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El inmortal transmite en un sueño su enseñanza.
Chen y Zheng con una boda sellan su alianza.
En la época de las Primaveras y de los Otoños, los reinos divididos se disputaban el poder. Fiarse del poderoso y deshonrar al débil, tal era la norma de conducta seguida por los pequeños principados que otorgaban su confianza a los grandes reinos. ¿Acaso con esto no queda todo dicho? El buen gobierno se debilitaba por doquier y florecía cada vez más la lujuria.
El duque Mu reinaba en el principado de Zheng. Su esposa, de soltera Zhang, dio a luz una niña a quien llamaron Su E. Rodeada del afecto incondicional de los suyos, la niña llegó a los quince años de edad. Dotada de una fascinante belleza, encarnaba el «espíritu del viento y de las aguas»[1]. Unas cejas finas y arqueadas como antenas de mariposa enmarcaban sus ojos de fénix. Y las mejillas de su rostro, de óvalo perfecto, eran de color «melocotón». Poseía la belleza de las célebres Liji y Xi Wei, y de las damas Daji y Xiaji, la subyugante seducción. Sus huesos de jade y su carne diáfana como el hielo no parecían augurar tormentas, pero su rostro de flor y su porte de luna llegarían a «destruir reinos y ciudades». Sus «lotos dorados», más ligeros que el vuelo de la golondrina, parecían danzar. El aposento de las orquídeas donde ella residía era la morada de una inmortal.
Anhelaba en secreto la llegada de un joven con el que se uniría como los «patos mandarines»; le pesaba no tener quien, en la flor de la edad, se emparejara con ella como «faisán y fénix». Y dado que todavía no estaba casada, mantenía su «aposento perfumado».
Dos doncellas, Hehua, Flor de Loto, y Juying, Flor de Crisantemo, la servían. Era a mediados del quinto mes del año y hacía mucho calor. Su E pidió a Flor de Loto que le preparara un lecho fresco y una almohada de jade, y le sirviera hasta el anochecer. Su E se quitó su camisa perfumada, se desabrochó el cinturón de su falda de gasa y, tras ordenar a Flor de Crisantemo que cerrara la puerta de su aposento, se tendió completamente desnuda sobre el lecho. Rogó a Flor de Loto que la abanicara y al poco sintió que la embargaba un inmenso placer. Su rostro adoptó de pronto una expresión sin igual. Reposaba sobre la almohada solitaria, con el corazón oprimido por una punzante y extraña tristeza y presa de los pensamientos más insolentes, pero, nada más cerrar los ojos, todo se desvaneció y se quedó dormida.
Soñó que se hallaba en un jardín en el que miles de flores rivalizaban en fragancia. Avanzaba Su E a lo largo de sus avenidas disfrutando del verdor de los sauces y del rosicler de los melocotoneros en flor, y sólo oía el piar de los pájaros. Sus pasos la condujeron a un bosquecillo de pinos en el que se alzaba un pabellón. Penetró en su interior y vio un lecho de bambú, dos reposacabezas de piedra, dos mesas y cuatro asientos de piedra. El pabellón le recordó la residencia de un inmortal. En medio de él pendía un papel escrito en una antigua caligrafía. De lejos, parecían los arabescos de un dragón y las volutas de una serpiente. Su E se aproximó y leyó en voz alta el poema que se hallaba escrito en él:
Al ponerse el sol, el verdor acaricia por doquier,
las riberas arenosas que una y otra vez se ven
desaparecer.
¡No digáis que el pájaro de primavera no tiene
sentimientos!
Ante las flores sólo desea recuperar su rostro
de lejanos tiempos.
Cuando, una vez finalizada su lectura, se disponía a abandonar el pabellón, apareció de pronto ante Su E un hombre de gran estatura, vestido de plumas y con un abanico de largas plumas de oca en la mano. Entró en el pabellón —su alada forma de caminar era la de un inmortal—, se inclinó ante ella y dijo:
—¡Hacía tanto tiempo que os esperaba!
Su E se limitó a devolverle el saludo. Entonces él continuó:
—Como fiel admirador de vuestra belleza, he decidido venir a visitaros aquí. Espero que no veáis ningún inconveniente en ello.
Su E sonrió y no contestó. El hombre le pasó el brazo por sus perfumados hombros y le dio un beso en la boca. Después le quitó suavemente la camisa, le desabrochó el pantalón de seda y la llevó en brazos hasta el lecho. Luego se desvistió a su vez y la atrajo hacia él. Su E ya no era dueña de sí misma. ¿Se sentía todavía reacia o había dado ya su consentimiento? Su corazón se agitaba como el mono que salta de rama en rama y sus pensamientos corrían cual caballo desbocado. Y el deseo, ese deseo del que dicen que agita «las nubes y anhela la lluvia», la invadió. El sándalo de sus labios besaba las mejillas perfumadas del inmortal. Su talle, fino y grácil como el sauce, mecía «el corazón de la flor», como cuando la mítica tejedora Zhinü se reencuentra con el humilde boyero Niulang; tan acerado era el «brote del bambú de jade» que Su E abrazó, con mayor suavidad si cabe, la cintura del inmortal, comparable al célebre Ruanlang, y posó sus diminutos «lotos dorados» sobre los hombros de su compañero, bello como el poeta Song Yu. El placer la invadió. ¡Oh, goce!, ¿acaso no eres como la lluvia que inunda la tierra sedienta? ¿O quizá simplemente seas comparable a la felicidad que siente el pez en el agua?
Ahora bien, Su E era virgen y, en el momento de la desfloración, no dejó de sentir un dolor ligeramente desagradable. Cuando el inmortal la vio en ese estado, sacó de su bolsa unas píldoras de color rojo y le rogó que se tomara una. Su E así lo hizo, y todo sufrimiento desapareció de su ser íntimo, que volvió a ser tan terso y tan liso como antes. Entonces le preguntó por el nombre de aquella sustancia.
—Se llama «la píldora que ensancha el valle» —le contestó él—. Te daré asimismo una «píldora para estrechar el valle»; te tomarás varias y la entrada de tu valle se encogerá y permanecerá para siempre como la de una soltera, incluso después de que des a luz.
Su E se tomó las píldoras y su valle volvió a ser como antes. Entonces el inmortal le separó de nuevo las piernas y la penetró; el doloroso vaivén muy pronto llenó de dicha el cuerpo de Su E. ¡«El corazón de su flor» se entreabrió y experimentó el inefable sabor del placer! Y, a la manera «de las nubes que se dispersan y de la lluvia que cesa», los dos amantes se echaron, con las cabezas juntas sobre la almohada. Estaba aún pensando en el maravilloso encuentro cuando Su E se dijo de pronto que ni siquiera conocía el nombre del inmortal; de modo que se lo preguntó, con la esperanza de volver a verle un día no muy lejano.
—Me llamo Yue, Luna, y me apellido Hua, Flor —respondió él—. He observado la disciplina en los montes Zhongnan durante mil quinientos años. Una vez convertido en inmortal, tomé el nombre de Puhua zhenren, que significa «el hombre perfecto de las transformaciones universales». Como ves, cuando mi deseo se despierta, jamás emito semen. Poseo también el arte de «absorber la esencia vital» de mi pareja mediante el control de mi respiración. Y cuando tengo relaciones amorosas, extraigo de ellas todos los placeres. Completo mis fuerzas viriles gracias a los fluidos femeninos de modo que, alejando de mí la vejez, recobro la juventud. Se trata del llamado «método de la Hija de Candor para recoger los frutos de la batalla», que te enseñaré ahora, preciosa belleza.
—¡Sí, enseñadme enseguida vuestro arte! —le pidió ella.
Y el inmortal le transmitió entonces todas sus enseñanzas, sin omitir ninguna. Cuando aún estaban hablando, Su E vio que sus sirvientas se dirigían al pabellón con unos farolillos en la mano.
—¡Princesa, vuestra madre os espera!, —exclamaron—. ¿Qué hacéis todavía aquí?
Al oír que la llamaban, Su E se quedó tan sorprendida que su cuerpo se cubrió de sudores fríos; y, empapada en sudor, se despertó. Echó un vistazo a su alrededor y vio a sus dos sirvientas apaciblemente dormidas. En el pabellón Qiao, resonó el tambor de la cuarta víspera; era la medianoche pasada. «¡Qué extraño!», pensó Su E. Nunca había tenido un sueño tan vivido como éste. Palpó entonces el interior de su valle, aún húmedo tras su aventura nocturna, y recordó perfectamente las enseñanzas del inmortal. «No hay duda de que he tenido una relación muy especial», se dijo. Y se quedó tan turbada que ni siquiera se dio cuenta de que el gallo ya había anunciado el alba y de que el oriente se iluminaba poco a poco. Se echó algo sobre los hombros y se lavó. Pero por ahora la dejaremos aquí.
En Chen, el principado vecino, vivía un dignatario llamado Xia Yushu, cuyo padre había sido uno de los hijos del duque Ding. Tenía Xia Yushu por entonces veinte años, y todavía no se había casado. Era la época en que el duque Ling Pingguo reinaba en Chen y los principados de Chen y de Zheng mantenían buenas relaciones. Por orden del duque Ling, dos dignatarios, Xie Ye y Kong Ning, fueron enviados a Zheng para estrechar los lazos de amistad que unían a los dos principados. Ahora bien, hacía ya algún tiempo que Xia Yushu sabía que Su E, la hija del duque Mu, había llegado a la «edad de ponerse la horquilla», y deseaba casarse con ella. Se había confiado a Kong Ning y éste había aceptado presentar su petición al duque Mu. Al llegar a Zheng, Kong Ning participó en las ceremonias oficiales, tal y como le exigía su misión. El duque Mu ordenó enseguida que le acompañaran a la residencia de los invitados para que pudiera descansar. Al día siguiente, Kong Ning volvió a entrevistarse con el duque para informarle de las intenciones de Xia Yushu, y el duque le contestó en estos términos:
—Me parece una idea excelente. Pero mi hija es todavía muy joven y no sé si será capaz de desempeñar las funciones de una buena ama de casa en el palacio del dignatario Xia.
—Duque Mu, el asunto sólo requiere vuestro gracioso consentimiento —dijo Kong Ning—. ¿Creéis que, si no fuera conveniente, hubiera tenido la audacia de venir a proponéroslo?
—De acuerdo, pero antes debo deliberar acerca de ello —contestó el duque—. Volved a vuestra residencia y permitidme que no os dé una respuesta definitiva hasta mañana.
Kong Ning se despidió y el duque se dirigió a sus aposentos privados para hablar de ese matrimonio con su esposa.
—Su E está ya en «edad de ponerse la horquilla» —respondió ésta—, y el dignatario es de origen real. Esta alianza me parece excelente. Iré a ver a vuestra hija para sondear su corazón.
Desplazando sus «lotos dorados», se dirigió, pues, al aposento en el que se hallaba Su E, que en ese momento estaba bordando unos zapatitos. Al ver llegar a su madre, se levantó presurosa y se quedó de pie a su lado. La dama Zhang se sentó y dijo a su hija:
—Los dignatarios Xie y Kong Ning, del principado de Chen, se encuentran estos días en nuestro reino para sellar una alianza. Kong Ning nos ha comunicado que un alto dignatario de Chen, llamado Xia Yushu, desea tomarte como esposa. ¿Darías tu consentimiento a esta unión?
Su E bajó la cabeza y por el momento no respondió. Pasado un buen rato, murmuró:
—Lo haré si es la voluntad de mis padres.
Y llena de confusión, se tapó el rostro con la manga de su vestido. La dama Zhang permaneció sentada durante un momento en el aposento de los bordados y luego se dirigió a la gran sala en la que se hallaba su esposo.
—Creo que vuestra hija —dijo— no aceptará abandonar a sus padres tan pronto. ¿No sería mejor decirle a Kong Ning que ella es aún demasiado joven y que, si damos nuestro consentimiento, sería preferible que el dignatario Xia viniera a buscarla dentro de dos años?
—Habláis con mucho sentido común, esposa mía —respondió el duque antes de salir y ordenar a alguien que rogara a Kong Ning que viniera a verle.
Este acudió en el acto.
Pues bien, si no sabéis todavía lo que le dijo el duque, prestad atención a las explicaciones del próximo capítulo.