Capítulo 4
Cuando Hugo detuvo la moto delante de Alveares aquella tarde se encontró la cancela abierta y las luces encendidas. Se quitó el casco y entró, hallando a Inés detrás de la barra.
—¡Vaya, menuda sorpresa! ¿Por qué no me has dicho esta mañana que pensabas venir hoy por la noche?
—Porque hubieras intentado disuadirme.
—Aún estás muy verde para las noches, doña Inés. Que seas capaz de servir unos cuantos cafés sin equivocarte, y eso todavía no lo consigues del todo, no significa que estés preparada para esto.
—Pues ya va siendo hora de que aprenda.
—Bien, como quieras. ¡Tú eres la jefa, y donde hay patrón, no manda marinero! Vamos a cambiarnos y me pongo a enseñarte unas cuantas cosas básicas.
—Yo ya estoy cambiada.
Hugo le lanzó una escrutadora mirada de arriba abajo y enarcó una ceja. Vestía el mismo pantalón y camiseta holgados que se ponía para servir los cafés, y que tan poco le favorecía.
—Ese es el uniforme de las mañanas, jefa. No sirve para la noche. Y ni siquiera te has maquillado.
—¿Es necesario maquillarse? No lo he hecho en mi vida y no creo que sea imprescindible.
—Lo es, y ponerse algo más sexi, también. Si me hubieras contado tus intenciones te lo habría explicado. ¿Por qué no te vas a casa y mañana vuelves vestida para la ocasión?
—Me quedo.
—Ya salió doña cabezota. Está bien, veremos qué puedo hacer.
Sacó su teléfono móvil del bolsillo y llamó a su hermana.
—Hola, Hugo. ¿Cómo estás? Hace tiempo que no te vemos por aquí…
—Bueno, estoy un poco liado.
—Ya… —Sonrió Miriam consciente de qué tipo de líos se traía entre manos—. ¿Rubia o morena?
—Un poco de todo. En la variedad está el gusto.
—Dios santo, cualquier día te vas a ver metido en un lío gordo, Hugo.
—Nada de eso, soy muy cuidadoso con ciertos temas.
—Pero tanto va el cántaro a la fuente…
—Sé cuidarme.
—Bueno, ya eres mayorcito. ¿Y qué se te ofrece? Porque para saludarme seguro que no me has llamado en horas de trabajo.
Hugo lanzó una risotada. Era difícil engañar a su sesuda y madura hermana menor.
—Necesito que me hagas un favor, si no tienes nada importante que hacer ahora.
—Estoy estudiando.
—Eso puede esperar, esto no admite demora.
—Me estás asustando. ¿Qué necesitas?
—Maquillaje. Y un poco de ropa sexi; unos leggins y una camiseta de tirantes negra, la más escotada que encuentres. Si me lo pudieras acercar al bar te lo agradecería mucho.
—¡¿Qué?! ¿Vas a travestirte? ¿Una fiesta de disfraces quizás?
—¡¡¡¡No!!! No es para mí, sino para una chica —dijo riendo y mirando de reojo a Inés que lo observaba con la boca literalmente abierta y haciéndole señas negativas con la cabeza. Hugo no le hizo el menor caso y siguió dándole instrucciones a Miriam.
—De acuerdo, estaré ahí lo antes que pueda. Y espero que me expliques con pelos y señales por qué me sacas de casa con esta urgencia.
—Cuando la veas no tendré que explicarte nada —dijo lanzándole una mirada divertida a Inés que lo miraba furiosa, por primera vez desde que la conocía.
—¡No vas a vestirme de putón! —negó apretando con fuerza los dientes.
—Vaya, si tienes genio y lo sabes sacar…
—¿Has oído lo que te he dicho?
Él ignoró su pregunta, apagó el móvil y se dirigió al guardarropa con al casco en la mano. Inés se quedó pensativa unos minutos y luego lo siguió dispuesta a hacerse escuchar, y se quedó parada en el umbral al darse cuenta de que se estaba desnudando. Tenía la sudadera completamente abierta mostrando el torso moreno desnudo. Respiró hondo y la frase que estaba a punto de pronunciar murió en su boca.
—¿Qué estás haciendo? —acertó a preguntar, nerviosa.
Él levantó un brazo y se echó hacia atrás el pelo con el gesto más sexi que Inés había visto en su vida.
—Cambiarme. Yo también me tengo que vestir diferente para la noche —respondió mientras se bajaba la cremallera de los pantalones y se los quitaba a continuación, quedándose en bóxer delante de ella sin ningún pudor.
—Podías cerrar la puerta… —dijo sin moverse y sin poder apartar los ojos.
Él enarcó una ceja y se irguió en toda su altura, moreno, magnífico en su semidesnudez.
—¿Nunca has visto un hombre en calzoncillos, Inés?
Intentó contestar con una réplica mordaz o al menos ingeniosa, pero no se le ocurría nada. Cada vez que él la miraba con aquella expresión burlona en sus ojos negros se quedaba sin palabras. Solo pudo responder con la verdad.
—No.
—¿No? ¿Cuántos años tienes, niña? ¿Dieciocho… veinte?
—Veinticinco.
—Peor me lo pones. ¿En veinticinco años nunca has visto un hombre en calzoncillos? E imagino que desnudo tampoco. —Era una afirmación.
—De donde vengo la gente no suele desnudarse en cualquier sitio.
—Este no es cualquier sitio, es una habitación para cambiarse de ropa. Y no te estoy hablando de lugares públicos, sino privados… Ya me entiendes.
—No voy a contestar a eso, es un asunto personal —dijo con la cara y el cuello tan rojos que parecía una bombilla encendida.
—Bueno… —añadió él lanzándole una sonrisa torcida y un guiño malicioso—, mira todo lo que quieras. Al menos remediaremos tu ignorancia en parte.
Inés se dio cuenta de que llevaba sus buenos minutos sin apartar la vista de él, de su cuerpo moreno de miembros largos y bien formados, de su torso liso y sus abdominales apenas marcados. Y esperaba que la mirada rápida que había lanzado sin poder evitarlo a los bóxer ajustados le hubiera pasado desapercibida o se burlaría a conciencia.
Se dio la vuelta avergonzada de su comportamiento y salió de la habitación.
—Eres un imbécil —susurró.
Las carcajadas de Hugo la acompañaron hasta la barra. Él sacudió la cabeza con incredulidad. ¿De verdad todavía quedaban mujeres como Inés? No iba a durar ni una semana sirviendo copas por las noches.
Salió poco después vestido con un pantalón negro y una camiseta del mismo color, ambos muy ajustados. No se había recogido el pelo en la coleta habitual, y la melena negra y brillante le caía sobre los hombros. Inés admitió que estaba muy guapo.
Se situó junto a ella tras la barra y empezó a coger botellas para mostrárselas a Inés.
—Ron… ginebra… vodka… whisky…
—Sé leer.
—¿Había escuela en tu pueblo? ¡Qué suerte!
—No soy ninguna analfabeta, Hugo. Nunca he trabajado antes, ni en un bar ni en otro sitio, pero he estudiado y de tonta no tengo un pelo. He disfrutado de una vida cómoda en casa de mi tía, pero he decidido cambiarla y aquí estoy. Y ahora, si te parece, enséñame algo que no ponga en las botellas.
—Muy bien… vamos a ello. Gin tonic es ginebra con tónica. Cubata, ron con cola. Hay ron negro y ron blanco. Algunos clientes te pedirán la marca. A los que no lo hagan le pones la más barata, porque las copas tienen todas el mismo precio.
—¿Por qué? ¿No sería más lógico que las bebidas más caras costaran más?
—Esto, sobre todo los fines de semanas se pone muy lleno. Es muy complicado hacer cuentas así que hace tiempo decidimos con el administrador que pondríamos un precio único. A las bebidas más baratas le sacamos más beneficio y a las más caras menos, pero viene a ser lo mismo. Ahorra muchísimo tiempo y discusiones.
—Entiendo.
Hugo siguió dándole instrucciones sobre cómo servir las copas. La cantidad de hielo, las proporciones de alcohol y refresco… Inés estaba a punto de preguntar sobre los cócteles cuando se abrió la puerta y una chica alta, con una larga melena de un tono rubio oscuro entró en el bar.
—Miriam… menos mal que has llegado. Esto va a empezar a llenarse de clientes en breve.
—Me ha pillado tráfico a la entrada de Sevilla.
Se acercó a ellos y, abrazando a Hugo con fuerza, le susurró:
—Me tienes abandonada… ¿Cuánto hace que no me sacas por ahí?
—Ya te he dicho que estoy muy liado.
—Ya, ya…
—¿Has traído lo que te pedí?
—Sí, aquí está —dijo levantando una bolsa.
Hugo se volvió hacia Inés.
—Es para ella… a ver qué puedes hacer. No puede trabajar así en la barra.
—Hola, yo soy Miriam —se presentó agachándose y besándola en la cara— Hugo es un desastre de modales, ni siquiera nos ha presentado.
—Inés.
—¿Eres nueva? Nunca te había visto por aquí.
—Es la nueva dueña de Alveares y se ha empeñado en trabajar en el bar en vez de quedarse en casita y esperar a que le mandemos los beneficios cada mes.
—Eso te honra, Inés.
—Gracias.
—Dale un repaso y ponla decente.
Miriam miró a su hermano y susurró ante el azoramiento de Inés.
—Tú sí que necesitas un repaso… y de los grandes. Ven, Inés, vamos al guardarropa.
Miriam la precedió y cuando entró en la pequeña habitación donde las ropas de Hugo reposaban en la estantería junto al casco, Inés comprendió que la chica conocía cada palmo de la habitación. Y no pudo evitar preguntarle:
—¿Has estado aquí antes?
—¿En Alveares? Sí, vengo a veces cuando no estoy de exámenes.
—No, me refería a esta habitación.
—Ah, sí, también. Hugo me ha pedido algunas veces que le guarde o le lleve algo de ella.
—Tiene mucha confianza contigo… ¿Hace mucho que le conoces?
Miriam lanzó una breve carcajada.
—¡Toda la vida! Él ya estaba aquí cuando yo nací.
Inés la miró con extrañeza.
—Es mi hermano mayor —aclaró—. Uno de ellos.
—Ah… yo pensaba que eras una amiga o novia o… algo.
—Solo hermana.
Abrió la bolsa y sacó de ella un neceser que colocó sobre la estantería y a continuación unos leggins negros y una camiseta del mismo color.
—Ponte esto…
—Hugo no quiere que trabaje de noche con esta ropa.
—Desentonarías un poco, la verdad.
Tratando de vencer su timidez y su pudor, puesto que nunca se había desnudado ante nadie, hombre o mujer, Inés se sacó la camiseta por la cabeza. Llevaba un sujetador blanco de algodón que en nada le resaltaba el pecho. Se colocó la camiseta que Miriam le tendía y comprobó con horror que el borde blanco del sujetador sobresalía por encima del escote y el tirante de este era más ancho que el de la camiseta.
Miriam sacudió la cabeza.
—Queda horrible, tendrás que quitártelo. Mañana compra uno que te resalte el pecho, negro a ser posible, así no importará que se vea el tirante.
—¿Y qué me voy a poner hoy? No tengo otro.
—Nada. Sin sujetador estarás bien.
—¡No! ¿Cómo voy a salir ahí…?
—Tienes los pechos pequeños y eres joven; no se notará demasiado.
—¿Tú crees?
—Quítatelo a ver.
Con soltura soltó el broche y contorsionándose un poco la sacó por el escote.
—Perfecto.
Inés miró hacia abajo, hacia la porción de seno que la prenda dejaba al descubierto. Bastante más de lo que había enseñado nunca.
—Se me marcan los pezones un poco.
—Ahí fuera no se notará. Habrá quien enseñe muchísimo más que tú.
—Pero él sí lo notará… y se burlará de mí.
—¿Él? ¿Te refieres a Hugo?
Inés asintió.
—No pierde ocasión de echarme en cara lo mojigata que soy. Y es cierto que lo soy, he vivido hasta hace un mes en un pueblo pequeño con una tía soltera. Pero eso no le da derecho a reírse de mí todo el tiempo. No puedo evitar ser así.
—Hablaré con él.
—¡No… no! Ni se te ocurra.
—Está bien, como quieras. Ahora vamos a maquillarte.
—No quiero ir pintada como una puerta.
—¿Parezco yo una puerta?
—Pero tú no estás maquillada.
—Sí lo estoy. Se trata de resaltar rasgos y nada más. Ya verás cómo te gusta cuando acabe.
Durante unos minutos Miriam se ocupó de la cara de Inés. Extendió maquillaje, polvos, perfiló ojos y labios. Esta temía enfrentarse al espejo y no reconocer su propio rostro, pero cuando la chica terminó y le mostró un espejito de mano para que contemplara el trabajo realizado, comprendió lo que le había dicho un rato antes. No parecía maquillada; sin embargo sus ojos parecían más grandes, su boca más carnosa y ella más guapa de lo que se había visto nunca.
—Vaya… —susurró
—¿Te gusta?
—Mucho.
—Ahora tendrás que aprender a hacerlo tú sola.
—Eso va a ser difícil. No tengo ni idea de lo que has estado haciendo. Y tampoco sé nada de maquillaje. Tendré que comprar algunas cosas, supongo.
—Unas cuantas. Si quieres podemos quedar mañana para buscar todo lo necesario y luego te enseño cómo usarlo.
—¿En serio? ¿Harías eso por mí?
—Claro. ¿A qué hora te viene bien? Yo tengo clase por las mañanas.
—Entro aquí a las ocho. En ese intervalo, cuando tú digas.
—¿Te parece bien a las cuatro? Así tendremos tiempo para todo.
—Perfecto. Aquí en la puerta.
—Ahora sal… Ya se oyen algunas voces de clientes.
Tiró de la camiseta hacia arriba tratando de taparse un poco más, inspiró hondo y salió seguida de Miriam. La mirada de Hugo se posó sobre ella nada más abandonar el guardarropa. Su hermana había hecho un trabajo fantástico, Inés se veía mucho más atractiva que cuando entró en la habitación. También parecía más delgada con la ropa ajustada, y tenía un cuerpo bonito. Nada espectacular ni llamativo, pero con curvas suaves en los sitios justos. El ligero sonrojo que mostraba al salir de la habitación se acentuó ante su mirada y no pudo dejar de preguntarse si alguna vez podría mirarla sin que se encendiera.
—¡Voilà! —susurró Miriam acercándose a la barra.
—Has hecho un buen trabajo, hermanita. Sabía que podía confiar en ti.
—Yo no he hecho ningún trabajo. Todo estaba ahí, solo había que sacarlo a la luz. Está guapa, ¿eh?
—Hum… No está mal.
Al colocarse en la barra junto a él se percató de que no llevaba sujetador. Inés supo justo el momento en que se había dado cuenta y bajó la vista azorada.
—¿Puedes seguir enseñándome a servir las copas, por favor? —dijo para evitar algún posible comentario.
—Por hoy limítate a lo que te he explicado antes. Si alguien te pide otra cosa, me lo dices a mí y yo lo prepararé. Mañana seguiremos.
—De acuerdo.
Tal como Hugo le había anticipado el local empezó a llenarse. Miriam se quedó a tomar una copa sin alcohol y luego se marchó dejándoles solos atendiendo a los clientes.
Hubo momentos en los que estaba tan lleno que Inés ni siquiera se percataba de que tropezaba con Hugo detrás de la estrecha barra. Lo importante era servir una copa tras otra sin tregua ni descanso. Los pies empezaron a dolerle después de un par de horas, pero el ritmo, en vez de aminorar, aumentaba. Poco a poco, después de la medianoche, el local empezó a vaciarse, hasta que alrededor de la una se quedaron solos los dos.
Inés se dejó caer exhausta sobre un taburete.
—¿Siempre es así?
—No. Hoy es jueves, digamos que un día intermedio. Los primeros días de la semana suele venir menos gente, y los viernes y sábados, bastante más. Los martes cerramos, ya lo sabes.
—¿Más? —preguntó sorprendida— ¿Y puedes con todo tú solo?
—No, Marieta suele venir también los fines de semana. Y ahora estás tú. Seguro que cuando aprendas serás de gran ayuda.
—Eso espero —dijo confiada—. Lo que no conseguiré es abrir las botellas con la mano, como haces tú.
En varias ocasiones había visto asombrada como él cogía una botella de cerveza o refresco por la parte superior y esta aparecía abierta con apenas un movimiento de muñeca.
Hugo lanzó una risotada y volvió la mano mostrando el dedo índice cubierto por un anillo plateado con un orificio.
—Tengo truco —rio divertido—, es un abridor. Adelanta mucho el trabajo. Pero de momento tú puedes acudir al que cuelga de la barra. Poco a poco, Inés.
—Sí, poco a poco. —Desde que había llegado a Sevilla su vida se había convertido en un reto detrás de otro, como en una carrera de obstáculos. Y lo peor era ser examinada en todo lo que hacía por los ojos negros de Hugo Figueroa—. Bueno, me voy a casa. Estoy rendida, y mañana tenemos que abrir el bar temprano para los desayunos.
—¿Cómo te vas? ¿Tienes coche?
—No, me iré en autobús, como he venido.
—A estas horas no hay líneas normales, solo las nocturnas y salen desde el Prado de San Sebastián. ¿Dónde vives?
—En Bermejales.
—Un buen trayecto, deberías habérmelo dicho y te hubieras marchado antes del último autobús.
—No tenía ni idea, suponía que había autobuses toda la noche.
—Te llevo, ya mañana te irás antes de las doce.
—¿En la moto?
—¡Claro! ¿Dónde si no? ¿O prefieres gastarte un dineral en un taxi?
—¿Tienes casco?
Hugo soltó una risotada ante la pueril pregunta y asintió.
—Sí, mujer, tengo un casco de repuesto. No es la primera vez que llevo a alguien.
Entró de nuevo en el guardarropa y salió con otro casco en la mano. Lo colocó en la cabeza de Inés y lo ajustó bajo la barbilla.
—¡Vamos! Te llevaré sana y salva a casita, te lo prometo.
Subió con soltura y le tendió la mano para que se sentara tras él.
—Agárrate fuerte, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Inés le rodeó la cintura con ambos brazos. La sensación de ingravidez que experimentó cuando Hugo arrancó la moto, le hizo olvidar por un momento lo cerca que estaban sus cuerpos; lo único que quería era agarrarse fuerte para sentirse segura. Solo cuando ya estaba a medio camino se le ocurrió pensar en que tenía las manos colocadas justo sobre aquellos abdominales de película que había visto unas horas antes. Y apretó con más fuerza.
Un cuarto de hora más tarde, Hugo se detenía ante la dirección que ella le había dado.
—Buenas noches y gracias por traerme.
—De nada, doña Inés. Que descanses.