BUCÓLICA III
Mientras Pan dormía, tres jóvenes pastores se apoderan de su flauta con intención de tocarla. Despierto el dios, se ofrece a cantarles un himno en honor de Baco, que se prolonga hasta la llegada de la noche.
Níctilo y Micón junto con el bello Amintas[48] andaban esquivando el tórrido sol bajo copuda carrasca y, entretanto, Pan, cansado por la caza, acababa de echarse bajo un olmo para reparar con un sueño sus fuerzas 5 agotadas; sobre él colgaba de torneada rama su flauta. Sobre ésta se lanzan furtivamente los muchachos, como si pudieran tomarla por prenda de un canto[49] y fuera lícito manejar una siringe de dioses; pero la flauta no quiere sonar al son acostumbrado ni tejer una canción, sino que en vez de canciones devuelve unos silbidos penosamente 10 discordantes, y entonces Pan, sacudido por el estridente sonido de su caña y viéndolos enseguida, les dice:
«Muchachos, si buscáis canciones, yo seré quien las cante. A nadie le está permitido soplar en los tallos de cicuta que uno yo con cera[50] en las grutas del Ménalo[51]. Y ya, Leneo[52], voy a desarrollar en su orden 15 tus nacimientos[53] y el origen de la vid. Debemos canciones a Baco».
Dicho esto, Pan, el que vaga por los montes, comenzó así a la siringe:
«Te canto a ti, que en tu frente cargada de racimos de hiedra entrelazas guirnaldas de vid y que guías con húmedo sarmiento a los tigres, esparciendo por el cuello 20 tu cabellera perfumada[54], hijo auténtico de Júpiter[55].
»Pues cuando Sémele, sólo ella tras las estrellas del cielo, vio a Júpiter manifiesto en su verdadero rostro, el padre omnipotente, mirando por la futura vida de éste, lo llevó él mismo, dando a luz el retoño en el momento 25 justo[56]. A éste las ninfas, los viejos faunos, los procaces sátiros[57] y yo también lo criamos en la verde gruta del Nisa[58]. Además a la pequeña criatura el viejo Sileno[59] la calienta en su regazo o la sostiene con los brazos en alto, le provoca la risa con el dedo o, meciéndola, 30 llama al sueño o agita con sus manos temblorosas los sonajeros. El dios, sonriéndole, le arranca las erizadas cerdas del pecho o le aprieta entre los dedos sus afiladas orejas o le golpea con la mano en su cabeza de mochos cuernos o en la pequeña barbilla y le aplasta la roma nariz con su tierno pulgar.
35 «Entretanto, florece en el niño el bozo de la juventud y sus rubias sienes se han hinchado con cuernos plenamente formados. Entonces, por vez primera, despliega el pámpano abundantes uvas, admiran los sátiros la fronda y los frutos de Lieo[60]. Entonces el dios dijo: ‘Sátiros, recoged la fruta madura y pisad los primeros 40 estos desconocidos ramos’. Apenas se había expresado así, arrancan de las vides las uvas, las llevan en canastos y, con pie rápido, se apresuran a aplastarlas en piedras ahuecadas. Hierve la vendimia en las altas colinas, con las repetidas pisadas rómpese la uva y los pechos se salpican de rojo con el mosto purpúreo. 45 Entonces los sátiros, juguetona tropa, toman como copa lo que cada uno encuentra: lo que el azar les ofrece, la necesidad les hace arrebatarlo. Un cántaro retiene éste, en recurvado cuerno bebe otro, ahueca aquél las manos y convierte las palmas en copa; en cambio, aquel 50 otro bebe inclinado en la cuba y con labios ruidosos sorbe los mostos; uno sumerge sonoros címbalos y otro, boca arriba, recibe el jugo de las uvas prensadas; pero borracho (un surtidor de vino salta de su boca) vomita, y por hombros y pecho chorrea el líquido.
»Lo poseen todo el juego, los cantos y licenciosos coros. 55 Y ya el mucho vino mueve al amor: se sienten arrastrados los enamorados sátiros a unirse en tálamo con las ninfas huidizas, a las que, a punto de escurrirse, el uno las retiene por el pelo, el otro por el vestido. Y entonces, por vez primera, el viejo Sileno tazas llenas 60 de rosado mosto sin proporción a sus fuerzas[61] ávidamente las apuró. Desde entonces, hinchadas las venas de dulce néctar y cargado del Jaco[62] de la víspera, es siempre objeto de irrisión.
»Más aún, el célebre dios, el dios procreado por el propio Júpiter, con sus pies aplasta las uvas, cubre varas 65 con vid[63] y ofrece de beber al lince[64] en una cratera[65]».
Sobre esto instruía Pan a los muchachos en el valle del Ménalo, hasta que la noche los induce a reunir las ovejas esparcidas por la campiña, invitándoles a vaciar sus ubres del flujo de leche y obligarlo a coagularse en níveos cuajarones[66].