoluto desagradables. Y, a pesar de todo, ¡cuánta pasión la de esta mujer!». De ese modo, escribió Historia de una mujer viciosa.
*
En las nubes, el pensamiento; en los montes Wu,
el corazón.
En vidas anteriores hunde sus raíces el amor;
llena de remordimientos, Ana lloró.
Las bellezas de ahora no tienen su discreción.
La señora Shangguan conoció a doce hombres, pero sus amores fueron descubiertos por el amo de Gu. Por amar sólo a uno, se buscó la enemistad de todos los demás. Enterado sólo de lo de Gu, Keyong repudió a su esposa. De los demás nunca supo nada. ¡Qué animal!
¡Ve, pequeño libro! ¡Quiera el cielo que sirvas de admonición y al mismo tiempo muevas a todas las mujeres, en el secreto de sus aposentos, a hacerse saludables reflexiones!