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Al mundo de las tinieblas Xie Ye es llamado,
y, en los infiernos, Zhengshu inocente es declarado.
Así pues, por consejo de Shen Shushi, el rey de Chu había vuelto a colocar al duque Cheng en el trono del principado de Chen. Y los dignatarios Kong Ning y Yi Hangfu habían regresado a sus casas. Ya habían transcurrido algo más de diez días desde su vuelta. Un buen día, Kong Ning se levantó temprano para ir a lavarse las manos. Justo cuando salía de los aseos, se levantó una tormenta y un viento glacial le azotó el rostro. Sobrecogido de terror, Kong Ning estornudó. Y a través de una espesa niebla vio a Zhengshu blandiendo dos cuchillos y con el cuerpo manchado de sangre. Apretando los dientes, este último apremió a Kong Ning:
—¡Rápido, Kong Ning, entrégame tu vida!
Detrás de Zhengshu, Kong Ning distinguió entonces al duque Ling, desgreñado y con los pies desnudos. La flecha dentada seguía clavada en su corazón.
—¡Me has causado muchos sufrimientos! —dijo el duque a Kong Ning.
Cuatro o cinco demonios con cadenas de hierro se apiñaban detrás del duque. Cuando Kong Ning los vio, sintió que sus almas espirituales volaban más allá del cielo y que sus almas materiales se dispersaban en las novenas nubes. Muerto de terror, volvió precipitadamente a su habitación. Pero se le adelantó Zhengshu, que, de pie ante él, le dio una cuchillada en la cabeza. Herido, cayó al suelo, con los pies y las manos rígidas. En vano pidió auxilio. Su rostro tenía el color de la tierra. Las gentes de su casa no sabían qué hacer por él, de modo que le ayudaron simplemente a levantarse y le tendieron en su lecho. Allí permaneció un buen rato y, hacia el mediodía, volvió poco a poco en sí. El insistente dolor de cabeza no le abandonaba y le hacía gritar. Pero nadie comprendía la causa de sus gritos. De pronto se levantó y saltó de la cama. Sus ojos se dilataron y miró fijamente ante él. Después asió una silla y, completamente extraviado, quiso golpear con ella a todo el mundo. Entonces comprendieron que se había vuelto loco. Y todos, grandes y pequeños, echaron a correr en todas direcciones. Algunos, no obstante, inmovilizados por el terror, fueron heridos por Kong Ning. Se daba el caso que éste tenía una anciana madre de más de sesenta años de edad; herida por su hijo, cayó desvanecida en el suelo y su soplo vital la abandonó. Kong Ning tenía también un hijo de seis años, su único heredero varón, al que mató a sillazos. El resto de la gente de la casa huyó corriendo. Sólo un servidor, llamado Liu el Tercero, al ver a su señor actuar así, se atrevió a tomar un bastón. Corrió a la habitación donde se hallaba Kong Ning, blandió el bastón para desviar la silla y logró apoderarse de ella. Después, tomando a Kong Ning en brazos, lo ayudó a salir de la casa. Sólo entonces los miembros de su familia empezaron a sentirse un poco más tranquilos. Cuando descubrieron los cuerpos sin vida de la anciana madre y del hijo, lloraron a lágrima viva. Al oír sus lamentos, Kong Ning escapó y, frenético, echó a correr. El destino quiso que muriera entonces. De un salto llegó al borde del estanque de los lotos y se arrojó a él. Liu el Tercero lo vio cuando ya se encontraba justo en medio del estanque. Se apresuró a salvarlo, pero, cuando consiguió llevarlo hasta el borde del estanque, Kong Ning ya estaba muerto. Y Liu el Tercero permaneció allí, impresionado por esta tragedia. La gente de la casa no hacía otra cosa que llamar a Liu el Tercero. Compraron ataúdes para enterrar a las tres víctimas. Pero dejemos a un lado todo esto y volvamos a Yi Hangfu.
Una noche, poco después de la muerte de Kong Ning, Yi Hangfu dormía agitado. Soñaba que el duque Ling, Kong Ning y Xia Zhengshu lo llevaban a la fuerza a la corte del soberano de los infiernos. Aterrorizado por este sueño, se dio la vuelta y se cayó de la cama. Su soplo vital se desvaneció y murió. Todo esto coincidía, como recordaréis, con el juramento que Yi Hangfu había hecho no hacía mucho a su esposa, la dama Wu. Los dignatarios de Chen, Yuan Po especialmente, se sintieron muy felices al enterarse de la muerte de Yi Hangfu, tan felices como cuando se enteraron de la de Kong Ning. De hecho, dijeron al duque Cheng:
—Kong y Yi eran los ministros favoritos de nuestro difunto soberano, el duque Ling, vuestro padre. Ellos lo llevaron a Zhulin por su afición a la lujuria. Y si encontró la muerte fue a causa de esos dos culpables. Y he aquí que ahora ambos están muertos. ¿No es una prueba de que el cielo no tolera a los criminales en este mundo? Príncipe, es necesario que, sometiéndonos a la voluntad del cielo, abramos los ataúdes de estos dos hombres, les cortemos la cabeza, los desmembremos y confisquemos sus bienes a fin de que se disipe el odio de nuestro difunto soberano y sus almas encuentren olvido y consuelo.
El duque Cheng dio su aprobación y ordenó enseguida a Yuan Po que condujera a doscientos soldados a las residencias de Kong Ning y de Yi Hangfu. Estos rodearon los dominios y confiscaron los bienes. Abrieron los ataúdes, utilizaron unas picas para sacar los cadáveres y, tras hacerlos pedazos, se volvieron.
Hacía ya mucho tiempo que no quedaba nadie, ni joven ni viejo, en la casa de Yi Hangfu; sin embargo, en la casa de Kong Ning seguía aún viviendo la viuda de éste. Cuando vio llegar a los soldados, huyó, desgreñada y descalza, por la puerta trasera de la residencia. Poco tiempo después, el duque Cheng ordenaría emitir el siguiente bando: «Que los miembros de las familias Yi y Kong no encuentren refugio en parte alguna. Cualquier persona que los oculte será considerada culpable del mismo crimen». Así pues, la viuda de Kong Ning y su hija no encontraron refugio en parte alguna. Nadie les dio siquiera una limosna, y siete días después murieron de hambre y sed. Pero no diremos nada más.
Después de morir, Kong Ning y Yi Hangfu se habían reunido, muy a su pesar, con el duque Ling, con Zhengshu y los demás. Todas estas almas criminales se dirigieron entonces hacia el oscuro tribunal del otro mundo para ser juzgados. Llegaron al paso de la Puerta de los Demonios, donde unos diablillos guardianes les reclamaron el dinero del tránsito. Como nadie había quemado papel moneda durante sus funerales para que pudieran dar algo a los demonios, éstos vapulearon con unas horcas de hierro a Kong Ning y a Yi Hangfu a base de bien. Al final, el duque Ling intercedió por ellos y los pequeños demonios aceptaron dejarlos pasar. Siguieron avanzando y llegaron a la ciudad de Fengdu, la entrada al infierno. Kong Ning alzó de pronto la cabeza y vio que a la izquierda había un hombre con un candado de hierro en el cuello y largos clavos en las palmas de las manos. Unos pequeños demonios le apaleaban, cada cual a más y mejor. Kong Ning reconoció entonces a Zhang Noche-Negra y le llamó:
—Noche-Negra, ¿cómo es posible que sufras semejante castigo?
Noche-Negra volvió la cabeza y, al ver a Kong Ning y a Yi Hangfu, apretó los dientes y les gritó con maldad:
—Perros, ¡a vosotros os debo que me hayan enviado aquí!
—¿Pero cómo hemos podido perjudicarte? —le preguntó Kong Ning.
—¿Cómo? —continuó él—. Cuando yo estaba en el mundo de la luz, maté e incendié; fui condenado a muerte y, después de haber sido decapitado, llegué al mundo de las tinieblas, donde consideraron que no merecía ningún castigo. Estoy aquí sólo porque vosotros me pedisteis que matara a Xie Ye. ¿Cómo ibais a imaginar que Yama, el soberano de arriba, daría un puesto a ese ministro tan íntegro encargándole de la seguridad de la capital de los infiernos? Pues bien, eso es lo que sucedió. Xie Ye envió a una tropa de demonios para que me agarraran. En primer lugar, me sumergieron en una marmita de aceite hirviendo; ¡todavía no entiendo cómo puedo seguir vivo! ¡Y luego me ataron de pies y manos con largas cadenas y me inmovilizaron! ¡Ay! ¡No sabéis lo que es ansiar con todas tus fuerzas la muerte sin poder obtenerla y querer vivir sin conseguirlo! ¿Cómo te atreves a decir que no me habéis perjudicado?
Aterrorizados, Kong Ning y Yi huyeron a toda prisa. Continuaron avanzando y, no lejos de allí, Yi Hangfu vio a dos pequeños demonios empujando una muela de molino. Entonces les preguntó:
—¡Eh, hermanos demonios!, ¿a quién os disponéis a moler de esa forma?
—A la dama Wu, la mujer de Yi Hangfu —respondieron ellos—. Como no fue virtuosa en el mundo de la luz, ha sido condenada a ser molida. ¿Traéis algún presente para suavizarle la pena?
Hangfu no se atrevió a responder, y continuó su camino mientras le injuriaban los demonios:
—¡Indecente charlatán! Si no traes nada, ¿para qué nos preguntas?
El cortejo de las almas oscuras continuaba su camino. Cuando ya llevaban mucho tiempo andando, divisaron una elevada terraza protegida por cuatro o cinco demonios, que, al ver llegar a las almas de Kong Ning y de Yi Hangfu, les interpelaron:
—¡Eh, vosotros dos, subid un rato a esta terraza para ver vuestros dominios! Estáis en la terraza desde donde se contempla el país natal.
Las dos almas obedecieron. Kong Ning contempló su casa. Vio a Yuan Po ordenando a sus soldados que la destruyeran: vio cómo abrían su ataúd, trituraban su cadáver y quemaban su residencia. Pronto todas sus posesiones estuvieron en ruinas. En cuanto a Yi Hangfu, vio exactamente lo mismo. Entonces fueron presa de una violenta desesperación y, llenos de dolor, cayeron desmayados al suelo. No se recuperaron hasta mucho más tarde, cuando el chasquido de dos palillos llegó a sus oídos y les despertó. Y, al abrir los ojos, vieron que un alma acababa de llegar a la terraza. El hombre saltaba agitando la cabeza; sujetaba dos palillos de bambú y cantaba la melodía de la Flor de loto. Los dos hombres se dirigieron a él.
—¡Si supieras dónde estamos, no estarías tan contento! ¿Quién eras en el mundo de la luz?
—Me dedicaba a tirar de las carretas —respondió—. Como una vez salvé a una mujer que me encontré por el camino y no he cometido ningún crimen, acaban de anunciarme que renaceré en el seno de una familia noble y poderosa. ¿Cómo no voy a estar contento?
—Cuando estábamos en la Tierra —dijeron Kong y Yi—, ocupábamos un puesto importante. Pero ahora que estamos muertos, valemos incluso menos que este pequeño tira-carretas. ¡Y pensar que aún no conocemos el castigo que el rey Yama nos tiene reservado!, —exclamaron. Y estallaron en sollozos.
Al verles llorar, los demonios que vigilaban la terraza les dijeron cantando:
—¡Eh, vosotros dos, bajad inmediatamente, si no, nos culparán a nosotros!
Y, asiendo unos palos, los echaron de allí. Se reunieron, pues, con el duque Ling y con Xia Zhengshu y siguieron avanzando. Mientras hablaban, llegaron por fin al palacio del rey Yama. Entraron por la puerta principal y luego cruzaron otra puerta. Allí se hallaba el rey Yama en persona. Su aspecto majestuoso e imponente inspiraba un reverente temor. A su alrededor se apiñaba un gran número de soldados demoníacos. Kong Ning echó un vistazo a hurtadillas y vio a su anciana madre y a su hijo encerrados en el fondo de la sala. Sin embargo, no se atrevió a decir esta boca es mía. El demonio que los había conducido hasta allí se arrodilló ante el rey y dijo:
—He ordenado detener a Kong y a Yi y aquí los tenéis, majestad.
El rey Yama se encolerizó contra el cielo y, dando un golpe en la mesa, gritó:
—¡Que me los traigan inmediatamente!
Fueron, pues, conducidos ante él por unos demonios que les ordenaron ponerse de rodillas. Ellos obedecieron y se prosternaron hasta tocar con su cabeza el suelo. El rey Yama continuó:
—Que hagan venir también al duque de Chen, a Ling y a Zhengshu. —Cuando éstos llegaron, declaró—: El duque Pingguo era en el mundo de la luz el soberano de un principado. Como tal, le autorizamos a asistir a la audiencia en calidad de no-criminal.
El duque se levantó entonces y se quedó de pie aparte. El rey Yama dio otro golpe en la mesa y dijo:
—Aunque Pingguo demostró ser un príncipe deshonesto, su conducta nunca llegó al súmmum del desenfreno. Toda la culpa la tienen estos dos perros que, conociendo la lujuriosa naturaleza de su príncipe, le animaron a seducir a la dama Xia y ordenaron asesinar a Xie Ye. Su abominable crimen clama al cielo. —Y dirigiéndose de nuevo a ellos, les preguntó—: ¿Tenéis algo que decir?
—Es cierto que incitamos a nuestro príncipe a la lujuria —respondieron ellos—. Así que no podremos escapar a vuestro castigo. Pero Zhengshu mató también a su príncipe, por lo cual también merece ser castigado.
—Zhengshu mató al duque —continuó Yama— porque no pudo librarse de la vergüenza y el odio que se habían adueñado de su corazón. Padeció el suplicio del descuartizamiento ordenado por el príncipe Zhuang de Chu. Por lo tanto se beneficia de circunstancias atenuantes. Si las autoridades del mundo de la luz torturaron a quienes, como él, no cometieron un crimen realmente grave, las autoridades del mundo de las tinieblas pueden, no obstante, devolverles la libertad. En cuanto a vosotros dos, vuestros crímenes son considerables y, además, en el mundo de la luz conocisteis un final feliz. Es imposible no castigaros con severidad. Ordenaré a los demonios que os den a cada uno cuarenta golpes antes de enviaros a la capital, donde Xie Ye os notificará sus órdenes.
Los demonios agarraron entonces a Kong y a Yi y los arrojaron al suelo. Y cada uno de ellos les aplicó por turno cuarenta golpes. Los dos hombres lanzaban gritos horrorosos; el cielo temblaba, su sangre cubrió la tierra. Después los demonios los encadenaron y se los llevaron. En un abrir y cerrar de ojos, se encontraron de nuevo debajo de la terraza del palacio de Xie Ye. Cuando éste los vio llegar, los cabellos se le erizaron tanto que pareció que iban a levantarle la cofia. Les increpó con violencia:
—Hombres licenciosos, cuando estabais en el mundo de la luz ordenasteis asesinar a un hombre probo. ¡Funcionarios viciosos! ¡Hoy caeréis más bajo que nunca!
Y ordenó a los pequeños demonios que pincharan con las horcas de hierro a los dos condenados y les empujaran hasta la marmita de aceite. Los demonios pusieron enseguida el aceite a hervir y arrojaron en él a los dos hombres, que pronto estuvieron fritos de pies a cabeza. Una vez ejecutada su sentencia, Xie Ye declaró:
—El duque Ling no tenía virtud; no escuchó mis justas exhortaciones y continuó entregándose a la fornicación. Conviene que sea enviado al noveno infierno para que sufra en él diez años de castigos. Pero en recuerdo de la amistad que unía antaño al ministro Xie Ye con el duque Ling, le concederé la gracia de renacer en el mundo de la luz. Será un letrado pobre y enseñará hasta el final de sus días para redimir su crimen. En cuanto a Zhengshu, que mató a su príncipe, no podrá librarse del castigo. Pero, considerando que en el mundo de la luz sufrió el suplicio del descuartizamiento, le ordenamos que renazca como leñador. Cortará leña hasta el final de sus días.
Después de haber decidido la suerte de estos malhechores, Xie Ye volvió a entrar en su palacio. Más tarde corrió un poema que decía:
Los oficiales de las tinieblas juzgan, y perdonar
no consienten
a los que en el mundo de la luz hacen el mal
y no se arrepienten.
Por muy lejos que ese día pueda estar
los aterrados culpables su castigo deberán penar.
Pero si deseáis conocer las relaciones que tuvo posteriormente la dama Xia, prestad atención a las explicaciones del próximo capítulo.