Epílogo
Era el día de su boda. Un día que había esperado con ilusión toda su vida, y mucho más desde que Hugo y ella habían empezado su relación hacía más de tres años. Al fin habían puesto fecha.
De mutuo acuerdo habían decidido casarse de forma poco formal y, por supuesto, como Hugo había pedido, nada de iglesias. La ceremonia se iba a celebrar en los juzgados de Viapol a la una de esa misma mañana, con la familia y amigos más íntimos.
Y contra lo que era de esperar, no estaba en su casa aguardando impaciente a la peluquera y maquilladora, sino tomando un tren en la estación de su pueblo, a las nueve de la mañana.
Iba a pasar la noche en casa de Miriam, para que Hugo saliera de la que compartían. Se había negado en redondo a que él la viera mientras se arreglaba, y el ofrecimiento de su cuñada le había parecido la solución perfecta. Pero la mañana anterior, su tía, que hacía meses no se encontraba bien de salud, la había llamado para decirle que no podría acudir a la boda, que su estado había empeorado durante los últimos días, y le había pedido que pasara su última noche de soltera en el pueblo con ella.
Inés no se lo había pensado dos veces y había cogido el primer tren. Le había rogado a Miriam que no le dijera nada a Hugo, que ya estaba bastante nervioso con la boda. Tendría tiempo de sobra para estar en la ceremonia a la hora prevista si cogía el tren de las nueve de la mañana. Su arreglo no era demasiado sofisticado y en una hora estaría lista.
Cuando llegó al pueblo había encontrado a su tía pálida y demacrada, tanto que había pensado en posponer la boda, pero aquella no había querido ni oír hablar del tema.
—Las dos sabemos que mi enfermedad no tiene cura, y lo único que me da fuerzas es saber que tú estarás casada y feliz. Hugo es un buen hombre a pesar de sus melenas, y te quiere mucho. Sé que te dejo en buenas manos y el día que me llegue la hora, me iré tranquila —le había dicho.
Habían dormido juntas en la habitación que había sido de Inés, recordando viejas anécdotas del pasado, y por la mañana se habían despedido con un emotivo abrazo, su último abrazo de soltera.
Inés subió al tren a las nueve y dos minutos, y entonces empezó a sentir los nervios de lo que se avecinaba. La peluquera y maquilladora la esperarían en casa de Miriam y ella cogería un taxi de los que solía haber siempre en la puerta de la estación. A las diez y media estaría ya preparándose para acudir al juzgado.
Trató de relajarse la hora larga que duraba el trayecto, pero le estaba costando mucho. De pronto, y cuando llevaban algo más de treinta minutos de recorrido, el tren aminoró la marcha y se detuvo en medio de ninguna parte.
No era extraño, a veces se detenía por unos minutos para permitir un cambio de vías o el paso de otro tren. Pero cuando la parada sobrepasó los diez minutos, se empezó a preocupar.
Se levantó de su asiento y se dispuso a buscar a alguien del personal para preguntar el motivo de la parada.
No lo encontró, pero el sistema de megafonía anunció cuando ya se disponía a regresar a su asiento:
Por problemas en la vía nos vemos obligados a efectuar una pequeña parada. Estamos tratando de solventar el fallo en el menor tiempo posible. Rogamos disculpen las molestias.
Inés se dejó caer con desesperación en su asiento.
«Disculpen la molestias… —pensó—. Me caso en tres horas y media y lo único que me ha pedido mi novio es que no le haga esperar en el juzgado. Que si me retraso, se irá».
Cogió el móvil y trató de llamar a Miriam, pero ni siquiera encontró una raya de cobertura. Estaba varada en mitad del campo, incomunicada y con un manojo de nervios en el estómago imposible ya de contener.
Se puso de pie, volvió a recorrer el tren y en esta ocasión se encontró a un revisor al que explicó su problema, pero el hombre no pudo darle ninguna solución. Solo cabía esperar y rezar para que los operarios solucionaran el problema lo más pronto posible.
Ella rezó todo lo habido y por haber a pesar de no ser religiosa, pero los minutos pasaban demasiado rápido hacia la una de la tarde.
A las doce y cuarto le iba a dar un ataque. Le costaba respirar, las manos le dolían de estrujarlas una contra otra, se había mordido todas las uñas, cosa que no hacía desde la niñez. Había perdido ya todas las esperanzas de llegar a su boda, ni siquiera con un retraso razonable. Hugo iba a matarla. Después de esto ya podía despedirse de casarse con él alguna vez, aunque viviera siete vidas.
Al fin el tren se puso en movimiento con una leve sacudida. Miró el reloj. Las doce y veinticinco. Suspiró para calmarse, ya debería estar saliendo camino del juzgado.
Apenas recorrió unos cientos de metros, el móvil empezó a sonar con un sinfín de menajes de WhatsApp y llamadas perdidas.
Marcó el número de Miriam. Esta respondió histérica.
—¡¡¡Inés!!! ¿¿Dónde demonios estás??
—En el tren. Ha habido un problema en las vías y hemos estado parados varias horas.
—¿Sabes la hora que es?
—Claro que lo sé… no me ha dado un ataque de puro milagro. ¿Hugo sabe algo?
—No, todavía no. ¿Cómo iba a llamarle y decirle que no lograba dar contigo? ¿Que no tenía ni puñetera idea de dónde estabas?
—Me va a matar… lo único que me pidió fue que no llegara tarde.
—No es que vayas a llegar tarde, es que no vas a llegar. Mientras vas a la estación, vienes a casa a vestirte, y vas al juzgado, este ya habrá cerrado.
—Hay una forma… quizás solo llegue tarde, muy tarde, pero no se me ocurre otra solución. Si no me caso hoy, tu hermano no me dará otra oportunidad. Al menos no en mucho tiempo.
—¿Qué forma?
—Coge el traje, los zapatos, el maquillaje… todo… y llévalo a la estación. Me vestiré allí, en los servicios. El juzgado está solo a cinco minutos.
—¿Te vas a vestir de novia en los servicios de la estación?
—No hay otra…o eso o no me caso.
—De acuerdo, vamos para allá.
A la una y cuarto el tren llegó a su destino. El móvil había vibrado varias veces desde la una con mensajes y llamadas de Hugo, pero las había ignorado. No podría mentirle y si hablaba con él se daría cuenta de que estaba muy nerviosa.
Subió las escaleras mecánicas y se encontró con Miriam y la peluquera esperándola delante de los servicios. Su cuñada llevaba echado sobre el brazo un guarda trajes con su vestido, parte del cual se veía por el borde inferior. Y una bolsa de plástico enorme con zapatos y complementos.
—Menos mal que no has escogido un traje tipo princesa, porque ya ha sido bastante complicado traer este sin que se arrugue demasiado. Y todo lo demás.
—Hugo no deja de llamarme
—Ni a mí, pero ya le he dicho que vamos un poco retrasadas.
—¿Cómo se lo ha tomado?
—Regular. Marta y Sergio han recogido a María y se han ido directamente al juzgado para ganar tiempo. Te van a esperar en la puerta sin que Hugo lo sepa; como se entere es capaz de irse.
Entraron y la peluquera empezó su trabajo.
—Olvídate del peinado que teníamos previsto. Algo sencillo y rápido.
Con pericia empezó a cepillar el pelo de Inés y a recogerlo hacia atrás en mechones flojos. Esta temblaba de impaciencia. Le gente que entraba al servicio las miraba con asombro.
—¿Es para una película? —preguntó una chica joven.
—Algo así —respondió Miriam tratando de mantener la calma.
Los dedos de la peluquera se movían ágiles sobre el cabello pero no tan rápido como Inés hubiera deseado. Al final quedó un peinado aceptable, un recogido sencillo donde colocar el tocado del pelo.
—No tengo suficiente luz aquí para maquillarte —se lamentó—.Vas a tener que vestirte y te maquillaré en la calle. ¿Te importa?
—Lo único que me importa es casarme hoy.
—Tengo el coche aparcado en la puerta. Lo tomaremos como base de operaciones —dijo su cuñada.
Entró en uno de los pequeños cubículos y se puso la ropa interior y luego con cuidado entre Miriam y la peluquera le pusieron el vestido cuidando de que no arrastrara por el suelo.
Miriam buscó en la bolsa de plástico.
—¡Lo siento, Inés! Con los nervios he olvidado las medias y la liga.
—Da igual, me pondré los zapatos tal cual. Mañana tendré unas hermosas rozaduras, pero estaré casada. Dámelos.
Con cuidado se calzó y se irguió ante el espejo mientras Miriam sujetaba la pequeña cola del vestido.
Tenía la cara crispada por la tensión.
—Ánimo, cariño, ya casi estamos…
Salieron a toda prisa y sobre el capó del coche extendieron los útiles de maquillaje.
—¿Puedes hacerme una foto mientras la maquillo? —preguntó la mujer empezando su trabajo—. Porque no se lo va a creer nadie cuando lo cuente.
Miriam hizo varias fotos con el móvil. Y al fin, Inés estuvo lista.
Subieron al coche y en apenas cinco minutos estaban ante el edificio de Viapol. Sergio, el padrino, la esperaba en la puerta, tal como había sincronizado con su hermana.
—Vamos, que Hugo me está quemando el móvil. El juzgado cierra a las dos —apremió—. Estás preciosa, Inés.
—Al borde del infarto, es lo que estoy.
Subió y antes de entrar en la sala, con cincuenta minutos de retraso, respiró hondo y se agarró al brazo de Sergio, avanzando al compás de la música que habían elegido. Hugo, con Susana al lado, la taladró con una mirada asesina que le hizo temblar las rodillas mientras se acercaba, pero a medida que avanzaba su expresión se fue suavizando un poco. Inés comprendió que había temido que no apareciera. Estaba guapísimo con su traje oscuro y su melena cayéndole sobre los hombros. En aquel momento, al ver el esbozo de sonrisa que empezó a asomar a su cara, sintió que todo lo que había sufrido durante aquella angustiosa mañana había valido la pena.
—Prometiste ser puntual —le susurró acercándose cuando estuvo a su lado—. ¿Qué ha sucedido? Vas a tener que darme muchas explicaciones.
—Cuando te lo cuente no te lo vas a creer. Ni siquiera me lo creo yo, ha sido surrealista.
—Pensaba que me ibas a dar plantón.
—Ni lo sueñes… no te librarás de mí tan fácilmente.
—Tienes torcido el jopo.
Ella sonrió relajándose al fin.
—Voy a ser la primera novia que se casa con el jopo torcido. Amén de otras muchas cosas… ¡Al diablo!
El oficiante se acercó.
—Debemos comenzar… se nos ha hecho muy tarde —dijo mirando a Inés con reprobación.
—Adelante —dijo Hugo—. Puede saltarse algo si quiere, siempre y cuando no sea lo de que puedo besar a la novia.
No se saltó nada. Pronunció las palabras necesarias para que el matrimonio fuera legal. Intercambiaron los votos y al final Hugo pudo besar a su mujer. Mientras detrás toda la familia se arremolinaba en torno al móvil de Miriam para ver las fotos de la improvisada sesión de maquillaje en plena calle.
Cuando terminó de besarla y se volvió, vio risa en todas las caras.
—¿Qué les ocurre? —le preguntó a Inés—. ¿Tan divertido es ver cómo nos besamos? ¿O es porque al fin me han cazado?
—No es eso… se ríen de mí.
Él miró hacia la cabeza de la que ya era su mujer, y trató de enderezarle el tocado, un poco ladeado hacia la izquierda.
—El jopo no está tan torcido como para que se rían.
—El jopo está ahí de puro milagro, ni siquiera sé cómo se sostiene. Ha sido toda una aventura que te hayas podido casar hoy conmigo.
—¿Me lo vas a contar?
—Faltaría más. Pero más tarde. Ya nos están mirando con mala cara, será mejor que nos vayamos.
Salieron del juzgado. En la puerta les esperaban amigos y familiares.
Su primo Manuel se acercó a felicitarles, y palmeándole la espalda, le dijo:
—Menuda mujer tienes, macho. No se arredra ante nada. Ya quisiera el ejército muchas así.
Y le guiñó un ojo a Inés, que soltó una carcajada. Luego añadió:
—Si este capullo no te trata bien, en los cuerpos especiales hay un hueco para ti. Estamos muy necesitados de mujeres con recursos.
Inés soltó una carcajada.
—No volvería a pasar por esto por nada del mundo.
—Enhorabuena, Inés… tienes agallas —le dijo Marta acercándose.
Ella se agarró al brazo de Hugo.
—No podía dejar que se me escapara.
—¿Se puede saber de qué demonios habla todo el mundo?
Miriam se acercó y le mostró una foto de Inés vestida de novia y maquillándose en la puerta de la estación de San Bernardo, en plena calle.
Él abrió mucho los ojos.
—¿Esto es lo que parece? ¿Te estás maquillando en la puerta de la estación?
—Justo lo que parece. También me he vestido de novia en los servicios.
—¡¡¡Joderrrrr!!! ¿Pero por qué? ¿No ibas a arreglarte en casa de Miriam?
—Es largo de explicar, Hugo. Te lo cuento esta noche.
—Ni hablar… esta noche nada de charlas, tienes mucho que compensarme. Me lo cuentas ahora en el coche, camino de Alveares. Me estoy muriendo de curiosidad.
—De acuerdo.
Entraron al coche, y en cuanto estuvieron acomodados Hugo se volvió a su mujer y con la mirada brillante de diversión le dijo:
—Cuenta.
—Ayer me llamó mi tía para decirme que no venía a la boda, que se encuentra peor y me pidió que pasara con ella esta última noche de soltería.
—Y fuiste.
—Por supuesto. He cogido el tren de vuelta esta mañana, con tiempo más que suficiente, pero un problema en las vías nos ha retenido más de tres horas en medio del campo. No me daba tiempo a llegar a casa de Miriam para arreglarme, de modo que le pedí que me trajera la ropa a la estación para llegar antes de que cerrara el juzgado. ¡Por nada del mundo iba a dejar de casarme hoy!
Hugo soltó una carcajada imaginándose a Inés vestida de novia en los servicios de la estación.
—¿De qué te ríes?
—De que el primer día que te vi ya supe que eras una mujer muy divertida, y muy especial. Nada entre nosotros ha sido normal, ni nuestro primer beso, ni nuestra primea vez. La boda no podía ser menos. ¿Qué me tienes reservado para esta noche?
—No te burles…
—Siempre me burlaré de ti, doña Inés. Y por favor, nunca cambies… sigue divirtiéndome toda la vida.
La abrazó y la besó. Y ella sintió que iba ser así, que su vida con Hugo Figueroa iba a ser apasionante y divertida.
La mano de él arrancó el tocado de la cabeza para poder besarla mejor.
—Al diablo con el jopo… —dijo inclinándose hacia ella.
Alveares estaba engalanado para la ocasión. Ninguno de los dos había querido celebrar su boda en otro sitio. El bar les había hecho conocerse y enamorarse y había sido testigo de momentos importantes de su relación.
Habían alquilado más mesas y sillas, y contratado un catering y camareros que sirvieran la comida. Hugo quería una celebración informal e Inés había accedido encantada.
No había mesa para los novios, se sentarían con sus padres y hermanos y nada más cruzar el umbral Hugo empezó a aflojarse la corbata.
—¿Qué estás haciendo? —le recriminó Marta.
—No la aguanto más, me estoy ahogando.
—¿Antes del brindis?
—No podría tragar ni un sorbo con este trapo puesto. ¿Te importa? —preguntó mirando a Inés.
—No, si a ti no te importa que yo me quite los zapatos. Me han hecho una rozadura porque Miriam ha olvidado las medias —dijo levantando ligeramente el borde del vestido y mostrando un enrojecimiento en la piel justo en el borde del zapato.
—Quítate lo que quieras, preciosa —animó Hugo terminando de quitarse la corbata y guardándola en el bolsillo.
—¿Y el tocado? —preguntó Miriam contemplando el peinado medio deshecho de Inés.
—Se cayó en el coche —rio Hugo.
—Vaya dos… desde luego no se puede decir que tengáis una boda tradicional.
Inés se descalzó y Fran se acercó con dos copas de cava para brindar.
—Por mi mujer… la persona más divertida del mundo.
—Por mi marido… que nunca más volverá a esconderse en la cocina, ¿verdad?
—Nunca más.
Bebieron. Y a continuación Hugo se quitó también la chaqueta y ocuparon los asientos.
—¿De quién ha sido la idea de los aperitivos? —preguntó Manuel desde su mesa levantando la cartulina con el menú.
Hugo e Inés ahogaron una risita mientras intercambiaban una mirada.
—De los dos.
—¿De verdad vais a servir chochitos como aperitivo?
—De verdad.
—Es la especialidad de Alveares —añadió Inés.
—Pues ya puestos, si alguna vez me caso, lo haré en el aire y os obligaré a saltar en paracaídas para asistir a mi boda.
Merche le dio un pescozón a su hijo.
—Si alguna vez te casas lo harás en tierra y me obedecerás en todo… por una vez.
Manuel abrazó a su madre riendo.
—Ya negociaremos.
Empezaron a servir la comida. Inés sintió algo deslizarse sobre su pie desnudo, y no tuvo dudas de que se trataba del pie de Hugo, despojado a su vez de zapatos y calcetines. Lo miró y le observó meterse un puñado de chochitos en la boca mientras le guiñaba un ojo. Ella hizo lo mismo.
—Creo que voy a llevar la chaqueta al guardarropa, no se vaya a manchar —dijo—. ¿Me acompañas, Inés?
—No.
—¿No? —preguntó intensificando la caricia sobre su pie.
Ella se inclinó sobre él y le susurró al oído.
—No voy a echar un polvo en el guardarropa con toda tu familia aquí fuera.
—¿Y quién te ha dicho…?
—Te conozco.
Él soltó una risita.
—Me lo cobraré esta noche.
—Y yo lo pagaré con gusto, pero a solas. Ya basta de extravagancias en esta boda. Seamos serios.
—Imposible ser serio contigo al lado, doña Inés. Eres la persona más divertida que conozco. Por favor, no cambies nunca. ¡Y pensar que creí que venías de un convento! Buena monja serías tú… hubieras sido capaz de pedirle al cura… lo que me pediste a mí.
Inés enrojeció violetamente y le miró alarmada. ¡No iría a hablar de aquello delante de toda su familia!
—Hugo…
—Pero seguro que el cura no sabría enseñarte a preparar los cocteles como yo, esos solo entienden del vino de la misa.
Inés se relajó y continuó comiendo. Él se agachó un poco y le susurró al oído:
—Lo siento, tenía que hacer que te sonrojaras. Nuestra boda no estaría completa sin ese precioso color en tu cara.
—Me las vas a pagar. Vas a dormir en el sofá un mes entero.
—¿Y si te propongo que dejes de tomar la píldora desde esta misma noche?
Ella le miró a los ojos y vio los de Hugo brillantes y emocionados. Y sinceros.
—En ese caso… podría reconsiderarlo.