Proemio

Los dones de los dioses canto, las artes que alegran a los cazadores, bajo tu auspicio, Diana[1]. Primero todas las esperanzas residían en los brazos[2]: los hombres con sólo su valor batían al azar los bosques y la vida toda era un desacierto. Luego, 5 emprendiendo otro camino, más ajustado y mejor, te tomaron a ti, Razón, de compañera en sus empresas. Desde entonces comenzaron a brillar para la humanidad toda clase de ayudas y el sistema adecuado, y se aprendió a sacar de unas técnicas otras afines; desde entonces la fuerza bruta, abatida, retrocedió[3].

10 Mas el primer apoyo a las técnicas se lo dio la divinidad, rodeándolas de profundos cimientos, y luego cada uno continuó y llevó a término su propia tarea, alcanzando con su tesón la meta[4]. Tú, Diana, a la humanidad amedrentada en su lucha con las fieras, en lo que 15 más buscaba ayuda, te dignaste protegerla con medios por ti hallados y librar al orbe de este castigo[5]. Se unieron a tu compañía bajo tu divino poder diosas cien, todas las de los bosques, las náyades, húmedas todas de las fuentes[6], y Fauno Lacial, los bicornes sátiros, el 20 hijo del Ménalo[7], la Madre Idea, domadora de leones[8], y Silvano, que goza con el silvestre acebuche[9]. Con tal protección impulsado yo a defender nuestra suerte frente a mil fieras y no sin versos, en verso presentaré yo las armas y expondré por entero las técnicas de la caza[10], tarea grande e inadecuada de tocar si no se domina con cuidado.

¿No ves a quienes el relato de las añejas gestas presenta 25 como semidioses (se atrevieron ellos a un orgulloso intento amontonando montañas, a ir por los mares, a maltratar a las madres de los dioses)[11], a qué gran precio sin mi colaboración[12] han batido los bosques? Llora todavía anonadada y seguirá llorando a Adonis 30 Venus; Anceo cayó en su propio campo, y era superhábil y formidable con su doble hacha[13]. Calíbrese, pues, si mis técnicas responden útilmente con algo que, en una confrontación, pueda esquivar la fuerza de las fieras. El propio dios de Tirinte, civilizador de un mundo salvaje, a quien el mar, a quien la tierra, a quien la abismal 35 puerta de Dite permitió que acometiese todo lo que ofrecía gloria, de esto consiguió honra y los primeros honores de la fama[14].

Confección de redes

Los elementos básicos del aparejo guerrero, las redes pequeñas, y de la red mediana, la cuerda[15], exigen unir 40 las hebras que nacen del tenue hilo, retorciéndolas en número de cuatro en el torno: tal cuerda es resistente en su función, es de prolongado uso. Luego, la propia red pequeña, por la boca que se abre en su centro, rodéala dos veces con cuerda siguiendo el hexágono que forman sus mallas, de manera que capture en todo su fondo al enemigo por voluminoso 45 que sea[16]. Por otro lado, me gustaría extender la red grande a lo largo de cuarenta pasos y que se alzara diez nudos completos[17]; no compensan mallas que exijan mayores gastos.

Los mejores linos los darán, no lo dudes, los pantanos del Cínipe[18]; bueno es el nacido en el eolio valle de la Sibila[19] y la estopa[20] cosechada en el soleado 50 campo etrusco, que absorbe el cercano rocío del río, por donde el Tíber, colono del Lacio, se desliza entre umbrosos silencios y llega con su gran boca al seno del mar. Pero, por el contrario, nuestros faliscos tienen linos débiles[21] y los de la hispana Sétabis se consideran 55 para otro uso[22]. La muchedumbre de pies sonoros de la calurosa Canopo, cuando hace sacrificios en las fiestas de Bubastis, apenas si se tapa con su lino[23]; la propia blancura de éste en un aparejo ya inútil suele ser funesta al mostrar de lejos la trampa y espantar a los enemigos.

60 En cambio, el pobre hortelano de Alabanda[24] alimenta con regatos plantaciones de cáñamo, instrumento muy conveniente a nuestra tarea. Cuidar de él es pesado, pero con redes grandes de esta clase puedes tú copar a los osos de Hemonia[25]. Prevén tan sólo que la 65 peor de las plagas, la humedad, no penetre en ellas: en las armas húmedas no hay utilidad ni garantía. Por tanto, si, en medio de la cacería, las corrientes en angosto valle y los pantanos cercados las dañan[26] o las baña del cielo imprevista lluvia, extiéndelas al soplo de la serena 70 Hélice[27] o expónlas para aligerarlas a negro humo. Por eso, también se prohíbe tocar las primicias de la cosecha de lino antes de que las Pléyades abrasen la estación con fuegos de madurez y se alcen en claro oriente[28]. Que se impregne[29]: responderá con un uso tanto más prolongado.

Espantajos

Hay a quienes las plumas arrancadas 75 al asqueroso buitre les han servido de instrumento en la caza y de ayuda no pequeña, sólo que deben intercalarse vellones de níveo cisne y ya es avío suficiente. Centellean éstos de clara luz, terrible visión, pero el siniestro hedor del negro buitre trastorna los bosques 80 y a trechos es más efectivo. Mas, como brillante y grasienta, sea también la pluma en tus aparejos muelle al tacto y atada sin apiñar[30], no sea que, al recogerla con prisas, la cuerda te trabe con sus plumas y evidencie sus fallos en el propio uso. Este espantajo suele 85 ser efectivo, sobre todo, con los ciervos; pero cuando las flexibles plumas se tiñen de vez en vez de libio vermellón y resplandecen las armas de lino en las horcas puestas[31], raro es que bestia alguna burle los engañosos espantajos.

Lazos y trampas

Pero también han sido de una cierta utilidad los lazos corredizos. Se suele 90 aconsejar hacerlos, más bien, con nervios de ciervo: con el efluvio del animal el mendaz engaño ocultará la emboscada. ¿Qué decir del cazador que suele atar su dentada trampa a una estaca de encina? ¡Cuántas veces con sus armas engañosas tiene, sin preverlo, el fruto del esfuerzo ajeno[32]!.

Dércilo y el arte cinegética

95 ¡Feliz aquel a quien su diligencia lo proclamó inventor de cosa tan importante! ¿Fue él un dios o un talento muy cercano a los dioses que dirigió grandiosamente su penetrante mirada a las ciegas tinieblas y bañó de luz al vulgo ignorante? Ea, díselo, Diana (lícito es)[33] a un servidor de las Piérides[34].

100 Es firme tradición que fue un anciano arcadio a quien vosotros, Ménalo, consejero suyo, y la espartana Amiclas, visteis tender el primero redes por valles no acostumbrados: Dércilo[35]. Nadie se condujo más justamente que él, ningún otro hubo en la tierra más respetuoso 105 con los dioses. Por eso, la diosa de las espesuras en las primeras tierras cultivadas[36] lo instruyó y, tras juzgarlo digno de figurar como descubridor de tamaña obra, le ordenó ir y extender a los pueblos sus técnicas.

Venablos y picas

También él fue el primero que vistió los venablos de poderoso diente[37] y templó la furiosa embestida de un 110 animal herido, conteniendo con los topes[38] todo su peso. Luego se sacaron astas con dientes de asador y otras se empalmaron a una doble horca[39], y algunos cerraron los palos de fresno con rejones enteros, para que su masa no cesara de actuar al herir a la fiera.

Huirás de los atractivos de la moda volandera: en esto mismo daña por defecto o por exceso. Mas la moda 115 se desliza de acá para allá y todos se apresuran a apartarse de las prácticas consagradas. ¿Qué decir si fuera de mi agrado hablar de las inmensas picas de los macedonios? ¡Qué minúsculos dientes erizan sus largas astas! O por el contrario, ¡cómo las varas desprovistas de su tierna corteza las sobrecargan los ágiles lucanios con 120 enorme cuchillo! La mejor norma de fabricación de todas las armas es un beneficioso término medio, por lo que también en los venablos sopesamos su fácil manejo: que no vaya sin peso el dardo heridor ni sea corto su tiro.

También Diana armó con el arco y la aljaba licias 125 a su comitiva[40]: no menospreciéis las armas de la diosa. También las saetas voladoras han cumplido en tiempos una gran tarea. Aprende ahora también todas las posibilidades de elección para unas astas fuertes.

En abundancia se cría en los valles del tracio Hebro[41] el cornejo, y por las costas, los umbríos mirtos de Venus, los tejos, los pinos y las hiniestas de Altino[42]; 130 y más los aventaja[43] el desgreñado acebuche, árbol del protector de los campos[44]. De la oriental Saba[45] procede una vara, con mucho la más hermosa productora de perfumado incienso: su utilidad y no artificial 135 belleza (así lo decretaron las diosas de las espesuras) las ha sacado por entero de su condición natural; y, en cambio, con gran esfuerzo suelen fabricarse astas de los demás árboles que crecen al azar en nuestros bosques. Jamás por sí mismo el acebuche ha salido derecho hacia el éter, y las hiniestas se curvan desde su propio arranque.

140 Ea, pues, primeramente quita el lujuriante y nocivo follaje: el abandono sobrecarga de fronda los bosques. Luego, cuando el árbol con sus esbeltos tallos se haya manifestado de casta y sus varas se alcen cilíndricas hacia los astros, hazles incisiones circulares y desyema 145 las filas de brotes[46]. Si alguna savia dañina proporciona un defecto, con estas excoriaciones fluirá, y endurecerá, anquilosándolos, los vasos. Al alzarse las astas cinco pies[47], córtalas a manos llenas mientras se acerca la época en que las ramas se cargan de frutos y el otoño contiene sus tibias lluvias.

Razas caninas

150 ¿Pero por qué examinamos con tantas vueltas cuestiones menores? La primera preocupación en este arte, ninguna anterior a ella, es la de los perros, ya acoses con demasiado ímpetu a indómitos enemigos sin la protección de Marte[48], ya les presentes batalla haciendo uso de la maña.

Mil son las patrias de los perros y de su procedencia 155 saca el carácter cada uno. Gran guerra presenta el indómito medo y una gran gloria exalta a los lejanos celtas[49]. Por el contrario, rehúsan el combate y odian a Marte los gelonos[50], pero son de natural sagaces. El persa dotado está para ambas cosas[51]. Hay quienes crían seres, raza de indomable fiereza[52]; y, en cambio, 160 los licaones[53] son dóciles y magníficos en el combate. Mas al hircanio[54] no le basta la impetuosidad tan grande de su raza: suele buscar espontáneamente semilla de fiera en las selvas. Proporciona Venus el encuentro y los une en tierno ayuntamiento. También entonces el salvaje adúltero vaga seguro por los mansos estables[55], 165 y la perra, que ha osado aparearse voluntariamente con el pesado tigre, termina llevando una cría de superior sangre[56]. Pero peligrosa es su bravura: en tu propio establo cazará ésta y crecerá a costa de la sangre de mucho ganado. Críalo, sin embargo: todos los reproches que se haya ganado en casa, se los sacudirá este gran 170 luchador al adueñarse del bosque.

Por otra parte, el umbro, lo mismo que rastrea a sus enemigos, huye de ellos si le hacen frente. ¡Ojalá cuanta es la seguridad y finura de su olfato tanta fuera su bravura y tanta su combatividad[57]!. ¿Y si, tras llegar a las agitadas aguas de los mórinos[58], que fluyen y refluyen 175 en el ponto indeciso, gustaras de penetrar en la propia Britania? ¡Ah, qué grande es su rendimiento y cuán superior a los gastos, si no te inclinas por el engañoso atractivo de la belleza! Es éste el único fallo de los perritos britanos. Pero cuando llega la gran tarea en que 180 hay que mostrar bravura y Mavorte los llama, impetuoso, en una situación desesperada, entonces no admirarías tanto a los extraordinarios molosos[59]. Con aquéllos acoplan sus 〈 perras de cría 〉[60] la ladina Atamania[61], Acifante, Feras[62] y el taimado acarnanio[63]: lo mismo que los acarnanios suelen entrar en combate a 185 escondidas, así su afamada perra cae silenciosamente sobre sus enemigos. En cambio, con sus ladridos levanta a los jabalíes que aún no divisa cualquier perra de raza etolia: funesto servicio, tanto si el temor ha hecho estallar tal alboroto como si un entusiasmo excesivo le 190 hace apresurarse inútilmente[64]. Y, sin embargo, tal raza no la desdeñes por inútil en todo este arte. ¡Qué maravilla de rapidez y cuánto merecen por su olfato! Además, no hay esfuerzo ante el que cedan vencidos.

Por esto cruzaré las diversas razas a mi servicio[65]: en ocasiones a los atolondrados galos[66] una madre umbra[67] les dará sentido de la orientación, las gelonas[68] 195 suelen sacar bravura de un padre hircanio[69] y la calidonia[70], mejorada por un padre moloso[71], perderá el gran defecto de su vana lengua. Naturalmente, de toda cualidad toman la flor y la naturaleza se muestra favorable.

Pero si de alguna manera te tienta la caza menor, 200 te agrada acosar a los tímidos corzos o seguir las huellas zigzagueantes de una pequeña liebre (en esto tiene fama el perro petronio[72]), escoge a los alados sigambros[73] y a la vertraha[74], moteada de engañosas manchas: suele correr más rápida que el pensamiento y la flecha, mas a las fieras, cuando las encuentra, las 205 acosa; si se ocultan, no las encontrará, lo que es gloria bien clara de los petronios. Y si, reprimiendo su alegría para los momentos de juego, pudieran burlar a las fieras y acercárseles en silencio, toda la honra que ahora 210 tenéis, metagontes[75], de ellos claramente sería; mas en el bosque la bravura inútil es dañina. Y no es de poco valor la raza ni la patria de vosotros a quienes comúnmente Esparta y Creta reivindican como criaturas suyas.

Hagnón y el metagonte

Mas a ti, Glímpico[76], que llevaste el primero la trailla en tu alta cerviz, te 215 llevó por los bosques el beocio Hagnón, Hagnón, hijo de Ástilo, Hagnón[77], cuya singularidad reconoceremos siempre con profundo agradecimiento a lo largo de nuestras experiencias. Éste vio por dónde abordar más adecuadamente unas técnicas vacilantes y, por su novedad, apenas asentadas, sin reunir una comitiva multitudinaria 220 ni un equipo de grandes dimensiones[78]. Sólo un metagonte, tomado como protección y gran esperanza para el fin buscado, recorre los comederos conocidos de las fieras, los aguajes, los cubiles por ellas hollados. Es tarea para las primeras luces: entonces rastreando las señales incontaminadas del efluvio de las fieras, si hay 225 algún lugar en que su número lo desconcierta, corta hacia afuera dando un rodeo mayor, y aquí, hallado ya entonces sin error el rastro, se echa siempre sobre él, como una cuadriga, honra de Tesalia[79], lanzada por las pistas de Lequeo[80], a la que excita la gloria de sus antepasados y la esperanza ambiciosa de la primera corona.

230 Pero para que no resulte quebranto alguno de un exceso de celo, le ha sido dictada una ley a su misión: ni hostigar a ladridos al enemigo ni, cogiéndose a una presa menor o a la garantía de un provecho más a mano, echar a perder la empresa primera; sino que ya, cuando al esfuerzo gastado le sigue una suerte mejor y está 235 cerca el cubil buscado, que se dé cuenta de los enemigos ocultos y, además, lo muestre con señales: ya testimonia su alegría cumplida con su ágil cola, ya, hundiendo los garfios de sus plantas en sus propias huellas, mordisquea en la tierra u, hocico en alto, toma aire. Y, 240 sin embargo, para que los primeros indicios no lo engañen en su celo, se le recuerda[81] que dé una vuelta entera alrededor del centro cerrado de maleza y advierta las bocas de entrada y salida de las fieras y, si casualmente ahí sus primeras esperanzas le han engañado, debe echarse siempre otra vez sobre el terreno; mas, en caso de suerte, encontrará su rastro anterior al no haber 245 cruzado la presa el círculo. Por eso, cuando la victoria llegue por completo a su término, que venga, como compañero, a participar del botín y conozca su recompensa[82]: alégrese así de haber servido generosamente a la cacería.

Éste es tu inmenso mérito, esta suprema palma triunfal, gran Hagnón, te fue concedida por el favor divino; 250 por eso vivirás siempre, mientras mis versos, mientras permanezcan en la tierra los dones de los bosques[83] y las armas de Diana.

Éste también sacó de la especie de los chacales una raza semisalvaje. No hay dentro de otro pecho mayor bravura, ya lo llames a la traílla o a los envites de un 255 combate al descubierto. Los chacales, cuando se enfrentan a los leones (es dicho famosísimo), les suelen entrar por lo bajo astutamente y dominarlos con sus pequeños músculos, pues es raza de poca talla y (me avergonzaría confesar cuán grotesca es) de apariencia zorruna; sin 260 embargo, tiene una voluntad decidida. En cambio, no hay otras crías[84] que puedas querer adiestrar para misiones tan importantes, o, de lo contrario, tu propia equivocación te desengañará en plena caza, en la que una previsión tardía fracasa con daño tuyo.

Apareamiento, y selección de los cachorros

Acopla, por tanto, a animales parejos[85] y sella su camada con la garantía de sus antepasados, que te den un 265 metagonte padres que hayan engendrado este descomunal animal en su propia juventud. Y, ante todo, uniré bajo el yugo de Venus a los de bravura probada, que es la principal cualidad. Luego, una preocupación de segundo orden: que su estampa no desmienta ni le reste mérito alguno. Tengan alta la cabeza; tengan sobre la frente orejas peludas; 270 grande, la boca y por sus anchas narices respiren huracanes de fuego; ciña sus entrañas un vientre recogido; la cola, breve; largo, el flanco; el pelo, abierto sobre la nuca, ni peinado en demasía ni impotente ante el frío; 275 luego, de sus vigorosas espaldas álcese un torso capaz de jadear profundamente y bastarse para grandes esfuerzos. Evita al que con ancha planta abre sus huellas: blando es en la tarea. Unas patas duras de secos músculos querría yo y unos calcañares sólidos para tales luchas.

Mas vana es la prisa en este largo trabajo, si no se 280 retira a la hembra a profundo escondrijo, encerrada para un solo macho: en la época de Venus[86] no salvaguarda ella ni la grandeza de sus padres ni el rango de una gloria bien ganada. Primeros abrazos, dulcísimo es el placer primero… Tal frenesí la naturaleza inmoderada lo ha consagrado a Venus, si un guardián ha retenido 285 a la madre y no es ella adúltera. Concede descanso a la que esté preñada, liberándola de los trabajos acostumbrados: apenas se basta ella con su propia carga. Y luego te advertiré que, para que a la madre no la fatigue una díscola turbamulta de cachorros, revises todas sus taras e, inmediatamente después, apartes a los defectuosos. Las señales te las darán ellos mismos. Apenas 290 se sostiene sobre sus tiernas patas el que en su día no faltará a tu honra y ya lo ha hecho destacar su impetuosidad, que no le permite ser del montón: aspira a la realeza bajo el vientre de su madre, reteniendo todas las mamas, libre sin que le atosiguen su dorso, mientras 295 el tibio y clemente cielo es complaciente con la tierra; pero cuando Véspero lo ha envuelto con el frío del cauro[87], le complace apartarse, siendo cubierto a pesar de su fortaleza por la pasiva turbamulta. Preocúpate también de sopesar en tus manos sus futuras fuerzas: dejará por los suelos con su peso a sus enclenques hermanos. Ni a mí ni a ti con estas garantías mis versos 300 nos engañarán.

A la perra parida le prestarás inmediatamente otros cuidados[88] y los naturales mimos, acompañándola de merecida solicitud: tal como se haga, así responderá ella de las crías con su leche ante una prolongada asistencia. Y, finalmente, cuando las paridas cesen en su tarea, 305 quebrantadas por su celo materno, pase toda la protección a los cachorros abandonados[89].

Cría de la camada

Con leche y una papilla sencilla[90] mantendrás a las jóvenes crías, y que no conozcan otros lujos ni los gastos de una vida de glotonería: tal indulgencia 310 viene a costa de gran daño. Y no es de extrañar: ninguna otra corroe más los sentidos del hombre, si la razón no la elimina oponiéndose al avance de los vicios. Este es el bien conocido mal que quebrantó a los reyes de Faros[91], mientras se emborrachaban con añejos vinos del Mareotis[92] en gemas ahuecadas[93] y cosechaban el nardo del Ganges[94], esclavos 315 de sus vicios. También así sucumbiste tú, Lidia, bajo el aqueménide Ciro[95] y, no obstante, eras rica por las venas auríferas de tu río[96]. En pocas palabras: sin duda que, para que no te quedara nada que poseer, también tú, Grecia, al reunir artes inventadas por y para 320 el lujo y seguir, en tu locura, un vicio extranjero, ¡ah, en qué medida y en cuántas ocasiones faltaste a la dignidad de tus antepasados! En cambio, ¡qué mesa, cuán sencilla la de nuestros Camilos! ¿Cómo era tu modo de vivir, Serrano, después de tantos triunfos[97]? Por consiguiente, ellos, por la naturaleza e índole de su ancestral hombradía, pusieron a Roma a la cabeza del orbe y por ellos fue llevada hasta el cielo la hombradía, tendiendo 325 a los más altos honores. Verdaderamente, para asuntos de poca monta, bajo una gran comparación adivinarás cuál es la manera de regirlos y dentro de qué límites[98].

Por esto, a los cachorros se les asigna un perrero y un solo montero[99]: modere aquél manjares, castigo, trabajo 〈 y descanso 〉, a éste atienda la camada destinada 330 a domeñar los bosques. Y no es de poco valor la decisión: quienquiera al que se le asignen estos dominios, ha de ser un joven elegido por ti entre una muchachada sobresaliente, prudente y activo a un tiempo, una vez tomadas las armas[100]. Y si no conoce el modo y momento de hacer la guerra ni protege del enemigo a 335 sus aliados, más pequeños, o se retirarán o una victoria así es, en todo caso, dañina.

Indumentaria del cazador

Por consiguiente, en la cacería vigila y preséntate provisto de todas las armas: las armas suelen aguijonear el coraje. Cubra una venda el bajo de las pantorrillas[101] 〈 sea la piel de ternera 340[102], de amarillenta piel de cerdo 〈 el morral; corta, la clámide 〉, y los gorros, de blanco tejón[103]; ciñan el bajo de las caderas con cuchillo toledano, terrible sonido dé la falárica blandida con la diestra y abran camino en la maleza los curvos rozones.

Enfermedades y heridas de los perros

Así es tu milicia. Aún más, preocupación 345 tuya es curarles a los perros las bélicas heridas de Mavorte y las enfermedades que rondan por tantos lugares diversos, sus causas y afecciones. Inmóvil y encima está el Hado y de todo el avidísimo Orco[104] se apacienta, rodeando el orbe con el sonido de sus negras alas. Naturalmente, a una gran enfermedad 350 hay que aplicarle un cuidado mayor, y a personas experimentadas no les fallará la divinidad: para este cuidado nuestro también hay otro numen propiciable que presta socorro[105]. Y no está lejos el remedio, aunque los bordes de la profunda herida estén separados y caigan con la negra sangre las entrañas: coge de ahí, del 355 propio enemigo que ha hecho la herida, fétida orina y por la desgarradura de la llaga espárcela con la mano, en tanto cierra las venas la acre sustancia, pues se han abierto los caminos de la muerte. Luego, desinfectados los labios, te aconsejaré seguir su contorno cerrándolos con tenue hilo. Pero si la infección medra en angosta boca, ábrete por el contrario camino y desenmascara 360 las causas ocultas de la enfermedad: a mal hallado, fácil remedio. Por otra parte, 〈 las entrañas 〉 heridas se calman poniendo 〈 aceite 〉 (esto basta) o se marca el contorno de la llaga con ungüento de negra pez[106] y, si en la desgarradura hay leve daño, tiene él[107] una 365 ayuda natural en el poder de su saliva.

La enfermedad es grave y demasiado profunda para tales cuidados, cuando las causas han introducido el mal a ocultas por todo el cuerpo y el daño se manifiesta tardíamente en su apogeo. De aquí suele brotar la infección y, por contagio, entrarle a la jauría la enfermedad 370 y, con su difusión, el gran ejército[108] se desmorona bajo la común plaga, sin perdonar fuerza alguna ni méritos, ni haber esperanza de escapar gracias a las súplicas. Y tanto si Prosérpina[109] ha sacado a la muerte de la noche estigia, vengando una ofensa confiada a las Furias[110], como si desde lo alto y con pestíferos vapores 375 el éter sopla la peste o la tierra arrasa su propia gloria[111], aleja la fuente del mal. Te aconsejo marchar atravesando profundos valles y cruzaréis en vuestra huida un ancho río.

Esto es lo primero para escapar de la muerte. Luego valdrán los remedios artificiales, resultando de nuestra 380 técnica una cierta utilidad. Mas diversos son los accesos y no en todos hay idéntica virulencia: aprende sus fases y prueba la medicina más apropiada.

La rabia

Frecuentísima es en los cachorros la rabia e, invicta ante la demora, apresura 385 el mortífero mal: así es, pues, más seguro anticiparse con remedios y vencer de raíz sus causas. Pues penetra, por donde la lengua se adhiere con nudos tenaces, una peste llamada gusanillo[112], mala y fea. Cuando éste ha ocupado lo profundo de las entrañas, saladas de sed, 390 atizando sofocantes fuegos con encendida fiebre maquina huir, despreciando su amarga morada. Naturalmente, espoleados por los poderosos aguijones de este movimiento, los perros suelen volverse rabiosos. Por eso, ya de pequeños, les cercenan a hierro los principios y causas innatos del mal. Y no es largo el tratamiento 395 en la excoriación hecha: esparce sal pura y cubre ligeramente la herida con una película de aceite. Antes de que la noche, al volver, complete del todo sus sombras, he aquí que se presentará y, olvidado de la herida hecha, hace fiestas espontáneamente junto a la mesa, reclamando su Ceres[113] con el hocico.

¿Y si hablara de las técnicas de antaño y los inventos 400 de una época sin complicaciones? No fueron ellos consuelos de un falso temor: tan larga credibilidad tuvieron. En consecuencia, hay quienes suelen aconsejar prender en los collares mechones blancos de lucífugo tejón o les anudan collares ensartados de conchas sagradas, 405 pirita, coral de Malta[114] en vueltas e hierbas cuyo poder avivan cantos mágicos. Y así, los daños y maleficios del aojamiento los ha vencido el favor obtenido de los dioses con tal protección.

La sarna

Por otra parte, si la sarna deformante se extiende por el cuerpo, desgarrándolo de picazón, el camino de una larga muerte es el peor. Al primer síntoma, 410 el remedio es triste, pero hay que librarse de la ruina con una sola vida, la del que ha sido tocado primero por el pertinaz mal, no sea que el terrible contagio arrastre a la jauría. Y si la enfermedad, clemente, deja tiempo, avisando de antemano cuando aparece, aprende los caminos y hazla salir por los medios que te permite.

En este caso, se mezcla, primero, betún tratado con 415 vino oloroso[115], pez de Hipona[116] y untuoso alpechín de deshecho, y el fuego lo reduce a una sola masa. Luego se lava a los enfermos; por su parte, la cólera de la enfermedad queda domeñada y su rigor suavizado. Y que estos cuidados no te demoren en tus temores[117], que 420 eviten las lluvias y los fríos del cauro[118]; condúcelos, más bien, donde[119] los colores caen sobre los valles desnudos, lejos del viento y mirando a las teas del sol resplandeciente, para que eliminen con el sudor todo el mal y la medicina que se les ha hecho penetre espontáneamente por pasos ocultos[120]. Mas también a quien 425 sumerge a sus cachorros en el oleaje del espumeante litoral Peán[121] se vuelve a mirarlo y suele ayudarle benigno en sus técnicas[122].

Vulcano, dios sanador

¡Oh sabia experiencia, cuántos medios de provecho habrías repartido a la gente, si se preocuparan por vencer la desidia y alcanzar con su diligencia una 430 meta gratificante! Hay en Trinacria[123] una gran cueva en un roquedo con sinuosos corredores que penetran en su interior, altas murallas de un oscuro bosque le ponen estrecho cerco y corrientes que rompen por quemadas hoces: morada atribuida a Vulcano. A la entrada de ésta hay charcos inmóviles impregnados 435 de vetas de aceite vivo[124]. Aquí he visto muchas veces traer a rastras al ganado debilitado por maléfica infección y a sus mayorales vencidos por un sufrimiento aún mayor.

«A ti el primero y tu favor, Vulcano, santo morador del lugar, rogamos; danos la ayuda decisiva en nuestra desesperada situación y, si, para quienes lo han merecido, 440 no es tan grave el daño, compadécete de tantas vidas y séanos permitido tocar, santo, tus aguas». Tres veces cada uno lo invoca, tres veces derrama grasiento incienso en el fuego, álzase una ara con montones de ramas fértiles. Entonces —prodigio maravilloso de contar y, por demás, desconocido—, de las cuevas de enfrente, 445 del pecho roto del monte viene siempre retumbante de austros y resplandeciendo él en abundante río de llamas. Con pálida mano el sacerdote agitando el ramo de acebuche: «Lejos de aquí desterrados os ordeno ir, en presencia del dios, en presencia de su altar, a quienes un crimen en sus manos han tomado o en su pecho maquinado», grita. Se han abatido los ánimos y tiemblan 450 los cuerpos.

¡Oh quienquiera que con un pobre suplicante alguna vez haya quebrantado la ley divina, quien se haya atrevido por dinero a atentar contra la vida de sus hermanos y de un buen amigo o irritar a los dioses patrios, tráigalo aquí su osadía, compañera de su nefanda culpa! Aprenderá con qué gran fuerza, en su colérica misión, 455 lo persigue el dios vengador. Mas para quien tiene en su pecho buenas intenciones y es obsequioso con el dios, el dios lame suavemente el altar y, por su parte, cuando el fuego ha llegado a sus ofrendas, huye de la ceremonia encerrándose de nuevo en la cueva. A tal persona 460 le está permitido alcanzar la ayuda y los dones de Vulcano. Y sin tardanza, si el mal ha devorado el interior del hígado, lava con estos remedios y calma los cuerpos infectados: sacudirás la tiranía de la enfermedad. El dios es su garante y la naturaleza, por su parte, mantiene su propia manera de actuar.

Otros remedios y enfermedades

¿Qué plaga hay más vigorosamente activa o qué camino está más cerca de 465 la muerte? Pero, con todo, de aquí[125] le viene un remedio más impetuoso que su poderosa cólera. Y si, por dejar pasar el momento oportuno, fallara el primer recurso, no obstante ataja tú la rapidez del mal por donde la esperanza está más cerca: en un acceso[126] repentino también lo es la medicina. Deben hacerse incisiones a hierro 470 en las narices y en cada articulación de las paletillas y ambas orejas deben sangrarse: de aquí[127] su maldad, de aquí le viene a la voraz epidemia su conocida violencia. Finalmente reconfortarás el cuerpo agotado por las curas esparciendo posos de orujo y másico[128] 475 vertido de añeja jarra: Líber[129] expulsa del pecho las preocupaciones ligeras y Líber es medicina ante la furia de la enfermedad.

¿Qué puedo decir de los estragos de la tos, qué de los de la senilidad paralizante o de la medicina, si la hay, para el incurable reuma[130]? Mil epidemias lo poseen[131] y su poder es superior al remedio.

La protección de Diana

480 Cesa, ea —no es tan grande la confianza en nuestros medios—, cesa, alma mía. Del alto Olimpo hay que traer a la divinidad y, con sacrificios de súplica, hay que invocar la protección de los dioses. Por eso levantamos altares en las encrucijadas de las altas forestas, colocamos teas en forma de 485 espigas en el silvestre santuario de Diana y se cubre a los cachorros con el aderezo acostumbrado, y por su parte, entre las flores, en medio del recinto del sagrado bosque, han quedado las armas, ociosas durante la ceremonia y la paz de la fiesta[132]. Luego abren la marcha una jarra, pasteles humeantes en verde parihuela, un cabrito con los cuernos apuntando en su tierna frente 490 y frutas aún adheridas a las ramas, de acuerdo con el rito lustral con el que la juventud toda se purifica y rinde a la diosa honor por el año. En consecuencia, alcanzado su favor, corresponde en abundancia en los asuntos para los que le ruegas ayuda. Tanto si el vencer a los bosques como el escapar a la catastrófica amenaza 495 de los hados es tu preocupación primera, tu gran confianza y protección está en la doncella[133].

Razas de caballos

Queda definir por sus características a los caballos que admiten las armas de Diana: no toda raza se atreve con mis artes. Está el defecto de espíritu, hay a los que les falla su débil cuerpo, 500 a veces la bravura precipitada es el inconveniente.

Piensa en las cualidades del tesalio, que se baña en la corriente del Peneo; o en el tordo que suele contemplar Micenas, su patria: extraordinario sin duda, desplegará sin duda sus patas alzándolas al aire. ¿Cuál mejor ha recorrido las arenas eleas[134]? Con todo, que no 505 emprenda esta tarea: es demasiado arrogante su bravura para provocar a los bosques a duros combates. Caballos nada fogosos contempla, evidentemente, en su terroso campo Siene[135] y la gloria de los partos ha permanecido dentro de sus suaves tierras. Que venga uno a las peñas del caudino Taburno, a las asperezas del 510 Gárgano[136] o a las alturas de los Alpes Lígures: antes de la caza caerá, despalmados los cascos. Y, con todo, tiene él espíritu y se amoldará, si se le ordena, a mis artes; pero al lado le puso el defecto la divinidad.

Mas en provecho tuyo, por el contrario, por caballos 515 galaicos es recorrida la peñascosa Pirene[137]. Con todo, no me atrevería a intentar el combate con un hispano 〈 de guía 〉[138]: por los cantales apenas ceden sus bocas tenaces al hierro. Por su parte, toda Nasamonia[139] con ligera 〈 fusta 〉 doma a sus caballos: los númidas les quitaron los dentados bocados; el osado y sufrido 〈 getulo[140] 520 fogosamente 〉 se lanzará en cien carreras, sobreponiéndose con su coraje. Y no es grande su cuidado: cualquier cosa que dejen su estéril tierra y tenues arroyos basta para sacarlos adelante.

También así de fácil es la cría del estrimonio bisalta[141]. ¡Ojalá pudieran trepar por las alturas del Etna, 525 que es un juego para los sicilianos! ¿Y qué, si su cuello es feo y un espinazo delgado surca su dorso? A causa de ellos fue cantado por los griegos Agrigento[142] y el fragoso Nebrodes lo abandonaron vencidas las fieras[143]. ¡Oh, cuán poderoso en estos combates aquel cuyas 530 yeguadas le suministren dóciles crías! ¿Quién se atrevería a enfrentarles los caonios[144], que Acaya distingue con palma apenas merecida? Los alazanes de la ceraunia Pella apenas suelen tener su valor[145]. En cambio, gran honra han merecido las yeguadas de Cirra[146], dedicada a ti, Febo, tanto si se usan para uncirlas a ligeros carros como para llevar nuestras andas a los 535 santuarios[147].

Para el cazador, mejor aliado en la lucha es el color: como los mejores eligen ellos los de patas negras, los bayos —no más raudo el euro[148]—, y aquellos cuyos dorsos imitan las cenizas consumidas[149]. 〈 ¡Oh, cuán excelentes son 〉 —así lo quisieron los dioses— las yeguas itálicas y cómo nos hemos puesto a la cabeza del 540 mundo en todo terreno! * * *[150]. Recorre las praderas del Matino[151] * * *.