Capítulo 16

Después de la noche que pasaron juntos, Hugo e Inés continuaron con su rutina en Alveares, tratando de fingir que nada había pasado entre ellos, que seguían siendo compañeros de trabajo y amigos.

Después de besarse, eso había sido bastante fácil, pero ahora se había establecido entre ambos una especie de complicidad que antes no tenían. Ninguno de los dos mencionó lo sucedido, pero ambos sabían que sí había pasado, que una línea muy sutil se había cruzado y no había marcha atrás.

Para Inés volver a trabajar con Hugo no fue tan difícil como había pensado. Convencida como estaba de que sus sentimientos se hallaban a cubierto por la treta urdida y que él nunca iba a sospechar, se limitó a disfrutar de su compañía y de su amistad todo lo que pudo. Pero había una cosa cierta, y era que si había entrado en la cama enamorada de él, al amanecer lo estaba muchísimo más.

Durante muchas noches rememoró en su cabeza los detalles, los besos, la sensación de la piel morena bajo sus dedos, y atesoró los recuerdos convencida de que nunca iban a volver a repetirse. No podía permitirse concebir esperanzas que no se iban a cumplir, Hugo Figueroa no era para ella y lo sabía, ya había sido un milagro tenerlo una noche en sus brazos y con eso se tenía que conformar. Solo esperaba no volver a verle besando a otra, porque eso iba a dolerle mucho más que antes.

Cuando él no la observaba se permitía que aflorase a sus ojos el amor que sentía y se decía a sí misma que parecía una adolescente mirando embobada al chico que le gustaba, en vez de una mujer de veinticinco años que ya había pasado una noche con él. Pero no había sido una noche cualquiera, ni tampoco Hugo era un hombre cualquiera.

Tenía la impresión de que Encarna se había dado cuenta de sus sentimientos, pero no le había dicho nada, lo que le agradeció sobremanera. No quería que le dijeran que era un error enamorarse de él, eso ya lo sabía; pero no había podido evitarlo.

De modo que se mentalizó para volver a tratarle como antes, como al amigo y compañero de trabajo que había sido al principio y dejar sus ensoñaciones y sus recuerdos para cuando estuviera en casa, sola.

También Miriam la había llamado por teléfono tres o cuatro días después para preguntarle si todo había salido bien, e Inés hubo de tener mucho cuidado para no delatarse. Nada más descolgar le preguntó a bocajarro:

¿Cómo fue?

—Muy bien, Miriam.

¡No pensarás que me voy a conformar solo con eso!

—No —rio—, imagino que no, y si alguien se merece conocer algunos detalles eres tú.

¿Solo algunos?

—Solo.

—Bueno, dime, ¿se comportó como un caballero?

—No, y yo tampoco lo quería.

—Ya me entiendes.

—Solo puedo decirte que salí de la cama mucho más enamorada de lo que entré.

—Eso es buena señal. ¿Disfrutaste? A veces la primera vez…

—Enormemente, es un amante estupendo.

¿Repetisteis?

—No, y yo tampoco lo esperaba.

¿Ni siquiera un poquito?

Inés tuvo que reconocer para sí misma que un poco sí, sobre todo cuando le dijo que iba a quedarse a dormir.

—Bueno, quizás un poquito.

¿Habéis vuelto a quedar?

—No.

—Pero lo haréis…

—No…. No creo que a él le gustara demasiado.

—Si lo dices porque no hubo doblete, eso no significa nada. Mi novio es de uno y punto.

—No es eso…

—¿Entonces qué?

—Que solo fue un polvo, Miriam, y yo ya lo sabía.

—Bueno, pero dices que estás más enamorada que antes. A lo mejor para él también ha sido así y te vuelve a llamar.

—No va a volver a llamarme. Y preferiría no seguir hablando de esto.

—De acuerdo, estás en tu derecho. Soy una bocazas, perdóname. Hablemos de otra cosa. ¿Te parece que quedemos otra noche Marta, tú y yo? Nos divertimos mucho la otra vez.

—Sí, me parece estupendo.

—Pues hasta entonces, Inés. Y si te apetece hablar o cualquier otra cosa, ya sabes dónde estoy.

—Gracias, Miriam, ya sabes que siempre acudo a ti cuando tengo algún problema.

—Me gustaría que acudieras también cuando te apetezca tomar un café. Muchos días termino las clases a media mañana.

—Siempre tomo el café con Hugo, solemos desayunar juntos en el bar.

—Ajá. Bueno, algún día que no quieras tomarlo con él.

—Ya veré.

—De acuerdo. Te dejo, tengo clase ahora.

—Hasta otra, Miriam.

Cortó la comunicación y se quedó mirando el teléfono, perpleja. La voz de Inés había sonado como si prefiriera morirse antes que dejar de tomarse un café con Hugo. ¿Él? No podía ser. Cuando le habló de que había quedado con un chico para acostarse pensó aliviada que se le habría pasado el encaprichamiento con su hermano, pero algo en su forma de decir que desayunaban juntos había hecho saltarle las alarmas. ¡Ojalá se equivocara! Pensó mientras se encaminada a clase.

También para Hugo hubo un antes y un después de su noche con Inés. De repente empezó a ser consciente del cuerpo de ella a su lado, un cuerpo de mujer en el que apenas había reparado más que de forma ocasional. Empezó a sorprenderse mirándole el trasero cuando se agachaba, identificaba su olor cuando estaba cerca, se fijaba en si iba maquillada o no e incluso diferenciaba el sujetador que se ponía para trabajar por las mañanas del que usaba por las noches solo por la forma del pecho, al que había empezado a mirar con más frecuencia de la debida.

Lo hacía con disimulo, para que ella no lo advirtiese, pero no podía evitarlo. Recordaba el tacto suave de los senos, los pequeños pezones que reaccionaban al menor contacto, la piel lisa y sin marcas de su cuerpo. Y no dejaba de preguntarse si a ella le sucedía lo mismo, aunque en apariencia se comportara como siempre. No parecía que la noche hubiera supuesto ningún cambio en su vida más que un simple trámite que se había resuelto.

Durante toda la semana esperó y temió que ella le dijera que pasaría fuera el fin de semana, que había aceptado la invitación de su vecino, una vez solucionado el problema que lo impedía. Pero llegó el sábado e Inés acudió a trabajar como siempre.

Eso no significaba nada, por supuesto, podrían haber quedado cualquier noche o también dejarlo para el día de descanso.

La idea le molestó, no le agradaba que quedara con aquel tipo el mismo día que lo había hecho con él; tampoco que se fuera todo un fin de semana. Se repetía una y mil veces que su hermana tenía razón, que no debía ejercer de papaíto de Inés, ni siquiera de hermano mayor, pero no podía evitarlo. Y desde que se habían acostado juntos, era aún peor, el sentimiento de protección que sentía hacia ella había aumentado muchísimo.

Tanto que no pudo evitar el lunes por la noche, cuando se despidieron, preguntarle si tenía algún plan para el día siguiente.

Inés había respondido que ninguno en especial, pero él no conseguía quitarse el desasosiego del cuerpo. Estaba empezando a aborrecer a ese vecino que al principio le había caído bien. La idea de ver a Inés emparejada le había divertido, pero ahora presentía algo oscuro en ese hombre del que ella hablaba en tono vago e impreciso.

Durante toda la mañana del martes no consiguió sacársela de la cabeza, y después de comer, incapaz ya de contener las ganas de llamarla y averiguar si estaba sola, consciente del ridículo que podía hacer, se decidió a hacer una visita a sus padres para calmar su nerviosismo y se presentó a merendar con ellos.