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El ministro de palabra sagaz disimula su codicia.
El rey Zhuang de Chu devuelve a Chen su soberanía.
La flecha de Zhengshu había alcanzado al duque Ling en pleno corazón. Este dio un gran grito y cayó al suelo. Se le cerraron los párpados y murió. Kong y Yi habían visto al duque dirigirse hacia el este; sabían que Zhengshu había alcanzado al duque Ling, así que tuvieron que huir por uno de esos agujeros de los muros destinados al paso de los perros. Y, con las manos vacías, fueron a refugiarse al reino de Chu.
Después de asesinar al soberano de Chen, Zhengshu regresó a la ciudad seguido por sus soldados. Allí alegó que el duque, ebrio de vino, había caído súbitamente enfermo y había muerto. Ahora bien, el duque Ling había designado a su hijo Wu para que le sucediera en el trono de Chen. Y este último, que tomó el nombre de duque Cheng, odiaba profundamente a Zhengshu. Sin embargo, el poder del hijo de la dama Xia era tal que no pudo emprender nada contra él. Zhengshu temía por su parte que los otros estados aprovecharan la situación para invadir el principado, de modo que obligó al duque Cheng a dirigirse a Jin para sellar una alianza. Pero dejemos a Zhengshu y a su nuevo soberano, y hablemos del reino de Chu, que acababa de enviar a Chen un embajador con la misión de firmar un pacto con el príncipe de Chen en Chenling. Cuando el embajador oyó hablar de los disturbios que agitaban a Chen, regresó a su reino. Se puede decir que Kong Ning y Yi Hangfu se habían refugiado en el momento oportuno en Chu. Mantuvieron una entrevista con el príncipe y, ocultándole el carácter licencioso de los disturbios en cuestión, le dijeron que Zhengshu se había rebelado y había matado al príncipe de Chen. Lo cual coincidía perfectamente con el informe del diplomático. El príncipe reunió enseguida a sus ministros para deliberar sobre la situación. Entre ellos se encontraba un noble dignatario del clan Qu, hijo de Qu Dang, llamado Wu, y cuyo nombre público era Ziling. Este hombre de maneras distinguidas poseía todos los talentos de las letras y las armas. Sólo tenía un defecto: su desmesurado amor a las mujeres. Se aplicaba muy especialmente al «arte del dormitorio» preconizado por el memorable Pengzu. Muchos años antes, había sido enviado a Chen y había entrevisto el rostro de la dama Xia. También había oído hablar de su habilidad en el arte de «recoger los frutos de la batalla» y, como la deseaba ardientemente, empleó todos los medios para conquistarla. El hecho de que Zhengshu, el hijo de la dama en cuestión, acabara de matar a su príncipe, le beneficiaba en su empresa. Animó a su soberano, el príncipe de Chu, a que enviara su ejército contra Chen. Y así fue como Zhuang de Chu hizo a Chen la siguiente declaración:
—Yo, rey de Chu, os notifico lo siguiente: Zhengshu, del clan Xhaoxi, ha asesinado a vuestro príncipe. Las divinidades y los hombres sienten con respecto a él un grave resentimiento. Como vuestro reino es incapaz de castigar al culpable, nosotros lo castigaremos en vuestro lugar. El crimen es sólo suyo. Que los ministros y el pueblo permanezcan silenciosos y no promuevan disturbio alguno.
La misiva fue enviada a Chen. Cuando los habitantes del reinado tuvieron conocimiento de ella, incriminaron a Zhengshu. Por otra parte, confiaban en que el ejército de Chu les ayudaría a expulsarlo. Y por ese motivo no se opusieron a esta intervención. El rey Zhuang de Chu en persona dirigió sus seis ejércitos, a cuyo mando estaban los príncipes Yingqi, Ce, los dignatarios Qu Wu y Lianyin Xianglao, y los demás grandes generales. El ejército, veloz como las nubes empujadas por el viento, se dirigió al principado de Chen y cruzó sus fronteras con facilidad asombrosa. Y si algo reconfortó enormemente a los habitantes de Chen, fue el hecho de que no cometiera ninguna exacción. Sabiendo que el odio se había extendido al pueblo, Zhengshu se había refugiado en Zhulin. Se sabe que, en ese momento, el príncipe Cheng de Chen, que se había dirigido al reinado de Jin por orden de Zhengshu, todavía no había vuelto. Y fue el alto dignatario Yuan Po quien dio a su hijo la orden de reunir a sus soldados para dirigirse a Zhulin y capturar a Zhengshu. Pero antes de que Qiao Ru se pusiera en camino, el ejército de Chu ya había conquistado el principado.
Hemos visto que el pueblo de Chen era partidario de abrir las puertas de la ciudad al rey de Chu, por lo que éste entró en ella sin dificultades. Todos los generales de Chen, entre los que se encontraba Yuan Po, se apiñaron a su alrededor. Y cuando el rey de Chu les preguntó dónde se encontraba Zhengshu, Yuan Po le respondió que se había refugiado en Zhulin.
—¿Cómo podéis tolerar a semejante rebelde? —exclamó el rey de Chu.
—Nuestras débiles fuerzas no nos permiten castigarle —respondió Yuan Po.
El rey ordenó entonces a Yuan Po que condujera su ejército hacia Zhulin y dejó a los soldados del príncipe Yingqi acantonados en la ciudad.
Los soldados de Chen, que no se atrevían a desobedecer las órdenes del ejército de Chu, cercaron Zhulin e hicieron prisionero a Zhengshu. El rey de Chu ordenó que lo encerraran en un carro y preguntó dónde estaba la dama Xia. Envió a un oficial y a unos soldados a buscarla en la residencia. Flor de Loto había huido sólo Dios sabe dónde, pero la dama Xia seguía allí. Cuando la llevaron ante el rey, ella le saludó y dijo:
—La desgracia se cierne sobre mí: mi país es presa de los disturbios y mi familia está arruinada. Mi destino está en vuestras manos, oh gran rey. Si me otorgáis la gracia de concederme la vida, accederé a serviros como esclava.
Después de haber hablado así, la encantadora dama pareció aún más distinguida. El rey de Chu, a quien se le había turbado el corazón nada más verla, se dirigió a sus generales en estos términos:
—Vuestro rey posee numerosas concubinas, pero no es frecuente encontrar a una belleza semejante. Tengo la intención de acogerla en mis palacios. ¿Qué opináis?
—Eso es imposible, príncipe, del todo imposible —alegó el llamado Qu Wu—. Os he pedido que enviarais vuestro ejército a Chen para castigar a un culpable. Ahora deseáis acoger a la dama Xia en vuestra casa a causa de su belleza. Castigar un crimen es justicia, codiciar la belleza es lujuria. Predicar la justicia para, a continuación, fomentar el libertinaje no es una conducta digna de vos.
—Qu Wu ha hablado con gran equidad —respondió el rey—, no puedo, pues, acogerla. ¿Pero cómo llevarla a un lugar seguro?
En ese momento, el príncipe Ce, que se encontraba a su lado y también deseaba a la dama Xia, se arrodilló y dirigió a su soberano el siguiente ruego:
—Vuestro ministro está en la mitad de su vida y todavía no ha tomado mujer. Majestad, os ruego encarecidamente que me concedáis la gracia de dármela como esposa.
Pero de nuevo Qu Wu exhortó al rey respondiendo:
—No podéis acceder a ello, majestad.
El príncipe Ce montó entonces en cólera.
—¿Y por qué razón no me permite Qu Wu tomar a la dama Xia como esposa?
—No existe ni en el cielo ni en la tierra un ser más funesto que esta dama —respondió Qu Wu—. Sé que ha sido la causa de la muerte de Zi Man y del asesinato del duque Ling, y que, por su culpa, la desgracia afligió a Xie Ye. El principado de Chen es presa de grandes disturbios, todos ocasionados por ella. Os lo repito, no hay un ser tan nefasto como esta mujer. Bajo el cielo, las bellezas son legión, ¿por qué tomar necesariamente por esposa a este objeto de lujuria que más tarde sólo podrá abrumaros de remordimientos?
—Qu Wu ha hablado con gran equidad —dijo el rey de Chu.
—Siendo así —respondió el príncipe Ce—, ya no la tomaré como esposa. Sólo diré una cosa: Qu Wu ha dicho que el rey no podía acogerla en su palacio y que yo no podía casarme con ella. ¿No será porque Qu Wu la quiere para él?
—¿Cómo osaría desear tal cosa? —se apresuró a replicar Qu Wu.
—Si un objeto no tiene propietario —prosiguió el rey—, todo el mundo se lo disputa. He oído decir que Lianyin Xianglao ha perdido a su esposa recientemente. Le daré a la dama Xia como esposa.
Por entonces, Xianglao estaba al mando de la retaguardia; el rey le hizo llamar y le entregó a la dama. El príncipe Ce dijo entonces:
—En fin, ¡mala suerte!
Qu Wu era el único que pensaba para sus adentros: «¡Qué lástima, qué lástima! ¡Una mujer tan galante! Ese viejo no podrá estar a su altura. Me apuesto lo que sea a que, en menos de seis meses, o en un año a lo sumo, estará viuda de nuevo, y entonces me las arreglaré para hacerla mi mujer». Pero dejemos a Qu Wu enfrascado en sus pensamientos.
El rey de Chu pasó la noche en Zhulin y volvió al día siguiente a la capital. Mandó que sacaran a Zhengshu de la prisión y dio la orden de que lo descuartizaran. Para referir estos sucesos, un archivero escribió el siguiente poema:
El duque Li, de Chen, al desenfreno se entregó
y, cuando Zhengshu le mató, todo el mundo le censuró.
En el reino, los ministros y el pueblo las manos atadas
tenían.
Como lluvia oportuna, el rey Zhuang de Chu
y su ejército en su ayuda acudirían.
El rey Zhuang ya lo había organizado todo. Había examinado los registros y las cartas territoriales y había convertido a Chen en una circunscripción de su reino. Nombró al príncipe Quingqi duque de Chen y le ordenó que velara sobre sus tierras. Los dignatarios de los dos estados se dirigieron entonces a palacio para expresar sus parabienes al rey. Incluso Yuan Po, que apenas sabía lo que era la equidad, tuvo que hacer un esfuerzo para enviar sus respetos. Sólo faltaba un tal Shen Shushi, que había sido enviado con una misión al reino de Qi antes de la rendición de Chen y todavía no había vuelto. Tres días después de estos sucesos, volvió. Dio cuenta de su misión y se retiró rápidamente, sin ni siquiera desear al rey sus parabienes.
El rey envió en el acto un eunuco a casa de Shen Shushi para que le transmitiera las siguientes palabras: «Xia Zhengshu ha matado a su príncipe y yo le he castigado ordenando que le den muerte. Los registros y los catastros de Chen ya están en Chu. Todos han celebrado mi rectitud y ni uno solo de los dignatarios ha dejado de felicitarme. Vos sois el único que no me ha dicho nada. ¿Acaso consideráis que el hecho de haber sometido el reino de Chen constituye una falta?».
Tras haber escuchado al mensajero, Shen Shushi le siguió para ir a visitar al rey Zhuang, a quien dijo:
—Majestad, ¿conocéis la historia del hombre al que le quitaron su buey por haber dejado que éste pisoteara un campo?
—No —respondió el rey.
—Había una vez un hombre que llevó a su buey con el ronzal al campo de otro hombre y le dejó pisotear los cereales antes de la cosecha. Encolerizado, el propietario del campo se apoderó del buey de este hombre. Si alguien viniera a exponeros esta causa, ¿cómo la resolveríais?
—Si bien es culpable el que dejó a su buey pisotear el campo, no lo es tanto como el que se apoderó del buey —respondió el duque. Y añadió—: Por tanto, hay que castigar ligeramente al que condujo a su buey y obligar al otro a que se lo devuelva inmediatamente. ¿Os parece un juicio justo?
—Majestad, ¿cómo habéis podido comprender tan bien esta causa y haberos mostrado tan poco iluminado en lo que se refiere al asunto de Chen? Zhengshu es quien ha cometido un crimen, no su reino. Príncipe, le habéis castigado por ese motivo y es suficiente. ¿Por qué apoderaros además de su reino? ¿Cuál es la diferencia entre vos y quien se apodera del buey, y de qué debería felicitaros?
El rey Zhuang se levantó entonces y declaró:
—Habéis hablado con equidad. Haré llamar inmediatamente al dignatario de Chen, Yuan Po.
Cuando éste llegó, el rey le dijo:
—Deseo devolver la soberanía a vuestro reino; podéis acoger y volver a poner en el trono a vuestro príncipe. De generación en generación, Chen seguirá siendo el aliado fiel de Chu y no tendrá un corazón rebelde. Deseo también que Kong Ning y Yi Hangfu vuelvan a Chen para que los tres asistáis a vuestro rey.
Así pues, los tres dignatarios de Chen —Yuan Po, Kong Ning y Yi Hangfu— se despidieron del rey de Chu y se pusieron en camino. Justo cuando estaban abandonando el reino de Chu, se encontraron con su soberano, el duque Cheng, que regresaba de su misión en Qi. Este había sabido que su reino había sido anexionado y se dirigía a Chu para ver al rey Zhuang. Yuan Po le informó de las decisiones de este último, y príncipe y ministros galoparon hacia el principado de Chen. Ese día, el príncipe Yingqi recibió la orden de volver a Chu y devolvió los registros y los catastros de Chen. Más tarde, un poema expresaría esta noble acción del rey de Chu:
¿Quién sabe que, después de haber sido anexionado,
el reino de Chen fue devuelto?
Como Shun el Bienhechor, el rey obedeció
a un consejo nuevo.
La fama de la virtud de Chu allende los Cuatro Mares
se extendió.
Pero recordad que el rey de un estado al ministro
de un reino mató.