CAPÍTULO 9

 

Entraron con paso firme en el salón del rey, padre e hijo discutían acaloradamente.

–Padre, no es buena idea.

–Eso no importa, debo partir, no puedo hacer tal desprecio.

–Pues llevadme con vos. –Contestó Eliseo.

El monarca negó con la cabeza.

–Te necesito aquí. Tu hermana no puedo con todo sola. La reina y yo estaremos bien. Me llevo a la mayor parte del ejército y nos acompañan Marlock y sus hombres. Estaremos bien.

–Tengo un mal presentimiento. –Dijo al fin el joven.

El rey puso la mano en el hombro de su hijo y se lo apretó.

–A veces nuestro instinto es engañoso. Un rey debe actuar como tal. No puedo negar, así a la ligera, una reunión tan importante.

–Pero, padre...

–No añadiré más. Debes quedarte y proteger la fortaleza hasta mi regreso.

–¿Cuándo partimos? – Le preguntó Laia a Marlock.

Él permaneció en silencio unos instantes, hasta que por fin dijo.

–Tú no irás.

–¿Yo no iré? ¿Y eso por qué?

–Nadie debe saber dónde o con quién estás. Es una reunión de reyes, es posible que tu padre esté allí, incluso Druso. Sería como introducirte en la boca del lobo. –Contestó Marlock.

–¡Pero tú vas! Podrían hacer algo contra ti.

–Nadie sabe que estás conmigo, es más, al ir a la reunión, eliminaremos las posibles sospechas. Si vamos es que no tenemos nada que esconder.

Ella no se quedó muy conforme, miró a sus compañeros en busca de ayuda, pero al comprobar la mirada de los mismos, se dio cuenta de que nada podía hacer.

***

Vio como los hombres se preparaban y se le formó un nudo en la garganta. Brand se acercó hasta ella.

–No te preocupes muchacha. Volveremos a por ti.

Ella sonrió y olvidando todo protocolo, abrazó al gigantón.

–Os esperaré, pues.

Brand, rojo como un tomate y totalmente avergonzado por esa muestra de cariño, agacho la cabeza y se subió a su montura.

Marlock la abrazó intentando tranquilizarla.

–Eres fuerte, ya lo has demostrado. Ahora demuestra tu paciencia.  Procura no meterte en problemas durante mi ausencia, no olvides que nuestra máxima principal es que nadie sepa dónde estás. Volveremos pronto.

Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas y Marlock la besó en la frente.

El guerrero, acariciando con cariño el rostro de la chica una última vez, montó en su caballo. Todo estaba listo y partirían en breve. Su mirada se dirigió al elfo, que tan elegante como siempre, lucía su mejor aspecto. Sus miradas se cruzaron. Él no iba a despedirse. No se acercaría, no la tocaría, solo una mirada penetrante que mostraba todo su anhelo. Eso es lo que obtendría.

Laia no comprendía la frialdad del elfo como tampoco entendía que, a pesar de todo, añorase el contacto de Eridion tanto como sus pulmones ansiaban oxígeno para seguir viviendo.

Sus ojos azules, casi transparentes, se clavaron en los suyos, y pudo sentir una ligera caricia surcando su rostro. Entreabrió los labios y se los humedeció con la lengua y el roce imaginario se intensificó en aquella zona húmeda y brillante.

Se le cortó la respiración.

Eridion rompió el contacto visual y ella sintió como todo desaparecía. ¿Había sido fruto de su imaginación?

La magia de los elfos, mística y tan antigua como ellos mismos.

El monarca se despidió de su familia y montó en su caballo, dando la orden de avanzar, dejando en las escaleras a una Laia triste y llevándose con él a un elfo que dejaba parte de su corazón junto a la mujer.