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En la corte del duque de Chen, se pavonean.
Yi Hangfu, asesinar en secreto al ministro leal ordena.
Pues debéis saber que quien había interpelado a Kong Ning era Yi Hangfu. Cuando le vio pasar junto a él, le asió de la manga y, llevándole aparte, le preguntó al oído:
—¿Dónde ha estado cazando nuestro señor y dónde ha pasado la noche? Dímelo sin rodeos.
Viendo que no podía disimular, Kong Ning le dijo la verdad. Yi Hangfu, que sabía perfectamente que el duque había ido a Zhulin aconsejado por Kong Ning, dio una patada en el suelo y le dijo, molesto:
—¡Ah! ¡Conque ésas tenemos! Pero no dejaré que te salgas con la tuya.
—Nuestra majestad ha quedado muy satisfecho —respondió Kong Ning—. ¡No te preocupes, la próxima vez te tocará a ti complacerle!
Los dos hombres soltaron una gran carcajada y se separaron. Al día siguiente, cuando todos los oficiales se hubieron dispersado después de la audiencia matinal, el duque rogó a Kong Ning que compareciera ante él y le dio las gracias por su consejo del día anterior. Mandó llamar también a Yi Hangfu y preguntó a los dos dignatarios:
—¿Cómo habéis podido dejarme tanto tiempo al margen de este grato asunto, al que vosotros os habéis dedicado antes que yo? —Como ellos negaran el hecho, el duque continuó—: Lo sé por la amable boca de la dama, así que no tenéis necesidad de disimular.
—Si el príncipe experimenta cualquier tipo de agrado ante un manjar —dijo Kong Ning—, es porque sus ministros lo han probado antes. Y, si éstos no lo encuentran de su gusto, ¿no sería una osadía por su parte dárselo a conocer a vuestra majestad?
—También se dice que las palmas de oso tienen un sabor extraordinario, ¡y sin embargo me las habéis dado a probar antes que vosotros! —respondió el duque riendo.
Los dos ministros empezaron a reírse tan fuerte que no podían parar.
—Pero ella me ha regalado una cosa —prosiguió el duque, y entreabrió sus ropas para mostrarles la camisa de la dama Xia—. ¿Poseéis vosotros algo parecido?
—Sí —respondió Kong Ning levantándose el traje y mostrando la entrepierna de un pantalón bordado—. ¿Acaso no es esto también un regalo de la amable dama? Y Hangfu posee a su vez algo parecido.
El duque preguntó a Hangfu de qué se trataba y éste le mostró lo que llevaba puesto. Riéndose a mandíbula batiente, el duque les dijo:
—Puesto que cada uno de los tres poseemos una prenda a modo de prueba, ¡uno de estos días iremos juntos a Zhulin y tendremos una gran reunión de cama!
En la ciudad no tardó en saberse que el príncipe y sus dignatarios se divertían hablando de esa guisa en el mismo recinto de la corte. Resentido, un ministro probo llamado Xie Ye dijo, apretando los dientes:
—La sala de audiencias real es el lugar donde se salvaguardan las leyes fundamentales del Estado. ¿Cómo se atreven a pronunciar en ella palabras tan insolentes y propósitos tan licenciosos? ¿Qué conducta es ésa? No puedo resignarme a que nuestro principado se vea sumido en la ruina.
Y el ministro en cuestión se presentó en la corte para dirigir unas amonestaciones al príncipe. Sin embargo, por desgracia, suele decirse:
Desde la antigüedad, la traición y la lealtad
son raramente conciliables.
¡Ah!, virtuoso y malogrado ministro Bigan,
¿para qué evocarte en vano?
Pero volvamos ahora al momento en que el príncipe y sus dos ministros se divertían ignominiosamente en la corte. De pronto vieron a un hombre que se acercaba a toda prisa llevando en la mano una tablilla oficial. Abrieron los ojos como platos y reconocieron a Xie Ye. Kong Ning y Yi Hangfu le temían por la honestidad que siempre había demostrado. Cuando ese día le vieron llegar sin haberle convocado, pensaron que había venido para amonestarles. Así pues, se despidieron del duque y se eclipsaron. El duque también hubiera deseado dejar su trono, pero Xie Ye se le adelantó; le sujetó de la ropa y le dio el siguiente consejo:
—He oído decir que el príncipe y los ministros deben guiarse por el respeto mutuo, y que los hombres y las mujeres deben mantenerse alejados entre sí. Hoy el príncipe y los ministros hacen gala de su impudicia y ya no se alaban los unos a los otros; al perderse el respeto mutuo, anulan, al mismo tiempo, la separación que conviene mantener entre hombres y mujeres. La ruina de las conveniencias sociales se ha consumado, lo cual trae aparejada la destrucción del reino. Príncipe, debéis cambiar este estado de cosas.
El duque Ling sintió que la vergüenza le subía al rostro y le dio la razón en estos términos:
—Gracias a vuestras justas amonestaciones, reconozco mi deshonor. Corregiré mi conducta.
Entonces Xie Ye se despidió.
Cuando Kong y Yi, que se habían quedado en la puerta para oírles, vieron salir a Xie Ye precipitadamente y con aspecto furibundo, corrieron a esconderse. Pero Xie Ye les había visto. Les hizo salir de su escondite y les increpó de esta manera:
—Cuando el príncipe es virtuoso, los ministros deben proclamarlo. Cuando el príncipe no es virtuoso, los ministros deben ocultarlo. Hoy, vosotros dos, ministros inmorales, habéis incitado a vuestro príncipe a la depravación, y, por añadidura, habéis aireado su conducta en la sala de audiencias real. ¿Qué lección debe extraerse de esto? ¿Acaso no conocéis lo que es el oprobio?
Los dos hombres no supieron qué responder y se vieron obligados a disculparse para que Xie Ye les dejara irse. Cuando este último se hubo marchado, regresaron junto al duque y le dijeron:
—Las amonestaciones de Xie Ye significan que en el futuro se os prohibirá ir a divertiros a Zhulin.
—¿Y vosotros dos seguiréis volviendo allí? —les preguntó el duque.
—Xie Ye os ha hablado así en su calidad de ministro, príncipe, pero nosotros, vuestros ministros, no tenemos nada que ver en el asunto, por lo cual nada podrá impedírnoslo.
—Prefiero desobedecer los consejos de Xie Ye que renunciar a ese lugar de delicias —afirmó el duque con ardor.
—Pero, príncipe, si vais de nuevo a Zhulin, os será difícil evitar las amonestaciones del pertinaz Xie Ye.
—Entonces, ¿qué podemos hacer para que no hable en absoluto?
—Sólo veo un medio —respondió Kong Ning—, impedirle que abra la boca.
—¿Cómo?
—Kong Ning quiere decir simplemente que sólo los muertos mantienen la boca cerrada —dijo Yi Hangfu—. ¿Por qué no ordenáis que Xie Ye sea eliminado? Así podríais disfrutar sin obstáculos del placer hasta el final de vuestros días.
—Eso es imposible —respondió el duque.
—Pero si vuestros ministros autorizaran a alguien para que le cortase la cabeza, ¿qué diríais vos? —sugirió Kong Ning.
—Haced lo que os parezca.
Los dos hombres salieron entonces del palacio para deliberar.
—Ayer se dictó sentencia en un proceso —declaró Hangfu—; el criminal será ejecutado después del otoño. Yo he visto a ese hombre terrible. Es extraordinariamente audaz. Si logramos que le indulten, y además le gratificamos con unas onzas de plata, de mil amores trabajará para nosotros.
—¿Cómo se llama ese hombre? —preguntó Kong Ning.
—Zhang Heiye, o Zhang Noche-Negra. Ha sido condenado por entrar en una casa y asesinar al guardián que le sorprendió. Si nos servimos de él, estoy seguro de que conseguiremos nuestro propósito.
Al día siguiente, Kong y Yi fueron a ver al duque Ling y le hablaron del criminal en cuestión.
—Si aceptáis indultarle, príncipe, no hay duda de que se prestará a matar a Xie Ye.
El duque reflexionó unos instantes y después entregó a Kong Ning una orden escrita por la que concedía el indulto del criminal. Kong Ning se la transmitió a Hangfu, y éste envió a alguien a buscar a Zhang Noche-Negra. Después de dar curso a la orden rápidamente, Yi Hangfu ordenó a sus allegados que se retiraran; una vez a solas con Kong Ning, liberó de sus ataduras al bandido. Después le ayudaron a incorporarse y le dijeron al oído: «Así… y así…». Y al día siguiente, durante la audiencia matinal en la que se reunían todos los oficiales, Zhang Noche-Negra fue a esconderse en el lugar señalado. Creemos que no hace falta mencionar que, a continuación, se dedicó exclusivamente a esperar a Xie Ye. Después de la audiencia, Xie Ye salió del recinto del palacio. De pronto, la cabeza empezó a darle vueltas, los ojos se le nublaron y empezó a temblar.
Por suerte iba acompañado por un sirviente llamado Li el Servicial, que, al ver a su señor en tal estado, le preguntó:
—¿Qué tenéis, excelencia?
—No lo sé —respondió Xie Ye.
—¿No estará sucediendo algo en vuestra casa? —dijo Li el Servicial ayudándole rápidamente a subir al caballo.
Por el camino, vieron de pronto que un hombre salía corriendo de un bosquecillo de pinos. El hombre atrapó con una mano a Xie Ye y le obligó a bajar del caballo; después blandió su cuchillo y lo hirió.
—¿Pero quién eres tú para atreverte a cometer tal felonía? —le gritó Li el Servicial al ver que el hombre se llevaba a su señor, y se lanzó en su persecución.
Cuando Zhang Noche-Negra vio que Li el Servicial estaba a punto de alcanzarle, se volvió bruscamente y, de una cuchillada, le tiró al suelo. Murió en el acto. Al ver que Li el Servicial había muerto, Xie Ye fue presa del terror, y sus almas espirituales volaron más allá de las nubes. Zhang Noche-Negra le remató, le cortó la cabeza y la envolvió en un trozo de tela. Apretando ésta contra su pecho, fue a ver a Yi Hangfu, quien se puso tan contento que le dio cincuenta onzas de plata y le permitió regresar a su casa. Sólo Kong Ning y Yi Hangfu estaban al tanto, y nadie sospechó lo que había ocurrido. Redactaron en secreto un informe y se lo enviaron al duque, y éste se alegró de la muerte de Xie Ye. Y, ya veis, todos los habitantes del principado creyeron que el duque era el único responsable de esta muerte, y no supieron que era obra de sus ministros. Un cronista compuso en honor a Xie Ye el siguiente elogio fúnebre:
Chen está de luto por la muerte de una virtud
brillante,
y duque y ministros ostentan su descaro:
horquillas, adornos, vestidos de la galante;
a Zhulin la corte se ha trasladado.
¡Oh eminente y brillante Xie Ye,
tus justas palabras fueron únicas bajo el cielo!
La muerte sigue aumentando tu eminente fama.
Tu sangre fue como la del leal Longfeng
y tu corazón como el de Bigan el fiel.
Después de la muerte de Xie Ye, el príncipe y sus ministros no tenían ya nada que temer. Sin embargo, dejaron de ir juntos a Zhulin y acudieron a escondidas. Pero pronto volvieron a sus costumbres de antaño. Y el duque Ling no pudo impedir que las gentes del reino recitaran un poema en el que se le criticaba de forma velada:
—¿Qué hacéis en Zhulin?
—Ver a Zinan.
Yo no he ido a Zhulin
sino para ver a Zinan.
Sabemos que el nombre público del hijo de la dama Xia era Zinan. El poeta, pues, como hombre leal que era, no pronuncia en el poema el nombre de la dama Xia, sino el de su hijo, Zinan.
El príncipe y sus dos ministros continuaron gozando de común acuerdo, y si todavía no sabéis lo que el futuro les reserva, prestad atención a las explicaciones del próximo capítulo.