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El rey de Jin contra los libertinos su cólera descarga
y el prodigioso Libre Vagabundeo a las tres bellezas salva.
De regreso a casa, Wuchen habló sin reparos a su esposa, quien, al principio, fingió no aceptar el intercambio y aguardó a que Flor de Loto la exhortara a ir. Poco después llamó a Li el Bienaventurado para que la llevara a casa de los Luan. El criado de la biblioteca iba detrás del palanquín. Cuando llegaron ante la residencia, Yunxiang les ordenó que regresaran. A Li el Bienaventurado y al criado les pareció insólita esta visita.
—¿Pero no acaba de llegar a nuestra casa la mujer de Luan Shu, la princesa? —preguntó Li.
—Sí —repuso el criado—, tienes razón.
—Entonces —continuó Li—, ¿por qué viene nuestra señora aquí?
—En efecto, es muy extraño. Cuando volvamos, se lo preguntaremos a tu mujer, seguro que sabe algo.
—Sí, seguro que sabe algo, pero estoy convencido de que no me dirá nada.
Los dos criados tenían razones sobradas para sospechar, porque, cuando Yunxiang entró en la residencia de los Luan, era ya la hora de encender las lámparas. El dignatario Luan salió a su encuentro, la condujo al pabellón de los bordados y despidió rápidamente a sus sirvientes. Una vez a solas con ella, le ofreció vino. Bebieron hasta embriagarse. A Yunxiang se le pusieron las mejillas sonrosadas y a él le pareció todavía más bella. La tomó en sus brazos y la besó en la boca.
—¡Oh, delicada hermanita, me muero de deseo por vos!
—Desde que nos vimos por primera vez —respondió ella—, me siento invadida por el mismo deseo. ¿Pero quién ha hecho posible que nos viéramos esta noche?
—Mi esposa fue la primera en sugerirme esta maravillosa idea. Un día me dijo: «Si deseas a Yunxiang, pretextarás un viaje lejano, pero te quedarás en secreto en casa. Invitaré a Yunxiang para que me haga compañía y así Wuchen no sospechará». Pero cuando ella ha ido a vuestra casa para responder a vuestra amable invitación, he pensado que era mejor invitar a vuestro marido y hablarle con franqueza. Y debo decir que ha aceptado el intercambio sin poner objeción alguna. ¿No es mejor a veces ir directamente al grano que andarse con rodeos?
Poco después, Yunxiang y Luan Shu se desnudaron y subieron a la cama. Luan Shu sabía que ella era muy experta en esas lides. Decidido ya a presentar combate, «desplegó sus estandartes y tocó el tambor», esperando infligirle una derrota. Mas ¿cómo hubiera podido imaginar la fuerza de ese otro general al que se enfrentaba? Pronto sólo fueron dos sables duros y brillantes. Los ataques y los contraataques se sucedían en la terrible batalla. Pronto el combatiente perdió terreno. Su cintura se debilitó, perdió el control y se extravió; había emitido su semen. Yunxiang le preguntó entonces:
—¿Cómo es posible que no hayáis podido resistir más tiempo?
¡Ay, él no pudo hacer nada! ¡Estaba vencido! Pero dejemos este campo de batalla y vayamos a otro. En efecto, Wuchen se enfrentaba a la princesa en encarnizado combate. ¿Cómo hubiera podido ganar ésta a un general siempre victorioso? Combatieron hasta la segunda víspera de la noche, momento en que ella tocó la retirada. Flor de Loto, que también estaba allí, se presentó ante Wuchen. Este ni siquiera tuvo necesidad de desplegar sus mejores artes para vencerla a su vez. La princesa se lanzó de nuevo al asalto. Wuchen la contempló; era blanca como el jade y ligera como el hilo de seda. Espoleo de nuevo su caballo para arremeter con gran ardor contra ella y su lanza traspasó la «habitación florida» sin esfuerzo alguno. Y como él le preguntara si había alcanzado el placer, ella respondió: «Retiraos deprisa, querido hermano mayor, o moriré…». Pero Wuchen no consintió en absoluto y, alzando su lanza dorada, la embistió cien o doscientas veces seguidas. La princesa se debilitó, su rostro níveo se contrajo. El dolor la obligó entonces a rogar a Wuchen que se retirara, y éste obedeció para atacar de nuevo a Flor de Loto.
Así, durante un mes, los esposos Luan sufrieron una derrota tras otra, mientras que Wuchen y Yunxiang cantaban siempre victoria. Y finalmente las dos damas volvieron a sus casas respectivas. En las dos residencias pronto estuvieron al corriente de este comportamiento. Un día en que Luan Shu paseaba por el jardín, oyó que un joven criado le contaba a otro, con palabras encubiertas, las relaciones que mantenían sus señores. La cólera invadió a Luan Shu, quien castigó con rigor al criado. Este, lleno de rencor, corrió a casa del dignatario Zhao Meng para ponerle al corriente del comercio ilícito de su señora con Wuchen. Zhao Meng se enfureció violentamente y acto seguido envió un informe al rey. Cuando éste lo recibió, dio un golpe en la mesa y gritó:
—¡Miserables! ¡Su actitud es incalificable!
Luego ordenó a Zhao Meng que movilizara todas sus fuerzas armadas para cercar la residencia privada de Wuchen. Quizá no sea necesario especificar que el rey pensaba detener también a Luan Shu.
Esa noche, Yunxiang tuvo un extraño sueño. Un demonio de rostro azul verdoso y cabellos rojos blandía un gran cuchillo y la injuriaba: «¡Malvada, tu sed de lujuria nunca ha tenido medida! ¿A cuántos hombres has perjudicado?». Después el demonio alzó su cuchillo para atacarla. De pronto surgió un hombre de gran estatura, y al instante supo ella que se trataba de Libre Vagabundeo, el inmortal que antaño la había iniciado en el amor. Este detuvo al demonio con una mano y le dijo:
—Sé que ha cometido muchos crímenes; pero yo tuve relaciones con ella. Debido a esto, y a que uno de estos días renovaré este vínculo del pasado, deseo que se vea libre de vuestro castigo.
—Puesto que así es —respondió el demonio—, la dejaré en paz.
Libre Vagabundeo habló después con Yunxiang:
—Mañana, al mediodía, se abatirá sobre ti una gran desgracia. Cuando el peligro sea inminente, vendré a salvarte. No digas nada a nadie y mañana por la mañana recibe a la princesa en tu casa. Dile también a Flor de Loto que no se aleje, y a mediodía vendré a buscaros a las tres.
Cuando hubo terminado de hablar, le dio un empujón. Yunxiang se despertó bruscamente, gritando y con el cuerpo cubierto de sudor. Y como tuviera ese mismo sueño otras tres veces, se dijo: «Prefiero creer que todo esto sucederá. Sí, debo evitar pensar que no ocurrirá». Ni que decir tiene que, al día siguiente, recibió a la princesa y que, juntas, esperaron el mediodía.
Por entonces, el rey de Jin conducía personalmente a sus soldados contra la casa de su real cuñado Luan Shu. Después de apresar a este último, buscaron por todas partes a la princesa, pero no la encontraron. El rey preguntó entonces a Luan Shu dónde se hallaba.
—Ha ido a casa de Wuchen —respondió él.
El rey condujo sus soldados a la residencia de Wuchen. A mitad de camino encontró a los soldados de Zhao Meng. Unieron sus dos ejércitos y poco después llegaron ante la residencia. El rey ordenó rodearla. Obedecieron los soldados y la casa fue sitiada como con una tenaza de hierro. Cuando el rey preguntó quién deseaba apresar a Wuchen, salió de las filas un oficial que, inclinándose profundamente ante él, le dijo:
—¡Yo, majestad!
El rey reconoció entonces a Xun Ying, hijo de Xun Shou, del ejército del centro.
—¡Entraréis en la residencia y apresaréis a todos esos depravados sin dejar que se os escape ni uno! —le ordenó el rey.
Xun Ying entró en la casa. Wuchen se encontraba en la sala principal; todavía dormía. Li el Bienaventurado y el criado de la biblioteca estaban junto a él. Xun Ying ordenó a los soldados que apresaran a los tres hombres. Wuchen se hallaba en pleno sueño. Cuando se despertó, vio que estaba atado de la cabeza a los pies. Reconoció a Xun Ying, quien en ese momento ordenaba a los soldados que se apoderaran de sus bienes.
—¿Qué estáis haciendo? —le preguntó, nervioso.
—Has mantenido relaciones culpables con la princesa y ahora, el rey, su hermano, ha venido personalmente a arrestarte. ¿Dónde están las mujeres?
Lleno de terror, Wuchen bajó la cabeza y no respondió nada. Ahora bien, el criado de la biblioteca, que desde siempre alimentaba un odio secreto contra Flor de Loto porque ella no quiso saber nada de él, señaló el jardín con el dedo y dijo:
—Están en el pabellón de las peonías.
Mientras Wuchen y sus servidores eran conducidos ante el rey, Xun Ying se dirigió hacia el jardín. De pronto, se levantó un extraño viento, una ráfaga procedente del sudeste alzó la arena y desplazó las piedras; se formaron espesas nubes negras y de repente no se vio nada. Xun Ying se quedó paralizado y luego oyó una voz que reía en el éter:
—No las atraparás, Xun Ying. ¡Están a salvo!
Xun Ying abrió los ojos como platos y en medio de la oscura niebla distinguió a un hombre y tres mujeres que avanzaban hacia el noroeste sin dejar rastro.
Y yo, Xian Chuan, encontré esta extraña historia hojeando las crónicas y os la he contado para que no se pierda nunca jamás.