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Yunxiang habla de sus aventuras galantes a su amiga,
y la princesa su deseo de una cita secreta le confía.
Hemos visto que, cuando Yunxiang y Flor de Loto se estaban felicitando mutuamente por sus poemas, el criado de la biblioteca se acercó a ellas. Traía en la mano una invitación y les dijo:
—La princesa os invita mañana.
—Bien, dile que iré.
Pero dejemos que el criado lleve la respuesta a su señora.
—¿Quién es esa decimoctava princesa? —preguntó Flor de Loto.
—Es la hermana pequeña del rey de Jin. Está casada con un tal Luan Shu. Como ayer la invité yo, me ruega que le devuelva la visita. ¿Vendrás conmigo?
Flor de Loto asintió.
Al día siguiente, las dos mujeres se levantaron y se lavaron. Parecían dos inmortales del cielo. Cuando llegaron a la ciudad en sus palanquines descubiertos, se produjo un gran revuelo. Todo el vecindario estaba allí; unos se empujaban para verlas mejor y otros elogiaban su belleza. Las dos damas estaban encantadas. Poco tiempo después llegaron a la residencia de los Luan. La princesa salió a su encuentro; sus mejillas eran del color del «melocotón» y llevaba un atuendo que resaltaba su cuerpo suave y liso como el jade. Cuando Yunxiang y su compañera hubieron penetrado en los aposentos privados, dieron las gracias a la princesa por su graciosa invitación.
—Qué honor para nosotras ser recibidas en su casa, señora. No le ocasionamos más que molestias.
Y, la una junta a la otra, la saludaron cuatro veces. La princesa se apresuró a devolverles el saludo.
—¿Cómo podéis hablar de molestias, cuando os recibo con tanta sencillez?
A continuación, la señora de la casa y sus invitadas tomaron asiento.
—Hermana mayor —preguntó la princesa a Yunxiang, mientras señalaba a Flor de Loto—, ¿quién es?
—Es Flor de Loto, mi hermana pequeña. Llegó ayer a mi casa.
—No sabía que se tratara de vuestra honorable hermana; espero que me perdonéis por no haberla recibido como debiera —dijo la princesa.
Después de pedir a sus criadas que sirvieran el té a sus invitadas, llevó a éstas a dar un paseo por el jardín. Las flores rivalizaban en belleza y los pájaros cantaban por millares. En medio del maravilloso jardín se alzaba un pabellón con balaustradas ricamente ornamentadas. Estaba amueblado con una mesa y cuatro asientos. Las damas entraron en él. Era uno de esos suaves días de primavera en los que corre una ligera brisa perfumada. El resplandor de las flores deslumbraba los ojos, y las plantas se entreveraban formando un brocado.
—Queridas hermanas —dijo la princesa—, ¿escribís poemas alguna vez?
Ellas respondieron que escribían tan mal que no se habían atrevido a hablar de ello. La princesa se quedó encantada ante esta respuesta. Ordenó a una criada que trajera pinceles y piedras de tinta y les dijo:
—Cada una de nosotras compondrá un poema para aumentar el esplendor del jardín florido en que nos hallamos.
—Manifestáis demasiada indulgencia hacia nuestros torpes versos —dijeron ellas.
—Queridas hermanas mayores, os ruego que empecéis.
—No, princesa, es a vos a quien os corresponde empezar —respondió Yunxiang—. Vuestras estúpidas hermanas pequeñas sólo son capaces de improvisar versos detestables.
—No diré nada acerca de ellos —replicó la princesa.
Yunxiang accedió entonces con modestia y escribió el siguiente poema:
¡Ah, cuánto gusta a todos la edad florida!
Iremos donde nuestro ebrio corazón ansía.
Jardín del sur: verde era y rojo se torna;
el ave del sendero junto a otra ave retorna.
Después le tocó el turno a Flor de Loto:
Es primavera, deambularemos sin prisa;
a la relación florida ella nos anima;
y por el sendero perfumado avanzar,
oyendo a las aves felices dialogar.
La princesa leyó los dos poemas y aplaudió.
—Vuestros poemas se distinguen entre todos. Vuestra hermana menor se inclina con respeto ante la elegancia de vuestras maneras.
—¿Cómo es posible que estos versos tan groseros merezcan vuestras alabanzas?, —dijeron ellas—. Es a vos a quien corresponde enseñarnos cómo separar las malas hierbas que obstruyen nuestro camino.
La princesa, por su parte, escribió un poema que así decía:
Día tibio en que las flores rojas forman un brocado.
¿Dónde está el ave que antes cantaba y ahora ha
callado?
A la sombra de la flor pura, se ha deleitado.
Después tendió el papel a Yunxiang, y sus dos invitadas no dejaron de felicitarla. A continuación, la princesa ordenó que prepararan un banquete. Y les preguntó su hora, día y fecha de nacimiento.
—Este año he cumplido cincuenta y cuatro años —dijo Yunxiang.
—Y yo cuarenta y ocho —añadió Flor de Loto.
—En cuanto a mí —dijo la princesa—, pronto cumpliré veintiuno, pero, como podéis observar, mi rostro ha perdido ya su lozanía. Nunca hubiera pensado que tuvierais cuarenta y ocho años, Flor de Loto; como mucho os echaba veintisiete o veintiocho; en cuanto a la hermana Yunxiang, tiene el aspecto de una muchacha de dieciséis o diecisiete años. ¿Qué hacéis para conservar vuestra juventud? ¿Podríais decírmelo?
Animada por el vino y comprendiendo que podía abrir su corazón a la princesa, Yunxiang respondió con cierta timidez:
—Pues veréis, cuando era todavía una muchacha soñé con un inmortal que tenía, entre otros nombres, el de Libre Vagabundeo. Tuvimos relaciones amorosas y me enseñó «el arte de la Hija de Candor para recoger los frutos de la batalla». Y desde entonces me apropio de la esencia viril de mi pareja para aumentar en secreto mi vitalidad. Esta es la razón de que haya conservado la flor de mi tez y de que, alejando de mí la vejez, recupere siempre la juventud.
—Pero si actuáis así, los hombres acaban debilitándose. ¿Cómo es posible entonces que el dignatario Wu, vuestro esposo, esté tan fuerte y robusto?
—También él posee un método —contó Yunxiang entre risas—, y por esa razón no se debilita en absoluto.
La princesa tenía tantos deseos de saber más que despidió a todos sus servidores y continuó:
—¿Y cuál es, pues, el método de vuestro esposo? ¡Decídmelo enseguida!
—Antaño conoció a un taoísta que le enseñó el método de Pengzu para refinar la esencia vital. Lo cual le permite, en el curso de una misma noche, gozar con diez mujeres sin derramar su semen.
—Habladme ahora un poco de Flor de Loto.
—Durante mucho tiempo fue mi doncella —le respondió Yunxiang—. Cuando el rey de Chu me raptó, ella huyó. Fue recogida por una rica familia y se convirtió en la esposa del hijo de la casa. Poco después toda la familia fue aniquilada y hasta ayer no regresó conmigo. Pero nada más llegar, mi marido la…
Como Yunxiang se callara, la princesa la invitó a continuar:
—La… ¿qué? Hablad, aquí no hay nadie que pueda oíros.
—La sedujo. ¡Y ahora somos hermanas! —respondió, riendo, Yunxiang.
Estas palabras turbaron tanto a la princesa que las secreciones empezaron a fluir, gota a gota, de su valle.
—¿Y si me contarais lo que sucedió la pasada noche? —preguntó a Yunxiang, pero ésta se negó a seguir hablando.
—Somos tres mujeres —intervino Flor de Loto—. Nada nos impide hablar de ello. Dejadme que se lo cuente a la princesa. En primer lugar —continuó—, él me tendió en el lecho y rogó a mi hermana mayor que sostuviera una vela para que así pudiera ver ella su potente vaivén. Cuando hubo jugado conmigo un rato y mi hermana sintió un violento deseo, la tumbó a su vez y me rogó que sostuviera la vela del mismo modo que lo había hecho ella, con el fin de ver cómo él frotaba y golpeaba con su maza.
Y de ese modo, se lo contó todo, punto por punto, a la princesa, cuyos humores íntimos fluían sin cesar de su valle.
—No sabía que el dignatario Wu —comentó la princesa, volviéndose hacia Yunxiang— poseyera tan grandes facultades. ¡Qué méritos no habréis acumulado vos para poder gozar en esta vida de sus capacidades!
—¿Y cómo se comporta al respecto el dignatario Luan, vuestro esposo? —preguntó Yunxiang.
—Pues bien, os diré que sólo al cabo de dos horas emite su semen. —Entonces se inclinó hacia Yunxiang y le dijo al oído—: ¡Al oíros hablar así, me siento muy turbada! ¿Podríais presentarme algún día a vuestro marido para que me reúna con él al menos una vez? Salvo que veáis en ello algún inconveniente, por supuesto.
—No os preocupéis, princesa —respondió Yunxiang—, no soy en absoluto celosa. Uno de estos días os enviaré una invitación pidiéndoos que paséis varios días en mi casa. Y entonces podréis tener ese deseado encuentro con mi esposo.
—Muy bien —dijo la princesa—, pongo toda mi confianza en vos, mi querida hermana mayor, para que arregléis el asunto.
Al poco trajeron de la cocina unos platos excelentes, productos de la montaña y del mar, que cubrieron la mesa en un instante. Después de disfrutar del banquete en compañía de la princesa, las dos invitadas salieron del pabellón para ir a admirar las flores.
Sabemos, por otra parte, que el esposo de la princesa, el tal Luan Shu, se había levantado esa mañana para ir a palacio. Se había enterado de que su esposa había invitado a Yunxiang y se había dejado arrastrar, después de la audiencia, por el esposo de esta última, quien le había invitado a almorzar en su casa. Ahora acababa de volver a su residencia, un poco achispado. Cuando caminaba por el borde del estanque de los peces dorados, vio a su esposa en compañía de las dos invitadas. Reconoció a la mujer de su amigo Wuchen, pero a la otra dama no la conocía. Permaneció un momento contemplando la belleza de Yunxiang, cuyo rostro tenía la redondez de la luna y su tez el resplandor de la flor. Pensaba que las bellezas de antaño, Xi Shi y Yang Guifei, no podían en absoluto comparársele. Aunque la otra dama le pareció menos atractiva, no por ello se le antojó menos encantadora y delicada. Así pues, permaneció allí, en el borde del estanque, anonadado por tanta belleza. ¿Cómo hubiera podido imaginar que, después de admirar las flores, las tres damas se dirigirían al borde del estanque para ver los peces dorados? Cuando las vio llegar, era ya demasiado tarde. Antes de que pudiera escapar, Yunxiang ya le había visto y le estaba preguntando:
—¿Pero tú quién eres y con qué derecho nos espías?
Pues bien, si todavía no sabéis la respuesta de Luan Shu, prestad atención a las explicaciones del próximo capítulo.