CAPÍTULO 29

 

Ambos, cansados y agotados por el viaje, sintieron un gran alivio al ver el castillo a lo lejos. Laia sonrió con tristeza, sintió como los días más maravillosos de su vida, llegaban a su fin.

Eliseo, por el contrario, sonrió de oreja a oreja, mostrando su blanca y perfecta dentadura, que contrastaba con su piel morena y su pelo dorado.

–Hemos llegado. –Anunció mientras clavaba sus preciosos ojos chocolate, en el rostro de Laia.

–Sí. –Suspiró ella. – Hemos llegado.

Eliseo acercó su montura a la de Laia, la agarró de la nuca, la acercó hasta él, y la estampó un beso en los labios.

Uno de los soldados avanzó hacia ellos a toda velocidad.

–Buenos días, mi señor. –Le saludó cuando estuvo a su lado.

–Buenos días, Ernest, ¿qué nuevas traes?

–Druso el terrible estuvo aquí, pero ya hace varios días desde su partida.

–¡Qué buenas noticias! Estoy hambriento, ¿tú  no?

No la dio tiempo a contestar, Eliseo la miró sonriendo como un niño, la guiñó un ojo y comenzó el avance colina abajo, hasta llegar al castillo.

Entraron por las cocinas, Laia quería lavarse y adecentarse antes de presentarse ante el rey.

A pesar de que Eliseo estaba ansioso por hablar con su padre, la consintió.

–Date prisa, en unos minutos voy a buscarte.

Laia sonrió y salió disparada hacia su habitación. En ella encontró la palangana con agua limpia, se lavó lo mejor que pudo y se visitó con uno de los trajes que le habían prestado a su llegada.

No había terminado de abotonarse el vestido cuando Eliseo golpeaba la puerta.

–Ya estoy.

Dijo con una sonrisa cuando le abrió.

–Venga, vamos.

La cogió por la mano, como había hecho tantas veces y tiró de ella hasta el salón del trono, pero una vez en la entrada, Laia se quedó petrificada.

Eliseo no se dio cuenta de su turbación, contento avanzó hasta sus padres y les saludó.

Ella se quedó en la entrada, con la respiración agitada, las manos frías y la mirada clavada en los ojos del elfo.

Todo su mundo se tambaleó.

El motivo de sus pesadillas, de la desdicha que inundaba su alma, estaba frente a ella.

Eridion se quedó muy quieto, observándola. Estaba aún más hermosa que antes. Avanzó hasta ella, con paso lento, pero firme, con ese andar tan elegante que solo poseían los elfos.

–Laia…

–Eridion…

De repente, Alina se tiró a los brazos de Laia comenzó a reírse.

–¡Ya estáis aquí! Estás preciosa. Espero que mi hermano no haya sido una terrible compañía. Es muy desagradable cuando quiere…

Ella la iba a contestar, pero Eridion la interrumpió.

–Tengo que hablar contigo. –Alina se quedó muy quieta y miró inquieta al elfo, apartándose solo unos centímetros de su amiga. Eridion le dirigió una mirada cargada de intención. –Ahora.

–Oh… te veré después Laia, tengo muchas cosas que contarte, ahora saludaré a mi hermano. –Dijo y se marchó agachando la mirada.

–¿Por qué…?

–Ven, tenemos que hablar. –La dijo.

Posó su mano en la cintura de ella, y un escalofrío la recorrió toda la espalda. Cuando nadie les miraba, Eridion la cogió por la mano.

Salieron por la puerta de atrás del castillo, sin decir ni una palabra. Laia sabía hacia dónde se dirigían, pero no la razón.

Una vez en entraron en el rinconcito que Eridion le había regalado, se soltó de su agarre y comenzó a caminar por el lugar, intentando mantener las distancias.

Eridion no habló, solo la miraba, admirando sus bellas facciones, el color de su pelo, su esbelto cuerpo cubierto por la tela del vestido.

–Te noto diferente… –Dijo al fin.

–Pues soy la misma. –Contestó ella mientras con sus dedos tocaba amorosamente, los pétalos de una flor.

Eridion sintió el contacto en su propio cuerpo. Cerró los ojos y los abrió, pero el color ya no era azul claro, se habían oscurecido como la misma noche.

–Laia… –suspiró mientras se acercaba hasta ella.

Sin  poder evitarlo, se tiró a los brazos de Eridion y lloró como una niña, mientras él le acariciaba el pelo y le susurraba palabras de aliento en el oído.

–No sé qué me pasa, no puedo soportarlo más, Eridion. –Le confesó apoyada en su pecho.

–Schsss

Durante unos segundos permanecieron así, abrazados, sintiéndose, consolándose.

Después él se apartó un paso y la miró, limpió sus lágrimas con sus dedos y sonrió.

–Dime que te sucede.

Laia rompió de todo el contacto. Si la tocaba, no podía pensar con claridad.

–Sé que no debo sentir lo que siento, sé que nuestro amor es imposible, sé que debo mantenerme alejada de ti, pero cuando te veo… todo se me olvida. Tu recuerdo es una daga clavada constantemente en mi corazón.

–Laia… yo nunca quise hacerte daño.

–Lo sé, lo sé… pero esto se me escapa de las manos. Eridion, durante estos días atrás, entre Eliseo y yo ha crecido un sentimiento.

Ella lo miró, pero su rostro permanecía cerrado a cualquier expresión.

–¿Le amas?

Laia alzó el rostro y dejó que los rayos del sol calentaran su cara.

–Sí… creo que sí. Sin embargo… estás tú. –Le dijo mientras volvía a mirarlo de frente.

Pudo comprobar todo el dolor que existía en su interior. Ella sufría y él jamás podría soportar causarle ningún dolor.

La tomó por los hombros y la acercó a él, sus cuerpos se tocaron, sus respiraciones se agitaron y Eliseo la besó.

Al principio Laia se quedó quieta, pero el fuego creció en su interior y no pudo evitar corresponderle.

Eridion posó sus manos en el la cara de ella y la acarició dulcemente.

–Laia, lo que yo siento por ti será eterno, nada ni nadie podrá evitar que te ame eternamente, pero no podemos estar juntos. Debes encontrar tu futuro, tu felicidad, amar a un hombre bueno, que te ame en igual medida y te haga la mujer más feliz del universo. Ese hombre no seré yo, aunque verte en los brazos de otro, me destroce, debo dejarte ir…

No pudo evitar derramar lágrimas mientras escuchaba la confesión de Eridion. Su corazón sufría el dolor por la inminente pérdida. Pero, ¿Sería capaz de amar a un hombre, de forma completa? ¿O Eridion sería una espina clavada en su alma para siempre?

–Tengo el poder para evitar tu dolor.

Los ojos de Laia se clavaron en los de Eridion.

–¿Qué harás?

–Puedo manejar tus recuerdos, puedo hacer que tus sentimientos por mí, desaparezcan.

–No…no… –Suplicó ella mientras movía la cabeza de forma negativa y las lágrimas mojaban los dedos de Eridion. –No, por favor… no deseo olvidarte.

–Laia, es lo mejor para ti. No debes avergonzarte de amar a otro hombre, no quiero que te sientas culpable, o que mi recuerdo impida abrirte completamente y conseguir todo lo que te mereces. Debo hacerlo, por ti y por mí.

–No deseo olvidar, Eridion. Lo que siento por ti es hermoso, es intenso, es verdadero…

–Lo sé, por eso debes olvidarme. Te pido perdón, Laia, pero creo que es lo mejor, no me odies ahora, mientras puedas recordar esto, no lo soportaría.

–Jamás podría odiarte.

Eridion posó sus labios en los de Laia y la besó, intentando demostrar con un beso la fuerza de sus sentimientos. Ella se amoldó a sus brazos, abrazándolo por el cuello, jugando con su pelo.

Eridion tenía sus manos apoyadas en la cara de Laia y podía sentir las lágrimas rozando su piel. Poco a poco se concentró en sus poderes y se introdujo en la mente de la mujer, borrando todo rastro de amor, todo recuerdo que pudiera resultar doloroso, mientras ella se iba quedando más y más flácida.

Laia perdió el conocimiento y el la cogió en sus brazos antes de que tocara el suelo. Se arrodilló con la mujer en su regazo, la abrazó fuerte, le acarició el rostro delicadamente y besó cada trozo de piel expuesto ante él. Por primera vez en la vida, Eridion lloró. El dolor, amargo como la misma hiel, lo estrujaba por dentro y él pensó que podría morir en ese mismo instante.