Capítulo 29

Hugo vio entrar a Inés en el guardarropa para cambiarse como cada día. Estaban solos en el bar, había sido una tranquila noche de lunes y en invierno eso significaba poco público. Fantaseó un poco con echar el cierre y seguirla, pero el sonido metálico del pestillo que ella corrió por dentro le hizo quedarse tras la barra. Inés mantenía las distancias todavía más desde la noche en que le confesara que estaba enamorada de él, y Hugo tuvo que decirse a sí mismo que no tenía derecho a perturbarla hasta que aclarase lo que sentía por ella. Porque seguía confuso. Deseaba a Inés, eso estaba claro, pero no podía tratarla como a las otras mujeres, limitarse a acostarse con ella sin ofrecer algo más. Si había una cosa que tenía clara, era que no quería hacerle daño. Por eso él también procuraba mantener una estricta relación de trabajo, y había dejado de ofrecerse a llevarla a su casa.

Pero cada vez que ella entraba a cambiarse y se encontraba solo en la barra, no podía evitar fantasear sobre el cuerpo pequeño y bonito que se ocultaba tras la puerta cerrada. Por eso aquella noche no se fijó demasiado en los tres hombres que entraron en el bar, solo se sintió un poco irritado por no poder cerrar apenas se fuera Inés y marcharse a casa él también.

¿Qué les sirvo?

Uno de los hombres permanecía en la puerta del bar mirando hacia la calle y otro se dirigió hacia el extremo de la barra que estaba abierto y se deslizó tras la misma acercándose a él.

—Eh, ¿dónde cree que va? —preguntó irritado dirigiéndose al encuentro del hombre y dispuesto a sacarlo de allí—. Aquí sólo puede estar el personal.

El hombre sacó una navaja y la colocó contra el estómago de Hugo. Este en lo único que pudo pensar en aquel momento fue en que a Inés no se le ocurriera salir en del guardarropa. En otras circunstancias habría luchado para no entregar la recaudación de la noche, pero no con ella en el bar, de modo que se dirigió a la caja y se apresuró a sacar todo el dinero y entregárselo al tipo, esperando que se fueran rápido.

—Vale, vale, sin problemas. Toma, es todo lo que hay, ha sido un día flojo.

—Lo sé. Los lunes apenas viene nadie.

Las alarmas saltaron en la mente de Hugo, porque no tenía lógica que entrasen a robar un día en que sabían que habría poco dinero en la caja.

«Inés, no salgas», pensó tratando de comunicarse mentalmente con ella, sin querer siquiera mirar hacia el guardarropa.

El hombre le colocó la navaja en el cuello y tiró de él para sacarlo de detrás de la barra. El primer golpe le llegó apenas estuvo fuera. Un puñetazo en el estómago que le hizo doblarse sobre sí mismo, seguido de otro a la mandíbula. El hombre que estaba en la puerta bajó la reja y se unió a sus compañeros. Otro introdujo el pie entre las piernas de Hugo haciéndolo caer, y una vez en el suelo empezaron a lanzarle una lluvia de patadas. La primera le dio en la cabeza haciéndola rebotar contra el suelo y alzó los brazos para protegerla. Su principal pensamiento era para Inés, rogando que no saliera, y trató de soportar los golpes en silencio para que no le oyese. Se cebaron con el resto del cuerpo, uno de ellos descargó el pie con especial fuerza en la entrepierna varias veces y ahí no pudo evitar soltar un gemido, mientras escuchaba de boca del asaltante la frase: «Esto para que dejes de acosar a las compañeras».

Inés escuchó ruidos en el bar y se apresuró a terminar de vestirse para salir a ver qué ocurría. Justo abrió la puerta para escuchar un gemido de Hugo que se retorcía en el suelo protegiéndose la cabeza con los brazos mientras tres hombres le pateaban sin piedad. No se lo pensó un segundo, volvió al guardarropa buscando un objeto contundente, pero lo único que vio fue el casco de Hugo. Lo agarró y salió dispuesta a defenderle a costa de lo que fuera.

Él la vio y susurró:

—No, Inés… vuelve a entrar y cierra. Llama a la policía…

Pero ella avanzó decidida y levantando el casco todo lo que pudo lo dejó caer con fuerza contra la cabeza de uno de los agresores, que se tambaleó un poco más por la sorpresa que por la fuerza del impacto. Otro se volvió hacia Inés y le lanzó un codazo a la cara haciéndola trastabillar hacia atrás y perder pie.

Hugo la vio precipitarse contra una de las mesas y golpearse la cabeza contra el borde para caer a continuación al suelo, desmadejada como una muñeca rota.

¡Inés! —gritó—. ¡Malditos bastardos!

Sin importarle ya dónde pudieran golpearle, separó uno de los brazos y alargándolo buscó la mano del hombre que tenía más cerca, y la arañó con fuerza, llevándose parte de la piel. Otro de ellos se dio cuenta de la sangre que empezaba a manar de la cabeza de Inés y se deslizaba por el suelo y gritó:

¡Basta, ya tiene suficiente! La chica está sangrando por la cabeza, podría estar muerta… ¡Vámonos!

Dejaron a Hugo en el suelo y sin pararse a comprobar el estado de Inés, salieron dejando la reja abierta. Hugo no podía apartar la vista de ella, tirada en el suelo, inmóvil y en una postura extraña e incongruente.

—Inés… —susurró—. Inés.

Intentó levantarse pero no pudo. El dolor le produjo una oleada de nauseas tan intensa que se vio obligado a tenderse de nuevo en el suelo. Se arrastró como pudo hacia ella, y mientras recorría con esfuerzo la distancia que les separaba, sintió que todas las dudas que había tenido sobre sus sentimientos se disipaban al fin, porque el dolor lacerante de su cuerpo no era nada comparado con el que le producía la idea de que Inés no se despertara.

Cuando llegó hasta ella, jadeante, alargó la mano hacia el cuello para buscarle el pulso. Latía. Un enorme suspiro de alivio le expandió los pulmones. Buscó el móvil en el bolsillo de su pantalón rogando porque aún funcionara y alguna de las patadas no lo hubiera destrozado.

Logró extraerlo y tras comprobar que estaba operativo, marcó el 061 y murmuró con voz rota a la mujer que respondió al otro lado:

—Nos han atracado… mi compañera está malherida.

¿Dónde? ¿Qué es exactamente lo que tiene?

—Está inconsciente, tiene un golpe en la cabeza y sangra mucho.

—En ese caso, no la mueva.

—No podría hacerlo aunque quisiera, apenas puedo moverme yo.

¿Usted también está herido?

—Sí.

¿Dónde?

—Tengo golpes por todo el cuerpo, pero no creo que sea grave.

—Deme la dirección, enviaremos una ambulancia en seguida. Y tampoco se mueva usted demasiado, nunca se sabe.

Hugo dio la dirección de Alveares y luego se dejó caer junto a Inés, rodeándole la cintura con un brazo. Hubiera querido abrazarla, brindarle su calor en la fría noche de invierno, pero era incapaz de moverse, cada vez que lo intentaba un agudo pinchazo le atravesaba las costillas privándole de la respiración.

—Aguanta, Inés… —susurró—. Aguanta, cariño… en seguida estará aquí la ambulancia y te atenderán. Te vas a poner bien; los dos nos vamos a poner bien y las cosas van a ser diferentes después, te lo prometo. Todo va a cambiar entre nosotros, ya no tengo miedo de mis sentimientos hacia ti, por fin lo tengo todo claro; de lo único que tengo miedo es de perderte. Lo más terrible que me ha pasado nunca es haber pensado que ese malnacido te había matado y que ya nunca podría decirte lo que siento... Que te fueras sin saber que yo también me he enamorado de ti. Aguanta, pequeña, aguanta…

La cabeza le latía con un dolor agudo, sentía la entrepierna como si fuera un amasijo hinchado y palpitante, el dolor del tórax era insoportable, pero lo peor era la angustia de que la ambulancia no llegara a tiempo para ayudar a Inés. La sangre se extendía alrededor de su cabeza en una mancha cada vez mayor. Con el rostro vuelto hacia ella observaba su cara con el temor de notar algún cambio drástico.

El cuarto de hora que tardó la ambulancia se le hizo eterno. Los enfermeros entraron y se inclinaron sobre Inés buscándole el pulso en el cuello tal como había hecho Hugo poco antes.

—Está viva. Hay que taponarle la herida, está perdiendo mucha sangre. ¿Tiene más golpes? —le preguntó volviéndose hacia Hugo.

—Uno en la cara.

—Sí, ese lo vemos. ¿Alguno más?

—No que yo me haya dado cuenta. Cayó hacia atrás golpeándose con una de las mesas.

¿Y tú?

—A mí me han pateado por todos lados… La cabeza, las costillas, los genitales.

—No te muevas entonces, vamos a buscar otra camilla.

—Atendedla a ella, yo puedo esperar.

—Os atenderemos a los dos. ¡Vamos!

Intentaron agarrarle de la mano para ayudarlo a incorporarse, pero Hugo lo rechazó.

—La mano no, tengo ADN de uno de los asaltantes. Pude arañarle y le hice sangrar —dijo mirándose las uñas teñidas de rojo.

—Chaval, ¿te dan una paliza de muerte y tienes la sangre fría de buscar ADN de los asaltantes?

—Solo se me ocurrió cuando vi que la golpeaban a ella, quiero que paguen por esto. Y llevo toda mi vida oyendo hablar de la importancia del ADN en las investigaciones policiales.

—En ese caso no te tocaremos la mano.

Los enfermeros, después de taponar la herida de Inés, la levantaron con cuidado y la colocaron sobre una camilla; después hicieron lo mismo con Hugo.

¿Está muy mal? Lleva mucho rato inconsciente —preguntó agobiado al ver que no recuperaba el conocimiento a pesar de que la habían movido.

—Se pondrá bien, no te preocupes, es por el golpe. En un momento estaremos en el hospital.

La sirena de la ambulancia les acompañó durante todo el trayecto. Hugo pensó que debería avisar a sus padres, pero se sentía incapaz. Ahora que sabía que Inés estaba atendida, el dolor de su cuerpo se hizo más intenso, la respiración más entrecortada y las náuseas más persistentes. Trató de controlarlas, los enfermeros estaban pendientes de Inés y no quería distraerles, de modo que respiró hondo y aguantó.

Al llegar al hospital les separaron.

—Avisen a mis padres, yo no tengo fuerzas —pidió cuando le hubieron colocado en otra camilla—. El número está en mi móvil.

—No te preocupes, nosotros nos encargamos. ¿Y la chica?

—No tiene familia aquí que yo sepa.

Le pasaron a una habitación donde un médico le preguntó:

¿Dónde te duele?

—Todo el cuerpo, pero sobre todo las costillas. Me las han pateado a conciencia. También los genitales.

—Vamos a darte un calmante para aliviarte el dolor y te vamos a hacer unas radiografías.

Le inyectaron un calmante y en pocos minutos un agradable sopor se apoderó de él y le venció el sueño. El médico trabajó en su cuerpo, pero él ya no sentía nada.

Despertó confuso en la cama de una habitación del hospital, y lo primero que vio fue a Susana y a Fran a su lado.

—Inés… —susurró.

—Inés está bien —respondió su madre acercándose—. La tienen en observación.

¿Ha recuperado el conocimiento?

—Al poco rato de llegar al hospital. Tiene una buena brecha en la cabeza y una fuerte conmoción, pero se recuperará.

—Gracias a Dios —susurró—. ¿La habéis visto?

—Sí, nos dejaron entrar un momento. Está muy preocupada por ti.

Hugo asintió despacio. Le costaba mover cualquier músculo del cuerpo.

—Esa es Inés —dijo esbozando una sonrisa—. Salió a defenderme con mi casco de la moto como única arma. Podía haberle costado la vida.

—No pienses en eso ahora, por fortuna los dos podéis contarlo.

¿Yo tengo algo serio?

—Tres costillas rotas y también una conmoción leve, además de moretones por todo el cuerpo —dijo Susana con pesar. Le dolía cada golpe que le habían dado a su hijo.

—Lo sé. Siento cada uno de ellos.

—Y los genitales muy inflamados, vas a estar fuera de combate durante un tiempo —trató de bromear Fran.

—El suficiente.

¿Es suficiente para qué?

—Para que ella también se recupere ¿no? —preguntó Susana.

—No se te escapa nada. Quiero verla.

—No puedes. Las visitas en observación son restringidas, a nosotros nos han dejado verla solo un momento, y hasta las doce no se vuelve a entrar. Además, tú no te debes mover de la cama. Las costillas corren peligro de perforar el pulmón, te has librado por un pelo, así que debes guardar reposo hasta que empiecen a soldar. Te han puesto un vendaje compresivo.

Hugo se miró la mano, las uñas aparecían limpias.

—El ADN de mis uñas…

—Lo ha tomado la policía. El enfermero lo comunicó y tu padre se apresuró a llamar. Vendrán a interrogarte más tarde.

—Ha sido un atraco ¿no?

—No lo sé, papá, no estoy seguro. Al principio pidieron el dinero de la caja, pero había poca recaudación y lo sabían. Y cuando me patearon los testículos uno de ellos dijo algo muy extraño. Que lo merecía por acosar a las mujeres o algo así. No tengo ni idea de a qué se refería, yo en mi vida he acosado a nadie. Si una mujer me ha dicho no, siempre lo he respetado.

—No te quiebres la cabeza —dijo Susana inclinándose a besarle—. Descansa cariño. Tienes un calmante en el suero, así que aprovecha y relájate. Miriam vendrá a verte esta tarde; ella y Ángel se han ocupado de ir a Alveares, cerrarlo y poner un cartel de «Cerrado por vacaciones».

—Menudas vacaciones…

—Estaréis sin trabajar unos días, es lo primero que se le ocurrió.

—Claro.

—Duerme otro poco, te vendrá bien. El cuerpo necesita descanso para recuperarse.

Hugo cerró los ojos y dejó que la neblina del sueño se apoderase de él.

Inés no podía dormir. Le habían dicho que estuvo inconsciente casi una hora debido a la conmoción cerebral producida por el golpe y todavía se sentía un poco aturdida. Lo primero que hizo al despertarse fue preguntar por Hugo, y le dijeron que estaba bien, magullado y dolorido, pero que su estado no revestía gravedad.

Sin embargo no podía quitase de la cabeza la visión de él tirado en el suelo mientras aquellos salvajes le golpeaban. Cada golpe y cada patada era como si se la estuvieran dando a ella.

Quizás no fue muy acertado usar el casco como arma, podría haber ido tras la barra y coger el cuchillo de cortar el jamón, seguro que con eso hubiera podido hacer más daño, pero no lo pensó. Solo supo que tenía que impedir que siguieran golpeándolo como fuera, y de no haber encontrado el casco lo hubiera hecho con sus manos desnudas. Esas manos pequeñas que con toda seguridad no habrían servido de nada.

Quería verle, necesitaba verle, pero le habían dicho que de momento él no podía levantarse de la cama ni ella salir del recinto de observación, que debería permanecer allí durante cuarenta y ocho interminables horas. Tendría que esperar. Al menos Susana le había prometido la noche anterior, cuando entró un momento a verla, que la mantendría informada del estado de Hugo. Entonces aún no sabían con exactitud el alcance de sus lesiones.

Hugo dormitó toda la mañana, el calmante fuerte que le administraban con el suero le mantenía aletargado, pero se dio cuenta de que a las doce su madre salía de la habitación. Se despejó bruscamente y le preguntó a Fran:

¿Se marcha?

—No, es la hora de visita en Observación. Ha ido a ver a Inés.

—Se lo agradezco.

—No seas tonto, Hugo. Tu madre y yo le tenemos cariño a esa chiquilla.

Él sonrió.

—Más os vale. Y me alegro de que mamá haya salido porque hay una cosa que quería hablar contigo de hombre a hombre.

—Si es sobre si te va a quedar secuela del golpe en los genitales, el médico ha dicho que no.

—No, no es eso. ¿Te acuerdas del día de la barbacoa en la piscina cuando estuvimos hablando de las mujeres que eran nuestro tipo?

—Sí, claro —dijo Fran socarrón—, cuando tú dijiste que Inés no lo era.

—Y tú acertaste de lleno diciendo que casi nunca nos enamoramos de las que lo son.

—Sí, así es.

—También dijiste que antes de conocer a mamá tuviste tus aventurillas.

—Las tuve.

—Yo quería preguntarte si te resultó muy difícil renunciar a las otras mujeres. Yo nunca he tenido una pareja, ni me he visto en la necesidad de decir no a una mujer para serle fiel a otra. No quiero hacerle daño a Inés si empezamos algo.

—A esa pregunta solo puedes responderte tú mismo. A mí me resultó muy fácil, nunca deseé a otra mujer desde el momento en que empezamos a estar juntos tu madre y yo. Ni siquiera durante el tiempo que estuvimos separados. Me acosté con otras durante esos tres años, pero no las deseaba.

—Inés y yo hemos estado juntos un par de veces, pero no he descubierto lo que de verdad sentía por ella hasta ayer, cuando la vi tirada en el suelo del bar y pensé que podía perderla. Y sí, me he acosado con otras después de haberlo hecho con ella, pero no las he deseado.

—Entonces tú solo te has respondido a la pegunta.

Hugo echó la cabeza hacia atrás y sintió un agudo pinchazo en la nuca. A duras penas reprimió un gesto de frustración.

—Que ganas tengo de salir de aquí —murmuró.

—Tómatelo con calma, donjuán. Ni tus testículos ni tus costillas están para aguantar una relación que empieza. Tu doña Inés te esperará.

—Lo sé.

Inés vio entrar a Susana en el recinto de Observación. Era una habitación grande con unas cuantas camas separadas entre sí por unas cortinas blancas. Se acercó hasta ella y la besó en la cara.

¿Cómo te encuentras?

—Mejor. La cabeza me duele, pero con los calmantes es soportable, y menos mareada que anoche. ¿Y Hugo?

—También está mejor. Muy dolorido y medio adormilado de los calmantes también.

—A mí no me quieren dar nada muy fuerte porque no quieren que me duerma, por la conmoción. ¿Tiene algo serio?

—Tres costillas rotas y múltiples golpes, pero se pondrá bien. Anoche Miriam y Ángel fueron a cerrar el bar y han puesto un cartel de «cerrado por vacaciones» de forma provisional. Si quieres que llamemos a la otra chica para que abra…

—Marieta ya no trabaja con nosotros. No, está bien lo de las vacaciones. En unos días yo podré abrirlo de nuevo. Hugo imagino que tardará más en volver a trabajar.

—Le han dado un mes de reposo, de momento. Las costillas se podrían desplazar y perforar el pulmón si no lo hace. Y eso va a ser difícil, porque es muy inquieto.

—Ya… pero lo obligaremos.

—Por supuesto. Inés, quiero darte las gracias.

¿A mí? ¿Por qué?

—Por salir a defenderle. Estabas en el guardarropa, podrías haberte quedado allí y resultar indemne. Con que hubieras avisado a la policía habría bastado.

—No podía. Cuando abrí la puerta alertada por el ruido no sabía qué estaba pasando. Pero al ver lo que le estaban haciendo… ¿Cómo iba a dejar que siguieran golpeándolo?

—Y saliste a defenderlo armada con un casco.

—Sí. Suena ridículo ¿verdad?

—No, pequeña, suena valiente.

—Yo… no podía, simplemente… no podía… No me importaba lo que pudieran hacerme a mí. Solo sabía que tenía que parar aquello.

—Lo sé —dijo agarrándole la mano—. Y todo se va a arreglar, ya lo verás.

—Los van a pillar, ¿verdad?

—Sí. Hugo logró hacerse con el ADN de uno de ellos y si están fichados, cosa muy probable, les detendrán en breve. Y Fran y yo nos encargaremos de que paguen lo que os han hecho.

—Sí, por favor. Que lo paguen.

—Inés… ¿Hay alguien a quien quieras avisar? Algún familiar o amigo…

—Mi tía vive en el pueblo. Nos separamos un poco enfadadas, pero en navidades volví y arreglamos las cosas. Aunque no sé si quiero preocuparla con esto.

—Yo me enfadaría mucho si a uno de mis hijos le ocurriera algo y no me lo dijeran por no preocuparme.

—De acuerdo. ¿Querrías llamarla tú? No me dejan tener aquí el móvil y si la llaman del hospital se va a preocupar mucho más.

—Por supuesto, dame el número y cuando acabe la hora de la visita, la llamo.

—Gracias. Tranquilízala, dile que estoy bien.

—Por supuesto. También le diré que te vamos a cuidar hasta que te recuperes.

—Gracias.

La enfermera recorrió las distintas camas anunciando el fin de la visita y Susana se inclinó sobre Inés y la volvió a besar para despedirse.

—Volveré esta tarde en la siguiente visita. Cuídate mucho, descansa, y no te preocupes por Hugo, él está bien.

—Hasta luego.

A media tarde, un agente de policía se presentó en el hospital para interrogar a Hugo.

Le dijo que el ADN del agresor estaba en los bancos de datos de la policía y que en cuanto firmara una declaración y pusiera la denuncia correspondiente, le detendrían. Fran dijo que se encargaría de redactarla y traerla para que la firmase al día siguiente. Estaba impaciente por ver a aquellos malnacidos entre rejas.

Cuando el agente salía se encontró con Miriam. Con sus casi cinco meses de embarazo, el vientre empezaba a verse abultado.

¡Hola, Hugo! —dijo inclinándose sobre él para besarle—. ¿Cómo te encuentras?

—He estado mejor. Me duele hasta el alma, y para colmo me están matando de hambre.

¿No te dan de comer?

Hugo señaló el bote de suero.

—Esa mierda.

¡Vaya por Dios! Yo que te he traído unos bombones…

—Eso para postre, primero un bocata de jamón.

Ella le revolvió el pelo.

—Estás mejor, no hay duda. ¿Cómo está Inés?

—Mamá la vio esta mañana a la hora de la visita. Dice que bien.

—Lo está, Hugo —respondió la aludida.

—Yo la veré luego —repuso Miriam—. Y ya serán dos opiniones para que te fíes más.

—Sí me fío… pero quiero verla.

—Ya la verás, ten paciencia.

Una enfermera entró con una bandeja con un brik pequeño de zumo, y desenganchó el bote de suero del soporte.

—Van a empezar a darte de comer, a ver cómo responde tu estómago.

Hugo miró desolado la bandeja después de que la enfermera hubo salido.

¿Comer? ¿Qué entiende esta mujer por comer? ¿Y mi bocata de jamón?

—No seas bestia, Hugo. Tienes que empezar por poco. Te prometo que cuando el médico lo autorice yo te traeré el bocata de jamón.

—Bueno, trae, algo es algo.

Miriam se quedó mientras Susana y Fran iban a su casa a darse una ducha. Luego regresaron, Susana vestida con ropa cómoda para quedarse a pasar la noche.

Iban a dar las ocho y Miriam se preparó para ir a ver a Inés antes de marcharse, cuando Hugo se incorporó con cuidado.

—Voy a ir yo.

—Hugo… —intervino Susana agarrándole del brazo.

—Voy a ir, mamá. Ya me han quitado el suero, puedo moverme, he tomado el zumo y no he vomitado. Tengo una coraza que me oprime el pecho para evitar que las costillas se muevan, y te prometo que voy a ir con muchísimo cuidado… pero tengo que verla.

Fran intervino.

—Déjale ir. No va a estar tranquilo hasta que la vea.

Su mujer se volvió enfadada hacia él.

—Eso, tú apóyame…

—En sus circunstancias yo habría ido y tú lo sabes. Voy a buscarle una silla de ruedas. Y tú —dijo fijando la mirada en su hijo con firmeza, una firmeza a la que Hugo no estaba acostumbrado— vas a prometerme que será solo hoy y que vas a respetar las indicaciones del médico.

—Te lo prometo.

—Bien, espera aquí.

Diez minutos más tarde, Inés escrutaba la puerta de entrada a Observación esperando ver llegar a Susana. Le había prometido que iría y le seguiría dando información sobre el estado de Hugo. Lo que no esperaba era ver entrar al propio Hugo en una silla de ruedas empujada por Fran. El corazón le empezó a palpitar con fuerza al ver el aspecto demacrado que presentaba la piel morena y las profundas ojeras.

Fran acompañó a su hijo hasta la cama y preguntó:

¿Cómo te encuentras, Inés?

—Mejor.

—Me alegro. Os dejo, vendré a recogerte cuando termine la visita. Y ya sabes lo que has prometido.

—Descuida.

Inés apenas podía creerse que estuviera allí. Se había hecho a la idea de no verle en unos días y ahora no sabía qué decirle. Fue él quien habló primero, conmovido por el moretón que presentaba en la mejilla, producido por el codazo que la derribó.

¿Cómo estás?

—Bien. Un poco mareada aún y con dolor de cabeza.

¿No te han dado calmantes?

—Muy suaves porque debido a la conmoción no quieren que duerma demasiado.

¿Y la herida?

—Uf, me han afeitado parte de la cabeza para ponerme unas grapas.

¿En serio? ¿Grapas?

—Eso me han dicho.

—Voy a tener que dejar de llamarte doña Inés y empezar a decirte Robocop.

—No te burles, por favor. ¿Y tú, cómo estás tú?

—No mucho mejor. A mí me han vendado como si fuera la momia del mismísimo Tutankamón. Menuda pareja hacemos, ¿eh?, Robocop y Tutankamón.

Inés no pudo dejar de reír.

—Un poco extraña, la verdad.

—Pero estamos aquí, Inés, y es lo que importa.

—Sí.

Hugo alargó la mano tratando de agarrar la de ella, pero la distancia que marcaba la silla de ruedas le impedía alcanzarla. Y él necesitaba tocarla, sentir su calor, comprobar que la sangre seguía corriendo por sus venas. Apoyó las manos en los antebrazos y con dificultad y con cada músculo y golpe protestando, se alzó para sentarse con cuidado en el borde de la cama. Le agarró la mano y empezó a acariciársela. Su voz sonó un poco temblorosa cuando le dijo:

—Menudo susto me has dado…

¡Anda que tú a mí…!

—Tenías que haberme hecho caso, haberte quedado en el guardarropa y llamado a la policía.

—No podía… sencillamente no podía. ¿Cómo iba a dejar que siguieran golpeándote? ¿Lo habrías hecho tú en mi caso?

—No.

Hugo se dobló sobe sí mismo lo mejor que pudo, ignorando las punzadas de las costillas y colocó los labios sobre los de Inés. Los dejó allí, quietos durante un momento, consciente del lugar en que estaban, pero no pudo resistirse. Ni quiso. Los de ella temblaban bajo los suyos, transmitiéndole su calor… y muchas más cosas. No fue un contacto sexual ni apasionado, iba mucho más allá. Los labios abiertos, apoyados unos contra otros, mostraban sentimientos profundos. Hugo maldijo el lugar y la situación en la que se encontraban, se moría por expresarle sus sentimientos ahora que los tenía claros. Por ver el amor reflejado en los grandes ojos castaños de Inés sin que hiciera ningún esfuerzo por reprimirlo.

Uno pasos que se acercaban les hicieron separarse, pero los ojos continuaron hablando. Alguien se acercó a la cama de Inés.

—¡Tía! —exclamó esta asombrada.

Una mujer menuda y enérgica se inclinó sobre ella al otro lado de la cama.

—Hola, Inés. Una señora me llamó para decirme lo que te había ocurrido.

—Fue mi madre —comentó Hugo.

—Entonces tú eres el chico que trabaja con ella en el bar.

—Sí, soy Hugo.

— Y yo su tía Aurora. A ti también te han atacado.

—Sí, a mí también.

¿Cómo estás? —dijo dirigiéndose a su sobrina—. ¿Te cuidan aquí como es debido?

—Sí, tía. Las enfermeras son muy competentes, están muy pendientes de mí.

—Si tienes alguna queja solo dímelo.

Hugo no dudó ni por un momento que aquella formidable mujer pondría el hospital patas arriba si tenía alguna duda de que su sobrina no estaba bien atendida. Y se alegró mucho de que no le hubiera pillado besándola, porque no tendría miramientos con sus costillas fracturadas.

—No, todo está bien. Pero no era necesario que vinieras, no tengo nada grave; estaré en casa en un par de días.

—Tonterías. Tanto aquí como en tu casa necesitarás cuidados un tiempo.

Hugo respiró tranquilo de saber que Inés no estaría sola cuando saliera del hospital.

—Tu tía tiene razón. Es bueno que estés atendida hasta que te repongas del todo.

—El chico piensa con la cabeza.

Una enfermera se acercó para dar por finalizada la visita y Fran entró para llevarle a su habitación. Le hubiera gustado besarla de nuevo, pero se limitó a mirarla con intensidad, haciéndola sonrojarse. Esperaba que ella hubiera leído en su mirada lo que no podía decirle con palabras.

—Cuídate, Inés —murmuró.

—También tú.